México 

Hay lugares que se te quedan en el alma, lugares en los que regresar es como un soplo de vida, lugares que nunca quieres dejar. Existen paraísos terrenales, los he visto. Hay ciudades insulsas y otras realmente bonitas, también las conozco. Hay atardeceres de película, amaneceres de cuento. Hay infinidad de sitios por recorrer, el mundo es tan grande… Y sin embargo siempre hay un lugar que se convierte en tu debilidad, que te atrapa aunque no sepas por qué. Y yo hace tiempo que tengo el mío.

Puede que sea por su extraña belleza o puede que sea la magia de su propio surrealismo. Puede que sea su encantador desorden, sus caóticas avenidas, su pinche desmadre. A lo mejor son los olores a guiso, a tacos, a pozole que inundan sus calles. Quizá son las sonrisas, el alboroto, los colores. O el acento, su forma de hablar e incluso de alburear. Ándale, quizá sea también eso. Pero por encima de esas circunstancias que da la tierra, que son las que son, están las personas. Y ellas son las que nos atrapan de verdad. Quizá mucha gente no me entienda, seguramente aquellos que no han tenido ocasión de vivirlo a mi manera o de estar en mi piel, de haber conocido México a través de mis ojos y junto a mis personas. No lo sé ni voy a tratar de convencer a nadie de las maravillas de un sitio ni de sus inconvenientes tampoco. Hace tiempo que dejé de debatir ese tipo de cosas, que si la calidad de vida, que si las oportunidades, que si el bienestar… ¿Dónde se vive mejor? ¿En qué lugar? Como si las comparativas hubieran dejado de ser odiosas alguna vez. No, no se trata de nada de eso, volvemos de nuevo a las circunstancias. 

En realidad se trata, como decía, de las personas que construyen los lugares. Las personas que hacen de México un pueblo grande en alma más que en tamaño, que ya es mucho. Su fuerza, su energía, su solidaridad, su dedicación… Sobre todo en las malas, cuando de verdad se les necesita. Siempre he admirado el amor que le demuestran a su país los mexicanos, el empuje y el optimismo en cada momento. Son unos chingones. Si pierden un partido le mentan la madre a los jugadores pero no dejan de alentarlos el siguiente domingo. Se quejan de ellos mismos, sí, de su burocracia, de sus corruptelas, de sus inseguridades y oscuridades y seguramente muchas veces no hacen nada al respecto porque piensan ¿para qué? Y realmente no hay pensamiento más humano. Pero cuando hay que estar a una, están unidos como los mejores y a mí, precisamente ahora, me da muchísima envidia. 

Eso es lo que me gusta de México, eso y las personas que me han permitido descubrir desde hace años cómo es realmente su país, con sus luces y sus sombras. Mis mexicanos que me acogieron desde el minuto uno con gran cariño y que me han enseñado tanto en nuestras similitudes y diferencias son los que le dan sentido a su tierra, y a mi profundo amor por ella.

Hoy entendí que hay lugares que se te meten tan adentro que cuando tiemblan, tiemblas tú también con ellos. 

De mi tierra bella

¿A quién quieres más, a papá o a mamá? Algo así siento cada vez que alguien me pregunta por el “problema catalán” de un lado y me recrimina el “una, grande y libre” del otro. Y cinco años después (que son los que contabilizo en este maremágnum de referendos no refrendados) estoy ya muy cansada de tanta batalla dialéctica y sentimental. Cansada de tener que justificar mi respuesta aquí y allá, de sentirme fuera de juego en un lado por “polaca” y en el otro por “facha”. De verdad, prou!

¿Por qué tengo que escoger? Escoger entre la ciudad que me ha visto nacer y mis raíces. Escoger entre mi lengua materna y la adquirida en la tierra. Escoger entre dos estilos de vida, dos culturas, dos maneras de hacer las cosas que en realidad no difieren tanto. No, yo no quiero que me obliguen a enfrentarme emocionalmente a mi sentido de pertenencia. No quiero escoger entre todo lo que considero propio, porque no quiero dejar de sentirlo así, y porque creo que ser y querer ser española y catalana no debería ser incompatible.

Pero a veces parece que nos demos vergüenza, unos y otros. Nos creemos mejores que el vecino pero en el fondo el sentimiento acomplejado de una España de pandereta y de una Catalunya wannabe nos retuerce demasiado a todos. Sin embargo no es algo nuevo: repasar la historia es entender que somos un pueblo disentido y quizá obligado a entenderse en sus diferencias y su complejidad, y definitivamente la clase política actual tampoco nos ayuda mucho a mejorarlo. Muy al contrario, parece que cada vez les gusta echar más leña al fuego desde Madrid mientras se tensa la cuerda desde Barcelona. Hasta que el fuego arda, o la cuerda se rompa…

Pero hoy no estoy aquí para opinar de temas tan candentes ni para entrar en el juego de los posicionamientos, las afrentas ni los enfrentamientos. Hoy simplemente quiero hablar de España porque nunca hablo de ella, porque a veces parece más sencillo hablar de otros lugares desde la distancia aunque en realidad ésta sea mi maravillosa tierra bella.

Así que hoy voy a confesar, como diría aquella, que me enorgullece ser española y pertenecer a un país tan diverso como éste, en todos los sentidos. Me gusta su norte verde, su blanco sur. Me gusta la cálida luz que nos baña desde el Mediterráneo y el intenso Atlántico que choca contra las rocas del otro lado. Me gusta la sierra madrileña y los llanos castellanos, nuestras islas de ensueño color turquesa y el exotismo que le da a Ceuta y Melilla pisar suelo africano. Me gusta el olor a jazmines, a musgo, a salitre, a tierra mojada…

Me gusta disfrutar del inigualable pa amb tomàquet con fuet de Vic o jamón de Guijuelo. Comer paella los domingos, deleitarme con un buen salmorejo cordobés en primavera o con marisco gallego en cualquier época del año. Me gustan los caldos y cocidos que alivian el frío de la meseta, los chuletones del norte que alimentan hasta el alma y el pescaíto frito de Andalucía. Me enloquecen los piononos de Granada igual que la crema catalana; y para el calor que no nos falte en la mesa nuestra típica sangría o un buen tinto de verano.

Me emociona el cante flamenco y me divierte la pachanga lolailo. Me gustan los carnavales de Sitges y de Canarias, aunque también tenemos las chirigotas de Cádiz. Y qué decir de la Semana Santa sevillana, la Feria de Abril, los Sanfermines, las Fallas valencianas. Tenemos fiesta para dar y vender, tradiciones milenarias resultado de un crisol de culturas, de conquistas, de pérdidas y reconquistas. Disfrutamos de sol todo el año, pero también de buena nieve, bonitos caminos de ronda e imponentes castillos herencia de un imperio antaño dorado. La Alhambra majestuosa, El Escorial, el Palacio de la Magdalena, el Monasterio de Piedra… Mil rincones para perderse entre los sentidos y la belleza, pueblos medievales en la Costa Brava, reminiscencias árabes, austeridad castellana y modernismo catalán.

Somos gente alegre que disfruta las reuniones en familia y con amigos, acompañados de esas cervecitas heladas que nunca nos faltan. Pero también somos hijos de tierra de vino y como tal, nobles y austeros, que no secos. Bulliciosos como pocos, risueños, pillos, espabilados. Somos un pueblo con carácter, a veces colérico, y también solidario. No ocupamos el primer puesto en el ranking de los mejores estudiantes, de la economía más saneada o del empleo mejor pagado. Pero somos los primeros en el mundo en la donación de órganos desde hace 25 años, por ejemplo.

Es cierto que nos falta mucho por hacer, por mejorar y por emprender, pero para eso tenemos también que empezar a delegar en mejores personas nuestro poder. A veces pecamos de conformismo, de “aquí no pasa nada”, de vivir dejándonos llevar. Pero quizá es precisamente esa forma de vida en cierta manera inconsciente la que nos hace ser como somos: un pueblo jovial que vive en el presente, exuberante en sus reacciones, imprevisible en sus decisiones, sociable y extrovertido.

Entonces, ¿por qué tengo que escoger entre quedarme o irme de todo eso, de lo que soy? ¿Por qué debo posicionarme en un lado u otro, y el no hacerlo me deja en tierra de nadie? ¿Por qué defender el amor a todo eso que es España automáticamente me tiene que enfrentar a Cataluña? O al contrario, ¿por qué decirme catalana tiene que ser incompatible con defender mis sentimientos como española?

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No quiero que nadie me diga de dónde soy emocionalmente ni a dónde debería pertenecer según mis ideas políticas, pero defiendo que si yo lo siento así, otros lo puedan sentir de otra manera y vean el queso manchego igual de cerca o lejos que ven el Brie francés. Que consideren todo lo que por español yo concibo intrínsecamente mío, como algo ajeno perteneciente al sufrido vecino con el que comparten por fuerza histórica raíces y cultura, pero no sentimentalismo. Aunque no comulgo con esa idea puedo llegar a entenderla. Lo que no entiendo es el afán de algunos por adoctrinarnos en su nacionalismo y la resistencia de otros a tender puentes. Con esta filosofía lo único que conseguimos es radicalizarnos, no sé si no se dan cuenta o es que ya les funciona el enfrentamiento en ambos lados.

 

 

Me dueles, México 

“A México no se puede ir”. Esta sentencia, casi amenazadora, me encontré ayer en boca de varias personas tras conocerse el terrible asesinato de la española desaparecida hace días en la capital mexicana. Me cayó como un jarro de agua fría.

Ante todo vaya por delante mi pésame a sus familiares y mi absoluta consternación por lo ocurrido. Viendo cómo han transcurrido los hechos pone los pelos de punta pensar que le puede pasar a cualquiera, también a ti que vives allí o a mí que voy y vengo, por qué no. La proximidad emocional o el paralelismo con las circunstancias es lo que realmente te sacude el alma y te hace reflexionar. Porque esta vez no fue el temido y asumido narcotráfico…

Parece que cuando las tragedias suceden en lugares que ni nos van ni nos vienen pasan inconscientemente a un segundo plano. Los ajustes de cuentas, los crímenes en los pueblos perdidos de la sierra y las penurias de gente con la que nada aparente nos relaciona siempre suelen verse de otra manera. Distante en lo personal y egoísta en lo humano, sí. Sin embargo cuando esa desgracia se torna factible en tu propio mundo da más que pensar. Y eso es lo que me sucede con este caso, que sin conocerla a ella, sus circunstancias crean empatía. Al menos a mí, que tengo amigos trabajando en Santa Fe y viviendo en Polanco, y que yo misma he paseado por ambos lugares, como por muchos otros de la inmensa ciudad, con tranquilidad pero con ciertas precauciones. Y si es por conocer conozco hasta Toluca, lugar donde fue encontrado el cadáver. Que la chica fuera española y se confesara además enamorada de México (como leí en algunos lugares) me acerca más si cabe al dolor, la rabia y la indignación.

México no es un país seguro. Homicidios, desapariciones, secuestros, extorsión… El último informe presentado por la asociación Alto al Secuestro cifra en 7.846 el número de raptos desde que comenzó la legislatura de Peña Nieto en 2012 hasta ahora, lo que equivale a una media de seis secuestros diarios en el país, siendo en este aspecto el Estado de México el más complicado con diferencia. Pero a esas cifras hay que sumarle los crímenes del narcotráfico, las desapariciones que no se esclarecen (nadie olvida a los 43 estudiantes de Ayotzinapa en 2014), los asesinatos a periodistas y las extorsiones a empresarios. Sin duda alguna, “a México no se puede ir”.

Y sin embargo, lo defiendo. Quizá porque no he tenido nunca por fortuna percance alguno. Porque me niego a aceptar que un país con tanto potencial sea incapaz de decir basta ya. Me niego a que la imagen más allá de sus fronteras sea la de un lugar en el que te matan por menos de nada, aunque por desgracia a veces ocurra. Me niego a ensombrecer con la crueldad de unos la bondad de tantos otros mexicanos que aman y luchan por su país, que nada tienen que ver con la violencia y que la detestan como tú y como yo. Que la condenan y que se manifiestan, pero que tienen un problema de raíz tan grave y profundo que sin darse cuenta lo asumen como intrínseco y siguen adelante como si nada un día más. Me niego a estigmatizar a mi México lindo y querido, pero con la voz que me permite el haber vivido y conocido ese maravilloso país hago un llamamiento para que sigan saliendo a la calle, pidan explicaciones y no toleren que las cosas simplemente son así porque así son.

Ay México… Cuánto te quiero y a veces cuánto me dueles.

 

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Cúcara mácara

Escribió James Michener que “si rechazas la comida, ignoras las costumbres, temes la religión y evitas a la gente, mejor quédate en casa”. No puedo estar más de acuerdo con sus palabras, sobre todo desde que me enamoré de una tierra que sin ser la mía me empuja hacia ella como un imán.

Una tierra de contrastes y colores que me llena de una manera un tanto difícil de explicar. Tanto, que nunca sé cómo hacerlo. ¿Cómo descifrar el sentido de la atracción hacia un lugar? Supongo que se siente o no se siente, sin definiciones de por medio. Vaya, como todo lo importante en esta vida: sin explicación.

A veces me preguntcan-stock-photo_csp11030226o si es algo innato o si Las Mañanitas en mis cumpleaños tuvieron algo que ver. Quizá sea el haber crecido escuchando a mi padre tararear rancheras, entonando El Rey o reinventando la letra de aquel Fallaste corazón. Nunca lo sabré, como tampoco supe a los 10 años que mi país escogido para un trabajo escolar sería con el tiempo mi país escogido para volar.

Lo que es la vida… Hace cuatro años aterricé por primera vez en México para pasar unas vacaciones inolvidables con la ilusión y el temor a lo desconocido, con unas ganas infinitas de descubrir pero también con la inseguridad de la edad y de las emociones a flor de piel. Desde entonces hasta hoy cuento algunas idas y venidas, y una larga estancia (a la vez tan corta) que me enseñó mucho más que cualquier otra experiencia que haya podido tener. Aquella decisión de hacer las maletas a la aventura me abrió las puertas a un aprendizaje personal imposible de igualar. Y me dio la oportunidad de conocer mejor un país surrealista y bello a la par que singular.

“¿Qué es lo que te gusta de México?”, me preguntan. Y nunca sé qué decir. Me gusta México porque huele a guisos y a especias, a tierra mojada en verano y a jacarandas en primavera. Porque sabe a cilantro y a mezcal, y a esos chiles que te arden en la garganta y en el alma cuando te vas. Porque suena a mariachi, alboroto y gentío. Porque se engalana como nadie en cada fiesta popular, porque tiene orgullo y arrojo incluso cuando las cosas salen mal. Me gusta México porque sonríe y es amable, porque desprende calidez en sus palabras y porque mira para adelante sin miedo a equivocarse.

Me gusta México en su mezcla de culturas, historia y razas, con sus propias costumbres y con el testamento de las nuestras a veces adaptadas. Me gustan los puntos en común con mis raíces y me encanta aprender de lo que nos diferencia, que a veces no es tanto como parece. De tin Marín de do pingüé, cúcara mácara títere fue, yo no fui, fue teté, pégale, pégale que ella fue. No, no me he vuelto loca, eso recitan los niños mexicanos mientras en este lado le cantamos a Pito Pito gorgorito dónde vas tú tan bonito. Tradiciones diversas con una base en común que me atrae todavía más en mi afán por saber y aprender de ellos, y de nosotros mismos.

Hoy tengo muchas ganas de volver a sentir ese sol que  allí quema más y esa lluvia vespertina que tanto me costó asimilar. Ganas de seguir rompiendo tópicos, de seguir descubriendo nuevos paisajes y de disfrutar de cada nueva aventura que México siempre me brinda. Tengo muchas ganas de envolverme en ese acento y de perderme en esos abrazos que demuestran que el tiempo no pasa. Que no hace dos años que me fui, y que hay lugares, como personas, a los que siempre necesitamos volver.

 

 

 

 

Aquella noche mexicana.

Sonaba de fondo la melodía de un mariachi y algo en mi interior bailaba al compás de la música. Con el vello de punta sentí cómo el corazón se me aceleraba con cada nuevo acorde hasta que brincó con el estallido de aquel grito tan profundo como conmovedor: “¡Viva México!”, corearon tres veces. Y yo susurré un tímido “viva”.

Fue la primera vez que me emocioné celebrando una patria que no es la mía, y me sentí curiosamente extraña. Extraña de ver la pasión con la que todos a una cantaban con ardor su himno y ondeaban la misma bandera. Extraña de sentirme parte de eso, de ellos, y de aquel momento tan especial como simbólico. Aquella noche bailé al son de la banda y me eché unos cuantos tequilas. Aquella noche fue mi primera noche realmente mexicana.

Me volví niña y recordé esas Mañanitas que mi padre me dedicó siempre cada veinticuatro de julio. Lo escuché entonando versos como “me cansé de rogarle, me cansé de decirle…” y lo imaginé tarareando a su manera los clásicos de Pedro Infante, Jorge Negrete o José Alfredo Jiménez. Aquella noche tan mexicana pensé en mi padre y deseé que estuviera allí conmigo. Pero la distancia es caprichosa y él, que tanto sabe de Guadalajara en un llano y México en una laguna, en realidad nunca ha pisado tierra azteca.

En cambio allí estaba yo, viviendo la experiencia que quería vivir, sintiéndome tan afortunada. Visitando los lugares que un día con 10 años y de forma voluntaria plasmé en un trabajo escolar, disfrutando de las mismas aventuras que en algún libro de historia leí, conociendo una nueva cultura tan distinta y tan semejante a la vez, escuchando los consejos de unos y otros con un tremendo afán por conocer.

Aprendí que el valor está en el agradecimiento y que la fuerza proviene del perdón. Entendí que hay pueblos desgarrados pero unidos y que los países los construyen las personas. Conocí más de cerca lo bueno y lo malo de una tierra tan volcánica como sus habitantes. Disculpé las incomodidades del tráfico, del transporte y de todos los servicios que tan bien acostumbrada me tenían en casa y me aferré a mis ganas por integrarme. Cambié vocablos y adopté cierto acento, fui buena amante gastronómica y ralenticé mi propio ritmo europeo. Llegué incluso a amar la lluvia de cada tarde.

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Fui aprendiendo más con el paso del tiempo y el sabor de cada vivencia, pero aquel 15 de septiembre ebria de sensaciones miré a mi alrededor y supe que una parte de mí siempre había pertenecido a ese lugar, sin tan siquiera saberlo. No era ni de lejos el mejor del mundo y muy probablemente nadie podía entender esa confusa sensación de pertenencia que me enraizaba. Pero nunca me importó, ni me importa todavía, causar controversia con ello. Decidí tatuarme sin tinta la tricolor y grabé para siempre el olor de México en mi piel.

Porque aquella noche yo también fui mexicana, susurré un tímido “viva” y luego, lloré.

Yo me fui a México.

Dijo Hemingway que nunca hay que escribir sobre un lugar hasta que se está lejos de él. Supongo que por eso de la perspectiva y la distancia emocional. Supongo también que para buscar una forma objetiva de hacerlo, aunque la objetividad no exista. De cualquier manera, me tomé a pecho su idea y nunca escribí ni una palabra del lugar que tanto me dio. Hoy, lejos de la que considero mi otra tierra, me tomo la licencia para empezar a plasmar lo que aquello fue, lo que todavía es, lo que sé que siempre será.

Un día hice mis maletas y me subí a un avión. No, no fue así a lo loco, en realidad lo medité, aunque lo justo. Y digo lo justo porque hay cosas que no se tienen que pensar demasiado, no al menos cuando sientes de una forma tan segura que es un paso que tienes que dar. Llevaba ya un tiempo mareada en la vida y eso, unido a otros factores (desempleos, amores, crisis existenciales…) me impulsó a tomar la mejor decisión que hasta hoy he sido capaz de tomar. Me convertí en emigrante de mi patria, en inmigrante de la que me acogió.

Y así, con miedos pero sin dudas, me fui a la tierra del tequila, el sombrero y el mariachi. A una tierra de cactus, desierto y calor sofocante. A un país inseguro y violento en el que la droga corre por las calles igual que por las venas. Me fui a un lugar en el que se lloran desaparecidos y no se encuentran soluciones, donde hasta la policía es cómplice y partícipe de corruptelas. A una nación donde dicen que te matan por menos de nada, condenada a estar “tan lejos de Dios y tan cerca de Estados Unidos”.

Yo me fui a México. Al México de los estereotipos y los noticieros.

Y me encontré un país donde la gente es cálida y amable hasta la exageración. Donde también se bebe pulque y mezcal y las cervezas están aderezadas. Donde se baila cumbia, banda, salsa y lo que haga falta. Me encontré una tierra fértil y diversa, donde llueve más de lo que nunca me pude imaginar y donde la temperatura es tan variable que los cambios de armario estacionales no existen. Viví en una de las ciudades más grandes del mundo y no me sentí perdida, insegura ni sola. No sentí más temores que los habituales en cualquier gran urbe conocida o no, y jamás tuve percance alguno. No consumí ningún tipo de droga ni tampoco la vi correr. Pero supongo que, como en todas partes, el que busca encuentra. Hallé un país que goza la vida porque entiende muy bien la muerte, donde se disfruta el placer y se celebra hasta la derrota. Una tierra fuerte y alegre, cargada de matices y contrastes. Un pueblo absolutamente surrealista y mágico.

Eso es lo que descubrí. El México que merece la pena, el de verdad.

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“Si usted conociera México… ¡Es maravilloso! Pero lo más notable es su gente. Es muy difícil explicarlo, pero tienen valor y dignidad, no les asusta morir. Y lo que es más importante, no les asusta vivir. Les preocupa el hoy, no lo que pueda ocurrir el día de mañana. Supongo que los yankees dirán que eso es pereza, pero yo creo que es el sentido de la vida.” (The Alamo)