Tengo un amor guardado en el alma

Tengo guardado aquí en un rinconcito de mi corazón todo el amor que una vez te tuve. No, no creas que lo tiré a la basura, no hay contenedor especial para el querer ni tampoco manera de reciclar. Lo que una vez se amó de verdad siempre se queda. Puede que al principio duela ver el final de lo que pretendimos hacer eterno. Es cierto que en algún momento rompí ese amor, le prendí fuego, lo hice trizas. Lo magullé, como él a mí, lo asfixié, lo quise callar, lo maldije. Maldita sea, cómo lo maltraté. Hasta que me di cuenta de que esa no era la manera de seguir adelante. No así, no con un amor tan roto.

Entonces decidí recomponerlo, y con él, a mí misma. Incluso a ti. Rescaté los jirones que quedaban prendidos en mi alma y los cosí con el recuerdo de los buenos momentos que pasamos juntos. Escuché de nuevo el eco de tu risa hasta que a mí también me dio por reír. Aprendí a aceptar todo aquello que antes había despreciado por despecho, por celos, por miedo. Me reforcé gracias a tus idas y venidas y comprendí que un amor de vaivenes y claroscuros ya no era para mí. Entendí que dos egos en constante batalla nunca serán capaces de ganar un frente común y que las guerras en soledad son mucho más complicadas. Pero ésas son, justamente, las que te hacen crecer.

Y en mi crecimiento personal descubrí otro tipo de amor. Ese que nace “después de” en el respeto, en la memoria, en la generosidad y en la indulgencia. Un amor que no supe que sería capaz de tenerte ni de poder gestionar pero que aquí está, junto a mí. Convivo con él porque es parte de mi esencia, como tú lo eres de mi historia, y aunque ya no recurro a su poder adictivo desde hace mucho tiempo, saber que puedo protegerlo sin lastimarme es el mejor final que nos puedo brindar a los dos. Y quizá también el mejor homenaje a un tiempo pasado lleno de grandes momentos, locuras y sueños. Qué caprichoso es el olvido que siempre mitiga lo malo y presume lo bueno…

flat1000x1000075f-2-976x703Hoy lo más sincero que puedo regalarte es la promesa de que siempre serás aquel desconocido que un día me hizo reír hasta el amanecer, que me descubrió la fortaleza que vive dentro de mí y que me cosió las alas adecuadas para romper con mis propias cadenas. De todo lo demás, créeme, ya ni siquiera me acuerdo si no lleva implícita una sonrisa en los labios. Me sequé las últimas lágrimas una mañana frente al espejo tras tocar fondo en el vacío de la ausencia y desde entonces empecé a recuperar todo el terreno que me había dejado ganar siempre a tu favor. Sí, claro que lloré, pero de qué sirve cargar con esa losa de pena y rencor sobre los hombros. Nunca el tiempo es perdido y mucho menos lo es la oportunidad de poder sentir lo que me hiciste sentir. Porque, como dice la canción: es siempre más feliz quién más amó, y esa siempre fui yo.

De recuerdo me llevo una bonita cicatriz en el alma por haberte vivido y la tranquilidad, y por qué no también la felicidad, de saber que hay amores que nunca se olvidan, simplemente se guardan en un lugar donde ya no pesan tanto mientras continuamos nuestro camino llenando esta increíble mochila llamada vida.

Ojalá que te vaya bonito y ojalá que mi amor tampoco te duela.

 

 

Epicentro de fuego

Salió el sol aquella mañana de principios de verano con toda la furia contenida tras un largo invierno. Amaneció con ganas, abrasador, casi como ellos dos revueltos entre las sábanas. ¡Qué noche la de aquel día! Fuego que se prende, tremenda llamarada. Una chispa espontánea en un encuentro en cierta manera casual, probablemente la chispa adecuada, ésa que consigue arder incluso en los corazones más yermos. Sí, ésa fue.

Jugaron al gato y al ratón durante horas sabiendo que cuanto más enrevesado, mejor. Se calibraron con miradas intensas y sonrisas impares pidiendo permiso y rogando atención. Barajaron sus cartas más de una vez guiando sutilmente al destino para que no cometiera ningún error. Apostaron al mismo número en los dados y con un beso furtivo bailando al ocaso ya habían ganado los dos.

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Tomados de la mano callejearon al son de una ciudad desconocida mientras la noche se posaba lentamente sobre ellos. Ni siquiera sabían si seguían alguna ruta establecida más allá de la que el brillo en sus ojos parecía indicarles. Pero qué más les daba… El resto del mundo les era ajeno, los adoquines parecían alfombras bajo sus pies, los cláxones ni siquiera sonaban, el gentío se dispersaba a su paso. Casi sentían que les estaban regalando una entrada de gala allá por donde pisaban. Las risas no dejaban lugar a las palabras, que poco a poco se fueron quedando dormidas en algún rincón del alma mientras las vísceras y el deseo se agitaban.

De bar en bar, de copa en copa, de beso en beso. Así los meció libremente la madrugada hasta llegar a una habitación pequeña y desordenada, de paredes blancas y ventanales desproporcionados. La luz tenue de un cuarto menguante en el cielo junto con las farolas que salpicaban las aceras fueron suficientes para bañarles la piel al compás de unos dedos inquietos que elevaban la temperatura en cada roce. Los labios húmedos y carnosos se acoplaron enseguida como piezas perfectas de un rompecabezas. Las lenguas jugaban traviesas y curiosas, entre cosquillas y murmullos de placer. El tiempo se detuvo justo cuando sus cuerpos se acompasaron con la exactitud de un reloj y epicentro de fuego bajo sus ombligos, eso fue al menos lo que ellos quisieron creer. Cayeron rendidos, él cerrando los ojos, ella mordiéndose todavía el labio inferior. ¿Podía ser eso la felicidad? Momentos etéreos que apenas son nada pero que saben a todo.

Un rayo de sol tejió su silueta entrelazada ya bien entrada la mañana. Él, somnoliento, se apretó un poco más buscando cobijo bajo el ángulo del cuello palpitante de ella, que intentaba incorporarse consciente de que hay embrujos que nunca perduran más allá de la oscuridad. Lo miró dormir respirando suavemente y con la yema de los dedos trazó la línea de su boca, ahora reseca, mientras se le dibujaba una sonrisa refleja. Se levantó silenciosa de la cama y desnuda como estaba se acercó a la ventana para abrirla de par en par buscando algo de alivio sin saber muy bien a qué. Pero la tenue brisa de aquella mañana de verano no pudo competir con el ardor de ese sol que quemaba la piel y cegaba los ojos. El cronómetro corría deprisa, se le estaba haciendo tarde. Recogió su ropa del suelo, también el amor que germinaba, y salió de puntillas dirigiéndole a ese loco desconocido una última mirada empañada mientras dos lágrimas saladas le besaban el rostro.

Nos volveremos a ver, le susurró en una promesa al viento…

Pero tras cerrar la puerta de aquella habitación supo que a veces las mejores historias son las que no le dan tregua al corazón. Y aquella mañana de principios de verano él despertó a solas y ella subió a un avión que nunca más regresó.

Vámonos

Vamos a escondernos tras la ladera

de aquella montaña de hielo

donde tu calor y mi fe ciega

son de este querer escuderos.

Vámonos a robarle caricias al viento

que las voces del eco nos quiebran

intentando con furia condenarnos

por esta locura de mieles y hiedra.

Vámonos al refugio de nuestras pasiones,

a la oscuridad de aquella noche eterna

cuando pudimos amarnos por horas,

mientras la lluvia ahogaba las penas.

Vamos de nuevo a ese jardín prohibido

donde tú eres solo mío, nunca más de ella,

y donde yo soy para siempre tuya,

envuelta en rosas, perfumes y sedas.

Vámonos a donde no puedan seguirnos los miedos,

las injurias, las mentiras, los celos,

que la culpa siempre se viste de gala

y se adueña de los amores más necios.

Vámonos a la orilla del mar

para que la brisa despeine tu pelo

mientras mis labios buscan tu sal

y las olas nos mecen bajo su seno.

Vámonos a cabalgar de luna en luna

que quiero morir cada noche a tu lado

consumiéndome las ganas y la ternura

en el húmedo placer que sabe a pecado.

Vámonos lejos de aquí, de todo,

que ya no puedo soportar más la carga

de sentirte a escondidas del mundo,

de ocultarte incluso de mi alma.

Vámonos, ¿a qué le temes?

¿No es acaso esta forma de vida,

una triste condena de muerte?

Vámonos, no me atormentes…

Que los años no regalan clemencia

y nuestra juventud de alas doradas

pronto será un recuerdo maltrecho

tejido entre las sienes de plata.

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¿De qué otra forma podría quererte?

Te quiero con urgencia, como si el tiempo nos acechara siempre tras las cortinas y el cronómetro marcara el ritmo de nuestras pulsaciones.

Te quiero con impotencia, como si no pudiera controlar el escalofrío que me recorre al verte, el hoyuelo pícaro que me delata, el calor que sacude mis mejillas de repente.

Te quiero con desesperación, como si una parte de mí se vaciara cada vez que llegas y te vas, que no respondes o que desapareces.

Te quiero con ansia, como si estuvieras prohibido y junto a ti se rompieran todas las reglas y leyes.

Te quiero con nostalgia, como si en mi fuero interno batallara con el adiós constantemente.

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Te quiero con egoísmo, como si otros besos pudieran prenderte, como si mi boca y mis manos nunca fueran suficiente.

Te quiero con temor, como si me desnudaras en un abismo de emociones cayendo al vacío sin redes.

Te quiero con impaciencia, como si la vida nos apremiara sabiendo que cuando jugamos con fuego tú nunca te detienes.

Te quiero con cautela, como si me perdiera en la duda y el miedo cada vez que pido un paso más y tú, sigiloso, retrocedes.

Y después de todo, te quiero con locura, si no ¿de qué otra forma podría quererte?

 

 

La otra

Hola, me llamo Lucía y durante un tiempo fui la otra.

Seguro que me imaginas como una mujer frívola, ligera y maquiavélica. Una mala persona, una puta, una lagarta, una cualquiera. La típica que se mete en una pareja para destrozarlo todo, no sé, por deporte quizá. Bueno, no te culpo, las telenovelas nos han hecho a todos mucho daño. Pero no, yo no soy así.

Te sorprendería saber que soy una chica bastante normal, digo, ni una belleza exótica ni un cardo borriquero. No me quejo, me gusto y sí, algo debo de tener… Pero a lo que voy es que no soy el estereotipo de minifalda, escote de vértigo y tacones de aguja, ya te lo he dicho, no soy eso que llaman una buscona ni una mala pécora de manual. Simplemente salí con alguien que a su vez salía con otra persona.

Ahora estarás pensando de todo, no te juzgo, ¿cómo hacerlo? Pero tú sí me estás juzgando a mí, confiésalo. No importa, lo asumo, pero no perderé mi tiempo en excusas ni en intentarte convencer de algo que sé que si no vives no podrás entender. Si estoy contándote esto es precisamente para que no caigas en mi mismo error. No te involucres con nadie que no te muestre su documento nacional de libertad previamente. De verdad, no. Puede parecerte obvio y te preguntarás por qué yo sí lo hice, si está tan claro que de aquí nada bueno puede salir. Pues no lo sé, llámalo pasión, necesidad, ilusión, obsesión… Lo que quiero tratar de explicarte es que estas cosas pasan y a veces cuando menos te lo esperas aunque creas que algo así nunca te podría ocurrir. Tú, toda decente, cabal y consecuente, ¿como gata en celo por los rincones maullándole a un gato que no te pertenece pero que te busca, que te tienta, que te tiene?

No, olvídalo, sal de ahí. Si ya te metiste de lleno va a ser un poquito más complicado el asunto, te lo digo por experiencia; pero si por una extraña razón estás sopesando la idea descabellada de malgastar tu tiempo con alguien que ya tiene con quien disfrutarlo hazme caso y mira para otro lado. Porque lo que viene después de la adrenalina es un inmenso dolor. Cuando tu placer con él se termina porque el cronómetro llegó a cero te vistes y te vas a casa con una sensación de tristeza profunda, de rabia y de celos que poco a poco deja de compensar el maravilloso orgasmo que tuviste hace tan solo media hora. Cuando lo imaginas viendo series con otra, durmiendo con otra, yendo al cine con otra, desayunando con otra, cenando con la familia de otra, pasando las navidades con otra, los cumpleaños, los viajes… Todo, al final, con otra, te ríes enfurecida porque el maldito calificativo de la tercera en discordia es para ti cuando en realidad para ti “la otra” es ella.

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A la larga tú vas a querer eso que él no te va a dar, querrás un proyecto de vida común, querrás ser algo más. Pero créeme que si él no rompe con todo al principio el tiempo no jugará nunca a tu favor. La rutina de veros a escondidas se hace más fuerte, la logística se controla mejor, todo se profesionaliza tanto que qué necesidad tiene él de dejar una vida de comodidades y conservadurismo por ti, una loca que lo encandila un par de horas de vez en cuando. A él ya le funciona tenerte bajo sus sábanas de fantasía en fantasía, después dormirá abrazado a otra y tú lo harás sola abrazada a tus lágrimas preguntándote por qué no eres suficiente para él, ¿qué te falta? Ahí viene la decepción, el inconformismo, los juramentos poniendo a Dios por testigo de que nunca jamás volverás a caer. Pero ahí vas, tres mensajes después sonriente y feliz porque te quiere, porque le encantas, porque hoy lo vas a ver.

Y vuelta a empezar la rueda, y así pasan los días, los meses, los años. Y ¿sabes? En realidad lo único que pasa es tu vida en la sombra, apagándote por alguien que no te lucha si no es en la cama. Yo lo sé bien, por eso te lo digo. Aquí tienes a esa “otra” de carne y hueso llena de sentimientos llorando como no tienes una idea por alguien que mientras tanto estaba tranquilamente tomándose un café lleno de planes con su pareja. Yo he llegado a sentir el pecho arder al verlos pasar juntos a lo lejos. Se me ha anudado el estómago escuchando sus conversaciones, sus “vidas”, sus “amores”, sus “cariños”. Me han temblado las piernas al ver una llamada entrante y tener que quedarme callada, rígida, inmóvil, para no ser descubierta. Como una maldita delincuente.

No te niego que tiene su punto divertido el tema de lo prohibido siempre y cuando puedas gestionar las emociones, siempre que eso que estás haciendo no conviva contigo las 24 horas del día, siempre que esa situación te deje vivir. Pero ¡ay amiga! si metes el corazón por medio ya se fastidió. Porque a un corazón cómo le dices que deje de latir por ese hombre que con un simple beso te calla, te llena, te ama. Es muy difícil pero del amor, como de las drogas, también se sale. Y de una relación de tres, donde tú eres la que lleva todas las de perder, salir es la única solución.

Sé que las que hemos sido “otras” estamos muy mal vistas porque la víctima siempre es la pobre engañada por un hombre infiel al que pocas veces se le responsabiliza. Las mujeres hasta para eso somos machistas, le echamos la culpa a la que entra sin darnos cuenta de que alguien la ha dejado entrar, incluso a veces, la han invitado a ello con alfombra roja y rosas por doquier. Sin embargo, las engañadas al final somos las dos. Las promesas, las mentiras, las excusas… Yo también las viví. Y lo peor de todo, lo que nos hace estallar en la furia es saber que no somos únicas, ni sus preferidas, ni sus amores, ni sus mujeres. Sólo somos las que tenemos que pedir cita o turno, las que nos llevamos las cancelaciones de última hora, las que hacemos de tripas corazón en público, las que batallamos con la soledad. A veces, lo confieso, hubiera preferido la felicidad de aquella pobre ignorante a mi desdicha por compartir a intervalos a ese hombre que llegó tarde a mi vida.

 

 

 

Nuestro juego de dados

Te quiero de tal manera que jamás pretenderé cambiar lo que sientes por mí aunque esa rara generosidad no me salve de nada, más bien me ahogue. Pero aprendí hace tanto a maquillar las emociones que no me tiembla el pulso al aceptar que tú ya no serás. Es cierto, claro que quisiera que todavía me amaras como una vez creí que lo hacías, vagos sueños de héroes y princesas. Pero ya no comulgo con aquello que un día me bastó y ni tan siquiera me siento orgullosa de tal credo. Patrañas. Pero es que ahí estabas tú, con tu sonrisa perfecta y ese ademán galante que inventé para ti. Y ahí estaba yo, un alma partida y necesitada. El juego perfecto para los dos.

Maldita sea, cuánto te amé. Y debo admitir que quizá a veces en mi memoria cristalina todavía te siga queriendo aunque me empeñe en camuflar con olvido e indiferencia tu recuerdo, aunque el enojo me acobarde y la culpa me comprima por una pasión que nunca fue mucho más que eso, pero tampoco menos. Te disfrazo de todo, de nada, de qué sé yo. Y te oculto en el silencio tonta e irremediablemente porque tengo miedo a perderte, a que dejes de estar incluso en esa trinchera de mi corazón que soportó más guerras que paces, pero que aún y así ondea tu nombre con honores. Qué le vamos a hacer…

593113-blowing-dice1Otras veces, sin embargo, pienso que todo este remolino de sentimientos es una ingrata confusión y que en realidad yo ya no te quiero a ti sino solo a mí. Sí, puede que todo esto solo sea el resultado de cuánto me quise siendo quien era contigo, gustándome de aquella manera tan determinada, tan capaz, tan apasionada a tu lado. Y quizá de ti ya solo queda esa excentricidad que corre por el imaginario y que me hizo enamorarme de quien creí que eras, del hombre que pensé que podrías llegar a ser, del perfecto extraño que acomodé virtuosamente para encajarlo conmigo.

Es tan caprichoso el amor y tan extraño el olvido que una nunca sabe si el azar de los encuentros favorece o castiga, si la resignación es defensa o ataque, si la frialdad es simple estrategia o si el calor de nuestros cuerpos aproximándose todavía resulta palpable. Mágico destino que nos rompe y nos corrompe con sus idas y venidas, que nos quita el aire, que nos devuelve poco a poco la fantasía de quien busca cenizas donde antes ardió el fuego y la vida. Y así, felizmente incompletos y resignados vamos ahora cada uno por nuestro lado provocando nuevos temblores, caóticos y peligrosos, apostándonos vertiginosamente algo parecido al amor jugando a los dados.