Un arcoíris en el cielo

Desolación. Rabia. Tristeza. Dolor. Perplejidad. Aún más rabia. ¿Cómo es posible que pasen estas cosas? 

Samuel tenía 24 años y toda una vida por delante. Su vida, la que él quisiera, como le diera la gana vivirla y con quien le apeteciera. Pero se cruzó en su camino la escoria de la sociedad para arrebatársela al grito de maricón. ¿Por qué? ¿Cómo puede ocurrir algo así entre jóvenes del siglo XXI? Dicen que eran 12. Al parecer les molestó que estuviera hablando por videollamada y que señalara con el móvil el trayecto que había hecho. El grupo de energúmenos tomó como excusa ese enfoque casual para increparlo. Se sintieron incomodados por la presencia de un chico risueño que se divertía con unas amigas, nada más. Aunque lo cierto es que este tipo de calaña no necesita chispa para prender y cualquier mirada, gesto o comentario es susceptible de convertirse en resorte de pelea para quien la busca.

La paliza fue tan brutal que Samuel perdió la vida el mismo sábado en el que había salido de fiesta para liberarse de la angustia de tantos meses batallando contra el covid y protegiendo a los ancianos de la residencia donde trabajaba. Era sanitario y un alma generosa. Eso dicen quienes le conocían, pero un grupo de individuos decidió que ya no lo sería más, porque era maricón. Ahora, como ocurre en todos estos casos, se están investigando los hechos y mientras tanto muchos políticos se apuntan al carro de la ideología. Qué asco dan todos ellos y qué a favor estoy de la petición de su padre: no banderas, no consignas; quien quiera ayudar que acuda a las manifestaciones que se suceden por el país con un kilo de arroz o un litro de leche para donar a Cruz Roja, pues es lo que él hubiera querido. Me parece el mejor homenaje, sin duda. Mucho de todo lo demás que se genera, sobra.

Casos como el de Samuel me hacen preguntarme qué está fallando entre los jóvenes (y no tanto). Su pérdida nos ha hecho salir a la calle para reivindicar justicia, pero lo cierto es que las agresiones homófobas van al alza, igual que la violencia de género, las violaciones en grupo, las palizas a la salida de los colegios. ¿Por qué caminamos hacia atrás? Puedo comprender, aunque no comparta, que a personas de una cierta edad, mayores, que crecieron con una educación sujeta a las directrices de la moral y del pecado, les puedan incomodar ciertas cosas, no las entiendan y las rechacen justamente por eso. No los culpo, tienen un bagaje social muy distinto, aunque muchos a pesar de ello también intentan aceptar ahora las diferencias que en sus tiempos estaban incluso penadas. Es un gran avance. Sin embargo, gente joven, hijos de generaciones educadas ya en libertad, los de la movida, la apertura, el cambio… ¿Cómo es posible que apaleen hasta la muerte a alguien porque les molesta su orientación sexual, o lo que sea? Me aterra pensar que esta es la sociedad que está emergiendo en las trincheras de partidos políticos que solo buscan la bronca parapetados tras una bandera que mancillan con sus ideales de confrontación. Como si la bandera o la pulserita de turno les hiciera mejores personas, mejores españoles. Qué gran error. Y qué enorme tristeza.

Samuel ya no está y eso no tiene remedio. El consuelo de sus familiares y amigos tardará en llegar, si llega, pero al menos que en su proceso de dolor puedan ver cómo cae todo el peso de la ley sobre la panda de criminales que el sábado por la noche decidió arrebatarles a Samuel junto con la esperanza de poder vivir en un mundo mejor.

Positivo

Primero lo sintió su cuerpo, luego lo supo su alma. O quizá fuera al revés, qué importa. Días después la inevitable doble rayita del test lo confirmó: positivo.

La incertidumbre se diluía al son de su propio goteo, mojando el lápiz mágico, mientras se coloreaba irremediablemente. Pero ese miedo que aguantó y calló durante tantos días de cambios, extrañas sensaciones, altibajos y contradicciones, pasó a ser mera confusión cuando el resultado se tambaleó entre sus dedos como un débil papel. Y a la par, ese mismo miedo, ese nuevo desconcierto, esa esperada certeza de lo que estaba ocurriendo en su interior, dio paso a una lágrima que lenta y suavemente rodó por su mejilla izquierda. No era tristeza, ni dolor, ya ni siquiera era alarma. Pero tampoco era arrebato. Sólo lágrimas tranquilas, consecuentes, espontáneas y puede que hasta algo vacías de sentimiento, brotando precisamente de un cuerpo lleno.

Positivo.

Se miró en el espejo, desnuda, enfrentada a su propia imagen. Sus pechos se mostraban algo más hinchados y turgentes, su sensibilidad marcada a flor de piel. La tensión en el bajo vientre cubría el sobresalto que sentía con cada extraño pinchazo, como si algo quisiera rasgarle, estirarle las entrañas para ampliar un espacio hasta entonces virgen y hueco. Síntomas similares a otros ya conocidos pero a la vez tan nuevos que la llevaban a pensar que todo eso era irreal, que no estaba pasando, que en cualquier momento iba a despertar de ese letargo mezcolanza de éxtasis y pesadilla. Pero no, su instinto lo sabía y esa vocecilla que le retumbaba la mente y el corazón no le dejaba lugar a dudas: ella ya no era ella y nunca más volvería a serlo. Porque ahora eran ella y su precipitado futuro apremiante e incierto…

Positivo.

Se tumbó en la cama en silencio con la intención de percibir algo, simplemente algo. Cerró los ojos y posó sus manos sobre su vientre con la absurda esperanza de notar la realidad. Pero las patadas que anticipadamente quiso sentir no eran más que los golpes emocionales que se daba tratando de poner en orden su mente porque una nueva vida tan inesperada como repentina así se lo exigía.

test-ovulacion-positivo

¿Por qué ahora? ¿Por qué así? Se murió de risa y de nervios, pero también tuvo miedo. A verbalizarlo, a escucharse anunciarlo en voz alta, a compartirlo con el mundo y a confirmárselo a él. Pero sobre todo a sí misma. Esa extraña alegría que racionalmente no debía sentir, ¿o sí? Esa maldita pena bochornosa de las explicaciones calladas y las llamadas al viento, de los porqués. Ese temor sonoro, esa imaginación ingenua, esa revolución perfecta. Esa increíble sensación de paz y sosiego en medio de un auténtico caos. Ese imprevisto tan deseable como condenable le llegó una noche tan única y especial como otra cualquiera. La noche que una pasión desmedida le viró su camino sin saber que a partir de entonces iba a ser tan duro como reconfortante.

Tan positivo.