Abrazo al corazón

No estamos todos los que somos. Ni los que fuimos. Ese es el primer pensamiento que me recorre la espalda al llegar, y me pellizca el estómago vacío. Las caras sonrientes que me reciben, sin embargo, me aligeran un poco el peso de tu ausencia. Me fundo en cada reencuentro con un abrazo que fortalece, formulando preguntas sencillas que encierran respuestas complicadas. No son tiempos fáciles para ninguno de nosotros, por eso estamos aquí. 

Por ti. Por ella.

Cosemos de nuevo los lazos de los afectos en la barra, formando corrillos dispares con sabor a vermú y cervezas. Alguien comenta que parece una boda sin novios. Resuenan las risas. Demasiado coincidir en la tristeza este último año, tantas lágrimas derramadas por el camino. Pero, si del pesar ha nacido este día, vamos a hacerlo bonito.

La mesa del comedor es lo suficientemente larga como para que quepamos todos, que no somos pocos. Los niños alborotan en otra más pequeña cerca de mí. Me gusta escucharlos como al rumor de las olas, con alegría y sin molestias. Al fin y al cabo, ellos son nuestro futuro. Ellos derrochan la vida que nos lleva.

El menú avanza potente, como nuestras conversaciones, planes y chascarrillos. No puedo saber lo que se cuece al otro extremo, en el lado de los hombres, que se han arremolinado juntos. Pero adivino que lo están pasando igual de bien que por el sector femenino, a juzgar por las carcajadas espontáneas que de vez en cuando me llegan. Antes de que sirvan los postres aprovecho para ir al baño. De regreso me detengo un momento en el umbral de la puerta del salón. Los observo a todos amparada por esos metros de distancia y entonces te imagino con nosotros, allí, en una de las sillas convertido en el rey de la fiesta y disfrutando de la mejor manera: esa que tú nos enseñaste.

Los ojos se me humedecen en décimas de segundo, pero sonrío tranquila mientras regreso a mi sitio justo cuando me están sirviendo el coulant.

La tarde discurre entre brindis y proclamas. Entonces me acuerdo también de ella, y no como mi tía, sino como tu hermana y como madre de mis primos, despojados de su último baluarte tres meses atrás. Es curiosa la forma en la que catalogamos a las personas según el vínculo que mantienen con nosotros y olvidamos que esas mismas personas sujetan sus propios vínculos también. Y de esos vínculos estos otros, nacidos de la sangre y los afectos que creamos y heredamos. Y aquí estamos todos, aunque ella no está, ni tú tampoco.

O sí.

Y es que cada vez me convenzo más de tu presencia. Al menos es lo que me dicta el consuelo. No sé de qué manera, si es que hay alguna, y desde luego no como verdaderamente quisiera. Pero siento cómo sigues habitando entre nosotros, cómo fluyes en cada conversación y recuerdo, manteniéndote vivo. Si supieras de qué forma te llevamos siempre presente, papa...

Por eso me invade una extraña felicidad sosegada cuando hablo de ti con quienes te conocieron, con quienes me pueden seguir contando anécdotas, algunas incluso inéditas. Con aquellos que también te quisieron y a los que les regalaste grandes momentos. Porque eso, al fin y al cabo, es lo que somos. Es lo que queda.

Las pérdidas han desencadenado esta reunión y ahora pienso en lo bonito que hubiera sido haberla celebrado antes, cuando estábamos todos los que éramos. Pero la vida es caprichosa y nos hace creer que el tiempo no se agota. Hasta que lo hace. También para este día. Nos despedimos con cierto remoloneo, como quien no quiere que acabe el sabor de un beso, buscando fecha para el próximo encuentro y con una sensación de satisfacción importante.

Porque no hay nada como el calor de una familia que abraza fuerte al corazón.

La niña que fue

Mira al mar y llora. Nadie se da cuenta, tampoco quiere que lo hagan. Llora tanto de esta manera… A solas, en silencio, sin aspavientos ni dramas. Bastante tiene ya por dentro. El mar le alivia y la libera. Aunque también le sacude los recuerdos. No le importa, es cierto. Pero duele. Claro que duele.

Fue una niña feliz en este mismo mar. Pasó todos sus veranos aquí. No conoció otros, pero los suyos fueron los mejores que pudo tener, de eso estaba segura. Muchas veces fantaseaba con poder ofrecerles a sus hijos al menos un pedacito de la infancia maravillosa que a ella le regalaron sus padres. Sin embargo, una punzada de realidad se le clava hoy en el corazón. Ni siquiera tiene hijos. «Qué injusto es todo», piensa, «conmigo nadie se queda para tanto». Para divertirse entre las sombras de unas piernas enredadas sí, quizá. Para llenar los huecos de almas que vagan vampíricas e incompletas. Para ser bálsamo de vidas insatisfechas y cobardes que no se jugarán la comodidad, ni la posición, ni el qué dirán, naufragando entre mentiras. Para bailarle al amor de estos tiempos sin compromiso. Para sucumbir a la fugacidad de sus propios antojos y a los de otros, a veces sin potestad ni permiso. ¿Es que no es suficiente para más?

Una lágrima amarga le alcanza suavemente los labios. Qué paradoja, los tiene heridos de tanto besar. Le escuecen. No quiere pensar más en eso. Ya no quiere pensar. «Ojalá fuera incapaz de sentir», murmura con rabia. Cierra los ojos y se deja acariciar por la brisa que le revuelve el cabello. «Aquí fui una niña tan feliz…», suspira. Recuerda que corría libre por la orilla, hundiendo los pies en la arena, salpicándose las piernas antes de sumergirse en el mar. Buceaba como un pececillo inquieto, se dejaba llevar por las olas, jugaba con ellas, las retaba y se revolvía. No le temía a nada, aunque a veces tragara agua y sintiera ahogarse por unos momentos. La niña que fue se volvía a levantar una y otra vez, decidida. El sol le secaba después el salitre que le dejaba caminos blanquecinos sobre la piel morena, mientras construía castillos en la arena con la ayuda de papá. Eran fortificaciones enormes, con sus puentes y sus fosos. «Hay que protegerse», aconsejaba él levantando las murallas, «para que los malos no nos alcancen». «Hay que hacerlo, papá, cuánta razón… En esta vida es importante aprender a distinguirlos», se dice, «y no invitarlos a entrar». Pero es difícil. Ya no llegan acompañados de lanzas ni fusiles, como en los cuentos de entonces. Ahora incluso pueden traerte flores envueltas en promesas, galanterías y sonrisas. Esas son las armas más peligrosas, cuando no son sinceras.

La luz del atardecer se posa sobre el horizonte. Otro día presto a morir. Se enjuga las lágrimas con resignación y recorre de nuevo sus pasos sobre la orilla. Mañana el sol volverá a renacer… ¿Y ella?

«Una vez fui una niña tremendamente feliz aquí», asegura convencida antes de irse. «Debería serlo también ahora que soy mujer.»

 

 

 

 

 

La memoria del corazón

—¡Mamá!… ¡Mamá!… ¿Estás ahí, mamá? —Silencio. Respiración—. Mamá…

En el momento en el que lo conocí ya estaba postrado en una cama. Ochenta años cubrían su osamenta, aunque aparentaba muchos más. Su tez ahora pálida nada tenía que ver con el bronceado que yo imaginaba que lució en su juventud. Su cabello blanco, y bien tupido a pesar de la edad, debió de haber sido oscuro en otros tiempos, a juzgar por sus cejas negras y las largas pestañas que aún conservaba enmarcando una mirada inteligente pero perdida.

—¿Papá?… Papá…

Reclamaba atención desde el rincón de su mente que lo protegía de la incertidumbre que era vivir el día a día sin saber ni dónde estaba. La vocecita fina y debilitada que le imploraba a unos padres que, por supuesto, ya no existían más allá de su recuerdo, por irónico que parezca, no me concordaba con la envergadura de un cuerpo que todavía conservaba cierta altura y corpulencia, a pesar de verse yermo de fuerzas. Sin embargo, la hora de la comida era más suplicio que placer, por eso mucho me temía que aquel hombre se acabaría consumiendo bajo las sábanas sin remedio. ¿Era eso la vejez?

—¿Otra vez? No, ahora no quiero… Déjame… ¡Que no! —A veces escupía el puré, o le daba un manotazo a alguna de las enfermeras que con más o menos paciencia lo atendían… Y es que nadie cuida como cuida el amor de la familia—. Bueno… Sí… Sí me gusta la maduixa, un poco más…

Con suerte se convencía, como el niño pequeño que termina cediendo después de haber intentado imponer su voluntad con una rabieta. Y así, a trancas y barrancas, su estómago se llenaba de alimentos licuados para ganarle la batalla a un tiempo que a él ya poco le importaba.

Gritaba de dolor cuando lo movían, lo aseaban o lo cambiaban, debido a la artrosis que desgastaba sus huesos. No obstante, al igual que su voz, la potencia de sus gritos no era más fuerte que el maullido de un gato herido y, más que molestar, escucharlo partía el alma. Él se aquejaba, se asustaba, se confundía… Y regresaba de nuevo a ese refugio seguro que es para casi todos nuestra niñez.

—Abuela… Escuela… Ah, els pares… ¿Mamá?

El tono de sus murmullos y canturreos se había convertido en el mejor indicador para saber cómo se encontraba. Se le notaba feliz recreando un pasado que se había convertido en su presente. Y se mostraba contrariado si alguien, desde nuestro hoy, lo sacaba de una ensoñación que no sabemos hasta qué punto era su única y auténtica realidad. A esas alturas de la enfermedad ya era incapaz de seguir una conversación, pero todavía respondía con algo de sentido a ciertas preguntas. Recordaba su nombre, nunca el de su esposa y en raras ocasiones el de su hermano. De vez en cuando les regalaba un destello de certeza que mantenía por unos segundos algo de esperanza. Tan bella como efímera.

Que aquel hombre se cruzara en mi camino de la forma más aleatoria e inesperada posible me hizo reflexionar acerca de la vida y el transcurrir de los años. Pensé en todo eso por lo que nos esforzamos tanto, en lo que construimos, en las relaciones que forjamos, en los instantes que disfrutamos. Y en todo lo que no hacemos por mil razones, lo que dejamos pasar, lo que no atendemos ni valoramos. En el tiempo que se nos diluye sin comprender que también se agota. En el olvido que a veces tanto deseamos, mientras el dolor nos inunda: resetear emociones, partir de cero, volver a empezar. Pero qué miedo da verse abocado a olvidar de verdad, sin tregua ni compasión.

La enfermedad lo estaba despojando de sus vivencias, dejándole un profundo eco en la memoria, donde ahora solo quedaban reverberaciones infantiles de lo que un día fue. ¿Era él consciente de su decadencia? ¿Dónde se traza la línea entre lo que atesora el cerebro y lo que siente el corazón? Quiero creer que, aunque los recuerdos se escapen, las emociones de alguna manera quedan. Puede que sea una visión romántica de las circunstancias, o simplemente la búsqueda de un alivio para tratar de aferrar el sentimiento más allá de la razón. Sin embargo, a pesar de mis elucubraciones, solo una cosa era cierta en ese momento: el hombre que yo conocí durante aquellos días ya había dejado de ser el hombre que él mismo conoció.

Pájaros en la memoria

El techo me da vueltas, parece que en cualquier momento se me quiere venir encima. Cierro los ojos y la oscuridad del precipicio me asusta. Los abro. Las paredes bailan lentas en un movimiento que solo veo yo. Ella me mira, desconcertada. Está de pie junto a mí diciendo cosas como estate tranquila, respira. La obedezco, me relaja. Parece que a ella también. Suena un teléfono y corre a contestar. Oigo palabras sueltas: recogida, pedido, transporte, gestión. Silencio. Regresa a la habitación y se sienta a teclear con impaciencia. ¿Está nerviosa? Me vuelvo a marear.

Respira, me digo yo esta vez. Qué sensación más rara. Me palpo la cabeza buscando la razón a todo esto. ¿Qué hora es? Más de la una, me contesta. ¿Ya? Qué raro, creo que no he hecho de comer… Entonces, ¿qué he hecho? Hablar por teléfono toda la mañana, me suelta burlona. Pienso con quién y no lo recuerdo. No, no es posible, me está tomando el pelo. Percibo su expresión de extrañeza en el rostro, se levanta de nuevo y se pone a mi lado. ¿No te acuerdas? Busco entre los pliegues de mi memoria algo de luz, pero no lo consigo. Ella indaga con cuestiones fáciles, supongo, que no sé contestar. ¿Qué le pasa a tu hermano? Ella titubea, se sienta a los pies de la cama y me acaricia las piernas. Parece que se ha puesto pálida, la pobre. Vuelve a insistir en si me encuentro mal y la verdad es que sigo algo mareada.

Que si la veo, pregunta ahora. Pues claro, no estoy ciega. Que si sé quién es, ¡anda, anda! Y que sí sé cómo me llamo yo, ¿es que se ha vuelto loca? ¿Qué significa este interrogatorio? No entiendo nada, ¿por qué estoy tumbada? No me acuerdo. ¿He perdido el conocimiento? Contesta que no, solo estaba algo mareada. Aunque por la cara que pone no estoy muy segura de que me diga la verdad. Que va a telefonear un momento y que no me mueva del sitio, ordena. Me trata como a una niña pequeña, pero obedezco sin rechistar. Cuando cuelga me comunica que van a venir unos médicos. ¿Por qué? Porque estás mareada. No me dice que en realidad es porque no me acuerdo de nada de lo que hemos hecho esta mañana.

No me gusta este suéter, mejor tráeme el azul, por si me llevan los médicos con ellos. Tengo mucho calor, me quito la camiseta. Suena el timbre y ella suspira aliviada. Dos chicos muy amables invaden la habitación, cuánta gente de repente. Me examinan los ojos, como si esperaran verme perdida en mi propia mirada. Que saque la lengua. Que levante los brazos. Me aprieta mucho este aparato, ¡aaay! Mencionan algo de la tensión, me pinchan un dedo y cae una gota de sangre. Todo va muy deprisa, me siento como un autómata. Y de nuevo, la retahíla. ¿Dónde vive usted? Pues aquí, ¡dónde voy a vivir! Sonríen, como si la que hubiera dicho alguna chalaúra fuera yo y no ellos con tanta tontería. Los veo susurrar y tomar una decisión, están de acuerdo, será lo mejor.

Hola, María. Ya en la calle saludo a la vecina, que parece no reconocerme. ¿Qué les pasa a todos hoy? Me pregunta preocupada que cómo estoy, pero la verdad es que no lo sé, porque no me acuerdo. La dejo descolocada. Me meten en un camioncito repleto de artilugios, digo yo que será una ambulancia. Estoy sola y extrañamente tranquila, me abandono al traqueteo. Al cabo de un rato unas voces me sacan del ensimismamiento y la vuelvo a ver, con la chaqueta puesta y papeles en las manos, de aquí para allá. Hay más personas en la sala, en camillas, en sillas de ruedas, parece que esperan su turno. Ella me acompaña, ¿quizá yo también espero el mío? Me doy cuenta de que llevo puesto el suéter azul, qué raro. Me comenta con ternura que es el que yo misma he elegido porque quería estar guapa para venir al hospital. No me acuerdo, pero tiene razón, siempre me gusta ir bien a los sitios.

¿Por qué no me acuerdo? Se despide anunciando que a donde voy ya no la dejan estar conmigo, aunque seguirá cerca. Lo sé. Vuelvo a quedarme sola pero estoy en calma. De vez en cuando un chico joven cubierto de pies a cabeza me hace alguna pregunta. Me fijo en su mascarilla, yo también tengo una, ¿es que hay coronavirus? He perdido la noción del tiempo… Dicen que me van a hacer algunas pruebas porque no recuerdo nada. ¿Y qué tengo que recordar? Parece de vital importancia que lo haga, sin embargo, por más que me esfuerzo mi cerebro no me devuelve nada. ¿Cómo he llegado hasta aquí? Digo yo que alguien me lo tendrá que explicar.

Un destello primero, como el fulgor de una chispa espontánea al conectarse un par de cables. Sí, estaba mareada esta mañana. Hablé por teléfono mucho rato. No sé si desayuné, supongo que lo hice como de costumbre. Cierro los ojos y siento los pensamientos fluir despacio, como un cauce de primavera naciendo tras el invernal reposo. Llegan a mí los recuerdos difusos, tan lejanos que parecen sueños. Trato de ordenarlos, pero me topo con demasiados huecos en la mente. Hay cosas que no comprendo, momentos que no alcanzo a enlazar, como fotogramas sin sentido reproduciéndose caprichosos en mi imaginario. La vida se pierde entre los recovecos de una memoria defectuosa que no consigo recuperar… Como si me faltara un pedazo de tiempo, como si todo esto nunca hubiera existido. Siento una profunda tristeza y el temor se apodera de mí. Qué cruel es el vacío que queda cuando los recuerdos ya no son nuestros.

Acordes de nostalgia

Sonaba de fondo la melodía de un mariachi y algo en su interior bailaba al compás de la música mientras preparaba los platillos que se servirían más tarde. Era quince de septiembre, el día grande del mes patrio, y el rancho se había engalanado para celebrar un año más sus fiestas de la independencia. Pronto comenzarían a llegar los invitados, todos familia y amigos, vestidos con los trajes típicos y ataviados con la bandera tricolor a modo de fajín. Los hombres como auténticos charros del norte, y las mujeres con sus largas faldas de colores y sus trenzas adornadas de lazos. Sonrió recordando a su madre cuando, siendo ella una niña, le peinaba con delicadeza su revuelta melena azabache. Cerró los ojos y con el vello de punta sintió cómo su corazón se le aceleraba con cada acorde que le llegaba desde el patio, haciéndola virar atrás en el tiempo. Regresó a aquella noche y volvió a ver a sus padres bailando al son de la banda, divertidos, como si no existiera nadie más sobre la faz de la tierra. Los escuchó entonando algunos versos con ardor y tarareando a su manera los ahora clásicos de Pedro Infante, Jorge Negrete o Miguel Aceves Mejía. Y luego, rememoró el estallido de aquel grito tan profundo como conmovedor: «¡Viva México!», que corearon tres veces. Y cómo ella, con apenas cinco años y escondida tras las cortinas, susurró un tímido «viva».

mexican-bunting-traditional-banners-cuttingpaper¿Cuántos años habían pasado desde entonces, sus primeros vítores? Tantos que podía resumirlos en toda una vida… El pueblo había cambiado, es cierto, se abrieron nuevos comercios, más modernos, y en los últimos tiempos el turismo había comenzado a hacer aparición por aquellos rumbos, entre la curiosidad y el desconcierto. El rancho, sin embargo, se mantenía impertérrito, como si las grietas en forma de arrugas que decoraban algunas paredes no fueran más que garabatos infantiles sin importancia. La esencia que construye un hogar no cambia, pensaba ella. Y ese había sido su hogar desde que nació. Allí atesoraba la seguridad de lo conocido, todo aquello que le fue transmitido por sus padres, antes por sus abuelos, más atrás por aquellos viajeros nómadas que un día decidieron establecerse a las faldas del cerro. Aquella casa de colores desconchados y vigas de madera había sido testigo mudo de amoríos y despechos, de riñas, de miedos, de guerras, de penas, de hambre, de sueños. Había resistido los envites del tiempo y de las circunstancias como si supiera que su objetivo en este mundo era ser mucho más que un simple refugio.

Sonreía pensando que ciertamente, así era. Mucho más. Era el lugar que la había visto crecer, aprender, disfrutar. Donde el eco de la risa de sus padres se engrandecía siempre, incluso hasta después de apagarse con sus últimas exhalaciones. Era la vivienda familiar que a punto estuvieron de perder y por la que ella quiso luchar a pesar incluso de sus hermanos. Y lo consiguió. Construyó su búnker de felicidad durante los años de matrimonio y maternidad, aunque también la sintió como un débil cristal cuando la Muerte se adelantó llevándose a su esposo una fría tarde de noviembre. Todo se tornó oscuro de repente, y la casa parecía querer venirse abajo, desconsolada. Pero pronto los vacíos se fueron llenando otra vez con la innata alegría de los más pequeños, que le devolvieron a cada una de las estancias el calor de la hospitalidad.

Y regresaron los cánticos, los bailes, las fiestas. Resurgieron los colores, el folclor, ese olor característico mezcla de chiles y algún dulce en el horno, los sabores de antaño, la tradición. Y con todo ello adornaban también esa noche, como tantas otras a lo largo de su vida, entre el recuerdo y la ilusión.

—¡Abuela, apúrese, ya van a llegar todos!

El grito de su nieta Marita la sacó del enjambre de sus memorias para devolverla de nuevo a los fogones donde el pozole se cocinaba lentamente y las tortillas se amontonaban ya en el comal.

Cuando éramos felices

Dicen que hubo un tiempo en el que salir a la calle era sentirse libre. Que no hacía falta llevar guantes ni mascarillas ni guardar ninguna distancia de seguridad. Un tiempo en el que los horarios no se restringían, donde no se sabía lo que era un estado de alarma ni un toque de queda más allá de lo que los libros de texto narraban. Cuentan que en los supermercados nunca faltaba el abastecimiento, que en las farmacias te atendían sin mamparas, y que se podía acudir a comprar cualquier cosa sin el riesgo que significa ahora exponerse a los demás.

Dicen que en el transporte público la gente se apelotonaba sin reparos, que todos tocaban las mismas barras, que se hablaban a pocos centímetros, que se rozaban las pieles. ¿Te imaginas? Y que organizaban marchas para mostrar su disconformidad social y promover el cambio. ¡Se hacían manifestaciones!

Dicen, además, que había unas salas con olor a palomitas donde se proyectaban películas que podías ver en compañía de extraños, y que lo mismo pasaba con las obras de teatro. Y que los cantantes, de vez en cuando, se subían a unos escenarios para tocar en vivo al calor de su público. Aseguran que las aficiones vibraban viendo jugar a sus equipos en directo y que el ambiente que nacía con miles de corazones latiendo a la par es difícil de explicar. Comentan algo de unos locales repletos de jóvenes bailando hasta altas horas de la madrugada, bien pegados unos con otros sin conocerse de nada. Y que incluso algunos salían de allí con nuevas pasiones que con suerte sobrevivían al desayuno de la mañana siguiente. Sin pasar filtros ni utilizar máscaras, como auténticos inconscientes.

Dicen que antes podías abrazar a los tuyos sin temores, y que besarse no estaba prohibido. Que cuando un ser querido moría se le despedía dignamente, en familia, con honores, sin prisas. Que se podía llorar en los hombros de alguien más sin que ello comportara un grave peligro. Que el consuelo físico estaba bien visto y que era, de la misma manera, muy necesario.

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Dicen que estaban acostumbrados a pasear en pareja ¡y hasta cogidos de la mano! A sentarse en las terrazas al sol cuando llegaba la primavera, a compartir copas, risas y sueños. Y que lo disfrutaban muchísimo. Reconocen que a veces se venían arriba haciendo planes que luego no cumplían, y se arrepienten de no haber exprimido mejor cada momento. Aunque también hablan de viajes que hicieron más allá de sus fronteras, cuando para moverse por el mundo solo bastaba una mochila y un pasaporte en regla. Podían palpar con los cinco sentidos otras culturas, otras gastronomías, otros ritos, otros idiomas, a otras gentes… y enriquecían su alma sin pretenderlo.

Dicen que la enseñanza era presencial, que existían colegios y universidades donde el apoyo del grupo era de gran ayuda para seguir adelante. Que los niños jugaban en los parques, que hacían fila esperando su turno para volar en un columpio y que se empujaban divertidos en los toboganes. Y opinan acerca de unos lugares de atracciones que eran mucho mejores que los videojuegos, como unas ferias a lo grande. Que correteaban por las calles de los pueblos en verano y que invitaban a sus amigos a hacer fiestas de pijamas en sus casas, ¡menudo nombre! Pero en su memoria se antojan divertidas, incluso las guerras de almohadas entre hermanos, y las cosquillas, y las luchas, y las peleas y la manera en que se molestaban dándose pellizcos a escondidas. Porque en el contacto no pasaba nada.

Dicen que antes de esto los abuelos colmaban de besos a sus nietos, los consentían, los achuchaban, los protegían, y no se enfermaban por eso. Y que las familias se reunían alrededor de una mesa para celebrar, y reír, y debatir, y perdonar. Que cualquier excusa era buena para juntarse, para quererse, para sentirse cerca sin necesidad de apretar el botón de videollamada.

Asumen con tremenda nostalgia que estaban tan seguros de su férrea pertenencia, de la magia de lo establecido, de todo lo que siempre habían conocido, de la verdad, de lo tangible, de la rutina de las pequeñas cosas que los sujetaban a la realidad, de la amistad indiscutible, del contacto social, del amor sin condiciones, de un abrazo oportuno, de la inquebrantable libertad… Que sin percatarse habían dejado de valorar la vida en su sencillez incapaces de sospechar que llegaría un día en el que ya nada de eso existiría fuera de su recuerdo. Y cuando ese día llegó y la vida rugió viniéndose el mundo abajo, entendieron que en aquellos tiempos pasados la felicidad les había estado acariciando, sin darse cuenta, las manos.

Y fue entonces cuando lloraron.

 

 

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