La chimenea

La luz ámbar del fuego ilumina suave la estancia, concediéndole calor a esta fría noche de marzo. El ondear de las llamas en la chimenea se vuelve hipnótico a sus ojos mientras el silencio se adueña de ellos. Solo el chisporroteo de los troncos ardiendo los saca de vez en cuando de su ensueño. Eso, y los roces casuales que sus dedos se dan sin querer, queriendo. Una tímida sonrisa le sigue a cada uno, sin apartar la vista de ese fuego. Un fuego que los envuelve, que los seduce, que los atrapa.

—¿Qué piensas? —pregunta ella, relajada.

—¿Tú? —responde él, curioso.

—Pues no sé… Que me gusta estar aquí, así, lejos de todo—se atreve—, contigo.

Él sonríe y la mira, entre pícaro e inquisitivo. Ella se sonroja. Sus mejillas acaloradas resaltan el color de sus ojos, que parecen más brillantes y oscuros esta noche, y el de sus labios carnosos, abiertos ligeramente intentando quizá buscar un argumento mejor.

—Y a mí —suspira él, siempre más parco en palabras, mientras se recuesta sobre ella apoyando la cabeza en su regazo, rompiendo la escasa barrera de centímetros que los separa—. Cuéntame cosas.

A ella le encanta tenerlo así, acurrucado en su cuerpo, confiado como un perro panza arriba listo para ser acariciado. Le revuelve el cabello con ternura, jugando con sus remolinos traviesos. Podría decirle que le quiere, nada más simple y revelador que eso, pero ¿será suficiente? Lo observa desde arriba, desde esa perspectiva de poder otorgado únicamente por la postura. Se miran largo rato, confesándose con gestos delicados todo lo que callan sus almas a veces tranquilas y otras atormentadas. El fuego que resplandece en sus pupilas no proviene solo de la chimenea, aunque los enmarque de forma especial en esta madrugada.

—¿Y qué quieres que te cuente? ¡Siempre te cuento cosas! —responde ella, risueña—. ¿No te aburres de escucharme?

—¡Pues claro que no, loca! —protesta haciéndose el ofendido—. Me gusta saber todo de ti, ¿que no te das cuenta?

Sí, sí se da. De eso y de cómo la mira esta y todas las noches que se pueden tener. Y de cómo lo hacen también esos días cuando, rodeados de gente, se buscan como gatos al acecho, entre el sigilo y el misterio, ajenos al qué dirán. Porque ellos se ven de esa manera única y extraña que solo una perfecta conjunción de amor y deseo es capaz de provocar.

Ella comienza su relato de cotidianeidad con dulzura, como quien le narra un cuento a un niño antes de dormir. Nada importante en realidad: rutinas, quehaceres, dudas, planes. Cualquier tema ocurrente, cierta provocación y alguna broma por medio después. Así pasan las horas, entre palabras, caricias y cómodos silencios.

El fuego mengua pidiendo más leña. Él se levanta para avivarlo y ella siente un escalofrío espontaneo recorriéndole la piel. Afuera la noche se difumina lenta mientras el rocío cala. Busca un par de mantas y se acuesta sobre la alfombra, junto a la chimenea.

—Ven, abrázame.

Bailan los destellos de un ardor creciente en sus miradas antes del primer beso. Los labios se palpan cautelosos, saboreándose sin prisa. Poco a poco se encuentran las lenguas, mientras las manos buscan el calor de los cuerpos bajo la ropa, que osada se desliza dejando al descubierto cada centímetro de piel. Los dedos, ágiles, corretean curiosos por los recovecos del placer. Las respiraciones se entrecortan y se aceleran por momentos. Se contemplan sin pudor y sonríen. Se saben seguros de una pasión desmesurada que están obligados a contener. Pero no ahora, no aquí, no juntos y a solas.

Él la recorre entera, despacio, agitando su mar. Ella lo hace palpitar en su boca en una plácida tortura. Se enredan sus piernas, prisioneras de tanto deseo. Él la observa ahora desde su atalaya de poder mientras ella se deja admirar antes de atraerlo magnética hacia sí. Se funden sin censura el uno en el otro, apretándose rítmicamente en una febril danza de caderas al compás de sus besos. Sentirse, eso es todo por ahora. Amarse, antes y después.

Una última sacudida de placer los conduce al abismo. En esas décimas de segundo se lo dicen todo, incluso lo que ni siquiera saben que se quieren decir. Después se rinden cansados, jadeantes, desarmados. La lumbre sigue desprendiendo formas de luz que se sombrean ahora en sus cuerpos perlados. Juegan a intentar trazarse las siluetas efímeras mientras sus latidos se sosiegan y sus respiraciones se relajan. Abrazados, se miran a los ojos en silencio, sonrientes, indagadores. No es la primera vez que se descubren tan vivos en una llamarada, pero quizá hasta este momento nunca se habían visto de verdad reflejados el uno en el otro, mecidos por el fuego de una chimenea, protegidos en la paz de la montaña.

El hombre en el balcón

La primera vez que lo vi estaba asomado en su balcón. Con el torso desnudo y los brazos en jarra viraba su rostro en calma hacia el sol, intentando retener los rayos como un lagarto en reposo. De vez en cuando daba un pequeño paseo por los escasos seis metros que la terraza le permitía. Un ir y venir de pasitos cortos pero firmes, y de nuevo un descanso acalorado. Ciertamente, el sol quemaba durante aquella primavera casi veraniega y cualquier brizna de aire se agradecía.

A él no le importaba mostrar su cuerpo anciano, lo hacía con la seguridad que solo el pasar de los años es capaz de otorgar. Y a mí me gustaba mirarlo a pesar de sus carnes flácidas, de los pectorales caídos, de la barriga pronunciada y del fino pellejo que colgaba de sus brazos. Allí donde alguna vez debió de haber fuerza y juventud, imaginaba yo, apenas quedaban vestigios de un pasado mejor. Sin darme cuenta me fui acostumbrando a salir a su encuentro desde mi ventana. Siempre a la misma hora, siempre de la misma manera. Verlo acudir a una cita que sin saberlo había pactado conmigo en la distancia me hacía sonreír. Ya está ahí, pensaba, y de alguna forma aquello me tranquilizaba.

Un día se cubrió con una camisa de rayitas azules, pues la sombra le había comido terreno al sol llegado septiembre, pero él siguió repasando las baldosas del suelo con mecánica decisión. Aquellos pies que tanto habían recorrido se conformaban ahora con acariciar la limitada parcela de su cuarto piso. No parecía importarle, aunque desde mi posición no percibía al detalle la expresión de su cara. De vez en cuando una ráfaga de viento otoñal le revolvía los escasos cabellos que le quedaban y entonces se detenía para atusárselos con sosiego, como quien no le debe nada más al tiempo. Después volvían los brazos en jarra para otear resignado lo poco que le permitía el horizonte gris de la ciudad.

Las hojas de los árboles cayeron dejando al descubierto esqueletos de ramas secas que se helaban con la llegada del invierno. Durante algunos días el frío y la lluvia lo mantuvieron encerrado en casa y a mí expectante tras la ventana. Hasta que una mañana de gélida luz retomó su rutina. Sin embargo, la vida se había dado prisa con él durante tan breve ausencia. Su espalda ahora encorvada soportaba más años de los que tenía y el danzar de sus pasos se asemejaba más bien a un torpe suceso. Quise achacar la lentitud de sus movimientos al grueso jersey que lo abrigaba, pero sus manos trémulas agarradas a la barandilla me mostraban impávidas la realidad. El ocaso de aquel hombre se revelaba ante mis ojos y no podía hacer nada.

Florecía de nuevo la primavera cuando dejé de verlo. Los días se alargaban en agonía para terminar muriendo lentos, igual que lo hacían mis esperanzas. Me atrincheré en mi particular atalaya convenciéndome de que quizá un cambio de hábitos era la explicación que necesitaba, aunque sabía bien que a ciertas edades la costumbre se torna férrea y no deja paso a la espontaneidad. Una noche, las luces que tenues iluminaban la estancia dejaron de parpadear. Nunca vi mujer alguna acompañándolo y ese pequeño detalle que hasta entonces no me había llamado la atención me caló extrañamente en el alma. Una corriente de sudor frío me recorrió la columna vertebral y sentí mis piernas flaquear ante tal temido presentimiento. En aquel instante a ciegas el mundo entero se silenció, o eso al menos me pareció a mí, triste espectadora desde mi ventana. Desde entonces nadie ha vuelto a pisar el balcón, que permanece lúgubre en la soledad que escupe su persiana bajada.

Por un puñado de duros

Siento que me muero, ahora ya sí. Desde hace meses lucho contra esta agonía que me va apagando poco a poco y aunque todos a mi alrededor me dicen que saldré de ésta, que lo he hecho de otras peores, lo cierto es que voy a cumplir ochenta y seis años y no creo que a la vida le dé por regalarme más prórrogas. No, la vida tiene cosas mejores que hacer que prolongarle los días de pesadumbre a una vieja como yo, aunque sí que me gustaría pedirle un poco más de tiempo. Por lo menos hasta el lunes que, bien mirado, no es tanto. Pero lo necesito. Manuel ha dicho que vendrá. Sin embargo, si soy sincera, hasta que no lo tenga aquí delante de mí, como el hijo con agallas que nunca fue, no lo creeré. Hace treinta y siete años que no lo veo, ¿cómo estará? A punto de jubilarse supongo, y apenas era un joven ambicioso cuando su padre lo echó de casa una fría tarde de noviembre. El portazo resonó tan fuerte que aún hoy, si cierro los ojos, soy capaz de sentirlo estremeciéndome la piel. Aquel portazo me lo dio realmente a mí en el corazón. Y hoy tengo miedo, esa es la verdad, de verlo y también de morir sin poder hacerlo. Hay tantas cuestiones pendientes batallando por ser preguntadas, hay tanto rencor anudado en el alma, tanta furia contenida, tantas lágrimas calladas. Son treinta y siete años de ausencia, de espera, de reproches, de pelea. Una guerra que empezó siendo legal y terminó enquistada en la trinchera emocional, ahí donde más pega, donde más duele.

imagesLo cierto es que Manuel fue un egoísta, y mi Antonio tenía razón. No se portó bien. La ambición que al principio nos parecía adecuada para llevar el hotel que durante décadas había pertenecido a la familia resultó ser desmedida, y cuando nosotros le dimos oportunidades y confianza, él nos respondió con engaños y deshonra. Aquella tarde, sí, la del portazo que desmoronó nuestro mundo, habíamos recibido una notificación del notario, o alguien de leyes, no recuerdo bien, en la que se nos informaba de que el hotel había sido vendido a un grupo inmobiliario por una cifra nada despreciable. Creímos que era un error, claro. Ni Antonio ni yo habíamos dado orden, ni habíamos iniciado trámite alguno, ni teníamos constancia de nada. Sin embargo, Manuel no parecía en absoluto asombrado con la noticia, es más, estaba deseando acabar cuanto antes con aquel asunto de las firmas para largarse. Eso hizo, por supuesto, después de una cruda pelea con su padre que terminó por hacernos añicos a todos.

Han pasado treinta y siete años desde entonces y mi Antonio ya no está. No sé si al final de sus días lo perdonó, pero estoy segura de que murió con la pena de haber perdido a un hijo por el tacto vil del dinero. Y ahora que me enfrento yo al mismo recuento de años y daños, no quiero irme de este mundo con esa carga de sufrimiento que durante tanto tiempo me mantuvo férrea en un hálito de esperanza. No, no puedo más, se me agotan las fuerzas. Necesito tenerlo delante de mí, una vida después, para saber si de verdad le compensó lo que nos hizo y para comprender, si es que se puede, por qué mi hijo fue capaz de robarnos hasta los recuerdos de lo que pudo haber sido por un puñado de duros.

Bueno, ha dicho que vendrá el lunes en un arrebato no sé si de decencia o de compasión. Son solo cuatro días… Le pido a Dios que me dé lucidez en esta espera, y el valor suficiente para poderlo perdonar. Si lo consigo estaré por fin lista para irme en paz.

 

¿De qué escribo cuando escribo?

Desde que empecé a escribir, o más bien a publicar en este blog permitiendo así que extraños y no tan extraños accedieran a mis letras, me he enfrentado a mí misma, al qué dirán, y a la sombra de la duda que se cierne sobre todo aquello que aquí relato. No pocas veces me han preguntado si es autobiográfico, si lo he vivido, amado, padecido. Si todas mis palabras responden a algo, si lanzo mensajes subliminales, si juego con la indirecta, si digo aquí lo que no puedo decir fuera de este espacio. Aún hay gente que piensa que me dirijo por y para alguien en concreto, como si de misivas con destinatario se tratara; gente que se da por aludida para bien y para mal; algunos que incluso ven todavía en mis sentimientos la marca de amores ya caducos, o de otros que se piensan incipientes. Y luego está la gente que no solo especula con el grado de ficción y realidad de lo que escribo, sino que además me critica por ello. Sí, hay gente que me convierte en la protagonista absoluta, sobre todo de las historias “moralmente cuestionables” (y lo entrecomillo porque quisiera yo conocer la vara de medir de la moralidad de ciertas personas), para dejarme a la altura del betún. Pero olvidan que yo no soy personaje sino escritora, y que cuestionarme así más que una crítica es para mí un verdadero halago. Que tú, como lector, sientas que lo que yo transmito bailando con las palabras puede ser real, me puede haber pasado, o que incluso te identifiques con ello, me llena de orgullo y me anima a continuar escribiendo. Si consigo provocarte sensaciones y no te dejo indiferente, ya me doy por satisfecha.

Los mejores crímenes para mis novelas se me han ocurrido fregando platos. Fregar platos convierte a cualquiera en un maníaco homicida de categoría. Agatha Christie.

A nadie se le ocurre pensar que la escritora británica, autora de sesenta y seis novelas policíacas, fue en realidad una asesina encubierta o que en cualquier caso le hubiera gustado serlo, a pesar de la excelente capacidad que tenía para narrar tramas homicidas tan detalladas como creíbles. Pues claro que no, quizá tuviera cierta afición por el mundillo de las intrigas y las investigaciones y de ahí naciera el pintoresco Hércules Poirot, pero todo lo demás fue fruto de su imaginación. Como lo son la mayoría de las historias que residen en la ficción, con sus destellos indispensables de realidad. Sin embargo, que existan esos destellos, que son al fin y al cabo de los que se nutre una narración para conferirle verosimilitud otorgándole viveza, no significa que sean fieles, ciertos ni nuestros.

Perfil3

Pero entonces, ¿de qué escribo cuando escribo? ¿De dónde surgen las ideas? ¿Cómo puedo manejar temáticas que desconozco? ¿Hasta qué punto las emociones que plasmo en papel no son las mías? Está claro que la materia prima para todo escritor es la vida, aunque dicho así llega a confundir: ¿la propia vida? No. No tiene porqué. O sí, con matices. La vida como tal ya está lo suficientemente llena de elementos inspiradores, solo hay que saber observarlos. Un trayecto en autobús, una conversación en la mesa de al lado, ese sueño que te sacudió mientras dormías, aquello que nunca te atreviste a hacer, una decisión acertada o no,  lo que fue y lo que pudo haber sido, un destino equivocado, un paisaje de la naturaleza, los viajes que emprendemos, los deseos más ocultos, el terreno inexplorado de la fantasía, lo que decimos y lo que callamos, el recuerdo de la infancia, la gente y sus problemáticas, el contexto que nos rodea, las ficciones que vemos, escuchamos o leemos, el minuto siete del capítulo veintitrés de tu serie preferida, el vacío de la memoria… Y por supuesto, también aquello que todos sin excepción en algún momento sentimos: el amor, la tristeza, los celos, la pasión, la envidia, la locura, la gratitud, la esperanza, la rabia, el temor, la ilusión, la pérdida, el poder, un reencuentro, la lealtad y la traición, la impotencia, el valor de la amistad, la complicidad. Todo eso que está ahí, en la propia condición humana, en la existencia en sí misma, es susceptible de ser contado. Basta con dejarse llevar sin miedo por los recovecos más profundos y extraños, con cierto grado de intuición, curiosidad y delirio. Creo que, en definitiva, escribir es el resultado personal de una confluencia de elementos que nacen de muchas cosas pero sobre todo de una imperante necesidad. Cada uno sabrá cuál es la suya.

Se escribe para llenar vacíos, para tomarse desquites contra la realidad, contra las circunstancias. Cuando la realidad se vuelve irresistible, la ficción es un refugio. Refugio de tristes, nostálgicos y soñadores. Mario Vargas Llosa.

 

 

 

El mar en sus labios

Cuando abrió los ojos aquella mañana y lo miró durmiendo a su lado se sintió tan atrapada que quiso huir. ¿Por qué ahora? Después de todo no era la primera vez que despertaban juntos tras una noche frenética. Había habido muchas de ésas, incontables, inconfesables. Y sin embargo aquella mañana algo cambió. Quizá no fue de inmediato, quizá ese desasosiego, ese hastío, venía gestándose tiempo atrás pero para ella no habían sido más que señales difusas que intentaba apartar de su mente, puede que también de su corazón.

Se levantó despacio, no sabe si por miedo a ser descubierta o por la desazón de llevar a cabo su plan. Decirle adiós no era fácil, quizá por eso pensaba aprovechar ese momento para salir sin decir nada. Sí, como una cobarde. Pero cuántas veces quiso hablar, cuántas cosas intentó decir sin que la entendieran, sin que le prestaran atención, sin tan siquiera una bronca o una réplica. O quizá es que nunca nadie le dijo lo que ella quería oír, lo que sentía que merecía, y ya se había cansado de eso. De ser la parte perdedora, la segunda en el podio, la que nunca recibe los honores. Ya se había cansado de ese hábito que durante años la mantuvo lejos de la exclusividad siendo la que dándolo todo no pedía nada a cambio. Se acostumbraron a esa mujer todos los que jugaron entre sus piernas y al final ella también se acomodó a ser quien probablemente no era. Al fin y al cabo lo pasaba bien.

Pero aquella mañana algo en su interior se le rompió. Sintió que se le quebraba la esperanza de que por una vez las cosas iban a ser diferentes, de que él daría los pasos necesarios, de que apostaba por un futuro sin mentiras, sin engaños, sin secretos, sin terceros, sin huidas. Pero se dio cuenta de que eso nunca sería posible, salir de la comodidad establecida era probablemente una quimera y ahora la que huía era ella. A tientas recogió su ropa del suelo y salió de puntillas de la habitación. Lo miró por última vez bañado por la tenue luz que dejaba entrever la persiana bajada hasta la mitad y con mucho esfuerzo le lanzó un beso al aire y le susurró un tímido adiós.

ti-al-mareRespiró hondo al llegar a la calle sintiéndose libre y aterrada. Lloró tras los cristales de sus gafas de sol pero mantuvo la cabeza alta y comenzó a caminar sin rumbo. Ya estaba fuera, ¿a dónde iba? El sol de la mañana le calentaba la piel pero ella sentía frío. Un frío intenso y hueco recorriéndole el cuerpo, haciéndola temblar. Tuvo que sentarse en un banco antes de poder continuar andando, le flaqueaban las piernas y las lágrimas ya no le dejaban ver tras los cristales empañados. Tenía que serenarse y calmarse, no la podían ver así, maldita alma en pena, respira.

Pensó en si lo que estaba haciendo era lo correcto y en si a estas alturas él ya se habría dado cuenta de su partida. Quiso enviarle un mensaje, quizá le debía una explicación, pero el temor a volver atrás le hizo recapacitar. Se puso en pie y ahora con más rabia que tristeza se fue directa a la estación central. La suerte quiso que un tren parado en el primer andén fuera directo a la costa, sin demora. Así que casi sin pensar pagó su billete y subió. Le daba igual el destino mientras pudiera ver el mar…

El tren empezó a traquetear cada vez con más ritmo mientras se alejaba de la estación, de aquella ciudad, de su prisión. Se quedó absorta mirando el paisaje, primero las fábricas, después los campos, más allá el Mediterráneo. No pensó en nada, sólo quería sentir paz y callar las voces beligerantes en su interior. Esas voces que le decían vuelve, te quiere. Calma, no desesperes. Todo cambiará. No, no lo hará. Esa guerra de emociones que la seguía aturdiendo, confundiendo, martirizando. Cerró los ojos y se dejó mecer por el vaivén, adormilándose, agotada. Cuando el tren llegó a su destino bajó con rapidez en busca de ese espigón que conocía bien, en la playa de su infancia. Quizá la inercia la había llevado hasta allí, quizá fuera la necesidad de refugiarse incluso de sí misma en los recuerdos felices de su niñez.

Inspiró el aire que provocaban las olas al chocar contra las rocas, mezcla de sal y dulzor. El fuerte olor a mar se le colaba por la nariz y se le agarraba al paladar, pero le gustaba. Sumergió los pies en el agua y se acarició las piernas con las yemas de los dedos, dibujando caminos de gotas, formas etéreas que no significaban nada. Se quedó largo rato allí sentada, quieta, en silencio, descifrando la línea del horizonte, intentando adivinar qué había más allá. Otros lugares, otras tierras, otras personas. Puede que un viejo amor. Sonrió. El amor… Siempre de vuelta a él. Y en esa sonrisa melancólica notó un intenso sabor a mar en sus labios. Una lagrima salada le recordó que lo que escuece un día sana y eso no es muy diferente a lo que ocurre con las heridas del corazón.

 

 

 

Lucía

Afuera, el viento. Adentro, la tormenta. En el corazón un huracán y en sus ojos, como en el cielo, la lluvia. Lucía se acurruca como cada tarde de este otoño gris frente a la ventana del hospital, hipnotizada por las gotas que trazan caminos sobre los cristales mientras ella desde adentro los resigue despacio con el dedo índice.

axamulalom-1467311281-2257c0d_xlargeLa misma rutina, los mismos truenos, los mismos miedos. La misma incertidumbre, el mismo deseo frustrado, la misma desesperanza. Una rueda que gira, que la envuelve y que la ahoga. “Esta lluvia cómo aprieta… Casi tanto como la soledad” piensa.

Se le oscurece el alma a la par que la mirada con el recuerdo de quien ya no es, de quien nunca volverá. Huérfana de emoción, rota de dolor, una fuerza extraña la arrastra a los abismos con tanta intensidad que se vuelve débil. Y cae, de nuevo, en las redes de la adicción. Invisible, imperceptible y seguramente sin intenciones pero aquí está ella, como la araña que se enreda en su propia tela, agonizando. Quisiera poder controlar sus arrebatos, sus pasiones, su razón. Pero Lucía es así: un corazón errante lleno de piedras y cicatrices y a pesar de todo dispuesto a amar. Porque ella ama, claro que sí. Ama con nervios, con ganas. Ama cuando se muere de risa, ama cuando le surcan el rostro las lágrimas. Ama en la distancia y en el roce frágil de la piel. Ama a gritos llena de vida igual que ama de lejos, confinada tras estos ventanales y con la voz callada.

Piensa en esos años locos de desenfreno, de drogas, sexo y rock and roll. Sonríe melancólica y se pregunta cómo llegó hasta allí y sobre todo cómo pudo llegar a lo que vino luego, hasta aquí. Tener el mundo a sus pies, sentirse invencible y poderosa, jugarse la vida y el amor a una carta, y perder el control después. Lo apostó todo por una idea, una pasión, una utopía. Pero en la ruleta ganó el negro y la margarita le susurró que no. Y qué difícil es sentirlo, se dice. Romperte en mil pedazos tras cada silencio, cada reproche, cada desaire. Farfullar súplicas y ruegos, esconder los sentimientos en público, explotarlos desnudos y a solas más tarde. Qué difícil convivir con la mentira, con la sonrisa fingida, con las marcas en el cuerpo, con los huecos en el alma, con las miradas esquivas y los celos acuchillándote las entrañas. Pero qué fácil se recomponía después con un gesto noble, una caricia certera, una palabra adecuada. Promesas que ocultaban los lazos que no existían pero que Lucía creía o quizá sólo la conformaban. Y así, a ratos, a trompicones, a pedazos, fue vendiéndole su alma al diablo, prostituyendo el amor, enmudeciendo el dolor, intoxicando su cuerpo y ahogando la culpa en alcohol.

Se dejó llevar por amores furtivos y vencer por pasiones cegadas. Perdió las riendas de todo aquello que la sujetaba y huyó hacia adelante porque no encontró un camino mejor. Esperó que todo su desbarajuste se solucionara por la propia inercia de los acontecimientos, como lo hacen las cosas que no tienen mucho sentido, pero eso no ocurrió. Y un día el caos fue tan brutal que terminó sola y desgarrada deambulando descalza bajo la lluvia. Parecía una loca y como tal la trataron. Desde entonces pasa las tardes trazando el camino abrupto de unas gotas de agua sobre un cristal mientras resigue de igual manera en su mente la línea trunca de una vida corta, intensa y rápida que un día le vino grande y que ahora se le ha quedado tremendamente vacía.