Hay que matar más vacas

Cuenta una leyenda que en una lejana aldea vivía una familia muy humilde. Tan humilde que su posesión de más valor era una vaca que les proporcionaba algo de leche para sobrevivir. Su casa era apenas de unos metros cuadrados destartalados donde se apilaban como podían siete personas, pero a pesar de todo su existencia parecía ser estable.

Un día pasaron por allí un joven y su maestro y pidieron alojamiento en aquel lugar. La familia los acogió con gran afecto ofreciéndoles lo poco que tenían para poder estar cómodos. Al amanecer los dos huéspedes se disponían a continuar su camino y en silencio salieron de la casa. Pero de repente el maestro se acercó a la vaca, la desató y alejándola del lugar, la degolló. El joven, horrorizado, increpó a su maestro: “¿cómo haces eso? ¿No te das cuenta de que esta vaca era lo único que tenían?” El maestro lo miró y le instó a seguirlo en su camino, sin decirle nada. El joven aprendiz no comprendía qué había pasado para que aquel hombre al que respetaba desde lo más profundo de su alma hubiera cometido un acto tan brutal. Ante la insistencia del chico, lo único que su maestro le dijo fue: “algún día lo entenderás”.

Un año después volvieron a pasar por aquella aldea y con gran asombro el joven descubrió que en el lugar de aquella casucha en la que se hospedaron había ahora una edificación sólida y un amplio terreno lleno de huertos y cosechas. Pensó con tristeza que aquella familia se habría ido después del incidente con la vaca, que habría llegado su ruina total. Sin embargo, la sorpresa fue descubrir que la familia seguía allí y que todo aquello que ahora poseían lo habían conseguido con su esfuerzo. El maestro se dirigió al padre y le preguntó qué había pasado para que tal cambio se produjera de un año para otro. El hombre le explicó que aquella mañana en la que ellos partieron encontraron a su vaca muerta y no supieron qué hacer. Durante muchos días estuvieron sumidos en la desesperación, aterrados, sintiendo que su único valor ya no existía. Pero ellos sí, y de alguna manera tenían que seguir adelante. Así que arreglaron el terreno y plantaron unos pocos vegetales para subsistir. Poco a poco la cosecha se hizo más grande y empezaron a vender el excedente. Con ese dinero invirtieron en más semillas y en algunos animales, y así, al cabo de un año, habían logrado prosperar.

El maestro sonrió al ver que el joven empezó a entender lo ocurrido un año atrás: aferrarse a aquella vaca era lo que siempre habían hecho y la comodidad de verse protegidos por la rutina no les hizo ver más allá. Pero cuando la vaca murió y su mundo se vino abajo, no les quedó más remedio que salir ahí afuera a luchar. Y el cambio les trajo prosperidad.

Este cuento popular no es más que una metáfora para entender que muchas veces la comodidad nos ciega de tal manera que sin darnos cuenta estamos dejando escapar todo un mundo de posibilidades. Que sí, lo desconocido implica miedo y el riesgo vulnerabilidad, pero también la oportunidad de que todo salga bien ¿te imaginas? Salir de la zona de confort no es nada fácil porque para empezar muchas veces no sabemos ni cómo hacerlo. Pero cuando empiezas a caminar en esa dirección y vas alcanzando tus pequeños objetivos la fortaleza crece y las ganas se multiplican.

Todos tenemos ataduras que nos impiden movernos en ocasiones como quisiéramos: una familia poco asertiva, una pareja a la que ya no amamos, un trabajo que no nos motiva… Mil cosas. Incluso obstáculos mentales que inconscientemente nos ponemos para justificar que estamos bien aunque no nos guste como estamos. Excusas personales para paliar los miedos tan humanos que nos aferran a lo “más vale malo conocido que bueno por conocer”. ¿En serio? ¿Vale más ver pasar tus días sin ton ni son sólo por costumbre? Yo creo que no. Los cambios no llegan de hoy para mañana y la vida es una carrera de fondo en la que desfallecer también esta permitido, pero siempre retomando la marcha. Y si hay que salirse del camino, adelante. A veces las mejores cosas suceden fuera de lo establecido, doy fe.

Puede que quien me lezona-de-magiaa piense que lo digo con mucha ligereza y que dar consejos es lo más sencillo del mundo, pero no es así. Porque quien me conoce sabe que para mí no es tan fácil aplicarme en mis propias palabras, que le doy muchas vueltas a lo que está bien y lo que está mal aunque a veces ni siquiera sepa por qué lo hago, si los juicios vienen siempre solos y lo que debería importar de verdad es nuestro bienestar interior. Padezco de exceso de responsabilidad y me cuesta mucho decir que no a cosas que por costumbre los demás ya dan por hecho de mí. Pero también he matado alguna vaca y sé que romper con el propio statu quo es de lo más valiente y a la vez gratificante que podemos hacer cuando realmente sentimos que es necesario para poder pasar página, alejarnos de lo que nos impide desarrollarnos y ser, y seguir adelante por nadie más que por nosotros mismos.

¡Tenemos que matar más vacas!

 

 

 

 

Yo me fui a México.

Dijo Hemingway que nunca hay que escribir sobre un lugar hasta que se está lejos de él. Supongo que por eso de la perspectiva y la distancia emocional. Supongo también que para buscar una forma objetiva de hacerlo, aunque la objetividad no exista. De cualquier manera, me tomé a pecho su idea y nunca escribí ni una palabra del lugar que tanto me dio. Hoy, lejos de la que considero mi otra tierra, me tomo la licencia para empezar a plasmar lo que aquello fue, lo que todavía es, lo que sé que siempre será.

Un día hice mis maletas y me subí a un avión. No, no fue así a lo loco, en realidad lo medité, aunque lo justo. Y digo lo justo porque hay cosas que no se tienen que pensar demasiado, no al menos cuando sientes de una forma tan segura que es un paso que tienes que dar. Llevaba ya un tiempo mareada en la vida y eso, unido a otros factores (desempleos, amores, crisis existenciales…) me impulsó a tomar la mejor decisión que hasta hoy he sido capaz de tomar. Me convertí en emigrante de mi patria, en inmigrante de la que me acogió.

Y así, con miedos pero sin dudas, me fui a la tierra del tequila, el sombrero y el mariachi. A una tierra de cactus, desierto y calor sofocante. A un país inseguro y violento en el que la droga corre por las calles igual que por las venas. Me fui a un lugar en el que se lloran desaparecidos y no se encuentran soluciones, donde hasta la policía es cómplice y partícipe de corruptelas. A una nación donde dicen que te matan por menos de nada, condenada a estar “tan lejos de Dios y tan cerca de Estados Unidos”.

Yo me fui a México. Al México de los estereotipos y los noticieros.

Y me encontré un país donde la gente es cálida y amable hasta la exageración. Donde también se bebe pulque y mezcal y las cervezas están aderezadas. Donde se baila cumbia, banda, salsa y lo que haga falta. Me encontré una tierra fértil y diversa, donde llueve más de lo que nunca me pude imaginar y donde la temperatura es tan variable que los cambios de armario estacionales no existen. Viví en una de las ciudades más grandes del mundo y no me sentí perdida, insegura ni sola. No sentí más temores que los habituales en cualquier gran urbe conocida o no, y jamás tuve percance alguno. No consumí ningún tipo de droga ni tampoco la vi correr. Pero supongo que, como en todas partes, el que busca encuentra. Hallé un país que goza la vida porque entiende muy bien la muerte, donde se disfruta el placer y se celebra hasta la derrota. Una tierra fuerte y alegre, cargada de matices y contrastes. Un pueblo absolutamente surrealista y mágico.

Eso es lo que descubrí. El México que merece la pena, el de verdad.

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“Si usted conociera México… ¡Es maravilloso! Pero lo más notable es su gente. Es muy difícil explicarlo, pero tienen valor y dignidad, no les asusta morir. Y lo que es más importante, no les asusta vivir. Les preocupa el hoy, no lo que pueda ocurrir el día de mañana. Supongo que los yankees dirán que eso es pereza, pero yo creo que es el sentido de la vida.” (The Alamo)

Dime cómo.

Dime cómo burlar al destino, si él nos ha presentado.

Dime cómo ignorar tus ruegos, si yo misma ruego por ellos.

Dime cómo evitar encontrarte, si te busco en cada paso.

Dime cómo no intentar cambiar tu realidad, si en la mía ya solo cabes tú.

Dime cómo olvidar tus palabras, si con ellas construyo mis sueños.

Dime cómo no desenredarme del nudo de tu corbata, si lo que ansío es atarme a tu piel.

Dime cómo no encenderme contigo, si me queman tus simples roces.

Dime cómo esquivar el brillo de tu mirada, si mis emociones nacen en tus ojos.

Dime cómo no esperar lo inesperado, si a tu lado mi mundo es una aventura.

Dime cómo negociar con tu boca, si con ella me desnudas hasta el alma.

Dime cómo pactar una tregua con tus dedos, si los deseo dibujando sobre mi espalda.

Dime cómo desengancharme de ti, si mi droga es tu forma de ser.

Dime cómo alejarme de tus pisadas, si son ellas las que guían mi camino.

Dime cómo no pecar sobre tus labios, si su sabor endulza mis días más amargos.

Dime cómo atreverme a no necesitarte, si respiro tu propio aliento.

Dime cómo serenarme en tu ausencia, si no puedo avanzar cuando me faltas.

Dime, amor, ¿cómo sobrevivo si no estás, cómo lo voy a soportar?

Dímelo.

Dime cómo y si debo hacerlo.

Dime, amor, dímelo.

¿Cómo te dejo de amar?

Puto “pero”.

Me puse a pensar acerca del valor de las palabras y me di cuenta de que las palabras por sí mismas no dicen nada. Lo dicen las ideas, las emociones, las intenciones. Las palabras no dicen lo que tú no quieras decir, y viceversa. Las palabras pueden estar llenas o vacías de contenido según las circunstancias. Y las hay de muchos tipos. De fonética bonita, por ejemplo. O divertidas, complicadasy enternecedoras. Las hay curiosas. Y las hay también muy putas. Y en esa categoría que incluye los “puede” y los “tal vez”, la reina es el “pero”.

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Porque el “pero” es la palabra más puta que conozco, como ya decía Ernesto Sacheri en El secreto de sus ojos (película que recomiendo ver, por cierto). El “pero” tiene la capacidad de destruir lo que pudo haber sido y nunca será. El “pero” resquebraja las ilusiones, antesala de una bofetada emocional, demoledor en toda su extensión.

¿A quién no le ha pasado? “Te quiero, pero…”. ¡Vete al diablo! Esos peros que encubren excusas baratas son los peores. Porque esconden el miedo a la realidad, la comodidad de lo cotidiano, el no querer arriesgar. Y lo único que ese “pero” consigue es hacerte sentir insuficiente, deseable a medias, amada a ratos. Mientras que al dueño del “pero” lo refugia en su guarida un poco más sin que tú puedas hacer nada para evitarlo.

Porque por alguna extraña razón cuando escuchamos un “pero” nos ponemos en alerta, casi como cuando alguien nos mira a los ojos para atacarnos con el tan temido “tenemos que hablar”. Son décimas de segundo de pánico en el que toda tu vida en común pasa como una película ante tus ojos y asumes que tras ese “pero” ya nada será igual. Y ahí estás tú, escuchando “peros” por todas partes y esperando oír el único “pero” que merece la pena. El “pero” que desbarata toda esta teoría del terror hacia una dichosa palabra. Ese “pero”que abre la compuerta de la esperanza que ya creías perder y pone en entredicho aquello de que el orden de los factores no altera el producto.

Porque no es lo mismo un “te quiero, pero es complicado”.

Que un “es complicado, pero te quiero”.

Y hasta que ese orden no cambie, tú, tus virtudes y tus anhelos seguirán quedando relegados tras un cruel y muy puto “pero”.

Veneno

Atrapada. Atada de pies y manos. Enloquecida. Ausente y presente. Estoy asustada. Malherida y angustiada. ¿Flechada? Loca. Totalmente demente. Nerviosa, sensible y alterada. Estoy flotando pero me siento pesada. Me dueles y te lloro. Estoy necesitada, estoy más que pirada. Mal, pero a la vez tan genial. Como siempre que te veo, como siempre que me miras. Estoy casi inerte pero reviento de ganas. Estoy tremendamente viva. Espero… Te espero. Volvamos a empezar. O sigamos como hasta ahora. Crucemos la frontera. Tengo miedo y tú eres un cobarde.

Me desespero. Me ahogo en el laberinto que construyes con palabras. Estoy mareada. Peligro: tengo vértigo. Cúrame. Yo prometo cuidarte. Hace frío y no hay alcohol. Somos un maldito secreto a la luz del día pero seremos un delito cuando se vaya el sol. Te prohíbo que me llames. Te prohíbo que me escribas. Te prohíbo que me olvides. No, no lo harás…

IMG_20150214_170031Estoy rabiosa. Desencajada. Agarrotada, abatida y malhumorada. Quiero un abrazo. Quiero un revés. Quiero más citas. Quiero volver a verte reír, callar y escuchar. Sumergirme en tus ojos de color indefinido.

Me estremezco. Me desequilibras. El pulsómetro estalla cuando me rozas. No duermo, sueño. Y me muero de celos. Pero ella también. Eres un irresponsable. Aunque yo soy amoral. Estoy aterrorizada y encantada.

Brindemos. Brindemos por aquellas sonrisas. Un brindis por cada minuto que respiro contigo. Y una copa de más por cada día que no te tengo. Átame o ya déjame escapar. Quiero gritarte, quiero odiarte. Y quiero fugarme. ¡Vámonos! Llévame contigo a un rincón perdido, donde nadie nos conozca, donde no existan los corsés sociales y las ternas no terminen en drama. Donde no seamos una mentira nunca más.

Perdóname. He perdido el rumbo y tú has perdido el norte. Y la cabeza, los dos. Inconscientes, impulsivos, contaminados. Adictos a la piel y al olor. Desnúdame, te mueres de ganas. No voy a detenerte. Ya te lo he dicho, soy amoral y egoísta. Vulnerable también. Es cierto, te (re)quiero aquí, ahora y sin censura pero si buscas responsabilidades te equivocaste conmigo… Yo no soy esa.

Jugamos con fuego y ardemos sin control. Rozando el límite, saltando al vacío en cada beso robado. Construimos atmósferas infernales repletas de llamas que en un segundo son vida y después manto abrasador. Somos pecado y penitencia al mismo tiempo. Tú mi héroe y mi villano. Yo tu rehén y tu condena.

Quizá somos pura lujuria.

O simple veneno.

Pero me gusta acogerme a la máxima de Paracelso “todo es veneno, nada es sin veneno. Sólo la dosis hace el veneno”.

No olvides traer tu dosificador la próxima vez.

Pepito Grillo

PgrilloO la voz de la conciencia. Pero la conciencia, ¿de quién?

Desde pequeños nos enseñan a discernir entre el bien y el mal. Esto no se hace, no saltes en el sofá, no pelees con tu hermano. Da la gracias, pide por favor, dale un beso al abuelo. Nos guían conforme a unas reglas morales y sociales preestablecidas y necesarias para que al llegar a la edad adulta no seamos un desecho de mala educación andante. Está claro que no todo el mundo aprendió bien la lección o no tuvo la suerte de ser bien instruido, pero eso es tema aparte.

En líneas generales todos sabemos comportarnos y caminamos por la vida con más o menos complicación. Todos. Nos guiamos por esa especie de Pepito Grillo que anida dentro de nosotros y que es absolutamente nuestro. Nadie más puede interferir en la voz de la conciencia individual, por eso somos el resultado de nuestros actos y así debemos entender las consecuencias.

Pero, ¿y los daños colaterales? ¿Qué pasa cuando nuestro Pepito Grillo se está tomando unas vacaciones y los pepitos de los demás quieren agenciarse el derecho de ser nuestra voz? Ahí es cuando el bucle de lo bueno, lo malo, lo responsable, lo correcto y lo necesario se torna confuso, y explota.

Cuando te ponen la soga invisible al cuello para que decidas qué hacer, cuando otros pepitos se aprovechan de tus dudas poniéndote contra las cuerdas y te comen la cabeza para que actúes según sus reglas, cuando estás tan acostumbrada a ser buena, educada y responsable que el día que te rebelas pareces peor que Maléfica. Pero no es tu conciencia la que te hace sentir así, es la voz de la costumbre que el otro te generó y que parece tan tuya que se convierte en testigo, juez y fiscal de tus propias decisiones.

Y eso no me gusta. No me gusta el paternalismo ni los consejos que no pedí. No me gusta que se dé por hecho qué hago y qué no, qué debo hacer, cómo y cuándo. No me gusta tener que estar siempre disponible y no saber gestionar mis “no” sin excusas. No me gusta preocuparme de lo que no me incumbe ni cargar con una mochila de miedos ajenos que tratan de paralizarnos nada más. No me gusta que respondan a mi futuro por mí, ni que tomen decisiones en mi nombre. No me gusta que esas otras conciencias que no son mías establezcan lo que me conviene y lo que no, hasta aquí tu aventura, se terminó el capricho.

Porque tú lo digas.

Desde pequeños nos enseñan a discernir entre el bien y el mal, sí. Pero es la vida la que nos tiene que enseñar a ganar y a perder. Porque en cada batalla que le ganamos a la libertad personal aprendemos a decir sí y a decir no. A escoger a nuestros amigos, a renunciar a la gente tóxica que se cruza en nuestro camino y a avanzar según nuestras propias reglas que no son más que un manojo de sentimientos, emociones, vivencias, miedos y dudas absolutamente nuestras. Es muy difícil no dejarse arrastrar cuando ni tú misma sabes a dónde vas, si es el camino, si te estás equivocando o debes arriesgar una jugada más. A veces es más fácil poner en manos de conciencias más experimentadas las decisiones que tú tienes que tomar. Sin embargo, lo más fácil no es lo mejor. Porque puede que otros acierten por ti y todo vaya bien, pero cuando no es así el arrepentimiento te agarra y es mucho más doloroso. Porque ¿a quién le pides cuentas? Al fin y al cabo tu maldito Pepito Grillo estaba durmiendo y fue otro el que te ganó la partida.

Y a mí no me gusta perder.