Entre todos la mataron

Estoy, creo que como casi todos, consternada con la noticia del suicidio el pasado sábado de Verónica, la empleada de IVECO que se quitó la vida después de que circulara por la empresa un vídeo suyo de contenido sexual grabado hace cinco años. Y me pregunto cómo tuvo que ser la impotencia, el sufrimiento y la desesperación tan extrema que sintió la joven para que quitarse la vida fuera su única opción. Y me pregunto también qué grado de responsabilidad tienen las partes implicadas, desde el primer sinvergüenza que lanzó el vídeo hasta toda la sociedad en su conjunto, pasando por aquellos que por el camino le dieron a ese maldito clic sin pensar en las consecuencias que eso podría acarrear.

Porque no, nadie pensó en ella. Nadie. Verónica, de 32 años y madre de dos hijos pequeños, tampoco pudo pensar y lo que tiempo atrás probablemente fueron unos segundos de placer le ha costado ahora la vida. ¿Por qué? ¿Es justo criminalizar a la mujer por su sexualidad en pleno siglo XXI? Burlarse, jactarse, mancillarla. Una guarra, eso es lo que seguramente pensaron todos los que entre risas compartieron el vídeo y se acercaron a su departamento con el morbo en la mirada y un hay qué ver, qué calladita se lo tenía la zorra, qué cosas le gusta hacer. Y la siguiente pregunta es: ¿y si las imágenes hubieran sido de un hombre? ¿Existiría ese acoso? ¿Esa estigmatización? Probablemente la historia hubiera sido muy diferente y el protagonista de turno hasta se hubiera pavoneado de ello. Porque está bien visto. Porque es un hombre, un triunfador, un auténtico macho. Qué asco, y qué pena, que todavía seamos así de primitivos. Queremos creer que vamos hacia una sociedad avanzada, progre y feminista, pero en realidad somos una pandilla de etiquetas y prejuicios anclada en el pasado.

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Le echamos la culpa a las redes sociales, a internet, al WhatsApp, a la tecnología, de este tipo de situaciones sin darnos cuenta de que tras todo eso estamos nosotros. Nosotros y nuestro mal uso. Nosotros y nuestra curiosidad desmedida por lo ajeno. Nosotros y nuestras carencias. Nosotros y nuestros juicios de valor. Nosotros y nuestro deporte de élite: el criticar. Es muy fácil ahora compartir cualquier cosa y hacerla viral, lo tenemos todo tan al alcance de la mano que asusta. Y es por ello precisamente que se nos va de las manos. Lo que ha sufrido Verónica no es más que un tipo de acoso sexual que por desgracia ni siquiera está bien regulado: el acoso digital. Y de ello no tiene la culpa el WhatsApp (que sí, a veces también lo carga el diablo) sino el desgraciado que un día fue su amante y que por despecho, celos, ira, lo que sea, cinco años después se la tenía guardada. Probablemente porque ella no quería nada más con él: había rehecho su vida, era esposa, madre y feliz. Y él, que no lo podía soportar, buscó la manera de hacerle chantaje hasta no poder más. Qué ruin tiene que ser alguien para actuar así, pero qué común es cruzarse con gente que no asume un “no”, un “hasta aquí”.

Estamos muy pendientes de cómo los niños y los adolescentes se desenvuelven en internet puesto que son a priori más vulnerables a los peligros que puede entrañar el mal uso de las redes sociales, pero nos olvidamos muchas veces de nosotros, los adultos. No, no lo sabemos todo ni somos plenamente conscientes de la monstruosidad de este mundo digital que va atesorando un pasado imborrable en muchos casos. Y el pasado, ya se sabe, siempre vuelve. En este caso la sexualidad, como todo, también está cambiando hacia nuevas formas y conceptos gracias a la facilidad que los dispositivos electrónicos ofrecen para grabarse en pareja, o en soledad, o como a cada uno le dé la gana, si lo hace o si no. Y esto nos ha llevado a un nuevo tipo de juego que, si se usa desde el respeto y el consentimiento mutuo, puede abrir nuevos campos al placer y a la diversión en la pareja. Pero cuando lo que un día se hizo en un estado de complicidad se utiliza después como arma arrojadiza para algún tipo de venganza y nadie puede parar ni penalizar eso entonces estamos ante un grave problema. Y verónica lo estuvo. Y su marido. Y esos dos niños ahora huérfanos. Y toda su familia y amigos.

Ella no se suicidó. Ella huyó hacia adelante porque no supo hacia dónde huir en una sociedad hipócrita que lapida a una mujer por disfrutar de su sexualidad mientras ensalza al hombre por hacer exactamente lo mismo. Nosotras tenemos que sentirnos avergonzadas de nuestro cuerpo y ser pudorosas ante el placer. Que el sexo es cosa de hombres y de putas, no de mujeres decentes que se levantan a diario para ir a trabajar, que cuidan con devoción a sus hijos y son las mejores amigas, hijas y esposas. Todas ellas no disfrutan, no juegan, no se divierten, no prueban, no desean, no tocan ni se tocan, no gimen ni llegan al orgasmo, no toman la iniciativa, no provocan, no se apasionan. Cuánta doble vara de medir, cuánta impotencia, cuánta insensatez, cuánta falta de empatía, cuánta cobardía, cuánta crueldad.

Verónica es víctima de la herencia de una sociedad machista que aún tiene mucho que mejorar. Del despecho, de los celos, del rencor. De la no asimilación de un fracaso, de una ruptura, de un adiós. Es el claro ejemplo del dolor que puede causar algo que nos tomamos como banal. El problema no está en que alguien comparta este tipo de material erótico con quien así lo tenga consensuado, sino en la utilización que el destinatario haga de él en lo que ahora se denomina una “pornovenganza”, destruyendo no solo ese pacto inicial de respeto e intimidad que en un momento se dio, sino acabando incluso con su vida. Porque, como dice el refrán, entre todos la mataron y ella sola se murió.

 

 

‘NO’ es ‘NO’

No vengo a erigirme como abogada ni jurista, tampoco como representante de nada porque ni tengo las herramientas, ni lo soy ni lo pretendo. No he leído la sentencia completa del caso de “La Manada” porque los pocos párrafos a los que he tenido acceso me han dado ganas de vomitar. Tampoco he estado al día en las declaraciones ni de los acusados ni de la víctima, y no puedo entrar a valorar con argumentos legislativos la diferencia que marca el Código Penal entre abuso y violación. Ni puedo ni quiero. Porque todo este asunto me repatea como mujer, me indigna, me entristece y me recuerda que en esta sociedad todavía queda mucho por hacer para erradicar del pensamiento colectivo el “no importa lo que hagamos, que aquí no pasa nada” cuando vemos que quienes están para protegernos con los mecanismos pertinentes no lo hacen. Así que si hoy voy a hablar de este tema es desde mi perspectiva vital como mujer, que eso sí puedo hacerlo con todas las de la ley.

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Las mujeres tenemos miedos, qué duda cabe. Qué mujer no se siente intranquila cuando viajando en transporte público de madrugada el vagón se va quedando vacío. Qué mujer no acelera sus pasos por la noche al escuchar un ruido o al pasar cerca de un grupo de hombres. Qué mujer no prepara sus llaves en el último tramo a casa para no entretenerse demasiado abriendo la puerta. Qué mujer no prefiere regresar acompañada en un taxi. Qué mujer se separa de su grupo de amigas sin que ellas le digan avísame cuando llegues a casa. Qué mujer no ha recibido ningún consejo paterno parecido a un ten cuidado o no vuelvas sola tan tarde. Y no es sólo por una cuestión de preocupación paterna, que también, es porque tenemos tan arraigado que a las mujeres nos pueden pasar “ciertas cosas” que lo damos por hecho. Y es así desde que tenemos uso de razón. Crecemos con la creencia de que ante el hombre nosotras somos vulnerables y ahora vemos que, encima, ni la justicia va a poder ayudarnos. 

Porque no es violación si no hay resistencia, al parecer. Te tienen que dejar magullada, sangrando, apaleada, además de penetrada, para que un tribunal considere que sí, pues es verdad, te han violado. Tienes que hundirte en la miseria de por vida para demostrar públicamente que estás traumatizada porque fuiste violada y si no, pues es que no fue para tanto. Que una madrugada en plenos sanfermines te acorralen cinco hombres mayores en edad y en corpulencia, que te metan en un portal oscuro y minúsculo, que te desabrochen los botones, te bajen la ropa, te dejen expuesta y te penetren bucal, vaginal y analmente los cinco en manada mientras lo graban con sus móviles y se jactan de su asquerosa “proeza” debe de ser de lo más placentero oye. Y que por mil motivos no opongas resistencia (pánico por parálisis o por pura supervivencia) te convierte en alguien que bueno, quizá también se lo buscaba, porque qué hacía una chica sola por ahí a esas horas con cinco desconocidos, ¿verdad? Y ahí está siempre oteando la sombra de la duda que pervive en una sociedad de pensamiento machista: nosotras nos lo buscamos con nuestras faldas cortas, con nuestros escotes, con nuestras ganas de divertirnos, de emborracharnos, de conocer gente, de pasarlo bien. Nosotras somos culpables por nuestras ganas de vivir. 

Afortunadamente la gran mayoría de los hombres está comenzando a tomar conciencia de los miedos que sentimos las mujeres y son muchos los que, como nosotras, se indignan y condenan sentencias débiles para hechos tan duros. Es realmente esperanzador y gratificante. Pero tenemos que seguir luchando, saliendo a la calle, gritando y manifestándonos para que los altos cargos, los mandatarios, los jueces, los que parten el bacalao, los que nos dirigen y representan se enteren bien de que nosotras, nuestras hermanas, madres, hijas, sobrinas, primas y amigas, no tenemos por qué vivir con el temor a que nos asalten, nos violen o nos hagan “cosas”. Y que si eso sucede, porque la cara mala de la vida existe y los monstruos también, al menos tengamos un sistema judicial lo suficientemente sano y justo, valga la redundancia, como para que eso mitigue algo el sufrimiento. Porque evidentemente nadie podrá quitarle a una mujer violada el dolor de lo padecido, ni el recuerdo ni el estigma. Pero al menos que a eso no se le sume también la burla de la justicia cuando todavía pueda actuar. Porque no olvidemos que muchas otras chicas no pueden tener un juicio contra su agresor porque su resistencia, esa que al parecer determina si es o no violación, es desgraciadamente su sentencia de muerte.

Maldita sea, ‘NO’ ES ‘NO’.

 

 

 

Yo también me niego

Desde que salió a la luz el ‘caso Weinstein’ numerosas mujeres (y algunos hombres también) han denunciado situaciones de acoso y abuso sexual en Hollywood. Tras el escándalo del productor, actores tan consagrados como Kevin Spacey o Dustin Hoffman también han salido a la palestra por lo mismo, lo que ha ocasionado todavía más revuelo que los nombres de Harvey Weinstein o James Toback, menos conocidos para el gran público. ¿Qué ha cambiado para que ahora se preste atención a sucesos que vienen pasando desde hace décadas? Este tipo de acciones eran un secreto a voces en Hollywood que nadie se atrevía a denunciar porque las pocas mujeres que en su momento lo hicieron no tuvieron ni voz ni voto, muy al contrario, vieron cómo el poder de esos hombres les hacía tanta sombra como para convertirlas en mentirosas y exageradas. Pero ahora ya no, algo está pasando aunque sea muy lentamente y a veces sólo cara a la galería. Porque en realidad Hollywood no es el único nido de buitres en el que ocurren estas cosas sino que simplemente es la punta del iceberg, ahora palpable, de una sociedad todavía muy lejos de poder hablar de igualdad de género en cualquier aspecto.

A raíz de este caso muchas mujeres de varios países y de diferentes ámbitos han empezado a alzar la voz no sólo ya contra el abuso sexual y la violación sino contra el machismo en general, el machismo de a pie que sin darnos cuenta toleramos y a veces incluso fomentamos. Para ello, asociaciones como Oxfam Intermón están lanzando campañas para concienciarnos de que éste es un problema real y es un problema de todos. Pero no sólo las organizaciones visibles lo hacen, también surgen campañas espontáneas en las redes sociales que en cuestión de segundos se vuelven virales como los #yotambién, #yotecreo o #niunamás. Porque estamos hartas de la impunidad del hombre por ser hombre y de la sospecha de la mujer por ser mujer.

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En el mundo 7 de cada 10 mujeres sufre violencia machista en algún momento de su vida y cada 10 minutos se comete un feminicidio. En España van 45 mujeres asesinadas por sus parejas o exparejas en lo que llevamos de año, y cada 8 horas se produce una violación. Datos escalofriantes que no tenemos en cuenta y que nos parecen impensables cuando se ponen sobre la mesa en pleno siglo XXI. Nos escandalizamos. Pero cuando empiezas a hablar del tema con otras mujeres te das cuenta de que no son cifras tan lejanas cuando la mayoría nos hemos visto afectadas por algún tipo de violencia machista, algunas incluso viviendo situaciones de abuso siendo niñas y adolescentes. Y qué fuerte suena decirlo, ¿no? Porque parece que eso sólo les pasa a las demás. A mujeres que se lo buscan, a chicas que van solas por la calle de madrugada, a las que se lanzan a conocer a alguien saliendo de una discoteca. Qué valor, cómo se les ocurre. Pero ¿y esa niña a la que le restriegan una erección en un autobús, o a la que acorralan en un portal para tocarla, o las que tienen que ver a un asqueroso masturbarse delante de su colegio? ¿Esas niñas qué han hecho para sufrirlo si ni siquiera saben lo que es el sexo? ¿También tenemos justificación para eso?

No, me niego. Me niego a tener que callar por ser mujer, a no denunciar y a no condenar, a aguantar. A justificar actitudes machistas porque “es que ellos son así”. Me niego a que se ponga antes en tela de juicio la versión de la víctima que la del verdugo. Me niego a los “algo habrá hecho” tan comunes en las comisarías hasta hace no demasiado tiempo. Me niego a que mis hijas tengan que recoger los platos de la mesa más veces que mis hijos. Que se excuse a un varón por no estar pendiente de la familia y que se critique a una mujer por lo mismo. Me niego a que un hombre viva su sexualidad como un héroe y yo como una puta. Me niego a ponerme la falda más larga para evitar miradas lascivas. Me niego a tener que llevar cuello alto para que me miren a los ojos cuando hablo. Me niego a que nuestros días malos sean por falta de polvos. Me niego a que “se nos pase el arroz” o seamos unas fracasadas por no tener pareja. Me niego a cobrar menos que mis compañeros y a tener que demostrar el doble para ascender. Me niego a sentirme culpable si alguien se sobrepasa conmigo. Me niego a ver normal que el reclamo de los bares sea nuestra entrada gratis y que las periodistas deportivas tengan que ser esculturales cuando ellos pueden ser feos, gordos y calvos. Me niego a cortarle las alas a una niña que quiera jugar a fútbol antes que hacer ballet. Me niego a disculpar chistes, comentarios jocosos, gracias varias. Me niego a que un tipo como el eurodiputado polaco que se jacta de que las mujeres somos “más débiles y menos inteligentes” y que “deben quedarse en casa” siga ocupando su cargo, como también me asquea que un tipo capaz de decir que “cuando eres una estrella te dejan hacer lo que quieras, como agarrarlas por el coño” haya llegado a la Presidencia de EEUU. Me niego a que las adolescentes crean que desnudarse en Instagram las hará más atractivas a los ojos masculinos y que esté a la orden del día eso de pedir nudes como muestra de amor. Me niego a que me llamen feminazi por defender unos derechos que no deberíamos siquiera tener que defender.

Me niego a seguir soportando eso que llaman micromachismo como algo intrínseco de nuestra sociedad, a dejarlo pasar. Intentemos entre todos, hombre y mujeres, poner nuestro granito de arena en el día a día, en casa, en la oficina, en los espacios públicos para erradicar las inercias machistas que nos envuelven sin querer. Y denunciemos absolutamente toda actitud violenta que suframos o que conozcamos. El silencio no es un buen aliado en estos casos. A la vista está que romperlo genera una ola de fuerza mucho más poderosa que el propio poder de esos hombres que se aprovechan de su situación para avasallar, humillar y abusar de una mujer.

Porque #yotambién he sufrido violencia machista, #meniego a seguir tolerándola. Luchemos todas juntas para que no la sufra #niunamás.