México es como el primer amor…

¿Qué tienes, México? Dime qué es lo que tienes para no dejarme nunca libre de ti. ¿De qué se trata? ¿Por qué? Durante un tiempo pensé que el amor romántico por un hijo de tu tierra me cegaba, que toda esta atracción no era más que el resultado de una necesidad y que cuando ésta pasara, tú también pasarías. Pero no es así. Y ahora me doy cuenta de que en realidad no era él, sino tú: el México caótico que desespera y el México sonriente que te alivia las penas.

Eres tú, México, el que me hace sentir como en casa sin serlo, el que me saca sonrisas y hasta me distorsiona el acento. Qué locura. Pero también qué pinche felicidad. Confieso que todavía, después de tantas veces en las que te he podido disfrutar, no he logrado alejarme de ti sin lágrimas en los ojos y un nudo de emociones alojado en mi garganta. Y qué le hago, carajo. Si cuando llego siento un estallido de energía y cuando me voy escucho resquebrajarse otro pedazo más de mi corazón (¡y ya van varios!). Cómo gestiono los sentimientos que me nacen en una tierra tan lejana a la mía y que pienso como propia. Sé que suena complicado y que probablemente pocos pueden entender que cierto cordón umbilical me una a un lugar que no me pertenece por derecho pero que siento con devoción. Pero es que en México aprendí a amar hasta la lluvia, que es mucho decir para mí.

México me deja en cada una de sus visitas un poco más de libertad, de coraje, de aventuras, de magia, de ilusiones, de cruda realidad… Tan imprescindibles para entender mejor la vida y a mí misma. México me regala dosis increíbles de buena vibra, aunque ahora las cosas no estén en su mejor momento y se respire cierto aire de temor y crispación (maldita política). México me enseña la calidez en las palabras, el agradecimiento, la generosidad. En México las relaciones personales están a otro nivel, aunque ellos piensen que ya están idiotizados también con las nuevas tecnologías y el postureo. Sí, como todos por desgracia, pero en México todavía se miran a los ojos por el gusto de verse y las puertas de las casas están siempre abiertas a quien quiera llegar. Y eso es algo que me encanta de este país: que no existe el protocolo ni en la familia ni en la amistad, que todos pueden llegar a ser amigos, que la gente más dispar se junta y se echa unas risas y unas cubas y unos tacos, o lo que haga falta. Que te acogen como a una más desde el minuto uno y que siempre disfrutarás de una buena plática con los amigos de años y con los recién llegados.

México es un país alegre, distinto, extraño, peculiar. Sus aficiones son las más entregadas, por surrealistas que parezcan. Y ésa es parte de su gracia también, de su encanto. Derrochan ingenio aunque a veces lo malgasten en puras pendejadas, como dicen ellos. Viven como si el mundo se fuera a terminar mañana, a veces con cierto grado de irresponsabilidad, pero eso les hace aferrarse más a la vida porque en realidad no tenemos tiempo que perder. Y ellos, que entienden bien la muerte, lo saben. En México son valientes hasta rozar lo inconsciente y ese tipo de locura establecida que generan con su forma de ser es quizá lo que más me atrae de ellos. La gente pasional y atrevida que es capaz de seguir a su corazón aunque a todos les parezca un error. Esa gente del vaso medio lleno, de las ocurrencias más inverosímiles y del optimismo inquieto. Me gusta México por lo que es, con todo lo bueno y todo lo malo que tiene, pero me atrapa por su gente.

Dicen que México es como el primer amor: que nunca se olvida. Y que el único riesgo que corres cuando lo conoces es el deseo de quedarte. Puedo afirmar por experiencia que ambas expresiones son ciertas. Y que hoy me doy cuenta de que México siempre será ese amor que queda aunque dejes de tenerlo. Le doy las gracias al destino que me cruzó contigo para abrirme los ojos a un nuevo mundo y a una mejor forma de querer. Porque, México, tú eres como ese primer amor para mí: especial e inolvidable, el que se queda grabado en el alma e impregnado por siempre en la piel.ilustracion-dibujo-mexico_1284-7330

México 

Hay lugares que se te quedan en el alma, lugares en los que regresar es como un soplo de vida, lugares que nunca quieres dejar. Existen paraísos terrenales, los he visto. Hay ciudades insulsas y otras realmente bonitas, también las conozco. Hay atardeceres de película, amaneceres de cuento. Hay infinidad de sitios por recorrer, el mundo es tan grande… Y sin embargo siempre hay un lugar que se convierte en tu debilidad, que te atrapa aunque no sepas por qué. Y yo hace tiempo que tengo el mío.

Puede que sea por su extraña belleza o puede que sea la magia de su propio surrealismo. Puede que sea su encantador desorden, sus caóticas avenidas, su pinche desmadre. A lo mejor son los olores a guiso, a tacos, a pozole que inundan sus calles. Quizá son las sonrisas, el alboroto, los colores. O el acento, su forma de hablar e incluso de alburear. Ándale, quizá sea también eso. Pero por encima de esas circunstancias que da la tierra, que son las que son, están las personas. Y ellas son las que nos atrapan de verdad. Quizá mucha gente no me entienda, seguramente aquellos que no han tenido ocasión de vivirlo a mi manera o de estar en mi piel, de haber conocido México a través de mis ojos y junto a mis personas. No lo sé ni voy a tratar de convencer a nadie de las maravillas de un sitio ni de sus inconvenientes tampoco. Hace tiempo que dejé de debatir ese tipo de cosas, que si la calidad de vida, que si las oportunidades, que si el bienestar… ¿Dónde se vive mejor? ¿En qué lugar? Como si las comparativas hubieran dejado de ser odiosas alguna vez. No, no se trata de nada de eso, volvemos de nuevo a las circunstancias. 

En realidad se trata, como decía, de las personas que construyen los lugares. Las personas que hacen de México un pueblo grande en alma más que en tamaño, que ya es mucho. Su fuerza, su energía, su solidaridad, su dedicación… Sobre todo en las malas, cuando de verdad se les necesita. Siempre he admirado el amor que le demuestran a su país los mexicanos, el empuje y el optimismo en cada momento. Son unos chingones. Si pierden un partido le mentan la madre a los jugadores pero no dejan de alentarlos el siguiente domingo. Se quejan de ellos mismos, sí, de su burocracia, de sus corruptelas, de sus inseguridades y oscuridades y seguramente muchas veces no hacen nada al respecto porque piensan ¿para qué? Y realmente no hay pensamiento más humano. Pero cuando hay que estar a una, están unidos como los mejores y a mí, precisamente ahora, me da muchísima envidia. 

Eso es lo que me gusta de México, eso y las personas que me han permitido descubrir desde hace años cómo es realmente su país, con sus luces y sus sombras. Mis mexicanos que me acogieron desde el minuto uno con gran cariño y que me han enseñado tanto en nuestras similitudes y diferencias son los que le dan sentido a su tierra, y a mi profundo amor por ella.

Hoy entendí que hay lugares que se te meten tan adentro que cuando tiemblan, tiemblas tú también con ellos. 

De mi tierra bella

¿A quién quieres más, a papá o a mamá? Algo así siento cada vez que alguien me pregunta por el “problema catalán” de un lado y me recrimina el “una, grande y libre” del otro. Y cinco años después (que son los que contabilizo en este maremágnum de referendos no refrendados) estoy ya muy cansada de tanta batalla dialéctica y sentimental. Cansada de tener que justificar mi respuesta aquí y allá, de sentirme fuera de juego en un lado por “polaca” y en el otro por “facha”. De verdad, prou!

¿Por qué tengo que escoger? Escoger entre la ciudad que me ha visto nacer y mis raíces. Escoger entre mi lengua materna y la adquirida en la tierra. Escoger entre dos estilos de vida, dos culturas, dos maneras de hacer las cosas que en realidad no difieren tanto. No, yo no quiero que me obliguen a enfrentarme emocionalmente a mi sentido de pertenencia. No quiero escoger entre todo lo que considero propio, porque no quiero dejar de sentirlo así, y porque creo que ser y querer ser española y catalana no debería ser incompatible.

Pero a veces parece que nos demos vergüenza, unos y otros. Nos creemos mejores que el vecino pero en el fondo el sentimiento acomplejado de una España de pandereta y de una Catalunya wannabe nos retuerce demasiado a todos. Sin embargo no es algo nuevo: repasar la historia es entender que somos un pueblo disentido y quizá obligado a entenderse en sus diferencias y su complejidad, y definitivamente la clase política actual tampoco nos ayuda mucho a mejorarlo. Muy al contrario, parece que cada vez les gusta echar más leña al fuego desde Madrid mientras se tensa la cuerda desde Barcelona. Hasta que el fuego arda, o la cuerda se rompa…

Pero hoy no estoy aquí para opinar de temas tan candentes ni para entrar en el juego de los posicionamientos, las afrentas ni los enfrentamientos. Hoy simplemente quiero hablar de España porque nunca hablo de ella, porque a veces parece más sencillo hablar de otros lugares desde la distancia aunque en realidad ésta sea mi maravillosa tierra bella.

Así que hoy voy a confesar, como diría aquella, que me enorgullece ser española y pertenecer a un país tan diverso como éste, en todos los sentidos. Me gusta su norte verde, su blanco sur. Me gusta la cálida luz que nos baña desde el Mediterráneo y el intenso Atlántico que choca contra las rocas del otro lado. Me gusta la sierra madrileña y los llanos castellanos, nuestras islas de ensueño color turquesa y el exotismo que le da a Ceuta y Melilla pisar suelo africano. Me gusta el olor a jazmines, a musgo, a salitre, a tierra mojada…

Me gusta disfrutar del inigualable pa amb tomàquet con fuet de Vic o jamón de Guijuelo. Comer paella los domingos, deleitarme con un buen salmorejo cordobés en primavera o con marisco gallego en cualquier época del año. Me gustan los caldos y cocidos que alivian el frío de la meseta, los chuletones del norte que alimentan hasta el alma y el pescaíto frito de Andalucía. Me enloquecen los piononos de Granada igual que la crema catalana; y para el calor que no nos falte en la mesa nuestra típica sangría o un buen tinto de verano.

Me emociona el cante flamenco y me divierte la pachanga lolailo. Me gustan los carnavales de Sitges y de Canarias, aunque también tenemos las chirigotas de Cádiz. Y qué decir de la Semana Santa sevillana, la Feria de Abril, los Sanfermines, las Fallas valencianas. Tenemos fiesta para dar y vender, tradiciones milenarias resultado de un crisol de culturas, de conquistas, de pérdidas y reconquistas. Disfrutamos de sol todo el año, pero también de buena nieve, bonitos caminos de ronda e imponentes castillos herencia de un imperio antaño dorado. La Alhambra majestuosa, El Escorial, el Palacio de la Magdalena, el Monasterio de Piedra… Mil rincones para perderse entre los sentidos y la belleza, pueblos medievales en la Costa Brava, reminiscencias árabes, austeridad castellana y modernismo catalán.

Somos gente alegre que disfruta las reuniones en familia y con amigos, acompañados de esas cervecitas heladas que nunca nos faltan. Pero también somos hijos de tierra de vino y como tal, nobles y austeros, que no secos. Bulliciosos como pocos, risueños, pillos, espabilados. Somos un pueblo con carácter, a veces colérico, y también solidario. No ocupamos el primer puesto en el ranking de los mejores estudiantes, de la economía más saneada o del empleo mejor pagado. Pero somos los primeros en el mundo en la donación de órganos desde hace 25 años, por ejemplo.

Es cierto que nos falta mucho por hacer, por mejorar y por emprender, pero para eso tenemos también que empezar a delegar en mejores personas nuestro poder. A veces pecamos de conformismo, de “aquí no pasa nada”, de vivir dejándonos llevar. Pero quizá es precisamente esa forma de vida en cierta manera inconsciente la que nos hace ser como somos: un pueblo jovial que vive en el presente, exuberante en sus reacciones, imprevisible en sus decisiones, sociable y extrovertido.

Entonces, ¿por qué tengo que escoger entre quedarme o irme de todo eso, de lo que soy? ¿Por qué debo posicionarme en un lado u otro, y el no hacerlo me deja en tierra de nadie? ¿Por qué defender el amor a todo eso que es España automáticamente me tiene que enfrentar a Cataluña? O al contrario, ¿por qué decirme catalana tiene que ser incompatible con defender mis sentimientos como española?

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No quiero que nadie me diga de dónde soy emocionalmente ni a dónde debería pertenecer según mis ideas políticas, pero defiendo que si yo lo siento así, otros lo puedan sentir de otra manera y vean el queso manchego igual de cerca o lejos que ven el Brie francés. Que consideren todo lo que por español yo concibo intrínsecamente mío, como algo ajeno perteneciente al sufrido vecino con el que comparten por fuerza histórica raíces y cultura, pero no sentimentalismo. Aunque no comulgo con esa idea puedo llegar a entenderla. Lo que no entiendo es el afán de algunos por adoctrinarnos en su nacionalismo y la resistencia de otros a tender puentes. Con esta filosofía lo único que conseguimos es radicalizarnos, no sé si no se dan cuenta o es que ya les funciona el enfrentamiento en ambos lados.

 

 

Cúcara mácara

Escribió James Michener que “si rechazas la comida, ignoras las costumbres, temes la religión y evitas a la gente, mejor quédate en casa”. No puedo estar más de acuerdo con sus palabras, sobre todo desde que me enamoré de una tierra que sin ser la mía me empuja hacia ella como un imán.

Una tierra de contrastes y colores que me llena de una manera un tanto difícil de explicar. Tanto, que nunca sé cómo hacerlo. ¿Cómo descifrar el sentido de la atracción hacia un lugar? Supongo que se siente o no se siente, sin definiciones de por medio. Vaya, como todo lo importante en esta vida: sin explicación.

A veces me preguntcan-stock-photo_csp11030226o si es algo innato o si Las Mañanitas en mis cumpleaños tuvieron algo que ver. Quizá sea el haber crecido escuchando a mi padre tararear rancheras, entonando El Rey o reinventando la letra de aquel Fallaste corazón. Nunca lo sabré, como tampoco supe a los 10 años que mi país escogido para un trabajo escolar sería con el tiempo mi país escogido para volar.

Lo que es la vida… Hace cuatro años aterricé por primera vez en México para pasar unas vacaciones inolvidables con la ilusión y el temor a lo desconocido, con unas ganas infinitas de descubrir pero también con la inseguridad de la edad y de las emociones a flor de piel. Desde entonces hasta hoy cuento algunas idas y venidas, y una larga estancia (a la vez tan corta) que me enseñó mucho más que cualquier otra experiencia que haya podido tener. Aquella decisión de hacer las maletas a la aventura me abrió las puertas a un aprendizaje personal imposible de igualar. Y me dio la oportunidad de conocer mejor un país surrealista y bello a la par que singular.

“¿Qué es lo que te gusta de México?”, me preguntan. Y nunca sé qué decir. Me gusta México porque huele a guisos y a especias, a tierra mojada en verano y a jacarandas en primavera. Porque sabe a cilantro y a mezcal, y a esos chiles que te arden en la garganta y en el alma cuando te vas. Porque suena a mariachi, alboroto y gentío. Porque se engalana como nadie en cada fiesta popular, porque tiene orgullo y arrojo incluso cuando las cosas salen mal. Me gusta México porque sonríe y es amable, porque desprende calidez en sus palabras y porque mira para adelante sin miedo a equivocarse.

Me gusta México en su mezcla de culturas, historia y razas, con sus propias costumbres y con el testamento de las nuestras a veces adaptadas. Me gustan los puntos en común con mis raíces y me encanta aprender de lo que nos diferencia, que a veces no es tanto como parece. De tin Marín de do pingüé, cúcara mácara títere fue, yo no fui, fue teté, pégale, pégale que ella fue. No, no me he vuelto loca, eso recitan los niños mexicanos mientras en este lado le cantamos a Pito Pito gorgorito dónde vas tú tan bonito. Tradiciones diversas con una base en común que me atrae todavía más en mi afán por saber y aprender de ellos, y de nosotros mismos.

Hoy tengo muchas ganas de volver a sentir ese sol que  allí quema más y esa lluvia vespertina que tanto me costó asimilar. Ganas de seguir rompiendo tópicos, de seguir descubriendo nuevos paisajes y de disfrutar de cada nueva aventura que México siempre me brinda. Tengo muchas ganas de envolverme en ese acento y de perderme en esos abrazos que demuestran que el tiempo no pasa. Que no hace dos años que me fui, y que hay lugares, como personas, a los que siempre necesitamos volver.