Lo que deseo para ti

Deseo que la vida te sonría y que aprendas a sonreírle tú a ella cuando se le olvide tratarte con condescendencia. También deseo que de vez en cuando lo haga, sí, que te golpee, que te haga bajar de la nube para que le abras los ojos a la cruda realidad. Así es como se aprende, como se crece.

Deseo que tengas amigos, muchos a poder ser, de diferentes ámbitos, círculos y culturas. Pero sobre todo, deseo que tengas uno, aunque sólo sea uno, a quien puedas confiarle ciegamente tus alegrías, tus miedos, tus locuras y tus miserias. También, por qué no, deseo que tengas de esos malos amigos que sólo te quieren por interés para que te hagan dudar de tus certezas y reaccionar cuando estés haciendo las cosas mal.

Deseo que viajes, que te muevas, que te atrevas a conocer y que nunca dejes de sentir curiosidad. Deseo que tu mayor aventura esté siempre por llegar y que sepas atesorar cada experiencia que te brinde la vida como si del mejor regalo se tratara.

Deseo que seas emocionalmente generoso con las personas que te rodean, lo suficientemente humilde como para poder aceptar un buen consejo y sabio para entender la importancia del silencio y de ceder tu palabra para escuchar a los demás.

Deseo que seas sincero en tus promesas pero más en tus actos. Deseo que te quejes cuando algo te incomode, pero no que ataques y hieras. Deseo que opines de todo, pero sin criticar. Deseo que no te escondas de ti mismo, que no trates de huir de los sentimientos y que no disfraces con mentiras la verdad.

NIÑOS CAMINANDO POR LA VIA DEL TREN

Deseo que aproveches las oportunidades que se te presenten y que busques nuevas alternativas cuando algo no te convenza. También deseo que flaqueen tus fuerzas para que no te acomodes, que el desasosiego te sirva para reinventarte y que luches con más convicción cuando te vuelvas a levantar.

Deseo que ames profundamente sin el temor a lo incierto. Y quiero que te amen de la misma manera, que te amen mucho pero sobre todo que te amen bien. Y si llega el momento de decir adiós deseo que tengas un buen olvido, lejos del pesar y de la venganza. Que llegue el día en el que puedas voltear al pasado con una sonrisa y que te conviertas al menos en un bonito recuerdo para quien quiera custodiarte en su memoria.

Deseo que seas tolerante con lo que te disgusta, paciente con los errores que cometen los demás e igualmente justo con los tuyos propios. Deseo que el rencor no te coma por dentro pero que si empieza a hacerlo lo sepas detener. Deseo que tengas algún fracaso para que los éxitos no se te suban a la cabeza con demasiada facilidad, y que si eso pasa espero que no te falten aquellos que te vuelvan a poner en tu lugar.

Deseo que confíes en la gente pero que si te menosprecian te alejes sin titubeos. No quiero que fuerces ni que lastimes, no quiero que aguantes todo por nada ni que te aferres al dolor con resignación, pero que si eso ocurre que al menos tu duelo sea corto.

Deseo que de vez en cuando le des una tregua a tu exigencia y te permitas llorar para sanar. Que si te azota la angustia no sea imaginaria y que si algo te ahoga aprendas pronto a nadar. Quiero que dejes en manos del tiempo todo lo que realmente no puedes controlar.

Deseo que no te pongas cadenas ni que trates de ponérselas a nadie por ti. Ama sin ser posesivo, ama la libertad de quien amas, ama con respeto y admiración. Deseo que acompañes en su camino a las personas que ames pero sin invadirlas, ni juzgarlas, ni sobreprotegerlas. Deseo que trates de vivir rodeado de quienes te hagan mejor y confío en que tú también seas capaz de mejorar a los demás.

Y espero que cuando llegues a viejo y te tengas que echar cuentas a ti mismo acaricies con ternura las cicatrices que un día te dejó la vida por vivirla y que entonces puedas sentir algo parecido al orgullo, o quizá a la tranquilidad.

 

 

Hay que matar más vacas

Cuenta una leyenda que en una lejana aldea vivía una familia muy humilde. Tan humilde que su posesión de más valor era una vaca que les proporcionaba algo de leche para sobrevivir. Su casa era apenas de unos metros cuadrados destartalados donde se apilaban como podían siete personas, pero a pesar de todo su existencia parecía ser estable.

Un día pasaron por allí un joven y su maestro y pidieron alojamiento en aquel lugar. La familia los acogió con gran afecto ofreciéndoles lo poco que tenían para poder estar cómodos. Al amanecer los dos huéspedes se disponían a continuar su camino y en silencio salieron de la casa. Pero de repente el maestro se acercó a la vaca, la desató y alejándola del lugar, la degolló. El joven, horrorizado, increpó a su maestro: “¿cómo haces eso? ¿No te das cuenta de que esta vaca era lo único que tenían?” El maestro lo miró y le instó a seguirlo en su camino, sin decirle nada. El joven aprendiz no comprendía qué había pasado para que aquel hombre al que respetaba desde lo más profundo de su alma hubiera cometido un acto tan brutal. Ante la insistencia del chico, lo único que su maestro le dijo fue: “algún día lo entenderás”.

Un año después volvieron a pasar por aquella aldea y con gran asombro el joven descubrió que en el lugar de aquella casucha en la que se hospedaron había ahora una edificación sólida y un amplio terreno lleno de huertos y cosechas. Pensó con tristeza que aquella familia se habría ido después del incidente con la vaca, que habría llegado su ruina total. Sin embargo, la sorpresa fue descubrir que la familia seguía allí y que todo aquello que ahora poseían lo habían conseguido con su esfuerzo. El maestro se dirigió al padre y le preguntó qué había pasado para que tal cambio se produjera de un año para otro. El hombre le explicó que aquella mañana en la que ellos partieron encontraron a su vaca muerta y no supieron qué hacer. Durante muchos días estuvieron sumidos en la desesperación, aterrados, sintiendo que su único valor ya no existía. Pero ellos sí, y de alguna manera tenían que seguir adelante. Así que arreglaron el terreno y plantaron unos pocos vegetales para subsistir. Poco a poco la cosecha se hizo más grande y empezaron a vender el excedente. Con ese dinero invirtieron en más semillas y en algunos animales, y así, al cabo de un año, habían logrado prosperar.

El maestro sonrió al ver que el joven empezó a entender lo ocurrido un año atrás: aferrarse a aquella vaca era lo que siempre habían hecho y la comodidad de verse protegidos por la rutina no les hizo ver más allá. Pero cuando la vaca murió y su mundo se vino abajo, no les quedó más remedio que salir ahí afuera a luchar. Y el cambio les trajo prosperidad.

Este cuento popular no es más que una metáfora para entender que muchas veces la comodidad nos ciega de tal manera que sin darnos cuenta estamos dejando escapar todo un mundo de posibilidades. Que sí, lo desconocido implica miedo y el riesgo vulnerabilidad, pero también la oportunidad de que todo salga bien ¿te imaginas? Salir de la zona de confort no es nada fácil porque para empezar muchas veces no sabemos ni cómo hacerlo. Pero cuando empiezas a caminar en esa dirección y vas alcanzando tus pequeños objetivos la fortaleza crece y las ganas se multiplican.

Todos tenemos ataduras que nos impiden movernos en ocasiones como quisiéramos: una familia poco asertiva, una pareja a la que ya no amamos, un trabajo que no nos motiva… Mil cosas. Incluso obstáculos mentales que inconscientemente nos ponemos para justificar que estamos bien aunque no nos guste como estamos. Excusas personales para paliar los miedos tan humanos que nos aferran a lo “más vale malo conocido que bueno por conocer”. ¿En serio? ¿Vale más ver pasar tus días sin ton ni son sólo por costumbre? Yo creo que no. Los cambios no llegan de hoy para mañana y la vida es una carrera de fondo en la que desfallecer también esta permitido, pero siempre retomando la marcha. Y si hay que salirse del camino, adelante. A veces las mejores cosas suceden fuera de lo establecido, doy fe.

Puede que quien me lezona-de-magiaa piense que lo digo con mucha ligereza y que dar consejos es lo más sencillo del mundo, pero no es así. Porque quien me conoce sabe que para mí no es tan fácil aplicarme en mis propias palabras, que le doy muchas vueltas a lo que está bien y lo que está mal aunque a veces ni siquiera sepa por qué lo hago, si los juicios vienen siempre solos y lo que debería importar de verdad es nuestro bienestar interior. Padezco de exceso de responsabilidad y me cuesta mucho decir que no a cosas que por costumbre los demás ya dan por hecho de mí. Pero también he matado alguna vaca y sé que romper con el propio statu quo es de lo más valiente y a la vez gratificante que podemos hacer cuando realmente sentimos que es necesario para poder pasar página, alejarnos de lo que nos impide desarrollarnos y ser, y seguir adelante por nadie más que por nosotros mismos.

¡Tenemos que matar más vacas!