Las cosas bonitas

El temblor previo a un beso.

Un suave roce sin querer, queriendo.

Los buenos días somnolientos.

La ropa desmadejada en el suelo.

Una sonrisa espejada en la mirada.

Las lágrimas nacidas en una risotada.

Los libros que se atesoran en el alma.

Las frases que alguien más acaba.

Los dedos entrelazados al andar.

Las noches acurrucados en un sofá.

Las huellas del camino que va quedando atrás.

Las tardes de domingo frente al mar.

El lugar preciso, el momento adecuado.

El cálido invierno, la lluvia en verano.

El olor a café recién hecho,

a dulces, a guisos, a pan tostado.

Los abrazos que aprietan

y las palabras que abrazan.

Las heridas que se curan

y los sueños que se alcanzan.

El eco de los latidos en cada reencuentro.

Los acordes de una guitarra que suena a lo lejos.

La conciencia tranquila, la duda en silencio.

Mis miedos en tu regazo, tu hogar en mi pecho.

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Cansada

Hay días en los que la vida te hace click como si de aquel viejo resorte se tratara, medio oxidado y apenas sin fuerza intentando saltar o detenerse como queriendo decir hasta aquí. Porque hay días en los que el peso de muchas circunstancias acumuladas, de muchas emociones ahogadas, de muchos noes disfrazados de síes puede contigo y de repente te sientes profundamente harta y cansada.

Cansada de estar siempre para todos, de alterar tu ritmo por los demás, de cuadrar agendas sacrificando tus deseos y de que luego la reciprocidad brille por su ausencia. Cansada de quedarte en un abismo de sentimientos inconcluso, ni contigo ni sin ti. Cansada de ser la bonita y divertida segunda opción de amores y amigos. Cansada de tener que salir en defensa propia buscando el escudo de alguien que en realidad nunca te defenderá. Cansada de batallar con la razón y el corazón y de que vengan a vulnerar tu tregua emocional cada dos por tres. Cansada de que no coman ni dejen comer.

Cansada de que un mísero fallo se convierta en reproche, en montaña, en pelea. Y que los aciertos no se valoren porque mágicamente los damos por hecho, porque siempre estuvieron ahí, porque tiene que ser así. Cansada de la exigencia que se sube a la espalda y que no nos deja ni respirar, de la gente que abusa de la vulnerabilidad para crecerse más. Cansada de que no se respeten los silencios, de la gente que habla sin parar y que tiene la desfachatez de darse la vuelta cuando se trata de escuchar. Cansada de la mala educación, del protagonismo, de tanto yo-yo. Cansada de que no nos detengamos un segundo a ver, a sentir, a percibir. Cansada de las prisas, de correr, del tiempo que se nos escurre vacío entre los años. Cansada del objeto por encima de la persona, de la idolatría, del tanto tienes tanto vales. Cansada de ver cómo se extinguen los te quiero, los perdones y los agradecimientos.

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Cansada de tanta palabrería y de innumerables promesas etéreas. Cansada de hacer planes que no se cumplirán, de caminar siempre punteando la misma rutina, de reducir el mundo a una asfixiante zona de confort. Cansada de la falta de huevos, del conformismo, de aferrarse a lo que no nos llena por miedo a lo incierto o por simple comodidad. Cansada de esperar tanto. Cansada de poner buena cara para no incomodar al de enfrente mientras en mi interior libro una cruenta guerra de sentimientos y razones. Cansada de las estrategias y de la falta de naturalidad, de la poca implicación y del maldito qué dirán. Cansada de ser paciente, de no romperme, de ser valiente. Cansada de justificarme, de ilusionarme, de decepcionarme, de volver a empezar, de dar(me) infinitamente la última oportunidad. Cansada de lidiar con mentiras, con egos, con locuras, con celos. Cansada de la carga de lo ajeno y de no poder decir basta, no quiero esa responsabilidad. Ya estoy cansada de todas esas piedras que se acomodan en la espalda entorpeciendo el camino a la felicidad.

 

Constantes vitales

Podríamos decir que la noche, por lo poco que hemos dormido, ha sido excesivamente corta, aunque de la misma manera se podría decir también que ha sido tremendamente larga. Eterna incluso en esos momentos en los que no puedes responder como es debido, cuando quieres coger el sueño y se te escurre, cuando la oscuridad te destella dibujando formas etéreas en tu cabeza, desembocando en pensamientos no del todo sanos ni realistas. La noche, como digo, ha sido cuanto menos convulsa y extraña.

Antes de las cinco ya estábamos despiertos valorando la urgencia de los acontecimientos, la gravedad de los mismos, el qué hacer. ¿Esperar? Sí, un poco más. Relájate, todo va a ir bien, esto no es nada, se te pasará. Y vuelta a dormir. A intentarlo por lo menos, pero sin éxito. Ni cuarenta minutos de tregua, otra vez el desasosiego y ahora sí, un poco más de miedo. Lo mejor será marcar el 112 y mantener la calma, alguien tiene que hacerlo. La voz al otro lado de la línea se escucha amable y comprensiva, como si no fueran las tantas de la madrugada o primerísima hora de la mañana. Nunca he sabido cómo encuadrar ese momento incierto entre el ayer y el hoy, el punto más oscuro digno antecesor de un nuevo amanecer. Tras varias explicaciones por teléfono, relatando sin prisa pero sin pausa la situación que nos acontece, nos comunican que en breve llegará una ambulancia y eso es casi como si te anunciaran la llegada del Redentor, que se materializa finalmente cuando suena el timbre poco después.

Buenos días, o buenas noches, no sé qué decir. Pasen, sí, por ahí, es al fondo a la izquierda, está la luz encendida. Sí, adelante, gracias.

Y con una energía digna de admirar a estas horas tan intempestivas la pareja de sanitarios pone en marcha el protocolo de actuación, que en este caso no se antoja demasiado complicado. Unas preguntas rutinarias, una ojeada al último informe médico, una valoración de la medicación actual, un par de métodos que no funcionan… Y con todo ello y tras demostrar grandes dosis de empatía, paciencia y cariño, deciden que lo más prudente y tranquilizador será continuar la exploración en un hospital.

No son todavía las 7 cuando ya estamos recorriendo una ciudad que lentamente se despereza de su letargo mientras algunos, madrugadores o noctámbulos, nos acompañan y se nos cruzan por el camino. Un camino silencioso y lleno de pensamientos que revolotean sin control nuestra mente, mientras respiramos hondo y bostezamos para mantenernos alerta. No somos la única ambulancia que surca las calles medio desiertas y eso, desde mi asiento de copiloto, me llama mucho la atención. En condiciones normales yo todavía estaría durmiendo sin saber todo lo que ocurre ahí afuera y sin embargo hoy me toca verlo, tocarlo, palparlo. Cuántas vidas peligran a diario…

lovemedicineAl llegar una bocanada de aire frío choca de pronto con ese olor característico que rezuma cualquier hospital y que siempre me ha producido cierto rechazo. Pero ya estamos aquí, esto es real. Nos toman declaración médica elevando el tono de voz por si alguno de los presentes está sordo o desorientado o no se entera de nada. La verdad es que no sé el porqué de esa forma de hablar, no somos tontos, oiga. Pues bien, pulserita en la muñeca, el todo incluido de la sanidad, y espere su turno señora, que ya la llamarán.

Cuando estás en Urgencias durante horas viendo pasar a médicos y enfermeras sin que nadie repare en tu presencia porque bueno, tampoco te estás muriendo (¿o sí?) te da mucho tiempo para observar lo que ocurre a tu alrededor: aquel anciano en la silla de ruedas que rabia de dolor y que nadie parece escuchar; aquella mujer de mediana edad que ronca dormida en la camilla, como si nada de todo esto fuera con ella; aquel chico extranjero que ha pedido ya varias bolsas porque no puede dejar de vomitar; aquella señora que se limpia la sangre de su ceja esperando que alguien venga a coserle semejante brecha… Ellos, los enfermos, en su mundo, sumidos en sus reflexiones, en sus dolores. Y nosotros, los acompañantes, mirándonos unos a otros, descargando comprensión con las miradas, optimismo o resignación con las sonrisas. Buscamos cierta complicidad entre la confusión, los nervios y el temor. Necesitamos esa compañía callada, ese sabernos cerca de otros que están en nuestra misma situación apelando al mal de muchos consuelo de tontos, o quizá simplemente a la propia humanidad.

Los más afortunados saldrán hoy mismo, como nosotros. Otros, por el contrario, subirán a planta por unos días, o bajarán a quirófano por unas horas. Cada uno tiene aquí su destino, no sé si marcado previamente o fruto de las circunstancias. Para algunos el paso por este hospital no será más que una muesca en sus constantes vitales, un aviso quizá. Pero para otros este será tristemente su último lugar.

Sumida como estoy en mis pensamientos, esperando diagnóstico como quien espera sentencia, me sobresalta el roce gélido de una ráfaga de aire acariciando mis piernas como si alguien hubiera pasado a gran velocidad a mi lado o se hubiera quedado alguna puerta del exterior abierta. Pero no hay nada de eso por aquí y parece que ninguno de los presentes lo ha sentido como yo, pues soy la única que mira alrededor buscando una explicación que en realidad no existe. Puede que sea simplemente eso: una inesperada corriente de aire llegada de quién sabe dónde… Aunque algo en mi interior me susurra con un escalofrío que así es como se siente el suspiro de la vida cuando se va.

 

 

¡Gracias 2018!

Un año más de nuevo poniendo sobre la mesa las cartas de lo que ha significado este año que ya toca a su fin. Un año que comenzó con mucha fuerza y a la vez con tremenda incertidumbre de lo que me podía deparar pero sobre todo con muchas ganas, como cada uno de enero. Parece como si el calendario nos diera por estas fechas una tregua y nos dijera respira, todo va a estar bien, yo ya formo parte del pasado, un nuevo año está por comenzar. Y con ello, nuevos retos, nuevas esperanzas, mejores ilusiones.

Doce meses dan para mucho y sería difícil resumir aquí cada una de las vivencias que me han marcado este 2018 pero si tuviera que definirlo de alguna manera diría que es el año en el que me he sacudido muchas pulgas. Puede que ya desde el 2017 viniera despojándome de lastres que me impedían avanzar pero estoy convencida de que este 2018 me deja mucho más ligera en algunos aspectos. Madurez, determinación, crecimiento. Todo eso unido a la experiencia que solo el tiempo es capaz de brindar me hacen despedir este año con una gran sonrisa por las metas alcanzadas y por las que están por llegar.

Echar la vista atrás de vez en cuando es necesario para poder poner en perspectiva todo lo que hemos conseguido en nuestro propio camino. Es cierto que a veces desespero y me pregunto cuándo me va a llegar a mí todo eso que sobrevuela a mi alrededor sin alcanzarme por completo. Pero en este 2018 también he aprendido a dejar que las cosas fluyan porque es precisamente el tiempo lo que me ha enseñado a no forzar la máquina. Quizá voy más lenta en algunos términos pero creo que eso me está ayudando a saber lo que merece la pena y lo que ya no. Así que no me queda más que darle las gracias a este año que se nos va por todo lo que me ha aportado.

Gracias 2018 por todos esos momentos de risas, complicidad y amistad que me has concedido. Gracias por toda esa gente que se mantiene a mi lado independientemente de cuán lejos o cerca esté. Gracias por las personas que se preocupan, que preguntan, que se interesan. Gracias por los amigos de siempre y los más recientes. Gracias por cruzarme en el camino con gente increíble que me enriquece día a día. Gracias por mi familia que sigue ocupando todas las sillas otra Navidad más y gracias por esos ocho soles que la vida me ha regalado y que siguen haciéndome la tía más feliz del mundo. Gracias por el amor que no duele y por la pasión que pervive siempre en mí. Gracias por las lágrimas que me han enseñado a valorar las sonrisas. Gracias por darme alguna que otra bofetada de realidad para poder poner los pies en el suelo y gracias también por no cortarme las alas cuando he querido volar.

Gracias 2018 por haberme mostrado la toxicidad de las relaciones que no funcionan y por haberle arrancado finalmente la piel de cordero a cualquier intento de lobo feroz. Gracias por haberme dado la fuerza suficiente como para que ya no me importe lo que antes era un mundo y gracias por hacerme una mujer más fuerte cada día. Gracias por darme el carácter necesario para manejar mejor las situaciones que antes me superaban y gracias por ayudarme a mantener a raya a la gente invasiva. Gracias por darme paciencia para lo que realmente importa y determinación para soltar amarras de lo que ya no. Te pido 2019 que no bajes la guardia.

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Gracias por los viajes que han seguido permitiéndome conocer nuevas culturas, lugares, rincones y personas valen realmente la pena. Gracias por el mejor reencuentro que pude tener este año y gracias por acortar distancias cuando más lo necesitaba. Gracias por haberme dado valentía para afrontar todo lo malo y para dejar entrar todo lo bueno. Gracias por rescatar algunos viejos amigos del baúl de los recuerdos y darme cuenta de que nada ha cambiado. Gracias también por esa gente que me ha cerrado de golpe la puerta dejándome sin derecho a réplica, tirando a la basura tantos buenos momentos, despreciando una amistad y olvidando lo más importante. A pesar de todo no guardo rencor así que a quien este año ha decidido dejar de estar también le doy las gracias por todo lo vivido y por haberme ayudado a ser quien soy, hasta hoy.

Gracias por todos aquellos que se siguen sumando a este blog y que comparten sus experiencias, emociones y reflexiones conmigo. Gracias por todos los que me alientan en este mundo de las letras y mil gracias por quienes afirman ser un poco más felices cuando me leen, porque a mí esas palabras sí que me hacen inmensamente feliz. Gracias por los mensajes, las llamadas, los detalles de un día cualquiera. Gracias por los cafés a solas y a medias, y por ése que es tan único y especial. Gracias por las películas que me han tocado el alma, por las lecturas que han abierto brechas en mi corazón. Gracias por las emociones que no me abandonan y por los sueños que me susurran cada vez más fuerte en mi interior. Gracias por las mañanas de sol y por las mágicas noches de lluvia. Gracias por las charlas que nunca terminan y por las amigas que olvidan mirar el reloj. Gracias por las citas improvisadas, por los encuentros inesperados, por la cándida adolescencia, por las canciones a todo pulmón y los bailes descompasados. Gracias 2018 por haber sido punto final para tantas cosas y punto de partida para muchas otras, pero sobre todo gracias por haber seguido colmándome a mí y a los míos de vida y de felicidad.

Estamos preparados para un buen rato más.

¡¡Feliz 2019!!

 

‘Cuéntame cómo pasó’, una gran lección

Queridos señores de Cuéntame cómo pasó, ¿puedo enviarles la factura de los kleenex que llevo gastados desde el capítulo de ayer? ¡Qué hartón de llorar! La noche ya se preveía emocionante, es lo que tienen las despedidas, pero una que siempre se quiere hacer la fuerte pensó bah, si ya sabemos que hoy se despiden Carlos y Karina, podré con ello. Pero no, con lo que no pude fue con la emoción contenida, la trama tan bien hilvanada con el pasado, el homenaje natural a 19 grandes temporadas, la música tan acertada, los diálogos tan sencillamente profundos y las maravillosas lecciones que el capítulo de anoche nos regaló.

Debo decir que desde que Carlitos Alcántara se hizo adulto no he dejado de verme reflejada en él y supongo que lo de ayer fue la gota que colmó mi lagrimal. Un escritor perdido en busca de esa novela que lleva dentro pero que no encuentra el camino para salir, un hombre que ama tanto que se confunde con la ansiedad y el miedo, un hijo que se carga a la espalda responsabilidades que no le tocan, una persona que se exige tanto a sí misma hasta llegar a la frustración cuando las cosas no salen como esperaba, o como cree que los demás esperan de él. Ese Carlos que anoche huyó de todo me tocó profundamente en el alma y me hizo recordar las veces en que quise huir porque no veía la salida, encerrada en mi propia jaula pero clamando por experimentar mi camino en soledad lejos del nido También me golpeó la memoria recordando la vez en que el amor me impulsó definitivamente a hacer mis maletas tratando de encontrar algo cuando en realidad me estaba buscando a mí misma. Sí, puede que fuera aquél el resorte, pero en mi mar de fondo, como en el de Carlos, siempre hubo mucho más cuando también, como él, puse un océano de por medio. Por eso ayer las lágrimas caían por mis mejillas a borbotones. Y no solo por estar antes los últimos fotogramas de dos actores tan importantes para la serie y de una trama que ahora tendrá que readaptarse, sino sobre todo por la cercanía emocional que me abrumó hasta desencajarme.

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Estoy convencida de que a todos los que seguimos la serie desde hace 17 años ayer en mayor o menor medida se nos rasgó un poco más el corazón. El capítulo fue una obra de arte de veracidad, humanidad y ternura. Fue una mezcla de mil emociones tan bien llevadas que el cuerpo entre sollozos pedía más, no te termines nunca. Fue un estallido de crudeza y de cariño, de salvación en alta mar. Y fue sobre todo una lección de vida para no olvidar: la familia, tu familia, ésa siempre está. Ya sea lejos, cerca, con sus peleas, sus malas maneras, sus reproches, sus recelos, sus entrometimientos. Como sea. Los Alcántara a lo largo de los años se han convertido en el ejemplo perfecto, cada uno con su carácter, de lo que significa ser una familia y sobre todo, de lo que es el paso por este mundo, con sus luces y sus sombras.

Ayer lloré porque me vi reflejada en un espejo de realismo demasiado potente y también porque me recordé con catorce años sentada en el sofá de casa esperando ver el primer capítulo de una serie que vino a contextualizarnos la historia de España y ha terminado contándonos nuestras propias vidas. Porque, como dijo Benedetti, cuando uno llora lo hace también por todas esas veces en las que no lloró, y estoy segura de que ayer muchos lloramos por algo más que el adiós de Carlos Alcántara.

 

Estás justo a tiempo

Reloj, no marques las horas, porque voy a enloquecer… Así cantaba el famoso bolero con aire nostálgico el paso de una noche que quisiera haber sido eterna. Así rogaba, entre la lágrima contenida y el dolor, que aquello, lo que fuera que le hacía sentir bien, no se terminara jamás. Que el tiempo se detuviera ahí, que por favor no avanzara. Pero si hay algo seguro en esta vida es que el tiempo, por mucho que nos empeñemos, pasa. A veces para bien, pues dicen que cura heridas. A veces para mal, cuando ese maldito reloj no nos da tregua y nos obliga a decir adiós antes de lo que nos gustaría.

Queremos creer que el tiempo nos esperará, que nos dejará hacer, que nos regalará una nueva oportunidad. Pero sabemos que no, que es tan fugaz como imprevisible y que sin darnos cuenta nos castiga por no saberlo aprovechar. Porque es cierto, a veces perdemos el tiempo. Esperando, buscando, analizando, preguntando, sopesando. Aterrados, paralizados, inmóviles. El tiempo nos asusta por su rapidez, su fugacidad y su desinterés. El tiempo está ahí para saberlo gestionar, para gozarlo, para disfrutarlo. Porque un día, sin más, ese tiempo se nos acaba. Se nos van los ratos con esas personas, las conversaciones que no tuvimos, las palabras que no supimos pronunciar, las promesas que no llegamos a cumplir, los sueños por los que íbamos a luchar. Todo eso que no hacemos se lo lleva consigo el tiempo. Y para eso no hay vuelta atrás.

Pero aunque es cierto que el tiempo no se detiene por nada ni por nadie, hay que entender que no todos tenemos los mismos tempos y que intentar que así fuera no sería justo en ningún caso. La trayectoria vital de cada persona es diferente y exigirnos metas según la edad que tenemos es un auténtico error. Ahora toca esto, después vendrá lo otro. Ya deberías haber hecho aquello, no deberías seguir haciendo lo demás. Y el peor de todos: yo a tu edad… Tú a mi edad ¿qué? Probablemente habías hecho mil cosas que a mí me faltan por hacer pero ¿cuántas de las que he hecho yo hiciste tú?

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La relación edad-temporalidad no siempre nos funciona como socialmente se espera que lo haga. No todos terminamos una licenciatura a los 22, encontramos nuestro trabajo ideal a los 25, nos independizamos a los 28, nos casamos a los 30 y tenemos el primer hijo a los 32. Supuesta estabilidad conseguida, objetivo cumplido. Y aunque hay personas que cumplen esa especie de regla establecida porque las circunstancias les son favorables para ello, otras lo hacen forzando la máquina como si se tratara de algún tipo de reto. Pero si hay que forzarlo, ¿no será que todavía no es nuestro momento?

Hay quienes tardan años en encontrar un trabajo que les resulte gratificante o lo suficientemente solvente, una pareja con la que construir un proyecto común o un lugar ideal para vivir. Algunos quieren alargar una juventud que saben que un día sí o sí se terminará explorando, viajando, conociendo. Otros prefieren dedicar esa misma juventud a compartir con sus hijos esa inagotable energía de los veintes. A veces las decisiones que tomamos nos llevan a alargar o acortar esos tiempos pero muchas otras veces el azar, las circunstancias, los momentos que no podemos controlar son los que nos guían por un camino u otro sin que la cuestión biológica deba ser algo que nos tenga que preocupar demasiado ni algo que debamos envidiar de los demás.

Nos han hecho creer que si a cierta edad no hemos llegado a lo más alto, ya sea personal o profesionalmente, es que ya no lo vamos a conseguir. Que si no nos ponemos en marcha pronto ya será demasiado tarde para poder hacerlo. Esa asociación inconsciente que hacemos entre éxito y juventud realmente no nos hace ningún bien. La vida es una carrera de fondo y muchas veces esa necesidad de alcanzar la mejor posición cuanto antes creyendo que de lo contrario ya no lo lograremos se convierte en una losa con la que cargamos conforme vamos cumpliendo años. Pero eso no tiene por qué ser así. Stieg Larsson publicó su primera novela a los 47 años y a los 50 murió de un infarto sin tiempo para poder saborear las mieles del éxito. José Saramago se consolidó como escritor a los 60 tras haber fracasado con varios escritos a los 25 y durante sus últimos años vivió por y para su auténtica y genial vocación, ganando un premio Nobel por el camino. Barack Obama terminó su carrera como presidente de los Estados Unidos a los 55 años y Winston Churchill llegó a Primer Ministro del Reino Unido a los 66. Pelé se consagró futbolísticamente a los 17 años y Bernarda Angulo, una mujer canaria que aprendió a nadar a los 47 años, superó una marca mundial de natación a los 95.

El tiempo pasa, sí, y tenemos que saber aprovecharlo siendo conscientes precisamente de que esto es aquí y ahora. Pero que el paso de los años no se convierta en un impedimento para creer que todavía se puede, para luchar por lo que nos motiva o para dejar de intentarlo por sentirnos “demasiado viejos” o “fuera de juego”. Conozco a gente de 30 años que piensa que ya no está para según qué trotes y a gente de 70 que hace planes de futuro con tremenda vitalidad. La biología no perdona pero la mente tiene el poder suficiente como para superar las barreras que nosotros mismos o la sociedad intenta imponernos. Cada uno corre su propia maratón, con sprints, con pausas, con recesos. Unos nos adelantarán y otros quedarán atrás, pero nuestro carril plagado de decisiones, circunstancias y casualidades es el único que nos tiene que importar. La vida se trata de vivirla así que no te agobies porque realmente no has llegado tarde ni tampoco demasiado temprano. Tú tienes tu propio ritmo: estás justo a tiempo.