Abrazo al corazón

No estamos todos los que somos. Ni los que fuimos. Ese es el primer pensamiento que me recorre la espalda al llegar, y me pellizca el estómago vacío. Las caras sonrientes que me reciben, sin embargo, me aligeran un poco el peso de tu ausencia. Me fundo en cada reencuentro con un abrazo que fortalece, formulando preguntas sencillas que encierran respuestas complicadas. No son tiempos fáciles para ninguno de nosotros, por eso estamos aquí. 

Por ti. Por ella.

Cosemos de nuevo los lazos de los afectos en la barra, formando corrillos dispares con sabor a vermú y cervezas. Alguien comenta que parece una boda sin novios. Resuenan las risas. Demasiado coincidir en la tristeza este último año, tantas lágrimas derramadas por el camino. Pero, si del pesar ha nacido este día, vamos a hacerlo bonito.

La mesa del comedor es lo suficientemente larga como para que quepamos todos, que no somos pocos. Los niños alborotan en otra más pequeña cerca de mí. Me gusta escucharlos como al rumor de las olas, con alegría y sin molestias. Al fin y al cabo, ellos son nuestro futuro. Ellos derrochan la vida que nos lleva.

El menú avanza potente, como nuestras conversaciones, planes y chascarrillos. No puedo saber lo que se cuece al otro extremo, en el lado de los hombres, que se han arremolinado juntos. Pero adivino que lo están pasando igual de bien que por el sector femenino, a juzgar por las carcajadas espontáneas que de vez en cuando me llegan. Antes de que sirvan los postres aprovecho para ir al baño. De regreso me detengo un momento en el umbral de la puerta del salón. Los observo a todos amparada por esos metros de distancia y entonces te imagino con nosotros, allí, en una de las sillas convertido en el rey de la fiesta y disfrutando de la mejor manera: esa que tú nos enseñaste.

Los ojos se me humedecen en décimas de segundo, pero sonrío tranquila mientras regreso a mi sitio justo cuando me están sirviendo el coulant.

La tarde discurre entre brindis y proclamas. Entonces me acuerdo también de ella, y no como mi tía, sino como tu hermana y como madre de mis primos, despojados de su último baluarte tres meses atrás. Es curiosa la forma en la que catalogamos a las personas según el vínculo que mantienen con nosotros y olvidamos que esas mismas personas sujetan sus propios vínculos también. Y de esos vínculos estos otros, nacidos de la sangre y los afectos que creamos y heredamos. Y aquí estamos todos, aunque ella no está, ni tú tampoco.

O sí.

Y es que cada vez me convenzo más de tu presencia. Al menos es lo que me dicta el consuelo. No sé de qué manera, si es que hay alguna, y desde luego no como verdaderamente quisiera. Pero siento cómo sigues habitando entre nosotros, cómo fluyes en cada conversación y recuerdo, manteniéndote vivo. Si supieras de qué forma te llevamos siempre presente, papa...

Por eso me invade una extraña felicidad sosegada cuando hablo de ti con quienes te conocieron, con quienes me pueden seguir contando anécdotas, algunas incluso inéditas. Con aquellos que también te quisieron y a los que les regalaste grandes momentos. Porque eso, al fin y al cabo, es lo que somos. Es lo que queda.

Las pérdidas han desencadenado esta reunión y ahora pienso en lo bonito que hubiera sido haberla celebrado antes, cuando estábamos todos los que éramos. Pero la vida es caprichosa y nos hace creer que el tiempo no se agota. Hasta que lo hace. También para este día. Nos despedimos con cierto remoloneo, como quien no quiere que acabe el sabor de un beso, buscando fecha para el próximo encuentro y con una sensación de satisfacción importante.

Porque no hay nada como el calor de una familia que abraza fuerte al corazón.

La niña que fue

Mira al mar y llora. Nadie se da cuenta, tampoco quiere que lo hagan. Llora tanto de esta manera… A solas, en silencio, sin aspavientos ni dramas. Bastante tiene ya por dentro. El mar le alivia y la libera. Aunque también le sacude los recuerdos. No le importa, es cierto. Pero duele. Claro que duele.

Fue una niña feliz en este mismo mar. Pasó todos sus veranos aquí. No conoció otros, pero los suyos fueron los mejores que pudo tener, de eso estaba segura. Muchas veces fantaseaba con poder ofrecerles a sus hijos al menos un pedacito de la infancia maravillosa que a ella le regalaron sus padres. Sin embargo, una punzada de realidad se le clava hoy en el corazón. Ni siquiera tiene hijos. «Qué injusto es todo», piensa, «conmigo nadie se queda para tanto». Para divertirse entre las sombras de unas piernas enredadas sí, quizá. Para llenar los huecos de almas que vagan vampíricas e incompletas. Para ser bálsamo de vidas insatisfechas y cobardes que no se jugarán la comodidad, ni la posición, ni el qué dirán, naufragando entre mentiras. Para bailarle al amor de estos tiempos sin compromiso. Para sucumbir a la fugacidad de sus propios antojos y a los de otros, a veces sin potestad ni permiso. ¿Es que no es suficiente para más?

Una lágrima amarga le alcanza suavemente los labios. Qué paradoja, los tiene heridos de tanto besar. Le escuecen. No quiere pensar más en eso. Ya no quiere pensar. «Ojalá fuera incapaz de sentir», murmura con rabia. Cierra los ojos y se deja acariciar por la brisa que le revuelve el cabello. «Aquí fui una niña tan feliz…», suspira. Recuerda que corría libre por la orilla, hundiendo los pies en la arena, salpicándose las piernas antes de sumergirse en el mar. Buceaba como un pececillo inquieto, se dejaba llevar por las olas, jugaba con ellas, las retaba y se revolvía. No le temía a nada, aunque a veces tragara agua y sintiera ahogarse por unos momentos. La niña que fue se volvía a levantar una y otra vez, decidida. El sol le secaba después el salitre que le dejaba caminos blanquecinos sobre la piel morena, mientras construía castillos en la arena con la ayuda de papá. Eran fortificaciones enormes, con sus puentes y sus fosos. «Hay que protegerse», aconsejaba él levantando las murallas, «para que los malos no nos alcancen». «Hay que hacerlo, papá, cuánta razón… En esta vida es importante aprender a distinguirlos», se dice, «y no invitarlos a entrar». Pero es difícil. Ya no llegan acompañados de lanzas ni fusiles, como en los cuentos de entonces. Ahora incluso pueden traerte flores envueltas en promesas, galanterías y sonrisas. Esas son las armas más peligrosas, cuando no son sinceras.

La luz del atardecer se posa sobre el horizonte. Otro día presto a morir. Se enjuga las lágrimas con resignación y recorre de nuevo sus pasos sobre la orilla. Mañana el sol volverá a renacer… ¿Y ella?

«Una vez fui una niña tremendamente feliz aquí», asegura convencida antes de irse. «Debería serlo también ahora que soy mujer.»

 

 

 

 

 

Un universo roto

Mi universo se rompió en pedazos. Todo lo que había conocido, tal como lo había hecho, se detuvo aquel miércoles a las 17.45h. Ese día murió contigo la niña que aún podía ser. La que seguía siendo para ti, a pesar de los años.

Recuerdo perfectamente la incredulidad y el desconsuelo tras recibir la noticia. La terrible noche que le siguió, sin dormir, con los ojos irritados de tanto llorar. Y la mañana siguiente, cuando el sol salió impasible y los pájaros trinaron su frío invernal desde las ramas del jardín, ajenos a mi tristeza. Los coches deambulaban sin prisas. Era festivo. La gente derrochaba alegría cargando los regalos de Reyes con ilusión infantil. ¿Cómo es posible que la vida no se detenga?, pensé. Que el mundo no guardara luto por ti me afligió de una manera ilógica, pero yo estaba destruida y el dolor muchas veces se disfraza de rabia.

Han pasado seis meses desde entonces y no, el tiempo no alivia la herida, solo acentúa la ausencia. Ahora es mucho peor que aquellos primeros momentos en los que salí a la calle con la soledad sobre los hombros. Entonces el shock me ayudaba a mantenerme en pie. Sin embargo, hoy palpo con otra consciencia tu falta, que siento clavada como un puñal en las entrañas. Gélida y permanente. La pena es más profunda, aunque haya aprendido a disimularla mejor tras una sonrisa. Esos ¿cómo lo llevas? de quienes a estas alturas aún preguntan por mí, por ti, se anudan en la garganta y ya no sé qué contestar. Ahí voy, tirando, a ratos, depende, no sé… Sucedáneos del estoy hecha una mierda que con gusto respondería tantas veces. Pero, en realidad, a casi nadie le interesa el bucle de sinsentidos que a veces me golpea el alma. Escucharme hablar de ti, de lo que pasó, de lo injusto que fue todo. Compartir las infinitas anécdotas que construimos juntos y soportar todos los porqués que lanzo al aire desesperada. Encerrarme con mis recuerdos hechos tesoros. Saber del dolor que cargo por tu pérdida y de estas ganas constantes de llorar(te). Cuánto aprendizaje hay en el duelo también, solo unos pocos lo comparten. La mayoría da por hecho que medio año es un lapso lo suficientemente seguro como para estar recuperada. Como si fueras un hueso roto, papa. Como si pudiera curarme de no tenerte a mi lado.

La tristeza incomoda, lo sé. Aunque todos la sintamos a lo largo de la vida, nos hemos acostumbrado a ocultarla para no molestar. Se llora y se sufre en silencio, en el salón de casa, absorta frente a una pared blanca. O de madrugada ahogando lágrimas contra el cojín, hasta que te cuesta respirar o el sueño te vence. Después te duchas, te maquillas las ojeras y te enfrentas a un nuevo día con esa pose estudiada que mantienes a lo largo de la jornada, porque es la forma de sobrellevarlo. Por la tarde quizá te tomas un café curativo para escapar de la rutina y te echas unas risas improvisadas que alegran un poquito el corazón. Y, con suerte, a lo mejor alguna noche se alinean los astros para brindar por amores fugaces que nacen y mueren con un par de copas de más, como en los viejos tiempos. Sin embargo, todo eso solo son pequeños gestos que ayudan a aligerar el peso del dolor, tan denso como constante, pero no a desterrarlo.

Así que ahí voy, papa, trampeando emociones hasta que me derrumbo otra vez porque me parece insufrible vivir en un mundo en el que ya no pueda escuchar tu voz ni oler tu piel. Aceptar que me sucedan cosas buenas, malas o regulares y que no las pueda compartir contigo. Afuera de mí, todo ha seguido como si nada durante este tiempo, a pesar del cinco de enero. Han continuado los programas que veías y las emisoras que escuchabas. También el fútbol con sus sinsabores y las tardes de Orestes en Pasapalabra. Empezaron las obras del portal y regresaron los días de playa como cada verano. La vida sigue su curso, implacable. Igual que seguirá tras estas letras y tras cada una de las lágrimas que derramo. Hay algo de crueldad en sentir que todo avanza alrededor si yo apenas puedo vagar al compás de la inercia. Qué pausa vital tan extraña… Me pregunto cómo podré volver a vivir con plenitud esta existencia huérfana que me ha quedado, si la muerte me ha arrancado de cuajo el futuro que todavía tenía que tejer a tu lado. Cuánta falta me haces, papa. Cuánta.

No lo sabía

No sabía cuánto pesaba el verdadero vacío,

aunque hubiera conocido el eco de la ausencia

de aquellas madrugadas que tejí llorando

por colmar de cariño a quien no lo mereciera.

No sabía cómo azotaba el dolor más profundo,

que no es aquel que desgarra en un grito feroz,

sino el que me acompaña suave en el día a día,

agazapado en la rutina, escondido tras su telón.

No sabía a qué olía la soledad

hasta que descubrí en una almohada tu aroma,

el que antes me envolvía imperceptible y cotidiano

se ha convertido ahora en refugio de mi orfandad.

No sabía lo que era perderme a mí misma

antes de que la muerte me golpeara la calma,

arrancándome de cuajo la raíz que sostenía

la mitad de mi ser, entera mi alma.

No sabía de la necesidad de un corazón sincero,

altruista, callado y ligero,

hasta que perderte me ha inundado de lágrimas,

aristas, huecos y demasiado silencio.

Se me quiebra la vida sin ti,

pero no el amor que te tengo.

Nunca dejes de escribir, me dijiste el último día,

sin saberlo.

Ay, papa, de veras cómo lo intento…

Pero dónde encontrar la inspiración,

si me tiemblan las letras al compás de tu recuerdo.

Batallo con el desamparo y la añoranza, tanto como te anhelo…

Dime acaso cuántos poemas pueden caber en un duelo.

El amor que te tengo

Hoy hace tres meses que los latidos de mi corazón se detuvieron con los tuyos. Y no han vuelto a latir de la misma manera. Me parece que ya nunca lo harán igual. Hay días en los que me veo incapaz de lidiar con este dolor que no cesa entre la soledad y el silencio. La casa sigue hueca en tu ausencia, y lo seguiría estando por mucho que se llenara de gente. Al menos tu olor permanece inalterable en la almohada y me pregunto cuánto tiempo resistirá. Me aterra perder la única sensación tangible que me queda de ti. Esa conexión que aún puedo percibir como real con alguno de mis sentidos. Oler tu ropa es lo más parecido que tengo a envolverme en tu abrazo, papa. Cerrar los ojos y aspirar tu aroma durante unos segundos me aporta tanta paz… Que es algo que no quiero compartir. No quiero que nadie más me arrebate la oportunidad de sentirte. Necesito tenerte cerca, saber que estás. Aunque ya no estés. No de la manera en que quisiera que estuvieras.

Porque lo cierto es que todavía quiero llegar con prisas a casa para contarte algo. Quiero darte una noticia. Quiero saber tu opinión. Quiero escuchar lo que tengas que decir de cualquier tema. Luego soy consciente de que ya no puedo hacerlo y no sabes cómo se me encoge el alma cuando la realidad me golpea para abrirme los ojos. Ese clic de lucidez que me parte en dos una y otra vez. Como si no estuviera ya lo suficientemente partida. Como si en mi corazón aún quedaran pedazos de amor intactos esperando su turno para hacerse añicos también. Pero no. No creo que sea el amor lo que se me está rompiendo desde que te fuiste, sino el no poder compartirlo contigo en las pequeñas cosas del día a día. Y comprender que ya nunca podré. Ahora me pregunto si lo hice lo suficiente. Si sabías hasta qué punto eras importante y necesario en mi vida. Inconmensurable. Espero que sí.

Echo de menos lo más ínfimo y absurdo de la rutina. Aquello que antes nunca había tenido importancia o yo no le había prestado demasiada atención. Me vienen a la memoria situaciones sencillas de cuando era pequeña. Como tú mondando una naranja de una vez, sin romper la piel, retándome a que hiciera lo mismo a ver si lo conseguía. Me parecías un héroe con una fruta en la mano. Bendita infancia. O los domingos después de comer diciéndome con tono socarrón «hoy sí que te acepto un café», sin que yo te lo hubiera ofrecido. Esa forma particular de pedirme las cosas. Extraño hasta el tintineo de la cucharilla en la taza y esos «c’est qualité, Monsieur» tan tuyos, ya ves. Y las meriendas que tanto te gustaban… Siempre preguntabas si había algo especial. Echo de menos incluso montar claras para sorprenderte con un buen merengue o con cualquier otro dulce que se nos antojara una tarde de invierno. Creo que me llevará algún tiempo hornear con la misma ilusión. Ojalá pudiera volver a regañarte por pasearte por la cocina en cuanto olías que un bizcocho iba a salir del horno o por picotear de una bandeja antes de empezar a comer en familia. Cómo quisiera seguir disfrutando de ti, papa. De todos nuestros momentos juntos. Los más cotidianos y valiosos.

¿Sabes? Ahora me he aficionado a ver las películas que rodaste cuando era pequeña. Mandé digitalizar la montaña de cintas VHS-C que grabaste durante mi infancia y adolescencia. Horas y horas de vídeos maravillosos donde tú siempre fuiste tan tú, y yo una niña tan feliz. Me gusta mucho vernos. Escuchar tus «Tinita, mira a la cámara», «¡qué bonita que es mi niña!», «qué guapa estás, hija…» me infla el corazón y me saca sonrisas en medio de tantas lágrimas. Me encanta verme bailar en tus brazos o escuchar mi vocecilla gritar «papa, papa, ¡papaaaa!» reclamando atenciones. Escenas que fueron quedando atrás pero que hoy resurgen con fuerza para retener cada minuto de vida que hemos compartido. Qué privilegio el mío.

Siento que estás en cada paso que doy, papa, en cada segundo que respiro. No puedo hacerte a un lado y seguir con mi vida, como dicen algunos. Esto no funciona así. Solo tengo que encontrar un nuevo lugar para ti, a salvo del dolor y de la pena que me invade, porque esas emociones no te corresponden, por mucho que sean el peaje que la vida nos hace pagar ante la muerte. Sé que el tiempo me ayudará a recolocarte donde mereces estar, en el centro de mis alegrías. Como eras tú. Como lo seguirás siendo.

Dicen que recordar significa volver a pasar por el corazón. No puedo estar más de acuerdo. Ahí es donde construiré nuestro refugio, papa, para proteger el amor que siempre te tuve de este feroz desconsuelo. El amor que te tengo.

Tanto ruido en el silencio

Se había imaginado muchas veces ese momento. Como tantos otros, en realidad. Solía hilvanar de ilusiones su corazón y su cabeza. Lo que podría llegar a sentir, cómo se lo diría, su reacción. La miraría desconcertado primero, no tenía duda, pero luego la abrazaría con esa fuerza que solo él le daba. Reirían nerviosos, ella dejaría brotar alguna lágrima serena. Todo estaría bien.

Sentada en la orilla repasaba con tristeza aquellas situaciones que un día quiso hacer reales. Todas fruto de la ensoñación romántica, del deseo, del amor. No, no tenía que culpabilizarse por haber sentido tanto, pues así era como sentía ella. Hasta el límite, sin censura, sin miedo. Y no, no tenía tampoco que martirizarse ahora por no haberse dado cuenta antes. «La gente, cuando ya no les sirves, te desecha sin más», pensaba mientras jugueteaba con la arena entre sus dedos. 

Era un día frío de otoño. El mar estaba imponente y bello. Ella y su relación con el mar… Con la vida en todas sus formas. Se llenaba los pulmones inspirando el aire salado que le llegaba en cada ola, como si fueran sus propias emociones en un vaivén sin tregua. Así se sentía desde que lo supo. «No, no… Fue un poco después», afirmaba. Tras el choque inicial que la desbarató en segundos, se sosegó luego en la esperanza. Confió en el tiempo, que todo lo acomoda. Pero lo único que acomodó fue la desesperación. Los días iban pasando y el silencio se hacía más denso. Lo conocía demasiado bien como para no saber interpretar ese tipo de señal. Ya eran muchos años de juegos y sombras.

Algunas mañanas, antes de meterse en la ducha, le gustaba detenerse para calibrarse desnuda frente al espejo. Había llegado a sentir rechazo por su propio cuerpo porque era lo único que a él le interesaba. A eso la reducía, a las cenizas de una pasión que ahora la asfixiaba. Qué asco, y qué pena. Tenía ganas de contarle lo que ocurría y que estallara todo por los aires, si es que era eso lo que tenía que pasar. No podía seguir haciendo malabares para no incomodar a los demás. Estaba harta. Cansada de esperar con una paciencia sumisa impropia de ella, para evitar que la volvieran a tildar de intensa. Solo pidió dos horas en un café. No le quiso conceder ni eso.

El amor no duele. Había escuchado esa frase hacía poco, no recordaba dónde. Sintió que era muy cierto. El amor no debe doler. Lo que duele es la falta de respeto, la indiferencia, el engaño, la traición, el abuso, la cobardía, el egoísmo. Tanto ruido en el silencio. «Y todas esas cosas que te acuchillan el alma, como este mar helado que me salpica en los tobillos», murmuraba para sí. Se acercó un poco más, despacio, sintiendo la frialdad recorriéndole las piernas por debajo de los pantalones. El agua estaba tan gélida que la piel se tornaba insensible al cabo de un rato. No le importaba. Se adentró, conteniendo la respiración.

Había imaginado tantas veces aquel momento y, sin embargo, ni en sus formas más amargas lo pudo haber soñado así. Las lágrimas caían a borbotones sobre el mar, mientras él, en cualquier otro lugar, disfrutaba tranquilo del destino que le había robado. Dio otro paso. Solo quería cerrar los ojos y ser feliz. «Porque no puedo hacerlo sola», trataba de convencerse. El agua comenzaba a sacudirla por la cintura cuando se llevó la mano al vientre en un acto reflejo. Fue entonces cuando se dio cuenta de lo más importante, y se detuvo en seco.

No, no era cierto. No estaba sola. Ya nunca más estaría sola. 

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