‘NO’ es ‘NO’

No vengo a erigirme como abogada ni jurista, tampoco como representante de nada porque ni tengo las herramientas, ni lo soy ni lo pretendo. No he leído la sentencia completa del caso de “La Manada” porque los pocos párrafos a los que he tenido acceso me han dado ganas de vomitar. Tampoco he estado al día en las declaraciones ni de los acusados ni de la víctima, y no puedo entrar a valorar con argumentos legislativos la diferencia que marca el Código Penal entre abuso y violación. Ni puedo ni quiero. Porque todo este asunto me repatea como mujer, me indigna, me entristece y me recuerda que en esta sociedad todavía queda mucho por hacer para erradicar del pensamiento colectivo el “no importa lo que hagamos, que aquí no pasa nada” cuando vemos que quienes están para protegernos con los mecanismos pertinentes no lo hacen. Así que si hoy voy a hablar de este tema es desde mi perspectiva vital como mujer, que eso sí puedo hacerlo con todas las de la ley.

ab660x650-1200x800

Las mujeres tenemos miedos, qué duda cabe. Qué mujer no se siente intranquila cuando viajando en transporte público de madrugada el vagón se va quedando vacío. Qué mujer no acelera sus pasos por la noche al escuchar un ruido o al pasar cerca de un grupo de hombres. Qué mujer no prepara sus llaves en el último tramo a casa para no entretenerse demasiado abriendo la puerta. Qué mujer no prefiere regresar acompañada en un taxi. Qué mujer se separa de su grupo de amigas sin que ellas le digan avísame cuando llegues a casa. Qué mujer no ha recibido ningún consejo paterno parecido a un ten cuidado o no vuelvas sola tan tarde. Y no es sólo por una cuestión de preocupación paterna, que también, es porque tenemos tan arraigado que a las mujeres nos pueden pasar “ciertas cosas” que lo damos por hecho. Y es así desde que tenemos uso de razón. Crecemos con la creencia de que ante el hombre nosotras somos vulnerables y ahora vemos que, encima, ni la justicia va a poder ayudarnos. 

Porque no es violación si no hay resistencia, al parecer. Te tienen que dejar magullada, sangrando, apaleada, además de penetrada, para que un tribunal considere que sí, pues es verdad, te han violado. Tienes que hundirte en la miseria de por vida para demostrar públicamente que estás traumatizada porque fuiste violada y si no, pues es que no fue para tanto. Que una madrugada en plenos sanfermines te acorralen cinco hombres mayores en edad y en corpulencia, que te metan en un portal oscuro y minúsculo, que te desabrochen los botones, te bajen la ropa, te dejen expuesta y te penetren bucal, vaginal y analmente los cinco en manada mientras lo graban con sus móviles y se jactan de su asquerosa “proeza” debe de ser de lo más placentero oye. Y que por mil motivos no opongas resistencia (pánico por parálisis o por pura supervivencia) te convierte en alguien que bueno, quizá también se lo buscaba, porque qué hacía una chica sola por ahí a esas horas con cinco desconocidos, ¿verdad? Y ahí está siempre oteando la sombra de la duda que pervive en una sociedad de pensamiento machista: nosotras nos lo buscamos con nuestras faldas cortas, con nuestros escotes, con nuestras ganas de divertirnos, de emborracharnos, de conocer gente, de pasarlo bien. Nosotras somos culpables por nuestras ganas de vivir. 

Afortunadamente la gran mayoría de los hombres está comenzando a tomar conciencia de los miedos que sentimos las mujeres y son muchos los que, como nosotras, se indignan y condenan sentencias débiles para hechos tan duros. Es realmente esperanzador y gratificante. Pero tenemos que seguir luchando, saliendo a la calle, gritando y manifestándonos para que los altos cargos, los mandatarios, los jueces, los que parten el bacalao, los que nos dirigen y representan se enteren bien de que nosotras, nuestras hermanas, madres, hijas, sobrinas, primas y amigas, no tenemos por qué vivir con el temor a que nos asalten, nos violen o nos hagan “cosas”. Y que si eso sucede, porque la cara mala de la vida existe y los monstruos también, al menos tengamos un sistema judicial lo suficientemente sano y justo, valga la redundancia, como para que eso mitigue algo el sufrimiento. Porque evidentemente nadie podrá quitarle a una mujer violada el dolor de lo padecido, ni el recuerdo ni el estigma. Pero al menos que a eso no se le sume también la burla de la justicia cuando todavía pueda actuar. Porque no olvidemos que muchas otras chicas no pueden tener un juicio contra su agresor porque su resistencia, esa que al parecer determina si es o no violación, es desgraciadamente su sentencia de muerte.

Maldita sea, ‘NO’ ES ‘NO’.