Cuéntame, toda una vida

Jueves, 13 de septiembre de 2001. Los atentados de las Torres Gemelas llevan acaparando la atención informativa dos días. El mundo entero está consternado con lo ocurrido, nunca antes se había vivido un ataque terrorista de tal magnitud. El gigante americano está tocado de muerte y la incertidumbre de lo que vendrá se palpa en cada conversación. Las teorías y las conspiraciones comienzan a entremezclarse con la información veraz. Son horas de gran agitación que requieren algo de sosiego y, por qué no, de una buena dosis de entretenimiento para descansar de la realidad. Así que ese jueves, después de dos días de noticiarios intensos, una familia opta por despejarse con la nueva serie que van a estrenar.

Esa familia fue la mía, pero también la tuya y la de tantos hogares españoles que decidieron echarle un ojo a una ficción que en 2001 apostó por trasladarnos a 1968. Cuéntame cómo pasó revolucionó desde el primer momento el panorama televisivo ante la curiosidad que generaba en quienes aún no habíamos nacido en ese entonces y la nostalgia de los que querían recordar viejos tiempos. Aquella noche de jueves los Alcántara se colaron por primera vez en nuestras casas como una familia más.

Y ayer, tras 22 años, la serie que se cimentó en la historia de España echó el cierre para pasar a formar parte justamente de esa misma historia en un círculo perfecto. Tras 23 temporadas cargadas de retos, emociones, controversia, altibajos y algún sinsentido perdonable, no sólo ha conseguido ser una muestra real (y necesaria) del trasfondo político y social de cada época que ha tratado con rigor y valentía, sino también un reflejo de la vida de esos personajes que con el tiempo dejaron de serlo para convertirse en personas reales, en la propia familia.

Porque Antonio Alcántara tiene muchas cosas de nuestro padre, como Merche las tiene de nuestra madre. Inés, Toni, Carlos o María podríamos ser nosotros, o nuestros hermanos. Y Herminia, por supuesto, encarnando la figura no sólo de una abuela al uso sino de toda una generación de mayores cuyo legado no pudo ser más importante: sus enseñanzas. Una familia normal y corriente, con sus luces y sus sombras, como todas, con la que poder sentirnos plenamente identificados. Ahí radica su gran éxito. No es nada fácil aguantar el tirón de estar en antena durante tantos años y es cierto que en algunas tramas flaqueó, pero esta última temporada ha servido para cerrar con broche de oro la historia de los Alcántara, que no deja de ser parte de la nuestra, dejándonos ahora el hueco de la ausencia y el mejor de los recuerdos.

El capítulo de ayer nos emocionó hasta las lágrimas y nos hizo reír a pesar de ellas, ayudándonos a descargar tensión en los momentos más desgarradores. Pero ¿acaso no es así la vida? Herminia lo tenía muy claro y con sus últimas palabras a Carlos quiso regalarnos a nosotros, como espectadores, una lección vital. El simbolismo de la escena bajo la encina que plantó su padre cuando nació, y donde ahora ella decide morir, es maravilloso. No sólo por la belleza del plano y la carga emocional que conlleva en la ficción, pues todos sabíamos lo que ocurriría después, sino por lo poético que es el regreso a las raíces y cómo todos, de alguna manera, andamos buscando siempre lo mismo. Esa red de seguridad que nos sostiene, que son los nuestros. Y ese árbol que bien podría ser el de la vida, con las hojas que caen y los brotes que nacen mecidos por el pasar de los años, sin tregua.

Los Alcántara no son inmunes a los problemas económicos, las herencias malditas, los reproches, los desaires, el egoísmo, los celos y las envidias. Son tan humanos como nosotros, con sus heridas abiertas, cargando el peso de las palabras que no dijeron cuando debían y el de las que mejor no hubieran pronunciado nunca. Viven con miedos, dudas, vértigo, incertidumbre, deseos, expectativas, fracasos. Cada uno de ellos lidia consigo mismo mientras busca su lugar en el mundo y trata de acoplarse al engranaje de las relaciones que quieren sostener. No es fácil hacerlo porque a menudo perdemos de vista lo más importante: tenernos, apoyarnos, respetarnos, querernos. Bien lo dice Carlos en la arenga a sus hermanos, en un intento desesperado por reconstruir una familia que se desmorona por mirarse demasiado el ombligo y no querer dar su brazo a torcer. Una familia rasgada que ha perdido el rumbo y que Merche ya no reconoce. ¿Qué nos ha pasado?

Y entonces Herminia, con su ausencia, vuelve a darnos otra lección a través de Carlos, que coge el testigo de su abuela, y apela ante su familia a aquellos mensajes de despedida que enviaron quienes sabían que se estrellarían contra las Torres Gemelas sin posibilidad de supervivencia. Nadie mandó un reproche antes de morir, nadie buscó una pelea ni se enzarzó en rencillas vanas. No había tiempo para eso, porque eso no es lo importante. La gente solo le dijo te quiero a los suyos y olvidó todo lo demás. Lástima que tengamos que vernos ante la pérdida para entender que el amor es lo único que nos salva, lo único que nos une, lo único que nos vamos a llevar. Amarnos es la única fuerza.

El de cuando despedimos a un amigo

Los que me conocen saben bien de mi afición por Friends. Una serie que para mí, como para tantos millones de personas en el mundo, fue mucho más que una sucesión de temporadas entretenidas y fáciles de ver. Friends marcó a toda una generación, y lo sigue haciendo casi tres décadas después de su estreno.

Por eso la muerte de Matthew Perry a los 54 años conmueve de una forma especial, llegándose a sentir incluso cercana. Te deja tocada como si perdieras a un conocido y te envuelve en un remolino de emociones tan reales como las que la propia serie te ha hecho sentir a lo largo de los años. Y es que él, a través de un personaje tan entrañable, llegó a nuestra vida para hacerla un poquito mejor. Su pérdida como ser humano conmueve tanto porque para los fans es como si también se fuera Chandler Bing, al que casi podíamos llamar amigo.

Confieso que Friends es esa sitcom que me ha acompañado en los buenos momentos, en los malos y en los regulares, y en todos ha funcionado como resorte o como bálsamo. Es una zona de confort a la que vuelvo una y otra vez. Si tengo un día de bajón o si sólo busco distraerme un rato, ellos siempre están ahí, al otro lado de la pantalla. No importa que me sepa los diálogos ni por supuesto lo que va a ocurrir en cada capítulo. Me sigue regalando risas y provocando ternura por mucho que me la conozca de memoria. 

Cada uno de ellos se siente como de la familia: Ross, Rachel, Monica, Joey, Phoebe y Chandler. Ese grupo de amigos que todos quisimos tener, en quienes nos veíamos reflejados, con sus personalidades tan distintas y sus vivencias tan cotidianas. Un grupo de veinteañeros tratando de salir adelante en el Nueva York de mediados de los noventa, buscando la estabilidad personal en esa etapa de transición y conocimiento de uno mismo hasta llegar a la edad adulta, donde la amistad es tan importante. Pasando por amores, desamores, empleos y desempleos, miedos, dudas, trabajos precarios, ajustes económicos, embarazos no previstos, rollos de una noche, juergas, resacas, discusiones, diferencias de edad, noviazgos a distancia, bodas, divorcios, relaciones familiares, desavenencias con los padres, apego, necesidad de independencia, el vértigo de la responsabilidad…

Sin embargo, los revisionistas de la historia (que tanto daño hacen), critican con los ojos de hoy el estereotipo y la falta de diversidad de un grupo donde los protagonistas son todos blancos y heterosexuales. Como si a la fuerza siempre hubiera que incluir otras realidades, y obviando, además, que en este caso aparecen personajes secundarios de otras razas y orientaciones sexuales. Incluso he llegado a leer estos días que la serie nunca representó bien a la juventud porque no aborda el tema de las drogas ni del sexo y eso, al parecer, le resta valor a una comedia de entretenimiento que cosechó un éxito inigualable en su época (hasta hoy). Es cierto que no hay tramas que giren alrededor de la droga (¿es necesario? ¿acaso todos los jóvenes consumen?) pero quien diga que no se habla de sexo no ha visto un solo capítulo (hey, ¿cómo va eso?). No es necesario que haya escenas de sexo explícito para que entendamos cuando sucede con total naturalidad. El problema es que los contenidos de ahora que van dirigidos al público adolescente tienen que vender tanto que explotan el morbo y no dejan lugar a la imaginación. Véase Élite, por ejemplo, cuya trama se desarrolla en un instituto donde corre la droga con tremenda facilidad y se disfruta del sexo sin censura ni control. Como si eso fuera lo habitual en los pasillos de un colegio, vaya. Y está catalogada para mayores de 13 años, ni siquiera de 16…. Luego nos hacemos cruces por el acceso tan precoz que tienen los niños a la pornografía, pero se validan series o películas con edad recomendada muy inferior a la que deberían tener por el contenido que ofrecen… ¿Y lo que está mal es una serie tan sana y desenfadada como Friends?

No quiero irme de tema, yo venía hoy aquí a homenajear a Matthew Perry y a poner de manifiesto cómo cuesta soltar a quien alguna vez te hizo reír (en la ficción y en la realidad). Perry no ha tenido una vida fácil en absoluto, aun teniéndolo todo. Era adicto al alcohol y a los opiáceos y, por tanto, un enfermo que luchaba constantemente contra sí mismo en sus periodos de lucidez. Darte cuenta de eso, de los demonios con los que batalló mientras nos regalaba a un Chandler tan lleno de luz, de amor y de humor, rompe un poco más. Y recuerda a otros como Robin Williams en su depresión, maestros de la comedia cuyo fin era hacernos reír mientras ellos cargaban con tanta oscuridad a sus espaldas. Qué pena que nunca consiguieran comprender la felicidad que con su trabajo nos generaban. A menudo los más tristes son los que más se esfuerzan por no aparentarlo y los que mejores sonrisas consiguen arrancar. El sentido del humor es, sin duda, una válvula de escape para el dolor.

No sé cómo será ahora volver a Friends sabiendo que en la vida real uno de ellos ya no está. Pero si algo bueno tiene lo de ser artista es que la obra nunca muere. Matthew Perry deja un importante legado como actor y un libro de memorias duro y sanador, lleno de esa esperanza que él empezaba a sentir y que al final no ha logrado disfrutar en paz. Pero, sobre todo, para quienes tenemos en Friends más que una serie un refugio, Matty nos deja el mayor de los regalos: a Chandler Muriel Bing.