Abrazos robados

Vienen malos tiempos otra vez, tiempos duros, aunque en realidad nunca se fueron. El consuelo del verano, del clima agradable y de la cierta manga ancha que nos dieron desde las instituciones palió, de alguna manera, esa sensación de ahogo y resignación que sufríamos desde que el catorce de marzo se declaró el estado de alarma que nos confinaba a todos en casa. Nunca habíamos vivido algo así, ni siquiera lo podíamos imaginar (incluso ahora sigue pareciendo en muchos sentidos irreal). Aquel sábado por la mañana todos los españoles estuvimos pegados a la televisión asistiendo, entre el desconcierto y el temor, al anuncio presidencial de lo que iban a ser las siguientes semanas. Porque sí, iban a ser unas semanas…

En el imaginario colectivo la llegada del verano se presumía como el fin de todos los males, así que optamos por verle el lado bueno a una primavera diferente rescatando los juegos de mesa y horneando pasteles, recurriendo a las videollamadas para compartir una cerveza virtual con familiares y amigos, queriendo convertir el encierro obligado en una oportunidad para estar con nosotros mismos y nuestros convivientes de una manera en la que la vida, tan ajetreada siempre, no nos permitía estar. El mundo se había detenido, literal. La naturaleza respiró y nosotros con ella; las relaciones que debían fortalecerse lo hicieron y las que ya venían agotadas, empezaron a morir en los silencios prolongados. La escala de valores se reajustó para entender que lo que cuenta suele ser lo más ordinario, justo lo que acostumbramos a olvidar, lo que damos por hecho. Aplaudíamos a las ocho cada tarde como un ritual cargado de ánimo, recuperamos el sentido de comunidad y parecía que lográbamos empatizar con el sufrimiento ajeno. Dijeron que de esta saldríamos mejores…

Llegó junio con su desescalada exprés y las prisas por vivir, por retomar todo aquello que se interrumpió en marzo, atenuó las medidas de seguridad que hasta entonces habíamos mantenido con talante férreo. Salimos como toros de los toriles en cuanto nos abrieron la veda, y tristemente demostramos que eso de la responsabilidad ciudadana no es un bien tan común como sería deseable. El verano no fue el bálsamo esperado, aunque en las noticias se afanaban por hablar de turismo seguro para intentar salvar la economía, y muchos aprovecharon para disfrutar de las vacaciones mirando hacia otro lado.

Ahora el otoño nos devuelve el bofetón de la irresponsabilidad mantenida con creces. El sistema sanitario está al borde del colapso de nuevo y las cifras de contagios y fallecidos no dejan de aumentar cada día. Suenan campanas de confinamiento severo otra vez mientras vamos jugando al despiste con el toque de queda y algún cierre perimetral. Es desolador ver cómo se vacían las calles, cómo se bajan las persianas de la cultura, del comercio, de tantos negocios, cómo se duerme la vida… Qué bella palabra, por cierto.

Sin embargo, la vida no es solo reunirte con tus amigos en el bar de la esquina, o viajar en vacaciones, o perderse sin rumbo un fin de semana, o salir sin tener que mirar ni el reloj ni con quién cualquier madrugada. Que también, y lo echamos de menos, y cuesta acostumbrarse a la monotonía que impera y desespera. Mucho. Pero lo que rompe de verdad el alma no es la restricción a la movilidad y al hacer lo que nos dé la gana en todo momento, aunque algunos se tomen esta pérdida temporal de libertad como un castigo caprichoso. Lo que en realidad te rasga hasta las entrañas es la restricción a las emociones. Cuando un arrumaco es sinónimo de peligro, cuando un beso puede ser una trampa mortal, cuando estar con tu gente supone un riesgo para la salud… Surge el miedo, la incertidumbre, el deseo contenido, cierta culpa y una tremenda impotencia. Querer y no poder, no deber. El sacrificio de proteger y protegernos lidia con la necesidad humana de tenernos. Sabemos que es preferible así, que ahora es lo correcto, pero sentimos que así no se puede vivir, no tanto tiempo. Nos falta la vibra de los nuestros, esa que no llega a través de las pantallas a pesar de regalarnos las mejores sonrisas, esa que nace franca en la cercanía, en el contacto, en la mirada. El calor de verdad, el matiz de la voz al natural, el gesto cómplice, una caricia espontánea. Al fin y al cabo, la vida, el amor, lo que merece la pena, se teje suave entre besos y abrazos. Y esta pandemia es tan inmensamente cruel que nos los ha robado.

Mi manera de vivir

—Y tú de mayor, ¿qué quieres ser?

—¿Yo? Mmm, escritora… —contesté tímidamente.

Se produjo un silencio. Vi su cara de asombro, incrédula, incluso puede que vislumbrara cierta mueca de rechazo, aunque a los ocho años no supe definirlo con certeza.

—Ya, pero… ¿y de verdad? —insistió la niña.

Entonces supe que mi decisión era demasiado rara, o aburrida, como para sorprender a aquellos ojos inquietos que esperaban una respuesta acorde con su carácter.

—Ah, pues no sé, peluquera, o maestra, o actriz…

Cualquier cosa más llamativa, pensé, o más normal. Y me guardé para mí aquellos tesoros en forma de letras que garabateaba en un diario rosa de candado. En la adolescencia los relatos de fantasía infantil dejaron paso a otros más crudos, más reales, más íntimos. Cambié los diarios por libretas corrientes donde garabateé confusiones y deseos, incertidumbres, esperanzas, ilusiones. Emborroné folios por doquier, archivé memorias y daños, me rebelé y me revelé. Y conforme fui creciendo hice de esa necesidad de expresión una costumbre, o quizá fuera al revés. Busqué en el periodismo la oportunidad de hacer de mi pasión oficio, aunque alguien me dijo que era demasiado literaria para lo que requerían las noticias. Después, la vida me llevó por otros caminos donde los números se impusieron. Sin embargo, esto no melló en mi afán por escribir, al contrario, lo potenció. Sentí cómo aquella niña de ocho años me gritaba cada vez con más fuerza quién era, qué quería, y lo que un día, por vergüenza, se calló. Y empecé a darme cuenta de que mi amor por las letras siempre estuvo ahí, inherente, casi inconsciente en mi manera de ser y sobre todo de pensar. Comprendí entonces que podría no hacer muchas cosas en esta vida, pero nunca podría dejar de escribir.

Porque escribo para poder entender. Para amar y que me amen. Para saber, para conocer. Por miedo. Para sobrevivir. Por costumbre, para matar la costumbre, por vivir otras vidas y revivir la propia. Escribo para acallar mis demonios y para darle alas a mi imaginación, para no perder la cabeza, y para permitirme perderla.

Escribo para asimilar mis emociones, para no sentirme sola, para no dejar escapar un solo instante. Escribo desde las entrañas lo que no puedo hablar, para ponerme orden, para dejarme llevar. Escribo para creer, para luchar, por inconformismo, como un modo de reivindicar, por justicia quizá. Escribo para soñar, para huir de la realidad, para salvaguardarme del qué dirán. Y, sin embargo, escribo desnudándome el alma, a veces atrincherada, otras demasiado expuesta y liberada.

Escribo para calmar el desasosiego, aliviar el dolor y sumirme en el placer. Por temor a muchas cosas, incluidos los afectos, el olvido, la pérdida, el fracaso. También escribo para explorar mi delirio, la lujuria que vive en mí. Para colarme por los laberintos de la mente e intentar entrar en los de quienes me leen. Escribo para que no se me olviden las cosas, para homenajear el pasado y la memoria, para aprender de los errores, para ponerlos sobre papel alejándolos así un poco más de mí.

Escribo por vicio, por afición y por aflicción. Escribo por cabezonería y para empoderarme. Por egoísmo y egocentrismo, puede que incluso por cierta vanidad. Escribo para ver hasta dónde puedo llegar, por exigencia, por perfección, por reconocimiento, por prestigio, por valor. Escribo para estrangular las palabras y los sentimientos, para dejarlos cantar, bailar, posarse sobre mi piel, morar en mi persona. Escribo porque a veces prefiero la coraza del papel con sus infinitas rectificaciones que el suicidio irreverente de unos labios inoportunos. Lo hago en mí y contra mí, como una guerra interna entre intelecto y corazón donde quien manda es puramente el momento y la intuición.

Escribo para indignarme, para llorar, patalear y luego curarme. Puede que lo haga por timidez y para salvarme. Escribo por impulso, por entretenimiento, porque lo disfruto. Lo hago para seducir y para maldecir, para crear y recrear, para no dejarnos morir.

Escribo para ponerle nombre a lo que me rehúye, para tomar conciencia de mi realidad y la de otros, para encontrar respuestas a veces a ninguna pregunta. Escribo para encontrarme. Lo hago también para doparme de sensaciones y lo utilizo como antídoto de demasiadas cosas. Escribo para equilibrarme, para estar en paz. Quizá lo hago también por cierta insatisfacción, para llenar vacíos o porque, simplemente, no tengo alternativa.

Sé que no escribo por elección, sino que lo hago por pura necesidad, porque a veces es demasiado potente el estallido de imaginación que corretea por mi conciencia y de alguna forma me tengo que desahogar. Escribo para ser un poco más feliz y porque creo que al final, cuando solo existe el silencio, el sabor de aquellas palabras que fueron dichas, rasgadas, escritas y amadas, siempre permanecerá. Escribo, en definitiva, porque es la forma más cercana a la libertad que conozco. O quizá simplemente lo hago porque, si no es así, no sé ser de otra manera.

Ahora que no estás

Ahora que se adueña de ti el silencio, me invade el temor de que no vuelvas, de que no estés, de que no me quieras como yo te quiero. Ahora que la soledad abruma mis días me asusta esto que estoy sintiendo, tan potente, tan idiota, tan intenso.

Ahora que ya no suena el teléfono, que las tardes se desvanecen entre la espera y los recuerdos, y las noches se agitan temblorosas cubiertas de hielo. Ahora que el frío asoma tímido tras los cristales y del alma brotan palabras quebradas que guardo por miedo.

Ahora te echo de menos.

Ahora que la inercia de los años nos ha traído de nuevo hasta aquí, callados, perdidos, tan lejos. Ahora que me inundan las lágrimas acumuladas y palpo el orgullo vencido a mis pies, las mentiras atropelladas me escupen con descaro, y las verdades descubren lo que nunca quise creer.

Ahora que me basta un guiño cómplice, un gesto amable, para sentir que nada ha cambiado, aunque eso sea al final lo que siempre te ruego: un cambio. Ahora que la vida me abofetea insoportable la calma, y el ansia de libertad acarrea el sabor amargo de la derrota.

Ahora te echo de menos.

Ahora que el reloj ya no marca ni siquiera reproches, que los labios se borran de esta piel reseca por el olvido, huérfana de ti, y me invitan despechados y curiosos a seguir otros caminos.

Ahora que el futuro no pronuncia más tu nombre y el pasado no quiere recordarte tampoco el mío, ahora que las locuras duermen enredadas en los cajones, y el torrente de emociones por tu ausencia me aboca al desespero.

Ahora te echo de menos.

Ahora que nuestro universo de colorines solo pinta blancos y negros, que los atardeceres rosados no nos buscan insolentes tomados de la mano, ni los bares son testigo de aquellas caricias furtivas y de aquellos besos tan tiernos.

Ahora que no estás a mi lado me pregunto si alguna vez lo estuviste. Y me pierdo confusa entre la bruma del dolor y del deseo, del rencor, del amor, de los celos. Invoco a diario el valor que nos falta para vivir como queremos, y espero paciente el momento de mi partida, o de tu regreso.

Porque ahora que no te encuentro, que te has ido, que ya no te tengo…

Ahora es cuando más te echo de menos.

 

 

Acordes de nostalgia

Sonaba de fondo la melodía de un mariachi y algo en su interior bailaba al compás de la música mientras preparaba los platillos que se servirían más tarde. Era quince de septiembre, el día grande del mes patrio, y el rancho se había engalanado para celebrar un año más sus fiestas de la independencia. Pronto comenzarían a llegar los invitados, todos familia y amigos, vestidos con los trajes típicos y ataviados con la bandera tricolor a modo de fajín. Los hombres como auténticos charros del norte, y las mujeres con sus largas faldas de colores y sus trenzas adornadas de lazos. Sonrió recordando a su madre cuando, siendo ella una niña, le peinaba con delicadeza su revuelta melena azabache. Cerró los ojos y con el vello de punta sintió cómo su corazón se le aceleraba con cada acorde que le llegaba desde el patio, haciéndola virar atrás en el tiempo. Regresó a aquella noche y volvió a ver a sus padres bailando al son de la banda, divertidos, como si no existiera nadie más sobre la faz de la tierra. Los escuchó entonando algunos versos con ardor y tarareando a su manera los ahora clásicos de Pedro Infante, Jorge Negrete o Miguel Aceves Mejía. Y luego, rememoró el estallido de aquel grito tan profundo como conmovedor: «¡Viva México!», que corearon tres veces. Y cómo ella, con apenas cinco años y escondida tras las cortinas, susurró un tímido «viva».

mexican-bunting-traditional-banners-cuttingpaper¿Cuántos años habían pasado desde entonces, sus primeros vítores? Tantos que podía resumirlos en toda una vida… El pueblo había cambiado, es cierto, se abrieron nuevos comercios, más modernos, y en los últimos tiempos el turismo había comenzado a hacer aparición por aquellos rumbos, entre la curiosidad y el desconcierto. El rancho, sin embargo, se mantenía impertérrito, como si las grietas en forma de arrugas que decoraban algunas paredes no fueran más que garabatos infantiles sin importancia. La esencia que construye un hogar no cambia, pensaba ella. Y ese había sido su hogar desde que nació. Allí atesoraba la seguridad de lo conocido, todo aquello que le fue transmitido por sus padres, antes por sus abuelos, más atrás por aquellos viajeros nómadas que un día decidieron establecerse a las faldas del cerro. Aquella casa de colores desconchados y vigas de madera había sido testigo mudo de amoríos y despechos, de riñas, de miedos, de guerras, de penas, de hambre, de sueños. Había resistido los envites del tiempo y de las circunstancias como si supiera que su objetivo en este mundo era ser mucho más que un simple refugio.

Sonreía pensando que ciertamente, así era. Mucho más. Era el lugar que la había visto crecer, aprender, disfrutar. Donde el eco de la risa de sus padres se engrandecía siempre, incluso hasta después de apagarse con sus últimas exhalaciones. Era la vivienda familiar que a punto estuvieron de perder y por la que ella quiso luchar a pesar incluso de sus hermanos. Y lo consiguió. Construyó su búnker de felicidad durante los años de matrimonio y maternidad, aunque también la sintió como un débil cristal cuando la Muerte se adelantó llevándose a su esposo una fría tarde de noviembre. Todo se tornó oscuro de repente, y la casa parecía querer venirse abajo, desconsolada. Pero pronto los vacíos se fueron llenando otra vez con la innata alegría de los más pequeños, que le devolvieron a cada una de las estancias el calor de la hospitalidad.

Y regresaron los cánticos, los bailes, las fiestas. Resurgieron los colores, el folclor, ese olor característico mezcla de chiles y algún dulce en el horno, los sabores de antaño, la tradición. Y con todo ello adornaban también esa noche, como tantas otras a lo largo de su vida, entre el recuerdo y la ilusión.

—¡Abuela, apúrese, ya van a llegar todos!

El grito de su nieta Marita la sacó del enjambre de sus memorias para devolverla de nuevo a los fogones donde el pozole se cocinaba lentamente y las tortillas se amontonaban ya en el comal.

Pobre gente

Pobre gente esa que se siente superior moral, física, intelectual, económicamente. Pobre quien no sabe disculparse, quien jamás pronuncia un perdón, quien nada más sabe reprochar y embestir. Pobres los que solo en el ataque se sienten seguros. Pobrecitos.

Pobres los que se nutren de la crítica, del rencor, de la rencilla para fortalecerse. Pobre de los recelosos que ni de su propia sombra se fían. Pobre de la gente que vive sospechando el engaño, que piensa que todo lo que se cuenta es una gran mentira o encubre una intención oculta. Aquellos que no confían en nada ni en nadie, esos que imaginan que el mundo gira conspirador a su alrededor. Tan importantes son.

Pobre gente la que mira por encima del hombro, alardeando posesiones y no afectos, esa a la que le carcome la envidia por dentro. Pobre quien se vanagloria con orgullo innecesario y menosprecia con desdén al de enfrente, al que no entiende, al diferente. Pobres los que se postulan con fervor en el derecho a juzgar con la férrea vara de la hipocresía, de la doble moralidad.

Pobre esa gente que no es capaz de abrir su corazón si ello no implica un buen rédito a cambio. Pobre, y encima cobarde, quien solo espera el cómodo beneficio establecido y no se arriesga en la lucha por un deseo mayor. Pobres almas las que anteponen el dinero al amor… No tienen una idea de lo paupérrimos que son.

vacio (1)Pobres todos esos que no se atreven a ver con un prisma nuevo, que desconocen el valor de la empatía y que no prueban a ponerse en los zapatos del otro ni por simple curiosidad. Pobre gente la que exige con soberbia a cambio de nada sin valorar nunca el esfuerzo, el tiempo, las necesidades de los demás. Pobres esos que no reconocen los triunfos ajenos ni que alientan al prójimo en la búsqueda de un sueño. Pobres los que tiran por tierra cualquier iniciativa de cambio, son los que tienen más miedo.

Pobres los sabelotodo que pretenden imponer siempre su razón y presumen de la última palabra. Qué agotador. Los que se molestan con una decisión que descoloque sus expectativas, los que pretenden que estés siempre a sus pies y no puedan entender qué pasó cuando dejas de estarlo. Pobre gente que no perdona ni un simple tropiezo porque ellos nunca lo hubieran cometido. O eso creen. Seres perfectos que no existen, pobres todos ellos.

Pobres también los que te culpabilizan desde lo más miserable hasta lo más absurdo, incapaces de hacer cierta introspección de vez en cuando. Almas inseguras y desiertas que sobreviven queriendo poseer el control sobre el resto, dirigiendo sus caminos, alimentándose del otro, consumiéndolo para poder satisfacer sus propios vacíos, siendo pura toxicidad.

Pobre la gente que acecha el sufrir ajeno, la desgracia, los malos tiempos, como fieros animales carroñeros. Pobres los que presumen tanto de lo que carecen, con embustes y fantasías que terminan confundiendo con su auténtica realidad. Pobres los que reniegan de sus orígenes por vergüenza, como si maquillar el pasado lo hiciera mejor. Al contrario.

Pobres todos los perros de todos los hortelanos que ni comen ni dejan comer. Ellos que se sienten poderosos en el amarre sin saber que actitudes así solo invitan a querer soltarse. Pobre quien respira postureo hueco de emociones sinceras, repleto de falsedad. Pobre toda esta gente, sí. Pero aún más pobre y enferma esta sociedad que fomenta la disputa, el ego, el atropello, el afán por ostentar, la perfecta mediocridad… Escondiendo en los cajones lo que realmente cuenta en la vida.

Pobre, pobrecita de verdad.

El abismo más bello

¿Dónde está tu arrebato? Quiero que flotes. Quiero verte cantar con furia y bailar como posesa. Verte feliz hasta el delirio o dispuesta a serlo. Ya sé que suena un poco cursi. Pero el amor es pasión, obsesión, no poder vivir sin alguien. Pierde la cabeza, encuentra a alguien a quien amar como loca y que te ame de igual manera. ¿Cómo encontrarlo? Olvida el intelecto y escucha a tu corazón. Porque lo cierto, hija, es que vivir sin eso no tiene sentido alguno. Llegar a viejo sin haberse enamorado de verdad… en fin, es como no haber vivido. (Fragmento de la película ¿Conoces a Joe Black?)

Esta es, probablemente, una de las mejores definiciones de amor que conozco y comparto, y uno de los muchos motivos por los que no me canso de ver esta película de principio a fin (vale, confieso que Brad Pitt también influye… ¡mmm!). La trama se teje a través de un camino sentimental y reflexivo ante la inminente muerte (ok, muy edulcorada), repleto de afectos y certezas, capaz de ponerte contra las cuerdas de tus propias emociones (ya, estoy sensible) recordándote, además, cuán corta es la vida y qué importante es el amor en ella.

Tomar todo lo que quieres porque te apetece, eso no es amor, es un capricho vano que por el momento pretendes concederte. Pero falta lo primordial: confianza, responsabilidad, sopesar tus opciones y sentimientos, vivir el resto de tu vida en consonancia con ellos y, sobre todo, no hacer daño a la persona amada.

A veces creemos que nos enamoramos y en realidad solo estamos encandilados por lo nuevo, deslumbrados quizá por una pasión desconocida. Y sí, es una sensación bonita, loca, frenética, que debemos disfrutar. Sin embargo, si debajo de todo ese destello cegador no crece nada más, algo así no se sostendrá demasiado en el tiempo, apenas unos meses. Por eso dicen que, si sobrepasas la dulce y atrevida barrera inicial y te sigue gustando, atrayendo, interesando alguien, lo que te une ya no es el capricho de la diversión, sino la magia del amor.

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Y lo sabrás cuando al despojar a una persona de todos sus logros, pertenencias o éxitos, la sigas eligiendo por lo que es sin sus adornos. Porque es amor compartir tus sueños sin temor, por muy increíbles que sean, y velar también por los suyos. Es amor siempre que prevalece el interés por encima del tiempo. Es amor si no huyes ante el primer revés ni le cierras la puerta a las dificultades, sino que las afrontas en equipo, sumando esfuerzos. Hay amor donde existe la suficiente libertad y confianza entre ambos como para no tener que poner excusas, y mucho menos recurrir a las mentiras. Es amor la consideración hacia la propia disponibilidad, el silencio, los espacios íntimos, la privacidad.

También es amor el delirio, la pasión, la atracción, los nervios que brotan cosquillas, el brillo en la mirada, el calor que te inunda ese desasosiego provocador, el olor de la piel desnuda… Y la tranquilidad de seguir siendo cómplices tras esos momentos. Es amor la paz que proviene de una mente callada, ausente de dudas. La fidelidad en el abrazo, un gesto sincero. Es amor una promesa cumplida, un detalle espontáneo, un pacto consecuente de lealtad y compromiso. Lo son todas esas metas comunes aun partiendo de cero, sin nada más que la perspectiva de un futuro incierto pero juntos.

Es amor la elección de quien te hace feliz sobre el resto, a pesar de las dificultades, de los sinsabores, de las opiniones, del qué dirán entrometido que a veces pueda conllevar. Arriesgarse, apostarlo todo a una carta cuando quieres a alguien también es una forma de amar. Es amor la oposición que permite el crecimiento desde el respeto y la comunicación. Las diferencias no son malas mientras sirvan para ampliar puntos de vista y alcanzar mejores horizontes. Amar es ayudarse y sentir ese apoyo sin necesidad de pedirlo. Apretar una mano, enjugar una lágrima, robar un beso. Conquistar cada día, escoger cada día, luchar cada día, querer cada día. Reconciliar, reconducir, recuperar.

Todo eso es amor.

Parece un gran misterio, un tremendo rompecabezas o un desafío demasiado complejo, pero el secreto no es otro que estar dispuesto a saltar al vacío por y con quien también quiera saltarlo contigo, sabiendo que juntos se puede volar. Sí, al principio quizá te desbarate los planes y te complique la existencia, pero ¿acaso hay una forma más bonita de hacerlo? Porque lo cierto es que, sin darte cuenta, saltar al abismo se te hará inevitable cuando de verdad te hayas enamorado.