Aquí estoy

Aquí estoy,

con el alma partida por tu ausencia

y el rumor aún caliente de tu voz.

Aquí estoy,

entre las gotas de lluvia que nacen en tus ojos

pero brotan en los míos.

Aquí estoy,

inmersa en la lucha de poder

entre un qué dirán cobarde

y un inmenso querer.

Aquí estoy,

fingiendo con ganas la risa,

amarrando con fuerza el dolor.

Aquí estoy,

naufragando en un frío mar de dudas,

invocando por costumbre tu atención.

Aquí estoy,

esperando oírte decir con palabras

lo mismo que clama tu verde mirada.

Aquí estoy,

marcando fechas en el calendario,

viendo los días morir sin redención.

Aquí estoy,

huérfana del sabor de tu piel

buscando consuelo donde no existe el amor.

Aquí estoy,

cuidando siempre tus pasos de lejos,

batalla la nuestra de dardos y besos.

Aquí estoy,

extrañando los volcanes y los colores,

tus abrazos…

El olor a tierra húmeda tras la lluvia,

el dulzor en la palabra,

los bailes, las flores…

Aquí estoy,

de nuevo y como siempre

siendo yo el fuego al que una y otra vez regresas,

siendo tú el huracán que no arrasa,

pero tampoco cesa.

 

sola

 

 

La espada de Damocles

Confieso que hoy se me ha quebrado el alma. Esta mañana se ha celebrado el funeral de Estado por las víctimas que la COVID-19 nos ha dejado, y sigue haciendo, desde el pasado mes de marzo. Y me he dado cuenta de que nuestra mente posee cierta capacidad para asimilar, no sé si normalizar, las situaciones adversas cuando estas se prolongan en el tiempo. Nos hemos acostumbrado a los bailes de cifras, olvidando a menudo que tras ellas los bailes que cesan son vidas. Vidas de todo tipo, porque este virus no distingue edad, ni clase social, ni cultura, nacionalidad, sexo o religión. Vidas que esta mañana se me han antojado mucho más cercanas, más palpables, más certeras. Y he sentido un tremendo escalofrío doblegarme la costumbre por habernos habituado.

Porque todavía, a veces, lo tomo por irreal. Cuando camino por la calle y cruzo miradas sobre el horizonte de las mascarillas, vislumbrando sonrisas ocultas tras la tela, me pregunto cómo es posible que esto esté pasando. Más bien es como si se tratara del escenario de una de esas películas apocalípticas que nunca me llamaron la atención por ser inconcebibles, pura ciencia ficción que ahora ha cambiado de género para ser drama. Lo es. Un drama que nunca hubiéramos imaginado vivir y que en algunos momentos no creemos ni que lo estemos viviendo. Por supervivencia, quizá. Por descuido también.

Es cierto que el reloj no se detiene, que no podemos encerrarnos sine die en la cápsula del temor o la pesadumbre, que queremos salir y disfrutar, como siempre hemos hecho, como llevamos intrínseco en nuestro espíritu social. Sin embargo, la pandemia nos ha propinado un bofetón de crudeza y le ha puesto un precio muy elevado a la salud, esa silenciosa amiga que nunca valoramos hasta que la perdemos, y para entonces ya suele ser demasiado tarde. El coronavirus nos parecía algo lejano al principio, algo exagerado después, algo temporal incluso… Y así llevamos cuatro meses batallando con el desasosiego y la esperanza a partes iguales.

Oficialmente se cuentan más de veintiocho mil fallecidos en España, aunque otros datos, quizá de mayor fiabilidad, superan los cuarenta mil. Números que trazan estadísticas pero que surgen con nombres y apellidos, con historias contadas o por contar, con corazones latentes que de pronto se tuvieron que apagar en soledad, quién sabe si con angustia. No, no se lo merecían. Ni los ancianos en sus residencias, ni las mujeres y hombres que dejaron huérfanos tras ellos, ni los jóvenes que pecaron como tales al pensarse inmortales, ni los sanitarios que por su trabajo y vocación sacrificaron el regalo más preciado que poseemos: la vida. No, nadie merece un final tan frío y cruel como el que esta enfermedad provoca. Te despoja de ese último apretón de manos cargado de sentido, de esa última mirada implorando por la memoria, de ese roce de una piel que se desvanece entre los dedos. Te deja sin opción a nada, ni siquiera a un adiós.

Esta mañana, entre el dolor y alguna lágrima, ante los himnos, las músicas, las palabras… me he sentido egoístamente afortunada por no tener que lamentar una pérdida, por no tener que sentirme representada ante la ausencia de un ser querido. No obstante, la inquietud a que caiga la espada de Damocles persiste, y entonces es cuando siento el helor, la parálisis, el silencio. Puede que también el miedo. Miedo a la incertidumbre cada vez que se sale de casa y se regresa, por mucho que se tomen todas las precauciones y se actúe con extremo cuidado. Miedo a encontrarse un día mal, o raro, o distinto. A que pase, a que te toque, a los tuyos. A ser el centro de una diana, o ese zumbido que sigue esquivando balas. Miedo a que todo cambie en un segundo, porque es así como siempre cambia. Sin avisar, sin margen para pensar, sin retorno ni permiso.

Pero el miedo continuo consume y se vuelve insoportable. No se puede adueñar de nosotros ni condicionar nuestra forma de ser y de estar, nuestro carácter, el futuro, por incierto que sea. Supongo que ahí nace esa suerte de inconsciencia, u olvido, que nos permite avanzar en la cotidianidad sin pensar en el acecho de un virus sigiloso que sigue campando a sus anchas. Hasta que actos como el de esta mañana, cargados de triste emoción, te recuerdan cuán frágiles somos en realidad, y cómo queremos aferrarnos a los nuestros, y a la vida.

Confieso que hoy se me ha quebrado el alma.

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Canción de ámbar

Llegas con ese aire pillo que me desbarata,

y pienso en todos aquellos que hablaron de catástrofes,

tsunamis, finales de un mundo errante,

y no, no era todo eso lo que venía,

eras tú.

Me besas rápido primero,

para que te ruegue más,

y me torturas con un juego de guiños y esperas,

de dulces palabras.

Y te veo ante mí,

y ya no hay nadie alrededor,

solos tú y yo,

el amor y nuestras ganas.

Un beso, y otro, tan lento como suave,

se desliza por mi cuello,

recorriéndome la espalda,

en busca de ese abismo trémulo

que habita al final de mis nalgas.

El escalofrío responde que sí

y la respiración entrecortada

se acelera con los latidos

que provocas bajo mi falda.

Sientes el hormigueo que me eleva

y te busco la boca desesperada,

mientras bailamos juntos nuestra mejor canción,

haciendo cómplice a la madrugada.

Contamos lunares a la par que minutos,

temiendo el final de la noche,

ese intruso en forma de adiós

que no da treguas sino reproches.

Me gusta tanto este día…

Pero me aterra también el mañana,

si la ausencia, el vacío, el silencio,

se adueñaran de nuestra calma.

La cordura me pide prudencia,

calla, no digas nada,

pero la mentira no encuentra refugio

en el ámbar de tu mirada.

Por ti daría otra vuelta al mundo,

al fin lo digo como lo siento,

llévame a donde vayas. 

Y tú sonríes nervioso,

y yo me muerdo el labio,

disimulada,

qué loca ¿verdad?

Siempre tan impulsiva, tan arriesgada…

Pero lo cierto es que la piel se te eriza al rozarme

y suspiran alerta tus pensamientos,

y ya no sé si es porque no me crees

o porque te asusta estar tan de acuerdo.

Entonces llega el momento

y comienza la cruda batalla

en tu mente misteriosa,

tremenda encrucijada

entre la inercia ya hueca del deber

y la felicidad que de nosotros emana.

Porque es inútil que niegues

lo que tus ojos delatan

cuando a solas, sin miedo,

sin nada,

sigo siendo yo quien habita tu alma.

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Xochimilco

Son las seis y media de la tarde. Mario y su novia, Daniela, alquilan una trajinera para navegar durante un par de horas por los canales de Xochimilco, al sureste de la Ciudad de México. La colorida embarcación se tambalea ligera mientras la pareja y su guía se acomodan entre risas. Comienza la travesía.

Tras un agradable paseo por el canal central al son de los mariachis que amenizan las barcazas más concurridas, el guía se dirige hacia otra zona, algo frondosa y estrecha, mientras el sol se va poniendo y una tenue neblina se apodera del lugar. Los jóvenes charlan distraídos mientras comparten un par de cervezas, sin darse cuenta de que poco a poco se van alejando del núcleo turístico. Hace rato que no se cruzan con nadie.

La barca sigue avanzando con lentitud hacia lo que parece un bosque. La vegetación es tan espesa que la claridad desaparece por momentos. De repente, la aparición de una lúgubre muñeca colgando de un árbol provoca que Daniela dé un respingo y se agarre con fuerza a Mario. No se acaba de acostumbrar al folclore de lo tétrico. Se percatan del cambio de rumbo y le preguntan al guía acerca de ese lugar solitario en exceso, aunque él no parece escucharlos.

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La trajinera sigue su marcha y a la primera muñeca le siguen muchas más. Algunas solo presentan la cabeza, degolladas. A otras les falta una pierna, o los dos brazos. Están sucias y rotas. Muchas son tuertas, solo muestran un espacio profundamente negro y hueco en sus ojos.

De pronto, la embarcación se detiene y Mario trata de hablar con el guía, pero no recibe respuesta. El guía ya no está. Se encuentran solos, en medio de la bruma, a orillas de lo que parece un islote. Algo frío les moja los pies. El agua está anegando el fondo, se van a hundir si no salen pronto de allí. Saltan asustados y nadan hasta la orilla, tiritando de frío. Comienzan a caminar entre matorrales, tratando de no mirar a esas muñecas que parecen observarlos con malicia.

La oscuridad se cierne sobre ellos. A lo lejos se escucha un alarido y acto seguido un disparo. Los chicos echan a correr entre la maleza, tropezando con todo a su paso. Daniela cae de bruces sobre una especie de trampa para animales, aunque mucho mayor. Tantea a ciegas a su alrededor y descubre un montón de huesos apilado junto a más muñecas, o lo que queda de ellas. Trozos de plástico y restos humanos parecen convivir en ese agujero de inmundicia. El pánico se apodera de Daniela, que grita ahora desesperada ante el vacío de la noche. Resuena el eco. Mario ya no le contesta.

 

Gaviotas

Le lanzo preguntas al viento que ondea tus rizos, como si ellos, con sus cosquillas, pudieran decirme la verdad. Y pienso en escribirte algunos versos en la arena, antes de que las olas me borren los recuerdos, y las letras.

Quisiera decirte que este es tu puerto, que yo soy tu hogar, aunque ahora ni siquiera sé si volverás. Mi espíritu migrante en un mundo sin fronteras se revela como una gaviota libre buscando su lugar, pero se queda siempre varado en la ribera de tu amor, cuando tú bebes de mi mar.

Como aves de paso perdidas, hemos volado antes que el nuestro otros cielos, algunos equivocados quizá. Buscando quién sabe qué emociones, qué delirios, qué placeres… Buscándonos el uno al otro, en realidad.

Cuántas veces, entre idas y venidas, con la marea siempre alta, nos hemos surcado el alma y la piel. Cuántas noches, como aves dormidas, nos hemos acompasado por inercia los latidos, sabiendo yo que mi refugio son tus alas, siendo ellas tu ansiada libertad.

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Busco en este atardecer de cálido bronce las respuestas que no me das, y batallo con los gélidos silencios igual que el iceberg aguanta los embistes del océano. Un barco velero traza siluetas difusas en el horizonte, y entonces cierro los ojos y me dejo llevar…

A ti y a tu risa, que resuena como un mágico eco. A ti y a tus lunares, que forman dibujos etéreos. A ti y a tus caricias, que son el bálsamo para mis miedos.

Quédate a mi lado, susurro, o llévame contigo, pero no me dejes más.

Un grupo de gaviotas blancas revolotea a mi alrededor. Se mueven agitadas, como intuyendo un adiós. La sal en mis labios me arde hiriente la ausencia de tus besos, ahora resecos. Con los ojos ciegos veo partir este amor diluido entre la bruma y el salitre, dejando atrás nuestra orilla…

Quisiera correr para detenerlo, quisiera poder comprenderlo.

Pero no puedo moverme, y el barco velero ya no está.

 

Mujeres de sal

Todo era oscuridad a su alrededor. Oscuridad y mucho silencio. La clase de silencio que precede a una tempestad feroz. De aquella noche Antsa solo recuerda ese silencio espeso, la negrura de un cielo imponente sin estrellas, el agua helada colándose por debajo de su ropa quemándole la piel… Y los gritos que vinieron después. Apenas tenía cuatro años cuando naufragó.

La recogió un barco pesquero casi al alba, cuando ya cualquier atisbo de supervivencia respondía más a un milagro que a una certeza. Había permanecido aferrada al cuerpo inerte de su madre durante horas y fue así como se salvó. La única de los diecisiete ocupantes de una patera intrépida que nunca llegó. A ella le gusta decir que fue entonces cuando su ma’ma la llenó de luz por segunda vez. Y tiene razón.

Refugees on a big rubber boat in the middle of the sea that require help

Han pasado veintiocho años y las lágrimas aún dibujan senderos de sal por sus mejillas cuando recuerda ese volver a nacer en el mar. A aquella explosión de fuerza ante la muerte le siguieron años de orfandad y resiliencia que la llevaron a una lucha doblemente férrea por ser negra, y por ser mujer. No fue fácil, no, nunca lo es. Pero pronto aprendió que de la tormenta o se sale invencible, o no se sale.

Quiso la desesperación que alguien la subiera a una barca inestable una fría noche de abril cuando ni siquiera podía comprender qué era el porvenir. Y quiso la vida rescatarla de una marea de miedos, pobreza, inseguridad y violencia para convertirla hoy en la voz de todas esas mujeres invisibles y calladas que siguen buscando a través de los mares la esperanza de poder regalarles a sus hijos un futuro digno en un mundo mejor.