El corazón nunca olvida

Soy de lágrima fácil, lo admito. Pero creo que no exagero si digo que El padre es una de esas películas que te acaricia y te rompe a la vez. No tuve la ocasión de verla en su estreno, aunque supe de sus premios y reconocimiento (Anthony Hopkins siempre es garantía). Sin embargo, la otra noche se cruzó en mi camino y decidí que era buen momento. Todo lo que suene a padre, a trama (y drama) familiar, a relaciones complejas, a vida en sí misma, me gusta. Es más, me encanta. Y, en realidad, quizá es también lo que necesito. Leer, ver, sentir desde lo más humano… Es una catarsis que me ayuda en cada uno de mis procesos de aprendizaje vital que últimamente me acompañan.

La película es dura en su temática: el Alzheimer, la pérdida de memoria, el declive que acontece en la senectud con todo lo que eso conlleva a nivel personal y familiar. El film te hace pasar por todas las emociones posibles, desde la tristeza hasta la rabia, la risa, la ternura, el enfado, la compasión. Y, por supuesto, te desemboca en un torrente final de lágrimas difícil de manejar.

En este caso, además, el original punto de vista de la narración es parte de la clave del éxito: asistimos al caos mental del protagonista en primera persona. Lo sufrimos con él, desde su óptica, lo que provoca que a veces la película se contagie de ese mismo enredo y el espectador deba hacer un ejercicio por entender qué es real y qué un entresijo de recuerdos sin sentido. Qué hay de verdad en lo que ese padre ve, escucha o piensa, en las escenas que se nos van presentando, muchas incluso contradictorias o con aparentes saltos temporales. Al final, como suele suceder, todo encaja. Y es ahí cuando te parte en dos.

Perder la memoria es perderse a uno mismo, pero somos poco comprensivos con eso. Solemos afirmar que quienes tienen la cabeza ida no se enteran de nada, no lo padecen. Enfocamos la mirada en los que están alrededor sufriendo las consecuencias, sobre todo por el trabajo que implica lidiar con alguien en ese estado, y no tanto por la pena que supone ver que quienes una vez fueron tus padres, tan fuertes y capaces, hoy son apenas un cascarón de otros tiempos.

La vejez me conmueve, es cierto. Sobre todo cuando trae consigo enfermedad, sufrimiento, soledad o decadencia. ¿Cómo podemos pensar que una persona no se da cuenta de su deterioro? Si antes de dejar de reconocer a sus seres queridos hay un proceso intenso de pequeñas cosas que se pierden por el camino, poco a poco, confusamente. Están ahí, en los detalles, en los despistes, en los olvidos… Y lo saben, y lo sufren. Y me atrevería a decir que cuando el cerebro ya no sabe retener lo que sucede alrededor y se ancla en el pasado más recóndito, en la infancia más temprana, también lo sienten.

No están tan perdidos, aunque desde fuera a veces parezcan unos pobres locos. Yo creo que solo están viviendo la historia que una vez tuvieron y ahí, en ella, se reúnen con quienes ya no están, como un preámbulo extraño de lo que quizá haya más allá. Porque estoy convencida de que la memoria más importante queda guardada en el corazón, y ese late recuerdos y emociones hasta el final.

Pájaros en la memoria

El techo me da vueltas, parece que en cualquier momento se me quiere venir encima. Cierro los ojos y la oscuridad del precipicio me asusta. Los abro. Las paredes bailan lentas en un movimiento que solo veo yo. Ella me mira, desconcertada. Está de pie junto a mí diciendo cosas como estate tranquila, respira. La obedezco, me relaja. Parece que a ella también. Suena un teléfono y corre a contestar. Oigo palabras sueltas: recogida, pedido, transporte, gestión. Silencio. Regresa a la habitación y se sienta a teclear con impaciencia. ¿Está nerviosa? Me vuelvo a marear.

Respira, me digo yo esta vez. Qué sensación más rara. Me palpo la cabeza buscando la razón a todo esto. ¿Qué hora es? Más de la una, me contesta. ¿Ya? Qué raro, creo que no he hecho de comer… Entonces, ¿qué he hecho? Hablar por teléfono toda la mañana, me suelta burlona. Pienso con quién y no lo recuerdo. No, no es posible, me está tomando el pelo. Percibo su expresión de extrañeza en el rostro, se levanta de nuevo y se pone a mi lado. ¿No te acuerdas? Busco entre los pliegues de mi memoria algo de luz, pero no lo consigo. Ella indaga con cuestiones fáciles, supongo, que no sé contestar. ¿Qué le pasa a tu hermano? Ella titubea, se sienta a los pies de la cama y me acaricia las piernas. Parece que se ha puesto pálida, la pobre. Vuelve a insistir en si me encuentro mal y la verdad es que sigo algo mareada.

Que si la veo, pregunta ahora. Pues claro, no estoy ciega. Que si sé quién es, ¡anda, anda! Y que sí sé cómo me llamo yo, ¿es que se ha vuelto loca? ¿Qué significa este interrogatorio? No entiendo nada, ¿por qué estoy tumbada? No me acuerdo. ¿He perdido el conocimiento? Contesta que no, solo estaba algo mareada. Aunque por la cara que pone no estoy muy segura de que me diga la verdad. Que va a telefonear un momento y que no me mueva del sitio, ordena. Me trata como a una niña pequeña, pero obedezco sin rechistar. Cuando cuelga me comunica que van a venir unos médicos. ¿Por qué? Porque estás mareada. No me dice que en realidad es porque no me acuerdo de nada de lo que hemos hecho esta mañana.

No me gusta este suéter, mejor tráeme el azul, por si me llevan los médicos con ellos. Tengo mucho calor, me quito la camiseta. Suena el timbre y ella suspira aliviada. Dos chicos muy amables invaden la habitación, cuánta gente de repente. Me examinan los ojos, como si esperaran verme perdida en mi propia mirada. Que saque la lengua. Que levante los brazos. Me aprieta mucho este aparato, ¡aaay! Mencionan algo de la tensión, me pinchan un dedo y cae una gota de sangre. Todo va muy deprisa, me siento como un autómata. Y de nuevo, la retahíla. ¿Dónde vive usted? Pues aquí, ¡dónde voy a vivir! Sonríen, como si la que hubiera dicho alguna chalaúra fuera yo y no ellos con tanta tontería. Los veo susurrar y tomar una decisión, están de acuerdo, será lo mejor.

Hola, María. Ya en la calle saludo a la vecina, que parece no reconocerme. ¿Qué les pasa a todos hoy? Me pregunta preocupada que cómo estoy, pero la verdad es que no lo sé, porque no me acuerdo. La dejo descolocada. Me meten en un camioncito repleto de artilugios, digo yo que será una ambulancia. Estoy sola y extrañamente tranquila, me abandono al traqueteo. Al cabo de un rato unas voces me sacan del ensimismamiento y la vuelvo a ver, con la chaqueta puesta y papeles en las manos, de aquí para allá. Hay más personas en la sala, en camillas, en sillas de ruedas, parece que esperan su turno. Ella me acompaña, ¿quizá yo también espero el mío? Me doy cuenta de que llevo puesto el suéter azul, qué raro. Me comenta con ternura que es el que yo misma he elegido porque quería estar guapa para venir al hospital. No me acuerdo, pero tiene razón, siempre me gusta ir bien a los sitios.

¿Por qué no me acuerdo? Se despide anunciando que a donde voy ya no la dejan estar conmigo, aunque seguirá cerca. Lo sé. Vuelvo a quedarme sola pero estoy en calma. De vez en cuando un chico joven cubierto de pies a cabeza me hace alguna pregunta. Me fijo en su mascarilla, yo también tengo una, ¿es que hay coronavirus? He perdido la noción del tiempo… Dicen que me van a hacer algunas pruebas porque no recuerdo nada. ¿Y qué tengo que recordar? Parece de vital importancia que lo haga, sin embargo, por más que me esfuerzo mi cerebro no me devuelve nada. ¿Cómo he llegado hasta aquí? Digo yo que alguien me lo tendrá que explicar.

Un destello primero, como el fulgor de una chispa espontánea al conectarse un par de cables. Sí, estaba mareada esta mañana. Hablé por teléfono mucho rato. No sé si desayuné, supongo que lo hice como de costumbre. Cierro los ojos y siento los pensamientos fluir despacio, como un cauce de primavera naciendo tras el invernal reposo. Llegan a mí los recuerdos difusos, tan lejanos que parecen sueños. Trato de ordenarlos, pero me topo con demasiados huecos en la mente. Hay cosas que no comprendo, momentos que no alcanzo a enlazar, como fotogramas sin sentido reproduciéndose caprichosos en mi imaginario. La vida se pierde entre los recovecos de una memoria defectuosa que no consigo recuperar… Como si me faltara un pedazo de tiempo, como si todo esto nunca hubiera existido. Siento una profunda tristeza y el temor se apodera de mí. Qué cruel es el vacío que queda cuando los recuerdos ya no son nuestros.