El abuelo Lucas

Lucas era un cabrón. Pero un cabrón de los buenos, eso sí. Al menos es lo que decía su mujer, que lo amaba por encima de todas las cosas y de todas las ausencias.

Se dedicaba al comercio de mercancías, sin especificar de qué tipo. Podían ser frutas y verduras, carnes o pescados, conservas. También productos para la industria, como a él le gustaba llamarlos aunque fueran simples clavos y tornillos. Un poco de todo, incluso lo que se salía de los documentos oficiales. Él no tenía problemas con la ley, aseguraba. Siempre fue un conquistador a todos los niveles y un inconsciente con suerte.

Conoció a su esposa en uno de esos bailes que se celebraban en la época del cine mudo y el blanco y negro, cuando eran jóvenes y tenían toda una vida por delante. Al verla, tan coqueta y bronceada, tan distinta a las demás, supo que iba a ser suya.

—¿Baila usted, señorita?

Ella no pudo resistirse al uniforme de la Marina que lo engalanaba ni a los hoyuelos de sus mejillas, así que al poco ya estaban saliendo por la puerta del Sagrado Corazón con una alianza reluciente en el dedo anular y un aura de amor ingenuo en el rostro. Porque sí, Lucas era un cabrón, pero fiel devoto y señor.

Su servicio en la Marina terminó y en un intento por contentar a su mujer, a sus padres, a los vecinos y a cualquiera menos a sí mismo, aceptó abrir un colmado no lejos de su casa. Los hijos no tardaron en llegar para alegría de todos, aunque lo cierto es que conforme ellos llegaban, más atrincherado se sentía él entre el mostrador y la despensa. Fue entonces cuando se las ingenió para que un proveedor le permitiera pasarse al mundo del transporte marítimo.

Al principio la idea no le sentó del todo bien a su esposa, que debía encargarse ahora de la tienda, la casa y los niños. Luego comprendió que era la oportunidad de ganar más dinero y, como todo lo que Lucas proponía con esa sonrisa arrebatadora, lo acató. No supo entonces que aquello significaría un salvoconducto de libertad para él y una condena de incertidumbre para ella.

La primera vez que el barco regresó sin Lucas se temió lo peor. Habló con los compañeros, con el capitán, hasta con el naviero. Nada. Para ellos solo era una mujer más preguntando por un marido cabrón que vete tú a saber. No, su Lucas sería muchas cosas, pero no la iba a abandonar así, algo le tenía que haber ocurrido. Le lloró todas las noches al vacío de la almohada, enjugándose siempre las lágrimas antes del amanecer. A los niños, cuando preguntaban, les tejía historias de aventuras exóticas y correrías de héroes que bien sabía no eran ciertas, pero que los conformaban en la espera. Quizá también a ella.

—Morena, ¿qué hay hoy para comer?

Le dio un vuelco el corazón y se le cayó la olla al suelo. El gazpachuelo recién hecho se desparramó por la cocina provocando un estropicio. No le importó. Se refugió en sus brazos, en su olor, en sus besos. Se amaban, esa es la verdad. Los días siguientes fueron un bálsamo de felicidad, la mayor que recordaban. Hasta que Lucas volvió a partir y el tiempo se tornó denso.

De esta manera fueron alternando las idas repentinas y los regresos sin anunciar, las emociones exaltadas, las ganas locas de tenerse. Ella trataba de domar su intranquilidad evitando esos pensamientos mezquinos que solo desatan temores, celos, inseguridad y dolor. Él nunca contaba nada de sus largos viajes ni de todos los puertos que visitaba sin género para comerciar, y ella pronto se dio cuenta de que era mejor así. Algo en su fuero interno le gritaba que, en cualquier momento, al volver a casa del mercado, de la tienda o del colegio, inevitablemente él ya no estaría. No es que se acostumbrara a las ausencias, eso no, pero con los años aprendió a convivir con ellas. A veces se conformaba pensando que ese era el secreto de su amor: echarse de menos. Será que la memoria es traicionera y la nostalgia vuelve más verdes los campos.

Los hijos crecieron a la sombra de un padre díscolo que iba y venía, pero nunca le mostraron rencor por ello, eran otros tiempos. Lucas se definía como un buen tipo de espíritu libre. Sin embargo, ¿no era eso una forma de egoísmo por su parte? Su esposa lo resumía bien en una sola palabra cuando lo increpaba molesta, harta de silencios y misterios. Aunque en realidad sabía que un cabrón no podía acariciar con aquella ternura el cabello de sus hijos cuando estaban dormidos, ni se emocionaría con los boleros de Antonio Machín cuando se quedaba a solas escuchando la radio hasta altas horas de la madrugada.

Una tarde llegó malo. Un dolor profundo le azotaba el pecho al respirar. Sentía que le faltaba el aire. Los médicos le recomendaron reposo y buenos alimentos, pero no mejoró. A las pocas semanas empezó a toser sangre y supo que sus días se agotaban. Reunió a su familia para despedirse, por primera vez en su vida.

—No, cariño mío, no digas eso, te vas a poner bien, ya lo verás.

—Ay, mi morena…

Lucas sonrió con cansancio mientras su esposa le apretaba las manos conteniendo un sollozo y sus hijos observaban casi como espectadores el final de un padre del que en realidad conocían poco.

—Shhh, no digas nada, descansa… Cuándo te has despedido tú, ¿eh? —le reprochaba ella con ternura—. Tú nunca lo haces, no lo hagas ahora, por favor.

—Porque entonces sabía que siempre volvería a ti. A vosotros…

El sonido de la bocina de un barco a punto de abandonar el puerto se coló por las ventanas abiertas de la habitación justo cuando Lucas, aquel cabrón que vivió como quiso, exhaló su último aliento y zarpó con él.

Una mujer desconocida

—Si tú no crees que es prioritario estar al lado de tu padre en el hospital en estos momentos entonces no sé qué clase de hijo he criado.

La mujer cortó la comunicación con rabia y guardó el móvil en el bolso, que apretó contra su pecho. Vi su rostro reflejado en la ventana del autobús, envuelto en un halo de nostalgia por la luz del ocaso. Cerró los ojos y respiró profundamente, dejándose caer en el asiento como si quisiera desaparecer. La rabia era ahora pesadumbre. Qué pena tan intensa emanaba de toda ella que no pude dejar de observarla.

Una melodía comenzó a sonar repetitiva desde las tripas del bolso al que se aferraba. Se revolvió incómoda, mirando nerviosa a su alrededor. No contestó. Algunos le devolvieron una mueca molesta por no haber tenido la decencia de silenciar el móvil en el transporte público. Pero decencia era lo que le faltaba a su hijo y no el sonido de su teléfono, pensaba yo.

Por sus manos calculé que tendría poco más de setenta años. El cabello castaño arreglado en una melena corta le daba un aspecto juvenil. Sin embargo, una corona de raíces canosas adornaba su frente como cuando no tienes ni tiempo de renovar el tinte en su fecha. Vestía un abrigo color café que no se había quitado durante el trayecto, quizá porque el aire que se colaba por las ventanas abiertas era realmente frío, o porque el frío lo sentía ella en su alma. Los ojos claros resaltaban luminosos sobre el horizonte que le enmarcaba la mascarilla ajustada por encima de la nariz. No podía ver el rictus dibujado en sus labios, aunque lo imaginaba. El brillo de sus pupilas no delataba felicidad sino lágrimas estancadas.

El trasiego de gente en cada una de las paradas no parecía perturbarla. Lo cierto es que a mí tampoco. Era como si el tiempo se hubiera detenido y el mundo vaciado, dejando a aquella mujer sola frente a su abismo de dolor y a mí frente a ella. Rebuscó en las profundidades de su bolso. Sabía bien quién la había llamado, yo también podía adivinarlo. Sus dedos temblorosos reseguían el nombre de su hijo en la pantalla. ¿Volverlo a intentar? ¿Cómo es posible que no salga de él? Por Dios, ¡es su padre! ¿Qué puede haber ahora más importante? Pueden ser sus últimos días, sus únicas horas… Hice míos sus pensamientos, pude palparlos a través de sus gestos, de sus ojos cansados. Quise decirle que tenía razón y que su hijo era un egoísta, pero en realidad no puedes decirle eso a una madre, aunque ella también sepa que es la verdad.

La melodía rompió de nuevo el silencio que, extraño, se había impuesto a los murmullos ajenos. La mujer dio un respingo y me miró durante unos segundos como quien busca aprobación y coraje a partes iguales. Asentí con mi sonrisa velada bajo la tela en un intento por infundirle lo que fuera que necesitara, y contuve las ganas de agarrarle las manos.

—Dime, hijo… No, no me han dicho nada más, que tenemos que esperar… Mal… Voy ahora para allá… ¿Cuándo?… Ah, entonces ahí te veo… Vale, hijo. 

Brotaron sus lágrimas como torrentes cargados de miedo, incertidumbre y tristeza. Cierto alivio también. Pensé en su hijo, incapaz de ver el desgarro de una pérdida inminente reflejado en su madre, deshilada por los recuerdos de lo que ya nunca sería. Puede que uno no vea lo que no quiere ver. El autobús se detuvo y abrió sus puertas dando paso a un aire gélido que revitalizó mis sentidos. Me despedí deseándole una pronta recuperación al amor de una mujer desconocida que en realidad encarnaba a todos aquellos que se apagaron en esos días de caos y terror. No sé si me escuchó, pero me pareció ver un destello de esperanza en sus ojos antes de decir adiós.

Acordes de nostalgia

Sonaba de fondo la melodía de un mariachi y algo en su interior bailaba al compás de la música mientras preparaba los platillos que se servirían más tarde. Era quince de septiembre, el día grande del mes patrio, y el rancho se había engalanado para celebrar un año más sus fiestas de la independencia. Pronto comenzarían a llegar los invitados, todos familia y amigos, vestidos con los trajes típicos y ataviados con la bandera tricolor a modo de fajín. Los hombres como auténticos charros del norte, y las mujeres con sus largas faldas de colores y sus trenzas adornadas de lazos. Sonrió recordando a su madre cuando, siendo ella una niña, le peinaba con delicadeza su revuelta melena azabache. Cerró los ojos y con el vello de punta sintió cómo su corazón se le aceleraba con cada acorde que le llegaba desde el patio, haciéndola virar atrás en el tiempo. Regresó a aquella noche y volvió a ver a sus padres bailando al son de la banda, divertidos, como si no existiera nadie más sobre la faz de la tierra. Los escuchó entonando algunos versos con ardor y tarareando a su manera los ahora clásicos de Pedro Infante, Jorge Negrete o Miguel Aceves Mejía. Y luego, rememoró el estallido de aquel grito tan profundo como conmovedor: «¡Viva México!», que corearon tres veces. Y cómo ella, con apenas cinco años y escondida tras las cortinas, susurró un tímido «viva».

mexican-bunting-traditional-banners-cuttingpaper¿Cuántos años habían pasado desde entonces, sus primeros vítores? Tantos que podía resumirlos en toda una vida… El pueblo había cambiado, es cierto, se abrieron nuevos comercios, más modernos, y en los últimos tiempos el turismo había comenzado a hacer aparición por aquellos rumbos, entre la curiosidad y el desconcierto. El rancho, sin embargo, se mantenía impertérrito, como si las grietas en forma de arrugas que decoraban algunas paredes no fueran más que garabatos infantiles sin importancia. La esencia que construye un hogar no cambia, pensaba ella. Y ese había sido su hogar desde que nació. Allí atesoraba la seguridad de lo conocido, todo aquello que le fue transmitido por sus padres, antes por sus abuelos, más atrás por aquellos viajeros nómadas que un día decidieron establecerse a las faldas del cerro. Aquella casa de colores desconchados y vigas de madera había sido testigo mudo de amoríos y despechos, de riñas, de miedos, de guerras, de penas, de hambre, de sueños. Había resistido los envites del tiempo y de las circunstancias como si supiera que su objetivo en este mundo era ser mucho más que un simple refugio.

Sonreía pensando que ciertamente, así era. Mucho más. Era el lugar que la había visto crecer, aprender, disfrutar. Donde el eco de la risa de sus padres se engrandecía siempre, incluso hasta después de apagarse con sus últimas exhalaciones. Era la vivienda familiar que a punto estuvieron de perder y por la que ella quiso luchar a pesar incluso de sus hermanos. Y lo consiguió. Construyó su búnker de felicidad durante los años de matrimonio y maternidad, aunque también la sintió como un débil cristal cuando la Muerte se adelantó llevándose a su esposo una fría tarde de noviembre. Todo se tornó oscuro de repente, y la casa parecía querer venirse abajo, desconsolada. Pero pronto los vacíos se fueron llenando otra vez con la innata alegría de los más pequeños, que le devolvieron a cada una de las estancias el calor de la hospitalidad.

Y regresaron los cánticos, los bailes, las fiestas. Resurgieron los colores, el folclor, ese olor característico mezcla de chiles y algún dulce en el horno, los sabores de antaño, la tradición. Y con todo ello adornaban también esa noche, como tantas otras a lo largo de su vida, entre el recuerdo y la ilusión.

—¡Abuela, apúrese, ya van a llegar todos!

El grito de su nieta Marita la sacó del enjambre de sus memorias para devolverla de nuevo a los fogones donde el pozole se cocinaba lentamente y las tortillas se amontonaban ya en el comal.

¡Cuídate, cuídanos!

«Al menos hace sol». Esto es lo primero que pienso cuando me asomo a mi ventana esta mañana, más temprano de lo habitual en mí para ser domingo. «Hay mucho silencio, pero al menos hace sol».

Las calles se han vaciado de transeúntes, no se escucha el alboroto habitual de los niños, casi ni hay ruido de tráfico. Se podría decir que estamos en absoluta calma si no fuera porque lo que se respira aquí es de todo menos eso. Estamos confinados. Estamos en estado de alarma.

Hace un par de meses, cuando algo llamado coronavirus comenzó a azotar Wuhan con una inusitada gravedad y se fue extendiendo por otras regiones asiáticas, el resto del mundo lo miramos de lejos con ese aire de superioridad tan propio de quien no se siente amenazado. «El virus es cosa de los chinos que comen de todo y no tienen higiene». Casi casi se lo tenían merecido y, además, son tantos que… El drama humano no nos tocaba. Entonces el coronavirus aterrizó en Italia y ¡ay! Italia ya está más cerca. Relaciones comerciales, afectivas, turísticas… Veíamos a los italianos con más condescendencia: «pobre gente, aunque esto es porque no lo han gestionado bien, ya se sabe que no son muy buenos con las normas». Sí, más tópicos para justificar el avance de un virus que no entiende de razas, fronteras, edad ni clase social. Un virus que ya es pandemia.

«Pero ¿para qué tanta alarma? ¡Si es como una gripe!» nos repetíamos unos a otros hace apenas dos semanas, yo la primera. Estamos tan acostumbrados a que los medios magnifiquen a su antojo, a que las fake news circulen sin contraste, a que todo sea susceptible de ser dimensionado, que cuando pasa algo de verdad ya no nos conmociona. Nos da igual, hasta que, como siempre, empieza a ser demasiado tarde. Se toman medidas drásticas cuando los contagios son miles y los muertos cientos, y nos preguntamos entonces por qué no se tomaron antes. ¿De verdad hubiéramos estado dispuestos a acatarlas días atrás? No lo creo.

Cuando se cerraron las escuelas los niños se redirigieron a los parques. Se cerraron los parques. Cuando las grandes corporaciones instauraron el teletrabajo, las pymes seguían sin tomar medidas preocupadas por proteger antes su economía en el desconcierto de lo imprevisto que a sus empleados. Cuando nos instaban a protegernos, el transporte público seguía abarrotado y las segundas residencias abrieron sin temor sus puertas. Cuando los rumores de propagación se hacían más fuertes, los supermercados sufrieron avalanchas y desabastecimiento (el papel higiénico está viviendo su propio fenómeno). Cuando las informaciones veraces se diluían cada vez más entre los bulos, las farmacias se dedicaron a gestionar las consultas populares en primera instancia. La sociedad se empezaba a agitar, sin embargo, curiosamente, nadie se quedaba en casa. Bajamos el ritmo la última semana, sí, limitamos ese café a media tarde, puede. Dejamos en standby la visita a aquel cliente y pospusimos el cine con aquel amigo, por si acaso. Pero entrábamos y salíamos con libertad, porque podíamos hacerlo.

Hasta hoy.

Hoy la ley nos obliga a quedarnos en casa, con excepciones para hacer la compra (con mesura), acudir a una farmacia, al trabajo si es estrictamente necesario, para cuidar a las personas dependientes y vulnerables, o para pasear rápido a nuestras mascotas. Cualquier movimiento que hagamos debe estar justificado. No, no es ciencia ficción: estamos confinados. No es un capricho ni una recomendación, es una responsabilidad personal y para con la sociedad. Debemos protegernos no solo a nosotros mismos sino a los colectivos de riesgo. Los mayores están muertos de miedo y todavía no nos hemos dado cuenta de cuánto tenemos que cuidarlos, de cuán frágiles son ante el COVID-19. Estremece ese alivio que sentimos cuando en el recuento de los fallecidos la mayoría son personas de la tercera edad con patologías previas, pensando que nosotros como no entramos en ese grupo estamos salvados. Y que, si tenemos la mala suerte de contagiarnos, lo pasaremos y ya está. Pero todos tenemos padres, abuelos, familia en la que pensar y el miedo a la muerte existe, es humano. Y sí, ellos también lo sienten, no por haber vivido más años ya han hecho su campaña y están listos para irse al otro barrio, total, un viejo menos. Ellos merecen dejarnos cuando les llegue su momento y no agonizando en un hospital saturado que por falta de medios tendrá que decidir que sí, por desgracia, este es el momento. Sin despedidas, sin funerales, sin adioses. Porque ya está pasando en Italia, así que, si no te vas a cuidar por ti, hazlo por tu padre, por tu madre, por tus abuelos… Porque la vejez nos llega a todos, deberíamos tenerle mucho más respeto.

«Al menos hace sol». Sigo mirando por la ventana mientras escribo. Un padre ha bajado con sus dos hijos pequeños a la calle, sin alejarse de la puerta de casa, a que les dé el aire cinco minutos. Vuelven a entrar. Dos runners corren en pareja por el paseo, estos todavía no han entendido nada. Una chica paseando con su perro, un señor que viene de comprar el pan. Nadie más. Silencio. Ese silencio que lejos de aliviarte, te incomoda. El típico silencio que a mí me invita a pensar, mi vicio solitario. El que te reformula, te grita, te pregunta, te aconseja. El que te lanza de bruces contra la realidad. El silencio que te acuchilla el espíritu y te redefine los valores. Y pienso, sí. Pienso en mi gente y en lo importantes que son, todos ellos. Y en la impotencia de no poder vernos, de no poder tocarnos, de no poder estar. Es como si la prohibición te sublevara las emociones, como si de repente quisieras impregnarte de ellos un poquito más. Afloran los sentimientos de pertenencia a tu propio clan y la compañía cobra vital relevancia, no nos gusta estar solos ni incomunicados. Pienso en quien quiero tener a mi lado y en la falta que hacen ahora esos abrazos que no nos podemos dar. Pero que volverán. Porque esto que pensamos que nunca viviríamos también pasará. Y saldremos a la calle, y llenaremos los bares y restaurantes, las playas, las montañas. Y retomaremos la rutina, los colegios, las aficiones, los trabajos. Y los niños gritarán, y el tráfico se congestionará, y nos apelotonaremos en el Metro por las mañanas, y reiremos mirándonos de cerca a los ojos, y nos haremos fotos apretujados en la siguiente comida familiar, y nos acariciaremos la piel y el alma, y nos besaremos con furia en el reencuentro, y no nos soltaremos las manos en mucho tiempo, y nuestros mayores también lo contarán.

Nos esperan tiempos muy complicados.

Sé responsable, por ti, por todos.

Quédate en casa. Cuídate. Cuídanos.YOMEQUEDOENCASAP.D.: Gracias a todas las personas que componen los servicios sanitarios, a los empleados de supermercados y farmacias, servicios sociales y a toda esa gente que, por ayudarnos, no puede quedarse también en casa. ¡¡GRACIAS!!

Por un puñado de duros

Siento que me muero, ahora ya sí. Desde hace meses lucho contra esta agonía que me va apagando poco a poco y aunque todos a mi alrededor me dicen que saldré de ésta, que lo he hecho de otras peores, lo cierto es que voy a cumplir ochenta y seis años y no creo que a la vida le dé por regalarme más prórrogas. No, la vida tiene cosas mejores que hacer que prolongarle los días de pesadumbre a una vieja como yo, aunque sí que me gustaría pedirle un poco más de tiempo. Por lo menos hasta el lunes que, bien mirado, no es tanto. Pero lo necesito. Manuel ha dicho que vendrá. Sin embargo, si soy sincera, hasta que no lo tenga aquí delante de mí, como el hijo con agallas que nunca fue, no lo creeré. Hace treinta y siete años que no lo veo, ¿cómo estará? A punto de jubilarse supongo, y apenas era un joven ambicioso cuando su padre lo echó de casa una fría tarde de noviembre. El portazo resonó tan fuerte que aún hoy, si cierro los ojos, soy capaz de sentirlo estremeciéndome la piel. Aquel portazo me lo dio realmente a mí en el corazón. Y hoy tengo miedo, esa es la verdad, de verlo y también de morir sin poder hacerlo. Hay tantas cuestiones pendientes batallando por ser preguntadas, hay tanto rencor anudado en el alma, tanta furia contenida, tantas lágrimas calladas. Son treinta y siete años de ausencia, de espera, de reproches, de pelea. Una guerra que empezó siendo legal y terminó enquistada en la trinchera emocional, ahí donde más pega, donde más duele.

imagesLo cierto es que Manuel fue un egoísta, y mi Antonio tenía razón. No se portó bien. La ambición que al principio nos parecía adecuada para llevar el hotel que durante décadas había pertenecido a la familia resultó ser desmedida, y cuando nosotros le dimos oportunidades y confianza, él nos respondió con engaños y deshonra. Aquella tarde, sí, la del portazo que desmoronó nuestro mundo, habíamos recibido una notificación del notario, o alguien de leyes, no recuerdo bien, en la que se nos informaba de que el hotel había sido vendido a un grupo inmobiliario por una cifra nada despreciable. Creímos que era un error, claro. Ni Antonio ni yo habíamos dado orden, ni habíamos iniciado trámite alguno, ni teníamos constancia de nada. Sin embargo, Manuel no parecía en absoluto asombrado con la noticia, es más, estaba deseando acabar cuanto antes con aquel asunto de las firmas para largarse. Eso hizo, por supuesto, después de una cruda pelea con su padre que terminó por hacernos añicos a todos.

Han pasado treinta y siete años desde entonces y mi Antonio ya no está. No sé si al final de sus días lo perdonó, pero estoy segura de que murió con la pena de haber perdido a un hijo por el tacto vil del dinero. Y ahora que me enfrento yo al mismo recuento de años y daños, no quiero irme de este mundo con esa carga de sufrimiento que durante tanto tiempo me mantuvo férrea en un hálito de esperanza. No, no puedo más, se me agotan las fuerzas. Necesito tenerlo delante de mí, una vida después, para saber si de verdad le compensó lo que nos hizo y para comprender, si es que se puede, por qué mi hijo fue capaz de robarnos hasta los recuerdos de lo que pudo haber sido por un puñado de duros.

Bueno, ha dicho que vendrá el lunes en un arrebato no sé si de decencia o de compasión. Son solo cuatro días… Le pido a Dios que me dé lucidez en esta espera, y el valor suficiente para poderlo perdonar. Si lo consigo estaré por fin lista para irme en paz.

 

No quiero nada

Que qué quiero, me preguntas entre el reproche y la curiosidad, entre el atisbo de esperanza y el temor. Y te contesto lo mismo cada vez: no quiero nada. Porque me parece mucho más sencillo resumirlo así que tratar de explicarte todo lo que se me pasa por la cabeza. O quizá lo hago por miedo, para cubrirme las espaldas y no salir de nuevo escaldada. Como una cobarde, sí, obligada quizá por el fracaso de haber sido tan valiente ante los espejos equivocados. No puedo magullarme más, pero…

Quiero paseos sin rumbo tomados de la mano y cafés improvisados. Quiero besos robados en el autobús o a la vuelta de la esquina. Quiero tu sonrisa en las mañanas de lluvia y el refugio de tu piel en las noches de tormenta, en las tardes soleadas de verano. Quiero sentirme protegida en tu abrazo y salvajemente deseada por tus labios.

Pero no, no quiero nada.

Quiero escuchar todo aquello que me quieras contar, y aún más eso que te cuesta tanto desvelar. Quiero que seamos cómplices de nuestras bromas y secretos, de nuestras palabras mudas, de los gestos que solo tú y yo entendemos. Quiero aprender de ti y que tú lo hagas de mí. De las lecturas, de las canciones, de los misterios.

Pero de verdad, que no, no quiero nada.

52cb4c32432a6d1f40531a280f744f3eOK

Quiero hipnotizarme viendo arder el fuego de tus ojos mientras chisporrotean las brasas en aquella chimenea. Quiero mecerme contigo en un mar de salitre y sueños. Quiero conocer el mundo a través de tu perspectiva, desde la aldea más remota a la ciudad más cosmopolita. Quiero llegar y que estés, y quiero irme sabiendo que a mi regreso también estarás. Quiero que viajemos juntos y que construyamos un hogar.

Pero no insistas, ya te lo he dicho: no quiero nada.

Quiero trazar un mapa de cosquillas en tu espalda y mil rutas de vida a tu lado. Quiero que me incluyas en las buenas y en las malas, que cuentes conmigo y que cuando yo ya no pueda más, me ayudes a reflotar. Quiero que fluyamos a la par por los vaivenes de las emociones, de los miedos, de las ilusiones. Quiero ser el apoyo que necesitas sin que sientas que por ello me debes lealtad a cambio. No quiero ese tipo de lealtad comprada. Quiero que estemos y seamos en libertad, en plenitud, en confianza y en igualdad.

Pero no, en serio, nada de nada.

Quiero ser el resorte que buscas para atreverte. Ser siempre esa adrenalina que te recorre la sangre cuando me ves, cuando me sientes, cuando me tienes. Quiero bucear en tu pasado para comprender mejor tu presente. Y quiero que, después de todo, vayamos por un futuro común sin tapujos ni titubeos. Sí, quiero tener las obligaciones y los derechos, y asumo el riesgo de tener tu amor por completo.

Porque quiero ser mucho más que tu loca bajo las sábanas. Quiero ser tu respuesta, tu seno, tu vicio, tu antídoto, tu causa, tu remedio. Y quiero que te rindas por fin, sin tregua ni condiciones, a ese brillo que lleva mi nombre y que te empaña de felicidad la mirada.

Pero no te preocupes que cuando me preguntes, te diré, una vez más, que yo no quiero nada.