Los veranos de mi vida

«Cuando sea mayor viviré aquí». Ese deseo infantil me invade llegando a mi destino. Sonrío porque no había recordado, desde entonces, esa promesa que me hacía al final de cada verano, mientras volvía a la rutina de la ciudad en la parte de atrás del coche, callada y con lágrimas en los ojos. Yo siempre tan aferrada…

Hoy regreso sola al verano de mi infancia por primera vez en mi vida. La nostalgia me invade y me agarra fuerte el corazón. Siento que estoy a punto de explotar todas las emociones contenidas desde hace tiempo. Tenía ganas de venir así, en silencio y a mi ritmo, para poder saborear cada rincón, cada recuerdo. 

Miro a mi alrededor y me doy cuenta de que podría reconocer este lugar hasta con los ojos cerrados: el olor a pino seco y a salitre mezclándose en un aroma tan mediterráneo. Los mismos adoquines de siempre, algunos levantados por las raíces de los árboles como antaño. La calle ancha que ya no me lo parece tanto y la tienda destartalada del Xavi que ha evolucionado casi a supermercado. 

Camino despacio buscando la esquina donde girar para adentrarme en esa calle que me aprendí de memoria siendo muy pequeña. Me cuesta un poco distinguirla a la primera, esta zona sí ha cambiado. Ahora es semipeatonal y los arbustos que conferían una intimidad silvestre a las parcelas ahora son vallas de paja muy bien conservadas. Entonces diviso los toldos azules de mi niñez y un nudo se ata a mi garganta. No sé si es mi sensación, pero todo me parece más pequeño de lo que lo recordaba. Supongo que es lo que tiene mirar con ojos de adulta, pero ahí están, inconfundibles, los apartamentos que me vieron crecer verano tras verano.

Donde aprendí a correr, a nadar, a jugar a tenis y a ping-pong, a montar en bicicleta. Donde descubrí el sentido de la amistad que el invierno no podía romper, y donde supe lo que eran las mariposas en el estómago ante esas bodas que nos inventábamos, usando pinaza para formar las alianzas. El lugar que me vio soplar tantas velas de cumpleaños en las mejores fiestas que una niña podía soñar. Donde experimenté los primeros acordes de la libertad callejeando con las bicis en pandilla, yendo a comprar bolsas de chuches por 20 duros o a pescar cuando se ponía el sol. 

En los veranos de mi vida hubo torneos deportivos y artísticos de los que aún conservo algún premio. Coreografiamos sin descanso a las Spice Girls en el 97. Se organizaron sardinadas, barbacoas y chocolatadas con todos los vecinos. Acampamos alguna noche en el jardín para ver las estrellas o contar historias de miedo, dormir era lo de menos. Hicimos guerras de globos de agua, carreras en la piscina con los inflables y retos de aguante en aquel columpio enorme con forma de cohete que nunca vi en ningún otro lugar. No nos cansábamos de jugar al bote-bote, al escondite, a tiendas, a papás y mamás, y a cualquier cosa que se nos ocurriera. También hubo juegos de mesa y de cartas hasta altas horas de la madrugada. Y primeros besos en los portales cuando las tormentas de finales de agosto provocaban cortes de luz. Quizá por eso nunca me han asustado las tormentas. 

El griterío pueril de quienes ahora chapucean en la piscina me saca de mis ensoñaciones. Siento que no hace tanto era yo la que correteaba por ahí, aunque han pasado muchos años… Me quedo a las puertas del recinto acomodando la memoria, pero no entro. Quizá otro día lo haga, cuando pueda manejar mejor tanta emoción. Unas lágrimas surcan mis mejillas mientras se me hincha de alegría el corazón. Qué sensaciones tan extrañas nos devuelve a veces la vida para recordarnos un tiempo tan feliz. Hay cosas que no han cambiado, pero hay tantas otras que sí…

Sigo calle abajo hasta la playa. Qué privilegio poder caminar de casa a la orilla. Supongo que por eso sigo pensando, como de niña, que de mayor quiero vivir aquí. El mar está algo picado y el sol se refleja dorado sobre él. Es el mismo mar de entonces, ese que no cubre hasta bien entrados unos metros. El agua me acaricia los tobillos mientras contemplo el horizonte pensando en mi padre. Quizá es por él que ahora vuelvo con esta necesidad. Las olas me mecen suaves, subiendo por mi cuerpo conforme avanzo. Cierro los ojos y respiro profundamente. No tengo prisa, me dejo llevar. Cuando llego al banco de arena me acuerdo de que antes, si escarbabas un poco, aquí se podían encontrar coquinas. ¡Eran como tesoros! Recordar su sabor salado me hace la boca agua. Pero ahora, por mucho que busque, ya no quedan. 

El sonido de los aviones surcando el cielo sin pausa me recuerda cuántas veces jugué a adivinar su destino, soñando con viajar en uno de ellos, de un lugar a otro. Volar. Ahora los veo pasar con el bagaje de todos los lugares que he conocido, que seguro son más de los que entonces imaginé. Pienso en todo lo vivido, y en lo que sea que esté por venir.

La jornada es agradable. Me gusta tanto estar aquí… Es como si una parte de mí perteneciera a este rincón de playa. Puede que sea cierto, al fin y al cabo, pocas experiencias marcan tanto como la infancia. Y yo tuve una infancia tremendamente feliz. Por eso volver a estas calles, a escuchar el sonido de las tórtolas arrullar, a llenarme los pulmones de esta brisa marina, a sentir el salitre pegado a mi piel… Es como rescatar un pedazo de aquella felicidad protegiendo a la niña que fui y que, aunque a veces la olvide, sigue habitando en mí con muchísima intensidad.

Jugar a ser niñas otra vez

Quince años. Esas dos palabras fueron lo más repetido de la velada. Quince años que se proclamaban con asombro y felicidad a partes iguales. Quince años que se nos han pasado volando pero que ahí están, aunque mirándonos unas a otras no viéramos siquiera dónde. Porque los “quince años” y los “estás igual” batallaron durante horas por el podio a lo más comentado de la noche. La noche de los reencuentros quince años después.

Volver a tu colegio cuando hace casi media vida que saliste de él es una sensación extraña en la que se mezcla la emoción, la nostalgia y la incredulidad. Parece mentira que ya hayan pasado tantos años desde que nos graduamos con prisas por entrar en la universidad y llegar oficialmente a la vida adulta. Qué mayores nos sentíamos entonces y qué niñas éramos en realidad. Con 17 o 18 años nos despedíamos de nuestro colegio (para la mayoría, de toda la vida) cargando una mochila repleta de ilusiones, miedos y recuerdos que probablemente todas nos pusimos de nuevo en cuanto se gestó la idea de convocarnos para un reencuentro de promoción. Pero esa mochila tiene ahora quince años más y está llena de muchas otras vivencias que hemos ido compartiendo solo con esas personas contadas que se han mantenido a nuestro lado todo este tiempo, siendo ajena para la otra gran mayoría. Hasta ayer.

940x643_teresianes_img_6777

Es cierto que las redes sociales ayudan a mantener cierto contacto y a no perdernos tanto de vista las unas de las otras, pero definitivamente no hay nada como volver a darse un abrazo o a mirarse a los ojos. Nada como reír juntas recordando aquellos años de infancia y adolescencia, las anécdotas que todas atesoramos, las que teníamos olvidadas y que de pronto refrescamos. Los inagotables te acuerdas cuándo o aquí es donde… Y más y más risas. Anoche tuvimos la oportunidad de entrar de nuevo en el que fue nuestro colegio, subimos las escaleras, nos perdimos por los rincones, cotilleamos algunas aulas. Y, entre otras cosas, nos dimos cuenta de que éramos unas privilegiadas cuando de niñas pasábamos por el pasillo de los arcos de Gaudí sin darle la mayor importancia porque estábamos acostumbradas, simplemente era el colegio. Pero qué bonito es verlo ahora con ojos de adulta manteniendo todavía aquel destello de la niñez.

Y reconocer el olor. Y los cuadros en sus mismos sitios. Y la decoración que se mantiene intacta. Y sí, los cambios y las mejoras que se han ido haciendo, pero la misma esencia en su conjunto. O quizá fuera la compañía la que nos hizo retroceder en el tiempo y querer verlo todo igual a como lo recordábamos, a lo que fue. Ese sitio en el que crecimos, aprendimos, lloramos, reímos, conocimos la amistad, nos fortalecimos. Un lugar que siempre será el punto de conexión entre todas y que ayer nos devolvió algo de aquella magia que en algún momento de nuestras vidas nos regaló.

Ahora, hablando unas con otras, poniéndonos al día resumiendo en cuatro pinceladas lo que han sido quince años sin vernos, nos damos cuenta de que las expectativas no siempre se cumplen pero que lo que no esperamos suele ser siempre mucho mejor. Que la vida nos lleva por caminos distintos a los previstos, que mantenemos amigas incondicionales desde los tres años, que quienes entonces parecía que iban a estar siempre poco a poco dejaron de estarlo, o que personas que no estuvieron demasiado en su momento, se convirtieron en indispensables después. Esas cosas que pasan.. Pero lo bonito de este tipo de reencuentros es que te permiten retomar amistades desde otro punto de partida para darte cuenta de que con el paso del tiempo lo que queda siempre es lo mejor. Y anoche pudimos jugar a ser niñas otra vez.