Si me pidieran que resumiera este año que termina en pocas palabras diría que para mí ha sido el año de la supervivencia emocional, en el sentido más amplio del concepto, con todo lo que conlleva. 2022 me arrojó a un abismo desconocido y tuve que dirigir toda mi energía a encontrar la manera de no hundirme en ese hoyo de desolación y tristeza que supone un duelo. No pude dar más de mí misma, lo que tenía debía invertirlo en mi propia salud mental si no quería verme atrapada para siempre en el llanto y la pena. Así que me propuse transitar el camino de las lágrimas muy consciente de él, sintiendo cada emoción como venía, dejándome llevar y mecer sin miedo a que me doliera. Hubo quienes no lo entendieron y decidieron dejarme sola. A la gente le gusta pasar rápido por las desgracias ajenas, no sea que se contagien. Otros, con su mejor intención, aconsejaron soluciones mágicas que en realidad nadie pidió y, por supuesto, no sirvieron. La experiencia me ha enseñado que cada persona tiene su proceso y llegados a este punto, con retrospectiva, creo que lo hice bien. Al menos lo suficientemente bien como para afrontar un 2023 mucho más sosegada, con el corazón lleno de remiendos, sí, pero un poco más curada.
Sin embargo, toda esa energía que tuve que utilizar el año anterior para sanar parece haberme ido abandonando a lo largo de los últimos meses. Es como si me hubiera vaciado por completo de tanto sentir, de tanto dar, de tanto estar, de tanto ayudar también. Nunca hasta ahora había sido tan consciente de lo cansado que es anteponer al resto, preocuparse de las necesidades ajenas antes que de las propias, vivir la vida al compás de los otros, mantenerse siempre a la espera, siempre disponible, sacrificando deseos, rumbos o planes… Y ¿para qué? Para nada. Confieso que llego al ocaso de 2023 emocionalmente agotada y me gustaría poder encontrar el botón de reset para empezar de nuevo el 1 de enero. Aunque a estas alturas de la vida me conformo con aprender a ser más libre en mis decisiones, a pensar más en mi propia felicidad y a saber decir que no sin culpa. No es tan fácil como parece.
Leído así quizá suena catastrófico, pero ¡eh! que tampoco ha estado tan mal… No me ha faltado la buena compañía que siempre tiene dispuesto un ¡vamos! a donde sea y sin pensarlo demasiado. Ni los cafés que se quedan fríos por culpa de tanta terapia. Tampoco me puedo quejar de los brindis que regalan complicidad en la mirada. Ni de las noches de confesiones hasta la madrugada. De las risas, los juegos, el silencio, la intimidad y todo eso que se parece mucho al amor que cuesta demasiado nombrar.
Este año, por supuesto, he seguido disfrutando de viajes que me han vaciado los bolsillos pero me han llenado el alma de sabiduría, ¡y eso no tiene precio! He buceado en un mar turquesa privilegiado y me he enamorado de un atardecer cualquiera a solas en la playa de mi infancia. Volví a Madrid tiempo después y le cumplí una ilusión a mi madre. Me permití seguir celebrando cualquier acontecimiento con la maravillosa familia que tengo. Mi primer sobrino cumplió la mayoría de edad y yo me sentí más viejuna por su culpa. Aunque en mi fuero interno sé que sigo siendo la tía joven y cool.
Después soplé mis velas cojeando por una tendinitis, ¡espero haber entrado con buen pie a pesar de ello! Luego más viajes, incluido uno frustrado en el último minuto, con la maleta cerrada y las expectativas al máximo, para recordarme que no siempre salen bien los planes. Cosas que la mantienen a una humilde… Y la invitación a una boda mexicana a la que no pude asistir pero que viví en la distancia llena de alegría por los recién casados. Ha habido reencuentros bonitos en este 2023 y otros no tan agradables, pero hay que ser estoicos, no se puede tener todo. El año también nos ha importunado con algún contratiempo de salud que afortunadamente ha quedado en eso (procedo a tocar madera). Por ello doy y daré siempre, sin duda, las GRACIAS.
Así que, llegados a este punto, a unas horas de engullir las uvas, quemar el muérdago viejo, ponerme las bragas rojas, subirme a los tacones, meter un anillo de oro en la copa de cava y cumplir con los rituales conocidos y por conocer, me despido de este 2023 bastante cansada, sí, pero con propósitos claros y firmes en muchos ámbitos de mi vida. Quiero pensar que este ha sido uno de esos años de transición entre la etapa más oscura y la que tiene que volver a verme brillar. Una se consuela como puede…
Gracias miles a quienes me seguís acompañando en este maravilloso camino llamado vida, a los que os habéis unido recientemente a la travesía del desierto y a los que ya no forman parte pero significaron algo una vez, sé que quedó lo mejor de vosotros en mí.
Arrivederci, 2023. ¡FELIZ 2024!

Feliz año nuevo y que se cumplan todos tus deseos e ilusiones, buscando el equibrio entre lo que busca uno y el resto, como bien dices sin sentido de culpabilidad
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Triste, emotivo, me he tenido que detener unos minutos para tragar saliva y contener las lágrimas, por lo que a mí me resuena.
Me siento identificada en la complicidad de los brindis. Mi última mirada fue para tí.
Deseo de todo corazón no antepongas a los demás y cuídate tu. La vida es cansada de llevar y cada día supone un reto.
Te quiero ❤️
Feliz Año 2024!!! 🥂🥂🤩🤩
Nos vemos en un rato 😉
Eva.
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A las doce de esta noche comienzan un nuevo dia, semana, mes y año. Todo a la par. Haz un reset y empieza el 2024 partiendo de cero, mirando al futuro, sin olvido pero sin lastres. Feliz año nuevo. Ricard
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