Mi faro

Ayer mientras me tomaba mi café en el lugar de siempre, una mujer de unos setenta y largos entró a desayunar acompañada de sus dos hijos, que debían de rozar los cincuenta. En cuanto los vi supe que eran familia y que, además, tenían a alguien ingresado en el hospital de enfrente. Sin duda me pude imaginar a quién, porque esas cosas se saben. Basta con observar un poco, o quizá es que hay situaciones que yo detecto enseguida por los recuerdos que me afloran.

Se sentaron en la mesa de al lado y con los retales que me llegaron de la conversación confirmé mis sospechas. Un marido en la cuerda floja. Un padre recayendo de nuevo. La incertidumbre, los nervios, el estómago cerrado. Pero también la esperanza, ese destello que proyecta fe y fuerza. Me hubiera gustado levantarme y decirles que no la perdieran, y que, si llegado el caso eso también fallaba y se hacía inevitable, estuvieran a su lado todo el rato. Absolutamente todo. Que se saltaran los protocolos si era necesario, que cuestionaran la norma, que no se separaran de él. Sin embargo, no me acerqué ni les dije nada, un nudo en la garganta me agarró por sorpresa y me pudieron las lágrimas. 

Me habían dicho que con el tiempo dolería menos, pero no es cierto…

Y hoy amanece siendo el segundo 21 de octubre sin ti y todavía me siento como una niña huérfana sin su padre. Despojada de la esperanza de esa familia que aún puede aferrarse a algo, que tiene una piel a la que poder acariciar, una mano que coger, una respiración por acompasar. La escena de ayer, la visita al cementerio para llevarte flores de cumpleaños después, los instantes de fragilidad que estallan ante un resorte inesperado… Un cúmulo de circunstancias que estos días me ha revuelto un poco más las emociones. Y es que no comprendo cómo ha pasado el tiempo sin ti, cómo ha podido pasar. Ni tampoco cómo este 21 de octubre que era una fiesta ha dado lugar a la nostalgia por no poder verte soplar nuevas velas. Es como si no acabara de asimilar la realidad, como si la vida desde tu ausencia me flotara entre los dedos de una forma extraña. O puede que sea simplemente el deseo tan humano de que siguieras aquí conmigo, con nosotros. Te echamos tanto de menos, papa.

Las fechas especiales retuercen con mayor descaro las penas. Ese es el precio a pagar por los buenos momentos vividos, supongo. No es que un sábado habitual no piense en ti, ¡qué va! Me acompañas siempre como un rumor constante en mi rutina. Más que cualquier vivo, qué curioso. En eso sí tenían razón quienes me advirtieron de que cuando pierdes a alguien no pasa un día sin pensar en esa persona. Al principio de todo este proceso no acababa de convencerme esa teoría, me parecía más consuelo que verdad. Y me daba miedo empezar a olvidarme de ti. Que no olvidarte a ti, claro, es distinto. Sé que eso no sucedería ni aunque me borraran a conciencia los recuerdos, hay memorias que la mente no puede destruir porque se guardan en el corazón. Pero me aterraba pensar que quizá los pequeños gestos, la cotidianidad, tu risa, tu olor, se podían ir perdiendo, desfigurando con el paso del tiempo. Sin embargo, es justo esa parte la que más presente se me ha hecho después. El duelo me ha enseñado que lo que de verdad cuenta en esta vida es el amor sencillo que damos y que nos dan.

A veces me pregunto si tú fuiste consciente de cuánto amor desprendiste sin ningún tipo de aspaviento ni demostración pomposa. Si supiste el valor que nos dejó tu ejemplo, en todos los sentidos. Qué ser y cómo no hacer. Sin sermones, sin batallas ni mandatos. Desde la libertad que roza la inconsciencia y que te permitió ser optimista hasta el final. O al menos nunca nos descubriste lo contrario. Viviste como quisiste y a tu manera, como cantaba Sinatra. ¿Tenías miedo, papa? ¿Lo tuviste los últimos días? ¿Sabías lo que venía? Aquellas lágrimas que te resbalaron suaves y silenciosas me rompieron el alma y me la siguen rasgando en el recuerdo. Pero tranquilo, no te preocupes, porque aunque duela, estoy bien. He aprendido que la pérdida es como una sombra que se inmiscuye en todos los rincones de nuestro ser buscando acomodo, pero tú fuiste un faro tan grande en mi vida que la muerte no ha podido apagar tu luz. Y nunca lo hará.

Feliz cumpleaños, papa.

Despierta, mi bien, despierta…

Salud para los míos. Ni siquiera para mí. Siempre para ellos. Supongo que por eso de saberme joven y creerme indemne. Ese fue mi deseo al soplar las velas en mi último cumpleaños. Aunque no tenía que pensarlo demasiado cuando las llamitas resplandecían temblorosas sobre la tarta y yo cerraba los ojos para parecer concentrada, porque hace años que vengo pidiendo lo mismo. Salud y tiempo de calidad, por encima de todas las cosas.

Aquel fue un día feliz. La familia reunida alrededor de una buena barbacoa al aire libre, apaciguando el sofocante calor entre tintos y cervezas. Nada sorprendente dadas las fechas. Al llegar al postre organizamos una ronda para soplar velas y recuperar así las celebraciones que el COVID, otra vez, no nos había permitido disfrutar. Los niños, encantados con su dosis inesperada de protagonismo, recibieron sus regalos pendientes. Y mi madre y yo los nuestros, el mismo día que compartimos las dos desde que decidí llegar a este mundo justo para felicitarla. La tarde siguió entre chapuzones en la piscina, anécdotas y muchas risas. Todo estaba bien, respirábamos tranquilidad. Aquella noche me acosté con un dígito más y la ilusión desbordándome. Este va a ser un gran año, pensé.

Pero ¿acaso no lo pensaba siempre? La crueldad de las expectativas. 

Las cosas se empezaron a torcer pronto por culpa de algunas promesas rotas y un par de bofetones de realidad que aniquilaron por completo cualquier atisbo de ensoñación que pudiera sostener. Me quedé desnuda y tiritando ante un exceso de futuro que de pronto me carcomía. Sumida en un maremágnum emocional inesperado, junto con la resaca pandémica de los últimos dieciocho meses, de pronto me vi contras las cuerdas de lo que era la ansiedad. Como una funambulista, decidí agarrar mis riendas en la medida de lo posible para tomar algunas decisiones que quería haber tomado tiempo atrás. Vivir sola era un reto en todos los aspectos y claro que daba vértigo. Pero también era uno de los pasos necesarios para acomodar mi propia estabilidad, reconectar conmigo misma y volverme a proyectar. Y sí, eso me ilusionó de nuevo.

Hasta que mi mundo empezó a tambalearse de repente, tras una cena cotidiana. Le siguieron días de incertidumbre salvaje en los que me encomendé a cualquier dios, poder, fuerza sobrenatural o médico que me escuchara. Recé con fervor desconocido en cada iglesia que encontré a mi paso hasta que la esperanza se dejó ver. Me agarré a un hálito de vida sabiendo que se podría, igual que lo hizo él. La remontada fue espectacular, digna del campeón que era. Todo regresaba a su sitio, incluida su tozudez casi infantil y el sonido de su risa. Tejimos planes con la seguridad de cumplirlos y esas infatigables ganas de vivir que lo caracterizaban. Lo malo había pasado. Volvíamos a respirar a las puertas de una Navidad a la que solo le pedíamos paz.

Sin embargo, el destino aguardaba feroz la noche de Reyes, cuando se me desgarró el corazón con el suyo en un instante que jamás olvidaré.

Las cabalgatas teñían de magia las calles mientras yo, aturdida, trataba de procesar la noticia…. ¿Cómo era posible?

No fui capaz de despertar de aquella pesadilla, y parte de mi ser murió también.

No, no ha sido un año fácil desde que lo sumé a mi cuenta particular. Qué va. Ha sido el peor de mi vida y no voy a maquillarlo, por mucho que haya gente que aún se sorprenda. Es cierto que logré el reto que me propuse, aunque no como lo imaginé. También he disfrutado de ratos agradables y sencillos, sin energía para más. Y no me importa. Sé que llegarán días mejores y que conseguiré sacar un importante aprendizaje de todo esto, con el tiempo. Pero aún no es ese tiempo. Todavía estoy tratando de recomponer cada una de las piezas que saltaron por los aires. Paso a paso, por favor. Sigo inmersa en un duelo que me araña el corazón por la ausencia más tremenda que he sentido nunca. Por mi padre que no está.

Porque este veinticuatro de julio, por primera vez en mi vida, él ya no me cantará Las Mañanitas…

Pero yo cerraré los ojos frente a la tarta y con su recuerdo soplaré una vela más.

El día en que tú naciste
nacieron todas la flores,
y en la pila del bautismo
cantaron los ruiseñores…

Estas son Las Mañanitas
que cantaba el rey David,
hoy por ser día de tu santo
te las cantamos aquí…

Despierta, mi bien, despierta
mira que ya amaneció,
ya los pajaritos cantan,
la luna ya se metió…