Salud emocional

Cuando alguien nos trata mal siempre tendemos a pensar que es nuestra culpa. Llega una decepción, del calibre que sea, y nos decimos «soy una idiota», «¿cómo pude haberlo creído?», «¿para qué esforzarme tanto?», «¿qué me pasa?». Nos azotamos menospreciándonos por no haber podido adivinar que algo así sucedería. Por no haberlo visto venir a pesar de las señales. Por no tener la capacidad de resistirlo estoicamente con sangre fría, sin que nos afecte, o de mandarlo todo a la mierda sin miramientos porque sí, claro que nos afecta. A veces hasta llegamos a ser reincidentes, tropezando una y otra vez con el mismo pedrusco, y entonces el machaque al que nos sometemos es aún más duro y cruel. Repetimos patrones ingenuamente creyendo que esta vez será distinto, porque eres más fuerte, porque has aprendido, porque las cosas han cambiado. Pero todo es mentira. Y cuando un día cualquiera llega el declive, porque siempre llega, nos hundimos en un torbellino de pensamientos que, lejos de ayudar, destruye. Y, lo que es peor, nos destruye a nosotras mismas.

Nuestra autoestima, nuestra capacidad para confiar, nuestra vulnerabilidad, nuestras ilusiones y esperanzas. Todo eso, que es mucho más doloroso que un triste corazón roto, nos lo llevamos por delante porque alguien nos ha hecho daño, nos ha traicionado de alguna manera, nos ha utilizado o vilipendiado. O, por lo menos, nos ha hecho sentirlo así. Y mientras esa parte es ajena al efecto que provocan sus actos, muchas veces por inconsciencia y otras con alevosía, nosotras aún seguimos diciéndonos que es nuestra culpa estar así. Permitirlo.

Nos sometemos a un juicio de valor obtuso y nocivo: ¿Qué tiene el resto que no tenga yo? ¿Soy más fea, más baja, más gorda? ¿Tengo menos capacidad intelectual? ¿Económica? ¿Soy demasiado intensa? ¿Permisiva? ¿Me toman el pelo? ¿Acaso dejo que lo hagan? ¿No sé marcar los límites? ¿Qué me falta? ¿Qué me sobra? ¿Por qué nada me sale bien? Una batería interminable de preguntas que desemboca en la peor de todas: ¿por qué no soy suficiente? El no sentirse capaz de merecer es una idea sibilina que se va colando tras cada golpe emocional hasta convertirse en una pesada losa que inmoviliza y que, por desgracia, nos terminamos creyendo.

Y no siempre son cuestiones sentimentales las que nos azotan sin piedad, aunque es cierto que las pasiones son fuente de grandes placeres y mayores desgracias. También nos erosionan las relaciones familiares complicadas, los apegos desmedidos, las situaciones abusivas, las infancias rotas, las amistades interesadas, los ambientes laborales tóxicos, la deslealtad, la hipocresía, las puntadas que no se dan sin hilo… Todo suma en la mochila de las emociones, tan difícil de gestionar. Hasta que la mochila revienta por exceso de carga. El bucle nos asfixia de tal manera que, cuando ocurre, lo único que nos queda es llorar la pena, la desilusión, la frustración y la rabia hasta soltarlas. Vaciarnos al máximo. Pero eso no arregla el problema de fondo, que en realidad es un amor propio tocado y hundido que debe reconstruirse de nuevo con cariño y paciencia.

Tenemos que aprender a soltar lo que perturba nuestra paz, que es una forma maravillosa de felicidad. Y quién sabe si la más cercana a ella. Cortar lazos es muy difícil porque nadie nos enseña a hacerlo. Al contrario, nos insisten en aguantar por lo que un día estuvo bien, por unas memorias que quizá ya ni recordamos. Por los hijos. Por el amor que fue. Porque es una amistad de toda la vida. Porque es un trabajo estable. Porque es tu sangre. Porque hace tantos años que… Pero los caminos cambian y adaptarse es mejor que morir. Así que si esos lazos se sienten como cadenas es indispensable romperlos para poder salir a flote. Con miedo, con dudas, con incertidumbre. Arrancar de raíz una rutina es lanzarse a un abismo sin protección, está claro. Sin embargo, ¿no es mejor que quedarse enraizada donde ya no te reconoces? Perderse por otros, dejar que el resto tome tus riendas, es un error que se paga caro. Y la vida no da tregua. 

A veces, cuando la mochila empieza a rebosar y las cuestiones que afligen, desgarran o desestabilizan de pronto te abofetean el alma, debemos darle un giro a lo que durante demasiado tiempo nos ha carcomido. Piénsalo desnuda de inputs que te condicionen: si eres una persona mínimamente decente jamás se te ocurriría decirle a quien aprecias que no vale, que no tiene nada interesante que ofrecer, que es menos que otro, que no es suficiente. ¿Fustigar de esa manera no es una forma de maltrato? Entonces yo me pregunto: ¿por qué hacerte eso a ti misma? ¿Por qué tratarte con tanta dureza? ¿Por qué no mostrar un ápice de compasión por ti cuando otros te dañan? ¿Por qué no permitirte sentir sin culpa alguna?

Tú no eres una tonta ni has permitido que te hagan pedazos, tú solo pusiste por delante el corazón en aquello en lo que creíste y otros lo aprovecharon. Ya está bien de que toda la responsabilidad recaiga sobre quien sufre las consecuencias de gente que actúa sin medir nunca las suyas. Cuidemos con más mimo nuestro diálogo interior para poder disfrutar de una mejor salud emocional.

No estás loca

¿Qué se siente cuando ni siquiera sabes lo que sientes? Cuando solo los síntomas físicos de tu cuerpo son los que te mandan señales, pero ¿señales de qué? De alerta, de tensión, de tristeza. Se te agarra un nudo en el estómago que te impide probar bocado, se te revuelven las tripas como si fueras a examinarte a vida o muerte, o estuvieras constantemente esperando una mala noticia. Intranquilidad, quizá se puede definir así. Desasosiego también. Pero ¿por qué? ¿Cómo lo controlas, lo superas?

De repente te ves apretando la mandíbula sin querer, como conteniendo algo que no toleras, que no aceptas, o que no quieres dejar ir. Y te dices a ti misma que eso es justo lo que debes hacer, aunque lo cierto es que no sabes ni qué decir entre todo ese denso vacío que te envuelve. Sí, que ahora cualquier cosa te hace llorar, que tus niveles de sensibilidad se han vuelto exagerados, que no te reconoces entre tanto caos porque tú no eras así, nunca te habías visto tan frágil y debilitada. Claro que antes lloraste hasta quedarte dormida, cuando te rompieron el corazón o decidiste romperlo tú. Claro que te has sentido perdida otras veces, indecisa, temerosa ante lo incierto. Sin embargo, ahora todo eso te supera, lo que antes estaba bajo control ahora se ha convertido en una bola gigante que te aplasta y que ya no puedes manejar, porque llevas demasiado tiempo pudiendo, demasiado tiempo aguantando, demasiado tiempo intentándolo.

Y así un día, sin más, tu cuerpo ya no solo te da toques de atención que ignoras, ahora decide colapsar, hacerte caer en picado, enfermarte sin motivo aparente para el resto de los mortales. Cómo explicar que tras las sonrisas sinceras se esconde también un abismo profundo que estalla en soledad. Cómo justificar que, aunque el día pase bien y de verdad así sea porque objetivamente no hay nada que lo tuerza, tú llegas a tu cama por la noche como si hubieras librado una batalla. Quizá lo has hecho, contra ti misma, contra todos tus demonios, y piensas mañana será otro día. Puede que al día siguiente tengas más energía para hacer cosas, y charles más, y quieras tomar un café con alguien o arreglarte para salir a pasear, y entonces los demás piensen ya está, ya se le pasó el bajón, mírala qué guapa va, tan sonriente, cómo coquetea, qué ganas tiene de disfrutar. Pero tú sabes que el bajón no se pasa así, porque no se trata solo de un mal día. No se trata de nada en realidad, o ya se trata de demasiado.

Hubo un detonante, o quizá ni eso siquiera, o no eres consciente, o sí. Depende de cada cual. A veces es nada más y nada menos que un cúmulo de circunstancias, de expectativas, de ilusiones, de metas, de sueños… Que te rozan los dedos y que siempre terminan por escapar, dejándote con esa sensación amarga y tan cruel que te recuerda que por mucho que te esfuerces nada se queda contigo, como si tú no merecieras la pena. De forma sibilina se instala en ti el fracaso, la duda, la pérdida, el dolor, la desolación… Y ya no sabes cómo lidiar con todo eso que te baila en la mente y te retuerce hasta la asfixia el corazón.

Entonces tienes que pararte y pedir ayuda. Y no, no estás loca por hacerlo.

Recuerda que la salud mental es salud, no debería ser un estigma social y mucho menos un privilegio. #Díamundialdelasaludmental #cuídate

¿Gracias, 2020?

Como es mi costumbre por estas fechas, me encuentro hoy dispuesta a hacer mi tradicional balance anual, frente a frente conmigo misma, tratando de rescatar lo bueno de un año inesperadamente complicado para todos. No es fácil hacerlo, pues el primer impulso que me sale al recapitular estos doce meses es sentir que ha sido un año de mierda. Vacío, hueco, inmóvil. Un año de sufrimiento para millones de personas, de incertidumbre para todos, de desconcierto, de temor. Un año siniestro, como reza con acierto el refrán acerca de cada bisiesto.

Quién podía imaginar las navidades pasadas, cuando brindábamos por los felices años veinte, que un virus azotaría al mundo de la manera en la que lo ha hecho, destruyendo salud y economía, rasgando esperanzas e ilusiones, llevándose por delante vidas que aún tenían mucho por compartir. Todos, sin excepción, conocemos a gente afectada en mayor o menor medida por la desgracia. Los más afortunados, sin embargo, somos aquellos que hemos llegado hasta aquí sin tener que lamentar pérdidas personales. Y aunque solo sea por eso, quizá es de justicia agradecerle a este 2020 su, a pesar de todo, protección.

Pero para no faltarle a la verdad, y echando la vista atrás, sé que también debo dar gracias por alguna cosa más. Porque sí, en el fondo me alegra que me haya frenado en seco la vida en un momento en el que la inercia de las emociones y de los acontecimientos me empezaba a marear. Gracias, año maldito, por haberme dado la oportunidad de tener tiempo para mí, para gestionarlo a mi manera y permitirme cuidarme más en todos los aspectos, cuerpo y alma, así como para poner en perspectiva el statu quo de mi presente y sopesar mi futuro más inmediato, qué quiero y cómo lo quiero. Gracias por haberme puesto contra la pared de las dudas, de los silencios, del dolor, de las ausencias. Por obligarme a tomar distancia de situaciones y personas que ya no me aportan nada, y a saber valorar todo aquello que sigue mereciéndolo. Gracias a quienes me han regalado espacio y paciencia.

Este año me ha mostrado el auténtico valor de quererse, de cultivar la autoestima y la seguridad, de confiar en el propio potencial, en la capacidad de ofrecer, de amar, de ser, de estar. Y me ha recordado una vez más que del fondo del abismo, de esa oscuridad densa que a veces se nos instala en el alma, nadie te saca mas que tú misma pero qué importante es recibir un soplo de ánimo de vez en cuando, un detalle, un te quiero, uno de esos abrazos que este año nos ha robado. He aprendido que las lágrimas muchas veces son tan inevitables como necesarias para curar, y que esconder las heridas no mejora en absoluto su cicatriz. Este año me ha enfrentado a muchos miedos, la mayoría relacionados con la pérdida, el adiós, la soledad. Me ha enseñado a olvidar pausadamente y sin rencor, dándole tiempo al tiempo, y a no mendigar afecto ni atención. A no ser siempre la que tome la iniciativa, a perderme para dejarme encontrar, extrañar. Es inútil tratar de estar para quien no te necesita, como también lo es dar de más a quien no le interesa recibir.

Este 2020 me ha hecho un poco más libre, aunque todavía me queda mucho camino por recorrer. Libre para tratar de tomar decisiones pensando en mi propio bienestar, cansada de anteponer siempre a los demás. Habrá quien lo llame egoísmo, yo considero que es inteligencia emocional. Libre incluso para escuchar mis instintos, para seguir mis corazonadas y aquellos impulsos que me hacen brillar. Libre para amar por encima de las circunstancias, de las dificultades, de los intereses, de las opiniones. Este año extenuante me ha demostrado una vez más de lo que soy capaz cuando mi corazón late intenso, como yo, y voy a tumba abierta por amor. Sigo entregándome de forma sincera, sin estrategias ni mentiras ni dobles morales, porque no entiendo otra manera de hacerlo. A veces pierdo, quizá por vehemente y pasional, por atrevida, por dedicada, por loca… Nada de eso se lleva ahora, al parecer, en esta sociedad de postureo, mercantilismo y efimeridad. Pero, aunque este año me haya destruido tantas madrugadas, yo me he levantado cada una de sus mañanas. Quiero creer que más fuerte, sí, pero no más fría ni indiferente. No podría serlo jamás.

La verdad es que he comprendido tantas cosas este año de forzosa introspección… Por todo ello debo dar en realidad las gracias. Y también gracias por las personas que han llegado a mi vida para sumar, y por las que se han ido dejándome al menos un aprendizaje. Gracias por los retos que he superado, por el reconocimiento a mis letras, por los nuevos proyectos que van tomando forma y que tanto me satisfacen. Por el trabajo duro y bien hecho, por las horas de esfuerzo, por los errores que me ayudan a evolucionar. Gracias por los amigos que siguen a mi lado, mis favoritos, y por aquellos que en su ir y venir igualmente me han ayudado. Gracias, como siempre, por México y todo lo que esa tierra y su gente me brinda, porque aunque este año parezca que estamos aún más lejos, no es así. A veces la distancia es la mejor prueba para saber quién está de corazón. Gracias por ese grupo de mujeres mexicanas que ha pensado en mí para una iniciativa tan bonita como es llevar la palabra a tantas otras mujeres, a pesar de los kilómetros que nos separan. Gracias al calor de la familia que se mantiene unida, aunque hayamos tenido que cambiar abrazos y besos por mensajes y videollamadas. Pronto volverán, seguro. Gracias a mis ocho soles, que crecen sanos y siguen siendo el mejor ejemplo de vitalidad y adaptación que existe, y que por supuesto hacen de mí la tía más orgullosa y feliz del mundo. Cómo echo de menos poderos estrujar…

Gracias 2020 por haberme permitido entender que la vida son dos días, que lo planeado no siempre resulta y que todo puede cambiar en un instante. Que debemos estar preparados para soltar amarras y vivir cada momento, sin miedos ni lastres ni cortapisas, tratando de ser felices guiados siempre por nuestras emociones. Gracias 2020 por tu oscuridad, por tu crudeza, por tu odiosa existencia. Por hundirme como nunca y convertirte por pura supervivencia en un resorte de optimismo necesario. Gracias por enseñarme qué, cómo, cuándo y dónde… Que, si el tiempo se nos vuelve a detener otra vez, estemos donde queramos estar, y seamos con y quien queramos ser.

Este año más que nunca y por encima de todo, GRACIAS a la vida por permitirnos vivirla un rato más. Que nos siga acompañando la salud y que no decaiga nunca la esperanza.

¡Feliz 2021!