Dime cómo.

Dime cómo burlar al destino, si él nos ha presentado.

Dime cómo ignorar tus ruegos, si yo misma ruego por ellos.

Dime cómo evitar encontrarte, si te busco en cada paso.

Dime cómo no intentar cambiar tu realidad, si en la mía ya solo cabes tú.

Dime cómo olvidar tus palabras, si con ellas construyo mis sueños.

Dime cómo no desenredarme del nudo de tu corbata, si lo que ansío es atarme a tu piel.

Dime cómo no encenderme contigo, si me queman tus simples roces.

Dime cómo esquivar el brillo de tu mirada, si mis emociones nacen en tus ojos.

Dime cómo no esperar lo inesperado, si a tu lado mi mundo es una aventura.

Dime cómo negociar con tu boca, si con ella me desnudas hasta el alma.

Dime cómo pactar una tregua con tus dedos, si los deseo dibujando sobre mi espalda.

Dime cómo desengancharme de ti, si mi droga es tu forma de ser.

Dime cómo alejarme de tus pisadas, si son ellas las que guían mi camino.

Dime cómo no pecar sobre tus labios, si su sabor endulza mis días más amargos.

Dime cómo atreverme a no necesitarte, si respiro tu propio aliento.

Dime cómo serenarme en tu ausencia, si no puedo avanzar cuando me faltas.

Dime, amor, ¿cómo sobrevivo si no estás, cómo lo voy a soportar?

Dímelo.

Dime cómo y si debo hacerlo.

Dime, amor, dímelo.

¿Cómo te dejo de amar?

Puto «pero».

Me puse a pensar acerca del valor de las palabras y me di cuenta de que las palabras por sí mismas no dicen nada. Lo dicen las ideas, las emociones, las intenciones. Las palabras no dicen lo que tú no quieras decir, y viceversa. Las palabras pueden estar llenas o vacías de contenido según las circunstancias. Y las hay de muchos tipos. De fonética bonita, por ejemplo. O divertidas, complicadasy enternecedoras. Las hay curiosas. Y las hay también muy putas. Y en esa categoría que incluye los «puede» y los «tal vez», la reina es el «pero».

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Porque el «pero» es la palabra más puta que conozco, como ya decía Ernesto Sacheri en El secreto de sus ojos (película que recomiendo ver, por cierto). El «pero» tiene la capacidad de destruir lo que pudo haber sido y nunca será. El «pero» resquebraja las ilusiones, antesala de una bofetada emocional, demoledor en toda su extensión.

¿A quién no le ha pasado? «Te quiero, pero…». ¡Vete al diablo! Esos peros que encubren excusas baratas son los peores. Porque esconden el miedo a la realidad, la comodidad de lo cotidiano, el no querer arriesgar. Y lo único que ese «pero» consigue es hacerte sentir insuficiente, deseable a medias, amada a ratos. Mientras que al dueño del «pero» lo refugia en su guarida un poco más sin que tú puedas hacer nada para evitarlo.

Porque por alguna extraña razón cuando escuchamos un «pero» nos ponemos en alerta, casi como cuando alguien nos mira a los ojos para atacarnos con el tan temido «tenemos que hablar». Son décimas de segundo de pánico en el que toda tu vida en común pasa como una película ante tus ojos y asumes que tras ese «pero» ya nada será igual. Y ahí estás tú, escuchando «peros» por todas partes y esperando oír el único «pero» que merece la pena. El «pero» que desbarata toda esta teoría del terror hacia una dichosa palabra. Ese «pero»que abre la compuerta de la esperanza que ya creías perder y pone en entredicho aquello de que el orden de los factores no altera el producto.

Porque no es lo mismo un «te quiero, pero es complicado».

Que un «es complicado, pero te quiero».

Y hasta que ese orden no cambie, tú, tus virtudes y tus anhelos seguirán quedando relegados tras un cruel y muy puto «pero».