La última tarde

Aquella tarde lo seduje con toda la intención. Jugué con los roces y los tiempos, con los susurros adecuados, con la mirada lasciva. Le permití besarme poco a poco, tentándole en ese ir y venir de unos labios cargados de deseo a punto de explotar. Palpé su erección y un hormigueo me recorrió entre las piernas. Me atraía ese hombre, sí, y adoraba el juego de poder que nacía al contacto de nuestra piel. Dejarnos llevar era cederle el espacio al instinto de una dominación sin tregua, y no existía entonces placer más potente que el nuestro al unísono. Le busqué la boca para retener su sabor en la mía mientras mi mano derecha le torturaba traviesa por debajo del pantalón, y con la otra le arañaba suavemente la espalda. Le hice sucumbir entre mis dedos mientras nuestras lenguas seguían enredadas y su respiración se hacía más profunda. Terminó como un relámpago furioso y atormentado, y firmó su rendición con una sonrisa relajada e ingenua.

Me levanté para ir al baño y ante el espejo me vi ardiente y sonrojada, divertida. Sí, me gustaba el éxtasis que compartíamos juntos, su olor, su intensidad, su fiereza. La ternura después, el silencio, mis palabras, los besos en la frente, el brillo en la mirada, los dedos entrelazados. En esos momentos su cuerpo era todo el refugio que yo necesitaba, el único en el que de verdad me hallaba segura y querida, tranquila, ansiada. Pero entonces, como un viento súbito, una sombra de pena me veló la calma… Como si esos besos de repente tuvieran prisa por desvanecerse mientras el tic-tac de los minutos al pasar me acuchillaba lento el alma, carente de piedad. Aquella tarde noté cómo la burbuja se diluía imperceptible para él, con rabia para mí. Y no era la primera vez. Nos vestimos, callados, vagos, solos. Perdida en mis pensamientos intenté descifrar los suyos, saber por qué, hasta cuándo. Adiviné cierta molestia ante algún comentario, como si hablar de más fuera a estropear lo que teníamos, ¿tan frágil era? No me gustaba lidiar con el tormento de mis palabras vetadas cuando el corazón me estallaba a gritos. Lo amaba.

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Y no, yo no lo busqué, pero ¿acaso se puede elegir en el amor? Como si no fuera un rayo que te parte los huesos y te deja estaqueado en la mitad del patio, así lo definió Cortázar. Sin embargo, ese quedarme en medio del patio, sola, fue lo que poco a poco me había ido marchitando. Sí, un rayo llegó sin permiso y me partió en dos, pero solo a mí. Y me di cuenta esa tarde cuando, en nuestro refugio de irrealidad donde éramos tan felices, me azotó el temor de seguir viendo a través de unos ojos que por mucho que miraran no veían lo mismo que yo, y tuve miedo de coserme a una piel que se erizaba con la mía y puede que también con alguna otra. Y me dolió el pecho al comprender que darlo todo nunca será suficiente para quien no lo quiere tomar. Llevaba tanto tiempo debatiéndome entre el desconsuelo y la ilusión, entre el ser y el parecer, entre un futuro vacío que sobrevivía a base de quimeras y un presente hilvanado por unos cuantos piropos… Es cierto, lo prefería al resto, pero algo crujió en mis adentros para revelarme que ya no me quedaban fuerzas para batallar en soledad. Sentí como si durante años se hubiera estado burlando de mi corazón con caricias de fuego y hiel, mientras yo justificaba mis razones en nombre de un amor que creí capaz de ganar. Estuve tan dispuesta que removí cielo y tierra, mentí, me la jugué, me expuse al abismo, me sacrifiqué. Fui capaz hasta de traicionar mis valores y quebrantarme el alma por un instante a su lado, creyendo que mientras tejíamos momentos de risas, locuras y sueños lo hacíamos también de vida. Pero él no me quería a mí para eso, y aquella fue la última tarde que lo vi.

 

No quiero nada

Que qué quiero, me preguntas entre el reproche y la curiosidad, entre el atisbo de esperanza y el temor. Y te contesto lo mismo cada vez: no quiero nada. Porque me parece mucho más sencillo resumirlo así que tratar de explicarte todo lo que se me pasa por la cabeza. O quizá lo hago por miedo, para cubrirme las espaldas y no salir de nuevo escaldada. Como una cobarde, sí, obligada quizá por el fracaso de haber sido tan valiente ante los espejos equivocados. No puedo magullarme más, pero…

Quiero paseos sin rumbo tomados de la mano y cafés improvisados. Quiero besos robados en el autobús o a la vuelta de la esquina. Quiero tu sonrisa en las mañanas de lluvia y el refugio de tu piel en las noches de tormenta, en las tardes soleadas de verano. Quiero sentirme protegida en tu abrazo y salvajemente deseada por tus labios.

Pero no, no quiero nada.

Quiero escuchar todo aquello que me quieras contar, y aún más eso que te cuesta tanto desvelar. Quiero que seamos cómplices de nuestras bromas y secretos, de nuestras palabras mudas, de los gestos que solo tú y yo entendemos. Quiero aprender de ti y que tú lo hagas de mí. De las lecturas, de las canciones, de los misterios.

Pero de verdad, que no, no quiero nada.

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Quiero hipnotizarme viendo arder el fuego de tus ojos mientras chisporrotean las brasas en aquella chimenea. Quiero mecerme contigo en un mar de salitre y sueños. Quiero conocer el mundo a través de tu perspectiva, desde la aldea más remota a la ciudad más cosmopolita. Quiero llegar y que estés, y quiero irme sabiendo que a mi regreso también estarás. Quiero que viajemos juntos y que construyamos un hogar.

Pero no insistas, ya te lo he dicho: no quiero nada.

Quiero trazar un mapa de cosquillas en tu espalda y mil rutas de vida a tu lado. Quiero que me incluyas en las buenas y en las malas, que cuentes conmigo y que cuando yo ya no pueda más, me ayudes a reflotar. Quiero que fluyamos a la par por los vaivenes de las emociones, de los miedos, de las ilusiones. Quiero ser el apoyo que necesitas sin que sientas que por ello me debes lealtad a cambio. No quiero ese tipo de lealtad comprada. Quiero que estemos y seamos en libertad, en plenitud, en confianza y en igualdad.

Pero no, en serio, nada de nada.

Quiero ser el resorte que buscas para atreverte. Ser siempre esa adrenalina que te recorre la sangre cuando me ves, cuando me sientes, cuando me tienes. Quiero bucear en tu pasado para comprender mejor tu presente. Y quiero que, después de todo, vayamos por un futuro común sin tapujos ni titubeos. Sí, quiero tener las obligaciones y los derechos, y asumo el riesgo de tener tu amor por completo.

Porque quiero ser mucho más que tu loca bajo las sábanas. Quiero ser tu respuesta, tu seno, tu vicio, tu antídoto, tu causa, tu remedio. Y quiero que te rindas por fin, sin tregua ni condiciones, a ese brillo que lleva mi nombre y que te empaña de felicidad la mirada.

Pero no te preocupes que cuando me preguntes, te diré, una vez más, que yo no quiero nada.

 

 

¿De qué escribo cuando escribo?

Desde que empecé a escribir, o más bien a publicar en este blog permitiendo así que extraños y no tan extraños accedieran a mis letras, me he enfrentado a mí misma, al qué dirán, y a la sombra de la duda que se cierne sobre todo aquello que aquí relato. No pocas veces me han preguntado si es autobiográfico, si lo he vivido, amado, padecido. Si todas mis palabras responden a algo, si lanzo mensajes subliminales, si juego con la indirecta, si digo aquí lo que no puedo decir fuera de este espacio. Aún hay gente que piensa que me dirijo por y para alguien en concreto, como si de misivas con destinatario se tratara; gente que se da por aludida para bien y para mal; algunos que incluso ven todavía en mis sentimientos la marca de amores ya caducos, o de otros que se piensan incipientes. Y luego está la gente que no solo especula con el grado de ficción y realidad de lo que escribo, sino que además me critica por ello. Sí, hay gente que me convierte en la protagonista absoluta, sobre todo de las historias “moralmente cuestionables” (y lo entrecomillo porque quisiera yo conocer la vara de medir de la moralidad de ciertas personas), para dejarme a la altura del betún. Pero olvidan que yo no soy personaje sino escritora, y que cuestionarme así más que una crítica es para mí un verdadero halago. Que tú, como lector, sientas que lo que yo transmito bailando con las palabras puede ser real, me puede haber pasado, o que incluso te identifiques con ello, me llena de orgullo y me anima a continuar escribiendo. Si consigo provocarte sensaciones y no te dejo indiferente, ya me doy por satisfecha.

Los mejores crímenes para mis novelas se me han ocurrido fregando platos. Fregar platos convierte a cualquiera en un maníaco homicida de categoría. Agatha Christie.

A nadie se le ocurre pensar que la escritora británica, autora de sesenta y seis novelas policíacas, fue en realidad una asesina encubierta o que en cualquier caso le hubiera gustado serlo, a pesar de la excelente capacidad que tenía para narrar tramas homicidas tan detalladas como creíbles. Pues claro que no, quizá tuviera cierta afición por el mundillo de las intrigas y las investigaciones y de ahí naciera el pintoresco Hércules Poirot, pero todo lo demás fue fruto de su imaginación. Como lo son la mayoría de las historias que residen en la ficción, con sus destellos indispensables de realidad. Sin embargo, que existan esos destellos, que son al fin y al cabo de los que se nutre una narración para conferirle verosimilitud otorgándole viveza, no significa que sean fieles, ciertos ni nuestros.

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Pero entonces, ¿de qué escribo cuando escribo? ¿De dónde surgen las ideas? ¿Cómo puedo manejar temáticas que desconozco? ¿Hasta qué punto las emociones que plasmo en papel no son las mías? Está claro que la materia prima para todo escritor es la vida, aunque dicho así llega a confundir: ¿la propia vida? No. No tiene porqué. O sí, con matices. La vida como tal ya está lo suficientemente llena de elementos inspiradores, solo hay que saber observarlos. Un trayecto en autobús, una conversación en la mesa de al lado, ese sueño que te sacudió mientras dormías, aquello que nunca te atreviste a hacer, una decisión acertada o no,  lo que fue y lo que pudo haber sido, un destino equivocado, un paisaje de la naturaleza, los viajes que emprendemos, los deseos más ocultos, el terreno inexplorado de la fantasía, lo que decimos y lo que callamos, el recuerdo de la infancia, la gente y sus problemáticas, el contexto que nos rodea, las ficciones que vemos, escuchamos o leemos, el minuto siete del capítulo veintitrés de tu serie preferida, el vacío de la memoria… Y por supuesto, también aquello que todos sin excepción en algún momento sentimos: el amor, la tristeza, los celos, la pasión, la envidia, la locura, la gratitud, la esperanza, la rabia, el temor, la ilusión, la pérdida, el poder, un reencuentro, la lealtad y la traición, la impotencia, el valor de la amistad, la complicidad. Todo eso que está ahí, en la propia condición humana, en la existencia en sí misma, es susceptible de ser contado. Basta con dejarse llevar sin miedo por los recovecos más profundos y extraños, con cierto grado de intuición, curiosidad y delirio. Creo que, en definitiva, escribir es el resultado personal de una confluencia de elementos que nacen de muchas cosas pero sobre todo de una imperante necesidad. Cada uno sabrá cuál es la suya.

Se escribe para llenar vacíos, para tomarse desquites contra la realidad, contra las circunstancias. Cuando la realidad se vuelve irresistible, la ficción es un refugio. Refugio de tristes, nostálgicos y soñadores. Mario Vargas Llosa.

 

 

 

La mujer adúltera (4)

El día que Tina me contó que estaba viéndose con alguien no me extrañó en absoluto. Desde hacía tiempo la notaba diferente en el trabajo, y si le quería sonsacar algo en la complicidad del vestuario del hospital siempre me rehuía. Era raro, porque somos amigas desde hace quince años y siempre nos lo hemos contado todo, así que cuando empezó a evadir mis preguntas supe que algo estaba pasando.

Llegó aquella fatídica noche totalmente demacrada a casa, con una bolsa de deporte al hombro y lágrimas en los ojos. Me asustó verla así y me asustó aún más que los vecinos se asomaran a cotillear y después especularan sin compasión. La invité a pasar y le serví una tila, estaba desencajada. Se acomodó en el sofá y de repente, sin anestesia ni preámbulos, bebiendo el primer sorbo, me lo soltó: «tengo un amante… Y mi marido lo sabe». Me quedé inmóvil sin saber cómo reaccionar, sobre todo ante la segunda confesión, aunque me tranquilizó saber que “solo” era eso y no alguna desgracia irremediable. La dejé hablar sin interrumpirla: ella necesitaba desahogarse y yo estaba dispuesta a escuchar sus razones sin tratar de juzgarla.

Me dijo que había conocido a ese hombre meses atrás en una exposición de pintura a la que acudió sola porque su marido nunca quería acompañarla a ese tipo de eventos. Lo que comenzó como un juego de miradas divertido dio paso a una invitación casual para tomar un café días después, y así, casi sin tiempo para pensar, se vio envuelta en una pasión desbordada. Aquella tarde, como cada jueves, ella cogió el tren de las 16.07 con su bolsa de deporte al hombro, como quien va al gimnasio. En el trayecto se cambió sus manoletinas por unos zapatos de tacón y se retocó el maquillaje en un claro gesto provocativo. Hacía tiempo que no tenía que cubrir el turno de tarde en el hospital porque yo se lo había cambiado, pero ni su marido ni sus hijos lo sabían. Era el momento que aprovechaba para verse con él sin tener que inventar excusas en casa, pues se suponía que estaba trabajando.

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Sumida como estaba en mis propios pensamientos casi no me di cuenta de que el tren ya se había detenido. Bajé apresurada y me dirigí al mismo edificio de siempre: un pequeño estudio que se convertía en refugio y tormento. Taconeé, nerviosa, mientras acomodaba mis cosas en la entrada y me servía una copa de vino. Sentada sobre la encimera repasé mentalmente el encuentro del jueves pasado en aquel mismo lugar… Demasiado salvaje, demasiado intenso, demasiado doloroso.

Cuando sonó el tintineo inconfundible de sus llaves en la cerradura, un pequeño vuelco en mi corazón me recordó que todavía seguía sintiendo esa llama que empieza en los ojos, recorre las manos y se desboca entre las piernas.

Él entró como de costumbre: con paso seguro y sonrisa maldita. El beso suave que me dio en los labios era el preámbulo de cortesía para una pasión que no conocía límites ni decoro. Tras varias frases galantes y su acostumbrado juego de palabras provocativo, nos enredamos el uno en el otro con prisa por sentirnos la piel. De la encimera al sofá, del sofá a la cama, de la cama a la ducha… Que no queden rincones, le susurraba, ni aquí, ni en ti, ni en mí.

Los jueves por la tarde me acostumbré a quebrar la rutina al compás de un tictac que no quería oír. Vivía en una burbuja de carne trémula sabiendo lo frágil que toda burbuja es, y no me importaba. Hasta que cerraba los ojos y pensaba en mis hijos: siempre el mismo pensamiento después del orgasmo. Como si en vez de traicionar a mi marido, los traicionara a ellos, y entonces un escalofrío de culpa me recorría entera…

Me quedé absorta escuchando su relato, la manera en la que hablaba de él y sobre todo cómo lo hacía de ella misma y de todas esas sensaciones que le provocaba vivir esta aventura sin pudor alguno y a corazón abierto. Se le escapaban las sonrisas aun estando ahogada en lágrimas y, aunque confesaba que a veces esa doble vida la martirizaba, se justificaba alegando que la piel es débil, y que el deseo de sentirse amada, seductora, poderosa y entregada, le pesaba mucho más que la razón.

Tras una tarde de locura se despidió de su amante con mucho mejor humor del que había llegado, prometiéndole volverse a ver el jueves siguiente a la misma hora de siempre. Se dirigió a la estación y tomó el tren de regreso a las 21.34, como de costumbre. Durante el trayecto volvió a cambiarse los zapatos y se recogió el pelo suelto en un moño desmadejado. Me comentó que en esos momentos de calma solía mirar su reflejo en la ventana y que lo que veía era a una mujer normal y corriente, cansada, abatida, que ocultaba en el destello de sus ojos una pasión desbordada, una carga desmedida, un deseo incontrolado, cierta culpa, y mucha adrenalina. Varias veces se había prometido dejar de ver a ese hombre que le había insuflado vida en tantos aspectos, pero en el fondo tampoco quería perder aquello que le hacía sentir tan especial, aunque fuera solo durante unas horas y a escondidas del mundo.

Cuando el tren llegó a su destino y bajó del andén lo último que podía esperar era encontrarse a su marido que, con gesto gélido, le advirtió que no volviera a casa, dejándola sola en la estación. ¿Cómo se enteró? Ésa era la única pregunta que parecía importarle a Tina aquella noche que pasamos en vela. ¿Cómo se había dado cuenta? ¿De qué manera supo dónde encontrarla? Tiempo después fue atando cabos y soltando lastre, pues ella no era la única con historias por esconder. Aquella noche quedó grabada en su recuerdo como la de la vergüenza y el desconsuelo, sin saber entonces que sería la que al final le salvaría la vida.

 

A mi manera

No hace mucho leí en algún lugar una frase que me hizo reflexionar: ojalá vivas todos los días de tu vida. Qué obviedad, ¿no? Vivir todos los días de nuestra vida, por supuesto. Pero detrás de una frase tan simple se esconde algo realmente complejo: vivir. Y no solo eso, sino hacerlo todos los días de nuestra vida. Porque a veces sin darnos cuenta lo único que hacemos con nuestro tiempo es pasar. Pasamos de puntillas por una existencia que vemos de lejos, como espectadores ante una gran pantalla de cine en la que se proyectan secuencias con más o menos acierto pero que no nos llegan ni a rozar.

A veces el destino, las circunstancias, el momento, nos convierte en marionetas de una voluntad ajena de la que parece que no podemos escapar. Es cierto que no todo está en nuestras manos y que la vida trae consigo problemas, sorpresas e imprevistos que debemos aprender a gestionar, pero ¿qué hay de todo lo demás? De todo aquello sobre lo que sí podemos decidir y sobre todo lo que podemos actuar. A veces se nos olvida el control que tenemos sobre nuestro propio camino intentando agradar a los demás.

A mí me gusta ser intensa. Me gusta sentir que lo que hago lo estoy viviendo, lo estoy disfrutando, lo estoy acariciando. No quiero ver pasar mi vida por delante de mí, quiero vivirla, morderla, arañarla. Y quiero hacerlo como protagonista, no como actriz secundaria de un guion escrito por alguien más. Quiero rodearme de gente igualmente intensa, que disfrute de la misma manera de una tarde tranquila tomando café que de vagar sin rumbo por una ciudad desconocida. Gente que se atreva a ir siempre un poco más allá y que te anime también a ello. Gente que sea libre para decidir, que esté donde quiere estar, con quien quiere estar, y que luche por ello. Y no estoy hablando de sueños o imposibles, ni tampoco escapo a las obligaciones que la vida de por sí conlleva. Hablo de estar a gusto con uno mismo y con las circunstancias que le rodean, o al menos de buscar el camino para ello, cual sea, para estar sencillamente en paz.

Algo así tiene que ser la felicidad…

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Últimamente siento que tengo prisa por vivir, por no dejar para mañana las pasiones, los viajes, las lecturas, los paseos, las palabras, los momentos. Quiero sumergirme en todo, exprimirlo con mis dedos, sentir que no pierdo el tiempo. Quiero aprender cosas nuevas, conocer a personas distintas, empaparme de vivencias y atesorar más recuerdos. No quiero asfixiarme en la rutina ni convertirme prematuramente en una señora mayor cuando queda aún tantísimo por hacer. No quiero repetir los mismos planes de siempre por miedo a lo desconocido. Estoy cansada. No quiero esperar toda la tarde un mensaje que dé el pistoletazo de salida o que corte las alas. No quiero ver caer la lluvia solamente tras los cristales. No quiero que me cuenten las cosas, quiero saber cómo se sienten. No quiero que me gane la pereza, el conformismo, el sopor. Ni que me lo contagien. No quiero que mi vida se convierta en lo que otros quieren que sea, como sea, donde sea. No quiero ceñirme a la moralidad de otros pensamientos si no van conmigo. No quiero marchitarme eternamente en la misma zona de confort, ¡qué aburrimiento! No quiero ser siempre la que esté dispuesta a renunciar a una sonrisa, ni a dar el paso atrás por el qué dirán, ni a dejarlo estar por el temor a intentarlo.

No quiero vivir la vida de nadie más.

Porque cuando el telón baje y las luces de esta bonita función se apaguen dejándome sola frente a mí misma no quiero caer en el desconsuelo del reproche sintiendo que esto no fue como me hubiera gustado ni lo que un día imaginé. Lo que de verdad quiero es poder sentirme satisfecha por el desempeño realizado sabiendo que cuando tomé las riendas lo hice intensamente, con pasión, con errores, con aciertos, con miedos, con dudas, con coraje. Y que en definitiva logré vivir una vida plena y, como cantaba el gran Sinatra, a mi manera.

 

 

Entre tú y yo

Entre el embrujo y el miedo,

la prisa y el ansia,

nace un amor prohibido y ajeno,

fiero temblor que sacude la calma.

 

Entre la paz y el arrullo

del abrazo y la nana,

gravitan con celo y deseo

mil caricias por la espalda.

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Entre las luces y sombras

del olvido y la rabia,

en una trinchera de besos

dos cuerpos se mecen al alba.

 

Entre el pecado y el sueño,

el ardor y la magia,

mi sed y tu anhelo

cabalgan cinturas perladas.

 

Entre el azar y el destino

del adiós y la falta,

arrasa con fuerza el camino

esta pasión desbocada.

 

Entre el quiero y no puedo,

el temor y las ganas,

pierdo la fe si te espero,

estrella fugaz que se apaga.

 

Entre el amor y la guerra,

la risa y la lágrima,

la fuerza del ego,

tu cielo y mi alma.