Valencia: lo que no puede ser

Se cumple una semana de la catástrofe de Valencia. Una DANA que quedará para siempre en la memoria histórica de nuestro país, y muy especialmente formará parte del recuerdo más triste y desolador del pueblo valenciano. Es difícil expresar con palabras lo que nos embarga a todos en este momento. Incluso siendo ajenos al lugar o no compartiendo raíces ni lazos singulares con él, la rabia, la tristeza, la pena, el desconsuelo… son emociones comunes en estos días tan negros y largos donde contener las lágrimas es complicado.

El shock inicial va dando paso al enfado en mayúsculas. Surgen las preguntas, los reproches, los porqués y los hubiera. Y de ahí, de ese cúmulo de emociones que estalla, y ante la ausencia de respuestas, de claridad, de cercanía y de verdad, nace la mayor indignación. Porque no, no puede ser.

No puede ser que no se le comunicara a la población el riesgo que existía ante la llegada del temporal, habiendo avisos por parte de la AEMET desde días atrás.

No puede ser que la universidad hubiera cancelado las clases con antelación o que los funcionarios de la Diputación tuvieran permiso para irse a casa al mediodía. ¿Y el resto, qué?

No puede ser que los móviles sonaran alertando del peligro cuando la gente tenía el agua al cuello y muchos ya habían sido arrastrados por la riada hacia la muerte.

No puede ser que el presidente de la Generalitat valenciana eche balones fuera tratando de tapar su enorme ineptitud con acusaciones soberbias a diestro y siniestro. Como tampoco puede ser que el presidente del gobierno central le devuelva el balón con malicia política, pensando más en su próxima jugada de ajedrez que en los ciudadanos de su país, negándose a tomar unas riendas que sabe perdidas.

No puede ser que de primeras se rechazara la ayuda ofrecida por aquellas Comunidades Autónomas que no son afines en lo político, como si valiera más un bombero de un lugar que de otro. La ideología no salva vidas.

No puede ser que la descoordinación de las administraciones, la rivalidad entre partidos y la siempre terrorífica burocracia ralentizara la llegada de efectivos a un lugar arrasado por una situación de extrema emergencia. Nadie va a salir ganando de esto, que les quede claro.

No puede ser que ninguna autoridad oficial pisara el barro hasta cinco días después. Y, por supuesto, el primero que tenía que haber dado la cara ante su pueblo y conocer in situ la zona cero en el primer minuto era el señor Mazón, que para algo es su territorio, su casa. Todo tarde y mal, muy mal.

No puede ser que romanticemos eso de que sólo el pueblo salva al pueblo, por muy bonito y rebelde que suene, y por mucho que las muestras de apoyo, las donaciones y la infinita solidaridad sean siempre lo mejor que damos como país. Pero para algo pagamos impuestos, ¿no? Y para algo existen incontables instituciones, administraciones, organismos, ministerios y autoridades que deberían saber gestionar una crisis de este calibre con eficiencia, trabajo y compromiso. Ha quedado demostrado que nadie está a la altura de lo que representa y que, por supuesto, debemos exigirles muchísimo más en adelante.

No puede ser que la carroña interfiera en las noticias y la maquinaria de los bulos funcione a todo trapo con la ayuda de influencers, tiktokers, youtubers o periodistas a sueldo que, como matones, su único objetivo es sacar rédito. En estos casos siempre recuerdo la famosa frase de Kapuscinski que decía que para ser buen periodista hay que ser buena persona. Qué poco tenemos de eso en un sistema en el que lo que debería ser mera información, veraz y objetiva, se ha convertido en un instrumento para construir una opinión pública cada vez más caótica y radical. A algunos les debe venir bien el discurso confuso, mentiroso y dramático.

Nos gobierna gente mediocre y alejada de la realidad. No se salva ni uno. Y estamos, además, informados mediante sesgos de conveniencia. Las redes sociales dan asco estos días y son un caldo de cultivo peligroso. Sin embargo, que tanto ruido no nos haga perder el foco de lo que hay: más de doscientas personas han fallecido con esta DANA (no olvidemos Málaga y Albacete) y miles lo han perdido todo. Son vidas que ya no serán. Familias rotas en mil pedazos. Nombres y apellidos. No son números, son historias. Son personas como tú y como yo que un día cualquiera se despertaron sin poder imaginar que sería el último, o que, con suerte, «sólo» se quedarían sin casa. El clima se nos va a poner cada vez más extremo y tenemos que estar preparados como sociedad. Más vale una alerta de más, que de menos. Pero no olvidemos que en muchas ocasiones la manera de gestionar una situación es a veces más importante que la situación en sí. Que esto nos sirva para reflexionar y para cambiar ciertas reglas y rumbos, aunque mucho me temo que, como con el COVID, ni saldremos mejores ni aprenderemos nada de ello. Ojalá me equivoque.

Reyes de Europa

¡Hoy amanecemos como Reyes de Europa, papa!

Con la victoria de ayer contra Inglaterra nos convertimos en el país con más Eurocopas en la historia del fútbol. Somos la única Selección que se ha coronado ganando todos y cada uno de los partidos del torneo, pleno al siete. Ni siquiera nos permitimos un empate. Somos el equipo que mejor juego ha desplegado y el que ha plantado más y la mejor cara. Avanzábamos por el lado difícil del cuadro, pero eso no nos hizo temblar las piernas en ningún momento. Por el camino hemos dejado fuera a campeonas del mundo como Italia, Francia y Alemania, quitándonos de paso la maldición de la anfitriona, dos pájaros de un tiro.

Nos hemos quedado hipnotizados, sorprendidos y maravillados con el juego de un grupo muy joven del que la mayoría apenas sabíamos casi nada antes del torneo, de ahí quizá la eterna duda española y el pesimismo injustificado. ¡Pero vaya cómo los hemos conocido! No creo que a día de hoy quede alguien en el país (y puede que en el mundo entero) que no haya oído hablar de Nico Williams, Lamine Yamal, Oyarzabal, Mikel Merino, Dani Olmo, Cucurella o Rodri, por ejemplo. Todos ellos, los titulares, los suplentes y los que por el camino se lesionaron, son parte de la magia y del esfuerzo de esta Selección. Un gran trabajo en equipo que nos ha llevado partido a partido hacia una finalísima de manual contra los temidos ingleses, que ayer mostraron más temor de perder que afán por ganar. Ellos inventaron el fútbol, sí, pero nosotros lo hemos mejorado. Y con creces.

Para que te hagas una idea, papa, esta España recuerda mucho a la de aquellos días de gloria que siempre habíamos soñado sin éxito hasta que llegaron, ¡y de qué manera! Y es que, hasta esa Euro 2008 que cambió la historia (tres títulos seguidos, otra hazaña inédita), cuántas veces te había escuchado decir lo de que nunca ganaríamos un Mundial, cayendo siempre en cuartos, con la ilusión rota vuelta a empezar. Hasta conseguirlo: pudimos bordarnos en el pecho la tan ansiada estrella gracias a una generación de oro que nos lo dio todo. Después, como siempre ocurre, el descenso a los infiernos con un doloroso y anticipado adiós en la fase de grupos de Brasil 2014. Entonces pensamos que tendría que pasar mucho tiempo para volver a vernos ganar, sin embargo, la espera no ha sido tanta y, además, ha merecido la pena.

El año pasado conquistamos la Liga de Naciones, un torneo joven y menor (un invento, dirías tú), que seguramente nos sirvió para cimentar el triunfo de esta Eurocopa y de lo que esté por venir. Porque esta generación de chavales apenas comienza a rodar el balón, aunque parezcan veteranos. Tienen la frescura, las ganas, la pasión. Y, por supuesto, brillan con el talento de quienes ya nos dieron una estrella. ¿Y si pronto fueran dos?

Ayer te eché más de menos si cabe, papa. Este último mes intenso y apasionante me ha sumido en un crisol de emociones a veces difíciles de gestionar. He querido comentarte cada gol, cada remontada, cada jugada maestra. He querido compartir los nervios y las alegrías contigo, como estaba acostumbrada a hacer desde niña. Incluso esas lágrimas únicas que nacen tras las grandes gestas. Pero no estabas y la ausencia, por más que me resigne, no deja de doler. He sido yo quien ha llenado el vacío de la silla donde te ponías frente al televisor (porque la comodidad del sofá no era lugar para este tipo de eventos). Diferente manera de verlo esta vez. «Te pones igual que tu padre». Sí, porque tú me enseñaste a amar el fútbol y a mi país. Y de lo que se mama en la infancia, se es después.

Hoy España despierta con resaca de campeona, ¡y que siga la fiesta!

Hoy estarías, como yo, tremendamente feliz.

Ruido

Cartas que viajan llevando balas y amenazas. Una navaja con manchas de pintura que simulan ser gotas de sangre. Más sobres con munición interceptados, nuevas advertencias. Una carta de ETA del año 1981 que circula por whatsapp para mostrarnos lo que es una auténtica intimidación, porque lo demás al parecer no tiene importancia si proviene de un diagnosticado con enfermedad mental.

Vídeos de contenido dudoso y de fuentes aún más dudosas que se hacen virales como la espuma. Noticias antiguas que se sacan de contexto y se hacen pasar por actuales. También informaciones tramposas y falsas. El asqueroso negocio de las fake news, que está tan de moda y que tiene a todo el poder detrás. Propaganda xenófoba que se cuela impune en una campaña electoral y que recuerda con pavor a aquella maquinaria repulsiva que puso en marcha Joseph Goebbels en la Alemania de Hitler. Ausencia de empatía en todos los ámbitos de la sociedad, ausencia de reconocimiento hacia los méritos ajenos, ausencia de reprobación ante la gravedad de unos hechos. Ataques, ataques nada más.

¿Qué está pasando?

Asisto con vergüenza a las declaraciones de dirigentes políticos que lo único que saben hacer es fomentar el odio hacia el prójimo con la excusa del y tú más. Y me da tremendo miedo que haya tanta gente que valide ese tipo de mensajes, de un lado y de otro, porque sí, hemos vuelto a los bandos. Mensajes que no condenan amenazas, las que sean y para quien sean, y que además, burlones, las califican de teatrillo. Mensajes que tampoco desaprueban, ni impiden, los altercados violentos en las calles, en las manifestaciones, en los mítines de los pueblos más recónditos del país, porque el caos, y cuanto más mejor, les beneficia. Mensajes supremacistas para justificar el retraso en la vacunación de un cuerpo de seguridad frente a otro, porque en Catalunya ser mosso d’esquadra es más loable que ser policía nacional o guardia civil. Mensajes sectarios provenientes de un tipo que vive a la sopa boba en Bélgica mientras incita desde la distancia a los más jóvenes (y a los no tanto) a alimentar un sentimiento de superioridad frente al compañero, al que califican de español con desdén, como si ello fuera un insulto. Ciudadanos de primera y de segunda. Otro que, junto con sus secuaces, me recuerda al diabólico Joseph Goebbels.

Mensajes que desprecian desde el altavoz cobarde de las redes sociales a todos aquellos que no siguen su misma corriente de opinión, estilo de vida, creencia, condición sexual, cultura… Mensajes que invitan a personas sin recursos a irse de un lugar al que por nacimiento no pertenecen, y que obvian cómo tantos abuelos de este país también fueron menores no acompañados en algún lugar del mundo. Mensajes tan vacíos de inteligencia que se tienen que vestir con diatribas y reproches feroces para enmascarar de alguna manera su falta de talento, pero que por desgracia funcionan muy bien ante una sociedad cada vez más polarizada y más atontada.

Estamos ensordecidos por un ruido tremendo que no nos deja escuchar con claridad, ni discernir lo auténtico de lo impostado, lo real de lo manipulado. El ruido anula nuestra capacidad de pensamiento crítico mientras nos bombardea con noticias, bulos, datos sin contrastar. La información pierde rigor cuando nace del afán de la inmediatez, y olvida su sentido cuando se hace excesiva, exagerada, amarilla. Parece que ahora todos tenemos complejo de periodista: disponemos de plataformas para que nuestras opiniones lleguen a un número indeterminado de personas, y podemos decir la mayor sin consecuencias. Pero no todo debe tener cabida bajo el paraguas de la libertad de expresión. Existen límites, aunque algunos se empeñen constantemente en sobrepasarlos. Marcar sin titubeos cuáles son, protegerlos y acatarlos es el reto al que los medios de comunicación como cuarto poder, los políticos como representantes elegidos, y nosotros como ciudadanos con derecho a voz y voto, nos enfrentamos. Corren tiempos difíciles, falta mucha verdad y sobra demasiado ruido.

Aquellos últimos días

Fue una mañana de domingo a finales de febrero. El silencio reinaba en la casa rural donde pasábamos el fin de semana. Todavía era muy temprano y todos dormían excepto yo que, desvelada, leía las noticias en el móvil tumbada en la cama. O más bien debería decir la noticia: el coronavirus hacía estragos en Italia, que se encerraba. Contrasté el titular con tantos otros que informaban de lo mismo. Sentí entonces una preocupación egoístamente europea: los casos ya no se limitaban a esa ciudad desconocida de nombre Wuhan, habían llegado a nuestro viejo continente. 

Cuando escuché voces me levanté, me di una ducha para despejarme y bajé a desayunar. Poco a poco nos reunimos alrededor de la mesa. Comenté las últimas noticias, pero ninguno alcanzamos entonces a comprender su importncia y pronto cambiamos de tema. Hasta ese momento a la mayoría, y me pongo la primera, todo esto nos parecía alarmismo infundado. El día pasó como los dos anteriores: entre amigos, conviviendo sin temor, celebrando carnavales.

Dos semanas después acudí a una entrega de premios de relatos escritos para conmemorar el Día Internacional de la Mujer. Me acompañó parte de mi familia y después del evento todos los presentes disfrutamos del aperitivo que nos ofrecieron. Casi un centenar de personas compartiendo relajados conversación entre bandejas de comida, a ocho días de confinarnos… Pensarlo ahora estremece.

Aquel fin de semana, el último en libertad sin condiciones, lo pasé en el país de Nunca Jamás, como me gusta llamar a la casa de mi hermana. Un oasis de desconexión del mundo exterior donde disfrutar de la familia en toda su esencia, y de mis niños, los suyos, que tantas anécdotas divertidas nos regalan. Fuimos de tiendas, en plan de chicas, y compramos ropa que luego se quedó en el armario. También asistimos a los partidos de fútbol que disputaron mis sobrinos, en su plan de chicos. Incluso allí conocimos a un veterano melillense que rememoró con mis padres algunas batallitas, porque el mundo es así de pequeño y Melilla es así de grandiosa. Jugamos, reímos, cocinamos, nos acurrucamos. Estábamos agotando, sin saberlo, los besos y los abrazos… 

Lo cierto es que tuvimos una fortuna inmensa porque el covid-19 no pasó por allí. Como tampoco lo hizo por mi oficina durante esa última semana, ni por las de mis hermanos, ni por los colegios de mis sobrinos. No me acompañó tampoco en los viajes en metro y autobús repletos de gente, ni en los cafés a media tarde, ni en los locales que pisé aquel último miércoles callejeando por el centro de Barcelona. No lo hizo cerca de mí ni de los míos, y eso no fue ni más ni menos que un maravilloso golpe de suerte con el que muchas otras familias no contaron. Nos libramos.

Las noticias eran cada vez más ensordecedoras, más desconcertantes, más temibles. Los datos mareaban mientras la vida en las calles parecía seguir siendo la misma. El humor nacido de la propia ignorancia nos ayudó a quitarle hierro a un asunto cuya magnitud no podíamos prever ni siquiera con todas las señales a nuestro alcance. Ahora nos damos cuenta, claro, como siempre a toro pasado.

Fue el viernes, con los colegios ya cerrados y una declaración oficial por parte de la OMS, cuando el panorama se veló con esa preocupación tan propia que nace ante lo desconocido. Recuerdo que cerré todos los temas posibles en mi trabajo y me organicé papeles en un par de archivadores para llevarme a casa, por si las moscas. No he vuelto a pisar la oficina desde entonces. Gocé de una franca sonrisa sin el veto que más tarde impuso la mascarilla, y pude perderme unos instantes en ese cálido abrazo que tanto extraño sin saber que podría significar una despedida. Las siguientes muestras de afecto se quedarían tiritando en el frío de las pantallas.

Y llegó el sábado catorce de marzo de hace un año. Se instauró un estado de alarma que sonaba trágicamente bélico y nos obligaba a mantenernos en casa por prescripción médica. La emergencia sanitaria no era una broma, ni una exageración. Se esperó demasiado, quizá, eso otros lo dirán. Pero al final se hizo por necesidad y con firmeza. Iniciábamos un periodo desconocido, repletos de dudas, de emociones encontradas. Surgió el caos con las recomendaciones contradictorias, con el desabastecimiento en los supermercados, con el ansia extraña de acopiar tanto harina como papel higiénico. También con la falta de gel, mascarillas, guantes… Y de los EPI para los sanitarios que en primera línea se convirtieron en nuestros héroes, unos héroes en exceso castigados.

Faltaban medios en esos inicios, pero sobró empatía. Sacamos lo mejor de nosotros mismos como individuos y como sociedad, aplaudimos cada tarde en nuestros balcones y pintamos arcoíris de esperanza mientras las cifras se nos iban clavando en el alma. Sentíamos miedo, rabia, pena, desolación. Sin embargo, mostramos ánimo, resistencia, coraje y sensibilidad. Aprovechamos la ocasión del encierro forzoso para desempolvar juegos de mesa, darnos a la repostería y compartir tiempo con los nuestros. La catástrofe no iba a durar mucho: unos días primero, algunas semanas después. Y sin darnos cuenta vimos pasar la primavera desde el hogar que nos sirvió de trinchera. El verano se nos diluyó como agua entre los dedos, el otoño voló con sus hojas secas de nuevo y aquí seguimos ahora, tras las ventanas, terminando este invierno.

Ha pasado un año desde que la vida nos obligara a dejar atrás lo que después bautizaríamos como normalidad. La nostalgia en estos días nos lleva a rememorar aquellas últimas veces de casi todo vistiéndolas de esa aura mística que solo existe en los recuerdos. No han sido fáciles estos meses y es necesario ser conscientes de que aún nos queda por hacer un esfuerzo final, quizá el que más nos cueste por todo lo acumulado pero, aunque estemos agotados, debemos agradecer que, al fin y al cabo, aquí estamos.

724

724. Setecientos veinticuatro. Esa es la cifra de la vergüenza que ayer nos arrojó Sanidad. Un recuento de datos que, al principio, cuando todo esto de la pandemia no hacía más que empezar, nos alarmaba con mucho menos. Un solo muerto era una catástrofe, un indicador de que algo no iba bien. Después llegaron diez más, y cincuenta, y cien. Se empezaron a sumar por centenares y nos refugiamos en casa: el virus era letal. ¿Y ahora? Ahora ese 724 se inmiscuye en nuestras vidas por las rendijas del desinterés, como si nos hubiéramos acostumbrado a que esto es así, y no se puede evitar. ¿De verdad?

Parece que estamos inmunizados ante el aluvión de información que nos invade desde hace casi un año. Es como si, mentalmente, le hubiéramos cerrado el paso a la desgracia, restándole dolor, vistiendo de egoísmo la empatía que en primavera mostramos hacia el prójimo cuando en la comodidad del hogar nos asomábamos en tropel a aplaudir desde nuestro balcón. Dijeron que de esta saldríamos mejores, tuvimos un subidón de adrenalina, de optimismo, de fe. El parón se nos presentó como una oportunidad para llevar a cabo los cambios que íbamos postergando, cada cual a su manera en lo personal y en lo colectivo. Convertimos en héroes a los sanitarios, a esos que durante años se les desoyó en todas sus peticiones. También a todos aquellos trabajadores esenciales que no pararon, porque no podían, y se arriesgaron a una exposición extrema con tal de hacer que esto, nosotros, siguiéramos adelante. La primavera pasada parecía que éramos conscientes de lo que sucedía, pero ahora me doy cuenta de que no. Aquella loable actitud que nos invadió fue un simple espejismo, un resultado fruto de unas circunstancias extremas y extrañas que no conocíamos. Pero, ¿qué hemos aprendido como sociedad? Nada.

724 no es un número, aunque a muchos se lo parezca. Setecientos veinticuatro son las vidas que ayer, de golpe, dejaron de ser. Son familias rotas, futuros truncados, esperanzas mutiladas y sueños robados. Son hijos que quedan huérfanos, y abuelos que terminan solos en el más triste de los ocasos. Seguramente también hay padres y madres despidiendo en contra de la naturaleza a un hijo sin el consuelo de un mísero abrazo. Pero es que no son solo ellos. Son además los 59.805 fallecidos oficiales que llevamos, más los treinta mil que desvelan las estadísticas pero que no cuentan para el gobierno porque carecían de diagnóstico vía PCR. ¿Y qué? Es tan sencillo de calcular como recopilar los datos medios de defunciones anuales y ver cómo en 2020 se dispararon todos los parámetros. Ahí es donde reside la cara más cruel del COVID-19.

Y este año ha empezado de la peor de las maneras, aunque no creo que nadie pueda decir que esto no se veía venir. A alguien se le ocurrió que había que salvar la Navidad, y ningún dirigente tuvo el valor necesario para obligar el cerrojazo y prohibir las reuniones familiares y de allegados, porque aquí es así como funcionamos: a golpe de pito y bajo amenaza de multa. Y a veces ni por esas. Pues por querer salvar el día de Nochebuena conozco a gente que lleva un mes intubada en una UCI y con pronóstico grave. Desde las altas esferas nos pasaron la pelota de la responsabilidad a los ciudadanos con un guirigay de reglas, horarios y excepciones. Los médicos se cansaron de advertir del colapso hospitalario que vendría, pero los comerciantes y hosteleros también lo hicieron de su ruina. ¿Quién prima sobre quién? Al final los políticos nos dejaron hacer, apelando al sentido común que tan poco común es, y muchos se pusieron la venda en los ojos creyendo que con nuestros seres queridos estamos realmente a salvo. Que brindar ahora con un amigo no es correr ambos un riesgo o que la familia está por encima de cualquier ataque virulento que pueda llegar, como si los lazos afectivos fueran la vacuna perfecta. ¡Ay! Es tan humano eso de pensar que a uno no le va a pasar… Pero pasa. Y después de lo visto en las fiestas navideñas queda de manifiesto que no sabemos funcionar sin que papá Estado nos lleve bien sujetos de la mano. Somos como esos niños rebeldes que no aceptan ayuda ni consejos, pero que cuando caen al suelo lloran desconsolados implorando a su madre porque no se saben levantar. El desastre se agrava cuando el papá Estado que nos ha tocado tampoco tiene ni idea de cómo gestionar ni esta crisis ni ninguna y claro, así nos va.

No basta con decir que parece que el número de contagios ya está descendiendo si cada tres minutos se registra un positivo en este país, ni tampoco es suficiente escudarse en que la incidencia disminuye diez puntos cuando marcamos registros de más de 800. Este tipo de noticias lo único que consiguen es mandar un mensaje equivocado de tranquilidad enmascarada y promover que la gente se relaje porque «parece que esto ya va a mejor». Estamos todos muy cansados y nos queremos agarrar a un clavo ardiendo para podernos relajar, pero creo que no es precisamente un acierto querer hacer pasar por buenos unos datos que en absoluto lo son, y distan mucho todavía de serlo. Ayer fueron setecientos veinticuatro.

Lo que me aterra de verdad es que, con la situación que estamos padeciendo, con el agotamiento emocional, moral, mental que sentimos… Con la desazón, el miedo, la incertidumbre, el desconsuelo que nos embarga… Con todo, todavía haya gente con voz y voto insinuando que ahora lo que toca es salvar la Semana Santa. No, perdonen, lo que hay que salvar son vidas y poner todo el empeño en ello. Estas setecientas veinticuatro personas y tantas miles más no dejan de retumbarme en el alma y, como a mí, a todos aquellos que todavía conservamos algo de sacrificio y responsabilidad.

Abrazos robados

Vienen malos tiempos otra vez, tiempos duros, aunque en realidad nunca se fueron. El consuelo del verano, del clima agradable y de la cierta manga ancha que nos dieron desde las instituciones palió, de alguna manera, esa sensación de ahogo y resignación que sufríamos desde que el catorce de marzo se declaró el estado de alarma que nos confinaba a todos en casa. Nunca habíamos vivido algo así, ni siquiera lo podíamos imaginar (incluso ahora sigue pareciendo en muchos sentidos irreal). Aquel sábado por la mañana todos los españoles estuvimos pegados a la televisión asistiendo, entre el desconcierto y el temor, al anuncio presidencial de lo que iban a ser las siguientes semanas. Porque sí, iban a ser unas semanas…

En el imaginario colectivo la llegada del verano se presumía como el fin de todos los males, así que optamos por verle el lado bueno a una primavera diferente rescatando los juegos de mesa y horneando pasteles, recurriendo a las videollamadas para compartir una cerveza virtual con familiares y amigos, queriendo convertir el encierro obligado en una oportunidad para estar con nosotros mismos y nuestros convivientes de una manera en la que la vida, tan ajetreada siempre, no nos permitía estar. El mundo se había detenido, literal. La naturaleza respiró y nosotros con ella; las relaciones que debían fortalecerse lo hicieron y las que ya venían agotadas, empezaron a morir en los silencios prolongados. La escala de valores se reajustó para entender que lo que cuenta suele ser lo más ordinario, justo lo que acostumbramos a olvidar, lo que damos por hecho. Aplaudíamos a las ocho cada tarde como un ritual cargado de ánimo, recuperamos el sentido de comunidad y parecía que lográbamos empatizar con el sufrimiento ajeno. Dijeron que de esta saldríamos mejores…

Llegó junio con su desescalada exprés y las prisas por vivir, por retomar todo aquello que se interrumpió en marzo, atenuó las medidas de seguridad que hasta entonces habíamos mantenido con talante férreo. Salimos como toros de los toriles en cuanto nos abrieron la veda, y tristemente demostramos que eso de la responsabilidad ciudadana no es un bien tan común como sería deseable. El verano no fue el bálsamo esperado, aunque en las noticias se afanaban por hablar de turismo seguro para intentar salvar la economía, y muchos aprovecharon para disfrutar de las vacaciones mirando hacia otro lado.

Ahora el otoño nos devuelve el bofetón de la irresponsabilidad mantenida con creces. El sistema sanitario está al borde del colapso de nuevo y las cifras de contagios y fallecidos no dejan de aumentar cada día. Suenan campanas de confinamiento severo otra vez mientras vamos jugando al despiste con el toque de queda y algún cierre perimetral. Es desolador ver cómo se vacían las calles, cómo se bajan las persianas de la cultura, del comercio, de tantos negocios, cómo se duerme la vida… Qué bella palabra, por cierto.

Sin embargo, la vida no es solo reunirte con tus amigos en el bar de la esquina, o viajar en vacaciones, o perderse sin rumbo un fin de semana, o salir sin tener que mirar ni el reloj ni con quién cualquier madrugada. Que también, y lo echamos de menos, y cuesta acostumbrarse a la monotonía que impera y desespera. Mucho. Pero lo que rompe de verdad el alma no es la restricción a la movilidad y al hacer lo que nos dé la gana en todo momento, aunque algunos se tomen esta pérdida temporal de libertad como un castigo caprichoso. Lo que en realidad te rasga hasta las entrañas es la restricción a las emociones. Cuando un arrumaco es sinónimo de peligro, cuando un beso puede ser una trampa mortal, cuando estar con tu gente supone un riesgo para la salud… Surge el miedo, la incertidumbre, el deseo contenido, cierta culpa y una tremenda impotencia. Querer y no poder, no deber. El sacrificio de proteger y protegernos lidia con la necesidad humana de tenernos. Sabemos que es preferible así, que ahora es lo correcto, pero sentimos que así no se puede vivir, no tanto tiempo. Nos falta la vibra de los nuestros, esa que no llega a través de las pantallas a pesar de regalarnos las mejores sonrisas, esa que nace franca en la cercanía, en el contacto, en la mirada. El calor de verdad, el matiz de la voz al natural, el gesto cómplice, una caricia espontánea. Al fin y al cabo, la vida, el amor, lo que merece la pena, se teje suave entre besos y abrazos. Y esta pandemia es tan inmensamente cruel que nos los ha robado.