Cuando éramos felices

Dicen que hubo un tiempo en el que salir a la calle era sentirse libre. Que no hacía falta llevar guantes ni mascarillas ni guardar ninguna distancia de seguridad. Un tiempo en el que los horarios no se restringían, donde no se sabía lo que era un estado de alarma ni un toque de queda más allá de lo que los libros de texto narraban. Cuentan que en los supermercados nunca faltaba el abastecimiento, que en las farmacias te atendían sin mamparas, y que se podía acudir a comprar cualquier cosa sin el riesgo que significa ahora exponerse a los demás.

Dicen que en el transporte público la gente se apelotonaba sin reparos, que todos tocaban las mismas barras, que se hablaban a pocos centímetros, que se rozaban las pieles. ¿Te imaginas? Y que organizaban marchas para mostrar su disconformidad social y promover el cambio. ¡Se hacían manifestaciones!

Dicen, además, que había unas salas con olor a palomitas donde se proyectaban películas que podías ver en compañía de extraños, y que lo mismo pasaba con las obras de teatro. Y que los cantantes, de vez en cuando, se subían a unos escenarios para tocar en vivo al calor de su público. Aseguran que las aficiones vibraban viendo jugar a sus equipos en directo y que el ambiente que nacía con miles de corazones latiendo a la par es difícil de explicar. Comentan algo de unos locales repletos de jóvenes bailando hasta altas horas de la madrugada, bien pegados unos con otros sin conocerse de nada. Y que incluso algunos salían de allí con nuevas pasiones que con suerte sobrevivían al desayuno de la mañana siguiente. Sin pasar filtros ni utilizar máscaras, como auténticos inconscientes.

Dicen que antes podías abrazar a los tuyos sin temores, y que besarse no estaba prohibido. Que cuando un ser querido moría se le despedía dignamente, en familia, con honores, sin prisas. Que se podía llorar en los hombros de alguien más sin que ello comportara un grave peligro. Que el consuelo físico estaba bien visto y que era, de la misma manera, muy necesario.

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Dicen que estaban acostumbrados a pasear en pareja ¡y hasta cogidos de la mano! A sentarse en las terrazas al sol cuando llegaba la primavera, a compartir copas, risas y sueños. Y que lo disfrutaban muchísimo. Reconocen que a veces se venían arriba haciendo planes que luego no cumplían, y se arrepienten de no haber exprimido mejor cada momento. Aunque también hablan de viajes que hicieron más allá de sus fronteras, cuando para moverse por el mundo solo bastaba una mochila y un pasaporte en regla. Podían palpar con los cinco sentidos otras culturas, otras gastronomías, otros ritos, otros idiomas, a otras gentes… y enriquecían su alma sin pretenderlo.

Dicen que la enseñanza era presencial, que existían colegios y universidades donde el apoyo del grupo era de gran ayuda para seguir adelante. Que los niños jugaban en los parques, que hacían fila esperando su turno para volar en un columpio y que se empujaban divertidos en los toboganes. Y opinan acerca de unos lugares de atracciones que eran mucho mejores que los videojuegos, como unas ferias a lo grande. Que correteaban por las calles de los pueblos en verano y que invitaban a sus amigos a hacer fiestas de pijamas en sus casas, ¡menudo nombre! Pero en su memoria se antojan divertidas, incluso las guerras de almohadas entre hermanos, y las cosquillas, y las luchas, y las peleas y la manera en que se molestaban dándose pellizcos a escondidas. Porque en el contacto no pasaba nada.

Dicen que antes de esto los abuelos colmaban de besos a sus nietos, los consentían, los achuchaban, los protegían, y no se enfermaban por eso. Y que las familias se reunían alrededor de una mesa para celebrar, y reír, y debatir, y perdonar. Que cualquier excusa era buena para juntarse, para quererse, para sentirse cerca sin necesidad de apretar el botón de videollamada.

Asumen con tremenda nostalgia que estaban tan seguros de su férrea pertenencia, de la magia de lo establecido, de todo lo que siempre habían conocido, de la verdad, de lo tangible, de la rutina de las pequeñas cosas que los sujetaban a la realidad, de la amistad indiscutible, del contacto social, del amor sin condiciones, de un abrazo oportuno, de la inquebrantable libertad… Que sin percatarse habían dejado de valorar la vida en su sencillez incapaces de sospechar que llegaría un día en el que ya nada de eso existiría fuera de su recuerdo. Y cuando ese día llegó y la vida rugió viniéndose el mundo abajo, entendieron que en aquellos tiempos pasados la felicidad les había estado acariciando, sin darse cuenta, las manos.

Y fue entonces cuando lloraron.

 

 

¡Cuídate, cuídanos!

«Al menos hace sol». Esto es lo primero que pienso cuando me asomo a mi ventana esta mañana, más temprano de lo habitual en mí para ser domingo. «Hay mucho silencio, pero al menos hace sol».

Las calles se han vaciado de transeúntes, no se escucha el alboroto habitual de los niños, casi ni hay ruido de tráfico. Se podría decir que estamos en absoluta calma si no fuera porque lo que se respira aquí es de todo menos eso. Estamos confinados. Estamos en estado de alarma.

Hace un par de meses, cuando algo llamado coronavirus comenzó a azotar Wuhan con una inusitada gravedad y se fue extendiendo por otras regiones asiáticas, el resto del mundo lo miramos de lejos con ese aire de superioridad tan propio de quien no se siente amenazado. «El virus es cosa de los chinos que comen de todo y no tienen higiene». Casi casi se lo tenían merecido y, además, son tantos que… El drama humano no nos tocaba. Entonces el coronavirus aterrizó en Italia y ¡ay! Italia ya está más cerca. Relaciones comerciales, afectivas, turísticas… Veíamos a los italianos con más condescendencia: «pobre gente, aunque esto es porque no lo han gestionado bien, ya se sabe que no son muy buenos con las normas». Sí, más tópicos para justificar el avance de un virus que no entiende de razas, fronteras, edad ni clase social. Un virus que ya es pandemia.

«Pero ¿para qué tanta alarma? ¡Si es como una gripe!» nos repetíamos unos a otros hace apenas dos semanas, yo la primera. Estamos tan acostumbrados a que los medios magnifiquen a su antojo, a que las fake news circulen sin contraste, a que todo sea susceptible de ser dimensionado, que cuando pasa algo de verdad ya no nos conmociona. Nos da igual, hasta que, como siempre, empieza a ser demasiado tarde. Se toman medidas drásticas cuando los contagios son miles y los muertos cientos, y nos preguntamos entonces por qué no se tomaron antes. ¿De verdad hubiéramos estado dispuestos a acatarlas días atrás? No lo creo.

Cuando se cerraron las escuelas los niños se redirigieron a los parques. Se cerraron los parques. Cuando las grandes corporaciones instauraron el teletrabajo, las pymes seguían sin tomar medidas preocupadas por proteger antes su economía en el desconcierto de lo imprevisto que a sus empleados. Cuando nos instaban a protegernos, el transporte público seguía abarrotado y las segundas residencias abrieron sin temor sus puertas. Cuando los rumores de propagación se hacían más fuertes, los supermercados sufrieron avalanchas y desabastecimiento (el papel higiénico está viviendo su propio fenómeno). Cuando las informaciones veraces se diluían cada vez más entre los bulos, las farmacias se dedicaron a gestionar las consultas populares en primera instancia. La sociedad se empezaba a agitar, sin embargo, curiosamente, nadie se quedaba en casa. Bajamos el ritmo la última semana, sí, limitamos ese café a media tarde, puede. Dejamos en standby la visita a aquel cliente y pospusimos el cine con aquel amigo, por si acaso. Pero entrábamos y salíamos con libertad, porque podíamos hacerlo.

Hasta hoy.

Hoy la ley nos obliga a quedarnos en casa, con excepciones para hacer la compra (con mesura), acudir a una farmacia, al trabajo si es estrictamente necesario, para cuidar a las personas dependientes y vulnerables, o para pasear rápido a nuestras mascotas. Cualquier movimiento que hagamos debe estar justificado. No, no es ciencia ficción: estamos confinados. No es un capricho ni una recomendación, es una responsabilidad personal y para con la sociedad. Debemos protegernos no solo a nosotros mismos sino a los colectivos de riesgo. Los mayores están muertos de miedo y todavía no nos hemos dado cuenta de cuánto tenemos que cuidarlos, de cuán frágiles son ante el COVID-19. Estremece ese alivio que sentimos cuando en el recuento de los fallecidos la mayoría son personas de la tercera edad con patologías previas, pensando que nosotros como no entramos en ese grupo estamos salvados. Y que, si tenemos la mala suerte de contagiarnos, lo pasaremos y ya está. Pero todos tenemos padres, abuelos, familia en la que pensar y el miedo a la muerte existe, es humano. Y sí, ellos también lo sienten, no por haber vivido más años ya han hecho su campaña y están listos para irse al otro barrio, total, un viejo menos. Ellos merecen dejarnos cuando les llegue su momento y no agonizando en un hospital saturado que por falta de medios tendrá que decidir que sí, por desgracia, este es el momento. Sin despedidas, sin funerales, sin adioses. Porque ya está pasando en Italia, así que, si no te vas a cuidar por ti, hazlo por tu padre, por tu madre, por tus abuelos… Porque la vejez nos llega a todos, deberíamos tenerle mucho más respeto.

«Al menos hace sol». Sigo mirando por la ventana mientras escribo. Un padre ha bajado con sus dos hijos pequeños a la calle, sin alejarse de la puerta de casa, a que les dé el aire cinco minutos. Vuelven a entrar. Dos runners corren en pareja por el paseo, estos todavía no han entendido nada. Una chica paseando con su perro, un señor que viene de comprar el pan. Nadie más. Silencio. Ese silencio que lejos de aliviarte, te incomoda. El típico silencio que a mí me invita a pensar, mi vicio solitario. El que te reformula, te grita, te pregunta, te aconseja. El que te lanza de bruces contra la realidad. El silencio que te acuchilla el espíritu y te redefine los valores. Y pienso, sí. Pienso en mi gente y en lo importantes que son, todos ellos. Y en la impotencia de no poder vernos, de no poder tocarnos, de no poder estar. Es como si la prohibición te sublevara las emociones, como si de repente quisieras impregnarte de ellos un poquito más. Afloran los sentimientos de pertenencia a tu propio clan y la compañía cobra vital relevancia, no nos gusta estar solos ni incomunicados. Pienso en quien quiero tener a mi lado y en la falta que hacen ahora esos abrazos que no nos podemos dar. Pero que volverán. Porque esto que pensamos que nunca viviríamos también pasará. Y saldremos a la calle, y llenaremos los bares y restaurantes, las playas, las montañas. Y retomaremos la rutina, los colegios, las aficiones, los trabajos. Y los niños gritarán, y el tráfico se congestionará, y nos apelotonaremos en el Metro por las mañanas, y reiremos mirándonos de cerca a los ojos, y nos haremos fotos apretujados en la siguiente comida familiar, y nos acariciaremos la piel y el alma, y nos besaremos con furia en el reencuentro, y no nos soltaremos las manos en mucho tiempo, y nuestros mayores también lo contarán.

Nos esperan tiempos muy complicados.

Sé responsable, por ti, por todos.

Quédate en casa. Cuídate. Cuídanos.YOMEQUEDOENCASAP.D.: Gracias a todas las personas que componen los servicios sanitarios, a los empleados de supermercados y farmacias, servicios sociales y a toda esa gente que, por ayudarnos, no puede quedarse también en casa. ¡¡GRACIAS!!

Entre todos la mataron

Estoy, creo que como casi todos, consternada con la noticia del suicidio el pasado sábado de Verónica, la empleada de IVECO que se quitó la vida después de que circulara por la empresa un vídeo suyo de contenido sexual grabado hace cinco años. Y me pregunto cómo tuvo que ser la impotencia, el sufrimiento y la desesperación tan extrema que sintió la joven para que quitarse la vida fuera su única opción. Y me pregunto también qué grado de responsabilidad tienen las partes implicadas, desde el primer sinvergüenza que lanzó el vídeo hasta toda la sociedad en su conjunto, pasando por aquellos que por el camino le dieron a ese maldito clic sin pensar en las consecuencias que eso podría acarrear.

Porque no, nadie pensó en ella. Nadie. Verónica, de 32 años y madre de dos hijos pequeños, tampoco pudo pensar y lo que tiempo atrás probablemente fueron unos segundos de placer le ha costado ahora la vida. ¿Por qué? ¿Es justo criminalizar a la mujer por su sexualidad en pleno siglo XXI? Burlarse, jactarse, mancillarla. Una guarra, eso es lo que seguramente pensaron todos los que entre risas compartieron el vídeo y se acercaron a su departamento con el morbo en la mirada y un hay qué ver, qué calladita se lo tenía la zorra, qué cosas le gusta hacer. Y la siguiente pregunta es: ¿y si las imágenes hubieran sido de un hombre? ¿Existiría ese acoso? ¿Esa estigmatización? Probablemente la historia hubiera sido muy diferente y el protagonista de turno hasta se hubiera pavoneado de ello. Porque está bien visto. Porque es un hombre, un triunfador, un auténtico macho. Qué asco, y qué pena, que todavía seamos así de primitivos. Queremos creer que vamos hacia una sociedad avanzada, progre y feminista, pero en realidad somos una pandilla de etiquetas y prejuicios anclada en el pasado.

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Le echamos la culpa a las redes sociales, a internet, al WhatsApp, a la tecnología, de este tipo de situaciones sin darnos cuenta de que tras todo eso estamos nosotros. Nosotros y nuestro mal uso. Nosotros y nuestra curiosidad desmedida por lo ajeno. Nosotros y nuestras carencias. Nosotros y nuestros juicios de valor. Nosotros y nuestro deporte de élite: el criticar. Es muy fácil ahora compartir cualquier cosa y hacerla viral, lo tenemos todo tan al alcance de la mano que asusta. Y es por ello precisamente que se nos va de las manos. Lo que ha sufrido Verónica no es más que un tipo de acoso sexual que por desgracia ni siquiera está bien regulado: el acoso digital. Y de ello no tiene la culpa el WhatsApp (que sí, a veces también lo carga el diablo) sino el desgraciado que un día fue su amante y que por despecho, celos, ira, lo que sea, cinco años después se la tenía guardada. Probablemente porque ella no quería nada más con él: había rehecho su vida, era esposa, madre y feliz. Y él, que no lo podía soportar, buscó la manera de hacerle chantaje hasta no poder más. Qué ruin tiene que ser alguien para actuar así, pero qué común es cruzarse con gente que no asume un “no”, un “hasta aquí”.

Estamos muy pendientes de cómo los niños y los adolescentes se desenvuelven en internet puesto que son a priori más vulnerables a los peligros que puede entrañar el mal uso de las redes sociales, pero nos olvidamos muchas veces de nosotros, los adultos. No, no lo sabemos todo ni somos plenamente conscientes de la monstruosidad de este mundo digital que va atesorando un pasado imborrable en muchos casos. Y el pasado, ya se sabe, siempre vuelve. En este caso la sexualidad, como todo, también está cambiando hacia nuevas formas y conceptos gracias a la facilidad que los dispositivos electrónicos ofrecen para grabarse en pareja, o en soledad, o como a cada uno le dé la gana, si lo hace o si no. Y esto nos ha llevado a un nuevo tipo de juego que, si se usa desde el respeto y el consentimiento mutuo, puede abrir nuevos campos al placer y a la diversión en la pareja. Pero cuando lo que un día se hizo en un estado de complicidad se utiliza después como arma arrojadiza para algún tipo de venganza y nadie puede parar ni penalizar eso entonces estamos ante un grave problema. Y verónica lo estuvo. Y su marido. Y esos dos niños ahora huérfanos. Y toda su familia y amigos.

Ella no se suicidó. Ella huyó hacia adelante porque no supo hacia dónde huir en una sociedad hipócrita que lapida a una mujer por disfrutar de su sexualidad mientras ensalza al hombre por hacer exactamente lo mismo. Nosotras tenemos que sentirnos avergonzadas de nuestro cuerpo y ser pudorosas ante el placer. Que el sexo es cosa de hombres y de putas, no de mujeres decentes que se levantan a diario para ir a trabajar, que cuidan con devoción a sus hijos y son las mejores amigas, hijas y esposas. Todas ellas no disfrutan, no juegan, no se divierten, no prueban, no desean, no tocan ni se tocan, no gimen ni llegan al orgasmo, no toman la iniciativa, no provocan, no se apasionan. Cuánta doble vara de medir, cuánta impotencia, cuánta insensatez, cuánta falta de empatía, cuánta cobardía, cuánta crueldad.

Verónica es víctima de la herencia de una sociedad machista que aún tiene mucho que mejorar. Del despecho, de los celos, del rencor. De la no asimilación de un fracaso, de una ruptura, de un adiós. Es el claro ejemplo del dolor que puede causar algo que nos tomamos como banal. El problema no está en que alguien comparta este tipo de material erótico con quien así lo tenga consensuado, sino en la utilización que el destinatario haga de él en lo que ahora se denomina una “pornovenganza”, destruyendo no solo ese pacto inicial de respeto e intimidad que en un momento se dio, sino acabando incluso con su vida. Porque, como dice el refrán, entre todos la mataron y ella sola se murió.

 

 

Estás justo a tiempo

Reloj, no marques las horas, porque voy a enloquecer… Así cantaba el famoso bolero con aire nostálgico el paso de una noche que quisiera haber sido eterna. Así rogaba, entre la lágrima contenida y el dolor, que aquello, lo que fuera que le hacía sentir bien, no se terminara jamás. Que el tiempo se detuviera ahí, que por favor no avanzara. Pero si hay algo seguro en esta vida es que el tiempo, por mucho que nos empeñemos, pasa. A veces para bien, pues dicen que cura heridas. A veces para mal, cuando ese maldito reloj no nos da tregua y nos obliga a decir adiós antes de lo que nos gustaría.

Queremos creer que el tiempo nos esperará, que nos dejará hacer, que nos regalará una nueva oportunidad. Pero sabemos que no, que es tan fugaz como imprevisible y que sin darnos cuenta nos castiga por no saberlo aprovechar. Porque es cierto, a veces perdemos el tiempo. Esperando, buscando, analizando, preguntando, sopesando. Aterrados, paralizados, inmóviles. El tiempo nos asusta por su rapidez, su fugacidad y su desinterés. El tiempo está ahí para saberlo gestionar, para gozarlo, para disfrutarlo. Porque un día, sin más, ese tiempo se nos acaba. Se nos van los ratos con esas personas, las conversaciones que no tuvimos, las palabras que no supimos pronunciar, las promesas que no llegamos a cumplir, los sueños por los que íbamos a luchar. Todo eso que no hacemos se lo lleva consigo el tiempo. Y para eso no hay vuelta atrás.

Pero aunque es cierto que el tiempo no se detiene por nada ni por nadie, hay que entender que no todos tenemos los mismos tempos y que intentar que así fuera no sería justo en ningún caso. La trayectoria vital de cada persona es diferente y exigirnos metas según la edad que tenemos es un auténtico error. Ahora toca esto, después vendrá lo otro. Ya deberías haber hecho aquello, no deberías seguir haciendo lo demás. Y el peor de todos: yo a tu edad… Tú a mi edad ¿qué? Probablemente habías hecho mil cosas que a mí me faltan por hacer pero ¿cuántas de las que he hecho yo hiciste tú?

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La relación edad-temporalidad no siempre nos funciona como socialmente se espera que lo haga. No todos terminamos una licenciatura a los 22, encontramos nuestro trabajo ideal a los 25, nos independizamos a los 28, nos casamos a los 30 y tenemos el primer hijo a los 32. Supuesta estabilidad conseguida, objetivo cumplido. Y aunque hay personas que cumplen esa especie de regla establecida porque las circunstancias les son favorables para ello, otras lo hacen forzando la máquina como si se tratara de algún tipo de reto. Pero si hay que forzarlo, ¿no será que todavía no es nuestro momento?

Hay quienes tardan años en encontrar un trabajo que les resulte gratificante o lo suficientemente solvente, una pareja con la que construir un proyecto común o un lugar ideal para vivir. Algunos quieren alargar una juventud que saben que un día sí o sí se terminará explorando, viajando, conociendo. Otros prefieren dedicar esa misma juventud a compartir con sus hijos esa inagotable energía de los veintes. A veces las decisiones que tomamos nos llevan a alargar o acortar esos tiempos pero muchas otras veces el azar, las circunstancias, los momentos que no podemos controlar son los que nos guían por un camino u otro sin que la cuestión biológica deba ser algo que nos tenga que preocupar demasiado ni algo que debamos envidiar de los demás.

Nos han hecho creer que si a cierta edad no hemos llegado a lo más alto, ya sea personal o profesionalmente, es que ya no lo vamos a conseguir. Que si no nos ponemos en marcha pronto ya será demasiado tarde para poder hacerlo. Esa asociación inconsciente que hacemos entre éxito y juventud realmente no nos hace ningún bien. La vida es una carrera de fondo y muchas veces esa necesidad de alcanzar la mejor posición cuanto antes creyendo que de lo contrario ya no lo lograremos se convierte en una losa con la que cargamos conforme vamos cumpliendo años. Pero eso no tiene por qué ser así. Stieg Larsson publicó su primera novela a los 47 años y a los 50 murió de un infarto sin tiempo para poder saborear las mieles del éxito. José Saramago se consolidó como escritor a los 60 tras haber fracasado con varios escritos a los 25 y durante sus últimos años vivió por y para su auténtica y genial vocación, ganando un premio Nobel por el camino. Barack Obama terminó su carrera como presidente de los Estados Unidos a los 55 años y Winston Churchill llegó a Primer Ministro del Reino Unido a los 66. Pelé se consagró futbolísticamente a los 17 años y Bernarda Angulo, una mujer canaria que aprendió a nadar a los 47 años, superó una marca mundial de natación a los 95.

El tiempo pasa, sí, y tenemos que saber aprovecharlo siendo conscientes precisamente de que esto es aquí y ahora. Pero que el paso de los años no se convierta en un impedimento para creer que todavía se puede, para luchar por lo que nos motiva o para dejar de intentarlo por sentirnos “demasiado viejos” o “fuera de juego”. Conozco a gente de 30 años que piensa que ya no está para según qué trotes y a gente de 70 que hace planes de futuro con tremenda vitalidad. La biología no perdona pero la mente tiene el poder suficiente como para superar las barreras que nosotros mismos o la sociedad intenta imponernos. Cada uno corre su propia maratón, con sprints, con pausas, con recesos. Unos nos adelantarán y otros quedarán atrás, pero nuestro carril plagado de decisiones, circunstancias y casualidades es el único que nos tiene que importar. La vida se trata de vivirla así que no te agobies porque realmente no has llegado tarde ni tampoco demasiado temprano. Tú tienes tu propio ritmo: estás justo a tiempo.

 

 

La gente que me gusta

Me gusta la gente inesperada. Esa gente que hace las cosas porque sí, porque lo siente, porque le sale, porque te quiere. Personas que viven sin complejos, que ríen con ganas, que derrochan libertad. Me gusta esa gente que fluye como si fuera un relámpago o que te sacude el alma como si se tratara de un huracán. Esos que estallan sinceros, que viven sabiendo que esto un día se nos terminará.

Me gusta la gente que mira a los ojos cuando habla y que busca en los labios el camino si se pierde. Aquellos que te toman de la mano para infundirte seguridad o confianza, que te abrazan con el corazón lejos de darte una fría e hipócrita palmadita en la espalda. Gente que no le teme a la verdad, que no se oculta tras una máscara, que no disfraza con abalorios de grandeza su auténtica realidad.

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Me gusta la gente atrevida, curiosa, imprevisible. Personas espontáneas que no tienen miedo a idear, probar o conocer. Esos que están siempre a punto para un buen plan, que te siguen el juego y las locuras sin preguntar demasiado porque simplemente disfrutan estando a tu lado. Esos mismos que también son el aliento cuando eres tú quien ya no sabe cómo ni por dónde avanzar, los que no te permiten caer pero si lo haces se tumbarán junto a ti hasta que te vuelvas a levantar.

Me gusta la gente que no tiene horarios ni que va a las citas con el tiempo justo o predeterminado. Aquellos que no buscan en las agujas del reloj el toque de queda, los que no utilizan el móvil para escapar de una conversación, esos que no inventan excusas ni ponen pretextos alegando que no pueden cuando en realidad es que no quieren.

Me gusta la gente detallista y deslumbrante. Personas generosas que tienen la capacidad de sorprender con un simple detalle, de provocar sonrisas y de construir momentos bonitos y agradables fuera de lo que dicta el calendario. Esa gente que se acuerda de preguntar cómo estás o qué tal te fue porque les interesa de verdad. Me gusta la gente que calla, que valora el silencio, que no te atropella con su verborrea, que cede la palabra y que sabe, por encima de todo, escuchar.

Me gusta la gente respetuosa y consecuente. Esas personas que defienden una opinión sin menospreciar la de enfrente, que no tratan de cambiarte ni de convencerte. Esos que abren sus brazos y su mente a nuevos retos y experiencias, que dejan los prejuicios a un lado, que no viven de cara a la galería. Gente decente que no se retroalimenta del ego ni de la envidia, que huye de la pose y que detesta el qué dirán.

Me gusta la gente emocionalmente valiente. Esas personas que no le temen a los sentimientos, que no se incomodan ante una lágrima ni les asusta una declaración de intenciones. Esa gente apasionada a la que le hierve la sangre con la injusticia y que afronta de cara tanto lo bueno como la adversidad.

Me gusta la gente viajera, exploradora, entusiasta. Esos que no se detienen, que no temen, que indagan, que aprenden, que quieren. Me gusta muchísimo toda esa gente que te hace sentir parte fundamental de su vida sin importar tiempo, distancia ni edad. Esas personas que se convierten en tu otra familia sin tener que compartir necesariamente un hogar. Esos que te regalan un sitio, un motivo y una razón. Esa gente importante que se nos cruza en el camino para hacernos mejores personas. Ellos: los que son y los que están.

 

 

‘NO’ es ‘NO’

No vengo a erigirme como abogada ni jurista, tampoco como representante de nada porque ni tengo las herramientas, ni lo soy ni lo pretendo. No he leído la sentencia completa del caso de “La Manada” porque los pocos párrafos a los que he tenido acceso me han dado ganas de vomitar. Tampoco he estado al día en las declaraciones ni de los acusados ni de la víctima, y no puedo entrar a valorar con argumentos legislativos la diferencia que marca el Código Penal entre abuso y violación. Ni puedo ni quiero. Porque todo este asunto me repatea como mujer, me indigna, me entristece y me recuerda que en esta sociedad todavía queda mucho por hacer para erradicar del pensamiento colectivo el “no importa lo que hagamos, que aquí no pasa nada” cuando vemos que quienes están para protegernos con los mecanismos pertinentes no lo hacen. Así que si hoy voy a hablar de este tema es desde mi perspectiva vital como mujer, que eso sí puedo hacerlo con todas las de la ley.

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Las mujeres tenemos miedos, qué duda cabe. Qué mujer no se siente intranquila cuando viajando en transporte público de madrugada el vagón se va quedando vacío. Qué mujer no acelera sus pasos por la noche al escuchar un ruido o al pasar cerca de un grupo de hombres. Qué mujer no prepara sus llaves en el último tramo a casa para no entretenerse demasiado abriendo la puerta. Qué mujer no prefiere regresar acompañada en un taxi. Qué mujer se separa de su grupo de amigas sin que ellas le digan avísame cuando llegues a casa. Qué mujer no ha recibido ningún consejo paterno parecido a un ten cuidado o no vuelvas sola tan tarde. Y no es sólo por una cuestión de preocupación paterna, que también, es porque tenemos tan arraigado que a las mujeres nos pueden pasar “ciertas cosas” que lo damos por hecho. Y es así desde que tenemos uso de razón. Crecemos con la creencia de que ante el hombre nosotras somos vulnerables y ahora vemos que, encima, ni la justicia va a poder ayudarnos. 

Porque no es violación si no hay resistencia, al parecer. Te tienen que dejar magullada, sangrando, apaleada, además de penetrada, para que un tribunal considere que sí, pues es verdad, te han violado. Tienes que hundirte en la miseria de por vida para demostrar públicamente que estás traumatizada porque fuiste violada y si no, pues es que no fue para tanto. Que una madrugada en plenos sanfermines te acorralen cinco hombres mayores en edad y en corpulencia, que te metan en un portal oscuro y minúsculo, que te desabrochen los botones, te bajen la ropa, te dejen expuesta y te penetren bucal, vaginal y analmente los cinco en manada mientras lo graban con sus móviles y se jactan de su asquerosa “proeza” debe de ser de lo más placentero oye. Y que por mil motivos no opongas resistencia (pánico por parálisis o por pura supervivencia) te convierte en alguien que bueno, quizá también se lo buscaba, porque qué hacía una chica sola por ahí a esas horas con cinco desconocidos, ¿verdad? Y ahí está siempre oteando la sombra de la duda que pervive en una sociedad de pensamiento machista: nosotras nos lo buscamos con nuestras faldas cortas, con nuestros escotes, con nuestras ganas de divertirnos, de emborracharnos, de conocer gente, de pasarlo bien. Nosotras somos culpables por nuestras ganas de vivir. 

Afortunadamente la gran mayoría de los hombres está comenzando a tomar conciencia de los miedos que sentimos las mujeres y son muchos los que, como nosotras, se indignan y condenan sentencias débiles para hechos tan duros. Es realmente esperanzador y gratificante. Pero tenemos que seguir luchando, saliendo a la calle, gritando y manifestándonos para que los altos cargos, los mandatarios, los jueces, los que parten el bacalao, los que nos dirigen y representan se enteren bien de que nosotras, nuestras hermanas, madres, hijas, sobrinas, primas y amigas, no tenemos por qué vivir con el temor a que nos asalten, nos violen o nos hagan “cosas”. Y que si eso sucede, porque la cara mala de la vida existe y los monstruos también, al menos tengamos un sistema judicial lo suficientemente sano y justo, valga la redundancia, como para que eso mitigue algo el sufrimiento. Porque evidentemente nadie podrá quitarle a una mujer violada el dolor de lo padecido, ni el recuerdo ni el estigma. Pero al menos que a eso no se le sume también la burla de la justicia cuando todavía pueda actuar. Porque no olvidemos que muchas otras chicas no pueden tener un juicio contra su agresor porque su resistencia, esa que al parecer determina si es o no violación, es desgraciadamente su sentencia de muerte.

Maldita sea, ‘NO’ ES ‘NO’.