Melilla, camino vital

El agua me baña suavemente los tobillos, subiendo apacible por mis piernas. Está más fresca de lo que esperaba en este rincón del mundo. Mediterráneo africano, sí, pero hoy sopla poniente en la ciudad y se nota. Camino despacio, hay un buen tramo hasta llegar adonde no cubre, cerca ya de los límites que marcan las boyas. Me deleito en este paseo tranquilo de aguas cristalinas y arena fina acompañada por la brisa marina y algunos pececillos curiosos nadando alrededor. Acompañada de vida. Quizá de eso se trate este viaje. De un camino vital.

Me gusta pensar que quienes me precedieron se bañaron en este mismo mar, aunque las vistas hayan ido cambiando con el pasar de los años. Mis padres, mis abuelos… Quienes nacieron y quienes se forjaron en esta tierra para la gran mayoría extraña y desconocida. De esta tierra provengo y también de este mar que tantas jornadas felices les regaló a todos ellos. Conozco anécdotas, he visto miles de fotos, entretejo situaciones a partir de retales de información. Soy muy preguntona, es cierto. Me encanta saber de mi historia familiar y, aunque a veces algunos detalles se repiten, siempre surge algo inédito en cada conversación. Ojalá hubiera podido compartir tiempo con mis abuelos, ojalá no se hubieran ido tan pronto para mí. Quizá el haber estado privada de ese tesoro me hizo interesarme aún más por quienes sí estaban con su repertorio de vivencias y recuerdos, ejemplos vivos de un legado invaluable.

Aquí el sol pega más fuerte y este mar es hoy un bálsamo para el calor. Me siento tan a gusto… El retorno a la tierra, a la raíz, conlleva siempre cierto grado de misticismo. Es como un sentirse en casa, aunque no lo sea. Es abrigarse bajo la comodidad de lo conocido, sin conocerlo del todo. Es acudir a un refugio de serenidad, de comprensión y de pertenencia difícil de explicar. Es casi como un resurgir, una vuelta a la vida con el amparo de un pasado que no fue tuyo pero que te trajo hasta aquí. A ser, en cierta manera, como eres. A construir, otra vez, tu camino vital.

Cuando era niña y me preguntaban de dónde eran mis padres (el acento delata), mis amigas se sorprendían al decirles que de Melilla. Nadie a esa corta edad ubicaba geográficamente la ciudad y entonces yo, por aclarar, añadía «está al norte de África». Lejos de ayudar, confundía más al personal. «¿Por eso eres tan morena?», me respondieron alguna vez. Entonces me descolocaba yo, pues para mí todo lo que tenía que ver con Melilla era de lo más natural.

Crecí conociendo bien la historia de la ciudad, española desde que tal día como hoy, un 17 de septiembre de 1497, Don Pedro de Estopiñán llegó con sus hombres a un lugar entonces abandonado y semidestruido para incorporarlo a la Corona de Castilla bajo mandato de los Reyes Católicos. Breve inciso para recordar que ni Ceuta ni Melilla son colonias ni pertenecieron jamás a Marruecos (que estaba muy lejos de existir en el siglo XV), como tampoco son una simple valla problemática o un foco de inmigración ilegal. Eso, que no es más que el discurso político y mediático que cala en quien desconoce la idiosincrasia de este pedacito de tierra, dista mucho de la realidad de una ciudad vibrante, diversa en sus culturas y altamente cercana y acogedora. Pero no me quiero desviar de tema, que yo he venido aquí a disfrutar.

A empaparme de cada rincón, de cada calle, de cada edificio, de cada baluarte. De la belleza de sus fachadas modernistas, de esta luz brillante nacida en otro continente, del color ocre y cálido que envuelve, de los jardines y las fuentes, de las palmeras centenarias que son fisonomía de la ciudad. De la risa de la gente, de ese hablar alto y seguro. De las conversaciones que comienzan espontáneas. De la gastronomía heredada de hebreos, musulmanes, cristianos e hindúes. De los sabores, de los olores. De esa Melilla que yo califico como exótica y que es para mí tan especial.

Porque también he venido aquí a recordar.

A mi padre, por supuesto. Recuerdo cuando hace tantos años me llevó por primera vez con ilusión infantil por todos los lugares que fueron importantes para él: la casa donde nació (enfrente de la de mi madre, porque el destino ya estaba escrito para ellos dos); la casa del centro donde pasó su niñez y perdió demasiado pronto a su padre; el imponente colegio de La Salle; las calles donde jugó a fútbol horas y horas; el estadio Álvarez Claro, la plaza de toros, la Iglesia del Sagrado Corazón donde se casó, el cementerio que nunca dejó de visitar… Tantos rincones que hoy piso de nuevo tras su estela, con otros ojos y en otras circunstancias. Por desgracia, sin él.

Pero con su alma viva en la mía, bien aferrada.

Y también con mi madre, y mi hermana, y mis sobrinos, y mi tía, y mis primos y… Con la familia, en definitiva. Qué enorme privilegio compartir esta experiencia para seguir aprendiendo y rememorando mientras paseamos por la Avenida y sus calles colindantes, por el Parque Hernández, el barrio del Polígono, el del Mantelete, el del Real, Batería Jota, Melilla La Vieja, el paseo marítimo, las playas infinitas, las calas color turquesa…

Me dejo mecer por el rumor ligero de las olas y cierro los ojos. Siento como si un abrazo espiritual me protegiera desde lo más profundo de mi ser. Estoy en paz.

«El mar siempre me lleva a ti, papa. Y el mar de tu Melilla no me iba a fallar.»

Reyes de Europa

¡Hoy amanecemos como Reyes de Europa, papa!

Con la victoria de ayer contra Inglaterra nos convertimos en el país con más Eurocopas en la historia del fútbol. Somos la única Selección que se ha coronado ganando todos y cada uno de los partidos del torneo, pleno al siete. Ni siquiera nos permitimos un empate. Somos el equipo que mejor juego ha desplegado y el que ha plantado más y la mejor cara. Avanzábamos por el lado difícil del cuadro, pero eso no nos hizo temblar las piernas en ningún momento. Por el camino hemos dejado fuera a campeonas del mundo como Italia, Francia y Alemania, quitándonos de paso la maldición de la anfitriona, dos pájaros de un tiro.

Nos hemos quedado hipnotizados, sorprendidos y maravillados con el juego de un grupo muy joven del que la mayoría apenas sabíamos casi nada antes del torneo, de ahí quizá la eterna duda española y el pesimismo injustificado. ¡Pero vaya cómo los hemos conocido! No creo que a día de hoy quede alguien en el país (y puede que en el mundo entero) que no haya oído hablar de Nico Williams, Lamine Yamal, Oyarzabal, Mikel Merino, Dani Olmo, Cucurella o Rodri, por ejemplo. Todos ellos, los titulares, los suplentes y los que por el camino se lesionaron, son parte de la magia y del esfuerzo de esta Selección. Un gran trabajo en equipo que nos ha llevado partido a partido hacia una finalísima de manual contra los temidos ingleses, que ayer mostraron más temor de perder que afán por ganar. Ellos inventaron el fútbol, sí, pero nosotros lo hemos mejorado. Y con creces.

Para que te hagas una idea, papa, esta España recuerda mucho a la de aquellos días de gloria que siempre habíamos soñado sin éxito hasta que llegaron, ¡y de qué manera! Y es que, hasta esa Euro 2008 que cambió la historia (tres títulos seguidos, otra hazaña inédita), cuántas veces te había escuchado decir lo de que nunca ganaríamos un Mundial, cayendo siempre en cuartos, con la ilusión rota vuelta a empezar. Hasta conseguirlo: pudimos bordarnos en el pecho la tan ansiada estrella gracias a una generación de oro que nos lo dio todo. Después, como siempre ocurre, el descenso a los infiernos con un doloroso y anticipado adiós en la fase de grupos de Brasil 2014. Entonces pensamos que tendría que pasar mucho tiempo para volver a vernos ganar, sin embargo, la espera no ha sido tanta y, además, ha merecido la pena.

El año pasado conquistamos la Liga de Naciones, un torneo joven y menor (un invento, dirías tú), que seguramente nos sirvió para cimentar el triunfo de esta Eurocopa y de lo que esté por venir. Porque esta generación de chavales apenas comienza a rodar el balón, aunque parezcan veteranos. Tienen la frescura, las ganas, la pasión. Y, por supuesto, brillan con el talento de quienes ya nos dieron una estrella. ¿Y si pronto fueran dos?

Ayer te eché más de menos si cabe, papa. Este último mes intenso y apasionante me ha sumido en un crisol de emociones a veces difíciles de gestionar. He querido comentarte cada gol, cada remontada, cada jugada maestra. He querido compartir los nervios y las alegrías contigo, como estaba acostumbrada a hacer desde niña. Incluso esas lágrimas únicas que nacen tras las grandes gestas. Pero no estabas y la ausencia, por más que me resigne, no deja de doler. He sido yo quien ha llenado el vacío de la silla donde te ponías frente al televisor (porque la comodidad del sofá no era lugar para este tipo de eventos). Diferente manera de verlo esta vez. «Te pones igual que tu padre». Sí, porque tú me enseñaste a amar el fútbol y a mi país. Y de lo que se mama en la infancia, se es después.

Hoy España despierta con resaca de campeona, ¡y que siga la fiesta!

Hoy estarías, como yo, tremendamente feliz.

Las letras de mi vida

Cuentos para dormir. Supongo que ese es uno de mis primeros recuerdos de infancia, tan nítido que soy capaz de recrearlo como si lo estuviera viviendo ahora. Antes de ir a dormir, el ritual. Unas veces le tocaba a mi madre leerme alguno de los muchos cuentos que coleccionaba: clásicos como Cenicienta, El patito feo o El lobo y las siete cabritas. Aunque cuando de verdad me dejaba el alma compungida era con la historia de aquella «Pelusita» inventada, una niña que era arrastrada por el viento porque no quería comer. Pesaba tan poco que se iba lejos, bien lejos, volando hasta perderse. La moraleja, por supuesto, era que había que comérselo todo para estar fuerte y que así ningún huracán te pudiera llevar. Lo interioricé bien, sin duda.

Otras noches, sin embargo, mi padre me regalaba una nueva anécdota de su mejor invento: el cuento del Serafín, al que «se le quemaba el polvorín», y su séquito de personajes ilustres como «Josefina, la de las patas finas» o «Maroto, el de los pantalones rotos». ¡Qué imaginación la suya! Lejos de dormirme lo que conseguía era que me desternillara de risa con sus ocurrencias. Tanto, que a veces mi madre se asomaba a la habitación para recordarle que era tarde y había que bajarme las revoluciones, y así no lo iba a conseguir.

A veces pienso que aquellos cuentos que mis padres se tomaron el tiempo de transmitirme, pensados entonces para compartir un ratito juntos antes de dormir, en realidad me estaban ayudando a recrear escenarios, hilvanando historias, forjando lo que más tarde pude sentir como una vocación. Fueron, quizá, la semilla de la que germinó mi amor por las letras.

Más adelante, cuando aprendí a juntar palabras por mí misma, me pasaba horas leyendo cuentos hasta sabérmelos de memoria. ¡Cómo olvidar El ratón de campo y el ratón de ciudad! Luego llegaron los cómics, con Tintín a la cabeza desde que en mi séptimo cumpleaños me regalaron sus aventuras en el Congo. ¡Y sigo siendo «tintinófila» hasta la fecha! O qué decir de la extensa colección de libros infantiles que ofrecía Barco de Vapor, con las peripecias del entrañable Fray Perico, por ejemplo. También recuerdo con cariño títulos como La voz perdida de Alfreda, Aventuras con Tito Paco, Momo, o La extraña familia Mennym. Llegando a la adolescencia me aficioné a Agatha Christie y me empecé a interesar por los grandes clásicos más allá de las lecturas que venían marcadas por el colegio.

Si echo la vista atrás, los libros me han acompañado a lo largo de mi vida como una suerte de refugio, aunque muchas veces ni siquiera haya sido consciente de ello. Cuando era niña mi escena favorita de La Bella y la Bestia era el descubrimiento de la majestuosa biblioteca que albergaba el castillo, no el baile final en el salón ni la magia del último pétalo de rosa. Supongo que en realidad era una proyección de lo que deseaba, mejor libros que príncipes, ¡ahora lo entiendo todo! Y es que somos quienes somos desde la más tierna infancia…

Y yo no puedo ser si no me dejo llevar por las letras, leídas y escritas, con todo lo que ello implica. Que no es poco.

¡Feliz Día de Sant Jordi! ¡Feliz Día del Libro!

A ti, mujer

A ti, mujer, que apuras el final del día con los ojos cansados deseando tumbarte en el sofá, haciendo un esfuerzo por no dormirte frente al televisor, incapaz de ver terminar una película. A ti que lo das todo en tu puesto de trabajo, esforzándote al máximo por demostrar tu valía, sacrificando proyectos y exigiéndote de más.

A ti que utilizas las idas al supermercado para despejarte de un mal rato. Tú que organizas la casa antes de que pite la lavadora, economizando el tiempo que no tienes. Tú que batallas con los niños hasta perder la paciencia, sintiéndote culpable después. A ti que planificas desayunos, comidas y cenas, siempre al tanto de lo que queda en la nevera. Tú que lidias con los cuidados y las atenciones, de tus padres y de tus hijos. Tú que medias en el conflicto y que lloras a escondidas para que no te vean flaquear.

A ti que fuiste una niña buena de manual y hoy te sientes una mujer insegura y vulnerable. Tú que eres capaz de dar vida y sin embargo ese regalo te pesa como una losa, tanto si lo tienes como si no. A ti que te dijeron que no fueras con la falda tan corta por lo que pudiera pasar. Tú que descubriste el sexo bajo el velo del pudor, vergonzosa de tu placer. A ti que te contaron cuentos que sonaban a amor y luego te tildaron de ingenua por creer. A ti que no sabes reaccionar a los piropos porque te destruyeron la autoestima. Tú que te sientes perdida, sola e incomprendida a cualquier edad.

Eres una gran mujer.

Valiente, capaz, brillante. Pero, sobre todo, humana. Una mujer que necesita llorar cuando el cuerpo lo pide. Desahogar la rabia, la pena, el dolor. Y es lícito sentirlo. No somos mujeres perfectas, ni tenemos que serlo por mucho que nos lo exija la sociedad con tanta presión abrumadora sobre nuestra piel. Está bien sentir que no llegamos a todo, que no podemos más. A veces el castillo se derrumba alrededor y no hay nada que lo pueda evitar. Pues tranquila. Tómate un respiro, ve al cine o al teatro, aunque sea sola. Pasea sin rumbo ni prisa, busca refugio en la naturaleza. Comparte un café cómplice en buena compañía. Desconecta para reconectar. Fluye. Rodéate de tu red de confianza, vuelve a las raíces, donde tú te sientas inmune, donde puedas bajar la guardia. Donde nadie cuestione tus emociones ni se asuste con tu intensidad.

Nos educaron en la responsabilidad de estar y de dar, y puede que en nuestra genética nos venga incluso de serie. Pero que eso no haga que te olvides de ti. Priorízate. Valórate. No es egoísmo, al contrario. Quererse bien es indispensable para poder amar aún mejor. Cuida tu cuerpo, tu corazón y tu mente. Todo lo que tienes eres tú, legítimamente poliédrica en cada una de tus etapas. Disfruta del aprendizaje que te brinda el camino que construyes día a día. Vive la vida a tu manera con lo que eso conlleva. Y, por supuesto, que le den al qué dirán.

¡Adiós, 2023!

Si me pidieran que resumiera este año que termina en pocas palabras diría que para mí ha sido el año de la supervivencia emocional, en el sentido más amplio del concepto, con todo lo que conlleva. 2022 me arrojó a un abismo desconocido y tuve que dirigir toda mi energía a encontrar la manera de no hundirme en ese hoyo de desolación y tristeza que supone un duelo. No pude dar más de mí misma, lo que tenía debía invertirlo en mi propia salud mental si no quería verme atrapada para siempre en el llanto y la pena. Así que me propuse transitar el camino de las lágrimas muy consciente de él, sintiendo cada emoción como venía, dejándome llevar y mecer sin miedo a que me doliera. Hubo quienes no lo entendieron y decidieron dejarme sola. A la gente le gusta pasar rápido por las desgracias ajenas, no sea que se contagien. Otros, con su mejor intención, aconsejaron soluciones mágicas que en realidad nadie pidió y, por supuesto, no sirvieron. La experiencia me ha enseñado que cada persona tiene su proceso y llegados a este punto, con retrospectiva, creo que lo hice bien. Al menos lo suficientemente bien como para afrontar un 2023 mucho más sosegada, con el corazón lleno de remiendos, sí, pero un poco más curada.

Sin embargo, toda esa energía que tuve que utilizar el año anterior para sanar parece haberme ido abandonando a lo largo de los últimos meses. Es como si me hubiera vaciado por completo de tanto sentir, de tanto dar, de tanto estar, de tanto ayudar también. Nunca hasta ahora había sido tan consciente de lo cansado que es anteponer al resto, preocuparse de las necesidades ajenas antes que de las propias, vivir la vida al compás de los otros, mantenerse siempre a la espera, siempre disponible, sacrificando deseos, rumbos o planes… Y ¿para qué? Para nada. Confieso que llego al ocaso de 2023 emocionalmente agotada y me gustaría poder encontrar el botón de reset para empezar de nuevo el 1 de enero. Aunque a estas alturas de la vida me conformo con aprender a ser más libre en mis decisiones, a pensar más en mi propia felicidad y a saber decir que no sin culpa. No es tan fácil como parece.

Leído así quizá suena catastrófico, pero ¡eh! que tampoco ha estado tan mal… No me ha faltado la buena compañía que siempre tiene dispuesto un ¡vamos! a donde sea y sin pensarlo demasiado. Ni los cafés que se quedan fríos por culpa de tanta terapia. Tampoco me puedo quejar de los brindis que regalan complicidad en la mirada. Ni de las noches de confesiones hasta la madrugada. De las risas, los juegos, el silencio, la intimidad y todo eso que se parece mucho al amor que cuesta demasiado nombrar.

Este año, por supuesto, he seguido disfrutando de viajes que me han vaciado los bolsillos pero me han llenado el alma de sabiduría, ¡y eso no tiene precio! He buceado en un mar turquesa privilegiado y me he enamorado de un atardecer cualquiera a solas en la playa de mi infancia. Volví a Madrid tiempo después y le cumplí una ilusión a mi madre. Me permití seguir celebrando cualquier acontecimiento con la maravillosa familia que tengo. Mi primer sobrino cumplió la mayoría de edad y yo me sentí más viejuna por su culpa. Aunque en mi fuero interno sé que sigo siendo la tía joven y cool.

Después soplé mis velas cojeando por una tendinitis, ¡espero haber entrado con buen pie a pesar de ello! Luego más viajes, incluido uno frustrado en el último minuto, con la maleta cerrada y las expectativas al máximo, para recordarme que no siempre salen bien los planes. Cosas que la mantienen a una humilde… Y la invitación a una boda mexicana a la que no pude asistir pero que viví en la distancia llena de alegría por los recién casados. Ha habido reencuentros bonitos en este 2023 y otros no tan agradables, pero hay que ser estoicos, no se puede tener todo. El año también nos ha importunado con algún contratiempo de salud que afortunadamente ha quedado en eso (procedo a tocar madera). Por ello doy y daré siempre, sin duda, las GRACIAS.

Así que, llegados a este punto, a unas horas de engullir las uvas, quemar el muérdago viejo, ponerme las bragas rojas, subirme a los tacones, meter un anillo de oro en la copa de cava y cumplir con los rituales conocidos y por conocer, me despido de este 2023 bastante cansada, sí, pero con propósitos claros y firmes en muchos ámbitos de mi vida. Quiero pensar que este ha sido uno de esos años de transición entre la etapa más oscura y la que tiene que volver a verme brillar. Una se consuela como puede…

Gracias miles a quienes me seguís acompañando en este maravilloso camino llamado vida, a los que os habéis unido recientemente a la travesía del desierto y a los que ya no forman parte pero significaron algo una vez, sé que quedó lo mejor de vosotros en mí.

Arrivederci, 2023. ¡FELIZ 2024!

Cuéntame, toda una vida

Jueves, 13 de septiembre de 2001. Los atentados de las Torres Gemelas llevan acaparando la atención informativa dos días. El mundo entero está consternado con lo ocurrido, nunca antes se había vivido un ataque terrorista de tal magnitud. El gigante americano está tocado de muerte y la incertidumbre de lo que vendrá se palpa en cada conversación. Las teorías y las conspiraciones comienzan a entremezclarse con la información veraz. Son horas de gran agitación que requieren algo de sosiego y, por qué no, de una buena dosis de entretenimiento para descansar de la realidad. Así que ese jueves, después de dos días de noticiarios intensos, una familia opta por despejarse con la nueva serie que van a estrenar.

Esa familia fue la mía, pero también la tuya y la de tantos hogares españoles que decidieron echarle un ojo a una ficción que en 2001 apostó por trasladarnos a 1968. Cuéntame cómo pasó revolucionó desde el primer momento el panorama televisivo ante la curiosidad que generaba en quienes aún no habíamos nacido en ese entonces y la nostalgia de los que querían recordar viejos tiempos. Aquella noche de jueves los Alcántara se colaron por primera vez en nuestras casas como una familia más.

Y ayer, tras 22 años, la serie que se cimentó en la historia de España echó el cierre para pasar a formar parte justamente de esa misma historia en un círculo perfecto. Tras 23 temporadas cargadas de retos, emociones, controversia, altibajos y algún sinsentido perdonable, no sólo ha conseguido ser una muestra real (y necesaria) del trasfondo político y social de cada época que ha tratado con rigor y valentía, sino también un reflejo de la vida de esos personajes que con el tiempo dejaron de serlo para convertirse en personas reales, en la propia familia.

Porque Antonio Alcántara tiene muchas cosas de nuestro padre, como Merche las tiene de nuestra madre. Inés, Toni, Carlos o María podríamos ser nosotros, o nuestros hermanos. Y Herminia, por supuesto, encarnando la figura no sólo de una abuela al uso sino de toda una generación de mayores cuyo legado no pudo ser más importante: sus enseñanzas. Una familia normal y corriente, con sus luces y sus sombras, como todas, con la que poder sentirnos plenamente identificados. Ahí radica su gran éxito. No es nada fácil aguantar el tirón de estar en antena durante tantos años y es cierto que en algunas tramas flaqueó, pero esta última temporada ha servido para cerrar con broche de oro la historia de los Alcántara, que no deja de ser parte de la nuestra, dejándonos ahora el hueco de la ausencia y el mejor de los recuerdos.

El capítulo de ayer nos emocionó hasta las lágrimas y nos hizo reír a pesar de ellas, ayudándonos a descargar tensión en los momentos más desgarradores. Pero ¿acaso no es así la vida? Herminia lo tenía muy claro y con sus últimas palabras a Carlos quiso regalarnos a nosotros, como espectadores, una lección vital. El simbolismo de la escena bajo la encina que plantó su padre cuando nació, y donde ahora ella decide morir, es maravilloso. No sólo por la belleza del plano y la carga emocional que conlleva en la ficción, pues todos sabíamos lo que ocurriría después, sino por lo poético que es el regreso a las raíces y cómo todos, de alguna manera, andamos buscando siempre lo mismo. Esa red de seguridad que nos sostiene, que son los nuestros. Y ese árbol que bien podría ser el de la vida, con las hojas que caen y los brotes que nacen mecidos por el pasar de los años, sin tregua.

Los Alcántara no son inmunes a los problemas económicos, las herencias malditas, los reproches, los desaires, el egoísmo, los celos y las envidias. Son tan humanos como nosotros, con sus heridas abiertas, cargando el peso de las palabras que no dijeron cuando debían y el de las que mejor no hubieran pronunciado nunca. Viven con miedos, dudas, vértigo, incertidumbre, deseos, expectativas, fracasos. Cada uno de ellos lidia consigo mismo mientras busca su lugar en el mundo y trata de acoplarse al engranaje de las relaciones que quieren sostener. No es fácil hacerlo porque a menudo perdemos de vista lo más importante: tenernos, apoyarnos, respetarnos, querernos. Bien lo dice Carlos en la arenga a sus hermanos, en un intento desesperado por reconstruir una familia que se desmorona por mirarse demasiado el ombligo y no querer dar su brazo a torcer. Una familia rasgada que ha perdido el rumbo y que Merche ya no reconoce. ¿Qué nos ha pasado?

Y entonces Herminia, con su ausencia, vuelve a darnos otra lección a través de Carlos, que coge el testigo de su abuela, y apela ante su familia a aquellos mensajes de despedida que enviaron quienes sabían que se estrellarían contra las Torres Gemelas sin posibilidad de supervivencia. Nadie mandó un reproche antes de morir, nadie buscó una pelea ni se enzarzó en rencillas vanas. No había tiempo para eso, porque eso no es lo importante. La gente solo le dijo te quiero a los suyos y olvidó todo lo demás. Lástima que tengamos que vernos ante la pérdida para entender que el amor es lo único que nos salva, lo único que nos une, lo único que nos vamos a llevar. Amarnos es la única fuerza.