Melilla, camino vital

El agua me baña suavemente los tobillos, subiendo apacible por mis piernas. Está más fresca de lo que esperaba en este rincón del mundo. Mediterráneo africano, sí, pero hoy sopla poniente en la ciudad y se nota. Camino despacio, hay un buen tramo hasta llegar adonde no cubre, cerca ya de los límites que marcan las boyas. Me deleito en este paseo tranquilo de aguas cristalinas y arena fina acompañada por la brisa marina y algunos pececillos curiosos nadando alrededor. Acompañada de vida. Quizá de eso se trate este viaje. De un camino vital.

Me gusta pensar que quienes me precedieron se bañaron en este mismo mar, aunque las vistas hayan ido cambiando con el pasar de los años. Mis padres, mis abuelos… Quienes nacieron y quienes se forjaron en esta tierra para la gran mayoría extraña y desconocida. De esta tierra provengo y también de este mar que tantas jornadas felices les regaló a todos ellos. Conozco anécdotas, he visto miles de fotos, entretejo situaciones a partir de retales de información. Soy muy preguntona, es cierto. Me encanta saber de mi historia familiar y, aunque a veces algunos detalles se repiten, siempre surge algo inédito en cada conversación. Ojalá hubiera podido compartir tiempo con mis abuelos, ojalá no se hubieran ido tan pronto para mí. Quizá el haber estado privada de ese tesoro me hizo interesarme aún más por quienes sí estaban con su repertorio de vivencias y recuerdos, ejemplos vivos de un legado invaluable.

Aquí el sol pega más fuerte y este mar es hoy un bálsamo para el calor. Me siento tan a gusto… El retorno a la tierra, a la raíz, conlleva siempre cierto grado de misticismo. Es como un sentirse en casa, aunque no lo sea. Es abrigarse bajo la comodidad de lo conocido, sin conocerlo del todo. Es acudir a un refugio de serenidad, de comprensión y de pertenencia difícil de explicar. Es casi como un resurgir, una vuelta a la vida con el amparo de un pasado que no fue tuyo pero que te trajo hasta aquí. A ser, en cierta manera, como eres. A construir, otra vez, tu camino vital.

Cuando era niña y me preguntaban de dónde eran mis padres (el acento delata), mis amigas se sorprendían al decirles que de Melilla. Nadie a esa corta edad ubicaba geográficamente la ciudad y entonces yo, por aclarar, añadía «está al norte de África». Lejos de ayudar, confundía más al personal. «¿Por eso eres tan morena?», me respondieron alguna vez. Entonces me descolocaba yo, pues para mí todo lo que tenía que ver con Melilla era de lo más natural.

Crecí conociendo bien la historia de la ciudad, española desde que tal día como hoy, un 17 de septiembre de 1497, Don Pedro de Estopiñán llegó con sus hombres a un lugar entonces abandonado y semidestruido para incorporarlo a la Corona de Castilla bajo mandato de los Reyes Católicos. Breve inciso para recordar que ni Ceuta ni Melilla son colonias ni pertenecieron jamás a Marruecos (que estaba muy lejos de existir en el siglo XV), como tampoco son una simple valla problemática o un foco de inmigración ilegal. Eso, que no es más que el discurso político y mediático que cala en quien desconoce la idiosincrasia de este pedacito de tierra, dista mucho de la realidad de una ciudad vibrante, diversa en sus culturas y altamente cercana y acogedora. Pero no me quiero desviar de tema, que yo he venido aquí a disfrutar.

A empaparme de cada rincón, de cada calle, de cada edificio, de cada baluarte. De la belleza de sus fachadas modernistas, de esta luz brillante nacida en otro continente, del color ocre y cálido que envuelve, de los jardines y las fuentes, de las palmeras centenarias que son fisonomía de la ciudad. De la risa de la gente, de ese hablar alto y seguro. De las conversaciones que comienzan espontáneas. De la gastronomía heredada de hebreos, musulmanes, cristianos e hindúes. De los sabores, de los olores. De esa Melilla que yo califico como exótica y que es para mí tan especial.

Porque también he venido aquí a recordar.

A mi padre, por supuesto. Recuerdo cuando hace tantos años me llevó por primera vez con ilusión infantil por todos los lugares que fueron importantes para él: la casa donde nació (enfrente de la de mi madre, porque el destino ya estaba escrito para ellos dos); la casa del centro donde pasó su niñez y perdió demasiado pronto a su padre; el imponente colegio de La Salle; las calles donde jugó a fútbol horas y horas; el estadio Álvarez Claro, la plaza de toros, la Iglesia del Sagrado Corazón donde se casó, el cementerio que nunca dejó de visitar… Tantos rincones que hoy piso de nuevo tras su estela, con otros ojos y en otras circunstancias. Por desgracia, sin él.

Pero con su alma viva en la mía, bien aferrada.

Y también con mi madre, y mi hermana, y mis sobrinos, y mi tía, y mis primos y… Con la familia, en definitiva. Qué enorme privilegio compartir esta experiencia para seguir aprendiendo y rememorando mientras paseamos por la Avenida y sus calles colindantes, por el Parque Hernández, el barrio del Polígono, el del Mantelete, el del Real, Batería Jota, Melilla La Vieja, el paseo marítimo, las playas infinitas, las calas color turquesa…

Me dejo mecer por el rumor ligero de las olas y cierro los ojos. Siento como si un abrazo espiritual me protegiera desde lo más profundo de mi ser. Estoy en paz.

«El mar siempre me lleva a ti, papa. Y el mar de tu Melilla no me iba a fallar.»

Cuéntame, toda una vida

Jueves, 13 de septiembre de 2001. Los atentados de las Torres Gemelas llevan acaparando la atención informativa dos días. El mundo entero está consternado con lo ocurrido, nunca antes se había vivido un ataque terrorista de tal magnitud. El gigante americano está tocado de muerte y la incertidumbre de lo que vendrá se palpa en cada conversación. Las teorías y las conspiraciones comienzan a entremezclarse con la información veraz. Son horas de gran agitación que requieren algo de sosiego y, por qué no, de una buena dosis de entretenimiento para descansar de la realidad. Así que ese jueves, después de dos días de noticiarios intensos, una familia opta por despejarse con la nueva serie que van a estrenar.

Esa familia fue la mía, pero también la tuya y la de tantos hogares españoles que decidieron echarle un ojo a una ficción que en 2001 apostó por trasladarnos a 1968. Cuéntame cómo pasó revolucionó desde el primer momento el panorama televisivo ante la curiosidad que generaba en quienes aún no habíamos nacido en ese entonces y la nostalgia de los que querían recordar viejos tiempos. Aquella noche de jueves los Alcántara se colaron por primera vez en nuestras casas como una familia más.

Y ayer, tras 22 años, la serie que se cimentó en la historia de España echó el cierre para pasar a formar parte justamente de esa misma historia en un círculo perfecto. Tras 23 temporadas cargadas de retos, emociones, controversia, altibajos y algún sinsentido perdonable, no sólo ha conseguido ser una muestra real (y necesaria) del trasfondo político y social de cada época que ha tratado con rigor y valentía, sino también un reflejo de la vida de esos personajes que con el tiempo dejaron de serlo para convertirse en personas reales, en la propia familia.

Porque Antonio Alcántara tiene muchas cosas de nuestro padre, como Merche las tiene de nuestra madre. Inés, Toni, Carlos o María podríamos ser nosotros, o nuestros hermanos. Y Herminia, por supuesto, encarnando la figura no sólo de una abuela al uso sino de toda una generación de mayores cuyo legado no pudo ser más importante: sus enseñanzas. Una familia normal y corriente, con sus luces y sus sombras, como todas, con la que poder sentirnos plenamente identificados. Ahí radica su gran éxito. No es nada fácil aguantar el tirón de estar en antena durante tantos años y es cierto que en algunas tramas flaqueó, pero esta última temporada ha servido para cerrar con broche de oro la historia de los Alcántara, que no deja de ser parte de la nuestra, dejándonos ahora el hueco de la ausencia y el mejor de los recuerdos.

El capítulo de ayer nos emocionó hasta las lágrimas y nos hizo reír a pesar de ellas, ayudándonos a descargar tensión en los momentos más desgarradores. Pero ¿acaso no es así la vida? Herminia lo tenía muy claro y con sus últimas palabras a Carlos quiso regalarnos a nosotros, como espectadores, una lección vital. El simbolismo de la escena bajo la encina que plantó su padre cuando nació, y donde ahora ella decide morir, es maravilloso. No sólo por la belleza del plano y la carga emocional que conlleva en la ficción, pues todos sabíamos lo que ocurriría después, sino por lo poético que es el regreso a las raíces y cómo todos, de alguna manera, andamos buscando siempre lo mismo. Esa red de seguridad que nos sostiene, que son los nuestros. Y ese árbol que bien podría ser el de la vida, con las hojas que caen y los brotes que nacen mecidos por el pasar de los años, sin tregua.

Los Alcántara no son inmunes a los problemas económicos, las herencias malditas, los reproches, los desaires, el egoísmo, los celos y las envidias. Son tan humanos como nosotros, con sus heridas abiertas, cargando el peso de las palabras que no dijeron cuando debían y el de las que mejor no hubieran pronunciado nunca. Viven con miedos, dudas, vértigo, incertidumbre, deseos, expectativas, fracasos. Cada uno de ellos lidia consigo mismo mientras busca su lugar en el mundo y trata de acoplarse al engranaje de las relaciones que quieren sostener. No es fácil hacerlo porque a menudo perdemos de vista lo más importante: tenernos, apoyarnos, respetarnos, querernos. Bien lo dice Carlos en la arenga a sus hermanos, en un intento desesperado por reconstruir una familia que se desmorona por mirarse demasiado el ombligo y no querer dar su brazo a torcer. Una familia rasgada que ha perdido el rumbo y que Merche ya no reconoce. ¿Qué nos ha pasado?

Y entonces Herminia, con su ausencia, vuelve a darnos otra lección a través de Carlos, que coge el testigo de su abuela, y apela ante su familia a aquellos mensajes de despedida que enviaron quienes sabían que se estrellarían contra las Torres Gemelas sin posibilidad de supervivencia. Nadie mandó un reproche antes de morir, nadie buscó una pelea ni se enzarzó en rencillas vanas. No había tiempo para eso, porque eso no es lo importante. La gente solo le dijo te quiero a los suyos y olvidó todo lo demás. Lástima que tengamos que vernos ante la pérdida para entender que el amor es lo único que nos salva, lo único que nos une, lo único que nos vamos a llevar. Amarnos es la única fuerza.

El abuelo Lucas

Lucas era un cabrón. Pero un cabrón de los buenos, eso sí. Al menos es lo que decía su mujer, que lo amaba por encima de todas las cosas y de todas las ausencias.

Se dedicaba al comercio de mercancías, sin especificar de qué tipo. Podían ser frutas y verduras, carnes o pescados, conservas. También productos para la industria, como a él le gustaba llamarlos aunque fueran simples clavos y tornillos. Un poco de todo, incluso lo que se salía de los documentos oficiales. Él no tenía problemas con la ley, aseguraba. Siempre fue un conquistador a todos los niveles y un inconsciente con suerte.

Conoció a su esposa en uno de esos bailes que se celebraban en la época del cine mudo y el blanco y negro, cuando eran jóvenes y tenían toda una vida por delante. Al verla, tan coqueta y bronceada, tan distinta a las demás, supo que iba a ser suya.

—¿Baila usted, señorita?

Ella no pudo resistirse al uniforme de la Marina que lo engalanaba ni a los hoyuelos de sus mejillas, así que al poco ya estaban saliendo por la puerta del Sagrado Corazón con una alianza reluciente en el dedo anular y un aura de amor ingenuo en el rostro. Porque sí, Lucas era un cabrón, pero fiel devoto y señor.

Su servicio en la Marina terminó y en un intento por contentar a su mujer, a sus padres, a los vecinos y a cualquiera menos a sí mismo, aceptó abrir un colmado no lejos de su casa. Los hijos no tardaron en llegar para alegría de todos, aunque lo cierto es que conforme ellos llegaban, más atrincherado se sentía él entre el mostrador y la despensa. Fue entonces cuando se las ingenió para que un proveedor le permitiera pasarse al mundo del transporte marítimo.

Al principio la idea no le sentó del todo bien a su esposa, que debía encargarse ahora de la tienda, la casa y los niños. Luego comprendió que era la oportunidad de ganar más dinero y, como todo lo que Lucas proponía con esa sonrisa arrebatadora, lo acató. No supo entonces que aquello significaría un salvoconducto de libertad para él y una condena de incertidumbre para ella.

La primera vez que el barco regresó sin Lucas se temió lo peor. Habló con los compañeros, con el capitán, hasta con el naviero. Nada. Para ellos solo era una mujer más preguntando por un marido cabrón que vete tú a saber. No, su Lucas sería muchas cosas, pero no la iba a abandonar así, algo le tenía que haber ocurrido. Le lloró todas las noches al vacío de la almohada, enjugándose siempre las lágrimas antes del amanecer. A los niños, cuando preguntaban, les tejía historias de aventuras exóticas y correrías de héroes que bien sabía no eran ciertas, pero que los conformaban en la espera. Quizá también a ella.

—Morena, ¿qué hay hoy para comer?

Le dio un vuelco el corazón y se le cayó la olla al suelo. El gazpachuelo recién hecho se desparramó por la cocina provocando un estropicio. No le importó. Se refugió en sus brazos, en su olor, en sus besos. Se amaban, esa es la verdad. Los días siguientes fueron un bálsamo de felicidad, la mayor que recordaban. Hasta que Lucas volvió a partir y el tiempo se tornó denso.

De esta manera fueron alternando las idas repentinas y los regresos sin anunciar, las emociones exaltadas, las ganas locas de tenerse. Ella trataba de domar su intranquilidad evitando esos pensamientos mezquinos que solo desatan temores, celos, inseguridad y dolor. Él nunca contaba nada de sus largos viajes ni de todos los puertos que visitaba sin género para comerciar, y ella pronto se dio cuenta de que era mejor así. Algo en su fuero interno le gritaba que, en cualquier momento, al volver a casa del mercado, de la tienda o del colegio, inevitablemente él ya no estaría. No es que se acostumbrara a las ausencias, eso no, pero con los años aprendió a convivir con ellas. A veces se conformaba pensando que ese era el secreto de su amor: echarse de menos. Será que la memoria es traicionera y la nostalgia vuelve más verdes los campos.

Los hijos crecieron a la sombra de un padre díscolo que iba y venía, pero nunca le mostraron rencor por ello, eran otros tiempos. Lucas se definía como un buen tipo de espíritu libre. Sin embargo, ¿no era eso una forma de egoísmo por su parte? Su esposa lo resumía bien en una sola palabra cuando lo increpaba molesta, harta de silencios y misterios. Aunque en realidad sabía que un cabrón no podía acariciar con aquella ternura el cabello de sus hijos cuando estaban dormidos, ni se emocionaría con los boleros de Antonio Machín cuando se quedaba a solas escuchando la radio hasta altas horas de la madrugada.

Una tarde llegó malo. Un dolor profundo le azotaba el pecho al respirar. Sentía que le faltaba el aire. Los médicos le recomendaron reposo y buenos alimentos, pero no mejoró. A las pocas semanas empezó a toser sangre y supo que sus días se agotaban. Reunió a su familia para despedirse, por primera vez en su vida.

—No, cariño mío, no digas eso, te vas a poner bien, ya lo verás.

—Ay, mi morena…

Lucas sonrió con cansancio mientras su esposa le apretaba las manos conteniendo un sollozo y sus hijos observaban casi como espectadores el final de un padre del que en realidad conocían poco.

—Shhh, no digas nada, descansa… Cuándo te has despedido tú, ¿eh? —le reprochaba ella con ternura—. Tú nunca lo haces, no lo hagas ahora, por favor.

—Porque entonces sabía que siempre volvería a ti. A vosotros…

El sonido de la bocina de un barco a punto de abandonar el puerto se coló por las ventanas abiertas de la habitación justo cuando Lucas, aquel cabrón que vivió como quiso, exhaló su último aliento y zarpó con él.

Mientras dure la guerra

Mientras dure la guerra es una de esas películas que, tras verla, me ha impulsado a escribir sobre todo aquello que llevo días evitando hacer: sobre política. Pero es que el último largometraje de Amenábar no podría haberse estrenado en un momento no sé si mejor pero seguro que no más adecuado que el que estamos viviendo. La película, cuya trama gira en torno a la sublevación militar que dio inicio a la Guerra Civil en 1936, nos transporta magistralmente a una época que vista desde hoy no parece ni mucho menos lejana. Y qué triste suena eso, y qué vacío te deja en el alma. Ese vacío que se palpa en el silencio que inunda la sala cuando los créditos recorren la pantalla al final de la película. Esa inmovilidad que te invita a procesar todo lo que acabas de ver y que inevitablemente te recuerda demasiado a la actualidad. Qué miedo.

En 1936 España estaba sumida en una convulsión social gestada sigilosamente varios años atrás durante la dictadura de Miguel Primo de Rivera, consentida por el rey Alfonso XIII, y nacida finalmente durante la Segunda República, que poco tuvo de apaciguadora y sí mucho de caótica. Fueron demasiados años tremendamente difíciles que desembocaron en lo que ya todos conocemos. La película de Amenábar no viene a redescubrirnos nada, lo que pasó ahí está, para quien quiera verlo con la objetividad correspondiente, sin juego sucio ni partidismo. La historia es la que es. Otra cosa es lo que hacemos nosotros con ella, o de ella, a nuestro antojo. Y es aquí cuando un discurso demagógico, errado, sublevado, puede hacer, y hace, muchísimo daño. Y es por eso que un film que recrea unos hechos acontecidos hace 83 años no resulta distante ni desgraciadamente remoto.

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Me imagino que ésta no será una película del agradado de las corrientes de pensamiento más extremista, de aquellos que no ceden posiciones, de todos los que tiran de la cuerda sin importarles la tensión que ello genera y que ya estamos padeciendo. Pero considero que es una de ésas que todos deberíamos ver para darnos cuenta de que no: el encasillamiento, el empecinamiento, el «y tú más», la fuerza, el poder por el poder, las ansias de gobierno, el egoísmo social… Todo eso no conduce a nada bueno, al contrario. Los enfrentamientos se recrudecen, los puntos de vista se alejan hasta no verse, los reproches sangran heridas mal curadas y los discursos se radicalizan hasta la violencia. Arengas como el «a por ellos» o el «apreteu» que escuchamos últimamente con demasiada facilidad no son en absoluto justificables. Las proclamas victimistas de un lado, las autoritarias del otro, tampoco. La necedad que nos transmite la clase política actual no se aleja demasiado de aquella mediocre e inculta de los años treinta que nos llevó al desastre. Unos y otros deberían (deberíamos) hacer una profunda reflexión de lo que está sucediendo en la actualidad sin ignorar nuestra historia más reciente: solo así podremos evitar cometer los mismos errores. Porque a ver si nos vamos enterando de que esto no va de malos y buenos sino de ideas diferentes que deben ser atendidas, consideradas, analizadas, consensuadas y respetadas siempre dentro del marco de la ley, que para eso vivimos afortunadamente en una democracia. En 1936 la gente dejó de escucharse y de respetarse, que no nos pase lo mismo ahora.

El punto álgido de la película lo protagoniza Karra Errejalde (magnífica interpretación, por cierto) cuando, en la piel de Miguel de Unamuno, brama el mítico discurso pronunciado por el escritor vasco en el paraninfo de la Universidad de Salamanca, de la cual era entonces rector: «(…) venceréis pero no convenceréis, porque para convencer hay que persuadir». Y qué actuales suenan sus palabras en un momento en el que todos parecen querer imponer su voluntad, condenados siempre a no entendernos. Aquí ya nadie persuade porque todos pretenden vencer para su propio beneficio usando al pueblo como escudo y arma a partes iguales, mientras la sociedad se ahoga en un abismo de tremenda irresponsabilidad política. Qué vértigo da, y sobre todo qué pena, ver que no hemos cambiado nada… Seguimos batallando por las mismas proclamas sumidos en la misma guerra de siempre, ésa que no favorece a nadie más que a los poderes que viven de ella. Y mientras dure la guerra todos seguiremos perdiendo.

México es como el primer amor…

¿Qué tienes, México? Dime qué es lo que tienes para no dejarme nunca libre de ti. ¿De qué se trata? ¿Por qué? Durante un tiempo pensé que el amor romántico por un hijo de tu tierra me cegaba, que toda esta atracción no era más que el resultado de una necesidad y que cuando ésta pasara, tú también pasarías. Pero no es así. Y ahora me doy cuenta de que en realidad no era él, sino tú: el México caótico que desespera y el México sonriente que te alivia las penas.

Eres tú, México, el que me hace sentir como en casa sin serlo, el que me saca sonrisas y hasta me distorsiona el acento. Qué locura. Pero también qué pinche felicidad. Confieso que todavía, después de tantas veces en las que te he podido disfrutar, no he logrado alejarme de ti sin lágrimas en los ojos y un nudo de emociones alojado en mi garganta. Y qué le hago, carajo. Si cuando llego siento un estallido de energía y cuando me voy escucho resquebrajarse otro pedazo más de mi corazón (¡y ya van varios!). Cómo gestiono los sentimientos que me nacen en una tierra tan lejana a la mía y que pienso como propia. Sé que suena complicado y que probablemente pocos pueden entender que cierto cordón umbilical me una a un lugar que no me pertenece por derecho pero que siento con devoción. Pero es que en México aprendí a amar hasta la lluvia, que es mucho decir para mí.

México me deja en cada una de sus visitas un poco más de libertad, de coraje, de aventuras, de magia, de ilusiones, de cruda realidad… Tan imprescindibles para entender mejor la vida y a mí misma. México me regala dosis increíbles de buena vibra, aunque ahora las cosas no estén en su mejor momento y se respire cierto aire de temor y crispación (maldita política). México me enseña la calidez en las palabras, el agradecimiento, la generosidad. En México las relaciones personales están a otro nivel, aunque ellos piensen que ya están idiotizados también con las nuevas tecnologías y el postureo. Sí, como todos por desgracia, pero en México todavía se miran a los ojos por el gusto de verse y las puertas de las casas están siempre abiertas a quien quiera llegar. Y eso es algo que me encanta de este país: que no existe el protocolo ni en la familia ni en la amistad, que todos pueden llegar a ser amigos, que la gente más dispar se junta y se echa unas risas y unas cubas y unos tacos, o lo que haga falta. Que te acogen como a una más desde el minuto uno y que siempre disfrutarás de una buena plática con los amigos de años y con los recién llegados.

México es un país alegre, distinto, extraño, peculiar. Sus aficiones son las más entregadas, por surrealistas que parezcan. Y ésa es parte de su gracia también, de su encanto. Derrochan ingenio aunque a veces lo malgasten en puras pendejadas, como dicen ellos. Viven como si el mundo se fuera a terminar mañana, a veces con cierto grado de irresponsabilidad, pero eso les hace aferrarse más a la vida porque en realidad no tenemos tiempo que perder. Y ellos, que entienden bien la muerte, lo saben. En México son valientes hasta rozar lo inconsciente y ese tipo de locura establecida que generan con su forma de ser es quizá lo que más me atrae de ellos. La gente pasional y atrevida que es capaz de seguir a su corazón aunque a todos les parezca un error. Esa gente del vaso medio lleno, de las ocurrencias más inverosímiles y del optimismo inquieto. Me gusta México por lo que es, con todo lo bueno y todo lo malo que tiene, pero me atrapa por su gente.

Dicen que México es como el primer amor: que nunca se olvida. Y que el único riesgo que corres cuando lo conoces es el deseo de quedarte. Puedo afirmar por experiencia que ambas expresiones son ciertas. Y que hoy me doy cuenta de que México siempre será ese amor que queda aunque dejes de tenerlo. Le doy las gracias al destino que me cruzó contigo para abrirme los ojos a un nuevo mundo y a una mejor forma de querer. Porque, México, tú eres como ese primer amor para mí: especial e inolvidable, el que se queda grabado en el alma e impregnado por siempre en la piel.ilustracion-dibujo-mexico_1284-7330

‘Cuéntame cómo pasó’, una gran lección

Queridos señores de Cuéntame cómo pasó, ¿puedo enviarles la factura de los kleenex que llevo gastados desde el capítulo de ayer? ¡Qué hartón de llorar! La noche ya se preveía emocionante, es lo que tienen las despedidas, pero una que siempre se quiere hacer la fuerte pensó bah, si ya sabemos que hoy se despiden Carlos y Karina, podré con ello. Pero no, con lo que no pude fue con la emoción contenida, la trama tan bien hilvanada con el pasado, el homenaje natural a 19 grandes temporadas, la música tan acertada, los diálogos tan sencillamente profundos y las maravillosas lecciones que el capítulo de anoche nos regaló.

Debo decir que desde que Carlitos Alcántara se hizo adulto no he dejado de verme reflejada en él y supongo que lo de ayer fue la gota que colmó mi lagrimal. Un escritor perdido en busca de esa novela que lleva dentro pero que no encuentra el camino para salir, un hombre que ama tanto que se confunde con la ansiedad y el miedo, un hijo que se carga a la espalda responsabilidades que no le tocan, una persona que se exige tanto a sí misma hasta llegar a la frustración cuando las cosas no salen como esperaba, o como cree que los demás esperan de él. Ese Carlos que anoche huyó de todo me tocó profundamente en el alma y me hizo recordar las veces en que quise huir porque no veía la salida, encerrada en mi propia jaula pero clamando por experimentar mi camino en soledad lejos del nido También me golpeó la memoria recordando la vez en que el amor me impulsó definitivamente a hacer mis maletas tratando de encontrar algo cuando en realidad me estaba buscando a mí misma. Sí, puede que fuera aquél el resorte, pero en mi mar de fondo, como en el de Carlos, siempre hubo mucho más cuando también, como él, puse un océano de por medio. Por eso ayer las lágrimas caían por mis mejillas a borbotones. Y no solo por estar antes los últimos fotogramas de dos actores tan importantes para la serie y de una trama que ahora tendrá que readaptarse, sino sobre todo por la cercanía emocional que me abrumó hasta desencajarme.

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Estoy convencida de que a todos los que seguimos la serie desde hace 17 años ayer en mayor o menor medida se nos rasgó un poco más el corazón. El capítulo fue una obra de arte de veracidad, humanidad y ternura. Fue una mezcla de mil emociones tan bien llevadas que el cuerpo entre sollozos pedía más, no te termines nunca. Fue un estallido de crudeza y de cariño, de salvación en alta mar. Y fue sobre todo una lección de vida para no olvidar: la familia, tu familia, ésa siempre está. Ya sea lejos, cerca, con sus peleas, sus malas maneras, sus reproches, sus recelos, sus entrometimientos. Como sea. Los Alcántara a lo largo de los años se han convertido en el ejemplo perfecto, cada uno con su carácter, de lo que significa ser una familia y sobre todo, de lo que es el paso por este mundo, con sus luces y sus sombras.

Ayer lloré porque me vi reflejada en un espejo de realismo demasiado potente y también porque me recordé con catorce años sentada en el sofá de casa esperando ver el primer capítulo de una serie que vino a contextualizarnos la historia de España y ha terminado contándonos nuestras propias vidas. Porque, como dijo Benedetti, cuando uno llora lo hace también por todas esas veces en las que no lloró, y estoy segura de que ayer muchos lloramos por algo más que el adiós de Carlos Alcántara.