No existe el adiós.

Hacía calor aquella mañana pero ella sentía escalofríos. Tan pronto necesitaba de su abanico como se le ponía el vello de punta. La manicura resistía los envites de sus dientes como podía y sus pies taconeaban el suelo en un intento vano por calmarse. Demasiado tiempo sin verse reflejada en ojos ajenos, demasiado sin sentir el calor de aquel aliento de miel acidulada.

Y no es porque lo extrañara, en realidad había aprendido a callar las voces internas, a madurar los sentimientos, a dormir los deseos. No quiso recordar en la espera las heridas que ya ni siquiera dolían pero se apoderó de ella el desconcierto y la duda. Comenzó un baile inútil de «y sis» y los porqués se amontonaron en fila esperando su turno. Taconeando el suelo de mármol trataba de mantenerlo todo bajo control ensayando su mejor sonrisa y conteniendo las ganas hasta que sonó el timbre de ese acento que pronto la desbarataba.

Bastó un abrazo para entender que seguía siendo humana.

La mirada de obsidiana, aquella boca maldita, el tacto que la erizaba. El mismo hombre y la misma mujer, en apariencia. Pero ninguno de los dos estaba realmente seguro de quién era el de enfrente y con disimulo se fueron calibrando. ¿Serían los de siempre? ¿Debían serlo? Que no quiero cometer los mismos errores, pensaba él. Que a veces quisiera empezar de cero, soñaba ella.

Pero pronto se atropellaron las palabras con urgencia por explicarse los días ausentes. Se destensaron los músculos y afloraron sonrisas a la par que recuerdos. La nostalgia de los buenos momentos hizo su aparición, igual que las bromas y los pequeños detalles que la memoria en su capricho suele guardar aun sin darnos cuenta. Se sintieron relajados y empezaron a desenterrar aquel baúl repleto de tesoros y de algunos trapos sucios que nunca nadie lavó.

Trapos de promesas efímeras y huellas perdidas, mojados en lágrimas durante noches de tormenta, tejidos con dedos ávidos jugueteando a escondidas. Tesoros de alegrías tan vivas que aunque a veces tambaleantes siempre calaron mucho más hondo. Momentos que se fueron fundiendo en la pira que él encendió para espectáculo del resto. Humo que los fue asfixiando a la vista de todos aunque sólo ella tosía sacrificada ante el altar mayor de aquel ego desmesurado. Vuelta a prender de nuevo reviviendo en la oscuridad de aquellos abrazos secretos, renaciendo de sus propias cenizas.

Pero ahora se tomaban el pulso de otra manera. Eran más sinceros con las miradas y más certeros con las palabras. Varios años de felicidad intercalada daban para mucho más de lo que a ellos mismos les podía parecer. Y lo demostraban hablándose directamente a los ojos sin tapujos ni misterios. Porque a pesar de los nervios y de la confusión que siempre precedió a cada encuentro, ellos se sabían atraídos desde el más íntimo rincón de su ser. Quizá imperaba el deseo sobre el querer, o puede que no supieran cómo darse y recibirse, o que simplemente estuvieran condenados a encontrarse y reencontrarse por los caminos de la vida como gatos en celo, magullados y callejeros, para lamerse y aliviarse las heridas de cada riña. Curarse los vacíos y las inseguridades llenándose el uno del otro, hilvanando cicatrices sin llegar jamás a coserlas.

Y así lo hicieron una vez más hasta que ella volvió a taconear sobre aquel tablao de mármol y él se refugió en el mismo abrazo que siempre lo protegía. Qué sabe nadie del futuro y de la vida, si quizá esto es sólo la historia de aquel bolero, como no hay otro igual… Seguirían adelante como ya habían aprendido a hacer en todas las anteriores despedidas. Puede que ella soltara alguna lágrima de más aquellas primeras noches de soledad, como era costumbre, pero tenía la certeza de que ése era el precio a pagar por su felicidad, tomando el único riesgo que siempre valió la pena tomar.

Se encomendó a todos los santos de aquella Catedral y le pidió al destino algo de piedad. Recitó en silencio poemas inacabados y escribió agradecimientos y perdones en una humilde servilleta de papel. Nunca hubo algo tan lindo y sincero como aquellas palabras que el viento sopló. Escribió varios te quieros para aligerar el consuelo y se refugió en el conformismo de siempre, tan cruel como cobarde: «porque confío plenamente en la casualidad de haberte conocido…»

Pero nadie lo concluyó, y aquella tarde tampoco se dijeron adiós.

¿Destino?

Dicen que si dos personas están destinadas a estar juntas, terminarán encontrándose al final del camino. Dicen también que cuando te toca, ni aunque te quites; y cuando no te toca, ni aunque te pongas. Dicen que cuando deseamos algo fervientemente el universo conspira para que lo logremos.

Pero, ¿será verdad?

A veces me pregunto si todos tenemos un trazo marcado que vamos sorteando con nuestras propias decisiones según las oportunidades que vamos tomando o rechazando. A veces creo que ni siquiera existe tal trazo, que sería injusto pensar en una vida predeterminada desde el momento de nacer. Y otras creo verdaderamente que sí, que todos tenemos un destino y la clave está en que al no conocerlo no podemos actuar en relación a él ni jugar con ventaja alguna.

Tan sólo nos podemos limitar a vivir en la incertidumbre y a avanzar a través de decisiones, sumando errores y aciertos. Vivimos en constante aprendizaje un presente marcado por un pasado personal pero sin anclarnos a él, modificando las rutas sobre la marcha, creyéndonos libres. Pero esas rutas que escogemos, ¿por qué las escogemos? ¿Instinto, vocación, riesgo, seguridad, confort? O ¿destino?

Yo hoy decido salir con mis amigos o quedarme en casa según mis ganas. Decido aplicar a una oferta de trabajo u otra según mis aspiraciones. Decido viajar a un lugar u otro según mis intereses. Y todo eso no es azar, es certeza.

Pero qué hay de cuando querías quedarte en casa esa noche y en el último momento te convencieron para salir y conociste al amor de tu vida. Qué hay de cuando te dijeron «no» en aquel trabajo, y en otro, y en otro, y en otro… Y al final en la desesperanza la última llave fue la que abrió tu verdadero futuro laboral. Qué hay de cuando las experiencias acontecidas en ese viaje fueron tan fuertes que se reordenó tu escala de valores.

Y ¿qué hay de haber tomado la decisión contraria en cada momento? Si en vez de haber salido aquella noche te hubieras quedado en casa. Si en vez de haberte ido de aquel trabajo todavía estuvieras allí. Si nunca hubieras hecho aquel viaje y hubieras visitado otras culturas… ¿Qué?

No sé si es destino. No sé si lo que decidimos está de alguna forma programado. No sé si la vida nos va llevando por los puentes que tenemos que atravesar o si caminante no hay camino, se hace camino al andar.

No sé si las casualidades existen o no. Pero pienso que hay momentos y situaciones que sí pasan por una razón, aunque no seamos conscientes de cuál es esa razón. A veces el tiempo nos la dará, otras no. Pero lo que es seguro es que todo va dejando huella en nuestro trayecto y lo más importante, involuntariamente, nos lo condiciona. Aunque no queramos esperar a que el destino nos junte al final del camino porque lo bonito será que lo recorramos juntos. Aunque rechacemos la idea de que ahora no puede ser porque no nos toca, ¿y quién dice cuándo nos tocará? Aunque no confiemos en los astros, los horóscopos y la alineación de los planetas pensando que no son más que pamplinas para resignarnos.

Pero lo cierto es que aunque creamos en el libre albedrío y la causalidad, al final todos nos preguntamos alguna vez, en silencio o en secreto, si lo estamos haciendo bien, si el camino es el correcto y si todas estas vueltas que da la vida no son más que el laberinto que nos guía hacia nuestro auténtico y desconocido destino.

Tempus fugit.

O lo que es lo mismo: el tiempo vuela. Irremediablemente, sin que podamos darle pausa o rebobinar o acelerar pisando a fondo a nuestro antojo, sin tregua. Lo sabemos, el tiempo avanza como la vida y sigue avanzando sin ella. Nosotros sólo estamos aquí de paso.

Qué vértigo, ¿no? O qué alivio. O qué miedo. O qué gran oportunidad. O qué pena. Que todo llega y todo pasa, que esto es efímero pero certero, que es real aunque parezca un sueño,que no hay mal que cien años dure, que…

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Que el tiempo, sí, vuela. Aunque nos parezca que no avanzamos en ningún sentido, que nada cambia, que lo de hoy es lo de ayer y muy probablemente será lo de mañana. Pero no es cierto, todo es un constante cambio. En una décima de segundo te flechas de alguien, en un minuto pierdes el tren, en una hora llegas a París. En un parpadeo te saltas un semáforo y en un instante la vida gira o se rompe. Pero no lo pensamos porque estamos programados para creer en la eternidad de nuestra presencia a pesar de saber de la caducidad de la misma, qué curioso. Supongo que se trata de un mecanismo de defensa ante la idea de que todos vamos a morir, o de un mecanismo de resorte ante precisamente esa misma idea. Como aquello de ver el vaso medio lleno o medio vacío todo depende del cristal con el que se mire.

Por ejemplo un año. Un año con sus 365 días y sus 365 noches, ahí es nada. Un año que a futuro se nos presenta como un tiempo considerable y holgado para llevar a cabo todos nuestros planes pero a pasado se convierte en otra pequeña muesca vital, nada más. O nada menos, porque depende de cómo haya sido un año puede representar al final una vida entera.

Dicen que los momentos malos se nos hacen muy largos y los buenos muy cortos. En parte es verdad. No es lo mismo las tres horas de tu película preferida que esa cosa tan tediosa que estás viendo un domingo por la tarde sin saber muy bien por qué. Ni es lo mismo la semana de exámenes que la de vacaciones. Ni los nueve meses de ilusión por verle la carita que esa maldita noche de llantos en vela que parece no tener fin. Y no es lo mismo la letanía de 116 minutos sin gol que la fugacidad de tres días consecutivos sin dormir celebrando aquel maravilloso Mundial. Todo eso es cierto, los momentos pasan más o menos rápido según la calidad de los mismos, pero eso son sólo los momentos. Porque en líneas generales esto a lo que llamamos vida corre a una velocidad de miedo y lo que sucedió hace ya más de 10 años se resume en un sorprendido y temeroso «¡pero si parece que fue ayer!»

Es precisamente al echar la vista atrás cuando nos damos cuenta de este tempus fugit que impera y desespera. Entonces llega alguien y te pregunta si este tiempo se te ha pasado rápido y contestas que sí, claro… Pero sabes muy bien que esa no debería ser la cuestión. La pregunta que nadie hace y que realmente descubre la única respuesta importante para valorar el propio tempo de nuestra vida es si, además de rápido, ha pasado feliz.

Trufi.

Si nunca has tenido perro (gato, o animal doméstico) por el que hayas sentido un amor incondicional no sigas leyendo esta entrada, probablemente no entiendas nada. De lo contrario, te invito a que compartas estos recuerdos conmigo.

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A mi perro, mi fiel amigo:

Hoy hace un año que no estás, aunque yo dejé de tenerte hace dos, cuando decidí cruzar el charco en busca de aventuras y sueños. Supongo que por eso empecé a guardarte cierto luto mucho antes de que te fueras de verdad. El día que crucé las puertas de casa para irme con mis tres maletas no me acompañaste ni me quisiste mirar. Pero yo te busqué para estrujarte contra mí y en una décima de segundo pensé que aquella podía ser la última vez. A lo mejor tú también lo sabías y preferiste no mirarme para no sufrir mi adiós. O quizá fue simplemente mi imaginación y lo que en realidad tenías eran ganas de seguir durmiendo aquella mañana entre cojines.

El caso es que me fui y nunca más te pude volver a estrujar contra mí. Te eché de menos en la distancia y siempre pedía verte por Skype, y aunque tu incipiente sordera ya no te permitía escuchar mi voz yo te hablaba como de costumbre. Me mirabas y a veces girabas la cara, o te ibas por el pasillo mientras mi madre te perseguía con la cámara… Pero tú aplicabas el «ojos que no ven, corazón que no siente» para sobrevivir. Siempre fuiste más listo que yo.

En ese tiempo alejada de ti trataba de verte reflejado en los otros perros que entonces compartían la vida conmigo, pero nunca era lo mismo. ¿Cómo podía serlo? ¿Cuántos años hemos pasado juntos? ¿Cuántas aventuras, anécdotas y alegrías me has dado? ¿Cuánto has sabido de mí observándome en silencio? ¿Qué pensabas tú? ¿Qué piensa un perro?

Llegaste a casa una fría noche de finales de enero envuelto en una bufanda en brazos de mi hermano. Tenías 26 días, tropezabas al andar y no te habían salido los dientes. Mi madre te confundió con un Cocker y mi padre sin dejar de ver el partido de fútbol que televisaban preguntó que cuándo había que devolverte. Pero pronto aquella bolita negra y diminuta que tomaba biberón se hizo un hueco en el corazón de todos, incluido el de mi padre que nunca había querido perros en casa ni atendió jamás mis ruegos por tener uno.

Yo tenía 13 años y seguía manteniendo mi infantilismo cuando jugaba contigo. Tú me seguías a todas partes, cuando hacía deberes, cuando veía la TV, cuando iba al baño, cuando comía… ¡Hasta cuando ensayaba flauta cantabas conmigo! Eras nuestro pequeño satélite, siempre detrás de todos, siempre alerta a los movimientos, siempre esperando al que faltaba, siempre brincando, siempre feliz de vernos llegar.

Robabas calcetines de la lavadora y corrías por toda la casa como un conejillo. Ibas de veraneo a la playa y perseguías a los niños que gritaban. Te metías entre las rocas como un valiente hasta que un día te hundiste en un charco y nunca más te volviste a acercar. Te escapabas para perseguir novias de raza blanca como lo era tu gran amor imposible, ¡por la que babeabas y todo! Viajaste en avión, barco, tren… Siempre viniste con nosotros a todas partes, tú eras uno más de la familia.

Tenías tu carácter, claro. Ladrabas cuando llegaba alguien extraño a casa y sentías la necesidad de proteger hasta lo que nadie te pedía que protegieras. Te llevaste más de un grito de regaño porque eras muy cabezota y aprendías lo que te daba la gana. Te encantaba salir a la calle, no tenías más que sacudirte y dirigirte a la puerta. Conocías los horarios de todos y esperabas a mi padre en la entrada justo cuando el árbitro del Camp Nou pitaba el final del partido. No te gustaban los petardos y en las noches de tormenta te refugiabas detrás del bidé del baño, o debajo de mi cama. Dormías con la cabeza en una almohada o en un cojín o en cualquier otra elevación que te produjera comodidad. En invierno te enroscabas cerca de los radiadores o entre las mantas; en verano te ponías delante del aire acondicionado todo desparramado y con las patas por alto. Te gustaba escuchar música tranquila y te adormilabas, pero huías cuando sonaba El Mago de Oz allá por mi adolescencia. Creo que a veces te escuché gruñir mientras te alejabas de esos «ruidos infernales»…

Cuando nació Alex sentiste miedo y curiosidad al mismo tiempo, y nos divertía ver cómo te acercabas sigiloso a la cuna para ver qué era aquel pequeño humano que de repente también estaba en tu vida, y te alejabas asustado cada vez que el bebé movía un bracito o gimoteaba. Cuando empezó a gatear continuabas observándolo y lo perseguías por la casa, ahora estabais a la misma altura. Pero cuando ya se puso a caminar creo que entendiste que sí, era un humano de dos piernas como todos los que ya conocías, aunque más bajito. Luego llegaron otros siete bebés pero tú ya supiste de qué se trataba y pasaste de la curiosidad al ‘quiero jugar pero no quiero que me tiren de las orejas o del pelo’.

Y así fue pasando tu vida, y la de todos. Una vida del día a día, con tu rutina inalterable, tus paseos, tus descansos, tus vivencias, tus travesuras, nuestras alegrías. Y un día, ya con 14 años, empezaste a dejar de comer. Nunca fuiste tragón, al contrario, había que recordarte que tu plato de pienso llevaba horas y horas lleno, pero aquel día no quisiste comer ni siquiera jamón ibérico, tu pequeño gran placer. Así comenzó tu declive, la desgana, el cansancio. Imagino que eso era la vejez. Siempre gozaste de buena salud y quizá por eso no tuvimos tiempo de asimilar que ahora sí, tu vida empezaba a apagarse.

Debo decir que no sufriste dolores de ningún tipo y que sepamos no tenías ninguna enfermedad, simplemente era tu momento. Te fuiste un jueves, como llegaste también un jueves. Aquella mañana mi madre te bañó y te llevó en brazos al parque, tú ya apenas te mantenías en pie para poder pasear. Te dio la brisa de la primavera que tanto te gustaba y después de comer te fuiste a tumbar a tu lugar preferido de la casa: la alfombra del salón desde donde te sentabas a ver pasar a otros perros mientras el sol te calentaba. Casi como un ritual, eso hiciste también tu último día. Y así te despediste de mis padres que estuvieron en todo momento a tu lado, mientras yo a miles de kilómetros de ti no sabía que te morías. Lo supe días después y aquella noche te lloré hasta quedarme dormida. Lloré en la distancia, en la impotencia, en la rabia, en el desconsuelo, en la tristeza. Lloré por todo un año sin ti y sobre todo lloré al tomar conciencia de que ahora ya no era la distancia lo que nos separaba sino la muerte, y que con ello ya nunca más sentiría las cosquillas de tus pelillos rozándome ni tus lametones en mis manos. Pero tras varios días ahogada algo me dijo que tú te habías ido así para no hacerme sufrir. Me evitaste ver tu declive y no guardo en la memoria la decadencia del final, al contrario, en mi memoria tú siempre serás aquel perro feliz, mimado, cuidado y amado de la forma más sincera que se puede amar.

A ti, mi Trufito, que fuiste el mejor y más inesperado regalo de mi vida, donde estés y para siempre, nunca te olvidaré.