Descoser un amor

Con el lánguido pesar de quien todo lo dio, con el corazón revuelto de olvido y la conciencia dormida ya en calma, se enredan como madejas entre mis manos los recuerdos, tirando de sí a ratos, queriendo ser más de lo que fueron.

Acaricio el tapiz inacabado de la historia que tejimos poco a poco, sin darnos cuenta apenas, viviendo el momento entre los ojales del deseo y del misterio, intentando quizá perdernos en los perfiles de una costura mal dada, o tal vez cosernos ingenuos y eternos. 

Los flecos de nuestra pasión velada se airean ahora temerarios tras cada zurcido de excusas, mentiras, secretos. Las decepciones se mecen en el desánimo y sobrevuela tímidamente el tul de la tristeza. Se ovilla el estómago en esa especie de agotamiento que impide volverlo a intentar, y las palabras no pronunciadas se clavan como alfileres en los dedos.

Ya no basta con enhebrar nuestros cuerpos bajo las sábanas para remendarnos, ni bordar de ilusiones las promesas que no cumpliremos. Sin embargo, te confieso, extraño el tacto algodonado de tu piel y el terciopelo de tus besos en mis labios. Me enredo una y otra vez en este encaje de bolillos que es tu vida y la mía. Pero, ¿es eso lo que quiero?

De nuevo este extraño silencio.

Hilvano a tientas emociones desgarradas junto con esperanzas tan efímeras que mueren en su propia espera. Y ni siquiera tengo ahora palabras de despedida. Nunca imaginé que esta sería la silueta del adiós cuando la indiferencia se adueña del alma y puntada a puntada nos va descosiendo el amor. 

Gaviotas

Le lanzo preguntas al viento que ondea tus rizos, como si ellos, con sus cosquillas, pudieran decirme la verdad. Y pienso en escribirte algunos versos en la arena, antes de que las olas me borren los recuerdos, y las letras.

Quisiera decirte que este es tu puerto, que yo soy tu hogar, aunque ahora ni siquiera sé si volverás. Mi espíritu migrante en un mundo sin fronteras se revela como una gaviota libre buscando su lugar, pero se queda siempre varado en la ribera de tu amor, cuando tú bebes de mi mar.

Como aves de paso perdidas, hemos volado antes que el nuestro otros cielos, algunos equivocados quizá. Buscando quién sabe qué emociones, qué delirios, qué placeres… Buscándonos el uno al otro, en realidad.

Cuántas veces, entre idas y venidas, con la marea siempre alta, nos hemos surcado el alma y la piel. Cuántas noches, como aves dormidas, nos hemos acompasado por inercia los latidos, sabiendo yo que mi refugio son tus alas, siendo ellas tu ansiada libertad.

seagull-927196_960_720

Busco en este atardecer de cálido bronce las respuestas que no me das, y batallo con los gélidos silencios igual que el iceberg aguanta los embistes del océano. Un barco velero traza siluetas difusas en el horizonte, y entonces cierro los ojos y me dejo llevar…

A ti y a tu risa, que resuena como un mágico eco. A ti y a tus lunares, que forman dibujos etéreos. A ti y a tus caricias, que son el bálsamo para mis miedos.

Quédate a mi lado, susurro, o llévame contigo, pero no me dejes más.

Un grupo de gaviotas blancas revolotea a mi alrededor. Se mueven agitadas, como intuyendo un adiós. La sal en mis labios me arde hiriente la ausencia de tus besos, ahora resecos. Con los ojos ciegos veo partir este amor diluido entre la bruma y el salitre, dejando atrás nuestra orilla…

Quisiera correr para detenerlo, quisiera poder comprenderlo.

Pero no puedo moverme, y el barco velero ya no está.

 

Aquella chica (2)

Y me convertí en aquella chica, ¿te acuerdas? Aquella que dijo que un día dejaría de estar, aun estando siempre. Aquella que prometió felicitarte todos y cada uno de tus cumpleaños pasara lo que pasara. Aquella que, aunque se perdiera tanto, nunca lo haría lo suficiente. Aquella que pensaste que jamás sería: más recuerdo que verdad. Pero ya lo ves, esa chica soy ahora. La que ha quedado relegada a la memoria de una época bonita, complicada, divertida, extrema. Pero la misma que de repente se cuela en las conversaciones ajenas mientras te tomas una cerveza tranquilamente y sin querer te roba una tímida sonrisa, aunque claro, eso nunca lo admitirás.

15225089366_548a0e9548_bYo era la chica que quiso serlo todo sintiéndose poco más que un castillo en el aire, y ahora soy justamente el huracán que arrasó demasiado consigo. Pero fuiste tú quien sopló con fuerza hasta que alguien más nos abrió las ventanas de par en par y no me quedó otra opción que echar a volar. Herida, perdida, desorientada… Pero, al fin y al cabo, libre. De ti y de todos los vaivenes emocionales, las dudas, los reproches, los egos dispares. Lejos de la oscuridad que a veces nos cegaba, del andar a tientas por si algo no encajaba, de la cobardía que sobrevolaba estrepitosamente nuestras almas. Me fui y en aquel mismo instante me convertí en aquella chica que te dije que llegaría a ser si la vida nos alejaba.

Alguien capaz de seguir manteniendo el buen sabor de boca de tus besos, aunque otros labios vinieran después. Una chica que no guarda rencor, sino que atesora aprendizaje. Una loca que de vez en cuando rescata las fotos del baúl y ríe rememorando tantas anécdotas juntos, tantos momentos, tantas pasiones. La chica que ya no pierde el tiempo sumida en lágrimas, en quejas, en reproches. Que ya no busca respuestas porque dejó de hacerse preguntas. Ahora soy la chica a la que ya no le importa nada más que lo que ella pueda llegar a importar. Tan sencillo como no suspirar por quien no suspira por ti, tan egoísta como dejar de ser. Lección aprendida.

Ahora soy esa chica en la que tú me has convertido, la única que quieres que sea.

Probablemente, la que me toca ser.

 

Tengo un amor guardado en el alma

Tengo guardado aquí en un rinconcito de mi corazón todo el amor que una vez te tuve. No, no creas que lo tiré a la basura, no hay contenedor especial para el querer ni tampoco manera de reciclar. Lo que una vez se amó de verdad siempre se queda. Puede que al principio duela ver el final de lo que pretendimos hacer eterno. Es cierto que en algún momento rompí ese amor, le prendí fuego, lo hice trizas. Lo magullé, como él a mí, lo asfixié, lo quise callar, lo maldije. Maldita sea, cómo lo maltraté. Hasta que me di cuenta de que esa no era la manera de seguir adelante. No así, no con un amor tan roto.

Entonces decidí recomponerlo, y con él, a mí misma. Incluso a ti. Rescaté los jirones que quedaban prendidos en mi alma y los cosí con el recuerdo de los buenos momentos que pasamos juntos. Escuché de nuevo el eco de tu risa hasta que a mí también me dio por reír. Aprendí a aceptar todo aquello que antes había despreciado por despecho, por celos, por miedo. Me reforcé gracias a tus idas y venidas y comprendí que un amor de vaivenes y claroscuros ya no era para mí. Entendí que dos egos en constante batalla nunca serán capaces de ganar un frente común y que las guerras en soledad son mucho más complicadas. Pero ésas son, justamente, las que te hacen crecer.

Y en mi crecimiento personal descubrí otro tipo de amor. Ese que nace «después de» en el respeto, en la memoria, en la generosidad y en la indulgencia. Un amor que no supe que sería capaz de tenerte ni de poder gestionar pero que aquí está, junto a mí. Convivo con él porque es parte de mi esencia, como tú lo eres de mi historia, y aunque ya no recurro a su poder adictivo desde hace mucho tiempo, saber que puedo protegerlo sin lastimarme es el mejor final que nos puedo brindar a los dos. Y quizá también el mejor homenaje a un tiempo pasado lleno de grandes momentos, locuras y sueños. Qué caprichoso es el olvido que siempre mitiga lo malo y presume lo bueno…

flat1000x1000075f-2-976x703Hoy lo más sincero que puedo regalarte es la promesa de que siempre serás aquel desconocido que un día me hizo reír hasta el amanecer, que me descubrió la fortaleza que vive dentro de mí y que me cosió las alas adecuadas para romper con mis propias cadenas. De todo lo demás, créeme, ya ni siquiera me acuerdo si no lleva implícita una sonrisa en los labios. Me sequé las últimas lágrimas una mañana frente al espejo tras tocar fondo en el vacío de la ausencia y desde entonces empecé a recuperar todo el terreno que me había dejado ganar siempre a tu favor. Sí, claro que lloré, pero de qué sirve cargar con esa losa de pena y rencor sobre los hombros. Nunca el tiempo es perdido y mucho menos lo es la oportunidad de poder sentir lo que me hiciste sentir. Porque, como dice la canción: es siempre más feliz quién más amó, y esa siempre fui yo.

De recuerdo me llevo una bonita cicatriz en el alma por haberte vivido y la tranquilidad, y por qué no también la felicidad, de saber que hay amores que nunca se olvidan, simplemente se guardan en un lugar donde ya no pesan tanto mientras continuamos nuestro camino llenando esta increíble mochila llamada vida.

Ojalá que te vaya bonito y ojalá que mi amor tampoco te duela.

 

 

Ruleta rusa

Lo sabía. Sabía que iba a llegar este vacío. Casi le pude poner fecha y hora y un lugar si me preguntan. Ese tremendo vacío que se burla hasta de las emociones más gélidas alguna vez, toca ahora mi puerta. Y siento cómo se me rompen las alas que apenas comenzaban a levantar el vuelo. Quizá en una ilusión efímera, una fantasía errática, un cuento de nunca acabar.

Ese vacío que tantas veces rocé con la yema de mis dedos me alcanza esta tarde de viento frío y lágrimas saladas. Lo vi venir. Lo supe. Lo quise domar. Estaba advertida. Pero no pude. Cómo le dices a un alma salvaje que se quede quieta. Cómo le justificas a un corazón rebelde e incansable el portazo de despedida.

Ese vacío tan infinito que me visita de madrugada para llenar lo que antes fueron borbotones de besos me deja esta noche sin habla. Sin fuerzas. Sin ganas. Ya no más, me digo. Ya no se puede soportar más. Qué incertidumbre la mía, la tuya, la nuestra. Qué oscuro placer tiene la espera que nunca deja de ser. Y así pasaron los años, y así llegamos a este día. Como dos extraños intentando acabar cuanto antes con el trámite de un adiós forzado y forzoso, quién sabe si será el definitivo.

Pero ¡qué adiós tan triste y vacío! Como toda esta historia de luces y sombras, de medias tintas y morales dispersas. Vacío como el estómago que se me anuda viéndote partir a lo lejos sin mirar atrás. Ni tú ni yo. Recordándome quién soy y flagelándome por intentar ser quien nunca seré. Para qué engañarnos: pidiendo atenciones, vagando interés.

Una chispa de emoción altruista por una puta vez.

Una demostración de poder más allá del deseo y del querer.

Sollozando las penas que atesoro silenciosamente en el baúl de la vida. Quedándome sola y desgarrada, frágil como una bomba en las manos equivocadas. A punto de estallar siempre, contenida y digna, a contrarreloj, ardiente. Demasiado peligrosa para tu statu quo prefieres dejarme marchar. Pero nunca del todo. Y en tu ambigua cobardía de nuevo me enredo, me mojo, me quiebro.

LgszO9Jm_400x400 recor

La ruleta rusa es un juego de niños comparado con esto, contigo, con nosotros. Pero todos los juegos tienen un final y ahora que estamos pendidos de un hilo siento que esta vez lo que nos sigue no es más que un largo abismo hacia el vacío…

Aprieta el gatillo

No mires atrás.

 

Volcán de obsidiana

Hoy me acordé de ti. Así, sin previo aviso, sin anestesia, sin más. Es lo que tienen las mañanas perezosas en el Metro, que a una le da por mirar el móvil o a veces incluso por pensar. Hoy hice las dos cosas y no sé cuál de ellas fue la que desencadenó tu recuerdo. Dibujé una sonrisa al rememorar aquellos comentarios ácidos que primero con gracia me provocaban y que después terminaron por sacarme de quicio. Regresé a la cama que compartimos y te acaricié la espalda por debajo de la camiseta del pijama sintiendo tu escalofrío espontáneo, y el mío. Reí extrañando esa sensación y comparándola con otras que fueron antes, y que vinieron después. Noté tus dedos correspondiéndome casi de forma autómata y soñolienta mientras poco a poco, y a besos, nos despertábamos el uno al otro. Oí de nuevo los susurros, los qué loca estás, los gemidos, nuestro unísono a la perfección. Descubrí otra vez tus ojos posándose a dos centímetros de los míos, tan brillantes, tan astutos, tan profundos. Y me vi reflejada en ellos como tantas otras veces en las que quise ser para siempre la única capaz de perderse en ese volcán de obsidiana que era la vida junto a ti. A lo mejor también el amor.

Navegué, mecida por un vagón traqueteante, a los atardeceres rosados del océano Pacífico y quise volver a tostarme bajo un sol más abrasador que de costumbre, aunque tú ya no estés nunca más allí. No conmigo. Me perdí con la mente entre las olas de una relación que fue todo sin ser nada, o que de la nada quiso hacer un todo. Busqué respuestas donde antes ni siquiera me hice preguntas o puede que ya ni sentido tenga tratar de descubrir qué pasó, qué nos mató, qué fue realmente lo poco que te importó. Cuánto daño fuimos capaces de soportar y sin embargo, una vez, creímos que de las heridas infligidas algo podríamos aprender e incluso sanar. Ni tú ni yo, huérfanos de razones, le dimos tregua a un deseo tan ambicioso como fugaz.

adios-trenRegresé a las mañanas soleadas y a las tardes de lluvia, a las piedras en el camino, a las medias tintas, a los entredichos. Justifiqué las malas maneras, entendí muchas otras. Asumí tu inmadurez como parte del juego, la inseguridad de ambos vestida de ego. Me desprendí al fin del lastre del querer y del olvido, y pude recuperar la cordura a tiempo para no volver a cometer los mismos errores, aunque ¿quién me dice que no me gusta complicarme la vida con amores incompletos? Empiezo a pensar que no fuiste del todo tú, ni tampoco lo fui yo.

Como lobos en la estepa cubiertos de nieve coincidimos aquella noche en tiempo, lugar y forma. Solitarios, hambrientos, necesitados. Fui el refugio de tus miedos, tú la sombra que cubrió los míos, la luz que más los alumbró también. Nos alentamos, nos destrozamos. Nos prometimos, nos olvidamos. Regresamos, nos buscamos, nos deshicimos. Yo te quise como a nadie y tú me amaste como a todas. Fuiste el Diego de mi vida sin dejarme ser la Frida de la tuya. Llena de colores, de dolores, de sueños, de pájaros, de flores. Viste en mí el potencial y la tenacidad, dijiste que lo conseguiría, que algún día, de verdad, escribiría. Y lo hice, y lo hago, o lo intento, de mil maneras contigo, por ti, para ti. Pero cuando mejor me saben las letras es en la ausencia, en el recuerdo, en el tormento. Es la tristeza una forma de arte, quizá. Mi arte al menos.

Perdóname, empiezo a divagar, parece que este trayecto no termina nunca… Y quién sabe por qué eres tú quien hoy, de nuevo en mi memoria, me abre las emociones de un tiempo pasado que igual no fue mejor, aunque para mí su sabor entonces fuera perfecto. Ansia de la huella que pisaba mi alma mientras yo le ponía lazos a la tuya. Inconforme e inmensurable, agónico final. Hoy pensé en ti y en ese adiós cobarde mientras una muchedumbre de gente se agolpaba a la salida de este subterráneo asfixiante empujándome sin ser yo capaz de oponer resistencia. Casi como fue la historia entre los dos: un dejarse llevar. Pero, ¿sabes? Desde que no dueles, y hace ya mucho de eso, me puedo permitir este pequeño lujo de mirar atrás sin resentimiento por las cicatrices marcadas. Con valor. La supervivencia hizo finalmente su trabajo, invoqué a la libertad y me devolvió calma tras demasiadas tormentas perdida. Después de todo la mente tiende a jugarnos malas pasadas y ahora que el silencio es lo único que nos une me parece que nada de todo esto pasó, que tú ni siquiera fuiste, ni siquiera existes.