Fue una mañana de domingo a finales de febrero. El silencio reinaba en la casa rural donde pasábamos el fin de semana. Todavía era muy temprano y todos dormían excepto yo que, desvelada, leía las noticias en el móvil tumbada en la cama. O más bien debería decir la noticia: el coronavirus hacía estragos en Italia, que se encerraba. Contrasté el titular con tantos otros que informaban de lo mismo. Sentí entonces una preocupación egoístamente europea: los casos ya no se limitaban a esa ciudad desconocida de nombre Wuhan, habían llegado a nuestro viejo continente.
Cuando escuché voces me levanté, me di una ducha para despejarme y bajé a desayunar. Poco a poco nos reunimos alrededor de la mesa. Comenté las últimas noticias, pero ninguno alcanzamos entonces a comprender su importncia y pronto cambiamos de tema. Hasta ese momento a la mayoría, y me pongo la primera, todo esto nos parecía alarmismo infundado. El día pasó como los dos anteriores: entre amigos, conviviendo sin temor, celebrando carnavales.
Dos semanas después acudí a una entrega de premios de relatos escritos para conmemorar el Día Internacional de la Mujer. Me acompañó parte de mi familia y después del evento todos los presentes disfrutamos del aperitivo que nos ofrecieron. Casi un centenar de personas compartiendo relajados conversación entre bandejas de comida, a ocho días de confinarnos… Pensarlo ahora estremece.
Aquel fin de semana, el último en libertad sin condiciones, lo pasé en el país de Nunca Jamás, como me gusta llamar a la casa de mi hermana. Un oasis de desconexión del mundo exterior donde disfrutar de la familia en toda su esencia, y de mis niños, los suyos, que tantas anécdotas divertidas nos regalan. Fuimos de tiendas, en plan de chicas, y compramos ropa que luego se quedó en el armario. También asistimos a los partidos de fútbol que disputaron mis sobrinos, en su plan de chicos. Incluso allí conocimos a un veterano melillense que rememoró con mis padres algunas batallitas, porque el mundo es así de pequeño y Melilla es así de grandiosa. Jugamos, reímos, cocinamos, nos acurrucamos. Estábamos agotando, sin saberlo, los besos y los abrazos…
Lo cierto es que tuvimos una fortuna inmensa porque el covid-19 no pasó por allí. Como tampoco lo hizo por mi oficina durante esa última semana, ni por las de mis hermanos, ni por los colegios de mis sobrinos. No me acompañó tampoco en los viajes en metro y autobús repletos de gente, ni en los cafés a media tarde, ni en los locales que pisé aquel último miércoles callejeando por el centro de Barcelona. No lo hizo cerca de mí ni de los míos, y eso no fue ni más ni menos que un maravilloso golpe de suerte con el que muchas otras familias no contaron. Nos libramos.
Las noticias eran cada vez más ensordecedoras, más desconcertantes, más temibles. Los datos mareaban mientras la vida en las calles parecía seguir siendo la misma. El humor nacido de la propia ignorancia nos ayudó a quitarle hierro a un asunto cuya magnitud no podíamos prever ni siquiera con todas las señales a nuestro alcance. Ahora nos damos cuenta, claro, como siempre a toro pasado.
Fue el viernes, con los colegios ya cerrados y una declaración oficial por parte de la OMS, cuando el panorama se veló con esa preocupación tan propia que nace ante lo desconocido. Recuerdo que cerré todos los temas posibles en mi trabajo y me organicé papeles en un par de archivadores para llevarme a casa, por si las moscas. No he vuelto a pisar la oficina desde entonces. Gocé de una franca sonrisa sin el veto que más tarde impuso la mascarilla, y pude perderme unos instantes en ese cálido abrazo que tanto extraño sin saber que podría significar una despedida. Las siguientes muestras de afecto se quedarían tiritando en el frío de las pantallas.
Y llegó el sábado catorce de marzo de hace un año. Se instauró un estado de alarma que sonaba trágicamente bélico y nos obligaba a mantenernos en casa por prescripción médica. La emergencia sanitaria no era una broma, ni una exageración. Se esperó demasiado, quizá, eso otros lo dirán. Pero al final se hizo por necesidad y con firmeza. Iniciábamos un periodo desconocido, repletos de dudas, de emociones encontradas. Surgió el caos con las recomendaciones contradictorias, con el desabastecimiento en los supermercados, con el ansia extraña de acopiar tanto harina como papel higiénico. También con la falta de gel, mascarillas, guantes… Y de los EPI para los sanitarios que en primera línea se convirtieron en nuestros héroes, unos héroes en exceso castigados.
Faltaban medios en esos inicios, pero sobró empatía. Sacamos lo mejor de nosotros mismos como individuos y como sociedad, aplaudimos cada tarde en nuestros balcones y pintamos arcoíris de esperanza mientras las cifras se nos iban clavando en el alma. Sentíamos miedo, rabia, pena, desolación. Sin embargo, mostramos ánimo, resistencia, coraje y sensibilidad. Aprovechamos la ocasión del encierro forzoso para desempolvar juegos de mesa, darnos a la repostería y compartir tiempo con los nuestros. La catástrofe no iba a durar mucho: unos días primero, algunas semanas después. Y sin darnos cuenta vimos pasar la primavera desde el hogar que nos sirvió de trinchera. El verano se nos diluyó como agua entre los dedos, el otoño voló con sus hojas secas de nuevo y aquí seguimos ahora, tras las ventanas, terminando este invierno.
Ha pasado un año desde que la vida nos obligara a dejar atrás lo que después bautizaríamos como normalidad. La nostalgia en estos días nos lleva a rememorar aquellas últimas veces de casi todo vistiéndolas de esa aura mística que solo existe en los recuerdos. No han sido fáciles estos meses y es necesario ser conscientes de que aún nos queda por hacer un esfuerzo final, quizá el que más nos cueste por todo lo acumulado pero, aunque estemos agotados, debemos agradecer que, al fin y al cabo, aquí estamos.



Esta situación tan extraña como dramática me ha abierto las compuertas de par en par: no me gusta la inacción, no quiero lo de siempre, no me interesa volver atrás. Busco fluir en mi persona y en mi vida, y consolidar de alguna manera mi propia forma de ver, de sentir y de actuar. Es como si el haberme despojado de cuajo de la libertad de movimientos me hubiera permitido batir unas alas nuevas. Alas que tenía escondidas desde hace tiempo aun sin darme cuenta, alas que perciben más y que piensan menos, que escuchan desde la calma y la empatía, y que tienden a ver el lado bueno incluso de todo esto. Soy muy consciente de la crueldad de este virus que ha roto con tanto, incluyéndome también a mí en algunas ocasiones, pero agradezco la inmensa fortuna de no tener que lamentar pérdidas personales cercanas. Eso es, con seguridad, lo que me ayuda a extraer la parte positiva entre tanto caos, y me invita a tomarme este periodo de pausa forzada, que es común para todos, como un aprendizaje vital. Sí, uno más.
P.D.: Gracias a todas las personas que componen los servicios sanitarios, a los empleados de supermercados y farmacias, servicios sociales y a toda esa gente que, por ayudarnos, no puede quedarse también en casa. ¡¡GRACIAS!!