Valencia: lo que no puede ser

Se cumple una semana de la catástrofe de Valencia. Una DANA que quedará para siempre en la memoria histórica de nuestro país, y muy especialmente formará parte del recuerdo más triste y desolador del pueblo valenciano. Es difícil expresar con palabras lo que nos embarga a todos en este momento. Incluso siendo ajenos al lugar o no compartiendo raíces ni lazos singulares con él, la rabia, la tristeza, la pena, el desconsuelo… son emociones comunes en estos días tan negros y largos donde contener las lágrimas es complicado.

El shock inicial va dando paso al enfado en mayúsculas. Surgen las preguntas, los reproches, los porqués y los hubiera. Y de ahí, de ese cúmulo de emociones que estalla, y ante la ausencia de respuestas, de claridad, de cercanía y de verdad, nace la mayor indignación. Porque no, no puede ser.

No puede ser que no se le comunicara a la población el riesgo que existía ante la llegada del temporal, habiendo avisos por parte de la AEMET desde días atrás.

No puede ser que la universidad hubiera cancelado las clases con antelación o que los funcionarios de la Diputación tuvieran permiso para irse a casa al mediodía. ¿Y el resto, qué?

No puede ser que los móviles sonaran alertando del peligro cuando la gente tenía el agua al cuello y muchos ya habían sido arrastrados por la riada hacia la muerte.

No puede ser que el presidente de la Generalitat valenciana eche balones fuera tratando de tapar su enorme ineptitud con acusaciones soberbias a diestro y siniestro. Como tampoco puede ser que el presidente del gobierno central le devuelva el balón con malicia política, pensando más en su próxima jugada de ajedrez que en los ciudadanos de su país, negándose a tomar unas riendas que sabe perdidas.

No puede ser que de primeras se rechazara la ayuda ofrecida por aquellas Comunidades Autónomas que no son afines en lo político, como si valiera más un bombero de un lugar que de otro. La ideología no salva vidas.

No puede ser que la descoordinación de las administraciones, la rivalidad entre partidos y la siempre terrorífica burocracia ralentizara la llegada de efectivos a un lugar arrasado por una situación de extrema emergencia. Nadie va a salir ganando de esto, que les quede claro.

No puede ser que ninguna autoridad oficial pisara el barro hasta cinco días después. Y, por supuesto, el primero que tenía que haber dado la cara ante su pueblo y conocer in situ la zona cero en el primer minuto era el señor Mazón, que para algo es su territorio, su casa. Todo tarde y mal, muy mal.

No puede ser que romanticemos eso de que sólo el pueblo salva al pueblo, por muy bonito y rebelde que suene, y por mucho que las muestras de apoyo, las donaciones y la infinita solidaridad sean siempre lo mejor que damos como país. Pero para algo pagamos impuestos, ¿no? Y para algo existen incontables instituciones, administraciones, organismos, ministerios y autoridades que deberían saber gestionar una crisis de este calibre con eficiencia, trabajo y compromiso. Ha quedado demostrado que nadie está a la altura de lo que representa y que, por supuesto, debemos exigirles muchísimo más en adelante.

No puede ser que la carroña interfiera en las noticias y la maquinaria de los bulos funcione a todo trapo con la ayuda de influencers, tiktokers, youtubers o periodistas a sueldo que, como matones, su único objetivo es sacar rédito. En estos casos siempre recuerdo la famosa frase de Kapuscinski que decía que para ser buen periodista hay que ser buena persona. Qué poco tenemos de eso en un sistema en el que lo que debería ser mera información, veraz y objetiva, se ha convertido en un instrumento para construir una opinión pública cada vez más caótica y radical. A algunos les debe venir bien el discurso confuso, mentiroso y dramático.

Nos gobierna gente mediocre y alejada de la realidad. No se salva ni uno. Y estamos, además, informados mediante sesgos de conveniencia. Las redes sociales dan asco estos días y son un caldo de cultivo peligroso. Sin embargo, que tanto ruido no nos haga perder el foco de lo que hay: más de doscientas personas han fallecido con esta DANA (no olvidemos Málaga y Albacete) y miles lo han perdido todo. Son vidas que ya no serán. Familias rotas en mil pedazos. Nombres y apellidos. No son números, son historias. Son personas como tú y como yo que un día cualquiera se despertaron sin poder imaginar que sería el último, o que, con suerte, «sólo» se quedarían sin casa. El clima se nos va a poner cada vez más extremo y tenemos que estar preparados como sociedad. Más vale una alerta de más, que de menos. Pero no olvidemos que en muchas ocasiones la manera de gestionar una situación es a veces más importante que la situación en sí. Que esto nos sirva para reflexionar y para cambiar ciertas reglas y rumbos, aunque mucho me temo que, como con el COVID, ni saldremos mejores ni aprenderemos nada de ello. Ojalá me equivoque.

El corazón nunca olvida

Soy de lágrima fácil, lo admito. Pero creo que no exagero si digo que El padre es una de esas películas que te acaricia y te rompe a la vez. No tuve la ocasión de verla en su estreno, aunque supe de sus premios y reconocimiento (Anthony Hopkins siempre es garantía). Sin embargo, la otra noche se cruzó en mi camino y decidí que era buen momento. Todo lo que suene a padre, a trama (y drama) familiar, a relaciones complejas, a vida en sí misma, me gusta. Es más, me encanta. Y, en realidad, quizá es también lo que necesito. Leer, ver, sentir desde lo más humano… Es una catarsis que me ayuda en cada uno de mis procesos de aprendizaje vital que últimamente me acompañan.

La película es dura en su temática: el Alzheimer, la pérdida de memoria, el declive que acontece en la senectud con todo lo que eso conlleva a nivel personal y familiar. El film te hace pasar por todas las emociones posibles, desde la tristeza hasta la rabia, la risa, la ternura, el enfado, la compasión. Y, por supuesto, te desemboca en un torrente final de lágrimas difícil de manejar.

En este caso, además, el original punto de vista de la narración es parte de la clave del éxito: asistimos al caos mental del protagonista en primera persona. Lo sufrimos con él, desde su óptica, lo que provoca que a veces la película se contagie de ese mismo enredo y el espectador deba hacer un ejercicio por entender qué es real y qué un entresijo de recuerdos sin sentido. Qué hay de verdad en lo que ese padre ve, escucha o piensa, en las escenas que se nos van presentando, muchas incluso contradictorias o con aparentes saltos temporales. Al final, como suele suceder, todo encaja. Y es ahí cuando te parte en dos.

Perder la memoria es perderse a uno mismo, pero somos poco comprensivos con eso. Solemos afirmar que quienes tienen la cabeza ida no se enteran de nada, no lo padecen. Enfocamos la mirada en los que están alrededor sufriendo las consecuencias, sobre todo por el trabajo que implica lidiar con alguien en ese estado, y no tanto por la pena que supone ver que quienes una vez fueron tus padres, tan fuertes y capaces, hoy son apenas un cascarón de otros tiempos.

La vejez me conmueve, es cierto. Sobre todo cuando trae consigo enfermedad, sufrimiento, soledad o decadencia. ¿Cómo podemos pensar que una persona no se da cuenta de su deterioro? Si antes de dejar de reconocer a sus seres queridos hay un proceso intenso de pequeñas cosas que se pierden por el camino, poco a poco, confusamente. Están ahí, en los detalles, en los despistes, en los olvidos… Y lo saben, y lo sufren. Y me atrevería a decir que cuando el cerebro ya no sabe retener lo que sucede alrededor y se ancla en el pasado más recóndito, en la infancia más temprana, también lo sienten.

No están tan perdidos, aunque desde fuera a veces parezcan unos pobres locos. Yo creo que solo están viviendo la historia que una vez tuvieron y ahí, en ella, se reúnen con quienes ya no están, como un preámbulo extraño de lo que quizá haya más allá. Porque estoy convencida de que la memoria más importante queda guardada en el corazón, y ese late recuerdos y emociones hasta el final.

La estrella que más brilla

Siempre me gustó la Navidad. Mucho. Estoy acostumbrada a vivirla por todo lo alto, en familia, al detalle. No sólo los días festivos sino la previa desde al menos un mes antes. Me gusta ver la decoración en las calles, el comercio tan animado, el ambiente que se respira en general… Esa paz y ese amor que nos envuelve en diciembre como por arte de magia y que puede que tenga más de postureo que de verdad, aunque yo así lo sentía realmente en mi alma, cuando lo tenía. Qué le voy a hacer, soy muy de salvaguardar las tradiciones que nos hacen ser quienes somos, pues sin ellas creo que estamos perdidos. Y soy, por supuesto, muy de celebrar con los míos, de reunirme alrededor de una buena mesa, de reír juntos, de cantar a pesar del desafine, de rescatar anécdotas y recuerdos, de bailar y trasnochar… Por algo soy hija de mi padre, supongo. Un disfrutón de la Navidad y de la vida en general.

Ahora, sin embargo, me tengo que esforzar para poner el árbol y los mensajes cargados de dudosos buenos deseos de gente que me ignora el resto del año me dan muchísima pereza. Yo ya dejé de enviarlos. Mantengo una lucha constante y desconocida entre el querer hibernar hasta febrero y el volver a recuperar las ganas de una Navidad parecida a las de antaño. Trato de que esta batalla la gane mi parte más férrea porque sé que mi padre no era amigo del luto o la tristeza, pero haberlo perdido en unas fechas tan señaladas inevitablemente golpea el doble. A la ausencia diaria ya de por sí dolorosa le sumo la punzada de los últimos momentos en vida y en vilo. Esos que no sabes que lo son… Cuando mantuvimos el aliento con el alma resquebrajada y el miedo atorado en la garganta, mientras el resto del mundo brindaba por un año nuevo feliz y los teléfonos no dejaban de pitar. «Ya lo sabes, el muerto al hoyo y el vivo al bollo», nos decía siempre mi padre. Las bromas del destino, supongo.

Perderlo me ha hecho darme cuenta de cuánta tristeza habita tras los villancicos, las luces de colores, el jolgorio, los turrones… Aunque a veces no la sintamos, ella está ahí, agazapada esperando su turno. Nunca falla. Todos acumulamos pérdidas en el bagaje emocional, tenemos a alguien a quien extrañar, un recuerdo que ya no será. Cuando era niña mis padres acarrearon con la ausencia de los suyos, mientras nos construían aquellas navidades mágicas que guardo como un tesoro en mi memoria más infantil, sin ser consciente del desconsuelo que despertaban las ausencias. Y, antes que ellos, mis abuelos perdieron a sus padres, a una hermana, a un marido en la flor de la vida. Así ocurre en este ciclo invisible que conforma el camino del duelo: una sucesión de (d)años y pérdidas que nos van calando como astillas que se clavan en el corazón. Hasta que nos apuñalan las más intensas, esas que nos destrozan y hacen tambalear todo nuestro mundo conocido. Cada uno sabe cuáles son las suyas, porque tras ellas nada vuelve a ser igual. Asumir esta verdad es indispensable para poder reajustarse las emociones y salir a flote, pero no por ello deja de ser un proceso altamente difícil, largo y doloroso.

El duelo por mi padre es, sin duda, la herida más honda que tengo. Ningún desamor, fracaso o desengaño le hace justicia. Es el que se llevó las lágrimas más amargas, la tristeza más profunda. Me abandonó al vacío más hueco, al silencio más abrumador y al frío interno más helado. Me empujó a un abismo indecible tras su último latido. Me dejó durante mucho tiempo sin palabras. Me quedé huérfana de él y de todo lo que esté por llegar. Las historias que una vez imaginé para mi futuro se deshilacharon como una tela vieja. Serán otras, con nuevas voces y otros colores, espero que también felices, pero aquellas que soñé durante toda mi vida ya no podrán ser con él.

A diez días de las fiestas el espíritu navideño todavía me rehúye, algo nuevo para mí. El síndrome de la silla vacía pega muy duro. Sin embargo, confío en poder disfrutar de la mejor manera posible, rodeada del cariño sereno que me ofrecen los míos, con el corazón lleno de orgullo por la familia que tengo y rebosante de amor por el padre que tuve. Siempre me gustó rescatar a la niña que fui en estas fechas… Hoy lo hago para sentir sin complejos que ahora él es quien me guarda como un ángel, mi estrella más brillante en el cielo.

Mi faro

Ayer mientras me tomaba mi café en el lugar de siempre, una mujer de unos setenta y largos entró a desayunar acompañada de sus dos hijos, que debían de rozar los cincuenta. En cuanto los vi supe que eran familia y que, además, tenían a alguien ingresado en el hospital de enfrente. Sin duda me pude imaginar a quién, porque esas cosas se saben. Basta con observar un poco, o quizá es que hay situaciones que yo detecto enseguida por los recuerdos que me afloran.

Se sentaron en la mesa de al lado y con los retales que me llegaron de la conversación confirmé mis sospechas. Un marido en la cuerda floja. Un padre recayendo de nuevo. La incertidumbre, los nervios, el estómago cerrado. Pero también la esperanza, ese destello que proyecta fe y fuerza. Me hubiera gustado levantarme y decirles que no la perdieran, y que, si llegado el caso eso también fallaba y se hacía inevitable, estuvieran a su lado todo el rato. Absolutamente todo. Que se saltaran los protocolos si era necesario, que cuestionaran la norma, que no se separaran de él. Sin embargo, no me acerqué ni les dije nada, un nudo en la garganta me agarró por sorpresa y me pudieron las lágrimas. 

Me habían dicho que con el tiempo dolería menos, pero no es cierto…

Y hoy amanece siendo el segundo 21 de octubre sin ti y todavía me siento como una niña huérfana sin su padre. Despojada de la esperanza de esa familia que aún puede aferrarse a algo, que tiene una piel a la que poder acariciar, una mano que coger, una respiración por acompasar. La escena de ayer, la visita al cementerio para llevarte flores de cumpleaños después, los instantes de fragilidad que estallan ante un resorte inesperado… Un cúmulo de circunstancias que estos días me ha revuelto un poco más las emociones. Y es que no comprendo cómo ha pasado el tiempo sin ti, cómo ha podido pasar. Ni tampoco cómo este 21 de octubre que era una fiesta ha dado lugar a la nostalgia por no poder verte soplar nuevas velas. Es como si no acabara de asimilar la realidad, como si la vida desde tu ausencia me flotara entre los dedos de una forma extraña. O puede que sea simplemente el deseo tan humano de que siguieras aquí conmigo, con nosotros. Te echamos tanto de menos, papa.

Las fechas especiales retuercen con mayor descaro las penas. Ese es el precio a pagar por los buenos momentos vividos, supongo. No es que un sábado habitual no piense en ti, ¡qué va! Me acompañas siempre como un rumor constante en mi rutina. Más que cualquier vivo, qué curioso. En eso sí tenían razón quienes me advirtieron de que cuando pierdes a alguien no pasa un día sin pensar en esa persona. Al principio de todo este proceso no acababa de convencerme esa teoría, me parecía más consuelo que verdad. Y me daba miedo empezar a olvidarme de ti. Que no olvidarte a ti, claro, es distinto. Sé que eso no sucedería ni aunque me borraran a conciencia los recuerdos, hay memorias que la mente no puede destruir porque se guardan en el corazón. Pero me aterraba pensar que quizá los pequeños gestos, la cotidianidad, tu risa, tu olor, se podían ir perdiendo, desfigurando con el paso del tiempo. Sin embargo, es justo esa parte la que más presente se me ha hecho después. El duelo me ha enseñado que lo que de verdad cuenta en esta vida es el amor sencillo que damos y que nos dan.

A veces me pregunto si tú fuiste consciente de cuánto amor desprendiste sin ningún tipo de aspaviento ni demostración pomposa. Si supiste el valor que nos dejó tu ejemplo, en todos los sentidos. Qué ser y cómo no hacer. Sin sermones, sin batallas ni mandatos. Desde la libertad que roza la inconsciencia y que te permitió ser optimista hasta el final. O al menos nunca nos descubriste lo contrario. Viviste como quisiste y a tu manera, como cantaba Sinatra. ¿Tenías miedo, papa? ¿Lo tuviste los últimos días? ¿Sabías lo que venía? Aquellas lágrimas que te resbalaron suaves y silenciosas me rompieron el alma y me la siguen rasgando en el recuerdo. Pero tranquilo, no te preocupes, porque aunque duela, estoy bien. He aprendido que la pérdida es como una sombra que se inmiscuye en todos los rincones de nuestro ser buscando acomodo, pero tú fuiste un faro tan grande en mi vida que la muerte no ha podido apagar tu luz. Y nunca lo hará.

Feliz cumpleaños, papa.

Salud emocional

Cuando alguien nos trata mal siempre tendemos a pensar que es nuestra culpa. Llega una decepción, del calibre que sea, y nos decimos «soy una idiota», «¿cómo pude haberlo creído?», «¿para qué esforzarme tanto?», «¿qué me pasa?». Nos azotamos menospreciándonos por no haber podido adivinar que algo así sucedería. Por no haberlo visto venir a pesar de las señales. Por no tener la capacidad de resistirlo estoicamente con sangre fría, sin que nos afecte, o de mandarlo todo a la mierda sin miramientos porque sí, claro que nos afecta. A veces hasta llegamos a ser reincidentes, tropezando una y otra vez con el mismo pedrusco, y entonces el machaque al que nos sometemos es aún más duro y cruel. Repetimos patrones ingenuamente creyendo que esta vez será distinto, porque eres más fuerte, porque has aprendido, porque las cosas han cambiado. Pero todo es mentira. Y cuando un día cualquiera llega el declive, porque siempre llega, nos hundimos en un torbellino de pensamientos que, lejos de ayudar, destruye. Y, lo que es peor, nos destruye a nosotras mismas.

Nuestra autoestima, nuestra capacidad para confiar, nuestra vulnerabilidad, nuestras ilusiones y esperanzas. Todo eso, que es mucho más doloroso que un triste corazón roto, nos lo llevamos por delante porque alguien nos ha hecho daño, nos ha traicionado de alguna manera, nos ha utilizado o vilipendiado. O, por lo menos, nos ha hecho sentirlo así. Y mientras esa parte es ajena al efecto que provocan sus actos, muchas veces por inconsciencia y otras con alevosía, nosotras aún seguimos diciéndonos que es nuestra culpa estar así. Permitirlo.

Nos sometemos a un juicio de valor obtuso y nocivo: ¿Qué tiene el resto que no tenga yo? ¿Soy más fea, más baja, más gorda? ¿Tengo menos capacidad intelectual? ¿Económica? ¿Soy demasiado intensa? ¿Permisiva? ¿Me toman el pelo? ¿Acaso dejo que lo hagan? ¿No sé marcar los límites? ¿Qué me falta? ¿Qué me sobra? ¿Por qué nada me sale bien? Una batería interminable de preguntas que desemboca en la peor de todas: ¿por qué no soy suficiente? El no sentirse capaz de merecer es una idea sibilina que se va colando tras cada golpe emocional hasta convertirse en una pesada losa que inmoviliza y que, por desgracia, nos terminamos creyendo.

Y no siempre son cuestiones sentimentales las que nos azotan sin piedad, aunque es cierto que las pasiones son fuente de grandes placeres y mayores desgracias. También nos erosionan las relaciones familiares complicadas, los apegos desmedidos, las situaciones abusivas, las infancias rotas, las amistades interesadas, los ambientes laborales tóxicos, la deslealtad, la hipocresía, las puntadas que no se dan sin hilo… Todo suma en la mochila de las emociones, tan difícil de gestionar. Hasta que la mochila revienta por exceso de carga. El bucle nos asfixia de tal manera que, cuando ocurre, lo único que nos queda es llorar la pena, la desilusión, la frustración y la rabia hasta soltarlas. Vaciarnos al máximo. Pero eso no arregla el problema de fondo, que en realidad es un amor propio tocado y hundido que debe reconstruirse de nuevo con cariño y paciencia.

Tenemos que aprender a soltar lo que perturba nuestra paz, que es una forma maravillosa de felicidad. Y quién sabe si la más cercana a ella. Cortar lazos es muy difícil porque nadie nos enseña a hacerlo. Al contrario, nos insisten en aguantar por lo que un día estuvo bien, por unas memorias que quizá ya ni recordamos. Por los hijos. Por el amor que fue. Porque es una amistad de toda la vida. Porque es un trabajo estable. Porque es tu sangre. Porque hace tantos años que… Pero los caminos cambian y adaptarse es mejor que morir. Así que si esos lazos se sienten como cadenas es indispensable romperlos para poder salir a flote. Con miedo, con dudas, con incertidumbre. Arrancar de raíz una rutina es lanzarse a un abismo sin protección, está claro. Sin embargo, ¿no es mejor que quedarse enraizada donde ya no te reconoces? Perderse por otros, dejar que el resto tome tus riendas, es un error que se paga caro. Y la vida no da tregua. 

A veces, cuando la mochila empieza a rebosar y las cuestiones que afligen, desgarran o desestabilizan de pronto te abofetean el alma, debemos darle un giro a lo que durante demasiado tiempo nos ha carcomido. Piénsalo desnuda de inputs que te condicionen: si eres una persona mínimamente decente jamás se te ocurriría decirle a quien aprecias que no vale, que no tiene nada interesante que ofrecer, que es menos que otro, que no es suficiente. ¿Fustigar de esa manera no es una forma de maltrato? Entonces yo me pregunto: ¿por qué hacerte eso a ti misma? ¿Por qué tratarte con tanta dureza? ¿Por qué no mostrar un ápice de compasión por ti cuando otros te dañan? ¿Por qué no permitirte sentir sin culpa alguna?

Tú no eres una tonta ni has permitido que te hagan pedazos, tú solo pusiste por delante el corazón en aquello en lo que creíste y otros lo aprovecharon. Ya está bien de que toda la responsabilidad recaiga sobre quien sufre las consecuencias de gente que actúa sin medir nunca las suyas. Cuidemos con más mimo nuestro diálogo interior para poder disfrutar de una mejor salud emocional.

Tu legado, mi corazón

Hay días en los que la ausencia se vuelve insoportable en lo más cotidiano, tras un simple destello de un olor que fue tan familiar. O viendo las noticias una noche cualquiera. Resuena en mi memoria cada palabra que dirías ante una situación concreta, como un eco. Porque lo sé. Las sé todas. Conozco cada una de tus frases, de tus reacciones, de tus impresiones. Y las escucho a menudo en mi mente en un diálogo que invento contigo para aliviarme. Expando el pensamiento hasta que ya no puedo aguantarlo y me obligo a salir de él. Entonces el silencio de aquí afuera se me hace más palpable que nunca. Devastador.

Hoy no dejo de pensar en ti. No es que haya dejado de hacerlo alguna vez, porque lo cierto es que me acompañas como un rumor suave y permanente, y voy aprendiendo a llevarte conmigo de una forma mucho más amable. Sin embargo, hay momentos en los que el corazón me oprime con fuerza y siento unas ganas irrefrenables de llorar. No es agradable, duele, pero me dejo llevar sin miedo. Siento que esas lágrimas que primero me asfixian, igualmente me reconstruyen cuando soy capaz de abrazarme a mí misma después. Mis ratos a solas contigo son una suerte de pequeñas descargas emocionales necesarias para fortalecerme, aunque parezca contradictorio. El tiempo se detiene en un instante en el que todo se siente como al principio. Pareciera que esta vida que ha seguido sin ti no fuera real. Como si el vacío físico que me queda tuviera el aspecto de un huracán arrasando al pasar, dejándome tan frágil y desarmada. Pero no es cierto. No soy tan quebradiza y sí cuento con buenas armas. Tú me las diste.

¿La mejor? El sentido del humor. Recordarte riendo me acaricia los sentidos, me reconforta, me aligera el pesar de no tenerte. Tu manera de disfrutar de la vida, de celebrar, de reunirnos alrededor de una mesa. Esa filosofía del carpe diem mezcla de optimismo, inconsciencia y vitalidad que tanto me gustaría poder aplicarme. Salir de todas con aire despreocupado, sin darle demasiadas vueltas, viviendo aquí y ahora. Justamente por eso a veces me pregunto qué pasaba por tu fuero interno aquellos últimos días hospitalizado, si tuviste miedo de que llegara el final. Era difícil acceder a lo más profundo de tu ser, fuiste educado en la premisa de la fortaleza, porque los hombres no lloran. Pero tú lo hiciste la última vez que pude verte y hablarte, justo antes de ser intubado. Una lágrima rodó por el rabillo de tu ojo izquierdo mientras nos observabas uno a uno, que tratábamos de insuflarte ánimo. Te apreté fuerte la mano y te sonreí por debajo de la mascarilla, qué pena que no nos viéramos los rostros como siempre, completos. Todo va a ir bien, ya lo verás, luego nos vemos. Me diste la razón asintiendo con la cabeza, a pesar de que tus ojos no decían lo mismo. Qué rabia no haber sabido entonces que… Pero no quiero entristecerme más ahora, tú no eras de los que se amparaban en la pesadumbre, tú siempre mirabas para adelante.

Por eso nos regalaste un sinfín de anécdotas para recordar. «¿Te acuerdas cuándo…?» Así podemos pasar las horas, hablando de ti, desgranando memorias repletas de carcajadas. También me gusta seguir escuchando tu voz en los viejos vídeos de mi infancia, un lujo al que no le puedo poner precio. Y verte, verme, vernos entonces y sentir que se me hincha el corazón de la niña que fui. Y comprender que quizá eso es el amor, tan callado, tan ligero, tan seguro. Nos dejaste un valioso legado: el emocional. Las lecciones de qué ser, de cómo no actuar. Un aprendizaje espontáneo llamado vida. Y tu ejemplo a seguir, siendo, ante todo, una buena persona.

Hace poco encontré la dedicatoria que me escribiste cuando cumplí 30: «Te quiero mucho, y deseo que ahora y toda tu vida seas la más feliz del mundo». A días de volver a darle otra vuelta al sol esas palabras me han calado hondo, como si las pronunciaras en este momento, como una premonición que reconforta. Quiero tatuarme ese deseo en el alma, papa. Ahora y siempre. No creo que haya un deseo mejor.