Aquellas navidades

Suenan los niños de San Ildefonso con su retahíla de «ciento cincuenta miiiiiil peseeetaaaaaas» de fondo. Yo correteo por la casa con la felicidad de quien sabe que no pisará el colegio en dos semanas. Mi madre hojea las revistas de recetas en busca de alguna idea de última hora, le gusta mucho innovar. La nevera ya está repleta de comida, la despensa también. Tanto, que en estas fechas hay que improvisar otros lugares de almacenaje por rincones varios incluso de la galería. Mi padre, sentado frente al televisor de la cocina, sigue el sorteo de Navidad sin perder puntada, supongo que con la esperanza de que nos caiga algo, aunque eso nunca pasa. Ni pasará. Lo oigo murmurar algún improperio cuando sale un premio mayor: «cada año lo mismo, na de na». Aunque mañana repasará con detalle esos listados eternos que se incluyen en los periódicos. «Bueno, quizá rascamos algo en la pedrea», se conforma.

Yo le pregunto qué es la pedrea y me contesta que un premio de consolación. Me quedo igual, pero mañana le ayudaré a repasar los números del periódico por si acaso. Y porque ya sé leer y me siento mayor. Mi madre le dice que afloje el volumen, que es un dolor de cabeza tanto niño cantando lo mismo, si total no nos va a tocar nada. Yo me río sentada al lado de mi padre con los ojos puestos en la pantalla, a ver si entre los dos nos damos más suerte.

El sorteo termina y él apaga el televisor. «Ni un duro, como siempre». Yo no comprendo la importancia de acertar algún número, solo tengo cuatro o cinco años. Pero sé que ese evento es el pistoletazo de salida para las fiestas de Navidad y eso me hace sentirme muy feliz.

Dos días después, mientras mi madre se afana en la cocina con los últimos preparativos de la Nochebuena, mi padre saca la videocámara para empezar el reportaje de cada año. «Venga, vamos a poner unos villancicos, Tinita». Yo, vestida con mis mejores galas, bailo y canto, doy vueltas a la mesa, aporreo la pandereta. Él, como un director de cine, juega con los planos y me da instrucciones: ponte aquí, ahora allá, con el Belén, con el árbol. «¡Qué bonita, mi niña!» Y yo poso donde me dice. Sin preocupaciones, con la seguridad de que todo está bajo control, de que todo es como tiene que ser. Y sigo siendo muy feliz.

Mi hermana ayuda a poner la mesa. «¡Cuidado con las copas!», le grita mi madre desde la cocina cuando oye algún clin clin. Ella resopla, típico de su edad, y sigue a regañadientes. Mis hermanos asoman por fin la cabeza, cuando está todo listo, y se sientan en el sofá a esperar, entre bromas, la hora del mensaje del Rey. Me hacen rabiar un poco entretanto, no serían mis hermanos si no. Mi madre los regaña para que me dejen tranquila.

En la televisión suena el himno de España. «¡Nena, que empieza!», avisa mi padre mientras sube el volumen. Mi madre, con todo a punto, se sienta por fin en el sofá. Mis tres hermanos siguen con su cachondeo. Un señor que dicen que es el Rey aparece en primer plano y durante un rato habla sin parar. Yo escucho sin entender, pero me gusta lo que observo, todos a una, con la mesa puesta tan elegante y las luces del árbol destellando.

Esta noche, después de subirme a la silla para recitar mi poema navideño, de cenar hasta reventar, de los turrones, del cava, de los «Pepe, ya está bien…», «Nena, ¡que son fiestas!», de los chistes, y de mis hermanos con sus piques y risas… Suena el timbre y doy un respingo, sé que es para mí. «¿Quién será, Cricrí?», me pregunta mi madre. «¡A ver si será Papá Noel!» Se monta un jolgorio alrededor, yo quiero abrir la puerta aunque no sola, me pueden las cosquillas en el estómago… ¿Qué me habrá traído este año? El paquete que me encuentro sobre el felpudo es casi como yo. Rompo el envoltorio con los ojos iluminados y una risilla nerviosa… ¡Es la muñeca que quería! Oigo a mi hermano decir que es feísima, pero a mí me da lo mismo, ¡mira cómo brilla! Y es que la muñeca se llama Destellos… Avanza la noche y sigue la fiesta en casa con la compañía de la gala que retransmite TVE y la Nochebuena clásica de Raphael. Son los años noventa y ha empezado la Navidad.

«Miiiiil eeeeurooooos». Suenan hoy de fondo los niños de San Ildefonso con la misma cantinela y sigue sin tocarme nada en la lotería. Sin embargo, con la edad he llegado a la conclusión de que eso, en realidad, nunca fue lo importante en este día. Hoy sigo el sorteo a solas en mi casa, sin la esperanza de hacerme rica sino con el convencimiento de que forma parte de una tradición inculcada, como todas las que vivimos en estos días. Y yo soy muy de tradiciones.

Han pasado más de treinta años de aquellos recuerdos infantiles. Ya nadie me llama Cricrí ni Tinita, aunque algo de aquella niña privilegiada y feliz habita con fuerza en mi interior. Mi padre no está para poder darle un abrazo o regañarle por meterle mano al turrón antes de tiempo. No tenerlo, no escucharlo, no poder verlo sentado a la mesa es, sin duda, la parte más dolorosa que me golpea en estas fechas y que me hace disfrutarlas de una manera muy distinta a como lo hacía con él. Hoy son fechas agridulces la mayor parte del tiempo. Pero es curioso porque esta nueva perspectiva me lleva a pensar que cuando yo era la niña que correteaba por la casa al son de Campana sobre campana o Los peces en el río, mis padres lidiaban también con la tristeza por la ausencia de los suyos, y a pesar de ello nos hicieron de ésta una época maravillosa.

Y entonces me gustaría que siguiera siendo así, con las aristas del tiempo y las heridas del alma, no queda otra. Pero con el refugio que suponen los momentos felices y el convencimiento de que quedan muchas navidades bonitas por vivir.

El sorteo ha terminado sin suerte, papa, ¡qué novedad! Pero tampoco importa esta vez porque seguimos juntos, tu familia, tu legado. Cuando era niña vivía todas esas cosas sencillas y cotidianas sin ser consciente de que lo que vivimos se convierte después en recuerdos. Tú me regalaste los mejores durante 35 años. Y ahora me acompañas en cada paso que doy, estás en mi memoria y, sin duda, siempre en mi corazón. Brindo por el padre que fuiste y por todo el optimismo que derrochabas, por tu manera de celebrar, de disfrutar y de vivir no solo la Navidad sino toda la vida. Gracias por todo eso, y más.

¡Felices Fiestas llenas de salud, armonía, tranquilidad y amor!

Las letras de mi vida

Cuentos para dormir. Supongo que ese es uno de mis primeros recuerdos de infancia, tan nítido que soy capaz de recrearlo como si lo estuviera viviendo ahora. Antes de ir a dormir, el ritual. Unas veces le tocaba a mi madre leerme alguno de los muchos cuentos que coleccionaba: clásicos como Cenicienta, El patito feo o El lobo y las siete cabritas. Aunque cuando de verdad me dejaba el alma compungida era con la historia de aquella «Pelusita» inventada, una niña que era arrastrada por el viento porque no quería comer. Pesaba tan poco que se iba lejos, bien lejos, volando hasta perderse. La moraleja, por supuesto, era que había que comérselo todo para estar fuerte y que así ningún huracán te pudiera llevar. Lo interioricé bien, sin duda.

Otras noches, sin embargo, mi padre me regalaba una nueva anécdota de su mejor invento: el cuento del Serafín, al que «se le quemaba el polvorín», y su séquito de personajes ilustres como «Josefina, la de las patas finas» o «Maroto, el de los pantalones rotos». ¡Qué imaginación la suya! Lejos de dormirme lo que conseguía era que me desternillara de risa con sus ocurrencias. Tanto, que a veces mi madre se asomaba a la habitación para recordarle que era tarde y había que bajarme las revoluciones, y así no lo iba a conseguir.

A veces pienso que aquellos cuentos que mis padres se tomaron el tiempo de transmitirme, pensados entonces para compartir un ratito juntos antes de dormir, en realidad me estaban ayudando a recrear escenarios, hilvanando historias, forjando lo que más tarde pude sentir como una vocación. Fueron, quizá, la semilla de la que germinó mi amor por las letras.

Más adelante, cuando aprendí a juntar palabras por mí misma, me pasaba horas leyendo cuentos hasta sabérmelos de memoria. ¡Cómo olvidar El ratón de campo y el ratón de ciudad! Luego llegaron los cómics, con Tintín a la cabeza desde que en mi séptimo cumpleaños me regalaron sus aventuras en el Congo. ¡Y sigo siendo «tintinófila» hasta la fecha! O qué decir de la extensa colección de libros infantiles que ofrecía Barco de Vapor, con las peripecias del entrañable Fray Perico, por ejemplo. También recuerdo con cariño títulos como La voz perdida de Alfreda, Aventuras con Tito Paco, Momo, o La extraña familia Mennym. Llegando a la adolescencia me aficioné a Agatha Christie y me empecé a interesar por los grandes clásicos más allá de las lecturas que venían marcadas por el colegio.

Si echo la vista atrás, los libros me han acompañado a lo largo de mi vida como una suerte de refugio, aunque muchas veces ni siquiera haya sido consciente de ello. Cuando era niña mi escena favorita de La Bella y la Bestia era el descubrimiento de la majestuosa biblioteca que albergaba el castillo, no el baile final en el salón ni la magia del último pétalo de rosa. Supongo que en realidad era una proyección de lo que deseaba, mejor libros que príncipes, ¡ahora lo entiendo todo! Y es que somos quienes somos desde la más tierna infancia…

Y yo no puedo ser si no me dejo llevar por las letras, leídas y escritas, con todo lo que ello implica. Que no es poco.

¡Feliz Día de Sant Jordi! ¡Feliz Día del Libro!

Caminos de lluvia

De niña me gustaba reseguir con un dedo las gotas de lluvia que estallaban contra la ventanilla del coche de mi padre, imaginando carreras entre ellas, apostando por la que a mi juicio podía ganar. Nunca acertaba. Las que parecían partir con ventaja luego se estancaban. Las más lentas y torpes solían coger velocidad en el momento más inesperado, rebasando a las anteriores. Y otras, en cambio, se desviaban de la trayectoria como afluentes de ríos que buscan su propio camino creando unos nuevos. Esas eran en realidad mis preferidas, aunque no llegaran a la meta que yo misma les había marcado, en la parte más baja del cristal.

Me gustaban justamente porque escapaban a mis dedos dibujando siluetas incontrolables, rompiéndose en dos, esquivando obstáculos, renaciendo después. Las seguía con la mirada hasta verlas desvanecerse por el lateral de la ventanilla, arrastradas por el viento. Ese final, lejos de parecerme amargo, se me antojaba feliz. Aquellas gotas habían sido tan valientes como para desafiar la senda de sus predecesoras. Habían transitado de verdad por su existencia, con lo que eso conlleva. Se habían rebelado. Podían irse volando y en paz.

A veces la vida me recuerda mucho a ese panel de caminos líquidos que yo convertía en competición mientras viajaba en silencio en el asiento de atrás. Cuando era niña proyectaba siempre mi futuro color de rosa, como todas las niñas. Lo tenía muy claro, lo veía muy fácil. De pequeña cualquier cuento es creíble, y yo entonces estaba llena de letras y de fantasía. ¿Qué podía salir mal?

Con los años descubrí que las rutas acotadas son una trampa. Aquello que se espera que hagamos, que digamos, que seamos, casi nunca tiene que ver con nuestro ser o nuestro momento. Entenderlo es el principio, y cuesta tiempo y tropiezos. Pero asumirlo es vital para reconocerse a una misma y actuar en consecuencia. La mayoría de las veces tenemos que salirnos del sendero que nos habíamos imaginado, autoimpuesto o incluso soñado, para perdernos por derroteros desconocidos que quizá no conduzcan a nada, o puede que nos abran las puertas que más ansiamos. Nunca lo sabremos si no nos atrevemos a tomar decisiones desde la libertad y bajo la propia responsabilidad, asumiendo el riesgo sin interferencias. Tampoco avanzaremos si no sabemos tirar de pragmatismo cuando toca para aceptar que algunos planes se truncan, que no todo se consigue, y que hay circunstancias que simplemente no cambiarán.

El constante equilibrio entre tomar las riendas y dejarse llevar.

La vida no es un paseo sencillo ni controlable. Nos empuja al abismo, nos pone contra las cuerdas, nos planta cara, nos sumerge en tormentas que parecen ahogarnos. Nos obliga a ser como esas pequeñas gotas de agua fluyendo a través de un cristal, abriéndose paso cada una a su ritmo sin mirar a la de al lado, aprendiendo sobre la marcha. Porque lo cierto es que la mayoría del tiempo no sabemos muy bien de qué va esto, ni hacia dónde nos dirigimos, si existe eso que llamamos destino, si el azar tiene más o menos peso en nuestras decisiones, y si es verdad que las cosas pasan por algo, aunque no lo entendamos.

Sólo nos queda disfrutar de cada paso con la intensidad de las emociones antes de que nos arrastre el último aliento del huracán. La vida puede ser injusta, áspera y jodida, pero estar vivos aquí y ahora es un auténtico regalo.

Los veranos de mi vida

«Cuando sea mayor viviré aquí». Ese deseo infantil me invade llegando a mi destino. Sonrío porque no había recordado, desde entonces, esa promesa que me hacía al final de cada verano, mientras volvía a la rutina de la ciudad en la parte de atrás del coche, callada y con lágrimas en los ojos. Yo siempre tan aferrada…

Hoy regreso sola al verano de mi infancia por primera vez en mi vida. La nostalgia me invade y me agarra fuerte el corazón. Siento que estoy a punto de explotar todas las emociones contenidas desde hace tiempo. Tenía ganas de venir así, en silencio y a mi ritmo, para poder saborear cada rincón, cada recuerdo. 

Miro a mi alrededor y me doy cuenta de que podría reconocer este lugar hasta con los ojos cerrados: el olor a pino seco y a salitre mezclándose en un aroma tan mediterráneo. Los mismos adoquines de siempre, algunos levantados por las raíces de los árboles como antaño. La calle ancha que ya no me lo parece tanto y la tienda destartalada del Xavi que ha evolucionado casi a supermercado. 

Camino despacio buscando la esquina donde girar para adentrarme en esa calle que me aprendí de memoria siendo muy pequeña. Me cuesta un poco distinguirla a la primera, esta zona sí ha cambiado. Ahora es semipeatonal y los arbustos que conferían una intimidad silvestre a las parcelas ahora son vallas de paja muy bien conservadas. Entonces diviso los toldos azules de mi niñez y un nudo se ata a mi garganta. No sé si es mi sensación, pero todo me parece más pequeño de lo que lo recordaba. Supongo que es lo que tiene mirar con ojos de adulta, pero ahí están, inconfundibles, los apartamentos que me vieron crecer verano tras verano.

Donde aprendí a correr, a nadar, a jugar a tenis y a ping-pong, a montar en bicicleta. Donde descubrí el sentido de la amistad que el invierno no podía romper, y donde supe lo que eran las mariposas en el estómago ante esas bodas que nos inventábamos, usando pinaza para formar las alianzas. El lugar que me vio soplar tantas velas de cumpleaños en las mejores fiestas que una niña podía soñar. Donde experimenté los primeros acordes de la libertad callejeando con las bicis en pandilla, yendo a comprar bolsas de chuches por 20 duros o a pescar cuando se ponía el sol. 

En los veranos de mi vida hubo torneos deportivos y artísticos de los que aún conservo algún premio. Coreografiamos sin descanso a las Spice Girls en el 97. Se organizaron sardinadas, barbacoas y chocolatadas con todos los vecinos. Acampamos alguna noche en el jardín para ver las estrellas o contar historias de miedo, dormir era lo de menos. Hicimos guerras de globos de agua, carreras en la piscina con los inflables y retos de aguante en aquel columpio enorme con forma de cohete que nunca vi en ningún otro lugar. No nos cansábamos de jugar al bote-bote, al escondite, a tiendas, a papás y mamás, y a cualquier cosa que se nos ocurriera. También hubo juegos de mesa y de cartas hasta altas horas de la madrugada. Y primeros besos en los portales cuando las tormentas de finales de agosto provocaban cortes de luz. Quizá por eso nunca me han asustado las tormentas. 

El griterío pueril de quienes ahora chapucean en la piscina me saca de mis ensoñaciones. Siento que no hace tanto era yo la que correteaba por ahí, aunque han pasado muchos años… Me quedo a las puertas del recinto acomodando la memoria, pero no entro. Quizá otro día lo haga, cuando pueda manejar mejor tanta emoción. Unas lágrimas surcan mis mejillas mientras se me hincha de alegría el corazón. Qué sensaciones tan extrañas nos devuelve a veces la vida para recordarnos un tiempo tan feliz. Hay cosas que no han cambiado, pero hay tantas otras que sí…

Sigo calle abajo hasta la playa. Qué privilegio poder caminar de casa a la orilla. Supongo que por eso sigo pensando, como de niña, que de mayor quiero vivir aquí. El mar está algo picado y el sol se refleja dorado sobre él. Es el mismo mar de entonces, ese que no cubre hasta bien entrados unos metros. El agua me acaricia los tobillos mientras contemplo el horizonte pensando en mi padre. Quizá es por él que ahora vuelvo con esta necesidad. Las olas me mecen suaves, subiendo por mi cuerpo conforme avanzo. Cierro los ojos y respiro profundamente. No tengo prisa, me dejo llevar. Cuando llego al banco de arena me acuerdo de que antes, si escarbabas un poco, aquí se podían encontrar coquinas. ¡Eran como tesoros! Recordar su sabor salado me hace la boca agua. Pero ahora, por mucho que busque, ya no quedan. 

El sonido de los aviones surcando el cielo sin pausa me recuerda cuántas veces jugué a adivinar su destino, soñando con viajar en uno de ellos, de un lugar a otro. Volar. Ahora los veo pasar con el bagaje de todos los lugares que he conocido, que seguro son más de los que entonces imaginé. Pienso en todo lo vivido, y en lo que sea que esté por venir.

La jornada es agradable. Me gusta tanto estar aquí… Es como si una parte de mí perteneciera a este rincón de playa. Puede que sea cierto, al fin y al cabo, pocas experiencias marcan tanto como la infancia. Y yo tuve una infancia tremendamente feliz. Por eso volver a estas calles, a escuchar el sonido de las tórtolas arrullar, a llenarme los pulmones de esta brisa marina, a sentir el salitre pegado a mi piel… Es como rescatar un pedazo de aquella felicidad protegiendo a la niña que fui y que, aunque a veces la olvide, sigue habitando en mí con muchísima intensidad.

La niña que fue

Mira al mar y llora. Nadie se da cuenta, tampoco quiere que lo hagan. Llora tanto de esta manera… A solas, en silencio, sin aspavientos ni dramas. Bastante tiene ya por dentro. El mar le alivia y la libera. Aunque también le sacude los recuerdos. No le importa, es cierto. Pero duele. Claro que duele.

Fue una niña feliz en este mismo mar. Pasó todos sus veranos aquí. No conoció otros, pero los suyos fueron los mejores que pudo tener, de eso estaba segura. Muchas veces fantaseaba con poder ofrecerles a sus hijos al menos un pedacito de la infancia maravillosa que a ella le regalaron sus padres. Sin embargo, una punzada de realidad se le clava hoy en el corazón. Ni siquiera tiene hijos. «Qué injusto es todo», piensa, «conmigo nadie se queda para tanto». Para divertirse entre las sombras de unas piernas enredadas sí, quizá. Para llenar los huecos de almas que vagan vampíricas e incompletas. Para ser bálsamo de vidas insatisfechas y cobardes que no se jugarán la comodidad, ni la posición, ni el qué dirán, naufragando entre mentiras. Para bailarle al amor de estos tiempos sin compromiso. Para sucumbir a la fugacidad de sus propios antojos y a los de otros, a veces sin potestad ni permiso. ¿Es que no es suficiente para más?

Una lágrima amarga le alcanza suavemente los labios. Qué paradoja, los tiene heridos de tanto besar. Le escuecen. No quiere pensar más en eso. Ya no quiere pensar. «Ojalá fuera incapaz de sentir», murmura con rabia. Cierra los ojos y se deja acariciar por la brisa que le revuelve el cabello. «Aquí fui una niña tan feliz…», suspira. Recuerda que corría libre por la orilla, hundiendo los pies en la arena, salpicándose las piernas antes de sumergirse en el mar. Buceaba como un pececillo inquieto, se dejaba llevar por las olas, jugaba con ellas, las retaba y se revolvía. No le temía a nada, aunque a veces tragara agua y sintiera ahogarse por unos momentos. La niña que fue se volvía a levantar una y otra vez, decidida. El sol le secaba después el salitre que le dejaba caminos blanquecinos sobre la piel morena, mientras construía castillos en la arena con la ayuda de papá. Eran fortificaciones enormes, con sus puentes y sus fosos. «Hay que protegerse», aconsejaba él levantando las murallas, «para que los malos no nos alcancen». «Hay que hacerlo, papá, cuánta razón… En esta vida es importante aprender a distinguirlos», se dice, «y no invitarlos a entrar». Pero es difícil. Ya no llegan acompañados de lanzas ni fusiles, como en los cuentos de entonces. Ahora incluso pueden traerte flores envueltas en promesas, galanterías y sonrisas. Esas son las armas más peligrosas, cuando no son sinceras.

La luz del atardecer se posa sobre el horizonte. Otro día presto a morir. Se enjuga las lágrimas con resignación y recorre de nuevo sus pasos sobre la orilla. Mañana el sol volverá a renacer… ¿Y ella?

«Una vez fui una niña tremendamente feliz aquí», asegura convencida antes de irse. «Debería serlo también ahora que soy mujer.»

 

 

 

 

 

Jugar a ser niñas otra vez

Quince años. Esas dos palabras fueron lo más repetido de la velada. Quince años que se proclamaban con asombro y felicidad a partes iguales. Quince años que se nos han pasado volando pero que ahí están, aunque mirándonos unas a otras no viéramos siquiera dónde. Porque los “quince años” y los “estás igual” batallaron durante horas por el podio a lo más comentado de la noche. La noche de los reencuentros quince años después.

Volver a tu colegio cuando hace casi media vida que saliste de él es una sensación extraña en la que se mezcla la emoción, la nostalgia y la incredulidad. Parece mentira que ya hayan pasado tantos años desde que nos graduamos con prisas por entrar en la universidad y llegar oficialmente a la vida adulta. Qué mayores nos sentíamos entonces y qué niñas éramos en realidad. Con 17 o 18 años nos despedíamos de nuestro colegio (para la mayoría, de toda la vida) cargando una mochila repleta de ilusiones, miedos y recuerdos que probablemente todas nos pusimos de nuevo en cuanto se gestó la idea de convocarnos para un reencuentro de promoción. Pero esa mochila tiene ahora quince años más y está llena de muchas otras vivencias que hemos ido compartiendo solo con esas personas contadas que se han mantenido a nuestro lado todo este tiempo, siendo ajena para la otra gran mayoría. Hasta ayer.

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Es cierto que las redes sociales ayudan a mantener cierto contacto y a no perdernos tanto de vista las unas de las otras, pero definitivamente no hay nada como volver a darse un abrazo o a mirarse a los ojos. Nada como reír juntas recordando aquellos años de infancia y adolescencia, las anécdotas que todas atesoramos, las que teníamos olvidadas y que de pronto refrescamos. Los inagotables te acuerdas cuándo o aquí es donde… Y más y más risas. Anoche tuvimos la oportunidad de entrar de nuevo en el que fue nuestro colegio, subimos las escaleras, nos perdimos por los rincones, cotilleamos algunas aulas. Y, entre otras cosas, nos dimos cuenta de que éramos unas privilegiadas cuando de niñas pasábamos por el pasillo de los arcos de Gaudí sin darle la mayor importancia porque estábamos acostumbradas, simplemente era el colegio. Pero qué bonito es verlo ahora con ojos de adulta manteniendo todavía aquel destello de la niñez.

Y reconocer el olor. Y los cuadros en sus mismos sitios. Y la decoración que se mantiene intacta. Y sí, los cambios y las mejoras que se han ido haciendo, pero la misma esencia en su conjunto. O quizá fuera la compañía la que nos hizo retroceder en el tiempo y querer verlo todo igual a como lo recordábamos, a lo que fue. Ese sitio en el que crecimos, aprendimos, lloramos, reímos, conocimos la amistad, nos fortalecimos. Un lugar que siempre será el punto de conexión entre todas y que ayer nos devolvió algo de aquella magia que en algún momento de nuestras vidas nos regaló.

Ahora, hablando unas con otras, poniéndonos al día resumiendo en cuatro pinceladas lo que han sido quince años sin vernos, nos damos cuenta de que las expectativas no siempre se cumplen pero que lo que no esperamos suele ser siempre mucho mejor. Que la vida nos lleva por caminos distintos a los previstos, que mantenemos amigas incondicionales desde los tres años, que quienes entonces parecía que iban a estar siempre poco a poco dejaron de estarlo, o que personas que no estuvieron demasiado en su momento, se convirtieron en indispensables después. Esas cosas que pasan.. Pero lo bonito de este tipo de reencuentros es que te permiten retomar amistades desde otro punto de partida para darte cuenta de que con el paso del tiempo lo que queda siempre es lo mejor. Y anoche pudimos jugar a ser niñas otra vez.