Mentiras, tralará!

721«Lo relevante en la mentira no es nunca su contenido, sino la intencionalidad del que miente. La mentira no es algo que se oponga a la verdad sino que se sitúa en su finalidad: en el vector que separa lo que alguien dice de lo que piensa en su acción discursiva referida a los otros. Lo decisivo es, por tanto, el perjuicio que ocasiona en el otro, sin el cual no existe la mentira.» Jacques Derrida.

 

Estas palabras del filósofo francés me han hecho reflexionar acerca de algo tan humano como la mentira. ¿Por qué mentimos? ¿Para qué?

Podemos distinguir diferentes tipos de mentiras según la situación y el contexto en el que se den. No es lo mismo mentir piadosamente que mentir con alevosía. No es lo mismo engañar para conseguir un beneficio a costa de los demás, que ocultar la verdad para evitar quizá males mayores. Supongo que eso queda dentro de la propia intimidad del ser humano. Nuestro búnker secreto, el refugio más recóndito de nuestro ser.

Sin embargo, a nadie le gusta que le mientan. Aunque a veces no queramos ver la verdad, siempre es preferible saberla, o por lo menos es preferible que nadie te robe el derecho a conocerla mintiéndote descaradamente. Tú ya decidirás si duele o no, o cómo actuar en adelante, o cómo confiar de nuevo. Pero por favor, nada peor que sentir que te toman el pelo y te tienes que aguantar. ¿Crees que soy tonta? ¿Crees que no me doy cuenta? ¿Crees que porque no monto un circo me lo trago todo? En absoluto, no insultes a mi inteligencia.

Lo peor de una mentira es, retomando a Derrida, la intención con la que se cuenta. Es eso mismo también lo que diferencia las categorías del dolor en el mundo del engaño. ¿Mentir para sobrevivir? ¿Para evitar discutir? A veces es preferible soltar esa mentirijilla rápida para zanjar molestias mayores que no influirán en el otro. Pero ¿y aquellos que viven en una mentira? Aquellos que se pasean entre la doble vida, los que ocultan deliberadamente información capital para el resto, los que de una mentira muchas veces tan absurda construyen una peligrosa bola que termina por asfixiarlos a ellos y a quienes les rodean. Pero ¿merece la pena tanto cuento? Al final todo se sabe, que como dice la sabiduría popular se pilla antes a un mentiroso que a un cojo.

No me gustan las excusas baratas pero las prefiero a las mentiras con ojos lastimeros y labios de miel al oído. No me gusta que me dejen con la palabra en la boca pero a veces lo prefiero a esas respuestas embaucadoras disfrazadas de segura pero falsa sinceridad. No me gusta que me digan que no pero lo prefiero a que se escuden tras las faldas de unos débiles «no puedo» que en realidad esconden tristes «no quiero». No me gusta que me abracen con argucias que me vuelven condescendiente, porque cuando te enteras de los engaños algo en ti se rompe y es difícil volver atrás.

Puede que esté siendo injusta, yo también miento. Y tú, y ellos, y aquellos. Pero en esto, como en todo, la intención es lo que cuenta. Ya lo dijo Jacques Derrida.

 

I ♥ FUTBOL

 

logo-puma-love-football-hardchorus-1Soy mujer y me gusta el fútbol. Pero no me gusta ahora que parece que se lleva eso de que las mujeres compartamos afición con los hombres para que se nos vea incluso «sexies» también en formato deportivo. A mí me gusta el fútbol desde bien pequeña, cuando en los parques me iba detrás de los mayores buscando el balón y en el patio del colegio montábamos equipos después de comer. Todo niñas y en horas de recreo, ¡lo que yo hubiera dado por tener una extraescolar de fútbol! Seguramente lo habría disfrutado más que el baloncesto al que fui, y no fui.

Me gusta el fútbol desde que a los Reyes Magos les pedía la equipación que nunca tuve. Creo que pensaban que era una tontería, total, yo era una niña… ¿Por qué me iba a gustar ese deporte tan masculino? A día de hoy creo que todavía existe esa mentalidad por mucho que hayan cambiado las cosas y el fútbol femenino sea cada vez más visible incluso en los medios de comunicación. Pero aún y así, falta mucho por hacer, y sobre todo, muchas ideas machistas por erradicar.

A mí me gusta el fútbol y lo disfruto. Recuerdo la primera vez que lloré de emoción ante la TV: el 15 de mayo de 2002, el día en el que el Real Madrid ganó su novena copa de Europa en Glasgow. Empecé a temblar con la volea de Zidane casi al descanso y me puse de pie mientras el Bayer Leverkusen encerraba a los blancos en su área en los minutos finales. Iker Casillas comenzó aquella noche su leyenda con tres paradas imposibles que le dieron al conjunto merengue el título. Él lloró, yo lloré, y todos los blancos lloramos. Tenía 15 años.

He vivido y sufrido muchos otros partidos catalogados como históricos, tanto del Real Madrid como de la Selección Española, pero si tengo que destacar alguno me remonto a la final de la Eurocopa de 2008. En aquella cita, impensable años atrás cuando nunca pasábamos de cuartos, cuando el campeonato de 1964 ya nadie lo recordaba, cuando éramos el patito feo que siempre volvía a casa antes de tiempo, nos hicimos grandes gracias a la mejor generación de futbolistas que han dado las canteras de este país. Aquel 29 de junio y frente a la siempre poderosa Alemania, «el niño» Fernando Torres se hizo hombre marcando el único gol del partido que nos dio el triunfo soñado. Aquella noche en Viena por fin lo hicimos posible y nos lo creímos de verdad.

Dos años después, con un cambio de entrenador y algún retoque en la plantilla viajamos a Sudáfrica con la mochila llena de esperanza e ilusión. Ir como campeones de Europa nos daba un plus mediático y mucha más confianza en nosotros mismos, y al compás de las odiosas vuvuzelas y sufriendo en cada partido una cardiopatía más severa, ¡LO LOGRAMOS! El orgullo patrio y sobre todo la humildad de un equipo de jugadores amigos nos dio el premio más alto al que una Selección puede aspirar: ser campeones del mundo.

Ese domingo caluroso de julio, envuelta en mi bandera y con la cara manchada de rojigualda lloré como nunca había llorado de emoción en un partido. Quizá haber crecido escuchando a mi padre decir en su pesimismo que se moriría sin ver a España campeona de un Mundial hizo de aquel momento algo todavía más único: verlo tan emocionado como yo no tuvo precio. Aquel minuto 116 y el «Iniesta de mi vida» es de esas cosas que una jamás se cansa de ver, recordar y volver a sentir. ¡Nada como ver a tu país coronarse rey del mundo!

Pero como a nosotros nos gusta seguir haciendo historia, dos años después volvimos a demostrar quién seguía mandando en Europa y ante una Italia destrozada revalidamos el título consiguiendo lo que nadie ha conseguido nunca hasta la fecha: ganar tres campeonatos de Selecciones consecutivos.

En 2013 también nos plantamos con garra en la final de la Copa Confederaciones pero la anfitriona Brasil nos pegó duro con tres goles que nos impidieron batir un nuevo récord. Con la desilusión de la derrota pero con la satisfacción del trabajo bien hecho volvimos a casa con la medalla de subcampeones. Sin embargo, 2014 nos dio el peor revés, de nuevo en tierras cariocas, cuando ni siquiera conseguimos superar la fase de grupos del Mundial. La humillación a la campeona no tuvo límites y desde casa hubo quien, como es costumbre en nuestro país, le quitó mérito a todo lo anterior. Pero no señores, que un batacazo no empañe tanta gloria.

Ahora los aficionados al fútbol tenemos otra cita: una nueva oportunidad para salir a por todas y seguir sumando emociones y sufrimientos. A falta de unas horas para el debut de España en esta Eurocopa 2016 y con algunos partidos ya disputados lo que más me importa es que todo discurra de la mejor manera durante el torneo, que nos permitan a todas las aficiones participantes disfrutar de un mes de fútbol y nada más que fútbol, al margen de amenazas y vandalismo de guerrilla. Que el deporte sea lo más importante y que los altercados que algunos indeseables se empeñan en cometer sean simplemente la anécdota desagradable a un ambiente saludable y deportivo. Que como dijo aquél, «el fútbol es lo más importante de lo menos importante», y al fin y al cabo esto es simplemente un maravilloso juego.

 

La despedida

¿A quién le gustan las despedidas? A mí no, desde luego no soy buena con ellas. Diría en realidad que soy pésima gestionándolas emocionalmente aunque suela hacer de tripas corazón más por orgullo que por creencia. Y eso que las he tenido de todos los dolores, pero no me acostumbro, y no las soporto, aunque acostumbro a lucir la coraza en su máximo esplendor.

Decir adiós duele, sea cual sea el contexto, desde el más infantil hasta el peor de ellos. Duele incluso sabiendo que tras esa despedida llega algo similar a una liberación. Aunque deseemos decirlo, el miedo a ese instante de vacío, duele. Duele porque probablemente le rompemos el corazón al de enfrente o porque nos remendamos el nuestro como podemos, sin saber y sin querer.

Decir adiós tampoco es fácil cuando necesitamos (o creemos necesitar) seguir en ese bucle que nos marea, confunde y a la vez nos divierte. Ese bucle que cronometra los ratos buenos y convierte en letanía los malos pero que todavía no los desequilibra lo suficiente como para zanjarlos. Esa especie de limbo emocional que engancha y desespera, pero que cuesta mucho dejar.

Duele cuando nos dicen adiós, como un calambre interminable que te sacude entera y te hace literalmente flaquear. Eso duele el doble y da más miedo. Más vacío, más incertidumbre, más porqués sin aliento. ¿Y qué hay de los portazos en silencio? Sin palabras de consuelo, sin explicaciones de por medio, sin tiempo siquiera, y sin ganas de hacerlo. Esas despedidas cobardes te atraviesan de verdad.

Duelen las despedidas en los aeropuertos pero más en los hospitales. Duelen las noches que no se duermen sin la compañía de los que amamos. Duelen los duelos y las miradas al cielo. Duele despedirse de quien no volveremos a ver jamás. Incluso duelen los inocentes «nos vemos pronto», las promesas inseguras, las grietas en las amistades, los «estamos en contacto» mentirosos sabiendo que si no eres tú ellos no lo harán. Duelen los mensajes convertidos en humo y el alma cansada de inquietud cuando ya no puedes ni respirar.

Te prepoema despedidaguntas si vale la pena siempre tirar de la madeja que te deja cada dos por tres pendiente de un hilo con tu familia, con tus amigos, con tus amores y tus amantes, celando y recelando las idas y venidas. Queriendo ganar sin tener que sufrir, balanceando el columpio entre lo que está bien y lo que está mal. Y es entonces cuando te planteas la despedida final, la ruptura, el cortar por lo sano, el partir sin mirar atrás. Pero todavía no lo asumes y te resistes porque a veces, como escribió el genial Buesa, decir adiós no es sinónimo de olvidar.

Y el miedo a la pérdida sin retorno siempre duele mucho más.

El número dos

Ahora que los futboleros estamos bailando entre el nervio y la pasión el cierre de las competiciones del curso, pasando revista al trabajo realizado durante el año y esperando con ganas ese colofón final que nos eleva o nos hunde, me planteo la similitud entre el deporte y la vida. Entre la competición y la ambición. Entre ser el primero y ser el resto.

Y no hay peor lugar que el segundo.

Por muchos esfuerzos que hagas, por muy lejos que intentes llegar y aunque le pongas hasta el corazón, la bofetada del segundón no tiene consuelo. Sí, es cierto, no fue tan mal, lo importante es participar. Pero ese alivio deportivo no calma cuando sabes que quizá podrías haberlo hecho mejor, tú podrías tener el primer lugar. El de la gloria y el honor.

Pero cuando estás en el lugar del casi, del ni chicha ni limoná, a las puertas del cielo rozando el premio sin poderlo alcanzar… Ese maldito puesto que con el tiempo nadie recordará se te enquista en las entrañas mientras esperas una nueva oportunidad para dar más, para dar mejor, para ganar.

No es tan diferente de la vida. Todos queremos ser campeones, no vinimos a este mundo a participar, a verla pasar, a vivirla a través de los demás. La vida es nuestra carrera de fondo más importante, con sus caídas, sus miedos y sus ya no puedo más. Todos queremos portar de vez en cuando la corona de laurel, incluso los que predican más humildad. A nadie le gusta ser el número dos ni el cero a la izquierda, mucho menos que otros te releguen a ese lugar.

Segundo plaloserto, comodín, plan B. No queremos ser eso aunque a veces sin darnos cuenta caigamos varios puestos en la lista y decidamos por un tiempo conformarnos porque ya no tenemos más ganas de luchar. Soltamos las riendas y nos dejamos llevar, nos ajustamos a ser ese «dos» sombrío al que nadie presta atención, el que no tiene cabida en los momentos importantes, ése al que le dan la palmadita para intentarlo conformar. Casi con la indulgencia de un «ya te llamaremos» mentiroso el número dos pasa sus días sin pena ni gloria sabiendo que es lo suficientemente bueno como para mantenerse ahí, como para que lo busquen y necesiten de él, pero no tiene el estatus social que se lo reconozca y al final la recompensa siempre se la lleva otro.

Hasta que un día el eterno segundón se cansa y da un puñetazo sobre la mesa. Aut Caesar aut nihil. Ya no más estar detrás y ver cómo las atenciones le pasan rozando. Ya no más hacer el trabajo sucio y estar a disposición de intereses ajenos. Ya no más cinco míseros minutos de gloria y 23 horas de silencio desleal. Que ser segundo nunca fue sinónimo de rendir pleitesía ni vasallaje. Que el número dos no vive a la luz como el primero, pero tampoco se merece mentiras de consuelo.

Si no se puede ganar, cambia de competición. Pero no te conformes con ser siempre el comodín, un plan B ni la segunda opción.

Y eso aplica en el deporte, en el trabajo, en las relaciones personales y en la vida.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La condenada bandera

Quienes me cestelada catalanaonocen saben perfectamente cuál es mi identidad política, si es que se puede decir que tengo alguna ya que visto lo visto nadie la merece. Saben, por tanto, que en esta guerra de nacionalismos de fuerza y pose ni defiendo ni critico más que lo justo y necesario y que como el 90% de la población intento vivir mi día a día alejada de tanta tontería.

Pero hoy estoy cansada. Harta de unos y de otros, del eterno tira y afloja, del te prohíbo y me rebelo. Llevamos años sumergidos en esta lucha de poderes no sé si emocionales o ideológicos, aunque a veces es todo lo mismo, sin llegar a ninguna parte. Llevamos meses subiendo el tono, esgrimiendo tópicos y rompiendo esquemas del Parlament al Parlamento, y viceversa. Por este lado de mi terra catalana tuvimos un cambio de President allá por enero mientras al otro lado «de la frontera» seguimos con un gobierno en funciones desde diciembre a la espera de una nueva cita electoral en junio. No sé si esta coyuntura ha propiciado cierto relajamiento en el tema independentista, que a mi juicio en las últimas semanas se mostraba bastante reposado. Hasta ahora, volvemos a arder.

El domingo se disputa la final de la Copa del Rey que enfrentará al FC Barcelona y al Sevilla en el Vicente Calderón. Si ya de por sí el fútbol es ardor, ¿por qué no calentarlo más? Eso debió de pensar la delegada del Gobierno de Madrid, Concepción Dancausa, que ha decidido prohibir la entrada de banderas independentistas al estadio acogiéndose al artículo 2.1 de la Ley del Deporte, que prohíbe «la exhibición en los recintos deportivos, en sus aledaños o en los medios de transporte organizados para acudir a los mismos de pancartas, símbolos, emblemas o leyendas que, por su contenido o por las circunstancias en las que se exhiban o se utilicen de alguna forma inciten, fomenten o ayuden a la realización de comportamientos violentos o terroristas, o constituyan un acto de manifiesto desprecio a las personas participantes en el espectáculo deportivo».

Pues bien, señora Dancausa, si lo que usted pretendía era evitar lo inevitable (no hay más que tirar de hemeroteca para ver el ambiente en este tipo de juegos) sepa que lo que ha conseguido es incendiar de nuevo un tema de naturaleza de por sí más que candente.

Qué equivocados están, señores del Partido Popular y demás cofrades, prohibiendo el uso de la libertad de expresión según su conveniencia, que es casi siempre. No soy independentista ni me gusta escuchar tan sonoras pitadas a un himno que considero propio como tampoco a ningún otro, pues ante todo para mí prevalece el respeto. Sin embargo no estoy de acuerdo con esta nueva medida que se han sacado de la manga de cara al próximo partido. No considero que la bandera estelada invoque a la violencia ni fomente el terrorismo cuando he visto más de un domingo simbología nazi, racista y xenófoba en más de un estadio. Ésa es la verdadera amenaza que recoge la legislación deportiva y créame, señora Dancausa, ése sí es un tema de violenta peligrosidad.

Si usted procura evitar que un sector de la afición del Barça aproveche la coyuntura del fútbol para hacer uso político le diré aquello que cantaba la gran Rocío Jurado: ahora es tarde, señora. Ahora es tarde porque desde que tengo memoria el Barça es més que un club, como lo es el Real Madrid y como lo es cualquier organización que tenga algo que ver con el poder. Pretender que en el palco del Bernabéu no se firmen grandes negocios u olvidar que la semilla de la hoy extinta CiU se gestó durante el tardofranquismo aprovechando una efeméride blaugrana es cuanto menos un despropósito falaz y majadero. Y personalmente no me gusta este matrimonio de conveniencia, el deporte es y debería ser simplemente deporte, pero no soy tan cándida como para no saber qué intereses se cuecen entre bambalinas, donde el aficionado de a pie no tiene lugar.

Conozco a muchos culés que lloran de emoción con su Barça y nada tienen que ver con el independentismo. Igual que conozco a muchos otros que sienten una victoria blaugrana como un triunfo sobre esa España represora y dictatorial que todavía hoy algunos no quieren dejar atrás. Algunos como usted, señora Dancausa.

Así que les ruego a todos los que tienen estas geniales ideas basadas en la mordaza y el silencio que se lo piensen un poco más antes de ponerse bravos impidiendo que una afición entera acceda a un estadio pacíficamente con la bandera que le dé la real gana. Si a ustedes no les gusta esa bandera en concreto entiendan que es nada más (y nada menos) que un símbolo al viento de lo que una parte del pueblo catalán intenta desde hace tiempo reclamar. Pero no la condenen con tan dura y ridícula opresión, retorciendo leyes y agitando las llamas de la política antes de las elecciones porque lo único que consiguen es alzarla mediáticamente todavía más, sumando adeptos a la causa independentista que precisamente tanto miedo les da.

Ustedes no se enteran de nada, y se lo digo yo con la potestad que me da tener el corazón catalán latiéndome en español. Probablemente pasaré un mal rato el domingo mientras silben el himno y no me gustará asistir de nuevo a la eterna politización de lo que es nada más fútbol, pero espero que el juez del Contencioso – Administrativo que ya está llevando esta causa resuelva hoy con sensatez y revoque tanta necedad. No estar de acuerdo ni compartir ciertas ideologías en una democracia no debería darnos tanta manga ancha para vetar. Al menos a mí me gusta más apelar a la libertad de expresión, no sé, llámenlo defecto profesional.

 

 

 

Miedo

amor_miedo_osho_frasesNo es la primera vez que me siento frente a esta pantalla para intentar poner un poco de orden a mis pensamientos, sentimientos o emociones. No es la primera vez que me impulsa esta terrible y tan temible necesidad de escribir aunque ni siquiera sepa por dónde empezar. No es la primera vez que mis dedos teclean con frenesí palabras que brotan directamente de los rincones más oscuros de mi ser, quizá sin sentido ni razón. No es la primera vez que la música me envuelve hasta hacerme llorar ni tampoco es la primera vez que subo el volumen con la absurda esperanza de verme así alejada de mis propios miedos. No es la primera vez que río y lloro en la misma fracción de segundo. No es la primera vez que tiro la toalla, ni que la vuelvo a recoger. No es la primera vez de nada. No, no lo es.

Y quizá por eso palpo este presentimiento acechándome, dispuesto a saltar sobre mí en cualquier momento como presa fácil.

Miedo

Al fracaso. Al dolor. A las lágrimas. A la verdad. A la mentira. A la distancia. A volar. A saltar. A rebelarse y desgarrar. A la oscuridad. Al vértigo. Al «no te quiero más».

Miedo a echar en falta lo que fue y lo que no, lo que es, lo que no será, lo que no debe ser. A caer de bruces una y otra vez. A seguir resistiendo día tras día el silencio que acompaña a la incertidumbre de no saber qué pensar, esperar ni creer.

Miedo a esa pseudofelicidad que no termina de cuajar, a las subidas tan apresuradas que terminan siendo descensos en picado y sin paracaídas. Trayectos de ida y vuelta mareantes acumulando noches de risa, de emoción, de deseo y de adicción. Perdiendo momentos de complicidad, sueños compartidos y fantasías para adultos. Diluyendo esperanzas, planes, locuras propias o conjuntas. Borrando palabras y emociones con un simple clic. Y así, tan fácil y tan mezquino, el tiempo avanza y los caminos se bifurcan.

Pero a la vez que estallo pido calma a gritos, paciencia, tranquilidad. Confianza quizá. Algo incomprensiblemente difuso sigue guiando mis impulsos, equivocados o no, absolutamente míos. Será que de repente igual que me lo arrancan también retomo el poder, y a eso nos aferramos mis miedos y yo dejando paso a la rebeldía. O quién sabe, a la contradicción. Al quien no arriesga no gana, al si tú me dices ven lo dejo todo, al querer es poder. Frases manidas, tópicos rotos ya de tanto usarlos.

Y la rueda gira, me eleva, me destroza y regresa con más fuerza a su punto de partida. Y aquí me veo un día cualquiera sintiendo que lucho contra viento y marea por algo que no sé qué es y que me esconde su recompensa. Quizá es que no la tiene y puede que yo no sea más que una especie de Quijote viendo gigantes donde sólo hay molinos.

Porque ¿y si nada es cierto? ¿Y si esta realidad sólo es ficción? ¿Y si la mentira eres tú?

Entonces, de nuevo el vacío, el desconsuelo, el silencio, el abismo.

Y el miedo.