«Lo relevante en la mentira no es nunca su contenido, sino la intencionalidad del que miente. La mentira no es algo que se oponga a la verdad sino que se sitúa en su finalidad: en el vector que separa lo que alguien dice de lo que piensa en su acción discursiva referida a los otros. Lo decisivo es, por tanto, el perjuicio que ocasiona en el otro, sin el cual no existe la mentira.» Jacques Derrida.
Estas palabras del filósofo francés me han hecho reflexionar acerca de algo tan humano como la mentira. ¿Por qué mentimos? ¿Para qué?
Podemos distinguir diferentes tipos de mentiras según la situación y el contexto en el que se den. No es lo mismo mentir piadosamente que mentir con alevosía. No es lo mismo engañar para conseguir un beneficio a costa de los demás, que ocultar la verdad para evitar quizá males mayores. Supongo que eso queda dentro de la propia intimidad del ser humano. Nuestro búnker secreto, el refugio más recóndito de nuestro ser.
Sin embargo, a nadie le gusta que le mientan. Aunque a veces no queramos ver la verdad, siempre es preferible saberla, o por lo menos es preferible que nadie te robe el derecho a conocerla mintiéndote descaradamente. Tú ya decidirás si duele o no, o cómo actuar en adelante, o cómo confiar de nuevo. Pero por favor, nada peor que sentir que te toman el pelo y te tienes que aguantar. ¿Crees que soy tonta? ¿Crees que no me doy cuenta? ¿Crees que porque no monto un circo me lo trago todo? En absoluto, no insultes a mi inteligencia.
Lo peor de una mentira es, retomando a Derrida, la intención con la que se cuenta. Es eso mismo también lo que diferencia las categorías del dolor en el mundo del engaño. ¿Mentir para sobrevivir? ¿Para evitar discutir? A veces es preferible soltar esa mentirijilla rápida para zanjar molestias mayores que no influirán en el otro. Pero ¿y aquellos que viven en una mentira? Aquellos que se pasean entre la doble vida, los que ocultan deliberadamente información capital para el resto, los que de una mentira muchas veces tan absurda construyen una peligrosa bola que termina por asfixiarlos a ellos y a quienes les rodean. Pero ¿merece la pena tanto cuento? Al final todo se sabe, que como dice la sabiduría popular se pilla antes a un mentiroso que a un cojo.
No me gustan las excusas baratas pero las prefiero a las mentiras con ojos lastimeros y labios de miel al oído. No me gusta que me dejen con la palabra en la boca pero a veces lo prefiero a esas respuestas embaucadoras disfrazadas de segura pero falsa sinceridad. No me gusta que me digan que no pero lo prefiero a que se escuden tras las faldas de unos débiles «no puedo» que en realidad esconden tristes «no quiero». No me gusta que me abracen con argucias que me vuelven condescendiente, porque cuando te enteras de los engaños algo en ti se rompe y es difícil volver atrás.
Puede que esté siendo injusta, yo también miento. Y tú, y ellos, y aquellos. Pero en esto, como en todo, la intención es lo que cuenta. Ya lo dijo Jacques Derrida.
«Lo relevante en la mentira no es nunca su contenido, sino la intencionalidad del que miente. La mentira no es algo que se oponga a la verdad sino que se sitúa en su finalidad: en el vector que separa lo que alguien dice de lo que piensa en su acción discursiva referida a los otros. Lo decisivo es, por tanto, el perjuicio que ocasiona en el otro, sin el cual no existe la mentira.» Jacques Derrida.
Soy mujer y me gusta el fútbol. Pero no me gusta ahora que parece que se lleva eso de que las mujeres compartamos afición con los hombres para que se nos vea incluso «sexies» también en formato deportivo. A mí me gusta el fútbol desde bien pequeña, cuando en los parques me iba detrás de los mayores buscando el balón y en el patio del colegio montábamos equipos después de comer. Todo niñas y en horas de recreo, ¡lo que yo hubiera dado por tener una extraescolar de fútbol! Seguramente lo habría disfrutado más que el baloncesto al que fui, y no fui.
guntas si vale la pena siempre tirar de la madeja que te deja cada dos por tres pendiente de un hilo con tu familia, con tus amigos, con tus amores y tus amantes, celando y recelando las idas y venidas. Queriendo ganar sin tener que sufrir, balanceando el columpio entre lo que está bien y lo que está mal. Y es entonces cuando te planteas la despedida final, la ruptura, el cortar por lo sano, el partir sin mirar atrás. Pero todavía no lo asumes y te resistes porque a veces, como escribió el genial Buesa, decir adiós no es sinónimo de olvidar.
to, comodín, plan B. No queremos ser eso aunque a veces sin darnos cuenta caigamos varios puestos en la lista y decidamos por un tiempo conformarnos porque ya no tenemos más ganas de luchar. Soltamos las riendas y nos dejamos llevar, nos ajustamos a ser ese «dos» sombrío al que nadie presta atención, el que no tiene cabida en los momentos importantes, ése al que le dan la palmadita para intentarlo conformar. Casi con la indulgencia de un «ya te llamaremos» mentiroso el número dos pasa sus días sin pena ni gloria sabiendo que es lo suficientemente bueno como para mantenerse ahí, como para que lo busquen y necesiten de él, pero no tiene el estatus social que se lo reconozca y al final la recompensa siempre se la lleva otro.
onocen saben perfectamente cuál es mi identidad política, si es que se puede decir que tengo alguna ya que visto lo visto nadie la merece. Saben, por tanto, que en esta guerra de nacionalismos de fuerza y pose ni defiendo ni critico más que lo justo y necesario y que como el 90% de la población intento vivir mi día a día alejada de tanta tontería.
No es la primera vez que me siento frente a esta pantalla para intentar poner un poco de orden a mis pensamientos, sentimientos o emociones. No es la primera vez que me impulsa esta terrible y tan temible necesidad de escribir aunque ni siquiera sepa por dónde empezar. No es la primera vez que mis dedos teclean con frenesí palabras que brotan directamente de los rincones más oscuros de mi ser, quizá sin sentido ni razón. No es la primera vez que la música me envuelve hasta hacerme llorar ni tampoco es la primera vez que subo el volumen con la absurda esperanza de verme así alejada de mis propios miedos. No es la primera vez que río y lloro en la misma fracción de segundo. No es la primera vez que tiro la toalla, ni que la vuelvo a recoger. No es la primera vez de nada. No, no lo es.