El de cuando despedimos a un amigo

Los que me conocen saben bien de mi afición por Friends. Una serie que para mí, como para tantos millones de personas en el mundo, fue mucho más que una sucesión de temporadas entretenidas y fáciles de ver. Friends marcó a toda una generación, y lo sigue haciendo casi tres décadas después de su estreno.

Por eso la muerte de Matthew Perry a los 54 años conmueve de una forma especial, llegándose a sentir incluso cercana. Te deja tocada como si perdieras a un conocido y te envuelve en un remolino de emociones tan reales como las que la propia serie te ha hecho sentir a lo largo de los años. Y es que él, a través de un personaje tan entrañable, llegó a nuestra vida para hacerla un poquito mejor. Su pérdida como ser humano conmueve tanto porque para los fans es como si también se fuera Chandler Bing, al que casi podíamos llamar amigo.

Confieso que Friends es esa sitcom que me ha acompañado en los buenos momentos, en los malos y en los regulares, y en todos ha funcionado como resorte o como bálsamo. Es una zona de confort a la que vuelvo una y otra vez. Si tengo un día de bajón o si sólo busco distraerme un rato, ellos siempre están ahí, al otro lado de la pantalla. No importa que me sepa los diálogos ni por supuesto lo que va a ocurrir en cada capítulo. Me sigue regalando risas y provocando ternura por mucho que me la conozca de memoria. 

Cada uno de ellos se siente como de la familia: Ross, Rachel, Monica, Joey, Phoebe y Chandler. Ese grupo de amigos que todos quisimos tener, en quienes nos veíamos reflejados, con sus personalidades tan distintas y sus vivencias tan cotidianas. Un grupo de veinteañeros tratando de salir adelante en el Nueva York de mediados de los noventa, buscando la estabilidad personal en esa etapa de transición y conocimiento de uno mismo hasta llegar a la edad adulta, donde la amistad es tan importante. Pasando por amores, desamores, empleos y desempleos, miedos, dudas, trabajos precarios, ajustes económicos, embarazos no previstos, rollos de una noche, juergas, resacas, discusiones, diferencias de edad, noviazgos a distancia, bodas, divorcios, relaciones familiares, desavenencias con los padres, apego, necesidad de independencia, el vértigo de la responsabilidad…

Sin embargo, los revisionistas de la historia (que tanto daño hacen), critican con los ojos de hoy el estereotipo y la falta de diversidad de un grupo donde los protagonistas son todos blancos y heterosexuales. Como si a la fuerza siempre hubiera que incluir otras realidades, y obviando, además, que en este caso aparecen personajes secundarios de otras razas y orientaciones sexuales. Incluso he llegado a leer estos días que la serie nunca representó bien a la juventud porque no aborda el tema de las drogas ni del sexo y eso, al parecer, le resta valor a una comedia de entretenimiento que cosechó un éxito inigualable en su época (hasta hoy). Es cierto que no hay tramas que giren alrededor de la droga (¿es necesario? ¿acaso todos los jóvenes consumen?) pero quien diga que no se habla de sexo no ha visto un solo capítulo (hey, ¿cómo va eso?). No es necesario que haya escenas de sexo explícito para que entendamos cuando sucede con total naturalidad. El problema es que los contenidos de ahora que van dirigidos al público adolescente tienen que vender tanto que explotan el morbo y no dejan lugar a la imaginación. Véase Élite, por ejemplo, cuya trama se desarrolla en un instituto donde corre la droga con tremenda facilidad y se disfruta del sexo sin censura ni control. Como si eso fuera lo habitual en los pasillos de un colegio, vaya. Y está catalogada para mayores de 13 años, ni siquiera de 16…. Luego nos hacemos cruces por el acceso tan precoz que tienen los niños a la pornografía, pero se validan series o películas con edad recomendada muy inferior a la que deberían tener por el contenido que ofrecen… ¿Y lo que está mal es una serie tan sana y desenfadada como Friends?

No quiero irme de tema, yo venía hoy aquí a homenajear a Matthew Perry y a poner de manifiesto cómo cuesta soltar a quien alguna vez te hizo reír (en la ficción y en la realidad). Perry no ha tenido una vida fácil en absoluto, aun teniéndolo todo. Era adicto al alcohol y a los opiáceos y, por tanto, un enfermo que luchaba constantemente contra sí mismo en sus periodos de lucidez. Darte cuenta de eso, de los demonios con los que batalló mientras nos regalaba a un Chandler tan lleno de luz, de amor y de humor, rompe un poco más. Y recuerda a otros como Robin Williams en su depresión, maestros de la comedia cuyo fin era hacernos reír mientras ellos cargaban con tanta oscuridad a sus espaldas. Qué pena que nunca consiguieran comprender la felicidad que con su trabajo nos generaban. A menudo los más tristes son los que más se esfuerzan por no aparentarlo y los que mejores sonrisas consiguen arrancar. El sentido del humor es, sin duda, una válvula de escape para el dolor.

No sé cómo será ahora volver a Friends sabiendo que en la vida real uno de ellos ya no está. Pero si algo bueno tiene lo de ser artista es que la obra nunca muere. Matthew Perry deja un importante legado como actor y un libro de memorias duro y sanador, lleno de esa esperanza que él empezaba a sentir y que al final no ha logrado disfrutar en paz. Pero, sobre todo, para quienes tenemos en Friends más que una serie un refugio, Matty nos deja el mayor de los regalos: a Chandler Muriel Bing.

Mi faro

Ayer mientras me tomaba mi café en el lugar de siempre, una mujer de unos setenta y largos entró a desayunar acompañada de sus dos hijos, que debían de rozar los cincuenta. En cuanto los vi supe que eran familia y que, además, tenían a alguien ingresado en el hospital de enfrente. Sin duda me pude imaginar a quién, porque esas cosas se saben. Basta con observar un poco, o quizá es que hay situaciones que yo detecto enseguida por los recuerdos que me afloran.

Se sentaron en la mesa de al lado y con los retales que me llegaron de la conversación confirmé mis sospechas. Un marido en la cuerda floja. Un padre recayendo de nuevo. La incertidumbre, los nervios, el estómago cerrado. Pero también la esperanza, ese destello que proyecta fe y fuerza. Me hubiera gustado levantarme y decirles que no la perdieran, y que, si llegado el caso eso también fallaba y se hacía inevitable, estuvieran a su lado todo el rato. Absolutamente todo. Que se saltaran los protocolos si era necesario, que cuestionaran la norma, que no se separaran de él. Sin embargo, no me acerqué ni les dije nada, un nudo en la garganta me agarró por sorpresa y me pudieron las lágrimas. 

Me habían dicho que con el tiempo dolería menos, pero no es cierto…

Y hoy amanece siendo el segundo 21 de octubre sin ti y todavía me siento como una niña huérfana sin su padre. Despojada de la esperanza de esa familia que aún puede aferrarse a algo, que tiene una piel a la que poder acariciar, una mano que coger, una respiración por acompasar. La escena de ayer, la visita al cementerio para llevarte flores de cumpleaños después, los instantes de fragilidad que estallan ante un resorte inesperado… Un cúmulo de circunstancias que estos días me ha revuelto un poco más las emociones. Y es que no comprendo cómo ha pasado el tiempo sin ti, cómo ha podido pasar. Ni tampoco cómo este 21 de octubre que era una fiesta ha dado lugar a la nostalgia por no poder verte soplar nuevas velas. Es como si no acabara de asimilar la realidad, como si la vida desde tu ausencia me flotara entre los dedos de una forma extraña. O puede que sea simplemente el deseo tan humano de que siguieras aquí conmigo, con nosotros. Te echamos tanto de menos, papa.

Las fechas especiales retuercen con mayor descaro las penas. Ese es el precio a pagar por los buenos momentos vividos, supongo. No es que un sábado habitual no piense en ti, ¡qué va! Me acompañas siempre como un rumor constante en mi rutina. Más que cualquier vivo, qué curioso. En eso sí tenían razón quienes me advirtieron de que cuando pierdes a alguien no pasa un día sin pensar en esa persona. Al principio de todo este proceso no acababa de convencerme esa teoría, me parecía más consuelo que verdad. Y me daba miedo empezar a olvidarme de ti. Que no olvidarte a ti, claro, es distinto. Sé que eso no sucedería ni aunque me borraran a conciencia los recuerdos, hay memorias que la mente no puede destruir porque se guardan en el corazón. Pero me aterraba pensar que quizá los pequeños gestos, la cotidianidad, tu risa, tu olor, se podían ir perdiendo, desfigurando con el paso del tiempo. Sin embargo, es justo esa parte la que más presente se me ha hecho después. El duelo me ha enseñado que lo que de verdad cuenta en esta vida es el amor sencillo que damos y que nos dan.

A veces me pregunto si tú fuiste consciente de cuánto amor desprendiste sin ningún tipo de aspaviento ni demostración pomposa. Si supiste el valor que nos dejó tu ejemplo, en todos los sentidos. Qué ser y cómo no hacer. Sin sermones, sin batallas ni mandatos. Desde la libertad que roza la inconsciencia y que te permitió ser optimista hasta el final. O al menos nunca nos descubriste lo contrario. Viviste como quisiste y a tu manera, como cantaba Sinatra. ¿Tenías miedo, papa? ¿Lo tuviste los últimos días? ¿Sabías lo que venía? Aquellas lágrimas que te resbalaron suaves y silenciosas me rompieron el alma y me la siguen rasgando en el recuerdo. Pero tranquilo, no te preocupes, porque aunque duela, estoy bien. He aprendido que la pérdida es como una sombra que se inmiscuye en todos los rincones de nuestro ser buscando acomodo, pero tú fuiste un faro tan grande en mi vida que la muerte no ha podido apagar tu luz. Y nunca lo hará.

Feliz cumpleaños, papa.

El amor que te tengo

Hoy hace tres meses que los latidos de mi corazón se detuvieron con los tuyos. Y no han vuelto a latir de la misma manera. Me parece que ya nunca lo harán igual. Hay días en los que me veo incapaz de lidiar con este dolor que no cesa entre la soledad y el silencio. La casa sigue hueca en tu ausencia, y lo seguiría estando por mucho que se llenara de gente. Al menos tu olor permanece inalterable en la almohada y me pregunto cuánto tiempo resistirá. Me aterra perder la única sensación tangible que me queda de ti. Esa conexión que aún puedo percibir como real con alguno de mis sentidos. Oler tu ropa es lo más parecido que tengo a envolverme en tu abrazo, papa. Cerrar los ojos y aspirar tu aroma durante unos segundos me aporta tanta paz… Que es algo que no quiero compartir. No quiero que nadie más me arrebate la oportunidad de sentirte. Necesito tenerte cerca, saber que estás. Aunque ya no estés. No de la manera en que quisiera que estuvieras.

Porque lo cierto es que todavía quiero llegar con prisas a casa para contarte algo. Quiero darte una noticia. Quiero saber tu opinión. Quiero escuchar lo que tengas que decir de cualquier tema. Luego soy consciente de que ya no puedo hacerlo y no sabes cómo se me encoge el alma cuando la realidad me golpea para abrirme los ojos. Ese clic de lucidez que me parte en dos una y otra vez. Como si no estuviera ya lo suficientemente partida. Como si en mi corazón aún quedaran pedazos de amor intactos esperando su turno para hacerse añicos también. Pero no. No creo que sea el amor lo que se me está rompiendo desde que te fuiste, sino el no poder compartirlo contigo en las pequeñas cosas del día a día. Y comprender que ya nunca podré. Ahora me pregunto si lo hice lo suficiente. Si sabías hasta qué punto eras importante y necesario en mi vida. Inconmensurable. Espero que sí.

Echo de menos lo más ínfimo y absurdo de la rutina. Aquello que antes nunca había tenido importancia o yo no le había prestado demasiada atención. Me vienen a la memoria situaciones sencillas de cuando era pequeña. Como tú mondando una naranja de una vez, sin romper la piel, retándome a que hiciera lo mismo a ver si lo conseguía. Me parecías un héroe con una fruta en la mano. Bendita infancia. O los domingos después de comer diciéndome con tono socarrón «hoy sí que te acepto un café», sin que yo te lo hubiera ofrecido. Esa forma particular de pedirme las cosas. Extraño hasta el tintineo de la cucharilla en la taza y esos «c’est qualité, Monsieur» tan tuyos, ya ves. Y las meriendas que tanto te gustaban… Siempre preguntabas si había algo especial. Echo de menos incluso montar claras para sorprenderte con un buen merengue o con cualquier otro dulce que se nos antojara una tarde de invierno. Creo que me llevará algún tiempo hornear con la misma ilusión. Ojalá pudiera volver a regañarte por pasearte por la cocina en cuanto olías que un bizcocho iba a salir del horno o por picotear de una bandeja antes de empezar a comer en familia. Cómo quisiera seguir disfrutando de ti, papa. De todos nuestros momentos juntos. Los más cotidianos y valiosos.

¿Sabes? Ahora me he aficionado a ver las películas que rodaste cuando era pequeña. Mandé digitalizar la montaña de cintas VHS-C que grabaste durante mi infancia y adolescencia. Horas y horas de vídeos maravillosos donde tú siempre fuiste tan tú, y yo una niña tan feliz. Me gusta mucho vernos. Escuchar tus «Tinita, mira a la cámara», «¡qué bonita que es mi niña!», «qué guapa estás, hija…» me infla el corazón y me saca sonrisas en medio de tantas lágrimas. Me encanta verme bailar en tus brazos o escuchar mi vocecilla gritar «papa, papa, ¡papaaaa!» reclamando atenciones. Escenas que fueron quedando atrás pero que hoy resurgen con fuerza para retener cada minuto de vida que hemos compartido. Qué privilegio el mío.

Siento que estás en cada paso que doy, papa, en cada segundo que respiro. No puedo hacerte a un lado y seguir con mi vida, como dicen algunos. Esto no funciona así. Solo tengo que encontrar un nuevo lugar para ti, a salvo del dolor y de la pena que me invade, porque esas emociones no te corresponden, por mucho que sean el peaje que la vida nos hace pagar ante la muerte. Sé que el tiempo me ayudará a recolocarte donde mereces estar, en el centro de mis alegrías. Como eras tú. Como lo seguirás siendo.

Dicen que recordar significa volver a pasar por el corazón. No puedo estar más de acuerdo. Ahí es donde construiré nuestro refugio, papa, para proteger el amor que siempre te tuve de este feroz desconsuelo. El amor que te tengo.

No me quites el duelo

Estoy elaborando un duelo. Un duelo único. No porque mi padre fuera (y es) especial o yo me crea diferente al resto, no. Cuando hablo de que este duelo es excepcional lo es porque es exclusivamente mío. No es de mis hermanos, que han perdido al mismo padre. Tampoco es el duelo de mi madre, que padece devastada la ausencia de su otra mitad. Ni el de mis sobrinos, huérfanos de su yayo. Ni el de mi tía, sin su único hermano. Ni el de sus amistades, que lo quisieron tanto. Cada uno remienda su herida como sabe, como puede, como quiere. Cada cual vive el proceso de la pérdida a su manera, su propio duelo.

Y este es el mío.

Por eso quiero que sepas que mis días no son buenos. Puede haber ratos agradables y sonrisas sinceras, pero lo cierto es que en general mis días transcurren entre ser malos y ser peores. No pasa nada, esto funciona así. Estoy intentando rescatar mis emociones del pozo en el que se retuercen asustadas, y a mí con ellas. Entiendo que muchas veces, aun conociendo las circunstancias que me rodean desde hace un par de meses, no sepas cómo tratarme, o cómo actuar conmigo. No te culpo. También es muy difícil para mí comprender, asimilar, exprimir y manifestar los sentimientos que me asedian. No preciso que nadie más lo haga. No sería justo pretenderlo.

Pero te explicaré algunas de las cosas que siento.

Te ruego que no me preguntes qué tal estoy si lo único que esperas oír es que estoy mejor para cubrir el expediente de la cortesía. Porque probablemente yo no responderé en automático y asistirás incómodo al descubrimiento de mi tristeza. No espero que tú me rescates de la desolación, que me llenes de alegría la pena, que me distraigas poniéndole un parche de anestesia a mi realidad. Nadie puede hacerlo. Lo que ahora necesito es reserva, espacio y seguridad. Seguridad de saber que si me vuelvo loca tengo a alguien a quien recurrir. Que vas a estar, aunque te cancele todas las citas, aunque te niegue la ayuda o deje de contestar.

Discúlpame si me notas enfadada, distante, borde. Si sufres mis desaires o notas que pierdo la paciencia incluso antes de poder conversar. Estoy enojada con la vida que me ha arrebatado a mi padre, no contigo. También debes saber que eso suele durarme muy poco, porque el abatimiento ocupa entonces su lugar. Si mi pesar te abruma o no sabes cómo manejarte cuando me ves hecha un mar de lágrimas, puedes retirarte sin culpa. Prefiero llorar en soledad a que me sugieras que no llore más. Porque hacerlo no solo me sana, sino que me libera de toda la carga que soporta mi alma por la ausencia de quien no está. No todas las lágrimas nacen de mi aflicción, a veces son el cauce de un recuerdo bonito que busca fluir y compartir.

No trates de evitarme el dolor con frases hechas, por favor. No me digas que soy joven, que tengo todo un futuro por delante y que a él no le gustaría verme así. Todo eso yo ya lo sé y no reconforta, atosiga. Tampoco digas que es ley de vida. No sabes cómo detesto eso. Como si una muerte doliera menos pasada cierta edad. Mi padre era mi padre, no era un historial médico ni un dígito por sumar. No compares el proceso de la pérdida de tu ser querido con mi propio proceso. No hay circunstancias, relaciones, personalidades, vínculos ni amores iguales. Ni siquiera entre los más cercanos. No pretendas que me conforme solo porque haya situaciones peores a la mía. No me relates dramas para convencerme de que era mejor así que haberlo visto sufrir, porque mi pena es la que es, mía, intransferible e incomparable.

Sé que la buena intención está detrás de las palabras que me regalas, y que ahora mismo te debo parecer una caja de bombas, sin saber cómo puedo reaccionar ante un gesto que me dediques. No quiero que te retraigas por temor a mi reacción, solo que me comprendas en mi ausencia, en mi silencio, en mi desgana, en mi aislamiento. Siento no poder compartir contigo tus mejores momentos, las alegrías que te inundan, tus nuevos proyectos. Ojalá pudiera ser partícipe de tu felicidad como antes. Perdona si no te pregunto más a menudo cómo te va. Tal vez me estoy perdiendo grandes cosas de tu vida, pero estoy tan inmersa en reconstruir la mía que no me quedan fuerzas para nada más. No es egoísmo, es supervivencia.

Puede que ahora mismo no sea la mejor compañía. No tengo energía para hacer planes más allá del propio día en el que estamos. Algunas mañanas salir de la cama se me presenta como el mayor de los retos. Y por la noche, cuando me acuesto, me parece haber librado una fatigosa batalla. Todo me agota. Será también por lo mal que duermo. Me cuesta anticipar las ganas que tendré después, tan volátiles. Sin embargo, si te apetece acompañarme algún ratito puedes proponerme planes sencillos y concretos, donde no tenga que realizar mucho esfuerzo social. Quizá me pilles con el ánimo más fuerte y acepte con gusto. Sin embargo, te pido que no desesperes si ocurre lo contrario, ni espetes un pues ya dirá algo ella cuando le apetezca, con cierto rechazo. Ahora mismo no dispongo de la capacidad de proponer, decidir ni pensar. Lo siento.

Mis emociones son como funambulistas en la cuerda de la inercia. Me dejo llevar. Lloro a menudo y en cualquier lugar: en el bus, paseando por la calle o en el baño de la oficina. Pequeñas cápsulas de lágrimas públicas que me azotan primero, y después me alivian. El recuerdo es constante en lo cotidiano, pero no busco palabras de aliento. La mayoría de las veces me basta con un abrazo sincero que me sostenga, nada más. Eso, y que me escuchen. Porque tengo la imperiosa necesidad de hablar de mi padre, de recordarlo, de contar anécdotas, de relatar cómo sucedió todo, de desahogarme, de revivirlo en mi memoria para sentirlo a mi lado. A lo mejor por eso priorizo a mi familia en estos momentos. Esa red de apoyo y comprensión, inmersa en mi mismo dolor. Aunque si alguna vez te aburro hablando de él, tenme paciencia por favor. Sé que si no has sufrido un duelo no puedes imaginar hasta qué punto se siente el desgarro. También sé que, incluso aunque ya hayas transitado este camino desolador y estés más cerca de comprender estas letras, ningún sentir es idéntico.

Como decía al principio, cada duelo es único, y este es el mío. Ahora esta es mi vida, mi presente. No trates de ponerte en mi lugar porque los dos sabemos que no puedes. Y no te sientas mal por no poder. Agradezco cada intento, cada muestra de cariño, cada mensaje de afecto, cada mano tendida. De veras. Sé que el pasar del tiempo ayuda a procesar con perspectiva, pero yo todavía no he llegado a ese punto. Me queda mucho por recorrer. Solo te pido que aceptes mi duelo y comprendas que debo vivirlo intensamente, con el alma rota y el corazón mutilado, para poderme recomponer.

Entender la muerte, valorar la vida

La muerte sólo tiene importancia en la medida en que nos hace reflexionar sobre el valor de la vida. André Malraux.

Todos tenemos miedo a la muerte. No al acto en sí mismo de morir, no a que pueda doler físicamente o a la incertidumbre de cómo sea ese momento cuando llega, porque al fin y al cabo cuando llega, llegó. Seguramente no le tenemos miedo a eso porque ni siquiera lo pensamos, supongo que uno nunca piensa que va a morir (si todo va bien) aunque sepamos que ése es el único destino inexorable y común de todos. Puede que el propio subconsciente nos aleje de tales pensamientos precisamente para que podamos vivir con cierta esperanza y felicidad.

Lo que nos da realmente miedo es la muerte de las personas que queremos. Nos da miedo que un día, sin más, se termine. Nos da miedo que vayan a sufrir una enfermedad o que de repente mueran encontrándose solos. Que la vida sin previo aviso les diga hasta aquí, y que con ellos a nosotros también nos lo diga. Nos da miedo que hoy sea el último día y que queden cosas por decir, porque siempre nos quedan palabras enredadas en el silencio. Nos da miedo la soledad que conlleva la pérdida, el desasosiego, el vacío, la rabia, los porqués. Nos da miedo tener que aceptar que ya nunca más los volveremos a tocar, a sentir, a tener.

Nos da miedo pensar que un día sólo los podremos custodiar en la memoria. Que convertiremos en recuerdo esa forma de reír, los chistes malos, el andar de sus pasos, los abrazos. Que habrá una silla vacía y una voz menos en nuestro caos personal. Que ya no podremos contar con esa opinión, ese halago o ese reproche. Que tendremos que aprender a vivir una vida que no sabemos cómo se vive, pero que como todo, asimilaremos por nuestra propia supervivencia y a marchas forzadas.

Nos da miedo dar por hecha la eternidad sabiendo bien que no existe, confiar en el tiempo que creemos poseer y desaprovechar las oportunidades que tenemos para reír con la familia, disfrutar con los amigos, respetar y enriquecernos con los conocidos. Miedo de dejar pasar esa llamada, ese mensaje, ese café o ese viaje. Ya lo haré mañana. A veces mañana es demasiado tarde y entonces es cuando pensamos en los ¿y si hubiera hecho? o dicho, o ido, o… El remordimiento por aquella pelea estúpida, por el comentario hiriente, por la mala cara, por el egoísmo, por no haber prestado suficiente atención o por no haber estado ahí aquella vez que nos lo pidieron. Si ahora pudiéramos volver atrás…

Pero el pretérito imperfecto no existe así que ante el miedo, reaccionamos. Y tratamos de entender que la muerte forma parte de la vida, que es la estación final de nuestro tren pero que el camino que recorremos es lo que de verdad importa. Es lo que dejamos y nos dejan, es quiénes somos y cómo somos con quienes amamos, con los que nos cruzamos. Son las risas, las caricias, los besos, los consejos, los abrazos. Es el tiempo que le dedicamos a los demás. Es una canción, aquella que nos hace siempre llorar. Son los viajes, las aventuras, los descubrimientos, la experiencia. Es la mesa compartida, las salas de cine, los libros recomendados. Las charlas interminables, también los malos ratos. El desengaño, el dolor, el sufrimiento. Las malas rachas, incluso la enfermedad. La dureza, la injusticia, la desgracia. El amor en todas sus formas y sentidos, la calidez humana, la calidad personal, la compasión, la humildad, la empatía. La suerte, el destino o el azar. Los puentes que cruzamos, los que quemamos. Las oportunidades que cogemos y las que dejamos pasar. Son nuestras acciones y nuestras emociones. Es el día a día y cómo lo queramos (a veces, podamos) llevar.

La vida, en definitiva, son las personas que ponemos en ella, las que nos vienen dadas de fábrica y las que se nos atraviesan temporalmente para regalarnos una enseñanza o darnos una lección. No sabemos cómo ni cuándo pero lo que es cierto es que vivos no saldremos de aquí, así que de nosotros depende que al final del camino nos convirtamos en un buen recuerdo para aquellos que compartieron la travesía con nosotros, porque como dice el gran Mario Benedetti «la muerte es sólo un síntoma de que hubo vida».

La partida está en juego, no la desaprovechemos.
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Fría muerte

La tarde en la que se lo llevó la ambulancia fue cuando se sintió el frío. No un frío de aquel que cala los huesos y te hace temblar, aquel que apacigua el abrigo y la bufanda, no. Era un frío mucho más profundo. Un frío que dejaba la piel yerma y el alma vacía. Era un frío premonitorio.

Habían pasado cuatro años desde aquel primer aviso. Por la mañana, a eso de las 6.30 cuando los tenues rayos de sol se cuelan por las rendijas, le dio el primer ataque. Sin saber qué hacer, Asun marcó el número de la policía, el único que se sabía de memoria. Tras explicarle atropelladamente a la señorita al otro lado de la línea que su marido estaba convulsionando le pidieron calma y le aseguraron que pronto llegaría una patrulla. No, una ambulancia. ¡Un maldito equipo de emergencias es lo que necesito! ¿Calma? Que me calme, dice.

Soltó el teléfono sin colgar y volvió junto a su marido para intentar hacer algo que le funcionara. ¿Le levanto la cabeza? ¿Las piernas? ¿Cómo lo sujeto? Parece que esté en otro mundo, los ojos en blanco y gotas de sudor en la frente. Al menos no le sale espuma por la boca como a los que se vuelven locos, ¿no? Eso pensó. Eso y si había sacado la merluza del congelador la noche anterior. ¡Qué despropósito!

Poco a poco las convulsiones fueron menguando aunque Asun no podía saber si aquello era mejor o peor. Dios mío, ¿por qué tardan tanto? Se sintió de repente tremendamente sola, incapaz de volver al teléfono para avisar a sus hijos de lo que pasaba porque ni siquiera sabía qué estaba pasando si diez minutos antes dormían tan a gusto los dos. ¿Sería una pesadilla? Pero entonces oyó la sirena de una ambulancia que se aproximaba, que se detenía cerca. De repente, silencio. Ya está, ya llegan, no pasa nada. Si se lo decía a él o a ella misma qué más daba. El timbrazo resonó en sus oídos más que nunca y descalza corrió a abrirle la puerta a tres chicos jóvenes que pidieron paso hasta la habitación. Asun permaneció inmóvil en el umbral de la puerta mientras uno de ellos, qué serán éstos, enfermeros, médicos, le tomaba la presión a su marido, que en su inconsciencia algo balbuceaba, porque éste callado nunca está, pensaba ella. Cuando le comunicaron que debían llevarlo al hospital, Asun se dio cuenta de que en camisón no podía ir a ningún lado y con más prisa que intención se puso la ropa que el día anterior había dejado sobre la silla. No se maquilló, pues no estaba la mañana para andarse con remilgos, y simplemente se acomodó la melena con las manos y poco más. Salieron de casa los cinco: Paco en la camilla con la máscara de oxígeno, Asun a su lado aferrada a su bolso como a la vida, y los tres chicos jóvenes, tan guapos y tan amables, uno al volante, otro de copiloto y el último pendiente de las respiraciones del matrimonio en aquel cubículo médico ambulante.

El ingreso en la UCI fue rápido, pues como son estas cosas, y a Asun le tocó aguardar en una sala con más personas como ella: pálidas, desconcertadas, llorosas. Gente que no sabe bien bien qué hace aquí, gente como yo que hace un rato dormía tan tranquila. Ay, ¡la merluza se echará a perder! Eran casi las 8 de la mañana, buen momento para llamar a los hijos y darles los buenos días, los pobres. Marcó el número de la mayor, pues para eso es una la mayor, y con una inusual calma, o quizá era desconocimiento, le relató con pelos y señales lo ocurrido desde que oye estaban durmiendo y que tu padre empieza a hacer cosas raras y aquí estamos. Se supone que la mayor avisó a los otros dos, o eso le pidió Asun que hiciera, que no tenía ganas de contar la misma historia tantas veces y que los médicos en cualquier momento la iban a llamar.

Las horas que pasaron no lo recuerda, pero que el día se le hizo largo, sí. Debían ser eso de las 12 cuando un médico salió para decirles, estaban ya sus tres hijos con ella, que su padre estaba estable, fuera de peligro, que lo habían cogido a tiempo y que no se preocuparan. Fueron a tomar un café aguado con un cruasán embadurnado en mantequilla, qué angustia, para matar el tiempo y el gusanillo porque hambre, lo que se dice hambre ninguno tenía. Y así fue transcurriendo el día, entre partes médicos y rezos a ese Dios que una no sabe si está o no pero en estos casos pues bueno, no está de más pedirle que todo pase y que pase bien. Por la tarde les comunicaron muy formalmente que el paciente entraba en vigilancia intensiva, donde permanecería toda la noche para tenerlo más controlado, pero que al día siguiente subiría a planta. Que todo iba bien.

Y dos días después, todo fue bien. Salieron del hospital con esa paz que te da superar estos sustos pero con ese miedo callado a que vuelva a ocurrir. Ya lo sabes, Paco, nada de sal y nada de fumar y nada de beber y nada… Calla, mujer, que no es para tanto. Discutiendo iban en el taxi a casa, y en casa, y cuatro años después la misma cantinela. Que si ese cigarrito a escondidas que te veo, que si échale algo de sal que esto así no se puede comer, que un vinito es bueno para el corazón, y además ¿cuándo bebo yo? En Navidad y en los cumpleaños. Que no, que no pasa nada, que aquello se superó, que no te preocupes. Y Asun pues qué iba a hacer, pelear y luchar, y mandarlo a la mierda de vez en cuando también porque oye, ¡parece que se quiera matar! Y luego le preparaba sus platos preferidos, condimentados de otra manera para disimular la falta de sal, no lo vaya a notar.

Aquel mediodía fatídico comieron patatas estofadas, un buen plato como Dios y Paco mandan. Pero después de comer, cabeceando la siesta en el sofá, ya no se encontró bien. La sensación fue más intensa, más certera, más real. En la convulsión tiró la lamparita al suelo y el estruendo hizo que Asun dejara los platos a medio lavar para ver qué había sido ese ruido, qué se había caído ahora armando tanto jaleo. Y al ver a su marido así otra vez el recuerdo de hace cuatro años, y otra vez la ambulancia, y otra vez llamar a los hijos.

rosa negraLas horas en el hospital fueron gélidas, el ambiente cortante, el frío se sentía en las miradas calladas, en los abrazos rígidos, en las lágrimas contenidas. Los cuatro lo sabían y ninguno se atrevía a verbalizarlo. Miraron sus teléfonos cientos de veces, pasearon como leones enjaulados por aquella sala blanca de olor indescriptible. Esperaron noticias. Y las noticias finalmente llegaron. El médico que les dio el pésame era canoso y de ojos muy negros, se acuerda bien Asun. «Hicimos todo lo que pudimos». Maldita muletilla, ¿se la enseñan también en la universidad?

En ese momento un caudal de y sis atropellados invadió la mente de Asun, al tiempo que su corazón se quedaba huérfano para siempre. Ay, Paco, si me hubieras hecho caso alguna vez… Pero de qué servía reclamarle a un muerto, pensaba ella. Celebraron el funeral dos días después, una mañana soleada como las que a él le gustaban. Y Asun sonreía con pesar a cada uno de los asistentes que se habían reunido allí para mostrarle su afecto a la familia. Los rituales estos, ya se sabe, que cuando uno muere todos vienen. La ceremonia fue emotiva pero no empalagosa, no te preocupes Paco, te hubiera gustado. Es curioso cómo la mente se dice esas cosas tan absurdas a veces, cómo le iba a gustar a Paco su maldito entierro. Pero bueno, era el consuelo que Asun se daba sin darse cuenta para paliar el dolor que no dejaba ver por la pérdida de un marido de broncas y risas, de misterios, de secretos, de algún desaire también. Un marido cabezota que la dejaba viuda, jo Paco ¡qué palabra tan fea! Un marido que no fue perfecto, pero qué demonios, fue el suyo.  Y ahora esta fría muerte se lo había arrebatado. Y ahora ella tenía que seguir viviendo una nueva vida y seguir queriéndolo, recordándolo.