Aquellas navidades

Suenan los niños de San Ildefonso con su retahíla de «ciento cincuenta miiiiiil peseeetaaaaaas» de fondo. Yo correteo por la casa con la felicidad de quien sabe que no pisará el colegio en dos semanas. Mi madre hojea las revistas de recetas en busca de alguna idea de última hora, le gusta mucho innovar. La nevera ya está repleta de comida, la despensa también. Tanto, que en estas fechas hay que improvisar otros lugares de almacenaje por rincones varios incluso de la galería. Mi padre, sentado frente al televisor de la cocina, sigue el sorteo de Navidad sin perder puntada, supongo que con la esperanza de que nos caiga algo, aunque eso nunca pasa. Ni pasará. Lo oigo murmurar algún improperio cuando sale un premio mayor: «cada año lo mismo, na de na». Aunque mañana repasará con detalle esos listados eternos que se incluyen en los periódicos. «Bueno, quizá rascamos algo en la pedrea», se conforma.

Yo le pregunto qué es la pedrea y me contesta que un premio de consolación. Me quedo igual, pero mañana le ayudaré a repasar los números del periódico por si acaso. Y porque ya sé leer y me siento mayor. Mi madre le dice que afloje el volumen, que es un dolor de cabeza tanto niño cantando lo mismo, si total no nos va a tocar nada. Yo me río sentada al lado de mi padre con los ojos puestos en la pantalla, a ver si entre los dos nos damos más suerte.

El sorteo termina y él apaga el televisor. «Ni un duro, como siempre». Yo no comprendo la importancia de acertar algún número, solo tengo cuatro o cinco años. Pero sé que ese evento es el pistoletazo de salida para las fiestas de Navidad y eso me hace sentirme muy feliz.

Dos días después, mientras mi madre se afana en la cocina con los últimos preparativos de la Nochebuena, mi padre saca la videocámara para empezar el reportaje de cada año. «Venga, vamos a poner unos villancicos, Tinita». Yo, vestida con mis mejores galas, bailo y canto, doy vueltas a la mesa, aporreo la pandereta. Él, como un director de cine, juega con los planos y me da instrucciones: ponte aquí, ahora allá, con el Belén, con el árbol. «¡Qué bonita, mi niña!» Y yo poso donde me dice. Sin preocupaciones, con la seguridad de que todo está bajo control, de que todo es como tiene que ser. Y sigo siendo muy feliz.

Mi hermana ayuda a poner la mesa. «¡Cuidado con las copas!», le grita mi madre desde la cocina cuando oye algún clin clin. Ella resopla, típico de su edad, y sigue a regañadientes. Mis hermanos asoman por fin la cabeza, cuando está todo listo, y se sientan en el sofá a esperar, entre bromas, la hora del mensaje del Rey. Me hacen rabiar un poco entretanto, no serían mis hermanos si no. Mi madre los regaña para que me dejen tranquila.

En la televisión suena el himno de España. «¡Nena, que empieza!», avisa mi padre mientras sube el volumen. Mi madre, con todo a punto, se sienta por fin en el sofá. Mis tres hermanos siguen con su cachondeo. Un señor que dicen que es el Rey aparece en primer plano y durante un rato habla sin parar. Yo escucho sin entender, pero me gusta lo que observo, todos a una, con la mesa puesta tan elegante y las luces del árbol destellando.

Esta noche, después de subirme a la silla para recitar mi poema navideño, de cenar hasta reventar, de los turrones, del cava, de los «Pepe, ya está bien…», «Nena, ¡que son fiestas!», de los chistes, y de mis hermanos con sus piques y risas… Suena el timbre y doy un respingo, sé que es para mí. «¿Quién será, Cricrí?», me pregunta mi madre. «¡A ver si será Papá Noel!» Se monta un jolgorio alrededor, yo quiero abrir la puerta aunque no sola, me pueden las cosquillas en el estómago… ¿Qué me habrá traído este año? El paquete que me encuentro sobre el felpudo es casi como yo. Rompo el envoltorio con los ojos iluminados y una risilla nerviosa… ¡Es la muñeca que quería! Oigo a mi hermano decir que es feísima, pero a mí me da lo mismo, ¡mira cómo brilla! Y es que la muñeca se llama Destellos… Avanza la noche y sigue la fiesta en casa con la compañía de la gala que retransmite TVE y la Nochebuena clásica de Raphael. Son los años noventa y ha empezado la Navidad.

«Miiiiil eeeeurooooos». Suenan hoy de fondo los niños de San Ildefonso con la misma cantinela y sigue sin tocarme nada en la lotería. Sin embargo, con la edad he llegado a la conclusión de que eso, en realidad, nunca fue lo importante en este día. Hoy sigo el sorteo a solas en mi casa, sin la esperanza de hacerme rica sino con el convencimiento de que forma parte de una tradición inculcada, como todas las que vivimos en estos días. Y yo soy muy de tradiciones.

Han pasado más de treinta años de aquellos recuerdos infantiles. Ya nadie me llama Cricrí ni Tinita, aunque algo de aquella niña privilegiada y feliz habita con fuerza en mi interior. Mi padre no está para poder darle un abrazo o regañarle por meterle mano al turrón antes de tiempo. No tenerlo, no escucharlo, no poder verlo sentado a la mesa es, sin duda, la parte más dolorosa que me golpea en estas fechas y que me hace disfrutarlas de una manera muy distinta a como lo hacía con él. Hoy son fechas agridulces la mayor parte del tiempo. Pero es curioso porque esta nueva perspectiva me lleva a pensar que cuando yo era la niña que correteaba por la casa al son de Campana sobre campana o Los peces en el río, mis padres lidiaban también con la tristeza por la ausencia de los suyos, y a pesar de ello nos hicieron de ésta una época maravillosa.

Y entonces me gustaría que siguiera siendo así, con las aristas del tiempo y las heridas del alma, no queda otra. Pero con el refugio que suponen los momentos felices y el convencimiento de que quedan muchas navidades bonitas por vivir.

El sorteo ha terminado sin suerte, papa, ¡qué novedad! Pero tampoco importa esta vez porque seguimos juntos, tu familia, tu legado. Cuando era niña vivía todas esas cosas sencillas y cotidianas sin ser consciente de que lo que vivimos se convierte después en recuerdos. Tú me regalaste los mejores durante 35 años. Y ahora me acompañas en cada paso que doy, estás en mi memoria y, sin duda, siempre en mi corazón. Brindo por el padre que fuiste y por todo el optimismo que derrochabas, por tu manera de celebrar, de disfrutar y de vivir no solo la Navidad sino toda la vida. Gracias por todo eso, y más.

¡Felices Fiestas llenas de salud, armonía, tranquilidad y amor!

El corazón nunca olvida

Soy de lágrima fácil, lo admito. Pero creo que no exagero si digo que El padre es una de esas películas que te acaricia y te rompe a la vez. No tuve la ocasión de verla en su estreno, aunque supe de sus premios y reconocimiento (Anthony Hopkins siempre es garantía). Sin embargo, la otra noche se cruzó en mi camino y decidí que era buen momento. Todo lo que suene a padre, a trama (y drama) familiar, a relaciones complejas, a vida en sí misma, me gusta. Es más, me encanta. Y, en realidad, quizá es también lo que necesito. Leer, ver, sentir desde lo más humano… Es una catarsis que me ayuda en cada uno de mis procesos de aprendizaje vital que últimamente me acompañan.

La película es dura en su temática: el Alzheimer, la pérdida de memoria, el declive que acontece en la senectud con todo lo que eso conlleva a nivel personal y familiar. El film te hace pasar por todas las emociones posibles, desde la tristeza hasta la rabia, la risa, la ternura, el enfado, la compasión. Y, por supuesto, te desemboca en un torrente final de lágrimas difícil de manejar.

En este caso, además, el original punto de vista de la narración es parte de la clave del éxito: asistimos al caos mental del protagonista en primera persona. Lo sufrimos con él, desde su óptica, lo que provoca que a veces la película se contagie de ese mismo enredo y el espectador deba hacer un ejercicio por entender qué es real y qué un entresijo de recuerdos sin sentido. Qué hay de verdad en lo que ese padre ve, escucha o piensa, en las escenas que se nos van presentando, muchas incluso contradictorias o con aparentes saltos temporales. Al final, como suele suceder, todo encaja. Y es ahí cuando te parte en dos.

Perder la memoria es perderse a uno mismo, pero somos poco comprensivos con eso. Solemos afirmar que quienes tienen la cabeza ida no se enteran de nada, no lo padecen. Enfocamos la mirada en los que están alrededor sufriendo las consecuencias, sobre todo por el trabajo que implica lidiar con alguien en ese estado, y no tanto por la pena que supone ver que quienes una vez fueron tus padres, tan fuertes y capaces, hoy son apenas un cascarón de otros tiempos.

La vejez me conmueve, es cierto. Sobre todo cuando trae consigo enfermedad, sufrimiento, soledad o decadencia. ¿Cómo podemos pensar que una persona no se da cuenta de su deterioro? Si antes de dejar de reconocer a sus seres queridos hay un proceso intenso de pequeñas cosas que se pierden por el camino, poco a poco, confusamente. Están ahí, en los detalles, en los despistes, en los olvidos… Y lo saben, y lo sufren. Y me atrevería a decir que cuando el cerebro ya no sabe retener lo que sucede alrededor y se ancla en el pasado más recóndito, en la infancia más temprana, también lo sienten.

No están tan perdidos, aunque desde fuera a veces parezcan unos pobres locos. Yo creo que solo están viviendo la historia que una vez tuvieron y ahí, en ella, se reúnen con quienes ya no están, como un preámbulo extraño de lo que quizá haya más allá. Porque estoy convencida de que la memoria más importante queda guardada en el corazón, y ese late recuerdos y emociones hasta el final.

La memoria del corazón

—¡Mamá!… ¡Mamá!… ¿Estás ahí, mamá? —Silencio. Respiración—. Mamá…

En el momento en el que lo conocí ya estaba postrado en una cama. Ochenta años cubrían su osamenta, aunque aparentaba muchos más. Su tez ahora pálida nada tenía que ver con el bronceado que yo imaginaba que lució en su juventud. Su cabello blanco, y bien tupido a pesar de la edad, debió de haber sido oscuro en otros tiempos, a juzgar por sus cejas negras y las largas pestañas que aún conservaba enmarcando una mirada inteligente pero perdida.

—¿Papá?… Papá…

Reclamaba atención desde el rincón de su mente que lo protegía de la incertidumbre que era vivir el día a día sin saber ni dónde estaba. La vocecita fina y debilitada que le imploraba a unos padres que, por supuesto, ya no existían más allá de su recuerdo, por irónico que parezca, no me concordaba con la envergadura de un cuerpo que todavía conservaba cierta altura y corpulencia, a pesar de verse yermo de fuerzas. Sin embargo, la hora de la comida era más suplicio que placer, por eso mucho me temía que aquel hombre se acabaría consumiendo bajo las sábanas sin remedio. ¿Era eso la vejez?

—¿Otra vez? No, ahora no quiero… Déjame… ¡Que no! —A veces escupía el puré, o le daba un manotazo a alguna de las enfermeras que con más o menos paciencia lo atendían… Y es que nadie cuida como cuida el amor de la familia—. Bueno… Sí… Sí me gusta la maduixa, un poco más…

Con suerte se convencía, como el niño pequeño que termina cediendo después de haber intentado imponer su voluntad con una rabieta. Y así, a trancas y barrancas, su estómago se llenaba de alimentos licuados para ganarle la batalla a un tiempo que a él ya poco le importaba.

Gritaba de dolor cuando lo movían, lo aseaban o lo cambiaban, debido a la artrosis que desgastaba sus huesos. No obstante, al igual que su voz, la potencia de sus gritos no era más fuerte que el maullido de un gato herido y, más que molestar, escucharlo partía el alma. Él se aquejaba, se asustaba, se confundía… Y regresaba de nuevo a ese refugio seguro que es para casi todos nuestra niñez.

—Abuela… Escuela… Ah, els pares… ¿Mamá?

El tono de sus murmullos y canturreos se había convertido en el mejor indicador para saber cómo se encontraba. Se le notaba feliz recreando un pasado que se había convertido en su presente. Y se mostraba contrariado si alguien, desde nuestro hoy, lo sacaba de una ensoñación que no sabemos hasta qué punto era su única y auténtica realidad. A esas alturas de la enfermedad ya era incapaz de seguir una conversación, pero todavía respondía con algo de sentido a ciertas preguntas. Recordaba su nombre, nunca el de su esposa y en raras ocasiones el de su hermano. De vez en cuando les regalaba un destello de certeza que mantenía por unos segundos algo de esperanza. Tan bella como efímera.

Que aquel hombre se cruzara en mi camino de la forma más aleatoria e inesperada posible me hizo reflexionar acerca de la vida y el transcurrir de los años. Pensé en todo eso por lo que nos esforzamos tanto, en lo que construimos, en las relaciones que forjamos, en los instantes que disfrutamos. Y en todo lo que no hacemos por mil razones, lo que dejamos pasar, lo que no atendemos ni valoramos. En el tiempo que se nos diluye sin comprender que también se agota. En el olvido que a veces tanto deseamos, mientras el dolor nos inunda: resetear emociones, partir de cero, volver a empezar. Pero qué miedo da verse abocado a olvidar de verdad, sin tregua ni compasión.

La enfermedad lo estaba despojando de sus vivencias, dejándole un profundo eco en la memoria, donde ahora solo quedaban reverberaciones infantiles de lo que un día fue. ¿Era él consciente de su decadencia? ¿Dónde se traza la línea entre lo que atesora el cerebro y lo que siente el corazón? Quiero creer que, aunque los recuerdos se escapen, las emociones de alguna manera quedan. Puede que sea una visión romántica de las circunstancias, o simplemente la búsqueda de un alivio para tratar de aferrar el sentimiento más allá de la razón. Sin embargo, a pesar de mis elucubraciones, solo una cosa era cierta en ese momento: el hombre que yo conocí durante aquellos días ya había dejado de ser el hombre que él mismo conoció.

Pájaros en la memoria

El techo me da vueltas, parece que en cualquier momento se me quiere venir encima. Cierro los ojos y la oscuridad del precipicio me asusta. Los abro. Las paredes bailan lentas en un movimiento que solo veo yo. Ella me mira, desconcertada. Está de pie junto a mí diciendo cosas como estate tranquila, respira. La obedezco, me relaja. Parece que a ella también. Suena un teléfono y corre a contestar. Oigo palabras sueltas: recogida, pedido, transporte, gestión. Silencio. Regresa a la habitación y se sienta a teclear con impaciencia. ¿Está nerviosa? Me vuelvo a marear.

Respira, me digo yo esta vez. Qué sensación más rara. Me palpo la cabeza buscando la razón a todo esto. ¿Qué hora es? Más de la una, me contesta. ¿Ya? Qué raro, creo que no he hecho de comer… Entonces, ¿qué he hecho? Hablar por teléfono toda la mañana, me suelta burlona. Pienso con quién y no lo recuerdo. No, no es posible, me está tomando el pelo. Percibo su expresión de extrañeza en el rostro, se levanta de nuevo y se pone a mi lado. ¿No te acuerdas? Busco entre los pliegues de mi memoria algo de luz, pero no lo consigo. Ella indaga con cuestiones fáciles, supongo, que no sé contestar. ¿Qué le pasa a tu hermano? Ella titubea, se sienta a los pies de la cama y me acaricia las piernas. Parece que se ha puesto pálida, la pobre. Vuelve a insistir en si me encuentro mal y la verdad es que sigo algo mareada.

Que si la veo, pregunta ahora. Pues claro, no estoy ciega. Que si sé quién es, ¡anda, anda! Y que sí sé cómo me llamo yo, ¿es que se ha vuelto loca? ¿Qué significa este interrogatorio? No entiendo nada, ¿por qué estoy tumbada? No me acuerdo. ¿He perdido el conocimiento? Contesta que no, solo estaba algo mareada. Aunque por la cara que pone no estoy muy segura de que me diga la verdad. Que va a telefonear un momento y que no me mueva del sitio, ordena. Me trata como a una niña pequeña, pero obedezco sin rechistar. Cuando cuelga me comunica que van a venir unos médicos. ¿Por qué? Porque estás mareada. No me dice que en realidad es porque no me acuerdo de nada de lo que hemos hecho esta mañana.

No me gusta este suéter, mejor tráeme el azul, por si me llevan los médicos con ellos. Tengo mucho calor, me quito la camiseta. Suena el timbre y ella suspira aliviada. Dos chicos muy amables invaden la habitación, cuánta gente de repente. Me examinan los ojos, como si esperaran verme perdida en mi propia mirada. Que saque la lengua. Que levante los brazos. Me aprieta mucho este aparato, ¡aaay! Mencionan algo de la tensión, me pinchan un dedo y cae una gota de sangre. Todo va muy deprisa, me siento como un autómata. Y de nuevo, la retahíla. ¿Dónde vive usted? Pues aquí, ¡dónde voy a vivir! Sonríen, como si la que hubiera dicho alguna chalaúra fuera yo y no ellos con tanta tontería. Los veo susurrar y tomar una decisión, están de acuerdo, será lo mejor.

Hola, María. Ya en la calle saludo a la vecina, que parece no reconocerme. ¿Qué les pasa a todos hoy? Me pregunta preocupada que cómo estoy, pero la verdad es que no lo sé, porque no me acuerdo. La dejo descolocada. Me meten en un camioncito repleto de artilugios, digo yo que será una ambulancia. Estoy sola y extrañamente tranquila, me abandono al traqueteo. Al cabo de un rato unas voces me sacan del ensimismamiento y la vuelvo a ver, con la chaqueta puesta y papeles en las manos, de aquí para allá. Hay más personas en la sala, en camillas, en sillas de ruedas, parece que esperan su turno. Ella me acompaña, ¿quizá yo también espero el mío? Me doy cuenta de que llevo puesto el suéter azul, qué raro. Me comenta con ternura que es el que yo misma he elegido porque quería estar guapa para venir al hospital. No me acuerdo, pero tiene razón, siempre me gusta ir bien a los sitios.

¿Por qué no me acuerdo? Se despide anunciando que a donde voy ya no la dejan estar conmigo, aunque seguirá cerca. Lo sé. Vuelvo a quedarme sola pero estoy en calma. De vez en cuando un chico joven cubierto de pies a cabeza me hace alguna pregunta. Me fijo en su mascarilla, yo también tengo una, ¿es que hay coronavirus? He perdido la noción del tiempo… Dicen que me van a hacer algunas pruebas porque no recuerdo nada. ¿Y qué tengo que recordar? Parece de vital importancia que lo haga, sin embargo, por más que me esfuerzo mi cerebro no me devuelve nada. ¿Cómo he llegado hasta aquí? Digo yo que alguien me lo tendrá que explicar.

Un destello primero, como el fulgor de una chispa espontánea al conectarse un par de cables. Sí, estaba mareada esta mañana. Hablé por teléfono mucho rato. No sé si desayuné, supongo que lo hice como de costumbre. Cierro los ojos y siento los pensamientos fluir despacio, como un cauce de primavera naciendo tras el invernal reposo. Llegan a mí los recuerdos difusos, tan lejanos que parecen sueños. Trato de ordenarlos, pero me topo con demasiados huecos en la mente. Hay cosas que no comprendo, momentos que no alcanzo a enlazar, como fotogramas sin sentido reproduciéndose caprichosos en mi imaginario. La vida se pierde entre los recovecos de una memoria defectuosa que no consigo recuperar… Como si me faltara un pedazo de tiempo, como si todo esto nunca hubiera existido. Siento una profunda tristeza y el temor se apodera de mí. Qué cruel es el vacío que queda cuando los recuerdos ya no son nuestros.

Volcán de obsidiana

Hoy me acordé de ti. Así, sin previo aviso, sin anestesia, sin más. Es lo que tienen las mañanas perezosas en el Metro, que a una le da por mirar el móvil o a veces incluso por pensar. Hoy hice las dos cosas y no sé cuál de ellas fue la que desencadenó tu recuerdo. Dibujé una sonrisa al rememorar aquellos comentarios ácidos que primero con gracia me provocaban y que después terminaron por sacarme de quicio. Regresé a la cama que compartimos y te acaricié la espalda por debajo de la camiseta del pijama sintiendo tu escalofrío espontáneo, y el mío. Reí extrañando esa sensación y comparándola con otras que fueron antes, y que vinieron después. Noté tus dedos correspondiéndome casi de forma autómata y soñolienta mientras poco a poco, y a besos, nos despertábamos el uno al otro. Oí de nuevo los susurros, los qué loca estás, los gemidos, nuestro unísono a la perfección. Descubrí otra vez tus ojos posándose a dos centímetros de los míos, tan brillantes, tan astutos, tan profundos. Y me vi reflejada en ellos como tantas otras veces en las que quise ser para siempre la única capaz de perderse en ese volcán de obsidiana que era la vida junto a ti. A lo mejor también el amor.

Navegué, mecida por un vagón traqueteante, a los atardeceres rosados del océano Pacífico y quise volver a tostarme bajo un sol más abrasador que de costumbre, aunque tú ya no estés nunca más allí. No conmigo. Me perdí con la mente entre las olas de una relación que fue todo sin ser nada, o que de la nada quiso hacer un todo. Busqué respuestas donde antes ni siquiera me hice preguntas o puede que ya ni sentido tenga tratar de descubrir qué pasó, qué nos mató, qué fue realmente lo poco que te importó. Cuánto daño fuimos capaces de soportar y sin embargo, una vez, creímos que de las heridas infligidas algo podríamos aprender e incluso sanar. Ni tú ni yo, huérfanos de razones, le dimos tregua a un deseo tan ambicioso como fugaz.

adios-trenRegresé a las mañanas soleadas y a las tardes de lluvia, a las piedras en el camino, a las medias tintas, a los entredichos. Justifiqué las malas maneras, entendí muchas otras. Asumí tu inmadurez como parte del juego, la inseguridad de ambos vestida de ego. Me desprendí al fin del lastre del querer y del olvido, y pude recuperar la cordura a tiempo para no volver a cometer los mismos errores, aunque ¿quién me dice que no me gusta complicarme la vida con amores incompletos? Empiezo a pensar que no fuiste del todo tú, ni tampoco lo fui yo.

Como lobos en la estepa cubiertos de nieve coincidimos aquella noche en tiempo, lugar y forma. Solitarios, hambrientos, necesitados. Fui el refugio de tus miedos, tú la sombra que cubrió los míos, la luz que más los alumbró también. Nos alentamos, nos destrozamos. Nos prometimos, nos olvidamos. Regresamos, nos buscamos, nos deshicimos. Yo te quise como a nadie y tú me amaste como a todas. Fuiste el Diego de mi vida sin dejarme ser la Frida de la tuya. Llena de colores, de dolores, de sueños, de pájaros, de flores. Viste en mí el potencial y la tenacidad, dijiste que lo conseguiría, que algún día, de verdad, escribiría. Y lo hice, y lo hago, o lo intento, de mil maneras contigo, por ti, para ti. Pero cuando mejor me saben las letras es en la ausencia, en el recuerdo, en el tormento. Es la tristeza una forma de arte, quizá. Mi arte al menos.

Perdóname, empiezo a divagar, parece que este trayecto no termina nunca… Y quién sabe por qué eres tú quien hoy, de nuevo en mi memoria, me abre las emociones de un tiempo pasado que igual no fue mejor, aunque para mí su sabor entonces fuera perfecto. Ansia de la huella que pisaba mi alma mientras yo le ponía lazos a la tuya. Inconforme e inmensurable, agónico final. Hoy pensé en ti y en ese adiós cobarde mientras una muchedumbre de gente se agolpaba a la salida de este subterráneo asfixiante empujándome sin ser yo capaz de oponer resistencia. Casi como fue la historia entre los dos: un dejarse llevar. Pero, ¿sabes? Desde que no dueles, y hace ya mucho de eso, me puedo permitir este pequeño lujo de mirar atrás sin resentimiento por las cicatrices marcadas. Con valor. La supervivencia hizo finalmente su trabajo, invoqué a la libertad y me devolvió calma tras demasiadas tormentas perdida. Después de todo la mente tiende a jugarnos malas pasadas y ahora que el silencio es lo único que nos une me parece que nada de todo esto pasó, que tú ni siquiera fuiste, ni siquiera existes.

 

¡Maldita memoria!

Tengo un problema, un grave problema: exceso de memoria. Y sí, lo que en su momento me supuso subidas de nota en mis rigurosos exámenes de historia, es hoy una especie de amenaza. Y lo que la gente considera un privilegio porque no se me olvidan los cumpleaños ni las fechas más singulares del calendario, yo a veces lo siento como mi propio verdugo. Demasiada memoria que gestionar…

Porque es complicado lidiar con la memoria del recuerdo que quizá prefieres olvidar. Y es muy complicado levantarte por la mañana un día cualquiera y de forma inconsciente saber que ese mismo día hace un año dormías en brazos de alguien, o que hace dos te ibas de viaje, o que hace tres estabas en un hospital. Nostalgia, emociones, arrepentimiento, deseo, temporalidad… Todo eso que pasa mientras vivimos y poco a poco archivamos en nuestro cerebro, de forma imperceptible, como máquinas registradoras. Todo eso, que es la vida, se almacena y de repente, ¡pum! El recuerdo.

Envidio a aquellos que no padecen mi síndrome de memoria excesiva y que no recuerdan ni lo que comieron ayer. Aunque a veces eso pueda crear problemas (¡Oye! Hoy es nuestro aniversario! ¡Qué poco te importa…!) yo creo que en el fondo es una ventaja: la falta de memoria te otorga libertad. Y lo curioso del caso es que quizá yo tampoco recuerdo qué comí ayer y mucho menos tengo memoria para esos «recuérdame que…», pero no olvido una fecha ni a propósito. Números, números… A veces parece que solo tengo memoria para eso, ¡y lo triste es que soy de letras! Pero puedo almacenar en mi mente teléfonos a los que no llamo, datos bancarios que poco muevo e incluso documentos de identidad ajenos, ¿para qué? Para contestar por mi madre cuando le piden el DNI, o para solventar una compra online sin la tarjeta delante. Sí, lo hago, y sin esfuerzo.

Pero estoy aprendiendo a codificarla y a saber que aunque esa memoria a veces me atormenta y me hunde en el ayer, es también una forma de decirme que si pasó puede volver a pasar, que lo bueno regresa y que las fechas de los grandes momentos importantes o de los pequeños instantes vitales siempre formarán parte de nuestra memoria personal. Porque lo que de verdad nos interesa, a ti y a mí, nunca se deja atrás. Así que si alguna vez no te felicito por tu cumpleaños ya sabes que no será porque se me ha olvidado.

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