‘NO’ es ‘NO’

No vengo a erigirme como abogada ni jurista, tampoco como representante de nada porque ni tengo las herramientas, ni lo soy ni lo pretendo. No he leído la sentencia completa del caso de «La Manada» porque los pocos párrafos a los que he tenido acceso me han dado ganas de vomitar. Tampoco he estado al día en las declaraciones ni de los acusados ni de la víctima, y no puedo entrar a valorar con argumentos legislativos la diferencia que marca el Código Penal entre abuso y violación. Ni puedo ni quiero. Porque todo este asunto me repatea como mujer, me indigna, me entristece y me recuerda que en esta sociedad todavía queda mucho por hacer para erradicar del pensamiento colectivo el «no importa lo que hagamos, que aquí no pasa nada» cuando vemos que quienes están para protegernos con los mecanismos pertinentes no lo hacen. Así que si hoy voy a hablar de este tema es desde mi perspectiva vital como mujer, que eso sí puedo hacerlo con todas las de la ley.

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Las mujeres tenemos miedos, qué duda cabe. Qué mujer no se siente intranquila cuando viajando en transporte público de madrugada el vagón se va quedando vacío. Qué mujer no acelera sus pasos por la noche al escuchar un ruido o al pasar cerca de un grupo de hombres. Qué mujer no prepara sus llaves en el último tramo a casa para no entretenerse demasiado abriendo la puerta. Qué mujer no prefiere regresar acompañada en un taxi. Qué mujer se separa de su grupo de amigas sin que ellas le digan avísame cuando llegues a casa. Qué mujer no ha recibido ningún consejo paterno parecido a un ten cuidado o no vuelvas sola tan tarde. Y no es sólo por una cuestión de preocupación paterna, que también, es porque tenemos tan arraigado que a las mujeres nos pueden pasar «ciertas cosas» que lo damos por hecho. Y es así desde que tenemos uso de razón. Crecemos con la creencia de que ante el hombre nosotras somos vulnerables y ahora vemos que, encima, ni la justicia va a poder ayudarnos. 

Porque no es violación si no hay resistencia, al parecer. Te tienen que dejar magullada, sangrando, apaleada, además de penetrada, para que un tribunal considere que sí, pues es verdad, te han violado. Tienes que hundirte en la miseria de por vida para demostrar públicamente que estás traumatizada porque fuiste violada y si no, pues es que no fue para tanto. Que una madrugada en plenos sanfermines te acorralen cinco hombres mayores en edad y en corpulencia, que te metan en un portal oscuro y minúsculo, que te desabrochen los botones, te bajen la ropa, te dejen expuesta y te penetren bucal, vaginal y analmente los cinco en manada mientras lo graban con sus móviles y se jactan de su asquerosa «proeza» debe de ser de lo más placentero oye. Y que por mil motivos no opongas resistencia (pánico por parálisis o por pura supervivencia) te convierte en alguien que bueno, quizá también se lo buscaba, porque qué hacía una chica sola por ahí a esas horas con cinco desconocidos, ¿verdad? Y ahí está siempre oteando la sombra de la duda que pervive en una sociedad de pensamiento machista: nosotras nos lo buscamos con nuestras faldas cortas, con nuestros escotes, con nuestras ganas de divertirnos, de emborracharnos, de conocer gente, de pasarlo bien. Nosotras somos culpables por nuestras ganas de vivir. 

Afortunadamente la gran mayoría de los hombres está comenzando a tomar conciencia de los miedos que sentimos las mujeres y son muchos los que, como nosotras, se indignan y condenan sentencias débiles para hechos tan duros. Es realmente esperanzador y gratificante. Pero tenemos que seguir luchando, saliendo a la calle, gritando y manifestándonos para que los altos cargos, los mandatarios, los jueces, los que parten el bacalao, los que nos dirigen y representan se enteren bien de que nosotras, nuestras hermanas, madres, hijas, sobrinas, primas y amigas, no tenemos por qué vivir con el temor a que nos asalten, nos violen o nos hagan «cosas». Y que si eso sucede, porque la cara mala de la vida existe y los monstruos también, al menos tengamos un sistema judicial lo suficientemente sano y justo, valga la redundancia, como para que eso mitigue algo el sufrimiento. Porque evidentemente nadie podrá quitarle a una mujer violada el dolor de lo padecido, ni el recuerdo ni el estigma. Pero al menos que a eso no se le sume también la burla de la justicia cuando todavía pueda actuar. Porque no olvidemos que muchas otras chicas no pueden tener un juicio contra su agresor porque su resistencia, esa que al parecer determina si es o no violación, es desgraciadamente su sentencia de muerte.

Maldita sea, ‘NO’ ES ‘NO’.

 

 

 

¡Guerreras!

Mujeres, despertad. Reconoced vuestros derechos. ¿Cuándo dejaréis de estar ciegas? ¿Qué ventajas habéis obtenido de la Revolución?”

Olympe de Gouges, 1791.

Cada 8 de marzo suena con más fuerza el día de la mujer no sólo para reivindicar nuestro papel como mujeres en la sociedad sino para no olvidar los derechos adquiridos a lo largo de los años y seguir luchando por los que todavía nos faltan. Es por eso que, además de los acostumbrados actos previstos, hoy está convocada la primera huelga feminista de la historia en España. Y me parece muy bien que un día al año paremos. Que al menos un día al año pongamos de manifiesto mediante nuestra ausencia en las tareas habituales (laborales, sociales, domésticas) lo mucho que se nos necesita y lo lejos que estamos aún de que se nos valore por igual. Estoy muy de acuerdo con salir a la calle para manifestarnos por unos derechos que batallamos y recibimos a cuentagotas para que luego se nos diluyan por una pura y absurda cuestión de género. Sí, en el siglo XXI nosotras todavía tenemos que luchar contra ciertos estigmas para conseguir alcanzar la igualdad de trato, de respeto y de oportunidades.

Por eso hoy aprovecho la celebración del Día Internacional de la Mujer para reivindicar quizá a la figura más importante de la historia de este movimiento que a su vez es una gran desconocida para la mayoría. Olympe de Gouges (Francia, 1748 – 1793) fue la primera que se atrevió a proclamar públicamente que «la mujer nace libre y permanece igual al hombre en derechos”. Escribió numerosos panfletos en contra de temas tan controvertidos como la esclavitud, pidiendo su abolición. También habló del derecho al divorcio, del reconocimiento de los hijos naturales fuera del matrimonio (los llamados despectivamente «bastardos») y de la creación de centros de acogida para mujeres necesitadas. Reclamó igualdad en la aspiración a cargos de magistratura y de carácter público (hasta entonces prohibidos para ellas) alegando que «si la mujer tiene el derecho de subir al cadalso, también debe tener el derecho de subir a la tribuna». Fue la primera en hablar de sufragio universal en un momento en el que el voto estaba vetado a las mujeres por considerarlas «ciudadanas pasivas sin derecho a la participación en la vida pública».

Su texto Declaración de los Derechos de la Mujer y la Ciudadana (1791) es uno de los primeros que hablan abiertamente de la emancipación femenina en sentido de igualdad y de la equiparación de la mujer al hombre en lo jurídico y en lo legal. Es el primer alegato feminista de la historia pero no sólo tiene valor como proclama en favor de la mujer sino también en la universalización de los derechos humanos. Sin embargo, este texto fue finalmente el detonante que la condenó a la guillotina mientras, paradójicamente, ella denunciaba la pena de muerte.

De Gouges fue una mujer valiente, atrevida y revolucionaria que sentó las bases de un movimiento que empezó a cobrar fuerza a lo largo del siglo XIX. Muchas mujeres vieron en ella un ejemplo a seguir y perdieron el miedo a luchar por sus derechos, algunas incluso dejándose la vida en ello (no olvidemos la muerte de 120 trabajadoras neoyorquinas en las manifestaciones del 8 de marzo de 1875), para ir sumando esfuerzos y conquistando victorias. Sin duda, una lucha de guerreras que continúa hasta hoy.

En los últimos meses asistimos a una importante corriente de denuncia social que tuvo como detonante el ‘caso Weinstein’ y que propició el nacimiento del famoso lema #MeToo extendido ya por muchos países del mundo. Porque no hace falta ser una actriz de Hollywood, una modelo de pasarela o una persona de relevancia pública para ser víctima del machismo. Son muchas las mujeres, somos muchas, las que en algún momento de nuestra vida nos hemos sentido violentadas, ultrajadas, utilizadas, desprestigiadas, dominadas, poco valoradas o nada respetadas. Y lo que comenzó como una denuncia concreta ante un acto de acoso sexual se ha convertido ya en un levantamiento global que acoge a todas aquellas mujeres que no sólo nos solidarizamos con el «yo también» sino que sobre todo queremos gritar BASTA.

Basta de violencia de género y de feminicidios, no queremos ser ni una menos. Basta de tener que demostrar el doble para llegar a un mismo lugar. Basta de cobrar sueldos inferiores por un mismo trabajo. Basta de cargarnos con toda la responsabilidad en la educación de los hijos y en el cuidado de los mayores. Basta de sentirnos incómodas cuando nos ponemos una minifalda. Basta de tener temor a caminar solas de madrugada. Basta de tener que hacer malabares para conciliar familia y trabajo. Basta de ser el eslabón profesional sacrificable si pretendemos tener descendencia. Basta de criticarnos si no queremos ser madres. Basta de dar por hecho que queremos hacerlo. Basta de que otros decidan sobre nuestro cuerpo. Basta de vernos como unas fracasadas si estamos solteras o divorciadas. Basta de juzgarnos si disfrutamos sin vergüenza de nuestra sexualidad. Basta de clasificarnos entre putas y mojigatas. Basta de llevar todo el peso del hogar. Basta de querer vernos perfectas las 24 horas del día. Basta de ser reclamo sólo por nuestro físico. Basta de tratarnos como locas si alzamos la voz. Basta de reprocharnos un mal día porque estamos «en esos días». Basta ya de someternos a tantos juicios de valor.

Actualmente los medios de comunicación y las redes sociales nos facilitan mucho más la tarea de la visibilidad y por tanto de la reivindicación, así que aprovechemos las herramientas que tenemos para, tal como hicieron De Gouges y muchas otras guerreras en su momento, denunciar el abuso de poder, el acoso sexual, la violencia machista y el micromachismo cotidiano, la desigualdad en los salarios, el techo de cristal en las empresas, las dificultades en la conciliación familiar, las carencias en las ayudas sociales y el doble esfuerzo que generalmente tenemos que hacer para demostrar quiénes somos y lo que valemos. Porque no, éste no es es un problema exclusivo de las mujeres, es un problema que nos incumbe a todos. Tomemos al menos el día que nos ha concedido el calendario para evidenciar que sin nosotras se para el mundo. Pero no olviden que en nuestras vidas cada día es 8 de marzo.

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Yo también me niego

Desde que salió a la luz el ‘caso Weinstein’ numerosas mujeres (y algunos hombres también) han denunciado situaciones de acoso y abuso sexual en Hollywood. Tras el escándalo del productor, actores tan consagrados como Kevin Spacey o Dustin Hoffman también han salido a la palestra por lo mismo, lo que ha ocasionado todavía más revuelo que los nombres de Harvey Weinstein o James Toback, menos conocidos para el gran público. ¿Qué ha cambiado para que ahora se preste atención a sucesos que vienen pasando desde hace décadas? Este tipo de acciones eran un secreto a voces en Hollywood que nadie se atrevía a denunciar porque las pocas mujeres que en su momento lo hicieron no tuvieron ni voz ni voto, muy al contrario, vieron cómo el poder de esos hombres les hacía tanta sombra como para convertirlas en mentirosas y exageradas. Pero ahora ya no, algo está pasando aunque sea muy lentamente y a veces sólo cara a la galería. Porque en realidad Hollywood no es el único nido de buitres en el que ocurren estas cosas sino que simplemente es la punta del iceberg, ahora palpable, de una sociedad todavía muy lejos de poder hablar de igualdad de género en cualquier aspecto.

A raíz de este caso muchas mujeres de varios países y de diferentes ámbitos han empezado a alzar la voz no sólo ya contra el abuso sexual y la violación sino contra el machismo en general, el machismo de a pie que sin darnos cuenta toleramos y a veces incluso fomentamos. Para ello, asociaciones como Oxfam Intermón están lanzando campañas para concienciarnos de que éste es un problema real y es un problema de todos. Pero no sólo las organizaciones visibles lo hacen, también surgen campañas espontáneas en las redes sociales que en cuestión de segundos se vuelven virales como los #yotambién, #yotecreo o #niunamás. Porque estamos hartas de la impunidad del hombre por ser hombre y de la sospecha de la mujer por ser mujer.

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En el mundo 7 de cada 10 mujeres sufre violencia machista en algún momento de su vida y cada 10 minutos se comete un feminicidio. En España van 45 mujeres asesinadas por sus parejas o exparejas en lo que llevamos de año, y cada 8 horas se produce una violación. Datos escalofriantes que no tenemos en cuenta y que nos parecen impensables cuando se ponen sobre la mesa en pleno siglo XXI. Nos escandalizamos. Pero cuando empiezas a hablar del tema con otras mujeres te das cuenta de que no son cifras tan lejanas cuando la mayoría nos hemos visto afectadas por algún tipo de violencia machista, algunas incluso viviendo situaciones de abuso siendo niñas y adolescentes. Y qué fuerte suena decirlo, ¿no? Porque parece que eso sólo les pasa a las demás. A mujeres que se lo buscan, a chicas que van solas por la calle de madrugada, a las que se lanzan a conocer a alguien saliendo de una discoteca. Qué valor, cómo se les ocurre. Pero ¿y esa niña a la que le restriegan una erección en un autobús, o a la que acorralan en un portal para tocarla, o las que tienen que ver a un asqueroso masturbarse delante de su colegio? ¿Esas niñas qué han hecho para sufrirlo si ni siquiera saben lo que es el sexo? ¿También tenemos justificación para eso?

No, me niego. Me niego a tener que callar por ser mujer, a no denunciar y a no condenar, a aguantar. A justificar actitudes machistas porque «es que ellos son así». Me niego a que se ponga antes en tela de juicio la versión de la víctima que la del verdugo. Me niego a los «algo habrá hecho» tan comunes en las comisarías hasta hace no demasiado tiempo. Me niego a que mis hijas tengan que recoger los platos de la mesa más veces que mis hijos. Que se excuse a un varón por no estar pendiente de la familia y que se critique a una mujer por lo mismo. Me niego a que un hombre viva su sexualidad como un héroe y yo como una puta. Me niego a ponerme la falda más larga para evitar miradas lascivas. Me niego a tener que llevar cuello alto para que me miren a los ojos cuando hablo. Me niego a que nuestros días malos sean por falta de polvos. Me niego a que «se nos pase el arroz» o seamos unas fracasadas por no tener pareja. Me niego a cobrar menos que mis compañeros y a tener que demostrar el doble para ascender. Me niego a sentirme culpable si alguien se sobrepasa conmigo. Me niego a ver normal que el reclamo de los bares sea nuestra entrada gratis y que las periodistas deportivas tengan que ser esculturales cuando ellos pueden ser feos, gordos y calvos. Me niego a cortarle las alas a una niña que quiera jugar a fútbol antes que hacer ballet. Me niego a disculpar chistes, comentarios jocosos, gracias varias. Me niego a que un tipo como el eurodiputado polaco que se jacta de que las mujeres somos «más débiles y menos inteligentes» y que «deben quedarse en casa» siga ocupando su cargo, como también me asquea que un tipo capaz de decir que «cuando eres una estrella te dejan hacer lo que quieras, como agarrarlas por el coño” haya llegado a la Presidencia de EEUU. Me niego a que las adolescentes crean que desnudarse en Instagram las hará más atractivas a los ojos masculinos y que esté a la orden del día eso de pedir nudes como muestra de amor. Me niego a que me llamen feminazi por defender unos derechos que no deberíamos siquiera tener que defender.

Me niego a seguir soportando eso que llaman micromachismo como algo intrínseco de nuestra sociedad, a dejarlo pasar. Intentemos entre todos, hombre y mujeres, poner nuestro granito de arena en el día a día, en casa, en la oficina, en los espacios públicos para erradicar las inercias machistas que nos envuelven sin querer. Y denunciemos absolutamente toda actitud violenta que suframos o que conozcamos. El silencio no es un buen aliado en estos casos. A la vista está que romperlo genera una ola de fuerza mucho más poderosa que el propio poder de esos hombres que se aprovechan de su situación para avasallar, humillar y abusar de una mujer.

Porque #yotambién he sufrido violencia machista, #meniego a seguir tolerándola. Luchemos todas juntas para que no la sufra #niunamás.

 

 

A todos los que…

A todos los que leen en diagonal, que escuchan a medias, que miran a ciegas.

A todos los que cuestionan, que juzgan, que destierran.

A todos los que abandonan al olvido, que incitan al peligro, que desarman y envenenan.

A todos los que empujan al desastre, que provocan incendios, que se adueñan de las noches en vela.

A todos los que utilizan a su antojo, cogen cuando les conviene y luego lo desechan.

A todos los que piden sin dar, que no agradecen ni se saben disculpar, que de repente no están.

A todos los que desean en piel, que deshonran en alma, que se ahogan convenientemente en cualquier mar.

A todos los que no creen en la capacidad, que infunden temores, que envidian el potencial.

A todos los que tienen, retienen, convencen y después dejan fuera de lugar.

A todos los que juegan sin reglas, que no dialogan ni les interesa solucionar.

A todos los que hieren con conocimiento de causa, que se ríen del karma, que nunca preguntan oye qué tal te va.

A todos los que ignoran las demandas, que desprecian los aprecios porque todo les da igual.

A todos los que prometen, que desgarran, que mienten, que avasallan.

A todos los que un día sí, otro no, que oportunamente les falta memoria, que vienen y se van.

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A todos los que ven antes la paja en el ojo ajeno que la biga traspasando su umbral.

A todos los que conocen las bofetadas de la vida y ni siquiera intentan empatizar.

A todos los que creen que el ego todo lo puede y tiran de altanería para ocultar su debilidad.

A todos los que un día habrán ido tan lejos en su egoísmo que no podrán regresar…

Que ese día la soledad les perdone lo que los demás ya no les podrán perdonar.

 

 

 

 

 

 

 

¡Estoy harta!

Llevo ya varios días muy cansada, agotada, hastiada. Busquen todos los sinónimos que quieran pero esta es la situación: estoy completamente harta.

Estoy harta de Puigdemont, de Rajoy, de la política del perro y el gato, de promover el «cuanto peor, mejor». Estoy harta de corrupción, corruptelas, arengas, utopías, irresponsabilidades y orejeras. Estoy harta de escuchar de aquí y de allí voces que no nos dan voz, de proclamas suspendidas, del pez que se muerde la cola y de amenazas de patio de Primaria. Estoy harta del intercambio de cartas que no se quieren entender, de jugadas de ajedrez, de leer tantos términos y condiciones que no dicen nada. Estoy harta de banderas, cacerolas, velas, pancartas, vídeos virales, imágenes photoshopeadas, victimismo por doquier y exaltaciones a tantas patrias. Estoy tremendamente harta.

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Como también estoy harta del cáncer de mama, de pulmón, de próstata, de piel o de cualquier otro tipo. Estoy harta de malas noticias, de ictus repentinos, de tumores infantiles, de «pupitas» que no eran nada, de que la vida no se olvide nunca de regalarnos su maldita dosis de putadas. Estoy harta de las enfermedades, de las adicciones, de los desahucios, de los embargos, de las mafias, del hambre en el mundo y de las guerras pactadas.

Estoy harta de apremiar a la gente para que cumpla su palabra. Harta de perseguir respuestas y acciones, de buscar yo sola las soluciones, de intentar entender los motivos de los silencios que van y vienen. Estoy harta de elucubrar de madrugada, de whatsapps vistos y no vistos, de llamadas no descolgadas, de indirectas virtuales, de lobos sospechosamente adorables. Estoy harta de hacer reclamos y sentir que por ello molesto, de ser una intensa porque necesito una mísera réplica a mis peticiones, comentarios y palabras. Estoy harta de esos que se dicen amigos pero que nunca preguntan cómo estás, qué tal te va, si no hay un beneficio para ellos detrás. Perdón por pretender mantener conversaciones reales lejos de las banales, por interesarme de corazón y por querer dialogar, que yo no soy como esos políticos con su cuento de nunca acabar.

Estoy harta de la hipocresía, de la mala gente, de la crítica por la crítica, de juzgar las decisiones ajenas sin conocer, de etiquetar a las personas sin saber. Estoy harta de que la confianza dé asco y de la falta de lealtad. Harta del pasotismo, del todo vale, de herir con conocimiento de causa. Estoy harta de los tuits y retuits ofensivos, de la pésima educación que impera en la sociedad, de las amenazas y de los juegos y artimañas. Muy harta de las estrategias, del individualismo, de la vanidad, del orgullo y de tanto infeliz subido a un pedestal. Harta de los pies del interés y de las zalamerías convenientes que siempre paso por alto. Harta de mí cuando remuevo Roma con Santiago si alguien me pide un favor, de no haber aprendido todavía a decir que no. Harta del egoísmo, de lo superfluo, de las mentiras y de las medias verdades. Estoy harta de que cueste tanto pedir perdón y dar con sinceridad las gracias.

Estoy harta de estar tan harta.

 

¡Es que soy millennial!

Dice mi fecha de nacimiento que soy Leo. La hora dice que tengo el ascendente en Libra y la luna vete a saber, quizá la tengo en Valencia (o eso opina a veces mi madre). El horóscopo chino, que es el que se rige por los años, determina que soy Tigre. Y ahora ese mismo año resulta que también dice que soy millennial. ¿Millennial? Me parece que eso ya no tiene nada que ver con el Zodiaco, creo que es más bien una etiqueta que engloba a toda una generación de eternos adolescentes…

«Millennial: término para definir a los nacidos entre las décadas de los ochenta y de los noventa (en concreto 1982-1996) y que alcanzaron la edad adulta ya en el cambio de milenio» (de ahí su nombre). A esta generación también se la conoce como Generación Y, por correlación con la anterior que era la X, que venía a su vez de la Baby Boomer. A nosotros nos sigue la Generación Z, nacidos entrados los 2000. Y luego ¿qué vendrá? ¿Vuelta a empezar con el abecedario?

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Pero nosotros los millennials ¿quienes somos en realidad? Dicen que somos esa «generación Peter Pan» que retrasa al máximo la llegada a la edad adulta, o mejor dicho, a la responsabilidad adulta que vemos reflejada en las generaciones predecesoras. Somos madurescentes: retrasamos la vida familiar, nos pensamos mucho eso de tener una hipoteca, preferimos viajar. Queremos un buen puesto de trabajo acorde con nuestra creatividad, el máster que estudiamos y el talento que tenemos; buscamos en realidad un reconocimiento social y ya no sólo una insatisfecha estabilidad económica que nos permita anclarnos a lo material, aunque seamos cada vez más materialistas. Somos la generación mejor preparada hasta la fecha pero la que más difícil lo tiene para entrar en el mercado laboral. Somos los que cogen sus maletas y se van, porque quieren o porque no tienen de otra, aunque eso ha pasado siempre y en peores condiciones, también es verdad. Somos emigrantes con Visa y móvil, bueno, pues no estamos tan mal.

Queremos ser felices y recuperamos a los antiguos romanos adoptando su «carpe diem» como máxima actual. Sin embargo, necesitamos cientos de gurús del buenrollismo, libros de autoayuda, artículos positivistas, frases optimistas en vinilos decorativos y tazas motivacionales para el desayuno… Y aún y así siempre nos falta algo, nunca estamos satisfechos.

Somos los que nacimos libres con la tecnología y en la edad adulta nos hemos convertido en sus esclavos. Fuimos los primeros en abrirnos una cuenta en Facebook y los primeros ahora en empezar a cerrarla… Ya no le vemos tanto sentido, otras redes están ganando la batalla. Somos los que maquillamos el currículum en Linkedin y nos enteramos de las noticias por Twitter o en la versión online de esos periódicos que no sabemos cómo hojear. Somos los que opinamos de todo detrás de las bambalinas virtuales, la generación más interesada en la política y en los asuntos sociales, la que más se reivindica pero la más alejada en cambio a los partidos y a las asociaciones tradicionales. Somos una multitud de opinión plagada de egos individualistas.

Leemos novelas en kindles (aunque yo siempre preferiré el olor de un libro en papel) y no podemos ir a dar la vuelta a la manzana sin conectar los auriculares del iPod. La tablet releva al portátil y los ordenadores de sobremesa nos parecen demasiado remotos, demasiado encorsetados, demasiado estáticos. El móvil es parte de nuestra anatomía y la inmediatez de respuesta, de opinión, de comunicación es parte de nuestro carácter.

Pero también somos la generación que vivió su infancia en los noventa, cuando todo esto de hoy era bastante diferente. Dragon Ball, Oliver y Benji o Pinky y Cerebro era lo que veíamos después del ‘cole’. Pesadillas fue nuestra primera colección literaria; luego llegó Harry Potter. Los Simpson la serie de animación por excelencia unida a la irreverente South Park que veíamos casi casi a escondidas. ¿Dibujos infantiles malhablados? Perdón, ¿infantiles? Somos la primera generación adulta que sigue viendo dibujos animados. La misma que creció con las precuelas de Star Wars pero que se hizo incondicional de toda la saga y cuenta los días para el estreno del Episodio VIII. Somos esa generación que ha hecho de los superhéroes una fuerza cultural y de los videojuegos está haciendo un deporte. Porque con nosotros llegó la PlayStation, niños. Aunque antes de la Play tuvimos una consola Sega en la que jugábamos a Sonic y también una Game Boy ¡en color! para entretenernos en los viajes.

Somos la generación que coreografió los bailes de las Spice Girls y forró sus carpetas con las fotos de los Backstreet Boys. Lloramos con la muerte de Jack Dawson más que con la del millar de náufragos reales del Titanic y todavía hoy reivindicamos que había sitio en la maldita tabla, ¡Rose! Somos los que nos sabemos al dedillo cada capítulo de Friends y los que seguimos echando una lágrima cuando muere Mufasa. La factoría Disney nos quiso convertir en princesas pero Pixar llegó para contrarrestarlo.

Dicen que somos millennials pero tenemos un pasado en el que los móviles eran como ladrillos, o incluso no había móviles. ¿Que cómo puede ser? Cuando era pequeña no teníamos línea fija en el apartamento de la playa y si había una urgencia llamaban a la vecina. Las cabinas telefónicas tenían sentido y las madres te llamaban a gritos desde el balcón, no te escribían un whatsapp para que subieras a cenar. Somos la generación que para usar internet tenía que desconectar la línea de teléfono y escuchar el chisporroteo del módem para saber que aquello se estaba conectando, lento pero seguro. Ni fibra óptica ni miles de gigas. Wikipedia no existía, lo más novedoso entonces era la enciclopedia Encarta en CD que sustituía a los grandes tomos de la Larousse que siguen adornando muchas estanterías en las casas, acumulando polvo.

Somos la generación que recuerda vagamente los casetes de Nino Bravo, de Mocedades, de los Beatles y de Perales en el coche de sus padres; pero que creció poniendo CDs en un discman efímero, que pirateó descargas musicales y que ahora escucha en streaming la música comercial pero vuelve a coleccionar vinilos de sus ídolos porque es más auténtico. Hipsters. Somos los mismos que dejamos de ir al videoclub en la adolescencia y ahora nos pasamos horas viendo Netflix desde cualquier dispositivo. Somos appdictos y sin embargo todavía imprimimos las entradas que compramos vía web. Por si acaso.

Somos, en definitiva, los que estamos entre lo viejo y lo nuevo, los últimos supervivientes de una forma de vida analógica, los primeros en caminar solos por la vida digital. Tenemos los suficientes recuerdos como para saber que antes esto no era así pero no concebimos otra manera de ser, de estar, de relacionarnos con el mundo que no sea a través de la tecnología. Guardamos álbumes de fotos en papel como un tesoro que sólo disfrutaban los implicados; ahora compartimos fotos de todo para todos, los conozcamos o no, les importemos o no. Caemos en la pose con suma facilidad, pintamos momentos felices, desayunos bonitos, atardeceres de cuento. Sólo los pintamos. Los vivimos tras el objetivo pero ¿los sentimos? A veces me parece que no como antaño.

Los millennials somos una generación boomerang, de altibajos, desconcertada en el cambio, aferrada y tecnológica. Innovadora para unas cosas, tradicional para otras. Reivindicativa del abrazo auténtico que estamos perdiendo, deseosa de interacción, falta de comunicación real, necesitada de aprobación. Sentimos que tenemos que vivirlo todo tan intensamente que a veces dejamos de vivirlo, nos abruma la impaciencia y la necesidad de (de)mostrar. Si no nos adoran, no adoramos. Si no nos quieren, no queremos. Si no nos contestan, no contestamos. Si nos ignoran, pues más ignoramos. Caemos en la provocación y en el orgullo con facilidad pasmosa, malinterpretamos mensajes escritos y enviados, le buscamos los tres pies al gato. Estamos dejando de lado los cafés y las miradas, las conversaciones importantes, por los teclados.

Y sí, es cierto, es que soy millennial y la primera que cae en todo eso, en la tecnología, en la moda, en la pose y en el hashtag. Pero igual que caigo me paro a pensar y me da miedo sentir que vamos a la deriva de la fachada y de la hipocresía, y que por querer estar tan conectados en un mundo ficticio al final estemos demasiado alejados de lo que cuenta de verdad. Lo que me consuela es pensar que el bagaje de nuestra infancia en los noventa seguirá estando ahí para recordarme que los teléfonos se pueden apagar para cenar con alguien, que todavía quedan momentos íntimos, que lo mejor nunca es lo publicable, que la autoestima no se mide en likes, que los amigos son más que los seguidores y que lo importante es ser y estar, no sólo (a)parecer. Y eso, por muy millennial que sea no me lo van a cambiar.