Vacío gris

Hoy es uno de esos días nublados en el cielo y en el alma. De esos días tontos en los que no pasa nada, o en los que pasa demasiado. La atmósfera se vuelve densa, cortante, asfixiante. A veces parece que ni aire tenemos, o que lo gastamos inútilmente diluyendo las esperanzas en un goteo mezquino y cruel. A lo mejor es que nos gusta estar vacíos. Vacíos de(l) todo. O quizá es que nos da miedo llenarnos de tanto y de verdad. Y así vivimos, irremediablemente confusos, esperando.

Esperando un mensaje y un abrazo. Esperando que la vida nos sonría así porque sí, que los problemas pasen, que los conflictos desaparezcan, que no nos toquen demasiado la moral. Dejamos de ser valientes para no salir nuevamente escaldados. Como si por ver el agua correr fuera suficiente para no salpicarnos más. Nos protegemos en exceso, nos amurallamos atemorizados dejando los demonios afuera, ahuyentando a esos fantasmas del pasado. Y no nos damos cuenta de que en nuestro claustro también encerramos la risa y la pasión. Qué pena creer que sin implicación, sin ganas, sin motivación y sin la búsqueda misma podremos llegar a rozar algo de esa felicidad que decimos anhelar y que tanto necesitamos.

col_16495El aburrimiento nos abruma, el cansancio nos derrota, la emoción nos mancilla. Hastiados, enmarañados y melancólicos arrastramos los pies sin rumbo fijo. Apostamos nuestro bienestar a lo efímero, a lo material y a lo ajeno. Cedemos nuestras alegrías sin miramientos, se las delegamos a los demás. Quebramos la libertad de nuestros años por no hacer daño o por temor al qué dirán, ralentizando nuestras alas en un peligroso juego de responsabilidad. Y cuando todo eso nos falla, cuando aquellos a los que les otorgamos tanto poder vital no son lo que esperamos ni actúan como pretendemos, entonces, ¿qué? De vuelta al vacío, al sinsentido, al dolor y a la soledad. Perdemos nuestra propia batalla aunque creamos sentirnos más protegidos en la trinchera del yo cuando en realidad así lo único que ganamos es rabia, impotencia, frustración y rencor.

No llegó ese mensaje, nadie nos dio ese abrazo.

Pero seguiremos esperando. Qué gran error.

 

La otra

Hola, me llamo Lucía y durante un tiempo fui la otra.

Seguro que me imaginas como una mujer frívola, ligera y maquiavélica. Una mala persona, una puta, una lagarta, una cualquiera. La típica que se mete en una pareja para destrozarlo todo, no sé, por deporte quizá. Bueno, no te culpo, las telenovelas nos han hecho a todos mucho daño. Pero no, yo no soy así.

Te sorprendería saber que soy una chica bastante normal, digo, ni una belleza exótica ni un cardo borriquero. No me quejo, me gusto y sí, algo debo de tener… Pero a lo que voy es que no soy el estereotipo de minifalda, escote de vértigo y tacones de aguja, ya te lo he dicho, no soy eso que llaman una buscona ni una mala pécora de manual. Simplemente salí con alguien que a su vez salía con otra persona.

Ahora estarás pensando de todo, no te juzgo, ¿cómo hacerlo? Pero tú sí me estás juzgando a mí, confiésalo. No importa, lo asumo, pero no perderé mi tiempo en excusas ni en intentarte convencer de algo que sé que si no vives no podrás entender. Si estoy contándote esto es precisamente para que no caigas en mi mismo error. No te involucres con nadie que no te muestre su documento nacional de libertad previamente. De verdad, no. Puede parecerte obvio y te preguntarás por qué yo sí lo hice, si está tan claro que de aquí nada bueno puede salir. Pues no lo sé, llámalo pasión, necesidad, ilusión, obsesión… Lo que quiero tratar de explicarte es que estas cosas pasan y a veces cuando menos te lo esperas aunque creas que algo así nunca te podría ocurrir. Tú, toda decente, cabal y consecuente, ¿como gata en celo por los rincones maullándole a un gato que no te pertenece pero que te busca, que te tienta, que te tiene?

No, olvídalo, sal de ahí. Si ya te metiste de lleno va a ser un poquito más complicado el asunto, te lo digo por experiencia; pero si por una extraña razón estás sopesando la idea descabellada de malgastar tu tiempo con alguien que ya tiene con quien disfrutarlo hazme caso y mira para otro lado. Porque lo que viene después de la adrenalina es un inmenso dolor. Cuando tu placer con él se termina porque el cronómetro llegó a cero te vistes y te vas a casa con una sensación de tristeza profunda, de rabia y de celos que poco a poco deja de compensar el maravilloso orgasmo que tuviste hace tan solo media hora. Cuando lo imaginas viendo series con otra, durmiendo con otra, yendo al cine con otra, desayunando con otra, cenando con la familia de otra, pasando las navidades con otra, los cumpleaños, los viajes… Todo, al final, con otra, te ríes enfurecida porque el maldito calificativo de la tercera en discordia es para ti cuando en realidad para ti «la otra» es ella.

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A la larga tú vas a querer eso que él no te va a dar, querrás un proyecto de vida común, querrás ser algo más. Pero créeme que si él no rompe con todo al principio el tiempo no jugará nunca a tu favor. La rutina de veros a escondidas se hace más fuerte, la logística se controla mejor, todo se profesionaliza tanto que qué necesidad tiene él de dejar una vida de comodidades y conservadurismo por ti, una loca que lo encandila un par de horas de vez en cuando. A él ya le funciona tenerte bajo sus sábanas de fantasía en fantasía, después dormirá abrazado a otra y tú lo harás sola abrazada a tus lágrimas preguntándote por qué no eres suficiente para él, ¿qué te falta? Ahí viene la decepción, el inconformismo, los juramentos poniendo a Dios por testigo de que nunca jamás volverás a caer. Pero ahí vas, tres mensajes después sonriente y feliz porque te quiere, porque le encantas, porque hoy lo vas a ver.

Y vuelta a empezar la rueda, y así pasan los días, los meses, los años. Y ¿sabes? En realidad lo único que pasa es tu vida en la sombra, apagándote por alguien que no te lucha si no es en la cama. Yo lo sé bien, por eso te lo digo. Aquí tienes a esa «otra» de carne y hueso llena de sentimientos llorando como no tienes una idea por alguien que mientras tanto estaba tranquilamente tomándose un café lleno de planes con su pareja. Yo he llegado a sentir el pecho arder al verlos pasar juntos a lo lejos. Se me ha anudado el estómago escuchando sus conversaciones, sus «vidas», sus «amores», sus «cariños». Me han temblado las piernas al ver una llamada entrante y tener que quedarme callada, rígida, inmóvil, para no ser descubierta. Como una maldita delincuente.

No te niego que tiene su punto divertido el tema de lo prohibido siempre y cuando puedas gestionar las emociones, siempre que eso que estás haciendo no conviva contigo las 24 horas del día, siempre que esa situación te deje vivir. Pero ¡ay amiga! si metes el corazón por medio ya se fastidió. Porque a un corazón cómo le dices que deje de latir por ese hombre que con un simple beso te calla, te llena, te ama. Es muy difícil pero del amor, como de las drogas, también se sale. Y de una relación de tres, donde tú eres la que lleva todas las de perder, salir es la única solución.

Sé que las que hemos sido «otras» estamos muy mal vistas porque la víctima siempre es la pobre engañada por un hombre infiel al que pocas veces se le responsabiliza. Las mujeres hasta para eso somos machistas, le echamos la culpa a la que entra sin darnos cuenta de que alguien la ha dejado entrar, incluso a veces, la han invitado a ello con alfombra roja y rosas por doquier. Sin embargo, las engañadas al final somos las dos. Las promesas, las mentiras, las excusas… Yo también las viví. Y lo peor de todo, lo que nos hace estallar en la furia es saber que no somos únicas, ni sus preferidas, ni sus amores, ni sus mujeres. Sólo somos las que tenemos que pedir cita o turno, las que nos llevamos las cancelaciones de última hora, las que hacemos de tripas corazón en público, las que batallamos con la soledad. A veces, lo confieso, hubiera preferido la felicidad de aquella pobre ignorante a mi desdicha por compartir a intervalos a ese hombre que llegó tarde a mi vida.

 

 

 

Estrella fugaz

A veces siente una punzada de celos con las buenas noticias ajenas. Y no es por maldad, al contrario, experimenta una sana alegría al conocer ciertas novedades pero si tiene que confesarse confiesa que por unos instantes sus ojos se velan sin poder evitarlo. Porque cuando otras celebran el milagro de una nueva vida ella todavía lo siente adentro, como una punzada muy adentro de sí, y se pregunta qué hizo mal, ¿es que no lo merecía?

Que no era el momento, que no era la manera, que no tenía que ser así. Argumentos tan válidos como repetitivos que le ayudaron a aceptar que ya nunca lo conocería pero que no sirvieron en absoluto para olvidarlo. Todavía hoy revive las emociones que le hizo sentir, y si se confiesa otra vez, lo primero que sintió fue miedo. Pánico incluso al saber que un corazoncito diminuto crecía en su interior y todo lo que ello conllevaba, ¿estaba preparada? Tan joven y alocada, con mil expectativas y planes de futuro en su cabeza, aquello llegaba como una revolución para cambiarlo todo de la noche a la mañana. Y sí, puede que fuera un imprevisto y también un shock, pero en ningún momento lo calificó de error. No soporta esa palabra aunque todos la utilicen a la ligera en los juicios de moral y valores que acostumbran a tener este tipo de cosas. Para ella aquello fue el resultado de pasiones acumuladas y tempos impacientes, fruto del deseo y también, por supuesto, del amor. Porque amaba a ese hombre tanto como empezó a amar a ese pequeño entre lágrimas confusas la misma mañana en la que lo supo dentro, o puede que incluso desde antes… Pero, ¿qué hacer de él? ¿Qué hacer con ella? Preguntas atropelladas que la mantuvieron en vela durante todos esos días en los que paradójicamente siempre estaba muerta de sueño. Cansada a todas horas, sintiendo su pecho endurecerse por momentos, desgarrándole él las entrañas pinchazo tras pinchazo. Tenía miedo, ilusión, fuerza y más miedo. Y alternaba la triste alegría de aquellos primeros momentos en los que no sabía mucho más que lo que esas dos rayitas del test quisieron contarle, con el desasosiego de ver avanzar el tiempo ocultándose a contrarreloj.

bc19fc3b43e3d8ef273181778f19c7eePero aquel incipiente sueño tenía otros planes y cuando ella por fin lo asumió como cierto, tangible y real, él prefirió no darle tregua con las presentaciones, ni con la ilusión, ni con la verdad… Y de la misma manera en que llegó a su vida, con ímpetu y desconcierto, se le escurrió entre las piernas aquella noche en la que ya no hubo vuelta atrás. No lo pudo retener, demasiado tarde para los dos. Aquella sensación le dio mucho más miedo si cabe. Sentir que lo perdía era infinitamente peor que sentir que lo tenía, y se derrumbó. No sintió alivio y mucho menos fortuna, aunque algunos le dijeron que eso había sido: suerte. No, no pudo hacerlo, nunca lo fue, y aquel vacío que le dejó, tan irreconocible, tan profundo, tan cruel, sigue intacto en un rincón de su alma tanto tiempo después. Un vacío que la arrastra por décimas de segundo al abismo del dolor cuando sabe de otros que se agarran a la vida. Y entonces, ahí va su tercera confesión, no puede dejar de preguntarse por qué tú no lo hiciste, por qué viniste para marcharte, por qué me abandonaste, por qué no me quisiste.

Pero ella sabe bien que no hay respuestas y que es inútil intentar encontrar un porqué así que se conforma pensando que esa estrella fugaz se marchó para regalarle unas alas nuevas y dejarle una huella especial en su memoria, aunque para el resto sólo dejó constancia de su paso por este mundo en un informe médico que nunca más volvió a leer. Sin embargo, ella a veces todavía le susurra alguna nana al viento y fantasea con el rostro del bebé que ya nunca podrá ser.

 

 

 

El mar en sus labios

Cuando abrió los ojos aquella mañana y lo miró durmiendo a su lado se sintió tan atrapada que quiso huir. ¿Por qué ahora? Después de todo no era la primera vez que despertaban juntos tras una noche frenética. Había habido muchas de ésas, incontables, inconfesables. Y sin embargo aquella mañana algo cambió. Quizá no fue de inmediato, quizá ese desasosiego, ese hastío, venía gestándose tiempo atrás pero para ella no habían sido más que señales difusas que intentaba apartar de su mente, puede que también de su corazón.

Se levantó despacio, no sabe si por miedo a ser descubierta o por la desazón de llevar a cabo su plan. Decirle adiós no era fácil, quizá por eso pensaba aprovechar ese momento para salir sin decir nada. Sí, como una cobarde. Pero cuántas veces quiso hablar, cuántas cosas intentó decir sin que la entendieran, sin que le prestaran atención, sin tan siquiera una bronca o una réplica. O quizá es que nunca nadie le dijo lo que ella quería oír, lo que sentía que merecía, y ya se había cansado de eso. De ser la parte perdedora, la segunda en el podio, la que nunca recibe los honores. Ya se había cansado de ese hábito que durante años la mantuvo lejos de la exclusividad siendo la que dándolo todo no pedía nada a cambio. Se acostumbraron a esa mujer todos los que jugaron entre sus piernas y al final ella también se acomodó a ser quien probablemente no era. Al fin y al cabo lo pasaba bien.

Pero aquella mañana algo en su interior se le rompió. Sintió que se le quebraba la esperanza de que por una vez las cosas iban a ser diferentes, de que él daría los pasos necesarios, de que apostaba por un futuro sin mentiras, sin engaños, sin secretos, sin terceros, sin huidas. Pero se dio cuenta de que eso nunca sería posible, salir de la comodidad establecida era probablemente una quimera y ahora la que huía era ella. A tientas recogió su ropa del suelo y salió de puntillas de la habitación. Lo miró por última vez bañado por la tenue luz que dejaba entrever la persiana bajada hasta la mitad y con mucho esfuerzo le lanzó un beso al aire y le susurró un tímido adiós.

ti-al-mareRespiró hondo al llegar a la calle sintiéndose libre y aterrada. Lloró tras los cristales de sus gafas de sol pero mantuvo la cabeza alta y comenzó a caminar sin rumbo. Ya estaba fuera, ¿a dónde iba? El sol de la mañana le calentaba la piel pero ella sentía frío. Un frío intenso y hueco recorriéndole el cuerpo, haciéndola temblar. Tuvo que sentarse en un banco antes de poder continuar andando, le flaqueaban las piernas y las lágrimas ya no le dejaban ver tras los cristales empañados. Tenía que serenarse y calmarse, no la podían ver así, maldita alma en pena, respira.

Pensó en si lo que estaba haciendo era lo correcto y en si a estas alturas él ya se habría dado cuenta de su partida. Quiso enviarle un mensaje, quizá le debía una explicación, pero el temor a volver atrás le hizo recapacitar. Se puso en pie y ahora con más rabia que tristeza se fue directa a la estación central. La suerte quiso que un tren parado en el primer andén fuera directo a la costa, sin demora. Así que casi sin pensar pagó su billete y subió. Le daba igual el destino mientras pudiera ver el mar…

El tren empezó a traquetear cada vez con más ritmo mientras se alejaba de la estación, de aquella ciudad, de su prisión. Se quedó absorta mirando el paisaje, primero las fábricas, después los campos, más allá el Mediterráneo. No pensó en nada, sólo quería sentir paz y callar las voces beligerantes en su interior. Esas voces que le decían vuelve, te quiere. Calma, no desesperes. Todo cambiará. No, no lo hará. Esa guerra de emociones que la seguía aturdiendo, confundiendo, martirizando. Cerró los ojos y se dejó mecer por el vaivén, adormilándose, agotada. Cuando el tren llegó a su destino bajó con rapidez en busca de ese espigón que conocía bien, en la playa de su infancia. Quizá la inercia la había llevado hasta allí, quizá fuera la necesidad de refugiarse incluso de sí misma en los recuerdos felices de su niñez.

Inspiró el aire que provocaban las olas al chocar contra las rocas, mezcla de sal y dulzor. El fuerte olor a mar se le colaba por la nariz y se le agarraba al paladar, pero le gustaba. Sumergió los pies en el agua y se acarició las piernas con las yemas de los dedos, dibujando caminos de gotas, formas etéreas que no significaban nada. Se quedó largo rato allí sentada, quieta, en silencio, descifrando la línea del horizonte, intentando adivinar qué había más allá. Otros lugares, otras tierras, otras personas. Puede que un viejo amor. Sonrió. El amor… Siempre de vuelta a él. Y en esa sonrisa melancólica notó un intenso sabor a mar en sus labios. Una lagrima salada le recordó que lo que escuece un día sana y eso no es muy diferente a lo que ocurre con las heridas del corazón.

 

 

 

Lucía

Afuera, el viento. Adentro, la tormenta. En el corazón un huracán y en sus ojos, como en el cielo, la lluvia. Lucía se acurruca como cada tarde de este otoño gris frente a la ventana del hospital, hipnotizada por las gotas que trazan caminos sobre los cristales mientras ella desde adentro los resigue despacio con el dedo índice.

axamulalom-1467311281-2257c0d_xlargeLa misma rutina, los mismos truenos, los mismos miedos. La misma incertidumbre, el mismo deseo frustrado, la misma desesperanza. Una rueda que gira, que la envuelve y que la ahoga. «Esta lluvia cómo aprieta… Casi tanto como la soledad» piensa.

Se le oscurece el alma a la par que la mirada con el recuerdo de quien ya no es, de quien nunca volverá. Huérfana de emoción, rota de dolor, una fuerza extraña la arrastra a los abismos con tanta intensidad que se vuelve débil. Y cae, de nuevo, en las redes de la adicción. Invisible, imperceptible y seguramente sin intenciones pero aquí está ella, como la araña que se enreda en su propia tela, agonizando. Quisiera poder controlar sus arrebatos, sus pasiones, su razón. Pero Lucía es así: un corazón errante lleno de piedras y cicatrices y a pesar de todo dispuesto a amar. Porque ella ama, claro que sí. Ama con nervios, con ganas. Ama cuando se muere de risa, ama cuando le surcan el rostro las lágrimas. Ama en la distancia y en el roce frágil de la piel. Ama a gritos llena de vida igual que ama de lejos, confinada tras estos ventanales y con la voz callada.

Piensa en esos años locos de desenfreno, de drogas, sexo y rock and roll. Sonríe melancólica y se pregunta cómo llegó hasta allí y sobre todo cómo pudo llegar a lo que vino luego, hasta aquí. Tener el mundo a sus pies, sentirse invencible y poderosa, jugarse la vida y el amor a una carta, y perder el control después. Lo apostó todo por una idea, una pasión, una utopía. Pero en la ruleta ganó el negro y la margarita le susurró que no. Y qué difícil es sentirlo, se dice. Romperte en mil pedazos tras cada silencio, cada reproche, cada desaire. Farfullar súplicas y ruegos, esconder los sentimientos en público, explotarlos desnudos y a solas más tarde. Qué difícil convivir con la mentira, con la sonrisa fingida, con las marcas en el cuerpo, con los huecos en el alma, con las miradas esquivas y los celos acuchillándote las entrañas. Pero qué fácil se recomponía después con un gesto noble, una caricia certera, una palabra adecuada. Promesas que ocultaban los lazos que no existían pero que Lucía creía o quizá sólo la conformaban. Y así, a ratos, a trompicones, a pedazos, fue vendiéndole su alma al diablo, prostituyendo el amor, enmudeciendo el dolor, intoxicando su cuerpo y ahogando la culpa en alcohol.

Se dejó llevar por amores furtivos y vencer por pasiones cegadas. Perdió las riendas de todo aquello que la sujetaba y huyó hacia adelante porque no encontró un camino mejor. Esperó que todo su desbarajuste se solucionara por la propia inercia de los acontecimientos, como lo hacen las cosas que no tienen mucho sentido, pero eso no ocurrió. Y un día el caos fue tan brutal que terminó sola y desgarrada deambulando descalza bajo la lluvia. Parecía una loca y como tal la trataron. Desde entonces pasa las tardes trazando el camino abrupto de unas gotas de agua sobre un cristal mientras resigue de igual manera en su mente la línea trunca de una vida corta, intensa y rápida que un día le vino grande y que ahora se le ha quedado tremendamente vacía.

 

 

SOS Catalunya!

Ja tenim President. Quim Torra, prácticamente un auténtico desconocido para la mayoría de ciudadanos, se convirtió ayer en el presidente número 131 de la Generalitat de Catalunya. Para satisfacción de unos, imagino que de aquellos 66 diputados que lo han permitido contra los 65 que votaron que no; y temor de otros, los que amamos la Catalunya tolerante y pacífica que paradójicamente el independentismo siempre nos ha querido hacer ver. Hasta ahora.

La polémica no se ha hecho esperar en cuanto se han conocido los tuits incendiarios (muchos de ellos ya borrados) que el señor Torra, perdón por lo de señor, se ha dedicado a escribir durante años acerca de «los españoles» calificándonos de expoliadores y sinvergüenzas. Esto, junto con numerosos artículos publicados en los que se retracta como un auténtico xenófobo y racista acerca de todo aquello que no sea catalán en su idea de lo que debe ser Catalunya (aquí podríamos incluir eso de grande y libre que tanto detestan) han hecho saltar todas las alarmas.

Pero, ¿quién es Quim Torra? Abogado, escritor, editor, político… De todo un poco, pero sobre todo, un independentista del sector más duro. Afín a la lucha nacionalista más radical y adepto al ideario filofascista del nacionalismo catalán de los años 30. Torra reivindica a los hermanos Badia como «los mejores ejemplos del indepentismo catalán». Unos señores (perdón otra vez) que bajo el mando de Francesc Macià se dedicaron a utilizar la violencia contra los sindicatos, reventando huelgas y permitiendo también el uso de la fuerza por parte de la patronal nacionalista catalana. Participaron en el atentado frustrado contra Alfonso XIII en 1925 y fueron parte de la proclamación del Estado catalán en 1934. Hasta que en 1936, tras una vida llena de violencia, cárcel y amnistías, en la que se ganaron fama de torturadores y mafiosos, murieron asesinados por los anarquistas de la FAI en plena calle Muntaner. Eso les convirtió en víctimas y después, gracias a sus enraizados sentimientos catalanistas, en mártires por la causa, cosa que sigue estando muy de moda 80 años después.

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Torra también se declara admirador de otro «héroe» ejemplar: Daniel Cardona, fundador en 1922 junto con Francesc Macià de Estat Català, organización política y de combate de carácter insurreccionalista. Cardona fue igualmente activo en la lucha armada junto a los hermanos Badia, impulsando la creación de los escamots, grupos de comandos paramilitares formados por las juventudes de Estat Català y ERC, y de carácter marcadamente fascista tal como quedó patente tras el polémico desfile de 1933 presidido por Macià en el que 8.000 escamots salieron a la calle uniformados con sus camisas verdes e insignias en el pecho, lo que provocó la disconformidad de buena parte del Parlament que catalogó el acto de tipo «francamente fascista con aprendices de nazi».

Quim Torra ha sido participante activo en los diferentes homenajes que se les han hecho durante años a estas figuras de la historia más peligrosa y oscura de Catalunya remarcando que le parece «de justicia recordarlos y agradecerles tantos años de lucha solidaria, ¡qué lección, qué bellísima lección». Es igualmente adepto al grupo Nosaltres Sols!, facción de Estat Català, que cuenta en su haber con textos en los que deja de manifiesto su carácter supremacista: «(…) Por todo esto tenemos que considerar que la configuración racial catalana es más puramente blanca que la española y por tanto el catalán es superior al español en el aspecto racial.» (Fundamentos científicos del racismo, 1980).

Y con todo este caldo de cultivo secesionista más étnico que político, nacionalismo por otro lado que hasta hace no muchos años había sido catalogado de extremista y había sido condenado por el propio catalanismo coherente, no es de extrañar que Quim Torra se haya dedicado a escribir cual propaganda nazi diatribas contra España («país exportador de miserias») y los españoles, calificándonos, entre otras lindezas, de «bestias».

Carroñeros, víboras, hienas. Bestias con forma humana (…) están aquí, entre nosotros. Les repugna cualquier expresión de catalanidad. Es una fobia enfermiza. Hay algo freudiano en estas bestias. O un pequeño bache en su cadena de ADN. ¡Pobres individuos! Viven en un país del que lo desconocen todo: su cultura, sus tradiciones, su historia. Se pasean impermeables a cualquier evento que represente el hecho catalán. Les crea urticaria. Les rebota todo lo que no sea español y en castellano. Tienen nombre y apellidos las bestias. Todos conocemos alguna. Abundan las bestias.»

Siguiendo la misma línea ofensiva y xenófoba, Torra afirma en otro texto que es antinatural hablar en español en territorio catalán o que pasear por las calles de Barcelona debería estar prohibido prácticamente a todos aquellos que no tenemos los ocho apellidos catalanes en nuestro árbol genealógico porque si no, no parece una auténtica Catalunya.

«No, no es nada natural hablar en español en Catalunya. No querer hablar la lengua del país es el desarraigo, la provincialización, la voluntad persistente de no querer asumir las señas de identidad de donde se vive.»

«En Barcelona (…) sales a la calle y nada indica que aquello sean las calles de tus padres y tus abuelos: el castellano avanza, impecable, voraz, rapidísimo. Abres los diarios o miras la televisión y te hablan de cosas que no tienen nada que ver contigo y tu mundo.»

¿Es ésta la idea de una Catalunya independiente? ¿Es ésta la Catalunya que quieren construir? ¿Dónde quedaron los valores de los que hacían gala siempre? ¿Dónde está la Catalunya abierta, tolerante, demócrata y acogedora de la que todos nos sentíamos orgullosos? Desde luego no en manos de un insensato que insulta a millones de personas reiteradamente por supuestas diferencias étnicas y de superioridad racial, fomentando el radicalismo y el odio. ¿Acaso no es esto una forma de fascismo? Trasládenlo a la Alemania de 1930 y me lo cuentan.

«Aquí hay gente (…) que ya se ha olvidado de mirar al sur y vuelve a mirar al norte, donde la gente es limpia, noble, libre y culta.»

Por lo pronto, veremos hasta dónde el recién estrenado President, ahora con el poder en la mano bajo la tutela de Puigdemont en el exilio, es capaz de llevarnos en sus aspiraciones por crear una República catalana cuya vía «no pasa de ninguna manera por la reforma constitucional, sino, sencillamente, por la sustitución de la Constitución española por la Constitución catalana».

Lo único cierto es que la ruptura que vive la sociedad catalana está lejos de resolverse si estamos en manos de un gobierno central mediocre y chapucero y de un gobierno autonómico obcecado desde hace años con una sola idea y ahora además dirigido por un tipo como Quim Torra. Y así seguirán, haciendo alarde de democracia sin tener el más mínimo respeto por ella. Qué asco. Qué vergüenza. Qué miedo. SOS Catalunya!