Caminos de lluvia

De niña me gustaba reseguir con un dedo las gotas de lluvia que estallaban contra la ventanilla del coche de mi padre, imaginando carreras entre ellas, apostando por la que a mi juicio podía ganar. Nunca acertaba. Las que parecían partir con ventaja luego se estancaban. Las más lentas y torpes solían coger velocidad en el momento más inesperado, rebasando a las anteriores. Y otras, en cambio, se desviaban de la trayectoria como afluentes de ríos que buscan su propio camino creando unos nuevos. Esas eran en realidad mis preferidas, aunque no llegaran a la meta que yo misma les había marcado, en la parte más baja del cristal.

Me gustaban justamente porque escapaban a mis dedos dibujando siluetas incontrolables, rompiéndose en dos, esquivando obstáculos, renaciendo después. Las seguía con la mirada hasta verlas desvanecerse por el lateral de la ventanilla, arrastradas por el viento. Ese final, lejos de parecerme amargo, se me antojaba feliz. Aquellas gotas habían sido tan valientes como para desafiar la senda de sus predecesoras. Habían transitado de verdad por su existencia, con lo que eso conlleva. Se habían rebelado. Podían irse volando y en paz.

A veces la vida me recuerda mucho a ese panel de caminos líquidos que yo convertía en competición mientras viajaba en silencio en el asiento de atrás. Cuando era niña proyectaba siempre mi futuro color de rosa, como todas las niñas. Lo tenía muy claro, lo veía muy fácil. De pequeña cualquier cuento es creíble, y yo entonces estaba llena de letras y de fantasía. ¿Qué podía salir mal?

Con los años descubrí que las rutas acotadas son una trampa. Aquello que se espera que hagamos, que digamos, que seamos, casi nunca tiene que ver con nuestro ser o nuestro momento. Entenderlo es el principio, y cuesta tiempo y tropiezos. Pero asumirlo es vital para reconocerse a una misma y actuar en consecuencia. La mayoría de las veces tenemos que salirnos del sendero que nos habíamos imaginado, autoimpuesto o incluso soñado, para perdernos por derroteros desconocidos que quizá no conduzcan a nada, o puede que nos abran las puertas que más ansiamos. Nunca lo sabremos si no nos atrevemos a tomar decisiones desde la libertad y bajo la propia responsabilidad, asumiendo el riesgo sin interferencias. Tampoco avanzaremos si no sabemos tirar de pragmatismo cuando toca para aceptar que algunos planes se truncan, que no todo se consigue, y que hay circunstancias que simplemente no cambiarán.

El constante equilibrio entre tomar las riendas y dejarse llevar.

La vida no es un paseo sencillo ni controlable. Nos empuja al abismo, nos pone contra las cuerdas, nos planta cara, nos sumerge en tormentas que parecen ahogarnos. Nos obliga a ser como esas pequeñas gotas de agua fluyendo a través de un cristal, abriéndose paso cada una a su ritmo sin mirar a la de al lado, aprendiendo sobre la marcha. Porque lo cierto es que la mayoría del tiempo no sabemos muy bien de qué va esto, ni hacia dónde nos dirigimos, si existe eso que llamamos destino, si el azar tiene más o menos peso en nuestras decisiones, y si es verdad que las cosas pasan por algo, aunque no lo entendamos.

Sólo nos queda disfrutar de cada paso con la intensidad de las emociones antes de que nos arrastre el último aliento del huracán. La vida puede ser injusta, áspera y jodida, pero estar vivos aquí y ahora es un auténtico regalo.

Presagio, gloria, infierno

Fue una sensación extraña. Siempre había sabido que poseía cierta sensibilidad intuitiva, la vida se lo había demostrado en más de una ocasión. Y de dos. Además, para su desgracia, cuando no intuía, soñaba. ¡Y caray si acertaba! Algunos no la creían, por supuesto. Decían que sus premoniciones eran fruto de la casualidad o de pensamientos recurrentes y ansiosos que en algún punto tenían que hacerse realidad. Pero ella estaba muy convencida de esa especie de don, o más bien de tortura, que la perseguía desde bien pequeña cuando el subconsciente le adelantaba lo que estaba por llegar.

Aquella tarde el bus iba atestado de gente, pero ella había conseguido acomodarse en un hueco junto a la ventana. La claustrofobia era menos perceptible viendo el paisaje pasar. Se colocó los auriculares y dejó que la música sonara en modo aleatorio. No tenía muchas ganas de escoger tema ni estilo, solo quería dejarse llevar con el ir y venir del tráfico, imposible a esas horas. Se conocía el camino al dedillo: las paradas, los semáforos, incluso las caras de quienes la rodeaban… Cada día la misma rutina.

No veo nada,
No sé si estoy o no,
No distingo la realidad de la ciencia ficción,
Busco entre mis cosas
Y todo es pura contradicción,
Cada molécula de mí solo piensa en huir…

Una letra distinta le llamó la atención. Cuántas veces había imaginado cómo sería largarse, dejarlo todo atrás, empezar de nuevo, tomar otro rumbo. Volar. ¿Estas cosas las pensaba todo el mundo? En cualquier caso, ella era consciente de que nunca lo haría. Seguiría sumergida en ese bucle de confusión que a veces la aturdía de tanto dar vueltas sin resultado. Se dejaba vencer por los vaivenes del destino, o lo que ella quería creer como tal. Seguramente era una postura cobarde. O la más rápida para atajar los demonios de todo aquello que la atormentaba en soledad, lo que no confesaba, lo que anhelaba en lo más hondo de su ser. Pero es que a veces una ya no tiene ganas de batallar y es más sencillo mirar para otro lado, dejarlo pasar.

Cinco segundos para la fusión:
Salgan corriendo, aborten la misión.
Paradoja espacio temporal,
Entre mis piernas este clima tropical…

Sonrió. Qué buena canción, se dijo. El reflejo del cristal de la ventanilla le devolvió unas mejillas sonrojadas por el recuerdo de las noches de cenas, besos y velas, con las piernas justamente enredadas. Una corriente eléctrica le bajó por el vientre hasta desembocar en una marea de emociones, las mismas que le provocaba él al clavar su mirada verde indescifrable justo antes de acariciarle los labios con los suyos. Hacía tan solo unas horas de todo eso y ya lo echaba de menos. Suspiró un bocado de amor resignado, no le quedaba más remedio que seguir esperando y alejar los malos augurios que la invadían cuando se sentía extraña y feliz. Su mundo onírico no cejaba en su empeño: abre los ojos, ten cuidado, protégete…

De pronto, un crujido seco la partió en dos. Pero ¿cómo…? Se incorporó para poder ver mejor tras el amparo que le proporcionaba el autobús, que ahora parecía asfixiarla. El bofetón de realidad le retumbó en el alma. Quiso correr. Quiso llorar. Quiso gritar. Y, sin embargo, se quedó paralizada. Ahí estaba su sueño, ajeno a ella, a tan pocos metros de distancia, agarrado a otra mano, riendo con otra risa, abrazando un futuro que nunca sería suyo.

He ahí el presagio de su gloria caída de nuevo a los infiernos.

Premonición

¿Creía en el poder de los sueños? ¿En la intuición? ¿En las premoniciones tal vez? En esa vocecilla que de repente, desde ciertas profundidades y en medio de una reunión con amigos o viendo un atardecer en la playa, sin aparentemente nada en contra, te grita. Y te confunde, y te asusta, y se te agarra a las tripas. Porque siempre, o en la mayoría de los casos, el grito silencioso es devastador. Es una señal de alerta, un no sigas por ahí, un vete corriendo ahora que puedes. Pero, ¿puedes?

Cuántas veces ignoró ese rumor palpitante restándole importancia, queriéndosela restar más bien. O se despertó de una madrugada agitada, sufrida, en la que se sucedieron descaradas las imágenes que no estaba dispuesta a ver porque le dolían, la ahogaban, la martirizaban. Pero es que mientras dormimos cedemos el control de las emociones, las desligamos de nuestro ser. La mente en su libre albedrío bucea por el subconsciente en busca de personas y momentos que entrelaza de manera espontánea, divertida, inaudita, confusa, curiosa, y a veces también cruel.

Aquella noche fue justo lo que pasó. Regresó de un trance que la había lanzado a la primera línea de fuego, tan real que era difícil discernirlo de lo onírico. Despertó sudorosa, con las sábanas revueltas entre sus piernas tras una encarnizada batalla por zafarse de los brazos de Morfeo. El corazón le latía con fuerza, capaz de seguir sintiendo el temor y la angustia como si todavía se moviera entre las arenas movedizas de lo surreal. Trató de calmarse sintiéndose absurda: ya está, tonta… los sueños, sueños son.

Esbozó una leve sonrisa y por la inercia de la costumbre se acomodó en su cama para repasar Instagram, Facebook, Whatsapp… Chivatos del siglo XXI. Y ahí lo tenía hecho pesadilla, hecho una realidad. ¿Seguía durmiendo? No, ya no. Todo había cobrado vida a su alrededor, como cada mañana. El murmullo de la ciudad le llegaba algo amortiguado, pero la claridad de un nuevo día ya penetraba por las rendijas de la persiana y le dibujaba formas etéreas en la piel. Su cuarto seguía dolorosamente intacto, mientras su sueño era ahora una verdad escupiéndole en la cara.

La intuición, ese pitido constante que te ensimisma sin pretenderlo, había decidido colarse mientras dormía para mostrarle lo que en estado consciente renegaba. Quizá era la única forma de hacerle comprender las señales que de otra manera no hacía más que interceptar entre vacilaciones. Porque no hay más ciego que el que no quiere ver.

Duele, sí. Le dolió mucho darse cuenta de que la razón era certera, aunque quisiera por todos los medios desdecirse, buscar la excusa perfecta, la ingrata justificación. No hay peor reproche que un te lo dije para ti misma, pensó. Era reincidente, no podía negarlo, siempre le pasaba lo mismo. Y esa sensación de vulnerabilidad se le clavó en el alma como una puñalada por la que ni siquiera pudo permitirse sangrar, porque debía haberla previsto, haberle puesto remedio mucho antes de que le estallara el corazón en mil pedazos. Lo sabía, su Pepito Grillo lo cantaba, pero no quiso poner atención. Y ahora estaba ahí, frente a una pantalla, leyendo, viendo, escuchando, lo que nunca debió aguantar.

Pájaros en la memoria

El techo me da vueltas, parece que en cualquier momento se me quiere venir encima. Cierro los ojos y la oscuridad del precipicio me asusta. Los abro. Las paredes bailan lentas en un movimiento que solo veo yo. Ella me mira, desconcertada. Está de pie junto a mí diciendo cosas como estate tranquila, respira. La obedezco, me relaja. Parece que a ella también. Suena un teléfono y corre a contestar. Oigo palabras sueltas: recogida, pedido, transporte, gestión. Silencio. Regresa a la habitación y se sienta a teclear con impaciencia. ¿Está nerviosa? Me vuelvo a marear.

Respira, me digo yo esta vez. Qué sensación más rara. Me palpo la cabeza buscando la razón a todo esto. ¿Qué hora es? Más de la una, me contesta. ¿Ya? Qué raro, creo que no he hecho de comer… Entonces, ¿qué he hecho? Hablar por teléfono toda la mañana, me suelta burlona. Pienso con quién y no lo recuerdo. No, no es posible, me está tomando el pelo. Percibo su expresión de extrañeza en el rostro, se levanta de nuevo y se pone a mi lado. ¿No te acuerdas? Busco entre los pliegues de mi memoria algo de luz, pero no lo consigo. Ella indaga con cuestiones fáciles, supongo, que no sé contestar. ¿Qué le pasa a tu hermano? Ella titubea, se sienta a los pies de la cama y me acaricia las piernas. Parece que se ha puesto pálida, la pobre. Vuelve a insistir en si me encuentro mal y la verdad es que sigo algo mareada.

Que si la veo, pregunta ahora. Pues claro, no estoy ciega. Que si sé quién es, ¡anda, anda! Y que sí sé cómo me llamo yo, ¿es que se ha vuelto loca? ¿Qué significa este interrogatorio? No entiendo nada, ¿por qué estoy tumbada? No me acuerdo. ¿He perdido el conocimiento? Contesta que no, solo estaba algo mareada. Aunque por la cara que pone no estoy muy segura de que me diga la verdad. Que va a telefonear un momento y que no me mueva del sitio, ordena. Me trata como a una niña pequeña, pero obedezco sin rechistar. Cuando cuelga me comunica que van a venir unos médicos. ¿Por qué? Porque estás mareada. No me dice que en realidad es porque no me acuerdo de nada de lo que hemos hecho esta mañana.

No me gusta este suéter, mejor tráeme el azul, por si me llevan los médicos con ellos. Tengo mucho calor, me quito la camiseta. Suena el timbre y ella suspira aliviada. Dos chicos muy amables invaden la habitación, cuánta gente de repente. Me examinan los ojos, como si esperaran verme perdida en mi propia mirada. Que saque la lengua. Que levante los brazos. Me aprieta mucho este aparato, ¡aaay! Mencionan algo de la tensión, me pinchan un dedo y cae una gota de sangre. Todo va muy deprisa, me siento como un autómata. Y de nuevo, la retahíla. ¿Dónde vive usted? Pues aquí, ¡dónde voy a vivir! Sonríen, como si la que hubiera dicho alguna chalaúra fuera yo y no ellos con tanta tontería. Los veo susurrar y tomar una decisión, están de acuerdo, será lo mejor.

Hola, María. Ya en la calle saludo a la vecina, que parece no reconocerme. ¿Qué les pasa a todos hoy? Me pregunta preocupada que cómo estoy, pero la verdad es que no lo sé, porque no me acuerdo. La dejo descolocada. Me meten en un camioncito repleto de artilugios, digo yo que será una ambulancia. Estoy sola y extrañamente tranquila, me abandono al traqueteo. Al cabo de un rato unas voces me sacan del ensimismamiento y la vuelvo a ver, con la chaqueta puesta y papeles en las manos, de aquí para allá. Hay más personas en la sala, en camillas, en sillas de ruedas, parece que esperan su turno. Ella me acompaña, ¿quizá yo también espero el mío? Me doy cuenta de que llevo puesto el suéter azul, qué raro. Me comenta con ternura que es el que yo misma he elegido porque quería estar guapa para venir al hospital. No me acuerdo, pero tiene razón, siempre me gusta ir bien a los sitios.

¿Por qué no me acuerdo? Se despide anunciando que a donde voy ya no la dejan estar conmigo, aunque seguirá cerca. Lo sé. Vuelvo a quedarme sola pero estoy en calma. De vez en cuando un chico joven cubierto de pies a cabeza me hace alguna pregunta. Me fijo en su mascarilla, yo también tengo una, ¿es que hay coronavirus? He perdido la noción del tiempo… Dicen que me van a hacer algunas pruebas porque no recuerdo nada. ¿Y qué tengo que recordar? Parece de vital importancia que lo haga, sin embargo, por más que me esfuerzo mi cerebro no me devuelve nada. ¿Cómo he llegado hasta aquí? Digo yo que alguien me lo tendrá que explicar.

Un destello primero, como el fulgor de una chispa espontánea al conectarse un par de cables. Sí, estaba mareada esta mañana. Hablé por teléfono mucho rato. No sé si desayuné, supongo que lo hice como de costumbre. Cierro los ojos y siento los pensamientos fluir despacio, como un cauce de primavera naciendo tras el invernal reposo. Llegan a mí los recuerdos difusos, tan lejanos que parecen sueños. Trato de ordenarlos, pero me topo con demasiados huecos en la mente. Hay cosas que no comprendo, momentos que no alcanzo a enlazar, como fotogramas sin sentido reproduciéndose caprichosos en mi imaginario. La vida se pierde entre los recovecos de una memoria defectuosa que no consigo recuperar… Como si me faltara un pedazo de tiempo, como si todo esto nunca hubiera existido. Siento una profunda tristeza y el temor se apodera de mí. Qué cruel es el vacío que queda cuando los recuerdos ya no son nuestros.

Propósitos de vida

Año nuevo, vida nueva. Eso dice al menos el refranero popular y a eso nos aferramos con empeño cada año por estas fechas. Como si el calendario fuera capaz por sí mismo de hacernos cambiar, como si no tuviéramos que poner nuestra propia fuerza y voluntad. Pero me imagino que es una cuestión más simbólica que fehaciente darle la bienvenida al año haciendo un brindis al sol por los nuevos deseos, retos, objetivos y sueños.

Las listas de cosas por hacer y por dejar de hacer no tienen fin cuando nos enfrentamos a la inagotable oportunidad que nos ofrece una página en blanco, la primera del nuevo año porque éste sí, será el nuestro. Revisamos lo conseguido hasta la fecha y queremos más y sobre todo, mejor. Qué diablos, ¡nos lo merecemos! Así que nos ponemos manos a la obra estableciendo propósitos férreos y metas sólidas, dispuestos a hacer en 365 días lo que todavía no hemos podido llegar a hacer en toda una vida. Y claro, para febrero ya somos almas caídas en nuestra propia batalla y esa página de garabatos confusos no nos sirve para nada.

Por eso hace tiempo que decidí dejar de hacer listas imposibles y centrarme en lo importante, eso que no le pido al año nuevo sino a la vida en sí misma, y que se lo pido cada día y no sólo el primero de enero. Le pido, por ejemplo, inteligencia en mi capacidad de entrega, más paciencia ante lo que no depende de mis propios tiempos y aceptación cuando sea sí y cuando sea no. Pido saber agradecer las oportunidades y los aprendizajes, igual que el nuevo día cuando amanece y la tranquilidad de una conciencia limpia por las noches. Fuerza ante la adversidad, inconformismo ante la injusticia y convicción en mis propias ideas.

tintiiedamor

Pido no ponerme excusas a mí misma cuando crea que no puedo e intentarlo siempre una vez más. Ser proactiva en mis sueños, los que tengo y los que surjan, no tirar la toalla cuando de ello dependa mi felicidad. Llorar de vez en cuando para desahogar el alma y levantar después la mirada sin complejos. Caminar hacia adelante con mi mochila de egos, fracasos, risas, éxitos, vacíos, silencios y cada vez más experiencia bien sujeta a la espalda. Aceptar mis propias luces y sombras, y las tuyas también. Ser mentalmente realista y muy optimista de corazón.

Le pido a la vida que me permita seguir viajando y vagando, que me dé riquezas en forma de personas, emociones que me ericen la piel e ilusiones que me aúpen después de caer. Le pido tropiezos y errores para que no se me olvide que lo bueno no es eterno y que cuando llega hay que saber valorarlo. Humildad, autonomía, generosidad y comprensión. También un poco de magia infantil y algo de locura, que nunca viene mal. Mejor trabajo para prosperar, más amor para compartir y sobre todo mucha salud para disfrutar.

Pensándolo bien a lo mejor sería más fácil si me limitara a las listas tipo bajar cinco kilos, leer mínimo dos libros al mes, dejar de fumar, ir al gimnasio día sí día también, aprender otro idioma, tener un hobby nuevo… Porque si no lo cumplo sé que bueno, ya renovaré los votos el próximo año, una vez más. Sin embargo, año tras año, la vida pasa arrastrando propósitos materiales cuando lo que en realidad cuenta es lo que somos, lo que damos y cómo actuamos. Por eso prefiero sentarme a principios de enero a pensar si lo estoy haciendo bien, qué debo mejorar, dónde tengo que poner toda mi energía y qué lazos es hora de cortar. Porque no hay propósito más importante en esta vida que ser felices y con ello poder hacer felices a los que amamos y nos aman de verdad.

 

 

Y tú, ¿eres feliz?

 

Todos los hombres, hermano Galión, quieren vivir felices (…) pero no es fácil conseguir la felicidad. De vita beata, Séneca.

Navegando por la red me topo cada vez con más artículos de consejos ‘buenrollistas’ para vivir al máximo, para disfrutar cada segundo, para calibrar los tipos de amistad que tenemos o para aprender a seguir adelante tras una ruptura sentimental. Artículos de esos que comienzan con un Treinta cosas que hacer antes de los 30, Los 10 viajes imprescindibles de tus veintes o Siete razones por las que un ‘adiós’ es lo mejor que te puede pasar. Voy a las librerías y la sección de libros de autoayuda y autoestima se desborda por momentos, ¿qué nos pasa? Abro Instagram y me bombardean las frases motivacionales. Los anuncios de la televisión se llenan de sonrisas y saltos de alegría…

«Todos, hermano Galión, todos queremos ser felices.»

Ya lo decía Séneca allá por el año 58 d.C. Y es que a lo largo de la historia de la humanidad la felicidad siempre se ha mostrado como el camino, la búsqueda, el sentido de la vida. Pero, ¿qué es la felicidad? La RAE la define como un estado de bienestar, de paz mental, de equilibro, de seguridad, de ausencia de inconvenientes. Otros dicen que la verdadera felicidad es dormir sin miedo y despertar sin angustia. Pero imagino que cada uno de nosotros tiene un concepto diferente de lo que supone ser feliz, o mejor aún, de sentirse feliz. «Tres cosas hay en la vida: salud, dinero y amor, y el que tenga estas tres cosas que le dé gracias a Dios», rezaba la canción. Puede que esas tres cosas, matizadas y adaptadas, sean lo que conformen el bienestar, el placer y la seguridad, las bases para ser feliz. Pero, ¿ser feliz o estar feliz?

No siempre es lo mismo. A veces damos por hecho que la posesión nos dará la felicidad. El coche nuevo, el vestido anhelado, el viaje programado. Las cosas materiales que obtenemos como recompensa a un esfuerzo nos hacen estar felices, nos ponen contentos. Y sin embargo, a veces sentimos una especie de vacío al conseguirlo, ese placer momentáneo, esa euforia que nos embarga y que confundimos con la felicidad se derrumba al instante ¿por qué? Porque no disfrutamos del camino para llegar a ello. Estamos más pendientes de tener, de acumular, de conseguir, que de saborear incluso los sinsabores que nos conducen a eso. De la vida, en definitiva.

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No existe la felicidad absoluta y el que diga vivir en permanente estado happyflower es un loco o un mentiroso. La vida no es rosa, ni fácil, ni bucólica. Ni ganas. Sería demasiado aburrido y al final no sabríamos discernir si somos siquiera felices, pobres almas en pena. Necesitamos nuestras dosis de amargura, de reveses y de putadas para darnos cuenta de que cuando los problemas se minimizan, ahora sí, estoy tranquila, estoy feliz, estoy en calma. Lo que pasa es que a veces las putadas son demasiado crueles o vienen muy juntas, entonces es cuando nos lo planteamos, ¿qué mierda es ésta? Al carajo todos esos artículos ‘buenrollistas’, las frases motivacionales y los libros de autoayuda. Patrañas. Somos la generación que más consejos recibe (malditas redes sociales) y al parecer somos la más infeliz. Que no nos engañen con el postureo: la infelicidad también existe, la depresión y el desánimo. Y tenemos derecho a sentirlo, y por qué no, a mostrarlo. Que no pasa nada por estar tristes, que no nos asusten las lágrimas, somos humanos. No somos entes programados para la sonrisa eterna y la energía infinita. Al final esa sonrisa se congela y pierde su sentido. Al final, nos derrumbamos. Y entonces, ¿de qué felicidad estamos hablando?

La felicidad está sobrevalorada o quizá sólo está mal entendida. La vida se construye de momentos en los que estamos felices porque nos sentimos bien. Llegar a casa y tener a los tuyos, leer un buen libro, disfrutar de un rato de silencio, confesarse con los amigos, mirar el mar, conocer gente nueva, visitar otros lugares, cenar con esa persona, escuchar música, darle la mano a un niño, oír reír a un anciano. Recibir buenas noticias y que salgan adelante los proyectos que comenzamos. Una llamada inesperada, una visita sorpresa, un abrazo oportuno, un «estoy a tu lado». Ese tipo de detalles son los que realmente nos proporcionan el bienestar espiritual que nos acerca a un estado de felicidad pero vivimos tan deprisa que ni cuenta ni valor le damos. Al contrario, acostumbramos a preguntarle a los demás por cuestiones tangibles que damos por supuestas. Que si hemos terminado la carrera, si estamos trabajando, si nos hemos casado, si tenemos hijos, si hemos comprado un coche nuevo o un apartamento en la playa. Como si fuera una competición, como si hubiera que vivir a la carrera o como si ir marcando checks previsibles en el listado de la vida fuera suficiente. Como si eso significara que todo está bien porque aparentemente todo está bien, todo está en orden o todo es «como tiene que ser». Pero conozco a muchas personas que han hecho todo eso que se supone que tenemos que hacer, lo que todo el mundo pregunta si ya hemos conseguido y sin embargo no irradian felicidad. Pero, ¿cómo? ¡si lo tienen todo!

Lo tienen todo y no son felices. A menudo aquellos que más tienen son los más insatisfechos, bien porque alcanzar la meta no era como esperaban, bien porque en realidad llenan ficticiamente sus vacíos, bien porque se ven inmersos en situaciones que los superan y los arrastran y de las que es muy complicado salir. El quid de la cuestión es saber gestionar los malos momentos, nuestra actitud ante la adversidad, nuestra manera de proceder, nuestra humanidad. Y no, nadie dijo que fuera fácil. Las circunstancias son las que son y a veces lo más sensato es aguantar estoicamente a que pase la tormenta porque simplemente no podemos hacer más. Es cierto que vivimos la felicidad a nuestra manera, lo que a mí me hace feliz al otro le puede dar igual, y viceversa, pero al final uno mismo se tiene que enfrentar al espejo, ponerlo todo en perspectiva y cuestionarse en soledad qué es lo que siente, lo que tiene, lo que pasa y cómo puede mejorar.

Porque todos queremos ser felices, pero nunca nadie nos pregunta si realmente lo somos.

Quizá la respuesta nos dé miedo, quizá sea un tema demasiado incómodo.