El de cuando despedimos a un amigo

Los que me conocen saben bien de mi afición por Friends. Una serie que para mí, como para tantos millones de personas en el mundo, fue mucho más que una sucesión de temporadas entretenidas y fáciles de ver. Friends marcó a toda una generación, y lo sigue haciendo casi tres décadas después de su estreno.

Por eso la muerte de Matthew Perry a los 54 años conmueve de una forma especial, llegándose a sentir incluso cercana. Te deja tocada como si perdieras a un conocido y te envuelve en un remolino de emociones tan reales como las que la propia serie te ha hecho sentir a lo largo de los años. Y es que él, a través de un personaje tan entrañable, llegó a nuestra vida para hacerla un poquito mejor. Su pérdida como ser humano conmueve tanto porque para los fans es como si también se fuera Chandler Bing, al que casi podíamos llamar amigo.

Confieso que Friends es esa sitcom que me ha acompañado en los buenos momentos, en los malos y en los regulares, y en todos ha funcionado como resorte o como bálsamo. Es una zona de confort a la que vuelvo una y otra vez. Si tengo un día de bajón o si sólo busco distraerme un rato, ellos siempre están ahí, al otro lado de la pantalla. No importa que me sepa los diálogos ni por supuesto lo que va a ocurrir en cada capítulo. Me sigue regalando risas y provocando ternura por mucho que me la conozca de memoria. 

Cada uno de ellos se siente como de la familia: Ross, Rachel, Monica, Joey, Phoebe y Chandler. Ese grupo de amigos que todos quisimos tener, en quienes nos veíamos reflejados, con sus personalidades tan distintas y sus vivencias tan cotidianas. Un grupo de veinteañeros tratando de salir adelante en el Nueva York de mediados de los noventa, buscando la estabilidad personal en esa etapa de transición y conocimiento de uno mismo hasta llegar a la edad adulta, donde la amistad es tan importante. Pasando por amores, desamores, empleos y desempleos, miedos, dudas, trabajos precarios, ajustes económicos, embarazos no previstos, rollos de una noche, juergas, resacas, discusiones, diferencias de edad, noviazgos a distancia, bodas, divorcios, relaciones familiares, desavenencias con los padres, apego, necesidad de independencia, el vértigo de la responsabilidad…

Sin embargo, los revisionistas de la historia (que tanto daño hacen), critican con los ojos de hoy el estereotipo y la falta de diversidad de un grupo donde los protagonistas son todos blancos y heterosexuales. Como si a la fuerza siempre hubiera que incluir otras realidades, y obviando, además, que en este caso aparecen personajes secundarios de otras razas y orientaciones sexuales. Incluso he llegado a leer estos días que la serie nunca representó bien a la juventud porque no aborda el tema de las drogas ni del sexo y eso, al parecer, le resta valor a una comedia de entretenimiento que cosechó un éxito inigualable en su época (hasta hoy). Es cierto que no hay tramas que giren alrededor de la droga (¿es necesario? ¿acaso todos los jóvenes consumen?) pero quien diga que no se habla de sexo no ha visto un solo capítulo (hey, ¿cómo va eso?). No es necesario que haya escenas de sexo explícito para que entendamos cuando sucede con total naturalidad. El problema es que los contenidos de ahora que van dirigidos al público adolescente tienen que vender tanto que explotan el morbo y no dejan lugar a la imaginación. Véase Élite, por ejemplo, cuya trama se desarrolla en un instituto donde corre la droga con tremenda facilidad y se disfruta del sexo sin censura ni control. Como si eso fuera lo habitual en los pasillos de un colegio, vaya. Y está catalogada para mayores de 13 años, ni siquiera de 16…. Luego nos hacemos cruces por el acceso tan precoz que tienen los niños a la pornografía, pero se validan series o películas con edad recomendada muy inferior a la que deberían tener por el contenido que ofrecen… ¿Y lo que está mal es una serie tan sana y desenfadada como Friends?

No quiero irme de tema, yo venía hoy aquí a homenajear a Matthew Perry y a poner de manifiesto cómo cuesta soltar a quien alguna vez te hizo reír (en la ficción y en la realidad). Perry no ha tenido una vida fácil en absoluto, aun teniéndolo todo. Era adicto al alcohol y a los opiáceos y, por tanto, un enfermo que luchaba constantemente contra sí mismo en sus periodos de lucidez. Darte cuenta de eso, de los demonios con los que batalló mientras nos regalaba a un Chandler tan lleno de luz, de amor y de humor, rompe un poco más. Y recuerda a otros como Robin Williams en su depresión, maestros de la comedia cuyo fin era hacernos reír mientras ellos cargaban con tanta oscuridad a sus espaldas. Qué pena que nunca consiguieran comprender la felicidad que con su trabajo nos generaban. A menudo los más tristes son los que más se esfuerzan por no aparentarlo y los que mejores sonrisas consiguen arrancar. El sentido del humor es, sin duda, una válvula de escape para el dolor.

No sé cómo será ahora volver a Friends sabiendo que en la vida real uno de ellos ya no está. Pero si algo bueno tiene lo de ser artista es que la obra nunca muere. Matthew Perry deja un importante legado como actor y un libro de memorias duro y sanador, lleno de esa esperanza que él empezaba a sentir y que al final no ha logrado disfrutar en paz. Pero, sobre todo, para quienes tenemos en Friends más que una serie un refugio, Matty nos deja el mayor de los regalos: a Chandler Muriel Bing.

Mi faro

Ayer mientras me tomaba mi café en el lugar de siempre, una mujer de unos setenta y largos entró a desayunar acompañada de sus dos hijos, que debían de rozar los cincuenta. En cuanto los vi supe que eran familia y que, además, tenían a alguien ingresado en el hospital de enfrente. Sin duda me pude imaginar a quién, porque esas cosas se saben. Basta con observar un poco, o quizá es que hay situaciones que yo detecto enseguida por los recuerdos que me afloran.

Se sentaron en la mesa de al lado y con los retales que me llegaron de la conversación confirmé mis sospechas. Un marido en la cuerda floja. Un padre recayendo de nuevo. La incertidumbre, los nervios, el estómago cerrado. Pero también la esperanza, ese destello que proyecta fe y fuerza. Me hubiera gustado levantarme y decirles que no la perdieran, y que, si llegado el caso eso también fallaba y se hacía inevitable, estuvieran a su lado todo el rato. Absolutamente todo. Que se saltaran los protocolos si era necesario, que cuestionaran la norma, que no se separaran de él. Sin embargo, no me acerqué ni les dije nada, un nudo en la garganta me agarró por sorpresa y me pudieron las lágrimas. 

Me habían dicho que con el tiempo dolería menos, pero no es cierto…

Y hoy amanece siendo el segundo 21 de octubre sin ti y todavía me siento como una niña huérfana sin su padre. Despojada de la esperanza de esa familia que aún puede aferrarse a algo, que tiene una piel a la que poder acariciar, una mano que coger, una respiración por acompasar. La escena de ayer, la visita al cementerio para llevarte flores de cumpleaños después, los instantes de fragilidad que estallan ante un resorte inesperado… Un cúmulo de circunstancias que estos días me ha revuelto un poco más las emociones. Y es que no comprendo cómo ha pasado el tiempo sin ti, cómo ha podido pasar. Ni tampoco cómo este 21 de octubre que era una fiesta ha dado lugar a la nostalgia por no poder verte soplar nuevas velas. Es como si no acabara de asimilar la realidad, como si la vida desde tu ausencia me flotara entre los dedos de una forma extraña. O puede que sea simplemente el deseo tan humano de que siguieras aquí conmigo, con nosotros. Te echamos tanto de menos, papa.

Las fechas especiales retuercen con mayor descaro las penas. Ese es el precio a pagar por los buenos momentos vividos, supongo. No es que un sábado habitual no piense en ti, ¡qué va! Me acompañas siempre como un rumor constante en mi rutina. Más que cualquier vivo, qué curioso. En eso sí tenían razón quienes me advirtieron de que cuando pierdes a alguien no pasa un día sin pensar en esa persona. Al principio de todo este proceso no acababa de convencerme esa teoría, me parecía más consuelo que verdad. Y me daba miedo empezar a olvidarme de ti. Que no olvidarte a ti, claro, es distinto. Sé que eso no sucedería ni aunque me borraran a conciencia los recuerdos, hay memorias que la mente no puede destruir porque se guardan en el corazón. Pero me aterraba pensar que quizá los pequeños gestos, la cotidianidad, tu risa, tu olor, se podían ir perdiendo, desfigurando con el paso del tiempo. Sin embargo, es justo esa parte la que más presente se me ha hecho después. El duelo me ha enseñado que lo que de verdad cuenta en esta vida es el amor sencillo que damos y que nos dan.

A veces me pregunto si tú fuiste consciente de cuánto amor desprendiste sin ningún tipo de aspaviento ni demostración pomposa. Si supiste el valor que nos dejó tu ejemplo, en todos los sentidos. Qué ser y cómo no hacer. Sin sermones, sin batallas ni mandatos. Desde la libertad que roza la inconsciencia y que te permitió ser optimista hasta el final. O al menos nunca nos descubriste lo contrario. Viviste como quisiste y a tu manera, como cantaba Sinatra. ¿Tenías miedo, papa? ¿Lo tuviste los últimos días? ¿Sabías lo que venía? Aquellas lágrimas que te resbalaron suaves y silenciosas me rompieron el alma y me la siguen rasgando en el recuerdo. Pero tranquilo, no te preocupes, porque aunque duela, estoy bien. He aprendido que la pérdida es como una sombra que se inmiscuye en todos los rincones de nuestro ser buscando acomodo, pero tú fuiste un faro tan grande en mi vida que la muerte no ha podido apagar tu luz. Y nunca lo hará.

Feliz cumpleaños, papa.

Se nos rompió el amor

Cantaba la gran Rocío Jurado aquello de se nos rompió el amor de tanto usarlo…

Como aquella pasión desbordada, creciente en cada poro de nuestra piel. El deseo que empezó siendo curiosidad y acabó esclavizándonos el uno al otro. Fuimos como esa droga que atrapa y envuelve en un éxtasis desconocido. Pero no hay droga buena. Y así nos quisimos, con más cuerpo que alma. Como fieras que se arañan y se lamen luego sus heridas. Como niños ingenuos que no piensan nunca en el mañana.

Se nos rompió el amor de tan grandioso…

Porque nos amábamos sin censura en nuestra cápsula de miradas, caricias y silencios. No necesitábamos más cuando los labios húmedos de ansia se rozaban y los suspiros volaban libres. Por fin juntos. La espera impuesta explotaba con más fuerza las ganas de entregarnos por completo. De tenernos. De ser solo nosotros dos. Y era hermoso cerrar los ojos en cada abrazo cómplice, dejarse llevar sin medida ni tregua. Sonreíamos al mirarnos como quinceañeros descubriendo el mundo.

Por eso, jamás pensamos nunca en el invierno, pero el invierno llega aunque no quiera…

Las palabras a medio decir. Las verdades a medio contar. Los celos encubiertos. Los miedos al descubierto. Las lágrimas que empezaron a surcar la misma piel por donde antes habían caminado los besos. El sentir de más, ¿cómo no hacerlo? Apelar a la razón para alejarnos y no poder hacerlo del todo. La tortura de vernos simplemente pasar, ensordecidos por los latidos de nuestro corazón agitado. El peligro de respirar de nuevo el mismo aroma y sentir las piernas flojear. Querernos demasiado sin poder romper las cadenas que siempre nos ataron, aunque no quisiéramos verlas. Huir, callar, hablar, darnos, volver…

Estuvimos tantos años jugando a amarnos que al final, como un cristal que siendo frágil también hiere, se nos rompió el amor y terminó matándonos a los dos.

Los veranos de mi vida

«Cuando sea mayor viviré aquí». Ese deseo infantil me invade llegando a mi destino. Sonrío porque no había recordado, desde entonces, esa promesa que me hacía al final de cada verano, mientras volvía a la rutina de la ciudad en la parte de atrás del coche, callada y con lágrimas en los ojos. Yo siempre tan aferrada…

Hoy regreso sola al verano de mi infancia por primera vez en mi vida. La nostalgia me invade y me agarra fuerte el corazón. Siento que estoy a punto de explotar todas las emociones contenidas desde hace tiempo. Tenía ganas de venir así, en silencio y a mi ritmo, para poder saborear cada rincón, cada recuerdo. 

Miro a mi alrededor y me doy cuenta de que podría reconocer este lugar hasta con los ojos cerrados: el olor a pino seco y a salitre mezclándose en un aroma tan mediterráneo. Los mismos adoquines de siempre, algunos levantados por las raíces de los árboles como antaño. La calle ancha que ya no me lo parece tanto y la tienda destartalada del Xavi que ha evolucionado casi a supermercado. 

Camino despacio buscando la esquina donde girar para adentrarme en esa calle que me aprendí de memoria siendo muy pequeña. Me cuesta un poco distinguirla a la primera, esta zona sí ha cambiado. Ahora es semipeatonal y los arbustos que conferían una intimidad silvestre a las parcelas ahora son vallas de paja muy bien conservadas. Entonces diviso los toldos azules de mi niñez y un nudo se ata a mi garganta. No sé si es mi sensación, pero todo me parece más pequeño de lo que lo recordaba. Supongo que es lo que tiene mirar con ojos de adulta, pero ahí están, inconfundibles, los apartamentos que me vieron crecer verano tras verano.

Donde aprendí a correr, a nadar, a jugar a tenis y a ping-pong, a montar en bicicleta. Donde descubrí el sentido de la amistad que el invierno no podía romper, y donde supe lo que eran las mariposas en el estómago ante esas bodas que nos inventábamos, usando pinaza para formar las alianzas. El lugar que me vio soplar tantas velas de cumpleaños en las mejores fiestas que una niña podía soñar. Donde experimenté los primeros acordes de la libertad callejeando con las bicis en pandilla, yendo a comprar bolsas de chuches por 20 duros o a pescar cuando se ponía el sol. 

En los veranos de mi vida hubo torneos deportivos y artísticos de los que aún conservo algún premio. Coreografiamos sin descanso a las Spice Girls en el 97. Se organizaron sardinadas, barbacoas y chocolatadas con todos los vecinos. Acampamos alguna noche en el jardín para ver las estrellas o contar historias de miedo, dormir era lo de menos. Hicimos guerras de globos de agua, carreras en la piscina con los inflables y retos de aguante en aquel columpio enorme con forma de cohete que nunca vi en ningún otro lugar. No nos cansábamos de jugar al bote-bote, al escondite, a tiendas, a papás y mamás, y a cualquier cosa que se nos ocurriera. También hubo juegos de mesa y de cartas hasta altas horas de la madrugada. Y primeros besos en los portales cuando las tormentas de finales de agosto provocaban cortes de luz. Quizá por eso nunca me han asustado las tormentas. 

El griterío pueril de quienes ahora chapucean en la piscina me saca de mis ensoñaciones. Siento que no hace tanto era yo la que correteaba por ahí, aunque han pasado muchos años… Me quedo a las puertas del recinto acomodando la memoria, pero no entro. Quizá otro día lo haga, cuando pueda manejar mejor tanta emoción. Unas lágrimas surcan mis mejillas mientras se me hincha de alegría el corazón. Qué sensaciones tan extrañas nos devuelve a veces la vida para recordarnos un tiempo tan feliz. Hay cosas que no han cambiado, pero hay tantas otras que sí…

Sigo calle abajo hasta la playa. Qué privilegio poder caminar de casa a la orilla. Supongo que por eso sigo pensando, como de niña, que de mayor quiero vivir aquí. El mar está algo picado y el sol se refleja dorado sobre él. Es el mismo mar de entonces, ese que no cubre hasta bien entrados unos metros. El agua me acaricia los tobillos mientras contemplo el horizonte pensando en mi padre. Quizá es por él que ahora vuelvo con esta necesidad. Las olas me mecen suaves, subiendo por mi cuerpo conforme avanzo. Cierro los ojos y respiro profundamente. No tengo prisa, me dejo llevar. Cuando llego al banco de arena me acuerdo de que antes, si escarbabas un poco, aquí se podían encontrar coquinas. ¡Eran como tesoros! Recordar su sabor salado me hace la boca agua. Pero ahora, por mucho que busque, ya no quedan. 

El sonido de los aviones surcando el cielo sin pausa me recuerda cuántas veces jugué a adivinar su destino, soñando con viajar en uno de ellos, de un lugar a otro. Volar. Ahora los veo pasar con el bagaje de todos los lugares que he conocido, que seguro son más de los que entonces imaginé. Pienso en todo lo vivido, y en lo que sea que esté por venir.

La jornada es agradable. Me gusta tanto estar aquí… Es como si una parte de mí perteneciera a este rincón de playa. Puede que sea cierto, al fin y al cabo, pocas experiencias marcan tanto como la infancia. Y yo tuve una infancia tremendamente feliz. Por eso volver a estas calles, a escuchar el sonido de las tórtolas arrullar, a llenarme los pulmones de esta brisa marina, a sentir el salitre pegado a mi piel… Es como rescatar un pedazo de aquella felicidad protegiendo a la niña que fui y que, aunque a veces la olvide, sigue habitando en mí con muchísima intensidad.

Salud emocional

Cuando alguien nos trata mal siempre tendemos a pensar que es nuestra culpa. Llega una decepción, del calibre que sea, y nos decimos «soy una idiota», «¿cómo pude haberlo creído?», «¿para qué esforzarme tanto?», «¿qué me pasa?». Nos azotamos menospreciándonos por no haber podido adivinar que algo así sucedería. Por no haberlo visto venir a pesar de las señales. Por no tener la capacidad de resistirlo estoicamente con sangre fría, sin que nos afecte, o de mandarlo todo a la mierda sin miramientos porque sí, claro que nos afecta. A veces hasta llegamos a ser reincidentes, tropezando una y otra vez con el mismo pedrusco, y entonces el machaque al que nos sometemos es aún más duro y cruel. Repetimos patrones ingenuamente creyendo que esta vez será distinto, porque eres más fuerte, porque has aprendido, porque las cosas han cambiado. Pero todo es mentira. Y cuando un día cualquiera llega el declive, porque siempre llega, nos hundimos en un torbellino de pensamientos que, lejos de ayudar, destruye. Y, lo que es peor, nos destruye a nosotras mismas.

Nuestra autoestima, nuestra capacidad para confiar, nuestra vulnerabilidad, nuestras ilusiones y esperanzas. Todo eso, que es mucho más doloroso que un triste corazón roto, nos lo llevamos por delante porque alguien nos ha hecho daño, nos ha traicionado de alguna manera, nos ha utilizado o vilipendiado. O, por lo menos, nos ha hecho sentirlo así. Y mientras esa parte es ajena al efecto que provocan sus actos, muchas veces por inconsciencia y otras con alevosía, nosotras aún seguimos diciéndonos que es nuestra culpa estar así. Permitirlo.

Nos sometemos a un juicio de valor obtuso y nocivo: ¿Qué tiene el resto que no tenga yo? ¿Soy más fea, más baja, más gorda? ¿Tengo menos capacidad intelectual? ¿Económica? ¿Soy demasiado intensa? ¿Permisiva? ¿Me toman el pelo? ¿Acaso dejo que lo hagan? ¿No sé marcar los límites? ¿Qué me falta? ¿Qué me sobra? ¿Por qué nada me sale bien? Una batería interminable de preguntas que desemboca en la peor de todas: ¿por qué no soy suficiente? El no sentirse capaz de merecer es una idea sibilina que se va colando tras cada golpe emocional hasta convertirse en una pesada losa que inmoviliza y que, por desgracia, nos terminamos creyendo.

Y no siempre son cuestiones sentimentales las que nos azotan sin piedad, aunque es cierto que las pasiones son fuente de grandes placeres y mayores desgracias. También nos erosionan las relaciones familiares complicadas, los apegos desmedidos, las situaciones abusivas, las infancias rotas, las amistades interesadas, los ambientes laborales tóxicos, la deslealtad, la hipocresía, las puntadas que no se dan sin hilo… Todo suma en la mochila de las emociones, tan difícil de gestionar. Hasta que la mochila revienta por exceso de carga. El bucle nos asfixia de tal manera que, cuando ocurre, lo único que nos queda es llorar la pena, la desilusión, la frustración y la rabia hasta soltarlas. Vaciarnos al máximo. Pero eso no arregla el problema de fondo, que en realidad es un amor propio tocado y hundido que debe reconstruirse de nuevo con cariño y paciencia.

Tenemos que aprender a soltar lo que perturba nuestra paz, que es una forma maravillosa de felicidad. Y quién sabe si la más cercana a ella. Cortar lazos es muy difícil porque nadie nos enseña a hacerlo. Al contrario, nos insisten en aguantar por lo que un día estuvo bien, por unas memorias que quizá ya ni recordamos. Por los hijos. Por el amor que fue. Porque es una amistad de toda la vida. Porque es un trabajo estable. Porque es tu sangre. Porque hace tantos años que… Pero los caminos cambian y adaptarse es mejor que morir. Así que si esos lazos se sienten como cadenas es indispensable romperlos para poder salir a flote. Con miedo, con dudas, con incertidumbre. Arrancar de raíz una rutina es lanzarse a un abismo sin protección, está claro. Sin embargo, ¿no es mejor que quedarse enraizada donde ya no te reconoces? Perderse por otros, dejar que el resto tome tus riendas, es un error que se paga caro. Y la vida no da tregua. 

A veces, cuando la mochila empieza a rebosar y las cuestiones que afligen, desgarran o desestabilizan de pronto te abofetean el alma, debemos darle un giro a lo que durante demasiado tiempo nos ha carcomido. Piénsalo desnuda de inputs que te condicionen: si eres una persona mínimamente decente jamás se te ocurriría decirle a quien aprecias que no vale, que no tiene nada interesante que ofrecer, que es menos que otro, que no es suficiente. ¿Fustigar de esa manera no es una forma de maltrato? Entonces yo me pregunto: ¿por qué hacerte eso a ti misma? ¿Por qué tratarte con tanta dureza? ¿Por qué no mostrar un ápice de compasión por ti cuando otros te dañan? ¿Por qué no permitirte sentir sin culpa alguna?

Tú no eres una tonta ni has permitido que te hagan pedazos, tú solo pusiste por delante el corazón en aquello en lo que creíste y otros lo aprovecharon. Ya está bien de que toda la responsabilidad recaiga sobre quien sufre las consecuencias de gente que actúa sin medir nunca las suyas. Cuidemos con más mimo nuestro diálogo interior para poder disfrutar de una mejor salud emocional.

Tu legado, mi corazón

Hay días en los que la ausencia se vuelve insoportable en lo más cotidiano, tras un simple destello de un olor que fue tan familiar. O viendo las noticias una noche cualquiera. Resuena en mi memoria cada palabra que dirías ante una situación concreta, como un eco. Porque lo sé. Las sé todas. Conozco cada una de tus frases, de tus reacciones, de tus impresiones. Y las escucho a menudo en mi mente en un diálogo que invento contigo para aliviarme. Expando el pensamiento hasta que ya no puedo aguantarlo y me obligo a salir de él. Entonces el silencio de aquí afuera se me hace más palpable que nunca. Devastador.

Hoy no dejo de pensar en ti. No es que haya dejado de hacerlo alguna vez, porque lo cierto es que me acompañas como un rumor suave y permanente, y voy aprendiendo a llevarte conmigo de una forma mucho más amable. Sin embargo, hay momentos en los que el corazón me oprime con fuerza y siento unas ganas irrefrenables de llorar. No es agradable, duele, pero me dejo llevar sin miedo. Siento que esas lágrimas que primero me asfixian, igualmente me reconstruyen cuando soy capaz de abrazarme a mí misma después. Mis ratos a solas contigo son una suerte de pequeñas descargas emocionales necesarias para fortalecerme, aunque parezca contradictorio. El tiempo se detiene en un instante en el que todo se siente como al principio. Pareciera que esta vida que ha seguido sin ti no fuera real. Como si el vacío físico que me queda tuviera el aspecto de un huracán arrasando al pasar, dejándome tan frágil y desarmada. Pero no es cierto. No soy tan quebradiza y sí cuento con buenas armas. Tú me las diste.

¿La mejor? El sentido del humor. Recordarte riendo me acaricia los sentidos, me reconforta, me aligera el pesar de no tenerte. Tu manera de disfrutar de la vida, de celebrar, de reunirnos alrededor de una mesa. Esa filosofía del carpe diem mezcla de optimismo, inconsciencia y vitalidad que tanto me gustaría poder aplicarme. Salir de todas con aire despreocupado, sin darle demasiadas vueltas, viviendo aquí y ahora. Justamente por eso a veces me pregunto qué pasaba por tu fuero interno aquellos últimos días hospitalizado, si tuviste miedo de que llegara el final. Era difícil acceder a lo más profundo de tu ser, fuiste educado en la premisa de la fortaleza, porque los hombres no lloran. Pero tú lo hiciste la última vez que pude verte y hablarte, justo antes de ser intubado. Una lágrima rodó por el rabillo de tu ojo izquierdo mientras nos observabas uno a uno, que tratábamos de insuflarte ánimo. Te apreté fuerte la mano y te sonreí por debajo de la mascarilla, qué pena que no nos viéramos los rostros como siempre, completos. Todo va a ir bien, ya lo verás, luego nos vemos. Me diste la razón asintiendo con la cabeza, a pesar de que tus ojos no decían lo mismo. Qué rabia no haber sabido entonces que… Pero no quiero entristecerme más ahora, tú no eras de los que se amparaban en la pesadumbre, tú siempre mirabas para adelante.

Por eso nos regalaste un sinfín de anécdotas para recordar. «¿Te acuerdas cuándo…?» Así podemos pasar las horas, hablando de ti, desgranando memorias repletas de carcajadas. También me gusta seguir escuchando tu voz en los viejos vídeos de mi infancia, un lujo al que no le puedo poner precio. Y verte, verme, vernos entonces y sentir que se me hincha el corazón de la niña que fui. Y comprender que quizá eso es el amor, tan callado, tan ligero, tan seguro. Nos dejaste un valioso legado: el emocional. Las lecciones de qué ser, de cómo no actuar. Un aprendizaje espontáneo llamado vida. Y tu ejemplo a seguir, siendo, ante todo, una buena persona.

Hace poco encontré la dedicatoria que me escribiste cuando cumplí 30: «Te quiero mucho, y deseo que ahora y toda tu vida seas la más feliz del mundo». A días de volver a darle otra vuelta al sol esas palabras me han calado hondo, como si las pronunciaras en este momento, como una premonición que reconforta. Quiero tatuarme ese deseo en el alma, papa. Ahora y siempre. No creo que haya un deseo mejor.