De mi tierra bella

¿A quién quieres más, a papá o a mamá? Algo así siento cada vez que alguien me pregunta por el «problema catalán» de un lado y me recrimina el «una, grande y libre» del otro. Y cinco años después (que son los que contabilizo en este maremágnum de referendos no refrendados) estoy ya muy cansada de tanta batalla dialéctica y sentimental. Cansada de tener que justificar mi respuesta aquí y allá, de sentirme fuera de juego en un lado por «polaca» y en el otro por «facha». De verdad, prou!

¿Por qué tengo que escoger? Escoger entre la ciudad que me ha visto nacer y mis raíces. Escoger entre mi lengua materna y la adquirida en la tierra. Escoger entre dos estilos de vida, dos culturas, dos maneras de hacer las cosas que en realidad no difieren tanto. No, yo no quiero que me obliguen a enfrentarme emocionalmente a mi sentido de pertenencia. No quiero escoger entre todo lo que considero propio, porque no quiero dejar de sentirlo así, y porque creo que ser y querer ser española y catalana no debería ser incompatible.

Pero a veces parece que nos demos vergüenza, unos y otros. Nos creemos mejores que el vecino pero en el fondo el sentimiento acomplejado de una España de pandereta y de una Catalunya wannabe nos retuerce demasiado a todos. Sin embargo no es algo nuevo: repasar la historia es entender que somos un pueblo disentido y quizá obligado a entenderse en sus diferencias y su complejidad, y definitivamente la clase política actual tampoco nos ayuda mucho a mejorarlo. Muy al contrario, parece que cada vez les gusta echar más leña al fuego desde Madrid mientras se tensa la cuerda desde Barcelona. Hasta que el fuego arda, o la cuerda se rompa…

Pero hoy no estoy aquí para opinar de temas tan candentes ni para entrar en el juego de los posicionamientos, las afrentas ni los enfrentamientos. Hoy simplemente quiero hablar de España porque nunca hablo de ella, porque a veces parece más sencillo hablar de otros lugares desde la distancia aunque en realidad ésta sea mi maravillosa tierra bella.

Así que hoy voy a confesar, como diría aquella, que me enorgullece ser española y pertenecer a un país tan diverso como éste, en todos los sentidos. Me gusta su norte verde, su blanco sur. Me gusta la cálida luz que nos baña desde el Mediterráneo y el intenso Atlántico que choca contra las rocas del otro lado. Me gusta la sierra madrileña y los llanos castellanos, nuestras islas de ensueño color turquesa y el exotismo que le da a Ceuta y Melilla pisar suelo africano. Me gusta el olor a jazmines, a musgo, a salitre, a tierra mojada…

Me gusta disfrutar del inigualable pa amb tomàquet con fuet de Vic o jamón de Guijuelo. Comer paella los domingos, deleitarme con un buen salmorejo cordobés en primavera o con marisco gallego en cualquier época del año. Me gustan los caldos y cocidos que alivian el frío de la meseta, los chuletones del norte que alimentan hasta el alma y el pescaíto frito de Andalucía. Me enloquecen los piononos de Granada igual que la crema catalana; y para el calor que no nos falte en la mesa nuestra típica sangría o un buen tinto de verano.

Me emociona el cante flamenco y me divierte la pachanga lolailo. Me gustan los carnavales de Sitges y de Canarias, aunque también tenemos las chirigotas de Cádiz. Y qué decir de la Semana Santa sevillana, la Feria de Abril, los Sanfermines, las Fallas valencianas. Tenemos fiesta para dar y vender, tradiciones milenarias resultado de un crisol de culturas, de conquistas, de pérdidas y reconquistas. Disfrutamos de sol todo el año, pero también de buena nieve, bonitos caminos de ronda e imponentes castillos herencia de un imperio antaño dorado. La Alhambra majestuosa, El Escorial, el Palacio de la Magdalena, el Monasterio de Piedra… Mil rincones para perderse entre los sentidos y la belleza, pueblos medievales en la Costa Brava, reminiscencias árabes, austeridad castellana y modernismo catalán.

Somos gente alegre que disfruta las reuniones en familia y con amigos, acompañados de esas cervecitas heladas que nunca nos faltan. Pero también somos hijos de tierra de vino y como tal, nobles y austeros, que no secos. Bulliciosos como pocos, risueños, pillos, espabilados. Somos un pueblo con carácter, a veces colérico, y también solidario. No ocupamos el primer puesto en el ranking de los mejores estudiantes, de la economía más saneada o del empleo mejor pagado. Pero somos los primeros en el mundo en la donación de órganos desde hace 25 años, por ejemplo.

Es cierto que nos falta mucho por hacer, por mejorar y por emprender, pero para eso tenemos también que empezar a delegar en mejores personas nuestro poder. A veces pecamos de conformismo, de “aquí no pasa nada”, de vivir dejándonos llevar. Pero quizá es precisamente esa forma de vida en cierta manera inconsciente la que nos hace ser como somos: un pueblo jovial que vive en el presente, exuberante en sus reacciones, imprevisible en sus decisiones, sociable y extrovertido.

Entonces, ¿por qué tengo que escoger entre quedarme o irme de todo eso, de lo que soy? ¿Por qué debo posicionarme en un lado u otro, y el no hacerlo me deja en tierra de nadie? ¿Por qué defender el amor a todo eso que es España automáticamente me tiene que enfrentar a Cataluña? O al contrario, ¿por qué decirme catalana tiene que ser incompatible con defender mis sentimientos como española?

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No quiero que nadie me diga de dónde soy emocionalmente ni a dónde debería pertenecer según mis ideas políticas, pero defiendo que si yo lo siento así, otros lo puedan sentir de otra manera y vean el queso manchego igual de cerca o lejos que ven el Brie francés. Que consideren todo lo que por español yo concibo intrínsecamente mío, como algo ajeno perteneciente al sufrido vecino con el que comparten por fuerza histórica raíces y cultura, pero no sentimentalismo. Aunque no comulgo con esa idea puedo llegar a entenderla. Lo que no entiendo es el afán de algunos por adoctrinarnos en su nacionalismo y la resistencia de otros a tender puentes. Con esta filosofía lo único que conseguimos es radicalizarnos, no sé si no se dan cuenta o es que ya les funciona el enfrentamiento en ambos lados.

 

 

La mujer adúltera (2)

7c8ff743780ba9ded956844deeaffb9fEsa noche cuando Tina regresa a casa los niños ya están bañados y se terminan la cena enfundados en sus pijamas. «Casi a punto de irse a dormir, menos mal», piensa Tina. Se acerca a su marido y le roza los labios en un beso casi al aire, mientras él continua atendiendo las demandas de sus hijos, batallando con el postre que ninguno de los dos quiere probar. Su madre apenas les hace una caricia en el cabello a cada uno y se pierde por el pasillo hasta su habitación. Deja el bolso encima de la cama, el abrigo en el perchero y los zapatos bajo la cómoda. Guarda la bolsa de deporte en un rincón de su armario, su marido nunca registra sus cosas pero prefiere reordenar la lencería usada cuando él no esté en casa.

Mientras se desviste escucha a los niños corretear por el pasillo, siempre la misma actividad después de cenar, como si les dieran cuerda justo antes de irse a dormir. Sonríe levemente y envolviéndose en su bata sale a buscarlos para intentar devolverles la calma de nuevo. El pequeño, de 4 años, se agarra a las piernas de su madre para protegerse de su hermano, que a los 6 sólo le interesa jugar a caballeros y ve en él un blanco fácil de derrotar. Tina intenta zanjar la improvisada batalla haciéndoles cosquillas mientras los guía hasta el sofá. «Un rato acurrucada con ellos me hará bien», piensa. Prefiere eso a tener que acurrucarse en los brazos del hombre al que acaba de engañar una vez más.

Pasa canales hasta que los niños se ponen de acuerdo en qué ver y se abrazan a su madre a la que, sin saberlo en realidad, algunas veces echan de menos. Es en estos momentos en los que Tina cierra los ojos y huele el dulce aroma de sus niños junto a ella, buscando sus mimos, cuando siente el arañazo más doloroso de su fingida realidad.

Cuando se da cuenta de que se ha adormilado en el sofá su marido ya se lleva al mayor en brazos a la cama. Tina apaga la televisión, y tras ir a besar a sus hijos deseándoles en silencio buenas noches, se mete en la ducha por tercera vez este día. Ajeno a todo, su marido prepara algo de pan con tomate y embutido para cenar sabiendo bien que su mujer los jueves, tras un largo día de guardias en el hospital, apenas prueba bocado cuando llega a casa. Mientras tanto, Tina se deja mecer por el agua hirviendo que le recorre la piel en un intento vano por deshacerse de cualquier aroma que no sea únicamente de ella. Pero por mucho que se frote, que se enjabone, que se inunde, nunca termina de sentirse despojada de la pasión que horas antes la envolvía. Y con ese recuerdo palpándole de nuevo las entrañas la ducha se convierte en un ritual eterno, la humedad que empaña la mampara es proporcional a la suya propia, y el vaho que cubre el espejo bien podría ser como el aliento de su amante mientras horas antes la embestía con rudeza.

Se envuelve en su albornoz y mientras rebusca en los cajones de su dormitorio un pijama limpio para ponerse, su marido se acerca preguntando si después de cenar quiere ver una película o… Tina está desnuda, de espaldas, vistiéndose ajena a su presencia. Él se queda en silencio observándola, tan esbelta, tan sensual, tan distante… Tiene ganas de abrazarla, de caer con ella en la cama riéndose de todo y por nada, de hacerse cosquillas como cuando la rutina aún no les había roto el amor. «La rutina, o lo que sea…», piensa él.

Para cuando Tina se da cuenta de que él la estaba observando ya no hay nadie en el umbral del dormitorio: su marido cena tranquilamente viendo las noticias, como de costumbre. Con aire cansado ella se sienta a su lado en el sofá y por fin le pregunta qué tal estuvo su día. «Mucho trabajo, como siempre», contesta él, parco en palabras. «Yo igual -responde ella- ya sabes cómo son los jueves». Él la abraza, atrayéndola hacia su cuerpo y besándole la frente, sabiendo muy bien que últimamente ese es el gesto más cómplice que pueden compartir. Perderse en una película sin mediar más palabras, callando los pensamientos y ocultando los sentimientos. Al fin y al cabo el triste conformismo les funciona, y ya hace tiempo que los dos saben bien cómo son los jueves.

 

 

 

 

Premios 20Blogs, ¿me votas?

Hace justo dos años comencé esta aventura bloguera con el propósito de darle visibilidad a lo que llevaba realmente haciendo toda la vida en mi intimidad: disfrutar escribiendo. Me parece mentira que hayan pasado ya dos años y que a pesar de todo mis ganas por seguir haciéndolo no hayan decaído nunca, al contrario. No siempre es fácil ponerse a escribir: asuntos personales, falta de tiempo, inspiración caprichosa… Sin embargo, no puedo vivir sin escribir. Forma parte de mí desde que empecé a juntar letras y es mi mejor forma de expresión, no sé ser de otra manera.

Por eso este año he decidido participar en la XI Edición de los Premios 20Blogs (categoría ‘Blogosfera’, donde estamos los que escribimos un poco de todo) y necesito tu voto. Probablemente pienses que lo tengo difícil, que son muchas las bitácoras participantes (¡¡muchas!!), pero si me ayudas a lo mejor puedo escalar algún puesto y hacerme un poco más visible en este difícil pero tan apasionante mundo de las letras.

Así que si te animas a votarme aquí tienes el enlace: Premios 20Blogs

Te tomará un par de minutos de tu vida (sobre todo porque tendrás que registrarte en la web de 20Minutos para poder votar) ¡pero mi agradecimiento será infinito!

¡Ah! Una vez hayas votado card_2017-02-22_09_39_49te saldrá el mensaje de «Voto enviado». No te confundas con las estrellitas que también me puedes otorgar como valoración del blog y sin necesidad de registrarte (aunque esta valoración no computa para estos Premios…)

Y finalizada mi campaña electoral… ¡Espero que sigas disfrutando leyendo mi Cafetera y Manta tanto como yo disfruto escribiéndolo!

¡¡GRACIAS!!

 

 

 

 

 

Una vida La La Land

Brindo por los tontos que sueñan, por locos que puedan parecer; brindo por los corazones que se rompen, por los desastres que provocamos…

Brindo. Brindo como brindan en la película por el entusiasmo y la vida, con su realidad y su fantasía. Brindo por los que nos animan a conseguir el sueño imposible, a no decaer en el intento, o a caer con nosotros para después ayudarnos a levantar. ¡Brindo!

161212_r29165-1200x746-1480541577Quien a estas alturas no haya oído hablar de La La Land no vive en este planeta, porque otra cosa no pero promocionar un producto made in Hollywood a pocos días de los Oscar es tan predecible como que La ciudad de las estrellas le gusta a (casi) todo el mundo.
Pero, ¿qué tiene que no tengan otras historias de amor? ¿Otros musicales románticos? ¿Tan especial es éste como para estar nominado a 14 estatuillas y haber ganado todos los premios posibles en cada festival?

Dejando a un lado las cuestiones puramente cinematográficas, creo que la clave de que La La Land arrase de esta forma radica en su aparente inocencia. No es sólo la historia de chico conoce chica, que también, sino la historia de los sueños que muchas veces dejamos morir por considerarlos locos o irrealizables, y de cómo la vida te va poniendo en el camino a los que tienen que estar, por algún motivo, aunque sea de manera temporal.

Es en realidad un mensaje tan ingenuo y con el que todos nos podemos sentir identificados que en el fondo funciona. ¿Por qué? Porque nos hace falta creer. Vivimos en una sociedad en la que gana el trepa y triunfa el estratega, en la que la pasión se cuenta en beneficios y no en satisfacción, y los sueños se convierten en el refugio de los tontos que viven en las nubes, en su propio La La Land. Por desgracia hoy en día la realización personal va de la mano del rendimiento monetario y de la estabilidad financiera aunque eso nos produzca disgusto y sopor. No nos atrevemos a dar un salto al vacío sin el paracaídas de lo seguro, porque el amor no paga las facturas, y por eso los sueños de la adolescencia se quedan guardados irremediablemente en un cajón.

Pero en realidad nuestro yo romántico y pueril no siempre se conforma: a todos nos apasiona algo, todos anhelamos algo y todos lo soñamos. Luchar por ello o sentir que puede ser real aunque no dure más que un segundo es lo que la película nos transmite aunque a veces se nos haga algo ñoña porque no estamos acostumbrados a que las cosas salgan bien: el sueño de ser quienes soñamos ser compartido con el sueño de quien amamos tanto como para hacernos sentir volar bajo las estrellas de un observatorio… La La Land nos vende esperanza en un mundo donde los jóvenes nos sentimos totalmente desesperanzados, alejados de esa emoción que nos hace vibrar, y queremos comprarla.

Nos tropezamos con un paisaje hecho a medida para dos, qué pena que esos dos seamos tú y yo; a otra chica y a otro chico les encantaría este cielo revuelto pero sólo estamos tú y yo y no tenemos posibilidades, no eres el tipo para mí.

Igual que ese amor inocente, impulsivo y fascinante, casi infantil. Ese amor que nace de la nada y del imprevisto, a veces de lo improbable, pero que logra sentar sus bases en la admiración hacia el otro y no en el propio ego. El amor que busca engrandecer a quien amamos a través de sus logros y de su ‘yo’, y no a través de nuestra necesidad, convirtiéndonos en una persona mejor. Porque como cantan en el tema principal «todo lo que buscamos es el amor de alguien más, un ímpetu, una mirada, una caricia, un baile…» Todos queremos un amor de película pero no siempre estamos dispuestos a ceder ni un ápice en nuestra comodidad, y en algún momento surgen las dificultades. El egoísmo, lidiar con el sueño del otro, anteponerse, dejar de hacerlo…

Los corazones se rompen y a veces lo que damos por hecho un día sin más se tuerce. La vida que imaginamos no es siempre la que nos toca vivir; las personas que hoy están a nuestro lado puede que mañana no lo estén; los caminos que forjamos, los sueños, la realidad… Todo eso que conforma nuestro día a día y que nos permite planear el futuro deseado no siempre sale como esperamos. Pero a veces lo que no esperamos es incluso mejor. O no. Puede que la melancolía de lo que pudo ser y no fue nos asalte por momentos, porque somos humanos. Puede que aquel a quien tanto amamos sea simplemente el resorte para ayudarnos a ser quienes siempre quisimos ser, y nada más. O puede que aquel amor ingenuo y puro siga estando en nosotros para brotar de repente en una lágrima, o brillar de nuevo en una sonrisa.

Y eso también es aprender a vivir en nuestro La La Land. La vida no es el cuento de hadas que esperamos pero eso es precisamente lo que la hace profundamente interesante y valiosa. Y es por eso que merece la pena vivir.

Y ahora, ¡brindemos de nuevo!

 

Amor, sin calendario

Recuerdos que danzan temerarios

Celos escondidos en el armario

Lágrimas disimuladas, miedos encorsetados…

Feliz San Valentín, llora el calendario.

 

Besos perdidos en la comisura de los labios

Cicatrices en el alma, maltrechos arañazos

Globos color rojo, corazones despistados…

Feliz San Valentín, exige el calendario.

 

Promesas de papel, lazos de concreto

Ardiente llamarada en tus ojos pizpiretos

Palabras calladas, silencios presidiarios…

Feliz San Valentín, reprocha el calendario.

 

Noches a oscuras en tus brazos dormidos

Caricias lentas en lugares prohibidos

Refugio y condena tus besos apasionados…

Feliz San Valentín, susurra el calendario.

 

Aroma dulzón, piel de seda y sabor amargo

Mil viajes al cielo en cada estallido legendario

Tu sexo pidiendo sitio en mi santuario…

Feliz San Valentín, provoca el calendario.

 

Húmedo calor en cada reencuentro,

Reloj caminante, despedida y calvario

Como pájaros heridos en cautiverio

Nosotros no tenemos San Valentín…

Ni nuestro amor lo dicta el calendario.

 

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Me voy de ti

No voy a ofrecer ni una disculpa más por algo que no hice simplemente por evitar un malestar. No voy a pedir un mísero minuto de atención ni un día más de asueto, no me interesa. No pido una consideración extra, darle la vuelta a la tortilla por enésima vez ni quemarme in extremis por nada. O por demasiado. No, no voy a pedir una explicación mentirosa ni un argumento convincente, porque yo tampoco lo voy a dar. Hoy no, hoy decido liberarte de mí… Hoy me voy de ti.

Te libero de mí y de mi necesidad constante por atenderte, consentirte y cuidarte. Te libero de mis ojos al amanecer, de mis piernas entre las tuyas y de mi boca besando tu piel. Te libero del gozo que siento al complacerte y de mis deseos por agradarte, de las dádivas que adoro regalarte, de los simples detalles que siempre me hacen pensarte.

Te libero del afán por amarte incluso en tus días más perros y de querer provocarte sonrisas destruyendo los miedos. Te libero del empeño por protegerte a costa de desgarrarme. Te libero de la bondad que siempre perdona y de este amor patoso que olvida todo lo malo al instante.

Te libero de mi intensidad, de mis ganas de saber siempre un poco más, de querer conocer lo que no me permites desenterrar. Te libero de mis preguntas latosas, de mis celos amagados, de mis ilusiones infantiles, de la loca felicidad que pretendo procurarte estando a tu lado.

Te libero de todo 11147919 - lonely girl with suitcase at countryside.lo que soy, lo que fui y lo que no me dejas ser. Te libero de mí y me voy de ti.

Me voy de tus silencios complejos y de tu vehemencia contenida, de tus susurros elocuentes y de tu vanidad engrandecida. Me voy de aquellas risas alegres, de tus cosquillas.

Me voy de la mirada penetrante que me enganchó una vez, y del veneno de tus labios que siempre me hace volver. Me voy de tu cuerpo que me sé de memoria, y de tus manos frías que igual que acarician me arañan hasta el alma.

Me voy de los llantos callados, de las noches en vela esperando un gesto, un mensaje, un guiño disimulado. Me voy de tus guerras sin bandera, de tus conflictos inacabados. Me voy de la emoción que me das, y del aliento que me quitas. Me voy de tu fuego que no sé controlar y del temor a cagarla por una palabra equivocada o fuera de lugar.

Me voy de la ansiedad, de la incertidumbre y de la confusión. Me voy de tu magnetismo candente que tanto me atrae y que también me cuesta sofocar. Me voy de las letras que llevan tu nombre, de las fotografías que no hicimos, de los viajes y sueños sin forjar.

Hoy me voy de ti con este clamor al viento de la libertad esperando que mañana me retengas un poco más, pidiéndole clandestinamente a la vida, como siempre, otra oportuna casualidad.