Las letras de mi vida

Cuentos para dormir. Supongo que ese es uno de mis primeros recuerdos de infancia, tan nítido que soy capaz de recrearlo como si lo estuviera viviendo ahora. Antes de ir a dormir, el ritual. Unas veces le tocaba a mi madre leerme alguno de los muchos cuentos que coleccionaba: clásicos como Cenicienta, El patito feo o El lobo y las siete cabritas. Aunque cuando de verdad me dejaba el alma compungida era con la historia de aquella «Pelusita» inventada, una niña que era arrastrada por el viento porque no quería comer. Pesaba tan poco que se iba lejos, bien lejos, volando hasta perderse. La moraleja, por supuesto, era que había que comérselo todo para estar fuerte y que así ningún huracán te pudiera llevar. Lo interioricé bien, sin duda.

Otras noches, sin embargo, mi padre me regalaba una nueva anécdota de su mejor invento: el cuento del Serafín, al que «se le quemaba el polvorín», y su séquito de personajes ilustres como «Josefina, la de las patas finas» o «Maroto, el de los pantalones rotos». ¡Qué imaginación la suya! Lejos de dormirme lo que conseguía era que me desternillara de risa con sus ocurrencias. Tanto, que a veces mi madre se asomaba a la habitación para recordarle que era tarde y había que bajarme las revoluciones, y así no lo iba a conseguir.

A veces pienso que aquellos cuentos que mis padres se tomaron el tiempo de transmitirme, pensados entonces para compartir un ratito juntos antes de dormir, en realidad me estaban ayudando a recrear escenarios, hilvanando historias, forjando lo que más tarde pude sentir como una vocación. Fueron, quizá, la semilla de la que germinó mi amor por las letras.

Más adelante, cuando aprendí a juntar palabras por mí misma, me pasaba horas leyendo cuentos hasta sabérmelos de memoria. ¡Cómo olvidar El ratón de campo y el ratón de ciudad! Luego llegaron los cómics, con Tintín a la cabeza desde que en mi séptimo cumpleaños me regalaron sus aventuras en el Congo. ¡Y sigo siendo «tintinófila» hasta la fecha! O qué decir de la extensa colección de libros infantiles que ofrecía Barco de Vapor, con las peripecias del entrañable Fray Perico, por ejemplo. También recuerdo con cariño títulos como La voz perdida de Alfreda, Aventuras con Tito Paco, Momo, o La extraña familia Mennym. Llegando a la adolescencia me aficioné a Agatha Christie y me empecé a interesar por los grandes clásicos más allá de las lecturas que venían marcadas por el colegio.

Si echo la vista atrás, los libros me han acompañado a lo largo de mi vida como una suerte de refugio, aunque muchas veces ni siquiera haya sido consciente de ello. Cuando era niña mi escena favorita de La Bella y la Bestia era el descubrimiento de la majestuosa biblioteca que albergaba el castillo, no el baile final en el salón ni la magia del último pétalo de rosa. Supongo que en realidad era una proyección de lo que deseaba, mejor libros que príncipes, ¡ahora lo entiendo todo! Y es que somos quienes somos desde la más tierna infancia…

Y yo no puedo ser si no me dejo llevar por las letras, leídas y escritas, con todo lo que ello implica. Que no es poco.

¡Feliz Día de Sant Jordi! ¡Feliz Día del Libro!

¡Adiós, 2023!

Si me pidieran que resumiera este año que termina en pocas palabras diría que para mí ha sido el año de la supervivencia emocional, en el sentido más amplio del concepto, con todo lo que conlleva. 2022 me arrojó a un abismo desconocido y tuve que dirigir toda mi energía a encontrar la manera de no hundirme en ese hoyo de desolación y tristeza que supone un duelo. No pude dar más de mí misma, lo que tenía debía invertirlo en mi propia salud mental si no quería verme atrapada para siempre en el llanto y la pena. Así que me propuse transitar el camino de las lágrimas muy consciente de él, sintiendo cada emoción como venía, dejándome llevar y mecer sin miedo a que me doliera. Hubo quienes no lo entendieron y decidieron dejarme sola. A la gente le gusta pasar rápido por las desgracias ajenas, no sea que se contagien. Otros, con su mejor intención, aconsejaron soluciones mágicas que en realidad nadie pidió y, por supuesto, no sirvieron. La experiencia me ha enseñado que cada persona tiene su proceso y llegados a este punto, con retrospectiva, creo que lo hice bien. Al menos lo suficientemente bien como para afrontar un 2023 mucho más sosegada, con el corazón lleno de remiendos, sí, pero un poco más curada.

Sin embargo, toda esa energía que tuve que utilizar el año anterior para sanar parece haberme ido abandonando a lo largo de los últimos meses. Es como si me hubiera vaciado por completo de tanto sentir, de tanto dar, de tanto estar, de tanto ayudar también. Nunca hasta ahora había sido tan consciente de lo cansado que es anteponer al resto, preocuparse de las necesidades ajenas antes que de las propias, vivir la vida al compás de los otros, mantenerse siempre a la espera, siempre disponible, sacrificando deseos, rumbos o planes… Y ¿para qué? Para nada. Confieso que llego al ocaso de 2023 emocionalmente agotada y me gustaría poder encontrar el botón de reset para empezar de nuevo el 1 de enero. Aunque a estas alturas de la vida me conformo con aprender a ser más libre en mis decisiones, a pensar más en mi propia felicidad y a saber decir que no sin culpa. No es tan fácil como parece.

Leído así quizá suena catastrófico, pero ¡eh! que tampoco ha estado tan mal… No me ha faltado la buena compañía que siempre tiene dispuesto un ¡vamos! a donde sea y sin pensarlo demasiado. Ni los cafés que se quedan fríos por culpa de tanta terapia. Tampoco me puedo quejar de los brindis que regalan complicidad en la mirada. Ni de las noches de confesiones hasta la madrugada. De las risas, los juegos, el silencio, la intimidad y todo eso que se parece mucho al amor que cuesta demasiado nombrar.

Este año, por supuesto, he seguido disfrutando de viajes que me han vaciado los bolsillos pero me han llenado el alma de sabiduría, ¡y eso no tiene precio! He buceado en un mar turquesa privilegiado y me he enamorado de un atardecer cualquiera a solas en la playa de mi infancia. Volví a Madrid tiempo después y le cumplí una ilusión a mi madre. Me permití seguir celebrando cualquier acontecimiento con la maravillosa familia que tengo. Mi primer sobrino cumplió la mayoría de edad y yo me sentí más viejuna por su culpa. Aunque en mi fuero interno sé que sigo siendo la tía joven y cool.

Después soplé mis velas cojeando por una tendinitis, ¡espero haber entrado con buen pie a pesar de ello! Luego más viajes, incluido uno frustrado en el último minuto, con la maleta cerrada y las expectativas al máximo, para recordarme que no siempre salen bien los planes. Cosas que la mantienen a una humilde… Y la invitación a una boda mexicana a la que no pude asistir pero que viví en la distancia llena de alegría por los recién casados. Ha habido reencuentros bonitos en este 2023 y otros no tan agradables, pero hay que ser estoicos, no se puede tener todo. El año también nos ha importunado con algún contratiempo de salud que afortunadamente ha quedado en eso (procedo a tocar madera). Por ello doy y daré siempre, sin duda, las GRACIAS.

Así que, llegados a este punto, a unas horas de engullir las uvas, quemar el muérdago viejo, ponerme las bragas rojas, subirme a los tacones, meter un anillo de oro en la copa de cava y cumplir con los rituales conocidos y por conocer, me despido de este 2023 bastante cansada, sí, pero con propósitos claros y firmes en muchos ámbitos de mi vida. Quiero pensar que este ha sido uno de esos años de transición entre la etapa más oscura y la que tiene que volver a verme brillar. Una se consuela como puede…

Gracias miles a quienes me seguís acompañando en este maravilloso camino llamado vida, a los que os habéis unido recientemente a la travesía del desierto y a los que ya no forman parte pero significaron algo una vez, sé que quedó lo mejor de vosotros en mí.

Arrivederci, 2023. ¡FELIZ 2024!

La estrella que más brilla

Siempre me gustó la Navidad. Mucho. Estoy acostumbrada a vivirla por todo lo alto, en familia, al detalle. No sólo los días festivos sino la previa desde al menos un mes antes. Me gusta ver la decoración en las calles, el comercio tan animado, el ambiente que se respira en general… Esa paz y ese amor que nos envuelve en diciembre como por arte de magia y que puede que tenga más de postureo que de verdad, aunque yo así lo sentía realmente en mi alma, cuando lo tenía. Qué le voy a hacer, soy muy de salvaguardar las tradiciones que nos hacen ser quienes somos, pues sin ellas creo que estamos perdidos. Y soy, por supuesto, muy de celebrar con los míos, de reunirme alrededor de una buena mesa, de reír juntos, de cantar a pesar del desafine, de rescatar anécdotas y recuerdos, de bailar y trasnochar… Por algo soy hija de mi padre, supongo. Un disfrutón de la Navidad y de la vida en general.

Ahora, sin embargo, me tengo que esforzar para poner el árbol y los mensajes cargados de dudosos buenos deseos de gente que me ignora el resto del año me dan muchísima pereza. Yo ya dejé de enviarlos. Mantengo una lucha constante y desconocida entre el querer hibernar hasta febrero y el volver a recuperar las ganas de una Navidad parecida a las de antaño. Trato de que esta batalla la gane mi parte más férrea porque sé que mi padre no era amigo del luto o la tristeza, pero haberlo perdido en unas fechas tan señaladas inevitablemente golpea el doble. A la ausencia diaria ya de por sí dolorosa le sumo la punzada de los últimos momentos en vida y en vilo. Esos que no sabes que lo son… Cuando mantuvimos el aliento con el alma resquebrajada y el miedo atorado en la garganta, mientras el resto del mundo brindaba por un año nuevo feliz y los teléfonos no dejaban de pitar. «Ya lo sabes, el muerto al hoyo y el vivo al bollo», nos decía siempre mi padre. Las bromas del destino, supongo.

Perderlo me ha hecho darme cuenta de cuánta tristeza habita tras los villancicos, las luces de colores, el jolgorio, los turrones… Aunque a veces no la sintamos, ella está ahí, agazapada esperando su turno. Nunca falla. Todos acumulamos pérdidas en el bagaje emocional, tenemos a alguien a quien extrañar, un recuerdo que ya no será. Cuando era niña mis padres acarrearon con la ausencia de los suyos, mientras nos construían aquellas navidades mágicas que guardo como un tesoro en mi memoria más infantil, sin ser consciente del desconsuelo que despertaban las ausencias. Y, antes que ellos, mis abuelos perdieron a sus padres, a una hermana, a un marido en la flor de la vida. Así ocurre en este ciclo invisible que conforma el camino del duelo: una sucesión de (d)años y pérdidas que nos van calando como astillas que se clavan en el corazón. Hasta que nos apuñalan las más intensas, esas que nos destrozan y hacen tambalear todo nuestro mundo conocido. Cada uno sabe cuáles son las suyas, porque tras ellas nada vuelve a ser igual. Asumir esta verdad es indispensable para poder reajustarse las emociones y salir a flote, pero no por ello deja de ser un proceso altamente difícil, largo y doloroso.

El duelo por mi padre es, sin duda, la herida más honda que tengo. Ningún desamor, fracaso o desengaño le hace justicia. Es el que se llevó las lágrimas más amargas, la tristeza más profunda. Me abandonó al vacío más hueco, al silencio más abrumador y al frío interno más helado. Me empujó a un abismo indecible tras su último latido. Me dejó durante mucho tiempo sin palabras. Me quedé huérfana de él y de todo lo que esté por llegar. Las historias que una vez imaginé para mi futuro se deshilacharon como una tela vieja. Serán otras, con nuevas voces y otros colores, espero que también felices, pero aquellas que soñé durante toda mi vida ya no podrán ser con él.

A diez días de las fiestas el espíritu navideño todavía me rehúye, algo nuevo para mí. El síndrome de la silla vacía pega muy duro. Sin embargo, confío en poder disfrutar de la mejor manera posible, rodeada del cariño sereno que me ofrecen los míos, con el corazón lleno de orgullo por la familia que tengo y rebosante de amor por el padre que tuve. Siempre me gustó rescatar a la niña que fui en estas fechas… Hoy lo hago para sentir sin complejos que ahora él es quien me guarda como un ángel, mi estrella más brillante en el cielo.

Mi faro

Ayer mientras me tomaba mi café en el lugar de siempre, una mujer de unos setenta y largos entró a desayunar acompañada de sus dos hijos, que debían de rozar los cincuenta. En cuanto los vi supe que eran familia y que, además, tenían a alguien ingresado en el hospital de enfrente. Sin duda me pude imaginar a quién, porque esas cosas se saben. Basta con observar un poco, o quizá es que hay situaciones que yo detecto enseguida por los recuerdos que me afloran.

Se sentaron en la mesa de al lado y con los retales que me llegaron de la conversación confirmé mis sospechas. Un marido en la cuerda floja. Un padre recayendo de nuevo. La incertidumbre, los nervios, el estómago cerrado. Pero también la esperanza, ese destello que proyecta fe y fuerza. Me hubiera gustado levantarme y decirles que no la perdieran, y que, si llegado el caso eso también fallaba y se hacía inevitable, estuvieran a su lado todo el rato. Absolutamente todo. Que se saltaran los protocolos si era necesario, que cuestionaran la norma, que no se separaran de él. Sin embargo, no me acerqué ni les dije nada, un nudo en la garganta me agarró por sorpresa y me pudieron las lágrimas. 

Me habían dicho que con el tiempo dolería menos, pero no es cierto…

Y hoy amanece siendo el segundo 21 de octubre sin ti y todavía me siento como una niña huérfana sin su padre. Despojada de la esperanza de esa familia que aún puede aferrarse a algo, que tiene una piel a la que poder acariciar, una mano que coger, una respiración por acompasar. La escena de ayer, la visita al cementerio para llevarte flores de cumpleaños después, los instantes de fragilidad que estallan ante un resorte inesperado… Un cúmulo de circunstancias que estos días me ha revuelto un poco más las emociones. Y es que no comprendo cómo ha pasado el tiempo sin ti, cómo ha podido pasar. Ni tampoco cómo este 21 de octubre que era una fiesta ha dado lugar a la nostalgia por no poder verte soplar nuevas velas. Es como si no acabara de asimilar la realidad, como si la vida desde tu ausencia me flotara entre los dedos de una forma extraña. O puede que sea simplemente el deseo tan humano de que siguieras aquí conmigo, con nosotros. Te echamos tanto de menos, papa.

Las fechas especiales retuercen con mayor descaro las penas. Ese es el precio a pagar por los buenos momentos vividos, supongo. No es que un sábado habitual no piense en ti, ¡qué va! Me acompañas siempre como un rumor constante en mi rutina. Más que cualquier vivo, qué curioso. En eso sí tenían razón quienes me advirtieron de que cuando pierdes a alguien no pasa un día sin pensar en esa persona. Al principio de todo este proceso no acababa de convencerme esa teoría, me parecía más consuelo que verdad. Y me daba miedo empezar a olvidarme de ti. Que no olvidarte a ti, claro, es distinto. Sé que eso no sucedería ni aunque me borraran a conciencia los recuerdos, hay memorias que la mente no puede destruir porque se guardan en el corazón. Pero me aterraba pensar que quizá los pequeños gestos, la cotidianidad, tu risa, tu olor, se podían ir perdiendo, desfigurando con el paso del tiempo. Sin embargo, es justo esa parte la que más presente se me ha hecho después. El duelo me ha enseñado que lo que de verdad cuenta en esta vida es el amor sencillo que damos y que nos dan.

A veces me pregunto si tú fuiste consciente de cuánto amor desprendiste sin ningún tipo de aspaviento ni demostración pomposa. Si supiste el valor que nos dejó tu ejemplo, en todos los sentidos. Qué ser y cómo no hacer. Sin sermones, sin batallas ni mandatos. Desde la libertad que roza la inconsciencia y que te permitió ser optimista hasta el final. O al menos nunca nos descubriste lo contrario. Viviste como quisiste y a tu manera, como cantaba Sinatra. ¿Tenías miedo, papa? ¿Lo tuviste los últimos días? ¿Sabías lo que venía? Aquellas lágrimas que te resbalaron suaves y silenciosas me rompieron el alma y me la siguen rasgando en el recuerdo. Pero tranquilo, no te preocupes, porque aunque duela, estoy bien. He aprendido que la pérdida es como una sombra que se inmiscuye en todos los rincones de nuestro ser buscando acomodo, pero tú fuiste un faro tan grande en mi vida que la muerte no ha podido apagar tu luz. Y nunca lo hará.

Feliz cumpleaños, papa.

Los veranos de mi vida

«Cuando sea mayor viviré aquí». Ese deseo infantil me invade llegando a mi destino. Sonrío porque no había recordado, desde entonces, esa promesa que me hacía al final de cada verano, mientras volvía a la rutina de la ciudad en la parte de atrás del coche, callada y con lágrimas en los ojos. Yo siempre tan aferrada…

Hoy regreso sola al verano de mi infancia por primera vez en mi vida. La nostalgia me invade y me agarra fuerte el corazón. Siento que estoy a punto de explotar todas las emociones contenidas desde hace tiempo. Tenía ganas de venir así, en silencio y a mi ritmo, para poder saborear cada rincón, cada recuerdo. 

Miro a mi alrededor y me doy cuenta de que podría reconocer este lugar hasta con los ojos cerrados: el olor a pino seco y a salitre mezclándose en un aroma tan mediterráneo. Los mismos adoquines de siempre, algunos levantados por las raíces de los árboles como antaño. La calle ancha que ya no me lo parece tanto y la tienda destartalada del Xavi que ha evolucionado casi a supermercado. 

Camino despacio buscando la esquina donde girar para adentrarme en esa calle que me aprendí de memoria siendo muy pequeña. Me cuesta un poco distinguirla a la primera, esta zona sí ha cambiado. Ahora es semipeatonal y los arbustos que conferían una intimidad silvestre a las parcelas ahora son vallas de paja muy bien conservadas. Entonces diviso los toldos azules de mi niñez y un nudo se ata a mi garganta. No sé si es mi sensación, pero todo me parece más pequeño de lo que lo recordaba. Supongo que es lo que tiene mirar con ojos de adulta, pero ahí están, inconfundibles, los apartamentos que me vieron crecer verano tras verano.

Donde aprendí a correr, a nadar, a jugar a tenis y a ping-pong, a montar en bicicleta. Donde descubrí el sentido de la amistad que el invierno no podía romper, y donde supe lo que eran las mariposas en el estómago ante esas bodas que nos inventábamos, usando pinaza para formar las alianzas. El lugar que me vio soplar tantas velas de cumpleaños en las mejores fiestas que una niña podía soñar. Donde experimenté los primeros acordes de la libertad callejeando con las bicis en pandilla, yendo a comprar bolsas de chuches por 20 duros o a pescar cuando se ponía el sol. 

En los veranos de mi vida hubo torneos deportivos y artísticos de los que aún conservo algún premio. Coreografiamos sin descanso a las Spice Girls en el 97. Se organizaron sardinadas, barbacoas y chocolatadas con todos los vecinos. Acampamos alguna noche en el jardín para ver las estrellas o contar historias de miedo, dormir era lo de menos. Hicimos guerras de globos de agua, carreras en la piscina con los inflables y retos de aguante en aquel columpio enorme con forma de cohete que nunca vi en ningún otro lugar. No nos cansábamos de jugar al bote-bote, al escondite, a tiendas, a papás y mamás, y a cualquier cosa que se nos ocurriera. También hubo juegos de mesa y de cartas hasta altas horas de la madrugada. Y primeros besos en los portales cuando las tormentas de finales de agosto provocaban cortes de luz. Quizá por eso nunca me han asustado las tormentas. 

El griterío pueril de quienes ahora chapucean en la piscina me saca de mis ensoñaciones. Siento que no hace tanto era yo la que correteaba por ahí, aunque han pasado muchos años… Me quedo a las puertas del recinto acomodando la memoria, pero no entro. Quizá otro día lo haga, cuando pueda manejar mejor tanta emoción. Unas lágrimas surcan mis mejillas mientras se me hincha de alegría el corazón. Qué sensaciones tan extrañas nos devuelve a veces la vida para recordarnos un tiempo tan feliz. Hay cosas que no han cambiado, pero hay tantas otras que sí…

Sigo calle abajo hasta la playa. Qué privilegio poder caminar de casa a la orilla. Supongo que por eso sigo pensando, como de niña, que de mayor quiero vivir aquí. El mar está algo picado y el sol se refleja dorado sobre él. Es el mismo mar de entonces, ese que no cubre hasta bien entrados unos metros. El agua me acaricia los tobillos mientras contemplo el horizonte pensando en mi padre. Quizá es por él que ahora vuelvo con esta necesidad. Las olas me mecen suaves, subiendo por mi cuerpo conforme avanzo. Cierro los ojos y respiro profundamente. No tengo prisa, me dejo llevar. Cuando llego al banco de arena me acuerdo de que antes, si escarbabas un poco, aquí se podían encontrar coquinas. ¡Eran como tesoros! Recordar su sabor salado me hace la boca agua. Pero ahora, por mucho que busque, ya no quedan. 

El sonido de los aviones surcando el cielo sin pausa me recuerda cuántas veces jugué a adivinar su destino, soñando con viajar en uno de ellos, de un lugar a otro. Volar. Ahora los veo pasar con el bagaje de todos los lugares que he conocido, que seguro son más de los que entonces imaginé. Pienso en todo lo vivido, y en lo que sea que esté por venir.

La jornada es agradable. Me gusta tanto estar aquí… Es como si una parte de mí perteneciera a este rincón de playa. Puede que sea cierto, al fin y al cabo, pocas experiencias marcan tanto como la infancia. Y yo tuve una infancia tremendamente feliz. Por eso volver a estas calles, a escuchar el sonido de las tórtolas arrullar, a llenarme los pulmones de esta brisa marina, a sentir el salitre pegado a mi piel… Es como rescatar un pedazo de aquella felicidad protegiendo a la niña que fui y que, aunque a veces la olvide, sigue habitando en mí con muchísima intensidad.

Tu legado, mi corazón

Hay días en los que la ausencia se vuelve insoportable en lo más cotidiano, tras un simple destello de un olor que fue tan familiar. O viendo las noticias una noche cualquiera. Resuena en mi memoria cada palabra que dirías ante una situación concreta, como un eco. Porque lo sé. Las sé todas. Conozco cada una de tus frases, de tus reacciones, de tus impresiones. Y las escucho a menudo en mi mente en un diálogo que invento contigo para aliviarme. Expando el pensamiento hasta que ya no puedo aguantarlo y me obligo a salir de él. Entonces el silencio de aquí afuera se me hace más palpable que nunca. Devastador.

Hoy no dejo de pensar en ti. No es que haya dejado de hacerlo alguna vez, porque lo cierto es que me acompañas como un rumor suave y permanente, y voy aprendiendo a llevarte conmigo de una forma mucho más amable. Sin embargo, hay momentos en los que el corazón me oprime con fuerza y siento unas ganas irrefrenables de llorar. No es agradable, duele, pero me dejo llevar sin miedo. Siento que esas lágrimas que primero me asfixian, igualmente me reconstruyen cuando soy capaz de abrazarme a mí misma después. Mis ratos a solas contigo son una suerte de pequeñas descargas emocionales necesarias para fortalecerme, aunque parezca contradictorio. El tiempo se detiene en un instante en el que todo se siente como al principio. Pareciera que esta vida que ha seguido sin ti no fuera real. Como si el vacío físico que me queda tuviera el aspecto de un huracán arrasando al pasar, dejándome tan frágil y desarmada. Pero no es cierto. No soy tan quebradiza y sí cuento con buenas armas. Tú me las diste.

¿La mejor? El sentido del humor. Recordarte riendo me acaricia los sentidos, me reconforta, me aligera el pesar de no tenerte. Tu manera de disfrutar de la vida, de celebrar, de reunirnos alrededor de una mesa. Esa filosofía del carpe diem mezcla de optimismo, inconsciencia y vitalidad que tanto me gustaría poder aplicarme. Salir de todas con aire despreocupado, sin darle demasiadas vueltas, viviendo aquí y ahora. Justamente por eso a veces me pregunto qué pasaba por tu fuero interno aquellos últimos días hospitalizado, si tuviste miedo de que llegara el final. Era difícil acceder a lo más profundo de tu ser, fuiste educado en la premisa de la fortaleza, porque los hombres no lloran. Pero tú lo hiciste la última vez que pude verte y hablarte, justo antes de ser intubado. Una lágrima rodó por el rabillo de tu ojo izquierdo mientras nos observabas uno a uno, que tratábamos de insuflarte ánimo. Te apreté fuerte la mano y te sonreí por debajo de la mascarilla, qué pena que no nos viéramos los rostros como siempre, completos. Todo va a ir bien, ya lo verás, luego nos vemos. Me diste la razón asintiendo con la cabeza, a pesar de que tus ojos no decían lo mismo. Qué rabia no haber sabido entonces que… Pero no quiero entristecerme más ahora, tú no eras de los que se amparaban en la pesadumbre, tú siempre mirabas para adelante.

Por eso nos regalaste un sinfín de anécdotas para recordar. «¿Te acuerdas cuándo…?» Así podemos pasar las horas, hablando de ti, desgranando memorias repletas de carcajadas. También me gusta seguir escuchando tu voz en los viejos vídeos de mi infancia, un lujo al que no le puedo poner precio. Y verte, verme, vernos entonces y sentir que se me hincha el corazón de la niña que fui. Y comprender que quizá eso es el amor, tan callado, tan ligero, tan seguro. Nos dejaste un valioso legado: el emocional. Las lecciones de qué ser, de cómo no actuar. Un aprendizaje espontáneo llamado vida. Y tu ejemplo a seguir, siendo, ante todo, una buena persona.

Hace poco encontré la dedicatoria que me escribiste cuando cumplí 30: «Te quiero mucho, y deseo que ahora y toda tu vida seas la más feliz del mundo». A días de volver a darle otra vuelta al sol esas palabras me han calado hondo, como si las pronunciaras en este momento, como una premonición que reconforta. Quiero tatuarme ese deseo en el alma, papa. Ahora y siempre. No creo que haya un deseo mejor.