A ti, mujer

A ti, mujer, que apuras el final del día con los ojos cansados deseando tumbarte en el sofá, haciendo un esfuerzo por no dormirte frente al televisor, incapaz de ver terminar una película. A ti que lo das todo en tu puesto de trabajo, esforzándote al máximo por demostrar tu valía, sacrificando proyectos y exigiéndote de más.

A ti que utilizas las idas al supermercado para despejarte de un mal rato. Tú que organizas la casa antes de que pite la lavadora, economizando el tiempo que no tienes. Tú que batallas con los niños hasta perder la paciencia, sintiéndote culpable después. A ti que planificas desayunos, comidas y cenas, siempre al tanto de lo que queda en la nevera. Tú que lidias con los cuidados y las atenciones, de tus padres y de tus hijos. Tú que medias en el conflicto y que lloras a escondidas para que no te vean flaquear.

A ti que fuiste una niña buena de manual y hoy te sientes una mujer insegura y vulnerable. Tú que eres capaz de dar vida y sin embargo ese regalo te pesa como una losa, tanto si lo tienes como si no. A ti que te dijeron que no fueras con la falda tan corta por lo que pudiera pasar. Tú que descubriste el sexo bajo el velo del pudor, vergonzosa de tu placer. A ti que te contaron cuentos que sonaban a amor y luego te tildaron de ingenua por creer. A ti que no sabes reaccionar a los piropos porque te destruyeron la autoestima. Tú que te sientes perdida, sola e incomprendida a cualquier edad.

Eres una gran mujer.

Valiente, capaz, brillante. Pero, sobre todo, humana. Una mujer que necesita llorar cuando el cuerpo lo pide. Desahogar la rabia, la pena, el dolor. Y es lícito sentirlo. No somos mujeres perfectas, ni tenemos que serlo por mucho que nos lo exija la sociedad con tanta presión abrumadora sobre nuestra piel. Está bien sentir que no llegamos a todo, que no podemos más. A veces el castillo se derrumba alrededor y no hay nada que lo pueda evitar. Pues tranquila. Tómate un respiro, ve al cine o al teatro, aunque sea sola. Pasea sin rumbo ni prisa, busca refugio en la naturaleza. Comparte un café cómplice en buena compañía. Desconecta para reconectar. Fluye. Rodéate de tu red de confianza, vuelve a las raíces, donde tú te sientas inmune, donde puedas bajar la guardia. Donde nadie cuestione tus emociones ni se asuste con tu intensidad.

Nos educaron en la responsabilidad de estar y de dar, y puede que en nuestra genética nos venga incluso de serie. Pero que eso no haga que te olvides de ti. Priorízate. Valórate. No es egoísmo, al contrario. Quererse bien es indispensable para poder amar aún mejor. Cuida tu cuerpo, tu corazón y tu mente. Todo lo que tienes eres tú, legítimamente poliédrica en cada una de tus etapas. Disfruta del aprendizaje que te brinda el camino que construyes día a día. Vive la vida a tu manera con lo que eso conlleva. Y, por supuesto, que le den al qué dirán.

Presagio, gloria, infierno

Fue una sensación extraña. Siempre había sabido que poseía cierta sensibilidad intuitiva, la vida se lo había demostrado en más de una ocasión. Y de dos. Además, para su desgracia, cuando no intuía, soñaba. ¡Y caray si acertaba! Algunos no la creían, por supuesto. Decían que sus premoniciones eran fruto de la casualidad o de pensamientos recurrentes y ansiosos que en algún punto tenían que hacerse realidad. Pero ella estaba muy convencida de esa especie de don, o más bien de tortura, que la perseguía desde bien pequeña cuando el subconsciente le adelantaba lo que estaba por llegar.

Aquella tarde el bus iba atestado de gente, pero ella había conseguido acomodarse en un hueco junto a la ventana. La claustrofobia era menos perceptible viendo el paisaje pasar. Se colocó los auriculares y dejó que la música sonara en modo aleatorio. No tenía muchas ganas de escoger tema ni estilo, solo quería dejarse llevar con el ir y venir del tráfico, imposible a esas horas. Se conocía el camino al dedillo: las paradas, los semáforos, incluso las caras de quienes la rodeaban… Cada día la misma rutina.

No veo nada,
No sé si estoy o no,
No distingo la realidad de la ciencia ficción,
Busco entre mis cosas
Y todo es pura contradicción,
Cada molécula de mí solo piensa en huir…

Una letra distinta le llamó la atención. Cuántas veces había imaginado cómo sería largarse, dejarlo todo atrás, empezar de nuevo, tomar otro rumbo. Volar. ¿Estas cosas las pensaba todo el mundo? En cualquier caso, ella era consciente de que nunca lo haría. Seguiría sumergida en ese bucle de confusión que a veces la aturdía de tanto dar vueltas sin resultado. Se dejaba vencer por los vaivenes del destino, o lo que ella quería creer como tal. Seguramente era una postura cobarde. O la más rápida para atajar los demonios de todo aquello que la atormentaba en soledad, lo que no confesaba, lo que anhelaba en lo más hondo de su ser. Pero es que a veces una ya no tiene ganas de batallar y es más sencillo mirar para otro lado, dejarlo pasar.

Cinco segundos para la fusión:
Salgan corriendo, aborten la misión.
Paradoja espacio temporal,
Entre mis piernas este clima tropical…

Sonrió. Qué buena canción, se dijo. El reflejo del cristal de la ventanilla le devolvió unas mejillas sonrojadas por el recuerdo de las noches de cenas, besos y velas, con las piernas justamente enredadas. Una corriente eléctrica le bajó por el vientre hasta desembocar en una marea de emociones, las mismas que le provocaba él al clavar su mirada verde indescifrable justo antes de acariciarle los labios con los suyos. Hacía tan solo unas horas de todo eso y ya lo echaba de menos. Suspiró un bocado de amor resignado, no le quedaba más remedio que seguir esperando y alejar los malos augurios que la invadían cuando se sentía extraña y feliz. Su mundo onírico no cejaba en su empeño: abre los ojos, ten cuidado, protégete…

De pronto, un crujido seco la partió en dos. Pero ¿cómo…? Se incorporó para poder ver mejor tras el amparo que le proporcionaba el autobús, que ahora parecía asfixiarla. El bofetón de realidad le retumbó en el alma. Quiso correr. Quiso llorar. Quiso gritar. Y, sin embargo, se quedó paralizada. Ahí estaba su sueño, ajeno a ella, a tan pocos metros de distancia, agarrado a otra mano, riendo con otra risa, abrazando un futuro que nunca sería suyo.

He ahí el presagio de su gloria caída de nuevo a los infiernos.

Una mujer sola

—¿Sola? —me pregunta el camarero con cara de asombro cuando pido una mesa para sentarme a comer.

—Sí, sola —le respondo. Noto en esa décima de segundo su extrañeza seguida de su compasión. Pobre chica sola…

Me consigue la peor mesa, la más fea, la menos ubicada, porque claro eso de ir sola no merece más. Cuando me ofrece la carta me advierte de que la primera página la tengo vetada:

—Son platos para compartir y…, ejem, claro…

—Claro, vengo sola —termino yo por él con una sonrisa que lo incomoda.

Las pizzas son buenas en este lugar. Sin embargo, decido pedir una ensalada para que a lo de sola no pueda añadirme también un gorda. Eso sería ya el remate final.

Mientras espero desde mi lugar privilegiado me doy cuenta de la cantidad de miradas que estoy suscitando. Miradas curiosas, extrañas, compasivas… ¿Por qué me miran tanto? ¿Tan raro es ver a una mujer llegar sola a un restaurante? ¿Es que no tenemos las mismas necesidades vitales? No soy la única persona que está comiendo aquí sin compañía, hay por lo menos tres hombres más en la misma situación, pero no veo que nadie se fije en ellos ni que ningún camarero les compadezca su soledad. Seguramente porque son hombres de negocios.

La ensalada llega rápido y, cuando me dispongo a empezar, algo me retumba.

Come, pero no tanto. Abstente del postre, por supuesto. ¿Te lo vas a acabar? Ponte a dieta, cuida esa celulitis, embadúrnate en cremas. ¡Estás esquelética! Pareces demacrada, ¿te pasa algo? A los hombres les gustan con un poco de carne. O ya no. O tal vez sí. Haz deporte, pero no te pases o parecerás masculina. Cuida la apariencia. Presume tus curvas. ¡No tantas curvas! Arréglate, que se note que te quieres. ¿Ya no lo haces? Inténtalo. ¿A dónde vas tan maquillada? Viste bien, sé elegante. ¡Anda, si te has subido en los tacones!, ¿es que tienes una cita? Sé natural, ellos las prefieren así. Pero cúbrete las manchas, las estrías y las cicatrices. ¡No te da vergüenza! Mantente bronceada, pon color en tus mejillas, sonrójate como una niña. Blanquéate los dientes. Alisa las arrugas. Lucha contra el envejecimiento. Por favor, acepta la edad que tienes. Presume tus canas, pero así no, con más gracia. Córtate el pelo. No te lo cortes, no se ve femenino. Muéstrate joven. ¿Y esa ropa? ¡Vas haciendo el ridículo!

—¿Todo bien, señora? ¿Señorita? —El camarero me saca de mis pensamientos.

—Sí, gracias… —respondo algo desconcertada.

De pronto, no estoy a gusto. Retomo la ensalada sintiendo un peso extraño sobre mis hombros. Ya ni siquiera tengo ganas de comer. Algo en mi interior me empuja con rabia, me enfada. Pero…

¡No! No seas borde. Y ahora, ¿qué te pasa? Estás en esos días, ¿verdad? Otra vez los cambios de humor. Sonríe más, que estás más bonita. ¿Por qué le sonríes tanto? ¿Acaso estás coqueteando? ¡Tú siempre igual! No des el primer paso. Sí, atrévete, sé una chica moderna, no te quedes esperando. Pero espera, mujer, no vayas a parecer necesitada. Muéstrate sexy, sensual. Sorpréndelos. Mímalos. Deséchalos. Ten experiencia, aunque no mucha, a ver qué van a pensar… Sé inocente. Dulce. Y provoca. Eso les gusta. Acorta la falda, aumenta el escote. ¡Cuidado! No enseñes tanto, no digas tanto, no des tanto, no esperes tanto. Así nunca te querrán para nada serio. ¿Qué pretendes? ¡Te lo estás buscando! No juegues con fuego. Arde. ¿Mucho sexo? Puta. ¿Tan poco? Menuda mojigata. Sé divertida. Desinhibida. Modosita también. No bebas demasiado. Pierde el control. Pero no se lo hagas perder. O será tu culpa lo que pase.

Un nudo en la garganta me impide seguir probando bocado. Aparto la ensalada y espero a que el camarero, que no me ha quitado ojo de encima en todo este rato, se acerque de nuevo. Sin embargo, no lo hace, a pesar de sostenerme la mirada. Le indico con un gesto que me traiga la cuenta, por favor. Asiente satisfecho, no sé por qué. Y eso me molesta.

Me invaden unas terribles ganas de llorar. Sí, hoy estoy sensible. Y cansada. De parecer demasiado, o muy poco. De no saber qué ser, ni quién. Agotada de cada prejuicio que se va inmiscuyendo entre las rendijas de nuestro ser, sibilino. Del estereotipo, de la pretensión, de lo esperado, de lo políticamente correcto, de la justificación. ¿Por qué?

Pago la cuenta y salgo del restaurante sin demora. Me estoy ahogando. El aire frío me azota en la cara y lo agradezco aliviada. Cierro los ojos y respiro hondo algo parecido a la libertad.

Libertad… Claro, ¡eso es!

Entonces sonrío. Y levanto la cabeza y piso fuerte mi camino. Yo no soy una mujer sola en un restaurante tratando de encajar en los interrogantes de alguien más. No soy lo que ven ni lo que imaginan. No soy nada de lo que piensan. Yo soy muchas mujeres a la vez, cada una diferente, en constante evolución. Como tú. Como todas. Como siempre deberíamos ser: libres de etiquetas, moldes y corsés.

Sí. El próximo día me pediré la mejor pizza, postre incluido y café.

La niña que fue

Mira al mar y llora. Nadie se da cuenta, tampoco quiere que lo hagan. Llora tanto de esta manera… A solas, en silencio, sin aspavientos ni dramas. Bastante tiene ya por dentro. El mar le alivia y la libera. Aunque también le sacude los recuerdos. No le importa, es cierto. Pero duele. Claro que duele.

Fue una niña feliz en este mismo mar. Pasó todos sus veranos aquí. No conoció otros, pero los suyos fueron los mejores que pudo tener, de eso estaba segura. Muchas veces fantaseaba con poder ofrecerles a sus hijos al menos un pedacito de la infancia maravillosa que a ella le regalaron sus padres. Sin embargo, una punzada de realidad se le clava hoy en el corazón. Ni siquiera tiene hijos. «Qué injusto es todo», piensa, «conmigo nadie se queda para tanto». Para divertirse entre las sombras de unas piernas enredadas sí, quizá. Para llenar los huecos de almas que vagan vampíricas e incompletas. Para ser bálsamo de vidas insatisfechas y cobardes que no se jugarán la comodidad, ni la posición, ni el qué dirán, naufragando entre mentiras. Para bailarle al amor de estos tiempos sin compromiso. Para sucumbir a la fugacidad de sus propios antojos y a los de otros, a veces sin potestad ni permiso. ¿Es que no es suficiente para más?

Una lágrima amarga le alcanza suavemente los labios. Qué paradoja, los tiene heridos de tanto besar. Le escuecen. No quiere pensar más en eso. Ya no quiere pensar. «Ojalá fuera incapaz de sentir», murmura con rabia. Cierra los ojos y se deja acariciar por la brisa que le revuelve el cabello. «Aquí fui una niña tan feliz…», suspira. Recuerda que corría libre por la orilla, hundiendo los pies en la arena, salpicándose las piernas antes de sumergirse en el mar. Buceaba como un pececillo inquieto, se dejaba llevar por las olas, jugaba con ellas, las retaba y se revolvía. No le temía a nada, aunque a veces tragara agua y sintiera ahogarse por unos momentos. La niña que fue se volvía a levantar una y otra vez, decidida. El sol le secaba después el salitre que le dejaba caminos blanquecinos sobre la piel morena, mientras construía castillos en la arena con la ayuda de papá. Eran fortificaciones enormes, con sus puentes y sus fosos. «Hay que protegerse», aconsejaba él levantando las murallas, «para que los malos no nos alcancen». «Hay que hacerlo, papá, cuánta razón… En esta vida es importante aprender a distinguirlos», se dice, «y no invitarlos a entrar». Pero es difícil. Ya no llegan acompañados de lanzas ni fusiles, como en los cuentos de entonces. Ahora incluso pueden traerte flores envueltas en promesas, galanterías y sonrisas. Esas son las armas más peligrosas, cuando no son sinceras.

La luz del atardecer se posa sobre el horizonte. Otro día presto a morir. Se enjuga las lágrimas con resignación y recorre de nuevo sus pasos sobre la orilla. Mañana el sol volverá a renacer… ¿Y ella?

«Una vez fui una niña tremendamente feliz aquí», asegura convencida antes de irse. «Debería serlo también ahora que soy mujer.»

 

 

 

 

 

Una mujer desconocida

—Si tú no crees que es prioritario estar al lado de tu padre en el hospital en estos momentos entonces no sé qué clase de hijo he criado.

La mujer cortó la comunicación con rabia y guardó el móvil en el bolso, que apretó contra su pecho. Vi su rostro reflejado en la ventana del autobús, envuelto en un halo de nostalgia por la luz del ocaso. Cerró los ojos y respiró profundamente, dejándose caer en el asiento como si quisiera desaparecer. La rabia era ahora pesadumbre. Qué pena tan intensa emanaba de toda ella que no pude dejar de observarla.

Una melodía comenzó a sonar repetitiva desde las tripas del bolso al que se aferraba. Se revolvió incómoda, mirando nerviosa a su alrededor. No contestó. Algunos le devolvieron una mueca molesta por no haber tenido la decencia de silenciar el móvil en el transporte público. Pero decencia era lo que le faltaba a su hijo y no el sonido de su teléfono, pensaba yo.

Por sus manos calculé que tendría poco más de setenta años. El cabello castaño arreglado en una melena corta le daba un aspecto juvenil. Sin embargo, una corona de raíces canosas adornaba su frente como cuando no tienes ni tiempo de renovar el tinte en su fecha. Vestía un abrigo color café que no se había quitado durante el trayecto, quizá porque el aire que se colaba por las ventanas abiertas era realmente frío, o porque el frío lo sentía ella en su alma. Los ojos claros resaltaban luminosos sobre el horizonte que le enmarcaba la mascarilla ajustada por encima de la nariz. No podía ver el rictus dibujado en sus labios, aunque lo imaginaba. El brillo de sus pupilas no delataba felicidad sino lágrimas estancadas.

El trasiego de gente en cada una de las paradas no parecía perturbarla. Lo cierto es que a mí tampoco. Era como si el tiempo se hubiera detenido y el mundo vaciado, dejando a aquella mujer sola frente a su abismo de dolor y a mí frente a ella. Rebuscó en las profundidades de su bolso. Sabía bien quién la había llamado, yo también podía adivinarlo. Sus dedos temblorosos reseguían el nombre de su hijo en la pantalla. ¿Volverlo a intentar? ¿Cómo es posible que no salga de él? Por Dios, ¡es su padre! ¿Qué puede haber ahora más importante? Pueden ser sus últimos días, sus únicas horas… Hice míos sus pensamientos, pude palparlos a través de sus gestos, de sus ojos cansados. Quise decirle que tenía razón y que su hijo era un egoísta, pero en realidad no puedes decirle eso a una madre, aunque ella también sepa que es la verdad.

La melodía rompió de nuevo el silencio que, extraño, se había impuesto a los murmullos ajenos. La mujer dio un respingo y me miró durante unos segundos como quien busca aprobación y coraje a partes iguales. Asentí con mi sonrisa velada bajo la tela en un intento por infundirle lo que fuera que necesitara, y contuve las ganas de agarrarle las manos.

—Dime, hijo… No, no me han dicho nada más, que tenemos que esperar… Mal… Voy ahora para allá… ¿Cuándo?… Ah, entonces ahí te veo… Vale, hijo. 

Brotaron sus lágrimas como torrentes cargados de miedo, incertidumbre y tristeza. Cierto alivio también. Pensé en su hijo, incapaz de ver el desgarro de una pérdida inminente reflejado en su madre, deshilada por los recuerdos de lo que ya nunca sería. Puede que uno no vea lo que no quiere ver. El autobús se detuvo y abrió sus puertas dando paso a un aire gélido que revitalizó mis sentidos. Me despedí deseándole una pronta recuperación al amor de una mujer desconocida que en realidad encarnaba a todos aquellos que se apagaron en esos días de caos y terror. No sé si me escuchó, pero me pareció ver un destello de esperanza en sus ojos antes de decir adiós.

Naufragio

Abro con esfuerzo los ojos en medio de la oscuridad. Todavía no ha amanecido y hace frío. Tengo frío. Las mantas me envuelven, pero el calor me rehúye. Tiemblo. Siento los párpados pesados, doloridos. Los vuelvo a cerrar. Me cuesta respirar, las lágrimas de anoche se han hecho escarcha en mis fosas nasales. Tengo los labios resecos, se quejan sus grietas formadas de madrugada con mi propia sal. Entonces no, no lo he soñado.

Me palpo la cara, buscando más señales de realidad, confusa. Surcos de afluentes sin cauce me cruzan las mejillas y se pierden por mi cuello. El cabello revuelto como las sábanas, la almohada húmeda y viscosa como mis heridas, supurando decepción y rabia, miedo, incertidumbre, pena. Deseo.

Silencio. Las calles siguen dormidas, no sé ni qué hora es, ni cuánto tiempo he conseguido apaciguar los latidos que anoche me retumbaron hasta enloquecer. Más bien poco, a juzgar por mi estado de lentitud y desconcierto. Aún trato de entender qué pasó, cómo pudo ser.

Necesito ir al baño y comprobar si una pesadilla puede ser verdad. Si esta lo es. La imagen que me devuelve el espejo me hace flaquear. Una mujer de ojos hinchados y tez cadavérica me devuelve una triste mirada. Esa no soy yo. Y sin embargo, cuánto se me parece. Un escalofrío nace en mis pies desnudos al contacto con el mármol del suelo. Siento náuseas. Voy a vomitar.

Nunca me ha gustado la fragilidad de un cuerpo sumiso arrodillado ante el inodoro, pero no me queda más remedio que hacerle una repulsiva reverencia. El estómago escupe cruel en un cortejo fúnebre todas las mariposas ejecutadas que yacen en mi interior. Que ya no volarán más. Lloro por ellas y su ingenuidad.

Abro el grifo del agua caliente para llenar la bañera. Casi nunca la utilizo, la vida no nos deja ni tiempo para esos pequeños placeres. El vapor inunda poco a poco la estancia, empañando los cristales en un vaho persecutorio. Dibujo un corazón y le pongo tu nombre. Sé que eso también se desvanecerá.

Me desnudo sin prisa, recreándome en la belleza del cuerpo femenino y odiándome por ella. Ese es el único tesoro que muchos anhelan, y esa es mi terrible condena. Vuelvo a temblar de frío. Alcanzo a dedicarme una mueca vacía antes de que la neblina me borre. Estoy tan delgada.

Resignada, me sumerjo. Se me eriza el vello por un segundo, al contraste, pero pronto me adapto a la temperatura infernal. Me quedo largo rato inerte, acallándome, mecida por este mar improvisado. Cierro los ojos y dejo que los recuerdos felices me penetren suaves en un intento vano por salvarme. De ti, de mí, de todos.

Sin darme cuenta, las lágrimas han empezado a brotar de nuevo y se funden como ríos en un océano de fracasos, soledad y mentiras. Inhalo una bocanada de desesperación y me hundo por completo en esta bañera redentora. Oigo como un eco el sonido del agua desbordándose porque el grifo sigue abierto, y no me importa. Mi alma pide clemencia mientras me arrastra con furia este roto corazón. Sonrío levemente, quizá, en medio de una cruenta batalla de emociones y supervivencia, aunque tampoco estoy muy segura de eso. Yo solo quería que me quisieras…, pienso, y me dejo llevar.

Vencida, ya no soy más que silencio y efímeras pompas de jabón.