¡Adiós, 2024!

Otro año que se cierra, uno nuevo que se abre. No sé si con la edad el pasar del tiempo se vuelve cada vez más rápido o es solo una percepción burlona. Pero lo cierto es que miro atrás y uf, pienso, ¿ya? Siento que hace nada le dábamos la bienvenida a un 2024 incierto, como todos, y ahora estamos aquí, haciendo balance de lo ocurrido, a punto de despedirlo al son de las tradicionales campanadas en apenas unas horas. 

2024…

Un año que, como es habitual, me deja luces y sombras. Lo que es seguro es que han sido doce meses de aprendizaje, de aventuras y de destinos. De compartir momentos, risas, lágrimas, palabras, abrazos y silencios. El amor siempre tan importante. Me he reencontrado con gente querida, con amigos entrañables del otro lado del charco y con parte de mi familia melillense en ese pedacito de tierra que también considero mía. He viajado a lugares que no formaban parte de mi checklist principal y que han resultado ser una maravillosa experiencia en muchos sentidos. También he cumplido el sueño de conocer ciudades que me hacían especial ilusión, y ha sido genial. Puedo considerarme privilegiada por poder seguir enriqueciendo mi mundo saboreando el de otros, con la mente abierta desde la curiosidad y el respeto.

He cumplido metas, he crecido en lo laboral y me he reforzado en lo personal. He roto vínculos ya muy desgastados y he intentado que no me duela tanto. Estoy aprendiendo a priorizarme, aunque aún me queda mucho camino por recorrer en ese sentido. Cambiar un carácter es más difícil que cambiar el curso de un río, lo sé. Pero voy dejando atrás a quienes me dejaron primero, y en los peores momentos. Ya no sostengo mitades ni me permito malgastar mi energía en causas perdidas ni en gente que solo está cuando le conviene. Es verdad que sigo dando y entregando(me), a veces con cautela y otras a raudales. Eso ya depende de los afectos, supongo, y de que en el fondo no puedo dejar de ser como soy.

He disfrutado de las cosas con más entusiasmo que tiempo atrás, cuando todo se fundió a negro tras la pérdida de mi padre. Llevo más ligero ese duelo, transformado de la pena y la rabia, a la serenidad del más puro amor. Antes me aterraba la idea de que la memoria fuera capaz de poder llegar a olvidar a quien ya no está a tu lado, haciendo parte del día a día. Ahora sé que eso no pasa, muy al contrario, la vida que ya no es se acomoda en el corazón para seguir latiendo a la par. Y cómo reconforta sentirlo, y abrazarlo. 

Puedo decir, en resumen, que este ha sido un año tranquilo en líneas generales, suave, quizá de una pausa necesaria. Me ha dado cierto respiro con las emociones que llegaron a ahogarme cuando colapsaron de repente, o puede que esté aprendiendo a gestionarlas mejor, no lo sé. Sin embargo, todavía sigo buscando una mayor libertad. Aliviarme el peso de la carga autoimpuesta, esa responsabilidad exigente que ahoga. Aflojar la culpa que no es, y ese pensar demasiado en el resto dejándome a mí para más tarde, mientras la vida pasa como un torrente y yo me quedo en la orilla. No me gusta esa sensación, así que le pido a 2025 que me siga guiando, con fuerza y determinación, para cumplir mis objetivos y poder sentirme realmente alineada conmigo misma. No es tan fácil como parece.

También le pido, por encima de lo demás, que me permita seguir disfrutando de los míos con salud y tranquilidad. Si tengo eso, y ellos también, entonces ya sé que lo tengo todo. Y después, que venga lo que tenga que venir. Los años me han demostrado que planificar no garantiza nada. La vida es como las olas del mar, a veces basta con mecerse con ellas y otras debemos surfearlas, pero siempre hay que tratar de disfrutarlas de la mejor manera posible. Hoy estamos aquí, brindando, felices, con todo seguro alrededor. No obstante, mañana las cosas pueden cambiar, lo sé bien por experiencia. Así que, siguiendo el consejo de Horacio: Carpe diem, quam minimim credula postero. Y lo que sea, sonará.

¡Feliz año nuevo 2025!

Aquellas navidades

Suenan los niños de San Ildefonso con su retahíla de «ciento cincuenta miiiiiil peseeetaaaaaas» de fondo. Yo correteo por la casa con la felicidad de quien sabe que no pisará el colegio en dos semanas. Mi madre hojea las revistas de recetas en busca de alguna idea de última hora, le gusta mucho innovar. La nevera ya está repleta de comida, la despensa también. Tanto, que en estas fechas hay que improvisar otros lugares de almacenaje por rincones varios incluso de la galería. Mi padre, sentado frente al televisor de la cocina, sigue el sorteo de Navidad sin perder puntada, supongo que con la esperanza de que nos caiga algo, aunque eso nunca pasa. Ni pasará. Lo oigo murmurar algún improperio cuando sale un premio mayor: «cada año lo mismo, na de na». Aunque mañana repasará con detalle esos listados eternos que se incluyen en los periódicos. «Bueno, quizá rascamos algo en la pedrea», se conforma.

Yo le pregunto qué es la pedrea y me contesta que un premio de consolación. Me quedo igual, pero mañana le ayudaré a repasar los números del periódico por si acaso. Y porque ya sé leer y me siento mayor. Mi madre le dice que afloje el volumen, que es un dolor de cabeza tanto niño cantando lo mismo, si total no nos va a tocar nada. Yo me río sentada al lado de mi padre con los ojos puestos en la pantalla, a ver si entre los dos nos damos más suerte.

El sorteo termina y él apaga el televisor. «Ni un duro, como siempre». Yo no comprendo la importancia de acertar algún número, solo tengo cuatro o cinco años. Pero sé que ese evento es el pistoletazo de salida para las fiestas de Navidad y eso me hace sentirme muy feliz.

Dos días después, mientras mi madre se afana en la cocina con los últimos preparativos de la Nochebuena, mi padre saca la videocámara para empezar el reportaje de cada año. «Venga, vamos a poner unos villancicos, Tinita». Yo, vestida con mis mejores galas, bailo y canto, doy vueltas a la mesa, aporreo la pandereta. Él, como un director de cine, juega con los planos y me da instrucciones: ponte aquí, ahora allá, con el Belén, con el árbol. «¡Qué bonita, mi niña!» Y yo poso donde me dice. Sin preocupaciones, con la seguridad de que todo está bajo control, de que todo es como tiene que ser. Y sigo siendo muy feliz.

Mi hermana ayuda a poner la mesa. «¡Cuidado con las copas!», le grita mi madre desde la cocina cuando oye algún clin clin. Ella resopla, típico de su edad, y sigue a regañadientes. Mis hermanos asoman por fin la cabeza, cuando está todo listo, y se sientan en el sofá a esperar, entre bromas, la hora del mensaje del Rey. Me hacen rabiar un poco entretanto, no serían mis hermanos si no. Mi madre los regaña para que me dejen tranquila.

En la televisión suena el himno de España. «¡Nena, que empieza!», avisa mi padre mientras sube el volumen. Mi madre, con todo a punto, se sienta por fin en el sofá. Mis tres hermanos siguen con su cachondeo. Un señor que dicen que es el Rey aparece en primer plano y durante un rato habla sin parar. Yo escucho sin entender, pero me gusta lo que observo, todos a una, con la mesa puesta tan elegante y las luces del árbol destellando.

Esta noche, después de subirme a la silla para recitar mi poema navideño, de cenar hasta reventar, de los turrones, del cava, de los «Pepe, ya está bien…», «Nena, ¡que son fiestas!», de los chistes, y de mis hermanos con sus piques y risas… Suena el timbre y doy un respingo, sé que es para mí. «¿Quién será, Cricrí?», me pregunta mi madre. «¡A ver si será Papá Noel!» Se monta un jolgorio alrededor, yo quiero abrir la puerta aunque no sola, me pueden las cosquillas en el estómago… ¿Qué me habrá traído este año? El paquete que me encuentro sobre el felpudo es casi como yo. Rompo el envoltorio con los ojos iluminados y una risilla nerviosa… ¡Es la muñeca que quería! Oigo a mi hermano decir que es feísima, pero a mí me da lo mismo, ¡mira cómo brilla! Y es que la muñeca se llama Destellos… Avanza la noche y sigue la fiesta en casa con la compañía de la gala que retransmite TVE y la Nochebuena clásica de Raphael. Son los años noventa y ha empezado la Navidad.

«Miiiiil eeeeurooooos». Suenan hoy de fondo los niños de San Ildefonso con la misma cantinela y sigue sin tocarme nada en la lotería. Sin embargo, con la edad he llegado a la conclusión de que eso, en realidad, nunca fue lo importante en este día. Hoy sigo el sorteo a solas en mi casa, sin la esperanza de hacerme rica sino con el convencimiento de que forma parte de una tradición inculcada, como todas las que vivimos en estos días. Y yo soy muy de tradiciones.

Han pasado más de treinta años de aquellos recuerdos infantiles. Ya nadie me llama Cricrí ni Tinita, aunque algo de aquella niña privilegiada y feliz habita con fuerza en mi interior. Mi padre no está para poder darle un abrazo o regañarle por meterle mano al turrón antes de tiempo. No tenerlo, no escucharlo, no poder verlo sentado a la mesa es, sin duda, la parte más dolorosa que me golpea en estas fechas y que me hace disfrutarlas de una manera muy distinta a como lo hacía con él. Hoy son fechas agridulces la mayor parte del tiempo. Pero es curioso porque esta nueva perspectiva me lleva a pensar que cuando yo era la niña que correteaba por la casa al son de Campana sobre campana o Los peces en el río, mis padres lidiaban también con la tristeza por la ausencia de los suyos, y a pesar de ello nos hicieron de ésta una época maravillosa.

Y entonces me gustaría que siguiera siendo así, con las aristas del tiempo y las heridas del alma, no queda otra. Pero con el refugio que suponen los momentos felices y el convencimiento de que quedan muchas navidades bonitas por vivir.

El sorteo ha terminado sin suerte, papa, ¡qué novedad! Pero tampoco importa esta vez porque seguimos juntos, tu familia, tu legado. Cuando era niña vivía todas esas cosas sencillas y cotidianas sin ser consciente de que lo que vivimos se convierte después en recuerdos. Tú me regalaste los mejores durante 35 años. Y ahora me acompañas en cada paso que doy, estás en mi memoria y, sin duda, siempre en mi corazón. Brindo por el padre que fuiste y por todo el optimismo que derrochabas, por tu manera de celebrar, de disfrutar y de vivir no solo la Navidad sino toda la vida. Gracias por todo eso, y más.

¡Felices Fiestas llenas de salud, armonía, tranquilidad y amor!

¡Adiós, 2023!

Si me pidieran que resumiera este año que termina en pocas palabras diría que para mí ha sido el año de la supervivencia emocional, en el sentido más amplio del concepto, con todo lo que conlleva. 2022 me arrojó a un abismo desconocido y tuve que dirigir toda mi energía a encontrar la manera de no hundirme en ese hoyo de desolación y tristeza que supone un duelo. No pude dar más de mí misma, lo que tenía debía invertirlo en mi propia salud mental si no quería verme atrapada para siempre en el llanto y la pena. Así que me propuse transitar el camino de las lágrimas muy consciente de él, sintiendo cada emoción como venía, dejándome llevar y mecer sin miedo a que me doliera. Hubo quienes no lo entendieron y decidieron dejarme sola. A la gente le gusta pasar rápido por las desgracias ajenas, no sea que se contagien. Otros, con su mejor intención, aconsejaron soluciones mágicas que en realidad nadie pidió y, por supuesto, no sirvieron. La experiencia me ha enseñado que cada persona tiene su proceso y llegados a este punto, con retrospectiva, creo que lo hice bien. Al menos lo suficientemente bien como para afrontar un 2023 mucho más sosegada, con el corazón lleno de remiendos, sí, pero un poco más curada.

Sin embargo, toda esa energía que tuve que utilizar el año anterior para sanar parece haberme ido abandonando a lo largo de los últimos meses. Es como si me hubiera vaciado por completo de tanto sentir, de tanto dar, de tanto estar, de tanto ayudar también. Nunca hasta ahora había sido tan consciente de lo cansado que es anteponer al resto, preocuparse de las necesidades ajenas antes que de las propias, vivir la vida al compás de los otros, mantenerse siempre a la espera, siempre disponible, sacrificando deseos, rumbos o planes… Y ¿para qué? Para nada. Confieso que llego al ocaso de 2023 emocionalmente agotada y me gustaría poder encontrar el botón de reset para empezar de nuevo el 1 de enero. Aunque a estas alturas de la vida me conformo con aprender a ser más libre en mis decisiones, a pensar más en mi propia felicidad y a saber decir que no sin culpa. No es tan fácil como parece.

Leído así quizá suena catastrófico, pero ¡eh! que tampoco ha estado tan mal… No me ha faltado la buena compañía que siempre tiene dispuesto un ¡vamos! a donde sea y sin pensarlo demasiado. Ni los cafés que se quedan fríos por culpa de tanta terapia. Tampoco me puedo quejar de los brindis que regalan complicidad en la mirada. Ni de las noches de confesiones hasta la madrugada. De las risas, los juegos, el silencio, la intimidad y todo eso que se parece mucho al amor que cuesta demasiado nombrar.

Este año, por supuesto, he seguido disfrutando de viajes que me han vaciado los bolsillos pero me han llenado el alma de sabiduría, ¡y eso no tiene precio! He buceado en un mar turquesa privilegiado y me he enamorado de un atardecer cualquiera a solas en la playa de mi infancia. Volví a Madrid tiempo después y le cumplí una ilusión a mi madre. Me permití seguir celebrando cualquier acontecimiento con la maravillosa familia que tengo. Mi primer sobrino cumplió la mayoría de edad y yo me sentí más viejuna por su culpa. Aunque en mi fuero interno sé que sigo siendo la tía joven y cool.

Después soplé mis velas cojeando por una tendinitis, ¡espero haber entrado con buen pie a pesar de ello! Luego más viajes, incluido uno frustrado en el último minuto, con la maleta cerrada y las expectativas al máximo, para recordarme que no siempre salen bien los planes. Cosas que la mantienen a una humilde… Y la invitación a una boda mexicana a la que no pude asistir pero que viví en la distancia llena de alegría por los recién casados. Ha habido reencuentros bonitos en este 2023 y otros no tan agradables, pero hay que ser estoicos, no se puede tener todo. El año también nos ha importunado con algún contratiempo de salud que afortunadamente ha quedado en eso (procedo a tocar madera). Por ello doy y daré siempre, sin duda, las GRACIAS.

Así que, llegados a este punto, a unas horas de engullir las uvas, quemar el muérdago viejo, ponerme las bragas rojas, subirme a los tacones, meter un anillo de oro en la copa de cava y cumplir con los rituales conocidos y por conocer, me despido de este 2023 bastante cansada, sí, pero con propósitos claros y firmes en muchos ámbitos de mi vida. Quiero pensar que este ha sido uno de esos años de transición entre la etapa más oscura y la que tiene que volver a verme brillar. Una se consuela como puede…

Gracias miles a quienes me seguís acompañando en este maravilloso camino llamado vida, a los que os habéis unido recientemente a la travesía del desierto y a los que ya no forman parte pero significaron algo una vez, sé que quedó lo mejor de vosotros en mí.

Arrivederci, 2023. ¡FELIZ 2024!

La estrella que más brilla

Siempre me gustó la Navidad. Mucho. Estoy acostumbrada a vivirla por todo lo alto, en familia, al detalle. No sólo los días festivos sino la previa desde al menos un mes antes. Me gusta ver la decoración en las calles, el comercio tan animado, el ambiente que se respira en general… Esa paz y ese amor que nos envuelve en diciembre como por arte de magia y que puede que tenga más de postureo que de verdad, aunque yo así lo sentía realmente en mi alma, cuando lo tenía. Qué le voy a hacer, soy muy de salvaguardar las tradiciones que nos hacen ser quienes somos, pues sin ellas creo que estamos perdidos. Y soy, por supuesto, muy de celebrar con los míos, de reunirme alrededor de una buena mesa, de reír juntos, de cantar a pesar del desafine, de rescatar anécdotas y recuerdos, de bailar y trasnochar… Por algo soy hija de mi padre, supongo. Un disfrutón de la Navidad y de la vida en general.

Ahora, sin embargo, me tengo que esforzar para poner el árbol y los mensajes cargados de dudosos buenos deseos de gente que me ignora el resto del año me dan muchísima pereza. Yo ya dejé de enviarlos. Mantengo una lucha constante y desconocida entre el querer hibernar hasta febrero y el volver a recuperar las ganas de una Navidad parecida a las de antaño. Trato de que esta batalla la gane mi parte más férrea porque sé que mi padre no era amigo del luto o la tristeza, pero haberlo perdido en unas fechas tan señaladas inevitablemente golpea el doble. A la ausencia diaria ya de por sí dolorosa le sumo la punzada de los últimos momentos en vida y en vilo. Esos que no sabes que lo son… Cuando mantuvimos el aliento con el alma resquebrajada y el miedo atorado en la garganta, mientras el resto del mundo brindaba por un año nuevo feliz y los teléfonos no dejaban de pitar. «Ya lo sabes, el muerto al hoyo y el vivo al bollo», nos decía siempre mi padre. Las bromas del destino, supongo.

Perderlo me ha hecho darme cuenta de cuánta tristeza habita tras los villancicos, las luces de colores, el jolgorio, los turrones… Aunque a veces no la sintamos, ella está ahí, agazapada esperando su turno. Nunca falla. Todos acumulamos pérdidas en el bagaje emocional, tenemos a alguien a quien extrañar, un recuerdo que ya no será. Cuando era niña mis padres acarrearon con la ausencia de los suyos, mientras nos construían aquellas navidades mágicas que guardo como un tesoro en mi memoria más infantil, sin ser consciente del desconsuelo que despertaban las ausencias. Y, antes que ellos, mis abuelos perdieron a sus padres, a una hermana, a un marido en la flor de la vida. Así ocurre en este ciclo invisible que conforma el camino del duelo: una sucesión de (d)años y pérdidas que nos van calando como astillas que se clavan en el corazón. Hasta que nos apuñalan las más intensas, esas que nos destrozan y hacen tambalear todo nuestro mundo conocido. Cada uno sabe cuáles son las suyas, porque tras ellas nada vuelve a ser igual. Asumir esta verdad es indispensable para poder reajustarse las emociones y salir a flote, pero no por ello deja de ser un proceso altamente difícil, largo y doloroso.

El duelo por mi padre es, sin duda, la herida más honda que tengo. Ningún desamor, fracaso o desengaño le hace justicia. Es el que se llevó las lágrimas más amargas, la tristeza más profunda. Me abandonó al vacío más hueco, al silencio más abrumador y al frío interno más helado. Me empujó a un abismo indecible tras su último latido. Me dejó durante mucho tiempo sin palabras. Me quedé huérfana de él y de todo lo que esté por llegar. Las historias que una vez imaginé para mi futuro se deshilacharon como una tela vieja. Serán otras, con nuevas voces y otros colores, espero que también felices, pero aquellas que soñé durante toda mi vida ya no podrán ser con él.

A diez días de las fiestas el espíritu navideño todavía me rehúye, algo nuevo para mí. El síndrome de la silla vacía pega muy duro. Sin embargo, confío en poder disfrutar de la mejor manera posible, rodeada del cariño sereno que me ofrecen los míos, con el corazón lleno de orgullo por la familia que tengo y rebosante de amor por el padre que tuve. Siempre me gustó rescatar a la niña que fui en estas fechas… Hoy lo hago para sentir sin complejos que ahora él es quien me guarda como un ángel, mi estrella más brillante en el cielo.

Mi feliz Navidad

La Navidad es una de esas cosas que o te gusta o la detestas. Conozco gente que durante el año parece fría y distante y en cambio en estas fechas rezuma almíbar por los cuatro costados. Curioso. Y también sé de algunos más afectuosos que preferirían poder entrar en modo hibernación el día 24 y no despertar hasta por lo menos el 7 de enero.

Cada cual con sus razones y sus vivencias va determinando en qué lado está. Unos dicen que la Navidad es mágica siempre, o hasta que te toca pagarla. Otros que es puro artificio y consumismo. Algunos que es algo más que ciencia ficción… Demasiada paz, demasiado amor. Pero, ¿y si no fuéramos tan radicales?

Podemos ser adeptos a las fiestas navideñas sin tener que sentirnos víctimas de El Corte Inglés, pienso yo. Quizá la Navidad no es más que la excusa para demostrar lo que durante el resto del año muchas veces y por desgracia nos olvidamos de demostrar. Y eso no quiere decir que sea hipocresía, sino que de alguna manera las circunstancias en estas fechas invitan a algo más.

Invitan, por ejemplo, a mandar felicitaciones por correo postal. Puede que sea una pérdida de tiempo y de dinero pudiéndolo hacer a través de cualquier red social, por mail o incluso whatsapp. Mensajes tipo para todos a la vez: ¡feliz año nuevo! No importa si apenas mantengo contacto con aquellos amigos que un día agregué a Facebook y siguen ahí en silencio, porque a esos también los felicito. A todos. Es la forma de estar presente en el mundo virtual mandando clichés de buenos deseos sin destinatario concreto. Sin embargo, unos pocos amigos saben que en realidad todavía soy la romántica que compra sellos y estampa su caligrafía de verdad. Y son ellos, mis favoritos, los que reciben cada año esas tarjetas que en realidad son el abrazo que la distancia me impide dar.

La Navidad invita también a regalar. Y no, no me dejo llevar por el consumismo indiscriminado, por la moda o el sinsentido. Prefiero los detalles meditados, lo que necesitas, lo que te hace ilusión, o lo que nunca esperarías. Disfruto sorprendiendo a quienes quiero y me gusta dedicarle el tiempo apropiado a cada uno de los presentes que elijo. Quizá en eso también sigo siendo una romántica… Porque como dicen por ahí «es estúpido creer que el regalo está dentro del paquete; siempre, siempre, siempre el regalo son las manos que lo entregan».

Como no podía ser de otra manera, estas fechas decembrinas también invitan a comer y a beber, al exceso y al todo vale, que enero es largo y el verano tarda en llegar. Festejamos estos días alrededor de abundantes mesas pero, una vez más, lo que cuenta no son las ostras, los bogavantes ni el cochinillo, sino los que están. Porque estas fechas a lo que invitan por encima de todo es a familia.

Una vez no volví a casa por Navidad y me di cuenta entonces de que necesitaba aquello que durante toda mi vida había dado por sentado. Me hacía falta despertar con los aromas que desprende la cocina a todas horas. Me hacían falta las tardes de compras al compás de mi madre. Me hicieron falta las noches de sofá debatiendo recetas nuevas y tradicionales. Eché de menos los brindis acostumbrados y los chistes de cada año, las uvas y los abrazos. La tan manida gala de Nochebuena y el mensaje de Su Majestad el Rey. Quise estar en casa desde que los niños de San Ildefonso cantan millones de euros hasta poder abrir el día de Reyes con ilusión infantil los regalos. Eché de menos que llovieran caramelos en la cabalgata y poner mis zapatos bajo del árbol. Quise reprender a mi padre por picotear los dulces antes de tiempo y ver el brillo en los ojos de mis sobrinos cuando recitan subidos a una silla su poema navideño.

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Aquellas Navidades sentí por primera vez el vacío de mi gente y de mi país a pesar de llevar ya tiempo lejos de ellos. Y aunque tuve la fortuna de conocer otras costumbres que hoy guardo en mi recuerdo, durante aquellas fiestas una parte de mí echó en falta el calor que Skype ya no me daba.

Entonces supe que en esta vida, esté donde esté y dé por el mundo todas las vueltas que dé, para mi feliz Navidad siempre hay que regresar a casa.