Europa vuelve a despertar atemorizada tras una noche de pánico. Una vez más, el terrorismo nos estalla en la cara sin que podamos evitarlo. Aunque en estos momentos todavía las informaciones son algo confusas, ayer pasadas las 22.30h tras la finalización del concierto de la estadounidense Ariana Grande en el Manchester Arena estalló un artefacto que ha provocado la muerte, hasta ahora, de 22 personas además de contabilizarse cerca de 60 heridos. La mayoría jóvenes y algunos niños que habían acudido a ver a su artista favorita brillar en el escenario. Nada hacía presagiar que una noche de emociones pudiera llegar a convertirse en fatídica. Continuar leyendo «Otra vez el terror»
Etiqueta: sociedad
Carta al despreciable Paco Sanz
Te escribo estas líneas aun sabiendo que no las vas a leer, pero es que no tengo otra forma de vomitar todo el asco que siento hacia ti y hacia las personas que te han seguido, incitado o aplaudido en tu maquiavélica mentira. Si te soy sincera hasta hace algún tiempo nunca había escuchado nada acerca de tu existencia, ni de tu enfermedad ni de tu campaña para recaudar fondos que te salvaran la vida, supongo que la juventud me mantiene todavía algo ajena a los trances de la salud. Sin embargo, hace 4 años mi mejor amiga inició un proyecto solidario contra el cáncer. ¿Por qué? Porque su padre falleció en 2011 después de luchar contra la enfermedad, como desgraciadamente ocurre con miles de personas año tras año. Ella decidió que, aprovechando sus conocimientos tanto en el campo de la moda como empresarial, podía ser buena idea diseñar unas pulseras solidarias cuya recaudación sirviera como donación en la lucha contra el cáncer. Se puso manos a la obra con toda la ilusión que este tipo de proyectos genera: por el lado personal como un reto y un gesto altruista, y por el lado social con el aporte de un granito de arena que nunca viene mal.
Sus pulseras se hicieron realidad y comenzó una campaña de promoción visitando los hospitales de Barcelona (que es donde residimos) hasta las redes sociales. Debo decir que en algunas ocasiones su proyecto se vio rechazado simplemente por no llevar un sello famoso detrás, supongo que rinde más una campaña liderada por personalidades que por ciudadanos de a pie, pero ese tema no nos incumbe ahora. En otras ocasiones, sin embargo, consiguió que la escucharan y que su proyecto fuera valorado: SUPPORT Bracelets by Samburu* está presente, por ejemplo, en las actividades que el Hospital Vall d’Hebron organiza contra el cáncer cada año, entre otros eventos.
Pero qué tiene que ver todo esto contigo, te preguntarás. Pues bien, fue precisamente en su campaña de promoción online cuando a través de Twitter os pusisteis en contacto. Llegasteis incluso a hablar por teléfono, le contaste la rara enfermedad que padecías y que te estaba provocando 2.000 tumores que ponían en serio riesgo tu vida. Le pediste ayuda, colaboración. Ella te dijo que de momento su proyecto estaba empezando y se centraba en la recaudación para asociaciones, puesto que los casos personales iban a ser difíciles de coordinar, pero que haría todo lo que estuviera en su mano por ayudarte. Seguiste en contacto con ella durante bastante tiempo, esperando que dirigiera sus donaciones a tu causa. Recuerdo cuando una tarde me preguntó afectada si conocía a un tal Paco Sanz y le dije que no. Entonces me explicó tu historia y lo conmovida que estaba, definitivamente ella te creía. Y como ella, muchas otras personas que ahora se sienten completamente estafadas y profundamente dolidas, y cabreadas.
Eres un cretino y un sinvergüenza. Cada vez que salen a la luz nuevos datos sobre tu caso me da más coraje pensar en la maldad que tienes y en la frialdad de tu familia que te ha permitido y ayudado a crear este asqueroso entramado de engaños a costa de la enfermedad. Donaciones a través de tu web, galas benéficas en tu honor, un libro publicado, personas anónimas aportando dinero, personalidades públicas dándote difusión y visibilidad. Y tú, riéndote de todos nosotros sin ningún tipo de complejo. Haciendo cortes de mangas ante la cámara antes de grabar los vídeos lacrimógenos; ensayando a las órdenes de tu novia el discurso de la tragedia; jugando con una sonda insertada en la nariz simulando estar encamado y moribundo. Llorando de dolor y suplicando por una esperanza que te aferrara a la vida.
Me repugnas. Me subleva ver cómo se puede llegar a ser tan cínico como para organizar semejante farsa. De momento has sido arrestado por delitos de estafa, blanqueo de capitales y apropiación indebida, pero es que el daño moral que gente como tú provoca en la sociedad es muy difícil de subsanar. Cuántas asociaciones pequeñas necesitan fondos que nos les llegan; cuántas familias con niños padeciendo carecen de recursos y se las ven y se las desean para salir adelante; cuántos se pierden por el camino y cuánto nos queda por investigar.
El dinero nunca sobra, Paco Sanz. Y cuando se trata de la salud, siempre falta más: por parte de los gobiernos, por parte de todos. Pero indeseables como tú empañan todo el trabajo de personas que, como mi amiga, inician un proyecto de ayuda por pura solidaridad. Por empatía, y porque a todos, por desgracia, los problemas de salud en algún momento nos alcanzan. El cáncer se llevó a su padre, y a mi tío aún no hace un año. Hay niños luchando por superar sus batallas con las mejores sonrisas; hay padres derrumbados, familias a las que la enfermedad, la que sea, les hace mucho daño. Y mientras tanto, tú estás pidiendo billetes «de los moraditos» mientras tu madre te palmea la espalda. Claro que sí, con dos cojones.
Pero qué vamos a esperar de alguien como tú, que ni sientes ni padeces. Ojalá la justicia te ponga en tu sitio y pagues lo que tengas que pagar con aquellos a quienes engañaste. De cobrarte lo miserable que eres la vida ya se encargará. De verdad, qué asco me das, Paco Sanz.
*Adjunto el link de SUPPORT Bracelets by Samburu para que podáis echarle un ojo al proyecto y colaborar con la compra de una pulsera cuya recaudación se destina a la investigación para la lucha contra el cáncer. ¡Entre todos podemos ganarle la batalla!
Monstruos
¡Son monstruos, estoy cercado de monstruos! No me devoran. Devoran mi reposo anhelado, me hacen ser una angustia que se desarrolla a sí misma, me hacen hombre, monstruo entre monstruos. Hijos de la ira, Dámaso Alonso.
Cuando somos pequeños nos asustan los monstruos, esos seres terroríficos de los que nos tenemos que proteger. Nos amenazan con ellos: «si te portas mal vendrá el Coco». No sabemos quién es el Coco, pero no tiene buena pinta. Aprendemos a portarnos bien porque no queremos que ese tal Coco nos lleve a ninguna parte, a ningún lugar desconocido lejos de nuestra zona de confort y seguridad. Desde pequeños nos acostumbramos a evitar a todos esos monstruos, a tratar de no provocarlos para no sufrir sus consecuencias. Los primeros monstruos…
A lo largo de la vida esos monstruos infantiles empiezan a cambiar: ya no son criaturas fantásticas y desconocidas que nos acechan de noche o aparecen bajo castigo. Ahora son nuestras propias emociones las que nos amenazan. Los miedos son ahora los monstruos. Las palabras que no gritamos, los sentimientos que nos tragamos. El orgullo, el egoísmo, pero también la debilidad, el qué dirán. Todas esas contradicciones que se anidan en nuestro interior son los monstruos que no nos dejan en paz.
Luchamos a diario contra el monstruo que nos impide avanzar, ese que conocemos pero que no queremos verbalizar. Miedo. Miedo a que todo se derrumbe si doy un paso en falso. Miedo a cagarla. Miedo a sentirme egoísta ante la muerte: querer que acabe mi sufrimiento, no el suyo, y a la vez desear que se quede un poco más aunque padezca, por mí. Miedo a esos pensamientos tan irracionales como insanos. Si pudiera… Miedo a perder los papeles y a sentirnos igualmente paralizados. Miedo a las consecuencias de alzar la voz pero también de callarnos. Miedo al abismo de la soledad, a romper con todo y al aguantar por aguantar. Miedo a la crítica y a las piedras que nosotros mismos nos ponemos en el camino. El boicot de nuestros propios monstruos hecho realidad: no puedo, no sé, no valgo para eso.
La batalla constante entre la dualidad personal, entre lo correcto y lo incorrecto, lo que se supone que siento, lo que no tendría que sentir y lo que dicen los demás que no está bien sentir. Las reglas morales que juzgan sin saber y que nos encorsetan la existencia. El ying y el yang, lo que está bien y lo que está mal. Pero ¿quién lo dice? ¿La sociedad? ¿La religión? ¿La ética, quizá? Los monstruos.
Desde que nacemos luchamos contra nosotros mismos por ser lo que dicen que tenemos que ser, por actuar en consecuencia con nuestros ideales desde el respeto y la libertad, sin hacer daño a nadie y menos a quienes queremos más. Pero somos humanos y en esa lucha eterna también fallamos: nos gobiernan las emociones y las sinrazones, incluso a veces nos gana todo lo que los demás dirían que está mal, que no puede ser, cómo es posible que hagas o digas eso. Y ese miedo a que nos crean malas personas por hacerlo, decirlo o sentirlo, a dejarnos llevar por las pasiones más bajas y los instintos más cuestionables hace que nos detengamos ante un muro malsano que acumula y paraliza todo lo demás.
No está mal ser humanos confusos y alterados. No está mal protegerse en defensa propia. No está mal tener pensamientos controvertidos y sentimientos desordenados. No está mal no saber qué queremos, tropezar y estallar, siempre que después tratemos de resolverlo. Todos tenemos nuestro propio bagaje de monstruos más o menos nocivo pero lo que importa es aprender a controlarlo para crecer, aceptar lo que viene y poder avanzar.
‘Yoístas’ no, gracias
Ahora lo que se lleva es el ‘yoísmo’: se feliz, mira por ti, tú primero, quiérete, no permitas que te dobleguen o que abusen.
Cierto, no lo permitas ni por un sólo instante. No te pongas en el disparadero ni ofrezcas la otra mejilla, no cuando el golpe sea tan previsible y las consecuencias tan catastróficas.
Quiérete y cuídate, pide consejo pero decide por ti. Piensa, pero no le des tantas vueltas. Avanza, lucha y tira del carro antes de que te atropelle. Protégete.
No sientas culpa por decir lo que piensas, por fallarle a alguien que en realidad exige demasiado, por ponerte de malas cuando algo no te parece bien y así lo expresas. No te atormentes por lo que no vale la pena, sal a caminar con la vista en alto y siempre de frente.
No consientas que las opiniones de los demás te condicionen. Lo que piensen no es tu problema siempre que tú lo tengas claro. No trates de demostrar ni de justificarte por hacer o por sentir, a nadie tiene que importarle y es demasiado agotador manejar tanta influencia sobre tu estado de ánimo. Ten valor y pisa fuerte.
Pero ¡cuidado! Que la línea entre quererse a uno mismo y despreciar al otro es muchas veces engañosa. Así que no conviertas esa seguridad en interés ni la cambies por despotismo. No te defiendas atacando, no dejes que todo te importe menos que nada hasta que sea demasiado tarde. No llames para pedir favores si ni tan siquiera te preocupas el resto del año. Que sólo nos acordamos de Santa Bárbara cuando truena…
No quieras que te escuchen ni pidas atención si nunca ofreces tus oídos y tus silencios. No reclames el respeto que no das, ni tampoco mendigues necesidad. No abraces el mismo cuerpo que luego repudiarás. No mientas, no juzgues, no difames. No te enredes en cuentos vanos ni te pongas a vacilar a costa de los demás.
Mira por ti, sí, pero no te pases. Que cada vez nos acostumbramos más a vivir en esta sociedad egoísta donde el culto a nosotros mismos es lo que prevalece: yo hago, yo digo, yo tengo, yo soy. Primero yo, después yo y por último yo. Qué importan los demás, con sus miedos, dudas y esas necesidades de convivencia tan humanas. Al yoísta todo lo que suceda más allá de su ombligo le da completamente igual. Es más, considera que lo importante, lo correcto y lo que merece la pena nace exclusivamente en y de él.
Pero al final esa falta de empatía, esa vida altanera y esa ausencia de valores termina abriendo una caja de pandora de soberbia e ingratitud tan difícil de dominar que desemboca en soledad. La fortaleza personal basada en el menosprecio al prójimo no es sólo un signo de patética inseguridad sino también un déficit de ética, respeto y moralidad.
Gandhi dijo que «no hay que apagar la luz del otro para hacer que brille la nuestra». Pero tristemente parece que ahora en esta sociedad de relaciones ambiciosas, estrategas e interesadas sobran los que te buscan en su provecho para luego abandonarte y escasean aquellos que por ti lo dan todo con el corazón y desde el silencio… Y tú aún sin enterarte.
Ser, estar, ¿pertenecer?
La RAE, entre otras acepciones más posesivas, define «pertenecer» como «formar parte de algo o alguien». Sentirse integrado, ubicado, consolidado, quizá respaldado. Ser del grupo, estar en él, pertenecer a él. ¿Es todo lo mismo?
Tengo la sensación de que no siempre es fácil sentir que perteneces al lugar en el que estás, que eres quien crees que eres, o que estás realmente donde perteneces, en cualquier ámbito de nuestra vida. Familia, amigos, trabajo, pareja… Una a veces se siente extraña.
En medio de esa comida familiar de repente una punzada que no identificas, que probablemente nunca has sentido o si lo has hecho no eras totalmente consciente, se te clava en algún lugar entre el intelecto y el corazón, por ahí a medio camino entre el querer y el poder. Sientes que no estás viviendo plenamente ese momento, que las risas suenan lejanas, que los rostros familiar
es no se parecen ya tanto a ti, que tú misma eres otra. Distinta a la de hace años, a la de hace días. Pero esa punzada que dura apenas unos segundos se va diluyendo a la vez que todo se colorea de nuevo, y te alivias.
Hasta que llega la segunda punzada después de comer en la oficina, con el teléfono en calma y los asuntos resueltos. Vuelves a sentir ese desconcierto y lo atribuyes a la ambición de querer más, de saber que puedes darlo, quizá en otro tiempo o en otro lugar, más adelante pero con la certeza de que llegarás. Lo sabes, lo crees, lo esperas pero no lo tienes. Y esa tarde tratas de hacer callar la impaciencia de tu punzada con palabras de aliento, de consuelo, de esperanza. Y te vuelves a aliviar, o a conformar.
Pero una noche cualquiera se te atraviesa con más fuerza al darte cuenta de que quien comparte esa intimidad junto a ti ya no está. O crees que no está. O quizá tú no estás. Sientes que las caricias se reducen nada más a la piel y que los besos que por horas le darías nunca serán del todo suyos ni tuyos. Y en ese momento, cuando te das cuenta de esa extraña sensación de ser y estar, el sentido de pertenencia se empieza a desvanecer.
Y te preguntas si quieres ser ella, la mujer en la que te estás convirtiendo. Y crees que sí pero hay mil errores por el camino, y no sabes hasta cuándo los arrastrarás, ni siquiera si estás acertando ahora o la vas a cagar. Si decir hola o adiós puede cambiar algo, si hay que dejar la puerta entreabierta o dar ese portazo sin más. Si estás aquí porque quieres o porque no te queda de otra. Si todo tiene su tiempo, espacio y lugar. Si perteneces a una familia de locos tan cuerdos y de corduras de atar porque son los que mejor te van a enseñar. Si eres de quien te roba sueños y besos por igual, y si quieres estar ahí en medio de tanto huracán. Te sigues preguntando a las 7 de la mañana si tu día a día te compensa o es un medio para un fin. ¿Te llena? ¿Y qué fin? Sientes que no perteneces ni te pertenece lo que tienes, lo que haces, a quien quieres y sin embargo ahí estás. Porque quizá es lo que tiene que ser, y así, girando la rueda, te vuelves a conformar.
Hasta la próxima punzada. Aquella que diga ya no más.
Enfermos sociales
Vergüenza. Indignación. Rabia. Pena. Asco…Todo ello concentrado en el escaso minuto que duran las crueles imágenes que esta semana le robaron protagonismo al fútbol y que me dejaron completamente en shock, como a la mayoría de personas civilizadas.
No se puede decir lo mismo de los indeseables que el martes pasado se mofaron sin compasión de un grupo de rumanas que pedía limosna en la Plaza Mayor de Madrid, lugar por excelencia de encuentro entre turistas y capitalinos. Lugar que se convirtió tristemente en el centro de la humillación mundial por parte de un grupo de hinchas del PSV Eindhoven que aterrizaron en la ciudad no sé bien si para animar a su equipo que se enfrentaba al Atlético o para dar rienda suelta a sus más bajos instintos amparados en la cerveza y la impunidad que la multitud siempre concede.
Nadie a estas alturas creo que ignore lo sucedido cuando esos supuestos aficionados al fútbol se dedicaron a lanzar monedas al suelo para que las mujeres se pelearan por el botín al compás de unos «olés» que jaleaban sin gracia el toreo al mendigo. Un botín, por otro lado, compuesto por céntimos de cobre y algún billete quemado con asquerosa altanería a cambio de bailes, flexiones y mofas. El incidente, o mejor dicho la inhumanidad, terminó cuando la policía se llevó a las mujeres de la plaza y escoltó a los aficionados hasta las cercanías del Estadio Vicente Calderón. Curiosa solución.
Al día siguiente en Barcelona se disputó otro encuentro de Champions entre el club azulgrana y el Arsenal inglés. Algunos hinchas gunners decidieron emular lo acontecido en Madrid burlándose de un indigente con discapacidad física que suele pedir limosna por la Plaza Real catalana. Aunque no llegaron a tanto, los actos son igualmente condenables.
Como lo son los que se produjeron el jueves antes del partido de Europa League que enfrentó a la Lazio de Roma y al Sparta de Praga en la capital italiana. No sé si intentando hacerla mayor o por querer ganar un absurdo protagonismo, un grupo de seguidores checos acorraló a otra mujer que mendigaba sentada en el suelo para terminar orinando sobre ella. Al verlo quise vomitar.
Y me pregunto qué nos está pasando. Hacia dónde vamos. Qué es lo que nos genera tanto odio, tanto rechazo al otro, tanta vejación, tanto dolor. Qué sociedad tan enferma estamos permitiendo o creando. Cómo es posible que en un mundo cada vez más destinado a la globalización exista más racismo y se levanten más fronteras. A qué tenemos miedo. Qué intentamos proteger con estos ataques. ¿O es una cuestión de sin razón? Actos vandálicos que ya no se conforman con destrozar el mobiliario urbano de ciudades ajenas sino que la toman con los más indefensos. ¿Es la eterna guerra del fuerte contra el débil? Me recuerda a aquella teoría del filósofo Thomas Hobbes que defendía que el «hombre es un lobo para el hombre», ¿es la propia naturaleza del ser humano mantenerse en constante competición en una guerra de todos contra todos sin dudas morales?
Viendo lo ocurrido en tan sólo tres días en un ambiente que debería ser deportivo y festivo da la sensación de que estamos mucho más cerca de esa corriente filosófica que de la contraria. Y ya no sólo por el desagradable simbolismo que estos actos provocan, a fin de cuentas quiero pensar que es el resultado del vacío ético de unos cuantos borrachos degenerados. Pero me pongo a pensar en las más altas esferas del poder y me alarma la impermeabilidad de los gobiernos frente al racismo y la xenofobia, y su doble vara de medir. No me gustan los tratados ruines que se firman en despachos a miles de kilómetros del drama de los refugiados sirios, y me asquea que millones de votantes le consientan una burrada tras otra al fantoche Donald Trump.
Cada vez me cuesta más ver ese tipo de imágenes y escuchar esas barbaridades sin un nudo de rabia alojado en la garganta y lágrimas de vergüenza ajena en los ojos. Pero puede que tenga que entender que era Hobbes quien tenía razón en su tesis, aunque sé que en mi naturaleza romántica siempre seguiré siendo un poquito más de Rousseau.