Escribir es sobrevivir.

«Para mí escribir es un acto de supervivencia». Paul Auster.

Cuánta razón. Y también cuánto miedo…

Que es el único acto capaz de salvarme del abismo, pero que al menos lo es. Que es el remedio a mis males, a mis descalabros, a mis sinsabores. Y que es la manera de plasmar mis alegrías, mis anhelos, mis ilusiones. Que escribir se convierte en necesidad, y que no puedo vivir sin escribir. Aunque las páginas en blanco me aterren y aunque las letras a veces me rehuyan resbaladizas. Como hoy quizá, cuando hay tanto que decir que apenas es nada. Cuando las emociones se atraviesan desgarradoras, cuando quieres gritar de felicidad pero luego se te cruza una sombra de duda velando tus ojos. ¿Por qué? ¿Por qué no ser capaces de saborear todo lo bueno y de engullir todo lo malo? ¿Por qué si la vida es maravillosa tenemos que buscarle los tres pies al gato?

Porque somos humanos. Y erramos. Y nos mortificamos. Y estallamos. Y resucitamos. Y nos alegramos. Y nos emocionamos. Y nos desesperamos. Y esto se nos viene abajo como un castillo de naipes en un soplo, y lo que hoy es bueno mañana se revierte, y viceversa. La noria, el tobogán, la ruleta rusa. Da igual a lo que juguemos, ni siempre se gana ni siempre se pierde.  Pero siempre, siempre, se vive. Y cuando la cosa se pone dura, a veces también se escribe. Aunque lo de hoy no sea más que un sinsentido, y estas palabras no digan absolutamente nada.

Gatos en el tejado.

Estaba el Señor Don Gato sentadito en su tejado cuando recibió una carta por si quería ser casado con una gatita blanca, sobrina de un gato pardo. Y el gato emocionado por ir a verla se cayó del tejado, se rompió seis costillas y la puntita del rabo. Pobre gato…

Toda una vida esperando el amor y un tropiezo se lo araña cuando ya lo sentía tan cerca. ¿Y si le damos otra oportunidad? Y si el amor, como nuestro gato, ¿tiene siete vidas? ¿Y si tenemos que caer del tejado para darnos cuenta de cuánto duelen los reveses?

Que los cuentos de hadas no existen y las rosas sin espinas ni siquiera tienen olor. Que esto no es fácil, pero seguro merece la pena. Que las heridas que no sangran son las que más nos enseñan. Que la vida hay que vivirla, y que se callen los de allá fuera.

Que las decisiones nunca son incorrectas y que volver a empezar está permitido. Que el triunfo se sobrevalora y el fracaso se magnifica. Que ni tanto ni tan calvo. Que a ratos me gusta quererte y otros sólo me dejo querer. Que yo decido cuándo y dónde, y esas intenciones no me van a doler.

Que un día fui la gata de tu carta y aunque ni triste ni azul, tú también fuiste mío. Y eso nunca se olvida. Que seguimos siendo los mismos gatos bajo la lluvia buscando refugio en cada tejado. Que siempre sabemos dónde estamos y nos reconocemos al anochecer cuando maullamos. Que nunca nos evitamos.

Que el amor nos araña y nos cela. Nos espía tras las cortinas y desaparece sigiloso pero siempre nos mira. Y a veces, misterioso, retorna. Que acecha suavemente la caída y el error pero revive con furia de nuevo en una llama. Que somos puramente felinos, que nada nos cambia.

Que reñimos como gatos para lamernos las heridas. Que ansiamos ronroneantes infinitas caricias. Que nos gusta juguetear con nuevas garras hasta quemarnos la piel si hace falta. Pero al final siempre regresamos al mismo lado. Y aunque a veces lleguemos heridos, confusos y desubicados, todavía nos necesitamos.

Porque nadie me hace maullar como tú, ni existe mejor lugar que tu tejado.

Veintitantos.

Dicen que la mejor época son los veintes. Pero yo me pregunto, ¿la mejor? Que sí, que sí, no lo dudes, ¡quién los tuviera! Y no, no lo dudo, pero sí discrepo.

Los veintes no son tan bonitos, ni tan livianos, ni tan sencillos. Muy al contrario, conforme vas sumando veintes el panorama deja de ser tan bucólico. Y sí, eres joven, qué duda cabe, pero la sombra de los treinta es alargada y maliciosa. Y aunque hoy en día la sociedad camina con tempos muy distintos a los de hace unos años, mentalmente los treintas siguen suponiendo una barrera, inconsciente quizá, pero estable.

Es como si en algún lugar estuviera escrito lo que corresponde y lo que no a cierta edad: los veintes están para experimentar, y los treintas para asentarse. Y eso, a veces, nos agobia. Ver cómo avanzamos hacia el tercer piso con unos cimientos tan inestables no provocan más que desazón y rebeldía. Pero ¿acaso una edad va a determinar mi comportamiento? ¿Acaso se me terminan las noches de ron descontrolado y estoy condenada a los vinos con medida? ¿Es que no se puede improvisar un viaje sin rumbo ni hoteles ni guía en mano? ¿Ya no tenemos edad de pensar sólo en el presente y vivirlo sin andar encorsetados?

Yo me rebelo contra todo eso, aunque a veces eso es lo que me apetezca: noches tranquilas de vino o camas de hotel programadas y confortables. Pero en cierta manera me rebelo contra ese plan oculto y preestablecido en el que conforme más cerca del treinta estás más te venden independencia y casamiento, horario de oficina e hijos por criar como algo «que ya toca». Luego viene la segunda parte: todavía eres muy joven. Y entonces te sientes en una especie de limbo vital en el que ni tan joven como para pasar de todo como adolescente ni tan mayor como para sentir que te come la rutina y ya no hay vuelta atrás.

Porque no por estar en mis veintitantos tengo que estar pensando en mis treintas, creo yo. Esto no es una carrera por ver quién alcanza antes su estabilidad aunque Facebook cada vez esté más lleno de bodas y bebés. Al menos sigue habiendo otro gran grupo de veintitantos (y alguno más) como tú: perdidos y encontrados, con sus crisis existenciales de cinco minutos y sus arrebatos de pasiones descarriadas.

La vida da muchas vueltas y las cosas llegan cuando y como tienen que llegar. No por mucho madrugar amanece más temprano y eso es algo que me ha costado muchos años, quizá todos estos veintitantos, asimilar.

Déjame.

Déjame. Deja que lo haga. Deja que lo capte y después me lo cuentas. Deja que te tome una foto, o dos, o tres, o miles. Déjame disfrutar de tus montañas y del mar de mi playa. Deja que viaje con la mente cuando ya no pueda viajar. Déjame siempre volar.

Déjame. Deja que lo viva. Deja de hablar por un instante y mírame, piénsame, deséame. Deja que te retenga. Déjame descubrirlo. Descubrirte. Deja que te pregunte. Y déjame en mis silencios.

Déjame. Deja que juguemos. Deja que bailemos, déjame tropezar. Deja que me ría. Déjame en mis lágrimas. Deja que paguemos las dudas con besos. Deja que acordemos nuevas madrugadas. Deja que te borde la piel, déjame bien cosida el alma.

Déjame. Deja que te busque, déjame encontrarte. Deja que me aleje, que me pierda, que me olvide. Y luego déjame recuperarte. Deja que me vuelva loca, y déjame volverte loco. Deja que me queme. Deja que te sienta. Deja que lo haga. Déjame…

Déjame volver…

Nunca dejes de dejarme.

¡Me encanta ser tía!

Recuerdo perfectamente el momento en el que supe que iba a ser tía. Recuerdo que fue una tarde de otoño en la que mi hermana y mi cuñado se dejaron caer por mi casa para hacernos una visita más. Mi madre sacó unas bebidas y algo para picar pero no dio tiempo a que diéramos el primer bocado cuando mi hermana anunció su embarazo ecografía en mano. La emoción de aquel momento fue insuperable: mi primer sobrino estaba en camino. O sobrina. Qué más daba, que viniera bien es lo importante, como se suele pedir en estos casos. Mi madre, que un par de semanas antes en otra visita me comentó que pensaba que mi hermana estaba embarazada, «por la mirada, no sé, algo hay que se lo noto», tuvo razón y acertó. Era noviembre y todavía faltaban muchos meses hasta junio, pero desde ese instante yo empecé a querer a aquella personita que crecía en la barriga de mi hermana.

¡Y crecía y crecía a pasos agigantados! Viví el descubrimiento de un embarazo en un cuerpo ajeno, asombrándome con sus antojos, asistiendo a las luchas por el nombre del que ahora ya sí sabíamos que era un niño, sintiendo sus pataditas y emocionándome con cada nueva ecografía tratando de vislumbrar parecidos. Hasta que una mañana espléndida de domingo, antes de las 7, sonó el teléfono. Había llegado el día.

Cuando tuve en brazos por primera vez a ese bebé regordete y sonrosado comprendí qué significa amar a alguien sin condición, porque no hay amor más sincero que el que ofrece y debe recibir un niño. Él fue el primero, el del desconcierto y el entusiasmo de la novedad, con él aprendí a dar biberones y a cambiar pañales, pero tras él llegaron otros siete para graduarme con honores en mis funciones de tía.

Y cada uno de ellos es distinto, y a todos se les quiere por igual. Cuando sólo hay uno te parece que no puedes querer a nadie como a él. Pero luego nace tu sobrina, y es exactamente el mismo sentimiento. Y luego tu hermano anuncia que él también se estrena con una niña y la quieres desde ese instante, y al que le sigue. Y tu hermana, que ya tiene dos, va por el tercero. Y de repente tienes cinco sobrinos preciosos pero tu otro hermano, el que faltaba, te da la sorpresa. Y como en esta familia somos numerosos, tu hermano también quiere tres, y como también somos rápidos, el otro va por el segundo. Y así, en estos diez años desde mi estreno, contabilizo ocho grandes amores en mi vida.

Ocho niños que me enseñan cada día que si quieres algo te tienes que arriesgar y ensuciar las manos. Que las manchas se quitan y las heridas se curan, que lo que importa es la emoción de descubrir cosas nuevas. Que cada reto es una experiencia, que se llora pero también se ríe. Que los dibujos surrealistas son lo máximo y las palabras inventadas deberían colarse en la RAE. Que los primeros pasos son los más difíciles pero cuando tomas carrerilla no hay quien te pare. Que desde los árboles las vistas son mejores y que soñar es lícito. Que las peleas no duran más de cinco minutos y los berrinches no siempre funcionan. Que la persistencia es lo que vale y que una sonrisa lo perdona todo. Que las conversaciones más divertidas suceden en la infancia y que la ilusión va de la mano de la felicidad. Que los abrazos al cuello no se pagan con nada y que el brillo en los ojos no se puede falsificar.

Y me siento tremendamente afortunada por haberme convertido en la tía que se revuelca por el suelo para jugar, que se llena de arena haciendo castillos en la playa o de chocolate cuando meriendan. Afortunada de tener dos sobrinas que me inventan peinados nuevos cada vez que me ven, y de batallar con seis futbolistas y luchadores. Agradecida a la vida que me ha permitido ser hoy la tía que ellos me permiten ser: a veces amiga, a veces hermana, a veces mamá.

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Con todo el amor incondicional que les tengo, mi texto de hoy es para ellos, por orden de llegada a mi vida y sin orden de emplazamiento en mi corazón:

Alex, Mireia, María, Javier, Eric, Alejandro, Pablo y Carlos.

¿Destino?

Dicen que si dos personas están destinadas a estar juntas, terminarán encontrándose al final del camino. Dicen también que cuando te toca, ni aunque te quites; y cuando no te toca, ni aunque te pongas. Dicen que cuando deseamos algo fervientemente el universo conspira para que lo logremos.

Pero, ¿será verdad?

A veces me pregunto si todos tenemos un trazo marcado que vamos sorteando con nuestras propias decisiones según las oportunidades que vamos tomando o rechazando. A veces creo que ni siquiera existe tal trazo, que sería injusto pensar en una vida predeterminada desde el momento de nacer. Y otras creo verdaderamente que sí, que todos tenemos un destino y la clave está en que al no conocerlo no podemos actuar en relación a él ni jugar con ventaja alguna.

Tan sólo nos podemos limitar a vivir en la incertidumbre y a avanzar a través de decisiones, sumando errores y aciertos. Vivimos en constante aprendizaje un presente marcado por un pasado personal pero sin anclarnos a él, modificando las rutas sobre la marcha, creyéndonos libres. Pero esas rutas que escogemos, ¿por qué las escogemos? ¿Instinto, vocación, riesgo, seguridad, confort? O ¿destino?

Yo hoy decido salir con mis amigos o quedarme en casa según mis ganas. Decido aplicar a una oferta de trabajo u otra según mis aspiraciones. Decido viajar a un lugar u otro según mis intereses. Y todo eso no es azar, es certeza.

Pero qué hay de cuando querías quedarte en casa esa noche y en el último momento te convencieron para salir y conociste al amor de tu vida. Qué hay de cuando te dijeron «no» en aquel trabajo, y en otro, y en otro, y en otro… Y al final en la desesperanza la última llave fue la que abrió tu verdadero futuro laboral. Qué hay de cuando las experiencias acontecidas en ese viaje fueron tan fuertes que se reordenó tu escala de valores.

Y ¿qué hay de haber tomado la decisión contraria en cada momento? Si en vez de haber salido aquella noche te hubieras quedado en casa. Si en vez de haberte ido de aquel trabajo todavía estuvieras allí. Si nunca hubieras hecho aquel viaje y hubieras visitado otras culturas… ¿Qué?

No sé si es destino. No sé si lo que decidimos está de alguna forma programado. No sé si la vida nos va llevando por los puentes que tenemos que atravesar o si caminante no hay camino, se hace camino al andar.

No sé si las casualidades existen o no. Pero pienso que hay momentos y situaciones que sí pasan por una razón, aunque no seamos conscientes de cuál es esa razón. A veces el tiempo nos la dará, otras no. Pero lo que es seguro es que todo va dejando huella en nuestro trayecto y lo más importante, involuntariamente, nos lo condiciona. Aunque no queramos esperar a que el destino nos junte al final del camino porque lo bonito será que lo recorramos juntos. Aunque rechacemos la idea de que ahora no puede ser porque no nos toca, ¿y quién dice cuándo nos tocará? Aunque no confiemos en los astros, los horóscopos y la alineación de los planetas pensando que no son más que pamplinas para resignarnos.

Pero lo cierto es que aunque creamos en el libre albedrío y la causalidad, al final todos nos preguntamos alguna vez, en silencio o en secreto, si lo estamos haciendo bien, si el camino es el correcto y si todas estas vueltas que da la vida no son más que el laberinto que nos guía hacia nuestro auténtico y desconocido destino.