Mujeres

mafalda-el-moderadorCuando llegué a la oficina esta mañana mi jefe me felicitó. Si no es mi cumpleaños, ni mi santo, ni el Real Madrid ha ganado nada todavía… ¿Por qué me felicitas, si mis objetivos laborales ya los cerré la semana pasada? «Por ser mujer».

No me había acordado de que hoy es ese día en el que las mujeres del mundo reivindicamos protagonismo y los hombres a su vez dejan ver su lado más feminista apoyando con likes y tópicos nuestros derechos y capacidades. Derechos y capacidades, por otro lado, que no deberían necesitar ser reivindicados a estas alturas del siglo. Sin embargo, según las estadísticas parece que algo todavía no funciona cuando sólo el 26% de los puestos de responsabilidad en España los desempeñan mujeres (cifra algo superior a la media europea que se sitúa en el 24%), cuando nuestros sueldos están aún por debajo y cuando eso de la conciliación familiar es una dificultad mucho mayor para nosotras.

Algo no funciona cuando la violencia de género bate cifras de escándalo cada año que pasa, aunque también me pregunto si el aumento se debe a una mayor visibilidad en los medios y a la valentía de las víctimas que ahora se atreven a denunciar más, porque el maltrato a la mujer desgraciadamente no es cosa nueva. Y algo estamos haciendo realmente muy mal cuando ya en la adolescencia se sufren este tipo de situaciones y el acoso escolar (en ambos sexos) empieza a cobrarse sus propias víctimas.

Algo no funciona cuando llegado el 8 de marzo se alzan las voces de la igualdad que se callan en el día a día, de forma a veces tan inconsciente. En lo cotidiano, en las relaciones personales, en la familia, en el recoge la mesa, en el cuida a tu padre, en el prepara la comida y prevé la despensa. Actitudes tan intrínsecas en los roles de género que son difíciles de erradicar. Imagino que por eso hoy las mujeres del mundo reivindicamos más oportunidades y mayor toma de decisión.

Sin embargo, por otro lado a veces me parece que en este afán por hacernos más visibles llegamos a caer en lo absurdo. Personalmente no me siento ofendida si el monigote de los semáforos es masculino o si la fachada del Congreso habla nada más de Diputados. Si seguimos así, inventando palabras como las «miembras» de aquella ministra de cuyo nombre no quiero acordarme o la última llamada de la alcaldesa Ada Colau a los «mujerajes» en detrimento de los homenajes de toda la vida, terminaremos nada más pateando el diccionario haciéndole flaco favor a lo que de verdad importa reivindicar que es fundamentalmente el estereotipo que el machismo de a pie como una losa nos cuelga de la espalda.

Como soy mujer tengo la habilidad de enojarme por todo, por nada y por si acaso. Soy una paranoica cuando me dejan en visto en whatsapp o con la palabra en la boca. Soy una intensa cuando no responden a mis preguntas, cuando me preocupo por alguien o demuestro lo que siento. Soy una fiera descontrolada que una vez al mes se da atracones de comida y llanto por mandato hormonal. Sí, perdón, pero es que estoy «en mis días”. Y como soy mujer, mis amarguras se curan con un buen polvo, porque probablemente es la falta del mismo lo que me las produce. También como soy mujer me encanta el drama y le doy la vuelta a todo, por si no quedaba claro mi grado de paranoia. Voy siempre un paso adelantada en mis elucubraciones normalmente infundadas, imagino lo que no es, pido explicaciones de más, hablo después del sexo y me gusta que me abracen por detrás. Qué complicada, ¿verdad?

Eso no es más que el ejemplo de ese machismo «inofensivo» de barra de bar y grupo de amigos que sin darnos cuenta se cuela entre las conversaciones y las actitudes de quienes nos rodean. Sí, probablemente me enfado, y tengo altibajos emocionales, y puedo reír y llorar, y me siento libre para hacerlo. Pero nunca fui a ballet y me encanta el fútbol. A los Reyes Magos les pedía barcos piratas en vez de muñecas Nenuco y prefería las aventuras de Tintín a los cuentos de hadas. Sí, soy mujer y quiero ser madre, pero respeto a quienes no sienten ese deseo en su interior sin considerarlas por ello menos féminas. Defiendo el derecho a decidir sobre nuestro cuerpo bajo el amparo de la legalidad y aunque en mi conciencia no quepa el aborto eso es nada más una cuestión estrictamente personal. Sí, soy mujer y soy insegura, irracional y alocada. Pero también agarro la vida con un par de los vuestros cuando hace falta.

«Felicidades por ser mujer». Esas palabras me mantienen todavía algo confusa. Yo no escogí mi sexo ni tampoco felicitaría a un hombre por el hecho de serlo, aunque entiendo que es una muestra de cariño hacia lo que hoy representamos tal como lo dicta el calendario. Pero en definitiva lo que cuenta en esta vida son las personas y sus valores; si de verdad estamos luchando por esa igualdad de género, no entiendo por qué hacemos siempre tantas distinciones.

 

Hoy tengo ganas de ti

Sí, como dice la canción, hoy tengo ganas de ti…

Ganas de escuchar tu risa infantil sonar en esta calma abrumadora. Ganas de sentir el calor de tu aliento sobre mi nariz, de respirar tu aire y de volverme loca. Hoy tengo ganas de caminar a tu lado agarrados de la mano y en silencio, sin más. Y también tengo ganas de estallar mis miedos y mis neuras ante ti. De gritar.

Tengo ganas de verte dormir y hasta de escucharte roncar, y tengo ganas de darte un codazo para hacerte callar. Tengo ganas de ir al cine con tu criterio y mis expectativas, y de discutirlo con sushi al final. Tengo ganas de leer tus novelas preferidas, de perderme en tu música underground y de burlarnos de nuestros guilty pleasures sin vergüenza ni piedad.

Tengo ganas de viajar contigo y de seguir explorándote en tus pasiones y cobardías. Tengo ganas de recorrer el mundo y tu cuerpo con la misma intensidad. Ganas de pelear, de molestar, de enamorar. Tengo ganas de tus pláticas veladas, de tus ojos vívidos, de las cosquillas que me aseguran quererte siempre un poco más.

Tengo ganas de desayunar tu sonrisa y tu mal genio, de ducharme contigo los domingos y de apurarte los miércoles. Tengo ganas de pisarte los pies al bailar, de acariciarte hasta el amanecer, de dejarnos llevar. Tengo ganas de hacerte temblar.

Tengo ganas de que me arranques el corsé que me ata no sé si la vida o el alma. Tengo ganas de ser tu «es ella», siendo todas y ninguna. De arrugarme los temores junto a ti y de remendar mis labios cosidos a los tuyos. Tengo ganas de esperarte y desesperarte los días y las noches que se acomodan en aquel sofá.

Tengo ganas de que dibujes formas imposibles recorriendo los lunares de mi espalda y de trazar con mi lengua el mapa de tus tesoros. Tengo ganas de compartir fútbol, acción y drama. Tengo ganas de descifrar tus reservas y completar juntos los crucigramas. Tengo ganas de despojar raíces y de volar mañanas.

Tengo ganas de entregarte mi dolor y lamer tus heridas, de curarnos a besos la ausencia y olvidarnos después. Tengo ganas de salir de ti, y de volver, y de partir. De que me dejes dejarte, de que me retengas, de que me contengas, de que me desarmes. Tengo ganas de brindar por esta cándida segunda adolescencia, de amarnos por los rincones, y de odiarnos también.

IMG_20160229_135059Tengo ganas de meterme en la prisión de tus tormentos y en tus sueños de libertad. Tengo ganas de que me arranques la piel a tiras en cada desgarro que nos enreda quitándonos la ropa con tanta sed, desnudándonos ya no sé el qué. Tengo más ganas cada día de volverte a ver.

Hoy tengo ganas de ti, de todo lo bueno y todo lo malo que te doy y que me das.

Tengo ganas de ser, de parecer y de estar.

Tengo ganas de llenarme con tu vacío, de hacerte estallar los deseos en mi boca, de no rendirnos jamás.

Hoy tengo ganas de ti, de desearte tanto y de que me pidas aún más.

 

 

 

 

Palabras, vocación o devoción.

Teclado de ordenador, bloc de notas, idea

No hace mucho alguien me preguntó si mi vocación desde pequeña siempre fue ser periodista y no supe qué decir. ¿Vocación? ¿Periodista? No lo sé.

Días después, dejándome maquillar y peinar por mis dos sobrinas de siete años, entre juegos, sombras y labiales me preguntaron qué quería ser yo de mayor, como si todavía fuera como ellas. Las miré unos segundos en silencio y les dije que de mayor quería ser feliz. No entendieron la respuesta, imagino que esperaban que les dijera médico o bailarina o quién sabe qué. Tampoco les dije que ya era mayor y que era periodista porque me cuesta creer que soy realmente eso que el Rey emérito rubricó en un título universitario hace ya algún tiempo, si de todas formas no me pagan por ello… Entonces, ¿qué soy?

Durante años esa pregunta profesional me tuvo en vilo, sintiéndome en esa especie de limbo por haber estudiado algo a lo que después no me he dedicado más que a trompicones, por azares del destino o caprichos de la vida. Hasta que entendí que ese calificativo que pesaba sobre mí no era más que una etiqueta del currículum vitae que en lo personal no suele definirte. Supongo que por eso les contesté a mis niñas que yo de mayor quería ser feliz, porque al fin y al cabo es la tarea más dura y a la vez satisfactoria por la que debemos trabajar.

Pero ellas siguieron debatiendo sus sueños sobre qué ser en su futuro ignorando lo intangible de mi respuesta. Hablaban de profesoras o peluqueras y sonreí al recordar que yo también quería ser esas cosas, o por lo menos eso decía. Porque en el fondo yo sentía que quería ser escritora pero declarar a los 7 años que me gustaba leer y escribir cuando apenas comenzaba a juntar letras era algo cuanto menos raro y aburrido, ¿no? Entonces yo también quise ser peluquera.

A quien me preguntó por mi vocación le dije que de pequeña no jugaba a inventar radios o a ponerme delante de la cámara como sí decían que hacían algunos compañeros de universidad, quizá más vocacionales del medio que yo. A mí me gustaba más imaginar que era la protagonista de esas aventuras de los cómics y libros que devoraba, y descubrí que ahí, en ese rinconcito de mi mente, era completamente libre para ser y no ser a mi antojo. Porque yo no jugaba a ser periodista de micrófono y TV pero quizá ya apuntaba maneras con lápiz y papel.

Conforme pasaron los años me fui refugiando más en las letras hasta que a los 16 decidí que de entre todas las carreras posibles el periodismo era lo que más encajaba con mis inquietudes, tanto sociales como personales. Y así, con el viento en contra por no haber elegido Económicas o Derecho pensando mejor en mi futuro laboral, me fui románticamente a la universidad.

Salí con un título, nuevas filias y gratas experiencias. También algunas dudas pero ¿quién no las tiene cuando se trata de avanzar? Lo que nunca flaqueó fueron mis ganas de escribir. Porque en realidad no son ganas, sino necesidad. O como diría Paul Auster, «un acto de supervivencia». Porque no puedo vivir sin escribir, lo cual a veces es un problema ya que como una droga necesito el desahogo que me dan las letras cuando salen con rabia, miedo o pasión. Cuando se me atragantan las palabras en un nudo y no me dejan respirar hasta que las vomito buscando un consuelo en papel. Así es cuando me siento más libre y seguramente también más feliz.

Durante mucho tiempo nunca publiqué nada y guardo hojas y hojas de garabatos y tachones de momentos pasados, de amores perdidos o de sueños robados. Inocentes, ingenuos, huidizos. Aquellos tiempos de dudas y confusión, de primeras veces de todo, de refugio literario, de introspección. A quién le iba a interesar todo eso si era lo más íntimo que poseía entre mis manos… Mi búnker de letras secreto. Todavía hoy, a pesar de llevar un año jugando al desnudo con este Cafetera y Manta público, guardo algunas letras sólo para mí, o como mucho para dos. Permítanme que aún custodie los vicios y las vísceras en un cajón.

No sé cuál es mi vocación ni si la tengo. Y no sé qué voy a ser de mayor, parafraseando a mis sobrinas. La vida me demuestra cada día lo cambiante y sorprendente que puede llegar a ser, aunque a veces nos sintamos tan desesperadamente inmóviles. Lo único que tengo claro es que escribir forma parte de mí desde que tengo uso de razón, igual que mi risa, mis lunares o mi mal despertar.

De pequeña me pasaba los días leyendo e imaginando… Hoy plasmo mis miedos, sueños y anhelos en papel. Puede que siga siendo esa niña, puede que no haya cambiado tanto.

 

Juguete roto

Se levanta de la cama para irse

como cada mañana, como siempre hace,

como si no importara nada

como si todo fuera así de fácil.

Un simple gesto… Vete, adelante.

Mientras lo mira vestirse resuelto

acurrucada ella entre las sábanas se pregunta

qué es lo que tanto les arde para no poder saciar la sed

de ese sexo que buscan como una droga que los calme.

Pero lejos de ser un bálsamo

el silencio que prosigue al delirio

los atrapa en un bucle de llamas asfixiantes

que atormenta y libera a partes iguales.

Otro día más siguiendo con sus vidas

cargando una mochila de egos, mentiras y miedos

arrastrando el pasado y el amor por los suelos.

Pero los minutos la quiebran y el silencio la mata,

para qué tanto esperar, tanto dolor…

piensa ella a media tarde.

Hola y adiós, ahora sí y ahora no

deshojando margaritas

¿por qué?

Si dicen que él no la quiere, ni ella lo amó.

Pero cae sobre ellos la confusa noche

y con una llamada, un mensaje, un guiño a escondidas

se encienden una vez más las ganas de curarse los vacíos que otros les anidan.

Hoy tengo ganas de ti, ay si pudiera…

La madrugada olvida la censura y los innumerables hasta aquí,

ya no más, este es hoy nuestro final…

Porque cuando se miran y se desnudan

vuelven a ser dos animales ebrios de embrujo y deseo

dispuestos a ahogar el alma en esa cama

que cobija aromas distintos y anhela otros cuerpos

cosiéndose a besos la piel hecha jirones,

lamiéndose todos los rincones

olvidando responsabilidades, mentiras y pudores.

Pero de tanto jugar al límite

desamparada un día ella perdió

en aquel tablero de carne trémula y fuego sin reglas

lo único que le valía la pena

y desbaratando sexo y corazón se despechó.

 

55467_es_triste_ver_que_hay_corazones

Y qué querías, niña ingenua…

Atarte a un amor condenado a deshoras

si siempre fuiste la reina del destiempo

llegando tarde a las citas de la vida

arañando atenciones en cada suspiro que pierdes por querer luchar contra el viento.

 

Saltó de la cama para regresar a su mundo

como siempre hace, tan fácil y calculado,

pero esta vez ella tuvo que forzar una sonrisa

mientras se sintió entre un caos de sábanas

convertida de pronto en el juguete roto

de las travesuras y los caprichos de un niño malo

que halaga y seduce hasta lo inesperado

por ganarse el reto de tenerla con los ojos vendados,

las piernas abiertas y el control en sus manos.

.

 

 

 

 

 

 

Medias y Wonderbra

Mujeres del mundo, sé que vosotras me vais a entender. Ayer fui de compras, sí, el éxtasis de todas nosotras: comprar, gastar, comprar, gastar. Acumular ropa en los armarios para cuando adelgacemos, para cuando nos atrevamos o para cuando hagamos ese viaje que sabemos que no haremos jamás. Pero por si acaso, nosotras tenemos que estar preparadas. Siempre. Para todo.

Vistas desde fuera parecemos unos seres despreocupados y compulsivos incapaces de resistirnos a mirar escaparates y las más osadas a salir siempre con algo de cada tienda, aunque ese algo sabemos que no nos servirá nunca de nada. Pero en realidad esos seres extraños no somos nosotras aunque se nos parezcan. Porque lo cierto es que una cosa es ir de tiendas y otra muy distinta es ir a comprar cuando la necesidad realmente apremia y los comercios se confabulan contra ti. No, hombres del mundo, ir a comprar no es tan maravilloso como creéis que es para nosotras las mujeres reales. Me atrevería a decir que a veces llega incluso al nivel de lenta tortura.

Porque pantalones… ¡Qué suplicio ir a comprarse pantalones! Si tienes poco culo no los llenas y si tienes algo de más parece que vayas a reventarlos en cualquier momento mientras la cintura te baila sola. Porque o te aprietan de un lado o te sobran de otro. Te van largos o demasiado cortos. Te pruebas tres tallas diferentes de tres modelos diferentes, y al final sumas nueve intentos que no sirven todavía para descifrar el enigma de tu talla porque resulta que cada fabricante decide coser a su antojo. Y luego nos preguntan desde fuera del cubículo donde nos estamos peleando entre las prendas y el espacio que si ya estamos listas… ¡Cómo voy a estarlo si de tres pantalones me tengo que probar nueve! Eso sí, cuando encontramos ESE pantalón de culo perfecto pagamos lo que nos pidan y sin pensarlo. Que nuestro esfuerzo nos está costando…

Algo parecido sucede con las medias. Oh, ¡espera! ¿Medias? ¿Pantys? ¿Medias medias? Aquí empezamos peor, porque yo ni siquiera sé qué quiero. Bueno sí, yo sí lo sé porque para mí todo son medias ¡pero no! Ayer mismo pedí unas y tras un interrogatorio visual en el que me calibraron altura, peso y masa ósea y grasa sin ningún tipo de reparo, lo que me ofreció la dependienta fueron ese par de medias que se usan con liguero y que yo relaciono con juegos sexuales o con la sorpresa que se reservan las novias ya no tan virginales bajo el vestido. Y ni una cosa ni la otra, lo que yo iba buscando entonces eran unos simples y castos pantys. Tras esa primera prueba etimológica superada ahora tenía que escoger cómo los quería: de nailon, lycra o microfibra, con las costuras más o menos gruesas e incluso decorativas. El número de Denier (que resulta que es la densidad del tejido), brillantes o mates, con punteras o con qué tipo de talones. Milagrosos con efecto reductor, vientre plano o supuesto push-up… Al final lo resolví con un simple pito pito gorgorito y que sea lo que Dios quiera. Total, aquí ni siquiera me los puedo probar… Eso sí, deme dos que los rompo con facilidad.

Como todavía me quedaban ánimos y necesidades por cubrir decidí lanzarme al vacío y como una valiente me fui a por algo de ropa interior. Si lo de las medias fue complicado ahora se me presentaba el mayor jeroglífico hasta entonces previsto: comprar el sujetador/sostén/bra/comoloquieranllamar ideal. ¿Alguna sabe REALMENTE qué talla utiliza? ¡Esto es peor que los pantalones! Aquí además de un numerito tenemos que añadirle una letra. Letra que siempre olvido y que nunca sé si corresponde a la copa, al contorno o a otra variable que desconozco. Pero no debo de ser la única que necesita hacer cálculos para averiguarlo cuando existen tablas matemáticas para ello. ¿¿Quién demonios inventó este sistema?? ¿De verdad fue la mente retorcida de una mujer, una supuesta amiga y confidente? ¿O fue algún hombre de oscuras intenciones? No hay nada concluyente al respecto, pero quien fuera lo hizo con auténticas ganas… De complicarnos la vida.

Aquí, como con los pantalones, también te vas probando varios modelos y varias combinaciones alfanuméricas hasta dar con el deseado. Ese con aros o sin ellos, con almohadillas de relleno o deportivo, cruzado, balconette, sin tirantes o reforzado. Con copas de mil tipos y efectos «únicos e irrepetibles» a lo Wonderbra. Si tienes suerte lo encontrarás y si no te conformarás con uno que más o menos se te ajuste, regulando los tirantes y encogiendo los hombros. Porque al final esto, como tantas cosas en la vida, es cuestión de tener un buen par… De tetas.

Casi con todo ya decidido tuve la mala fortuna de tropezarme con la sección de lencería fina. Sí, esa que combina a la perfección con las medias que la chica de antes me quería vender y que rechacé. Esa misma lencería que te da hasta vergüenza quererte probar porque ¿qué pensará esa señora que no te deja de mirar? ¿Que la usas para tu propio gusto o para deleitar a alguien más? ¿A quién quieres perversamente provocar? ¿Está eso bien o está mal? Porque mira qué conjunto tan… Femme fatale.

medias guantesSí, ese tipo de lencería que no se considera una necesidad básica (aunque a veces sume puntos extra) pero que tiene la capacidad de volver a liberar a esos seres despreocupados y compulsivos en que a veces sí nos convertimos. Pero qué más da… Al diablo con el estereotipo, ¡malpensados! Ahora mismo me tomo medidas y mañana regreso por ese par de medias y varios conjuntos de encaje wonder, wonder… ¡Wonderbra!

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Papel en blanco.

 

Miedo-a-escribir

Días y días enfrentándome a una página en blanco sin saber ni cómo empezar, temerosa de escribir, vaga hasta para inspirar. Preguntándome por qué ahora no me salen las palabras si tengo tantas emociones golpeándome la vida. Por qué, si necesito una confesión escrita, se me agarrotan los dedos y me da pánico ver que no puedo hilvanar ni dos frases seguidas.

¿Por qué?

Hablan por ahí de varios tipos de síndromes relacionados con esta patología que parece que de un tiempo a esta parte sufro. Que si el miedo a quedarse en blanco, que si el bloqueo del escritor, que si la pérdida de creatividad… Pero nadie explica por qué de repente ¡pum! El vacío.

Me atrevo a pensar que tiene algo que ver con la manera en cómo nos afectan las vivencias, las emociones y las experiencias a cada uno. A veces tenemos tanto que decir que al final no decimos nada. A veces los miedos taponan las palabras o quizá somos nosotros los que inconscientemente no queremos darles alas. Puede que todo ello acumulado termine por dejarnos secos y en silencio, aunque sintamos que vamos a estallar en cualquier momento porque hemos perdido la capacidad de canalizar.

O puede que ni siquiera exista un porqué.

Como sea, hoy me siento aquí con mucho esfuerzo para obligarme a continuar con esto, y con todo, como siempre hago, como siempre hice. Aunque me fluyan las ideas a trompicones y se me desgasten las ganas con cada borrón y cuenta nueva. Aunque me sienta torpe al hablar, aunque no me sepa últimamente explicar, aunque provoque malentendidos de la nada porque no acierto con las palabras, aunque necesite más espacio pero pida que me invadas, aunque necesite ordenar tantas batallas.

Desconcentrada como nunca me encomiendo al sinsentido para plantarle cara a este estúpido bloqueo mental, emocional y vital que me atosiga a diario. Porque como decía el gran Hemingway «no hay cosa más espantosa que una hoja de papel en blanco».