A usted, señor Mas. A usted, señor Rajoy.

A pocos días de las elecciones catalanas me dirijo a ustedes, mis dos gobernantes, para transmitirles mi opinión como ciudadana si es que todavía les interesa algo de lo que piense su pueblo.

Señor Rajoy, soy catalana y me siento orgullosa de serlo. Tengo el inmenso privilegio de haber nacido y crecido en una ciudad moderna, cosmopolita, avanzada y abierta al mundo. Amo Barcelona y cuando estoy lejos de ella la amo todavía más. Formo parte de un pueblo que goza de una identidad propia construida durante siglos y que la quiere seguir manteniendo. Soy bilingüe, y lo agradezco. Pero también formo parte, señor Rajoy, de esa España que usted dice defender a través de negativas y portazos a nuevas ideas y propuestas de cambio. Por eso le ruego que, por el hecho de ser y querer ser catalana, no me tilde de lo que no soy.

Señor Mas, soy española y me siento orgullosa de serlo. Tengo el privilegio de haber nacido y crecido en un país repleto de historia y cultura, rico en gastronomía, paisajes y climatología, alegre y diverso. Amo España y cuando estoy lejos de ella la amo todavía más. Formo parte de un pueblo que suma identidades de manera singular y que quiere seguir haciéndolo. Soy bilingüe, y lo agradezco. Pero también formo parte, señor Mas, de esa Catalunya que usted dice defender a través de bravuconadas y gritos de independencia. Por eso le ruego que, por el hecho de ser y querer ser española, no me tilde de lo que no soy.

Porque señores, ya estoy cansada. Cansada de escuchar las mismas mentiras y los mismos daños, cansada de no tener respuestas, cansada de ver correr la pelota por los tejados. Cansada de estas dos trincheras y de tener que escoger mi lugar, de dar explicaciones dentro y fuera y de no ser al final parte de nada. No me gustan sus nacionalismos ni sus extremismos. No confío en un dirigente político que se cierra en banda al diálogo ni en otro que cada dos por tres amenaza con saltarse la legalidad en nombre de todos sus representados, porque a mí no me representa así. Me provoca un enorme hastío este bucle «separatista/fascista» que nos etiqueta desde hace ya demasiado, recuerdo de malos tiempos del pasado. Como también me irrita la utilización de los medios de comunicación con fines propagandísticos de lado y lado. Porque ninguno, ni ellos ni ustedes, me ha dado todavía una respuesta.

El domingo se celebran elecciones a la Presidencia de la Generalitat. Autonómicas sí, pero con carácter plebiscitario al parecer, y todavía no tengo claro si lo que va a contar serán los votos o los escaños obtenidos, aunque supongo que como siempre, contará lo que más les convenga y todos ganarán. Pero independientemente de lo que resulte, el 28S ¿qué?

Señor Mas, usted no me ha explicado todavía qué pasará con todas esas empresas que públicamente ya han anunciado retirada en caso de independencia. Usted sólo me dice que los bancos «se pelearán» por el dinero catalán y que el resto es fruto de la campaña del miedo. Pero ¿es que usted no lo tiene? Porque a mí sí me da miedo que a esta crisis que todavía acarreamos se le sumen miles de desempleados más. Me da miedo que no haya fondos para pagar las pensiones de los jubilados que dedicaron su vida a levantar el país, como usted siempre dice. Me da miedo que la educación y la sanidad de calidad se privaticen y se conviertan en un privilegio. Me da miedo que Europa nos haga un vacío legal y comercial como ya advierten y que las operaciones intracomunitarias se vean afectadas. A mí, señor Mas, me da miedo quedarme en tierra de nadie en pleno siglo XXI pero ya veo que a usted no. Muy al contrario, lidera un proyecto inestable con el tan manido argumento de que «España nos roba». Que la culpa de nuestros males proviene de la capital y que con todo ese dinero que damos y no percibimos solucionaremos nuestros problemas para convertir esta Catalunya empobrecida por causas ajenas en un Estado independiente, rico y próspero. Pero perdone que se lo diga, señor Mas, no me lo creo.

Y usted, señor Rajoy, ¿qué piensa hacer? Después de haber sido uno de los mayores impulsores de esta situación con su dejadez, ¿cómo tiene pensado gestionarla? Porque permítame que le recuerde que con sus orejeras y su constante desprecio a los catalanes lo único que ha conseguido es echar más leña a este fuego que aquí nada más prendían unos pocos. Pero usted y su gobierno inflexible y rancio nos ha abocado, a una gran parte de la población catalana, a esta especie de limbo político y emocional en el que nos encontramos, vistos comos separatistas por el resto de los españoles, y como fachas por los independentistas más reaccionarios.

Dígame, señor Rajoy, el 28S ¿qué? ¿Decidirá por fin replantear una reforma fiscal? ¿Se sentará a dialogar? ¿Buscará establecer nuevos parámetros más acordes con los tiempos que corren o seguirá en su empecinamiento como hasta ahora? ¿Dará la cara frente a los medios o se ocultará de nuevo tras el plasma?

CORAZ_N_MITAD_CATAL_N_Y_MITAD_ESPA_OLEn definitiva, señores, estoy cansada. Cansada de que a pocos días de unas elecciones históricas en nuestro país haya tantas preguntas sin respuestas en el aire. Cansada del desprecio y los prejuicios de unos y otros y de esta desgana por escucharnos. El domingo ejerceré mi derecho a voto con la esperanza de que todos los que estén cansados como yo también salgan a la calle. Porque no sé si somos mayoría o minoría, pero sí somos silenciosos, y es el momento de que también se nos escuche.

Porque yo ya estoy cansada de tenerme que explicar. No soy menos española que usted, señor Rajoy, por ser catalana. Ni tampoco soy menos catalana que usted, señor Mas, por ser española.

Aquella noche mexicana.

Sonaba de fondo la melodía de un mariachi y algo en mi interior bailaba al compás de la música. Con el vello de punta sentí cómo el corazón se me aceleraba con cada nuevo acorde hasta que brincó con el estallido de aquel grito tan profundo como conmovedor: «¡Viva México!», corearon tres veces. Y yo susurré un tímido «viva».

Fue la primera vez que me emocioné celebrando una patria que no es la mía, y me sentí curiosamente extraña. Extraña de ver la pasión con la que todos a una cantaban con ardor su himno y ondeaban la misma bandera. Extraña de sentirme parte de eso, de ellos, y de aquel momento tan especial como simbólico. Aquella noche bailé al son de la banda y me eché unos cuantos tequilas. Aquella noche fue mi primera noche realmente mexicana.

Me volví niña y recordé esas Mañanitas que mi padre me dedicó siempre cada veinticuatro de julio. Lo escuché entonando versos como «me cansé de rogarle, me cansé de decirle…» y lo imaginé tarareando a su manera los clásicos de Pedro Infante, Jorge Negrete o José Alfredo Jiménez. Aquella noche tan mexicana pensé en mi padre y deseé que estuviera allí conmigo. Pero la distancia es caprichosa y él, que tanto sabe de Guadalajara en un llano y México en una laguna, en realidad nunca ha pisado tierra azteca.

En cambio allí estaba yo, viviendo la experiencia que quería vivir, sintiéndome tan afortunada. Visitando los lugares que un día con 10 años y de forma voluntaria plasmé en un trabajo escolar, disfrutando de las mismas aventuras que en algún libro de historia leí, conociendo una nueva cultura tan distinta y tan semejante a la vez, escuchando los consejos de unos y otros con un tremendo afán por conocer.

Aprendí que el valor está en el agradecimiento y que la fuerza proviene del perdón. Entendí que hay pueblos desgarrados pero unidos y que los países los construyen las personas. Conocí más de cerca lo bueno y lo malo de una tierra tan volcánica como sus habitantes. Disculpé las incomodidades del tráfico, del transporte y de todos los servicios que tan bien acostumbrada me tenían en casa y me aferré a mis ganas por integrarme. Cambié vocablos y adopté cierto acento, fui buena amante gastronómica y ralenticé mi propio ritmo europeo. Llegué incluso a amar la lluvia de cada tarde.

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Fui aprendiendo más con el paso del tiempo y el sabor de cada vivencia, pero aquel 15 de septiembre ebria de sensaciones miré a mi alrededor y supe que una parte de mí siempre había pertenecido a ese lugar, sin tan siquiera saberlo. No era ni de lejos el mejor del mundo y muy probablemente nadie podía entender esa confusa sensación de pertenencia que me enraizaba. Pero nunca me importó, ni me importa todavía, causar controversia con ello. Decidí tatuarme sin tinta la tricolor y grabé para siempre el olor de México en mi piel.

Porque aquella noche yo también fui mexicana, susurré un tímido «viva» y luego, lloré.

La realidad es Aylan.

Puede que esto que escribo hoy me nazca demasiado de las entrañas, puede que no sea objetiva ni que sepa plasmar en estas letras la veracidad y la rigurosidad que como periodista debo tratar de conservar. Quizá no tengo todos los datos y mucho menos soy experta en el tema, pero si me atrevo hoy a escribir acerca de un asunto tan absolutamente dramático es porque ante todo, soy humana.

Y como humana me siento profundamente avergonzada de lo que está sucediendo en mi hogar, que es el mundo. Quien a estas alturas no sepa quién es Aylan o de qué hablo cuando me refiero a esta situación es que vive en otro planeta y le interesa muy poco lo que ocurra en el nuestro. Y lo que ocurre no es nuevo, por desgracia. Guerras siempre hubo, matanzas, crímenes, injusticias, dramas por doquier. Forma parte, supongo, de la condición humana o del curso de la sociedad. Y sin embargo me pregunto hasta cuándo. Hasta cuándo matarse entre hermanos o pelear por un trozo de tierra. Hasta cuándo bombardear ciudades enteras en nombre de un Dios u otro. Hasta cuándo destruir siglos de civilización de un plumazo. Hasta cuándo anteponer el negocio a la vida. Hasta cuándo mirar para otro lado.

Tras la publicación de la fotografía de Aylan tendido muerto en la orilla de una playa turca se ha reabierto el debate periodístico acerca del valor de la información. Eso me ha hecho recordar mis tiempos universitarios y aquellas clases en las que también debatíamos si era necesaria una imagen para apoyar una información o si se trataba de puro amarillismo. Ahora sucede lo mismo y la prensa está dividida. Muchos medios no han sacado la fotografía ni siquiera en páginas interiores, mientras que otros han decidido usarla en sus portadas, para escándalo de muchos.

Siempre fui muy crítica con el uso de según qué fotografías cuando éstas no aportaban más que morbo a una información de por sí ya comprensible sin ningún tipo de refuerzo visual. No me gusta el uso de los charcos de sangre para indicar que allí se produjo tal asesinato, por ejemplo, porque lo encuentro innecesario. Sin embargo, aunque detesto ver el hambre y la guerra mientras disfruto tranquilamente de mi plato de macarrones, entiendo que eso sí debe publicarse, porque sucede. La pregunta es ¿la fotografía de Aylan era éticamente necesaria?

Escucho voces que dicen que ya basta de repetir la misma imagen en todos los noticieros. Voces que se resguardan de la realidad porque les parte el alma. Y otras voces, entre las que esta vez y de forma casi impensable me uno, gritan que esa fotografía sí es absolutamente ineludible. Muy probablemente estaremos al día de la situación de Siria, de África, de Oriente Medio y del mundo en general sin tener que recurrir a imágenes tan crudas. Sabemos de las movilizaciones masivas, de los trenes que parten de Budapest con gente colgando de las ventanillas hacia un futuro mejor, conocemos el drama de las pateras en nuestras propias costas y el desgarro de pueblos enteros en el exilio. Somos conscientes de lo que existe, pero a veces nos aferramos al ojos que no ven, corazón que no siente, y de forma imperceptible nos sabemos inmunizados.

En cambio la foto de Aylan ha provocado una reacción. Y esa reacción, una movilización. Y de repente parece que despertamos del letargo y todos abrimos los ojos. Porque no concebimos que un niño de tres años perezca en la playa en la que debería de estar jugando. Ni que sus padres tuvieran que subir a un bote para buscar un lugar en el que simplemente poder vivir. Pero Aylan y su familia no son los únicos. Se contabilizan más de 3.000 fallecidos en lo que llevamos de año en el Mediterráneo y no es hasta ahora cuando escucho realmente a algunos políticos hablar con el corazón. Esos políticos que pueden dedicar madrugadas enteras a negociar nuevas condiciones económicas para Grecia, esos políticos que se refugian en Bruselas y que hacen de esta Europa vieja y desgastada su trinchera, tienen que reaccionar de alguna manera.

Si la fotografía de Aylan es cruda, más cruda es la realidad. Al fin y al cabo, no hay nada inventado en esa imagen. Eso sucede a diario aunque no lo veamos. Y los gobiernos pasan de puntillas por el tema de las migraciones y los refugiados, echando balones fuera y contando los kilómetros que los separan de las fronteras más conflictivas. Que se arreglen los países del sur con su mar Mediterráneo, que se arreglen los países del este con sus trenes aglomerados. Que se arreglen como puedan esos miles de seres humanos…

Espero que más allá del debate generado por esta fotografía y de echarnos las manos a la cabeza por ella, Aylan sirva de resorte para allanarle el camino a todos los que siguen luchando por alcanzar un lugar en el que vivir mientras huyen de sus casas, y para que tanto los gobiernos que se queman las pestañas negociando deudas como, sobre todo, los poderes fácticos que nos esclavizan sean por una vez algo más humanos. Soy consciente de que abrir las puertas de forma irresponsable y descontrolada tampoco es la solución, pero mucho menos lo es mantenerlas cerradas.

No olviden que un día Europa también tuvo que refugiarse de su propia guerra.

Facebook y otras mentiras.

Quién no ha abierto una mañana Facebook y se ha arrepentido con todo su ser de haberlo hecho. Quién no ha llorado viendo y leyendo lo que no quería ver ni leer. Quién no ha criticado una foto o dos. Quién no ha pasado horas analizando el chisme de turno y se ha reído de lo patética que puede llegar a ser la gente. Quién no ha subido contenidos esperando ciertas reacciones. Quién no ha jugado al populismo virtual. Quién…

¿Quién está a salvo de tantas mentiras?

Qué peligro, madre mía. Dejarnos engañar por lo que vemos sin saber qué intención se esconde tras cada foto, post o tuit. Comernos la cabeza imaginando lo que no es e intoxicar nuestra realidad. Luchar constantemente por mantener la mente fría y aprender a relativizar, o a madurar, sabiendo que no es oro todo lo que reluce y que las redes sociales pueden ser tan útiles como enfermizas si no las sabemos utilizar.

Vivimos bajo el yugo de la imagen y la popularidad en una sociedad cada vez más superflua, sometidos a likes y comentarios que elevan y destruyen en el mismo momento en que se publican. Si mi foto no alcanza cierta cuota de aceptación, ¿será que no soy lo suficientemente atractiva? Si mis publicaciones no se comparten, ¿qué estoy haciendo mal? Si no me incluyen en tal evento o me etiquetan, ¿se avergüenzan de mí? Inseguridades que nos enredan más en la red. Una patraña en realidad. Pero una condena también.

Ese afán de buscar reconocimiento virtual constante, de mostrar una vida que quizá llevas o quizá no, de inventar una realidad, edulcorarla o peor aún, dramatizarla para llamar la atención, me parece que se terminará convirtiendo en la enfermedad mental del futuro. No soy psicóloga pero basta echarle un ojo a Instagram para darte cuenta de que existe cierta obsesión por mostrar y demostrar lo bien que lo paso cada segundo de mi vida. Y cuidado, no critico las ganas de compartir con los demás tu viaje por el mundo, hay fotos que merecen incluso premios. Son lo que yo llamo fotos instructivas, de envidia sana, de ganas por conocer, de dar palmadita en la espalda y decirle al afortunado de turno con una sonrisa «jo, qué buena vida te das».

Lo que me da realmente pavor es la foto frente al espejo de los abdominales de hierro que consigo a base de batidos y las sesiones compartidas a tiempo real en probadores de ropa. Porque tras esas fotos se esconden personas repletas de miedos y ansiedad. Personas quebradizas e infelices que mendigan reconocimiento para aliviar su falta de autoestima. Pero es tal el enganche al qué dirán que ya existen aplicaciones específicas para que gente que ni conoces opine acerca de tu físico y estilo personal. Un arma de doble filo si no sabes quién eres: tan pronto te dirán que estás espectacular como horrorosa, y dime, ¿tú qué vas a creer?

Depende de tu ego creerás que eres una reina. Que las fotos sacando morritos son lo máximo y cientos de likes de personas que ni conoces parece que lo atestiguan. Depende de tus frustraciones creerás que te sobran quilos o te falta pecho, que te tienes que operar la nariz y que jamás te van a valorar lo suficiente. No lo harán si tú no lo haces, aunque suene a cuento chino o a conformismo mental.

Da la senschistes-sobre-embarazadas-ación de que estamos cada vez más inmersos en lo virtual que en lo real, y que lo que no se publica no existe. Y qué equivocados estamos. La vida es la que vivimos, no la que colgamos en las redes sociales. La vida son los momentos que pasamos riendo con los amigos y los dramas que no aireamos. Son los perdones que se piden en la intimidad y las conversaciones que no guardamos.

Vivir es sentir cada instante y no perderlo retocando la imagen que lo congele para que todos lo vean. Claro que es bonito tener el recuerdo de aquella fotografía de nosotros dos en blanco y negro, pero es más bonita la emoción que guarda la memoria de aquel momento, y de todos los demás que no inmortalizamos. Aunque eso nunca lo sepa nadie ni haya etiquetas, comentarios o likes que nos respalden.

Porque al final lo privado es la vida real. Y lo demás, es sólo Facebook.

No existe el adiós.

Hacía calor aquella mañana pero ella sentía escalofríos. Tan pronto necesitaba de su abanico como se le ponía el vello de punta. La manicura resistía los envites de sus dientes como podía y sus pies taconeaban el suelo en un intento vano por calmarse. Demasiado tiempo sin verse reflejada en ojos ajenos, demasiado sin sentir el calor de aquel aliento de miel acidulada.

Y no es porque lo extrañara, en realidad había aprendido a callar las voces internas, a madurar los sentimientos, a dormir los deseos. No quiso recordar en la espera las heridas que ya ni siquiera dolían pero se apoderó de ella el desconcierto y la duda. Comenzó un baile inútil de «y sis» y los porqués se amontonaron en fila esperando su turno. Taconeando el suelo de mármol trataba de mantenerlo todo bajo control ensayando su mejor sonrisa y conteniendo las ganas hasta que sonó el timbre de ese acento que pronto la desbarataba.

Bastó un abrazo para entender que seguía siendo humana.

La mirada de obsidiana, aquella boca maldita, el tacto que la erizaba. El mismo hombre y la misma mujer, en apariencia. Pero ninguno de los dos estaba realmente seguro de quién era el de enfrente y con disimulo se fueron calibrando. ¿Serían los de siempre? ¿Debían serlo? Que no quiero cometer los mismos errores, pensaba él. Que a veces quisiera empezar de cero, soñaba ella.

Pero pronto se atropellaron las palabras con urgencia por explicarse los días ausentes. Se destensaron los músculos y afloraron sonrisas a la par que recuerdos. La nostalgia de los buenos momentos hizo su aparición, igual que las bromas y los pequeños detalles que la memoria en su capricho suele guardar aun sin darnos cuenta. Se sintieron relajados y empezaron a desenterrar aquel baúl repleto de tesoros y de algunos trapos sucios que nunca nadie lavó.

Trapos de promesas efímeras y huellas perdidas, mojados en lágrimas durante noches de tormenta, tejidos con dedos ávidos jugueteando a escondidas. Tesoros de alegrías tan vivas que aunque a veces tambaleantes siempre calaron mucho más hondo. Momentos que se fueron fundiendo en la pira que él encendió para espectáculo del resto. Humo que los fue asfixiando a la vista de todos aunque sólo ella tosía sacrificada ante el altar mayor de aquel ego desmesurado. Vuelta a prender de nuevo reviviendo en la oscuridad de aquellos abrazos secretos, renaciendo de sus propias cenizas.

Pero ahora se tomaban el pulso de otra manera. Eran más sinceros con las miradas y más certeros con las palabras. Varios años de felicidad intercalada daban para mucho más de lo que a ellos mismos les podía parecer. Y lo demostraban hablándose directamente a los ojos sin tapujos ni misterios. Porque a pesar de los nervios y de la confusión que siempre precedió a cada encuentro, ellos se sabían atraídos desde el más íntimo rincón de su ser. Quizá imperaba el deseo sobre el querer, o puede que no supieran cómo darse y recibirse, o que simplemente estuvieran condenados a encontrarse y reencontrarse por los caminos de la vida como gatos en celo, magullados y callejeros, para lamerse y aliviarse las heridas de cada riña. Curarse los vacíos y las inseguridades llenándose el uno del otro, hilvanando cicatrices sin llegar jamás a coserlas.

Y así lo hicieron una vez más hasta que ella volvió a taconear sobre aquel tablao de mármol y él se refugió en el mismo abrazo que siempre lo protegía. Qué sabe nadie del futuro y de la vida, si quizá esto es sólo la historia de aquel bolero, como no hay otro igual… Seguirían adelante como ya habían aprendido a hacer en todas las anteriores despedidas. Puede que ella soltara alguna lágrima de más aquellas primeras noches de soledad, como era costumbre, pero tenía la certeza de que ése era el precio a pagar por su felicidad, tomando el único riesgo que siempre valió la pena tomar.

Se encomendó a todos los santos de aquella Catedral y le pidió al destino algo de piedad. Recitó en silencio poemas inacabados y escribió agradecimientos y perdones en una humilde servilleta de papel. Nunca hubo algo tan lindo y sincero como aquellas palabras que el viento sopló. Escribió varios te quieros para aligerar el consuelo y se refugió en el conformismo de siempre, tan cruel como cobarde: «porque confío plenamente en la casualidad de haberte conocido…»

Pero nadie lo concluyó, y aquella tarde tampoco se dijeron adiós.

Escribir es sobrevivir.

«Para mí escribir es un acto de supervivencia». Paul Auster.

Cuánta razón. Y también cuánto miedo…

Que es el único acto capaz de salvarme del abismo, pero que al menos lo es. Que es el remedio a mis males, a mis descalabros, a mis sinsabores. Y que es la manera de plasmar mis alegrías, mis anhelos, mis ilusiones. Que escribir se convierte en necesidad, y que no puedo vivir sin escribir. Aunque las páginas en blanco me aterren y aunque las letras a veces me rehuyan resbaladizas. Como hoy quizá, cuando hay tanto que decir que apenas es nada. Cuando las emociones se atraviesan desgarradoras, cuando quieres gritar de felicidad pero luego se te cruza una sombra de duda velando tus ojos. ¿Por qué? ¿Por qué no ser capaces de saborear todo lo bueno y de engullir todo lo malo? ¿Por qué si la vida es maravillosa tenemos que buscarle los tres pies al gato?

Porque somos humanos. Y erramos. Y nos mortificamos. Y estallamos. Y resucitamos. Y nos alegramos. Y nos emocionamos. Y nos desesperamos. Y esto se nos viene abajo como un castillo de naipes en un soplo, y lo que hoy es bueno mañana se revierte, y viceversa. La noria, el tobogán, la ruleta rusa. Da igual a lo que juguemos, ni siempre se gana ni siempre se pierde.  Pero siempre, siempre, se vive. Y cuando la cosa se pone dura, a veces también se escribe. Aunque lo de hoy no sea más que un sinsentido, y estas palabras no digan absolutamente nada.