Tú vives en mí

Hoy era tu cumpleaños, papa. Hoy es tu cumpleaños. Hoy es ese día que había sido siempre una fiesta a tu lado. Tú, el rey de todas ellas. Y, aunque en estas últimas semanas se me estén revolviendo de nuevo esas emociones extrañas que nacen del duelo, no quiero que hoy deje de ser tu día sólo porque tú ya no puedas soplar una vela más. Hoy sigue siendo tuyo y lo será cada 21 de octubre que me quede por vivir.

Aunque lo cierto es que siempre estás presente. Como un murmullo que acompaña mis pensamientos, en cada detalle, en un simple destello. Estás tan vivo en mi alma… Me la ocupas entera. Antes, cuando no sabía nada de la pérdida y escuchaba a quienes ya la habían sufrido asegurar que no pasaba un solo día sin que recordaran a esa persona, me parecía exagerado. Contigo me he dado cuenta de que es exactamente así: la memoria del corazón no se quiebra. Confieso que todavía me inundan las lágrimas, como un torrente a veces, frágiles otras. Son fruto de la impotencia de no poder sentir el calor de tu abrazo, de verme incluso perdida, desanclada. Una sensación de vacío que llego a percibir de forma física, y cómo me araña. Pero a todo eso que me rompe le sigue también la alegría de tu risa, que me sana. Y con eso me quedo, y a eso me aferro en mis horas más bajas.

A ti. A tu recuerdo. A tu vida. A la vida que me regalaste. A la fortuna de tenerte como padre. Al privilegio de haber compartido treinta y cinco años a tu lado, aunque ojalá hubieran podido ser más. Siento que quedaron muchas cosas pendientes, aún tenía mucho que compartir contigo, sueños de niña que ya no se cumplirán. Sin embargo, agradezco cada minuto, cada enseñanza, cada palabra dada, hasta las más calladas. Todo lo que fuiste para nosotros y lo que me hace ser quien soy. Tu hija. Qué palabra más bella y con cuánto orgullo la llevo.

Hoy quiero celebrarte, papa, como tú hubieras querido. Con algún dulce, con muchas risas. Ahora también con flores. Y no importa si se me escapa alguna lágrima, he aprendido que no es señal de debilidad sino de un amor puro que brota de los ojos por no poder verte más. Me tranquiliza saber que viviste como quisiste, a tu manera, disfrutando al máximo hasta el final. No todos pueden decir lo mismo. Ese consuelo me ayuda a transitar este camino de baches con más serenidad y, sobre todo, con la fuerza que tú desde algún lugar me infundes. Así al menos lo quiero creer. Te siento muy cerca, tanto que a veces me envuelve tu olor como una ráfaga espontánea que abraza, aunque habrá quien diga que eso es sólo producto de mi imaginación. Y tú serías uno de ellos, por supuesto, totalmente escéptico con el más allá. Pero qué sabe nadie…

Vives en mí, eso sí lo sé. Me habitas lleno de luz y de amor.

De un amor que trasciende, que evoca y que rescata.

De un amor que, como tú, no morirá jamás.

Mi faro

Ayer mientras me tomaba mi café en el lugar de siempre, una mujer de unos setenta y largos entró a desayunar acompañada de sus dos hijos, que debían de rozar los cincuenta. En cuanto los vi supe que eran familia y que, además, tenían a alguien ingresado en el hospital de enfrente. Sin duda me pude imaginar a quién, porque esas cosas se saben. Basta con observar un poco, o quizá es que hay situaciones que yo detecto enseguida por los recuerdos que me afloran.

Se sentaron en la mesa de al lado y con los retales que me llegaron de la conversación confirmé mis sospechas. Un marido en la cuerda floja. Un padre recayendo de nuevo. La incertidumbre, los nervios, el estómago cerrado. Pero también la esperanza, ese destello que proyecta fe y fuerza. Me hubiera gustado levantarme y decirles que no la perdieran, y que, si llegado el caso eso también fallaba y se hacía inevitable, estuvieran a su lado todo el rato. Absolutamente todo. Que se saltaran los protocolos si era necesario, que cuestionaran la norma, que no se separaran de él. Sin embargo, no me acerqué ni les dije nada, un nudo en la garganta me agarró por sorpresa y me pudieron las lágrimas. 

Me habían dicho que con el tiempo dolería menos, pero no es cierto…

Y hoy amanece siendo el segundo 21 de octubre sin ti y todavía me siento como una niña huérfana sin su padre. Despojada de la esperanza de esa familia que aún puede aferrarse a algo, que tiene una piel a la que poder acariciar, una mano que coger, una respiración por acompasar. La escena de ayer, la visita al cementerio para llevarte flores de cumpleaños después, los instantes de fragilidad que estallan ante un resorte inesperado… Un cúmulo de circunstancias que estos días me ha revuelto un poco más las emociones. Y es que no comprendo cómo ha pasado el tiempo sin ti, cómo ha podido pasar. Ni tampoco cómo este 21 de octubre que era una fiesta ha dado lugar a la nostalgia por no poder verte soplar nuevas velas. Es como si no acabara de asimilar la realidad, como si la vida desde tu ausencia me flotara entre los dedos de una forma extraña. O puede que sea simplemente el deseo tan humano de que siguieras aquí conmigo, con nosotros. Te echamos tanto de menos, papa.

Las fechas especiales retuercen con mayor descaro las penas. Ese es el precio a pagar por los buenos momentos vividos, supongo. No es que un sábado habitual no piense en ti, ¡qué va! Me acompañas siempre como un rumor constante en mi rutina. Más que cualquier vivo, qué curioso. En eso sí tenían razón quienes me advirtieron de que cuando pierdes a alguien no pasa un día sin pensar en esa persona. Al principio de todo este proceso no acababa de convencerme esa teoría, me parecía más consuelo que verdad. Y me daba miedo empezar a olvidarme de ti. Que no olvidarte a ti, claro, es distinto. Sé que eso no sucedería ni aunque me borraran a conciencia los recuerdos, hay memorias que la mente no puede destruir porque se guardan en el corazón. Pero me aterraba pensar que quizá los pequeños gestos, la cotidianidad, tu risa, tu olor, se podían ir perdiendo, desfigurando con el paso del tiempo. Sin embargo, es justo esa parte la que más presente se me ha hecho después. El duelo me ha enseñado que lo que de verdad cuenta en esta vida es el amor sencillo que damos y que nos dan.

A veces me pregunto si tú fuiste consciente de cuánto amor desprendiste sin ningún tipo de aspaviento ni demostración pomposa. Si supiste el valor que nos dejó tu ejemplo, en todos los sentidos. Qué ser y cómo no hacer. Sin sermones, sin batallas ni mandatos. Desde la libertad que roza la inconsciencia y que te permitió ser optimista hasta el final. O al menos nunca nos descubriste lo contrario. Viviste como quisiste y a tu manera, como cantaba Sinatra. ¿Tenías miedo, papa? ¿Lo tuviste los últimos días? ¿Sabías lo que venía? Aquellas lágrimas que te resbalaron suaves y silenciosas me rompieron el alma y me la siguen rasgando en el recuerdo. Pero tranquilo, no te preocupes, porque aunque duela, estoy bien. He aprendido que la pérdida es como una sombra que se inmiscuye en todos los rincones de nuestro ser buscando acomodo, pero tú fuiste un faro tan grande en mi vida que la muerte no ha podido apagar tu luz. Y nunca lo hará.

Feliz cumpleaños, papa.

Aquella noche mexicana.

Sonaba de fondo la melodía de un mariachi y algo en mi interior bailaba al compás de la música. Con el vello de punta sentí cómo el corazón se me aceleraba con cada nuevo acorde hasta que brincó con el estallido de aquel grito tan profundo como conmovedor: «¡Viva México!», corearon tres veces. Y yo susurré un tímido «viva».

Fue la primera vez que me emocioné celebrando una patria que no es la mía, y me sentí curiosamente extraña. Extraña de ver la pasión con la que todos a una cantaban con ardor su himno y ondeaban la misma bandera. Extraña de sentirme parte de eso, de ellos, y de aquel momento tan especial como simbólico. Aquella noche bailé al son de la banda y me eché unos cuantos tequilas. Aquella noche fue mi primera noche realmente mexicana.

Me volví niña y recordé esas Mañanitas que mi padre me dedicó siempre cada veinticuatro de julio. Lo escuché entonando versos como «me cansé de rogarle, me cansé de decirle…» y lo imaginé tarareando a su manera los clásicos de Pedro Infante, Jorge Negrete o José Alfredo Jiménez. Aquella noche tan mexicana pensé en mi padre y deseé que estuviera allí conmigo. Pero la distancia es caprichosa y él, que tanto sabe de Guadalajara en un llano y México en una laguna, en realidad nunca ha pisado tierra azteca.

En cambio allí estaba yo, viviendo la experiencia que quería vivir, sintiéndome tan afortunada. Visitando los lugares que un día con 10 años y de forma voluntaria plasmé en un trabajo escolar, disfrutando de las mismas aventuras que en algún libro de historia leí, conociendo una nueva cultura tan distinta y tan semejante a la vez, escuchando los consejos de unos y otros con un tremendo afán por conocer.

Aprendí que el valor está en el agradecimiento y que la fuerza proviene del perdón. Entendí que hay pueblos desgarrados pero unidos y que los países los construyen las personas. Conocí más de cerca lo bueno y lo malo de una tierra tan volcánica como sus habitantes. Disculpé las incomodidades del tráfico, del transporte y de todos los servicios que tan bien acostumbrada me tenían en casa y me aferré a mis ganas por integrarme. Cambié vocablos y adopté cierto acento, fui buena amante gastronómica y ralenticé mi propio ritmo europeo. Llegué incluso a amar la lluvia de cada tarde.

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Fui aprendiendo más con el paso del tiempo y el sabor de cada vivencia, pero aquel 15 de septiembre ebria de sensaciones miré a mi alrededor y supe que una parte de mí siempre había pertenecido a ese lugar, sin tan siquiera saberlo. No era ni de lejos el mejor del mundo y muy probablemente nadie podía entender esa confusa sensación de pertenencia que me enraizaba. Pero nunca me importó, ni me importa todavía, causar controversia con ello. Decidí tatuarme sin tinta la tricolor y grabé para siempre el olor de México en mi piel.

Porque aquella noche yo también fui mexicana, susurré un tímido «viva» y luego, lloré.

Esta noche nuestra.

Esta noche iremos a cenar.

IMG_1541Me vestiré para ti y te llevaré al mejor restaurante que nos podamos permitir. Esta noche te escucharé sin interrupción, te observaré mientras me explicas qué tal tu día y sé que algo similar al orgullo brotará en mi interior. Esta noche hilaré sueños e ilusiones junto a ti. Y tras la cena, esta noche nos tomaremos una copa. Pero sólo una, y en un lugar igualmente tranquilo y apartado. Esta noche beberé contigo de nuevo y te confesaré tantas cosas…

Esta noche no te dejaré escapar.

Y enlazando palabras, sonrisas y dedos, esta noche te llevaré a mi cama de la manera más dulce y ardiente que puedas imaginar. Esta noche te besaré en los labios con la suavidad de la primera vez, con el tímido respeto que aún me provocas. Esta noche me rendiré en tu abrazo mientras la ropa va deslizándose lentamente hacia el suelo. Esta noche jugaré con tu piel al escondite y me dejaré ganar por tus manos.

Esta noche te amaré sabiendo que no habrá un mañana.

Me entregaré en cuerpo mientras con ello te concederé también mi alma. Esta noche rozaremos imprudentemente el cielo con caricias y sin pedir nada a cambio. Esta noche te regalaré mi olor y la locura de mi razón. Esta noche me acurrucaré junto a ti en silencio para que me acunen tus murmullos. Te contemplaré dormido, revuelto entre mis sábanas, siempre tan sereno.

Y te admiraré.

Esta noche nuestra, como aquella, la exprimiré otra vez contigo hasta que nos lo permita el tic tac del amanecer. 

Besos, dichosos besos.

«Y en un beso sabrás todo lo que he callado». Pablo Neruda.

Me acabo BtveoVuIIAA-u8Ude enterar de que hoy es el Día Internacional del Beso, y al margen de preguntarme si cada día es el día internacional de algo (y de qué), me he puesto a pensar en eso, en los besos.

Dice la RAE que el beso es la acción y efecto de besar, que a su vez es «tocar u oprimir con un movimiento de labios a impulso del amor o del deseo, o en señal de amistad o reverencia». Pero también dice que un beso es «un golpe violento que mutuamente se dan dos personas en la cara o en la cabeza». No sabía de la existencia de este uso pero si lo dice la RAE, va a misa.

De cualquier manera un beso es un acto de comunicación, quizá el acto más difícil de explicar o de entender, a pesar de su sencillez. Hay besos que transmiten amistad, fraternidad, respeto. Y besos que buscan mucho más, aunque a veces no sepamos qué. ¿Saciar un deseo puntual? ¿Llenarnos de verdad?

Todos recordamos nuestro primer beso generalmente como algo anecdótico y divertido de una adolescencia temprana e ingenua. Algo que en su momento nos pareció asqueroso pero nos generó la suficiente curiosidad por querer saber más. Aquellos primeros besos raros ya difusos en el tiempo y perdidos en la memoria que dieron paso a muchos más.

Besos cortos y rápidos, profundos, sensuales, húmedos, calientes e intensos, divertidos. Besos que perduran en el tiempo, besos perfectos, besos robados, besos a tientas, besos descarriados. Besos que no saben a nada, y besos que lo dicen todo.

Pero hay algo extraño con eso de los primeros besos y de la primera vez. Es un concepto sobrevalorado. Todos sabemos que el primero no es, ni de lejos, el mejor beso, ni la mejor vez y sin embargo se sigue manteniendo ese velo de fantasía aderezada de romanticismo que no, no existe. Y lo sabemos.

Es mejor la segunda primera vez. Y la tercera primera vez. Y la cuarta. Y así, hasta perder la cuenta de todas las primeras veces, de todos los primeros besos que la rutina todavía no mató. Porque siempre debería existir el misterio del primero, siempre tendríamos que ser capaces de descubrir ese nuevo matiz, ese deseo virgen por explorar y ese nuevo sentimiento desconcertante que busca cómo encajar.

Un beso a veces es sólo la compuerta que da paso a una pasión terrenal y encendida. Otras veces es la única vía que tenemos para demostrar nuestro inmenso afecto por alguien cuando las palabras y los gestos ya no son suficientes. Y a veces es la consumación del vínculo mental que nos engancha en todos los ámbitos de una vida en común basada en el respeto y el amor.

Cuando alguien conjugue esos tres besos para ti no lo dejes escapar.

Mientras tanto, los besos serán nada más y nada menos que eso, besos dichosos besos.