Aquellas navidades

Suenan los niños de San Ildefonso con su retahíla de «ciento cincuenta miiiiiil peseeetaaaaaas» de fondo. Yo correteo por la casa con la felicidad de quien sabe que no pisará el colegio en dos semanas. Mi madre hojea las revistas de recetas en busca de alguna idea de última hora, le gusta mucho innovar. La nevera ya está repleta de comida, la despensa también. Tanto, que en estas fechas hay que improvisar otros lugares de almacenaje por rincones varios incluso de la galería. Mi padre, sentado frente al televisor de la cocina, sigue el sorteo de Navidad sin perder puntada, supongo que con la esperanza de que nos caiga algo, aunque eso nunca pasa. Ni pasará. Lo oigo murmurar algún improperio cuando sale un premio mayor: «cada año lo mismo, na de na». Aunque mañana repasará con detalle esos listados eternos que se incluyen en los periódicos. «Bueno, quizá rascamos algo en la pedrea», se conforma.

Yo le pregunto qué es la pedrea y me contesta que un premio de consolación. Me quedo igual, pero mañana le ayudaré a repasar los números del periódico por si acaso. Y porque ya sé leer y me siento mayor. Mi madre le dice que afloje el volumen, que es un dolor de cabeza tanto niño cantando lo mismo, si total no nos va a tocar nada. Yo me río sentada al lado de mi padre con los ojos puestos en la pantalla, a ver si entre los dos nos damos más suerte.

El sorteo termina y él apaga el televisor. «Ni un duro, como siempre». Yo no comprendo la importancia de acertar algún número, solo tengo cuatro o cinco años. Pero sé que ese evento es el pistoletazo de salida para las fiestas de Navidad y eso me hace sentirme muy feliz.

Dos días después, mientras mi madre se afana en la cocina con los últimos preparativos de la Nochebuena, mi padre saca la videocámara para empezar el reportaje de cada año. «Venga, vamos a poner unos villancicos, Tinita». Yo, vestida con mis mejores galas, bailo y canto, doy vueltas a la mesa, aporreo la pandereta. Él, como un director de cine, juega con los planos y me da instrucciones: ponte aquí, ahora allá, con el Belén, con el árbol. «¡Qué bonita, mi niña!» Y yo poso donde me dice. Sin preocupaciones, con la seguridad de que todo está bajo control, de que todo es como tiene que ser. Y sigo siendo muy feliz.

Mi hermana ayuda a poner la mesa. «¡Cuidado con las copas!», le grita mi madre desde la cocina cuando oye algún clin clin. Ella resopla, típico de su edad, y sigue a regañadientes. Mis hermanos asoman por fin la cabeza, cuando está todo listo, y se sientan en el sofá a esperar, entre bromas, la hora del mensaje del Rey. Me hacen rabiar un poco entretanto, no serían mis hermanos si no. Mi madre los regaña para que me dejen tranquila.

En la televisión suena el himno de España. «¡Nena, que empieza!», avisa mi padre mientras sube el volumen. Mi madre, con todo a punto, se sienta por fin en el sofá. Mis tres hermanos siguen con su cachondeo. Un señor que dicen que es el Rey aparece en primer plano y durante un rato habla sin parar. Yo escucho sin entender, pero me gusta lo que observo, todos a una, con la mesa puesta tan elegante y las luces del árbol destellando.

Esta noche, después de subirme a la silla para recitar mi poema navideño, de cenar hasta reventar, de los turrones, del cava, de los «Pepe, ya está bien…», «Nena, ¡que son fiestas!», de los chistes, y de mis hermanos con sus piques y risas… Suena el timbre y doy un respingo, sé que es para mí. «¿Quién será, Cricrí?», me pregunta mi madre. «¡A ver si será Papá Noel!» Se monta un jolgorio alrededor, yo quiero abrir la puerta aunque no sola, me pueden las cosquillas en el estómago… ¿Qué me habrá traído este año? El paquete que me encuentro sobre el felpudo es casi como yo. Rompo el envoltorio con los ojos iluminados y una risilla nerviosa… ¡Es la muñeca que quería! Oigo a mi hermano decir que es feísima, pero a mí me da lo mismo, ¡mira cómo brilla! Y es que la muñeca se llama Destellos… Avanza la noche y sigue la fiesta en casa con la compañía de la gala que retransmite TVE y la Nochebuena clásica de Raphael. Son los años noventa y ha empezado la Navidad.

«Miiiiil eeeeurooooos». Suenan hoy de fondo los niños de San Ildefonso con la misma cantinela y sigue sin tocarme nada en la lotería. Sin embargo, con la edad he llegado a la conclusión de que eso, en realidad, nunca fue lo importante en este día. Hoy sigo el sorteo a solas en mi casa, sin la esperanza de hacerme rica sino con el convencimiento de que forma parte de una tradición inculcada, como todas las que vivimos en estos días. Y yo soy muy de tradiciones.

Han pasado más de treinta años de aquellos recuerdos infantiles. Ya nadie me llama Cricrí ni Tinita, aunque algo de aquella niña privilegiada y feliz habita con fuerza en mi interior. Mi padre no está para poder darle un abrazo o regañarle por meterle mano al turrón antes de tiempo. No tenerlo, no escucharlo, no poder verlo sentado a la mesa es, sin duda, la parte más dolorosa que me golpea en estas fechas y que me hace disfrutarlas de una manera muy distinta a como lo hacía con él. Hoy son fechas agridulces la mayor parte del tiempo. Pero es curioso porque esta nueva perspectiva me lleva a pensar que cuando yo era la niña que correteaba por la casa al son de Campana sobre campana o Los peces en el río, mis padres lidiaban también con la tristeza por la ausencia de los suyos, y a pesar de ello nos hicieron de ésta una época maravillosa.

Y entonces me gustaría que siguiera siendo así, con las aristas del tiempo y las heridas del alma, no queda otra. Pero con el refugio que suponen los momentos felices y el convencimiento de que quedan muchas navidades bonitas por vivir.

El sorteo ha terminado sin suerte, papa, ¡qué novedad! Pero tampoco importa esta vez porque seguimos juntos, tu familia, tu legado. Cuando era niña vivía todas esas cosas sencillas y cotidianas sin ser consciente de que lo que vivimos se convierte después en recuerdos. Tú me regalaste los mejores durante 35 años. Y ahora me acompañas en cada paso que doy, estás en mi memoria y, sin duda, siempre en mi corazón. Brindo por el padre que fuiste y por todo el optimismo que derrochabas, por tu manera de celebrar, de disfrutar y de vivir no solo la Navidad sino toda la vida. Gracias por todo eso, y más.

¡Felices Fiestas llenas de salud, armonía, tranquilidad y amor!

El corazón nunca olvida

Soy de lágrima fácil, lo admito. Pero creo que no exagero si digo que El padre es una de esas películas que te acaricia y te rompe a la vez. No tuve la ocasión de verla en su estreno, aunque supe de sus premios y reconocimiento (Anthony Hopkins siempre es garantía). Sin embargo, la otra noche se cruzó en mi camino y decidí que era buen momento. Todo lo que suene a padre, a trama (y drama) familiar, a relaciones complejas, a vida en sí misma, me gusta. Es más, me encanta. Y, en realidad, quizá es también lo que necesito. Leer, ver, sentir desde lo más humano… Es una catarsis que me ayuda en cada uno de mis procesos de aprendizaje vital que últimamente me acompañan.

La película es dura en su temática: el Alzheimer, la pérdida de memoria, el declive que acontece en la senectud con todo lo que eso conlleva a nivel personal y familiar. El film te hace pasar por todas las emociones posibles, desde la tristeza hasta la rabia, la risa, la ternura, el enfado, la compasión. Y, por supuesto, te desemboca en un torrente final de lágrimas difícil de manejar.

En este caso, además, el original punto de vista de la narración es parte de la clave del éxito: asistimos al caos mental del protagonista en primera persona. Lo sufrimos con él, desde su óptica, lo que provoca que a veces la película se contagie de ese mismo enredo y el espectador deba hacer un ejercicio por entender qué es real y qué un entresijo de recuerdos sin sentido. Qué hay de verdad en lo que ese padre ve, escucha o piensa, en las escenas que se nos van presentando, muchas incluso contradictorias o con aparentes saltos temporales. Al final, como suele suceder, todo encaja. Y es ahí cuando te parte en dos.

Perder la memoria es perderse a uno mismo, pero somos poco comprensivos con eso. Solemos afirmar que quienes tienen la cabeza ida no se enteran de nada, no lo padecen. Enfocamos la mirada en los que están alrededor sufriendo las consecuencias, sobre todo por el trabajo que implica lidiar con alguien en ese estado, y no tanto por la pena que supone ver que quienes una vez fueron tus padres, tan fuertes y capaces, hoy son apenas un cascarón de otros tiempos.

La vejez me conmueve, es cierto. Sobre todo cuando trae consigo enfermedad, sufrimiento, soledad o decadencia. ¿Cómo podemos pensar que una persona no se da cuenta de su deterioro? Si antes de dejar de reconocer a sus seres queridos hay un proceso intenso de pequeñas cosas que se pierden por el camino, poco a poco, confusamente. Están ahí, en los detalles, en los despistes, en los olvidos… Y lo saben, y lo sufren. Y me atrevería a decir que cuando el cerebro ya no sabe retener lo que sucede alrededor y se ancla en el pasado más recóndito, en la infancia más temprana, también lo sienten.

No están tan perdidos, aunque desde fuera a veces parezcan unos pobres locos. Yo creo que solo están viviendo la historia que una vez tuvieron y ahí, en ella, se reúnen con quienes ya no están, como un preámbulo extraño de lo que quizá haya más allá. Porque estoy convencida de que la memoria más importante queda guardada en el corazón, y ese late recuerdos y emociones hasta el final.

Las letras de mi vida

Cuentos para dormir. Supongo que ese es uno de mis primeros recuerdos de infancia, tan nítido que soy capaz de recrearlo como si lo estuviera viviendo ahora. Antes de ir a dormir, el ritual. Unas veces le tocaba a mi madre leerme alguno de los muchos cuentos que coleccionaba: clásicos como Cenicienta, El patito feo o El lobo y las siete cabritas. Aunque cuando de verdad me dejaba el alma compungida era con la historia de aquella «Pelusita» inventada, una niña que era arrastrada por el viento porque no quería comer. Pesaba tan poco que se iba lejos, bien lejos, volando hasta perderse. La moraleja, por supuesto, era que había que comérselo todo para estar fuerte y que así ningún huracán te pudiera llevar. Lo interioricé bien, sin duda.

Otras noches, sin embargo, mi padre me regalaba una nueva anécdota de su mejor invento: el cuento del Serafín, al que «se le quemaba el polvorín», y su séquito de personajes ilustres como «Josefina, la de las patas finas» o «Maroto, el de los pantalones rotos». ¡Qué imaginación la suya! Lejos de dormirme lo que conseguía era que me desternillara de risa con sus ocurrencias. Tanto, que a veces mi madre se asomaba a la habitación para recordarle que era tarde y había que bajarme las revoluciones, y así no lo iba a conseguir.

A veces pienso que aquellos cuentos que mis padres se tomaron el tiempo de transmitirme, pensados entonces para compartir un ratito juntos antes de dormir, en realidad me estaban ayudando a recrear escenarios, hilvanando historias, forjando lo que más tarde pude sentir como una vocación. Fueron, quizá, la semilla de la que germinó mi amor por las letras.

Más adelante, cuando aprendí a juntar palabras por mí misma, me pasaba horas leyendo cuentos hasta sabérmelos de memoria. ¡Cómo olvidar El ratón de campo y el ratón de ciudad! Luego llegaron los cómics, con Tintín a la cabeza desde que en mi séptimo cumpleaños me regalaron sus aventuras en el Congo. ¡Y sigo siendo «tintinófila» hasta la fecha! O qué decir de la extensa colección de libros infantiles que ofrecía Barco de Vapor, con las peripecias del entrañable Fray Perico, por ejemplo. También recuerdo con cariño títulos como La voz perdida de Alfreda, Aventuras con Tito Paco, Momo, o La extraña familia Mennym. Llegando a la adolescencia me aficioné a Agatha Christie y me empecé a interesar por los grandes clásicos más allá de las lecturas que venían marcadas por el colegio.

Si echo la vista atrás, los libros me han acompañado a lo largo de mi vida como una suerte de refugio, aunque muchas veces ni siquiera haya sido consciente de ello. Cuando era niña mi escena favorita de La Bella y la Bestia era el descubrimiento de la majestuosa biblioteca que albergaba el castillo, no el baile final en el salón ni la magia del último pétalo de rosa. Supongo que en realidad era una proyección de lo que deseaba, mejor libros que príncipes, ¡ahora lo entiendo todo! Y es que somos quienes somos desde la más tierna infancia…

Y yo no puedo ser si no me dejo llevar por las letras, leídas y escritas, con todo lo que ello implica. Que no es poco.

¡Feliz Día de Sant Jordi! ¡Feliz Día del Libro!

Un baile sobre el Nilo

—Esta luz es distinta —murmura para sí apoyada en la barandilla del barco, mientras respira el aire fresco que le acaricia la cara, aliviándole el calor—. Es la luz más bella que he visto nunca…

Hace una semana que navega por el río Nilo y no deja de maravillarse con el paisaje que se presenta ante sus ojos. Un paisaje como sacado de otro tiempo, superviviente de la historia, fiel testigo también, que cambia cada vez que lo observa, aunque otros ojos dirán que siempre es lo mismo. Una sucesión de palmeras en la orilla y dunas doradas más atrás, antesala del desierto. De vez en cuando, algunas poblaciones dispersas, con sus casas de adobe o, con suerte, de ladrillo a medio construir. Los minaretes de las mezquitas se elevan hacia el cielo, desde donde el muecín entona el Adhan para recordar a sus fieles que es la hora del rezo. Un cántico musulman que ella desconoce, pero que le resulta muy familiar.

El barco está próximo a una de las esclusas que corta el Nilo para salvaguardar su desnivel. De la ciudad cercana le llega un crisol de voces alborotadas mecidas por el viento. No alcanza a verlos, pero puede imaginarse a los jornaleros cargando las alforjas de los burros hasta los topes y a los vendedores callejeros tratando de engatusar a los más incautos. «Un euro, un euro… Hola… Barato, amigo». También a las mujeres ataviadas con sus ropas, algunas tapadas por completo, otras solo cubriendo el cabello con el hiyab, comprando con prisas en el mercado. Luego están los turistas montados en calesas que sortean a toda velocidad el caos de los caminos llenos de polvo, y los que pasean en grandes grupos guiados como borregos, entre asustados y asombrados.

Los pescadores salen a faenar bien temprano para evitar el sol abrasador del mediodía. Por eso a esta hora ya no queda más que alguna faluca de recreo desafiando en su tamaño a los cruceros, y otras tantas capitaneadas por buscavidas fluviales que tratan de conseguir clientes a bordo llamándoles la atención desde el agua, en un acercamiento de lo más peligroso, para ofrecerles un despliegue de chilabas y demás telas coloridas jugando al regateo.

«Mira, amiga. No compromiso. Prueba vistido. Regalo para madre, suegra. Novio también. Tú mirar chilaba bonita. Buen presio, amigo. ¿Cuánto queres pagar?»

Ella sonríe al verlos, pero ya los conoce y ahora no tiene ganas de tanta algarabía, así que busca un rincón más tranquilo cerca de la popa donde poder desconectar. La cubierta del barco es un ir y venir constante de viajeros y trabajadores, fiel reflejo de lo que es el propio país. Una tierra fascinante y llena de vida, aunque a veces puede llegar a abrumar.

—Sí… aquí mucho mejor.

Se agarra a la baranda con las dos manos, echando la cabeza hacia atrás para llenarse los pulmones de naturaleza y de tantos aromas que se encuentran y la embriagan. De repente uno, entre todos ellos, la sacude por completo. Cierra los ojos ante la belleza de esa luz anaranjada del atardecer sobre el río y se deja llevar por el olor dulce de un té con hierbabuena que le acaricia los recuerdos… Sabe que él está a su lado. Siempre lo está.

—Te estaba buscando, habibi… —Unos brazos la rodean cariñosamente por la espalda, devolviéndola al presente. El beso suave en el cuello le provoca un ligero temblor en las piernas. Sonríe con la mirada ahora puesta en el horizonte, símbolo de lo eterno, bajo el refugio amoroso de quien acaba de conocer. Hay tanta paz en este lugar del mundo que ella se siente flotar mientras el Nilo baila a sus pies.

Abrazo al corazón

No estamos todos los que somos. Ni los que fuimos. Ese es el primer pensamiento que me recorre la espalda al llegar, y me pellizca el estómago vacío. Las caras sonrientes que me reciben, sin embargo, me aligeran un poco el peso de tu ausencia. Me fundo en cada reencuentro con un abrazo que fortalece, formulando preguntas sencillas que encierran respuestas complicadas. No son tiempos fáciles para ninguno de nosotros, por eso estamos aquí. 

Por ti. Por ella.

Cosemos de nuevo los lazos de los afectos en la barra, formando corrillos dispares con sabor a vermú y cervezas. Alguien comenta que parece una boda sin novios. Resuenan las risas. Demasiado coincidir en la tristeza este último año, tantas lágrimas derramadas por el camino. Pero, si del pesar ha nacido este día, vamos a hacerlo bonito.

La mesa del comedor es lo suficientemente larga como para que quepamos todos, que no somos pocos. Los niños alborotan en otra más pequeña cerca de mí. Me gusta escucharlos como al rumor de las olas, con alegría y sin molestias. Al fin y al cabo, ellos son nuestro futuro. Ellos derrochan la vida que nos lleva.

El menú avanza potente, como nuestras conversaciones, planes y chascarrillos. No puedo saber lo que se cuece al otro extremo, en el lado de los hombres, que se han arremolinado juntos. Pero adivino que lo están pasando igual de bien que por el sector femenino, a juzgar por las carcajadas espontáneas que de vez en cuando me llegan. Antes de que sirvan los postres aprovecho para ir al baño. De regreso me detengo un momento en el umbral de la puerta del salón. Los observo a todos amparada por esos metros de distancia y entonces te imagino con nosotros, allí, en una de las sillas convertido en el rey de la fiesta y disfrutando de la mejor manera: esa que tú nos enseñaste.

Los ojos se me humedecen en décimas de segundo, pero sonrío tranquila mientras regreso a mi sitio justo cuando me están sirviendo el coulant.

La tarde discurre entre brindis y proclamas. Entonces me acuerdo también de ella, y no como mi tía, sino como tu hermana y como madre de mis primos, despojados de su último baluarte tres meses atrás. Es curiosa la forma en la que catalogamos a las personas según el vínculo que mantienen con nosotros y olvidamos que esas mismas personas sujetan sus propios vínculos también. Y de esos vínculos estos otros, nacidos de la sangre y los afectos que creamos y heredamos. Y aquí estamos todos, aunque ella no está, ni tú tampoco.

O sí.

Y es que cada vez me convenzo más de tu presencia. Al menos es lo que me dicta el consuelo. No sé de qué manera, si es que hay alguna, y desde luego no como verdaderamente quisiera. Pero siento cómo sigues habitando entre nosotros, cómo fluyes en cada conversación y recuerdo, manteniéndote vivo. Si supieras de qué forma te llevamos siempre presente, papa...

Por eso me invade una extraña felicidad sosegada cuando hablo de ti con quienes te conocieron, con quienes me pueden seguir contando anécdotas, algunas incluso inéditas. Con aquellos que también te quisieron y a los que les regalaste grandes momentos. Porque eso, al fin y al cabo, es lo que somos. Es lo que queda.

Las pérdidas han desencadenado esta reunión y ahora pienso en lo bonito que hubiera sido haberla celebrado antes, cuando estábamos todos los que éramos. Pero la vida es caprichosa y nos hace creer que el tiempo no se agota. Hasta que lo hace. También para este día. Nos despedimos con cierto remoloneo, como quien no quiere que acabe el sabor de un beso, buscando fecha para el próximo encuentro y con una sensación de satisfacción importante.

Porque no hay nada como el calor de una familia que abraza fuerte al corazón.

La niña que fue

Mira al mar y llora. Nadie se da cuenta, tampoco quiere que lo hagan. Llora tanto de esta manera… A solas, en silencio, sin aspavientos ni dramas. Bastante tiene ya por dentro. El mar le alivia y la libera. Aunque también le sacude los recuerdos. No le importa, es cierto. Pero duele. Claro que duele.

Fue una niña feliz en este mismo mar. Pasó todos sus veranos aquí. No conoció otros, pero los suyos fueron los mejores que pudo tener, de eso estaba segura. Muchas veces fantaseaba con poder ofrecerles a sus hijos al menos un pedacito de la infancia maravillosa que a ella le regalaron sus padres. Sin embargo, una punzada de realidad se le clava hoy en el corazón. Ni siquiera tiene hijos. «Qué injusto es todo», piensa, «conmigo nadie se queda para tanto». Para divertirse entre las sombras de unas piernas enredadas sí, quizá. Para llenar los huecos de almas que vagan vampíricas e incompletas. Para ser bálsamo de vidas insatisfechas y cobardes que no se jugarán la comodidad, ni la posición, ni el qué dirán, naufragando entre mentiras. Para bailarle al amor de estos tiempos sin compromiso. Para sucumbir a la fugacidad de sus propios antojos y a los de otros, a veces sin potestad ni permiso. ¿Es que no es suficiente para más?

Una lágrima amarga le alcanza suavemente los labios. Qué paradoja, los tiene heridos de tanto besar. Le escuecen. No quiere pensar más en eso. Ya no quiere pensar. «Ojalá fuera incapaz de sentir», murmura con rabia. Cierra los ojos y se deja acariciar por la brisa que le revuelve el cabello. «Aquí fui una niña tan feliz…», suspira. Recuerda que corría libre por la orilla, hundiendo los pies en la arena, salpicándose las piernas antes de sumergirse en el mar. Buceaba como un pececillo inquieto, se dejaba llevar por las olas, jugaba con ellas, las retaba y se revolvía. No le temía a nada, aunque a veces tragara agua y sintiera ahogarse por unos momentos. La niña que fue se volvía a levantar una y otra vez, decidida. El sol le secaba después el salitre que le dejaba caminos blanquecinos sobre la piel morena, mientras construía castillos en la arena con la ayuda de papá. Eran fortificaciones enormes, con sus puentes y sus fosos. «Hay que protegerse», aconsejaba él levantando las murallas, «para que los malos no nos alcancen». «Hay que hacerlo, papá, cuánta razón… En esta vida es importante aprender a distinguirlos», se dice, «y no invitarlos a entrar». Pero es difícil. Ya no llegan acompañados de lanzas ni fusiles, como en los cuentos de entonces. Ahora incluso pueden traerte flores envueltas en promesas, galanterías y sonrisas. Esas son las armas más peligrosas, cuando no son sinceras.

La luz del atardecer se posa sobre el horizonte. Otro día presto a morir. Se enjuga las lágrimas con resignación y recorre de nuevo sus pasos sobre la orilla. Mañana el sol volverá a renacer… ¿Y ella?

«Una vez fui una niña tremendamente feliz aquí», asegura convencida antes de irse. «Debería serlo también ahora que soy mujer.»