¿Padres? De vergüenza

Desde que hace unos días salió a la luz la verdadera historia de Nadia Nerea, la niña de 11 años enferma de tricotiodistrofia, me embarga un sentimiento de rabia, incredulidad y rechazo que de alguna forma tengo que expresar.

No comprendo cómo unos padres, que no merecen en absoluto ese calificativo, son capaces de jugar con la salud de su propia hija, aprovechándose de las circunstancias de lo que supone padecer una de las tantísimas enfermedades raras que existen, para su propio beneficio. Qué tremendo asco.

La historia de Nadia se hace pública hace años, allá por el 2009, cuando la pequeña es diagnosticada con una enfermedad degenerativa que puede ser letal si no tiene los cuidados necesarios que le alarguen la vida. Como suele pasar en este tipo de casos, las enfermedades raras son muy costosas y normalmente los padres tienen que acudir al llamamiento social para poder conseguir esas ayudas que de otra forma no pueden obtener. Los padres de Nadia, como tantos otros que luchan por sus hijos, se pusieron manos a la obra y crearon una fundación para recaudar fondos, además de organizar el entramado mediático que supuso un empuje importantísimo para la causa.

Pero hace un par de semanas todo estalló. La inverosimilitud de muchas explicaciones y datos aportados por los padres, así como la constatación de que Nadia no estaba recibiendo los recursos médicos que supuestamente necesitaba y para los que sus padres pedían dinero (varias operaciones a sus espaldas, la próxima y determinante en Houston practicada por un Premio Nobel inexistente), hicieron saltar todas las alarmas: el fraude mezquino de unos padres que ni lo son ni lo deberían ser.

A día de hoy el padre ya está en prisión sin fianza y la madre, aunque en libertad, ha perdido la custodia de su hija, que está a cargo de unos familiares. Las investigaciones siguen su curso y seguramente hay mucho todavía por esclarecer, pero hasta el momento lo más determinante es que del casi millón de euros recaudado para sufragar los gastos de la enfermedad de la niña, más de 600.000 euros han ido a parar a caprichos como relojes de alta gama o el pago del alquiler de su vivienda, así como un automóvil y varios viajes.

Que estamos ante unos estafadores sin escrúpulos no cabe duda. Que hay que desmadejar bien la historia para determinar qué hay de verdad en la enfermedad de la niña, también. Si fue todo una exageración para lograr mediante la lágrima sus propósitos monetarios o realmente la pequeña padece de tricotiodistrofia severa como los padres sostenían, por supuesto. Queda aún mucho por conocer, pero el daño ya está hecho.

Hay miles de familb5d89b9b64073a3521a6f6e9e0e2aae9ias luchando por sus hijos afectados por enfermedades raras a las que no se les hace caso porque no interesa: pocos pacientes, investigaciones demasiado costosas. Son familias que recurren a asociaciones y sobre todo a la solidaridad de la sociedad que suele volcarse con este tipo de casos para aferrarse a una mínima esperanza de supervivencia o de calidad de vida. Son familias que ahora ven cómo la duda se cierne sobre todos ellos porque «y si también es mentira?» Los dramas nos ablandan y la vulnerabilidad de los niños nos hace empatizar y aumentar por ello las ayudas. Sin embargo ejemplos como el de los padres de Nadia van a frenar esa reacción desinteresada sustituyéndola por el recelo y la desconfianza. Flaco favor para los padres de verdad, los niños enfermos y la sociedad en general.

Espero que Nadia reciba los tratamientos que necesite y que todos los demás niños (y no tan niños) aquejados con esas malditas enfermedades raras no lo tengan tan difícil para salir adelante. Que se destinen más recursos y que se les dé mayor visibilidad. Porque su día a día es lo que cuenta y los únicos que realmente lo saben son esas familias que lo viven y lo luchan.

En definitiva, hay personas que no deberían tener hijos, sin más.

 

 

Monstruos

¡Son monstruos, estoy cercado de monstruos! No me devoran. Devoran mi reposo anhelado, me hacen ser una angustia que se desarrolla a sí misma, me hacen hombre, monstruo entre monstruos. Hijos de la ira, Dámaso Alonso.

Cuando somos pequeños nos asustan los monstruos, esos seres terroríficos de los que nos tenemos que proteger. Nos amenazan con ellos: «si te portas mal vendrá el Coco». No sabemos quién es el Coco, pero no tiene buena pinta. Aprendemos a portarnos bien porque no queremos que ese tal Coco nos lleve a ninguna parte, a ningún lugar desconocido lejos de nuestra zona de confort y seguridad. Desde pequeños nos acostumbramos a evitar a todos esos monstruos, a tratar de no provocarlos para no sufrir sus consecuencias. Los primeros monstruos…

A lo largo de la vida esos monstruos infantiles empiezan a cambiar: ya no son criaturas fantásticas y desconocidas que nos acechan de noche o aparecen bajo castigo. Ahora son nuestras propias emociones las que nos amenazan. Los miedos son ahora los monstruos. Las palabras que no gritamos, los sentimientos que nos tragamos. El orgullo, el egoísmo, pero también la debilidad, el qué dirán. Todas esas contradicciones que se anidan en nuestro interior son los monstruos que no nos dejan en paz.

e3b5fe1e745553717876b6573f652880Luchamos a diario contra el monstruo que nos impide avanzar, ese que conocemos pero que no queremos verbalizar. Miedo. Miedo a que todo se derrumbe si doy un paso en falso. Miedo a cagarla. Miedo a sentirme egoísta ante la muerte: querer que acabe mi sufrimiento, no el suyo, y a la vez desear que se quede un poco más aunque padezca, por mí. Miedo a esos pensamientos tan irracionales como insanos. Si pudiera… Miedo a perder los papeles y a sentirnos igualmente paralizados. Miedo a las consecuencias de alzar la voz pero también de callarnos. Miedo al abismo de la soledad, a romper con todo y al aguantar por aguantar. Miedo a la crítica y a las piedras que nosotros mismos nos ponemos en el camino. El boicot de nuestros propios monstruos hecho realidad: no puedo, no sé, no valgo para eso.

La batalla constante entre la dualidad personal, entre lo correcto y lo incorrecto, lo que se supone que siento, lo que no tendría que sentir y lo que dicen los demás que no está bien sentir. Las reglas morales que juzgan sin saber y que nos encorsetan la existencia. El ying y el yang, lo que está bien y lo que está mal. Pero ¿quién lo dice? ¿La sociedad? ¿La religión? ¿La ética, quizá? Los monstruos.

Desde que nacemos luchamos contra nosotros mismos por ser lo que dicen que tenemos que ser, por actuar en consecuencia con nuestros ideales desde el respeto y la libertad, sin hacer daño a nadie y menos a quienes queremos más. Pero somos humanos y en esa lucha eterna también fallamos: nos gobiernan las emociones y las sinrazones, incluso a veces nos gana todo lo que los demás dirían que está mal, que no puede ser, cómo es posible que hagas o digas eso. Y ese miedo a que nos crean malas personas por hacerlo, decirlo o sentirlo, a dejarnos llevar por las pasiones más bajas y los instintos más cuestionables hace que nos detengamos ante un muro malsano que acumula y paraliza todo lo demás.

No está mal ser humanos confusos y alterados. No está mal protegerse en defensa propia. No está mal tener pensamientos controvertidos y sentimientos desordenados. No está mal no saber qué queremos, tropezar y estallar, siempre que después tratemos de resolverlo. Todos tenemos nuestro propio bagaje de monstruos más o menos nocivo pero lo que importa es aprender a controlarlo para crecer, aceptar lo que viene y poder avanzar.

 

 

La mujer adúltera

A lo lejos asoma el tren de las 16.07, puntual. Tina sonríe ligeramente mientras avanza con paso firme hacia el andén: ya está más cerca de su destino. Desde su entrada habitual busca con la mirada el mismo asiento que siempre la espera vacío, parece que reservado para ella. Se acomoda como puede evitando a esa señora que la observa con reproche y, tras unos minutos de pausa, cuando el tren retoma su camino, Tina rebusca en su bolsa de deporte los zapatos de tacón que como cada jueves la acompañan a escondidas. Rápidamente se quita las manoletinas, que guarda con premura en la bolsa bajo la atenta mirada de una adolescente a la que no le cuadra ese movimiento en los pies. Ajena a todo, Tina busca ahora en su neceser el kit de supervivencia: colorete, rímel para aplicarse la enésima capa y un labial rojo oscuro para llamar la atención, todavía más, sobre su boca. La adolescente sigue observándola imaginando que tacones y maquillaje sólo pueden significar una cosa: Tina tiene una cita.

El trayecto dura exactamente 38 minutos, aunque por lo general a Tina apenas le sobran 15 después de tanta dedicada preparación. Mejor así, casi sin tiempo para pensar. Porque si lo hiciera probablemente bajaría en la próxima estación para coger el tren de vuelta. Pero no, nunca lo hace. Desde hace meses ya no tiene que cubrir el turno de tarde en el hospital donde trabaja pero ni su marido ni sus dos hijos lo saben.

Los jueves por la tarde se han convertido en la vía de escape a una existencia monótona que la debilita por momentos. Durante seis días a la semana es la madre ejemplar, la esposa entregada, la mejor enfermera jefa, el puntal de una familia que ama con todo su ser pero que últimamente se le queda pequeña. Ella quiere más, de alguna forma necesita más, aunque no sepa por qué y sea consciente del abismo que cada jueves la termina envolviendo e incluso asfixiando.

7c8ff743780ba9ded956844deeaffb9fCuando por fin llega a destino baja apresurada del tren y se dirige al mismo edificio de siempre: un pequeño estudio que se convierte en refugio y tormento. Taconea nerviosa mientras acomoda sus cosas en la entrada y se sirve una copa de vino. Sentada sobre la encimera repasa mentalmente el encuentro del jueves pasado en ese mismo lugar… Demasiado salvaje, demasiado intenso, demasiado doloroso. Hoy no viene con tanta actitud, aunque eso poco importa porque cuando él aparece bajan por completo las defensas.

Suena el tintineo inconfundible de sus llaves en la cerradura y un pequeño vuelco en el corazón de Tina le recuerda que todavía puede seguir sintiendo esa llama que empieza en los ojos, recorre las manos y se desboca entre las piernas.

Él entra con paso seguro y sonrisa maldita, loco como está por ella, impaciente por tenerla. El beso suave que le da en los labios es sólo el preámbulo de cortesía para una pasión que no conoce límites ni decoro. Tras varias frases galantes y su acostumbrado juego de palabras provocativo, se enredan el uno en el otro con prisa por sentirse la piel. De la encimera al sofá, del sofá a la cama, de la cama a la ducha… Que no queden rincones, parecen murmurar, ni aquí, ni en ti, ni en mí.

Los jueves por la tarde se quiebra la rutina al compás de un tictac que no quieren oír. Desnudos y abrazados se susurran quimeras mientras allá afuera la vida sigue. Viven en su burbuja de carne trémula sabiendo lo frágil que toda burbuja es, y no les importa. Tina cierra los ojos y piensa en sus hijos: siempre el mismo pensamiento después del orgasmo. Como si en vez de traicionar a su marido, los traicionara realmente a ellos con su doble vida. Y en cambio él, alma libre donde las haya, simplemente se conforma abrazando durante unas pocas horas a esa mujer que sabe bien nunca podrá poseer del todo.

A las 20.34 el tren de regreso va meciendo a una mujer desmaquillada, con zapato plano, mochila al hombro y mirada distraída. Una mujer que bien podría volver de un duro día de trabajo en el hospital, como de costumbre. Una mujer, sin embargo, que oculta su pasión celándola de cualquier juicio, con la carga de la mentira sobre los hombros pero con la adrenalina de los deseos a flor de piel. Con la zozobra moral de la infidelidad, pero con la emoción de sentirse por algunas horas tan tremendamente viva.

 

 

 

¡Estamos jodidos, mundo!

trump-simpsons

«¡¿Pero esto qué es?!» Esa ha sido mi primera reacción al confirmarse la noticia: los peores temores se han hecho realidad. Si hasta ayer las esperanzas de que en última instancia Hillary Clinton se haría con el poder tras meses de bailes de cifras y encuestas contradictorias, porque un tipo como Trump NO puede ser presidente, ahora nos damos de bruces con la cruda verdad. Como si despertáramos de un mal sueño los que estamos a este lado del charco, y viviendo sus peores pesadillas los del otro, la noche electoral ha sido realmente de infarto, demostrando que sí, la diferencia de puntos era mínima y sí, la realidad siempre supera a la ficción, por muy jodida que sea.

Despertar con la confirmación de que semejante caricatura se convierte en el próximo presidente de la primera potencia mundial da escalofríos. Si echamos la vista atrás a lo que han sido estos meses de campaña, rifirrafes y sinsentidos, una se pregunta cómo es posible que entonces consiguiera llegar a ser candidato a la presidencia y, ahora, hacerse con ella alguien que está más cercano al esperpento que a la sensatez.

Durante sus innumerables discursos Trump ha dejado clara su postura más radical defendiendo principalmente el nacionalismo político, el proteccionismo económico y el aislacionismo militar, lo que hace tambalear la alianza con Europa en cuanto a su seguridad, hecho que no ocurre desde 1949. Además apuesta por derogar las reformas impulsadas por Obama en materia de sanidad e inmigración así como renegociar o incluso romper el NAFTA, lo que afectaría principalmente al mercado mexicano. El peso, sin ir más lejos, se ha desplomado en cuanto el republicano ha salido vencedor, igual que la mayoría de mercados bursátiles que durante la jornada de hoy viven con absoluta ansiedad la incertidumbre que se avecina en los parqués.

Donald Trump no tiene ni idea de política y sin embargo su mensaje radical ha calado tan hondo como para llevarlo hasta la Casa Blanca. ¿Por qué? ¿Qué está pasando en la sociedad que no estamos entendiendo? Ya no me refiero simplemente a los Estados Unidos, me quedo en casa, en esta Europa nuestra que también se nos viene abajo por momentos. Cómo es posible que en pleno siglo XXI calen mensajes más propios de tiempos remotos preferiblemente para dejar en el olvido. La victoria de Trump es la constatación de los fenómenos populistas que ya están haciendo ruido en países como Francia, con Marine Le Pen a la cabeza del Frente Nacional, y primera en felicitar al magnate por su victoria. En Italia, con Beppe Grillo en constante pugna con el primer ministro Renzi; en Alemania con la AfD cada vez más fuerte de cara a las elecciones del próximo año; o en Holanda donde los sondeos dan como favorito a Geert Wilders, abiertamente xenófobo y antieuropeísta.

Trump no es el único pero sí probablemente el más peligroso. Una bomba de relojería que parte del electorado estadounidense ha puesto en marcha sin saber muy bien cómo ni por qué. Lo cierto es que el magnate con sueños de loco ha ganado unas elecciones contra su propio partido, las encuestas, los gurús y politólogos, Wall Street y los medios de comunicación. Es un fenómeno político que ha ganado contra todos. Ahora queda por ver si una vez en el Despacho Oval mantiene su discurso agresivo más propio de un fanfarrón provocador que de un hombre merecedor de estar donde nunca debió llegar.

El mundo se tambalea. Estamos jodidos.

No hay anestesia para el alma

corazoncitoTengo una herida que me escuece, me pica y me tira. Tengo grapas que me ayudan a cicatrizar y sé que en unos días ni lo sentiré. Me las quitarán y todo estará bien, todo tiene que estar bien. Aunque quede una muesca de lo que pasó no será más que el signo físico de una curación. El tiempo se encargará del resto.

Pero tengo otra herida que me arde y que me rasga. Una herida que no necesita puntos ni grapas, que no sangra ni precisa yodo y que no se cura con vendajes o gasas. Una herida de esas que no tienen tiempo de reposo prescrito y se diagnostican con las miradas. Una herida que demanda receta médica emocional y que como yo, tú también tienes.

Las heridas que deja la vida por serlo. Las pérdidas, las despedidas, las desilusiones, los fracasos… La enfermedad, el bofetón, las malas caras, el rencor. Los rumbos quebrados, las malas rachas, la impotencia y el desconsuelo. Heridas que van dejando huellas más o menos perceptibles en nosotros, acumulando dolor y resistencia a partes iguales hasta que un día cualquiera una de las dos se desequilibra. Y cuando es la primera te embargan las heridas y te duelen más que nunca.

Te duele el niño desprotegido, el anciano abandonado. Te duele no poder hablar, no tener nada que decir, querer callar. Duele la música y las letras, igual que aterra el silencio y el grito. Te hiere salir de ese agujero confortable pero también quedarte en él, tener que restaurarte cansada de tanto aguantar. La herida del vacío y la ausencia te sacude mientras cocinas o cuando conduces, en actos tan simples y mecánicos que parecieran no tener relevancia. Pero es que es en lo cotidiano cuando más a flor de piel se sienten las heridas.

En las noticias del telediario, en las llamadas intempestivas, en los mensajes robados. Enterarte de lo que no quieres saber, preguntar por valiente y consumirte por cobarde. Llegar antes o después a casa, a la oficina, a aquella reunión. Variar una ruta y comprobar que los instantes existen en lo bueno y en lo malo, y que son precisamente ellos los que lo cambian todo para seguir creando sueños y abriendo heridas, para seguir con nuestra vida.

Tengo una herida que me escuece pero ni siquiera me enteré cuando me la abrieron a punta de bisturí, bendita medicina. Sin embargo tengo muchas otras heridas que me estigmatizan, me hunden y me engañan. Heridas que celo, cubro y protejo de miradas inquisidoras y juicios morales, igual que haces tú con las tuyas, mudas y sin exposición. Porque en realidad nadie muestra sus marcas de guerra emocional a la primera de cambio, no vayan a pensar que somos estúpidamente vulnerables. Y sin embargo todos las tenemos y todos las lloramos en la soledad de una cama o de improviso frente a aquel semáforo.

Nos resignamos a soportar las heridas que nos quiebran y a vivir con las cicatrices que con el tiempo nos van moldeando. Al fin y al cabo es así como se aprende a caminar: sin anestesia para el alma y saboreando todo lo que nos concede aquello vivido, amado, perdido y arriesgado.

 

 

Me perdono

Perdonar es valentía. Cuando nos hieren, nos ofenden, nos insultan, necesitamos perdonar para vivir en paz, incluso cuando faltan esas palabras de disculpa porque hay gente que no sabe pedir perdón tenemos igualmente que concedérselo. Al menos, esa es la moral con la que crecemos y es fundamental para mantener las relaciones personales saneadas y convivir en sociedad. Estamos de acuerdo.

Sin embargo, igualmente importante es saber perdonarse a uno mismo, y muchas veces ni lo pensamos. Por eso hoy quiero perdonarme por todas esas cosas que me hacen daño desde dentro, que me provoco con o sin sentido, por unos y otros, por mí.

Me perdono por haberme perdido intentando ser quien no soy simplemente para encajar en tu vida, para gustarte, quien seas. Me perdono por todas aquellas veces que callé por no molestarte, o peor aún, para no perderte. También me perdono por todos los portazos que doy, por toda esa rabia que acumulo y exploto, por las malas caras que pongo cuando algo no me parece o me incomoda.

Me perdono por suplicar atención olvidando la mía propia, qué tonta. Por pretender de ti lo que yo te doy hasta el exceso, vaciándome por momentos. Me perdono por necesitar tu reconocimiento público en forma de likes que no llegan, tags invisibles y fotos que nunca se cuelgan. Me perdono por esforzarme tanto en capturar el mejor paisaje, provocar el descaro más sexy o escribir las mejores líneas si no me concedes ningún estúpido click de aprobación. Hoy me perdono por todas las veces que lo esperé y me consumí esperándolo.

Me perdono por cederte los tiempos y las estrategias, las bridas de mi existencia. Me perdono por no saber valorarme a veces, por pasarme de orgullo otras. Me perdono las ganas de seguir haciendo regalos que se quedarán en un cajón intactos junto con notas que quién sabe, quizá terminan en la basura. Igual que muchas de las caricias y besos que di astillándome el alma, y que también hoy me perdono.

Me perdono el deseo que me hace temblar de risa, de cólera, de emoción y de esperanza. Me perdono por las noches en vela y los sueños robados, por los viajes que no concreto, las citas que cancelo y los planes que no comparto. Me perdono los celos que guardo y escupo frente al espejo, por las fisuras que te permito, por el malestar que me desangra y por creer que luego recompones mis añicos.

perdonar

Me perdono las lágrimas que no llevan mi nombre sino tantos otros. Me perdono por escuchar esas melodías tan tristes y dejarme caer en los abismos del miedo y la ansiedad. Me perdono por culpabilizarme de lo que nunca fue mi culpa. Me perdono por los daños que he justificado y las mentiras que no he evitado. Me perdono por confiar en tantas palabras vacías y en amigos que nunca te echan una mano, aunque digan extrañarte y quererte tanto.

Me perdono el exceso del corsé que a veces me asfixia. Me perdono la autoexigencia y la intolerancia al fracaso. Me perdono las flaquezas que me generan las críticas y las comparaciones absurdas, los correos sin respuesta y los mensajes olvidados. Igual que me perdono las equivocaciones, los puntapiés por el camino, las broncas, desaires y gritos.

Me perdono por sentir huracanes al verte y tsunamis al tocarte. Me perdono por recordar tantas fechas y lugares que no llevan a ninguna parte. Me perdono por serle demasiado fiel al recuerdo, por traicionarme, por romperme y empezar a olvidarte. Me perdono por todo el amor que te elige a ti por encima del resto. El amor que te muerdo y que te duele. Ese amor que no quieres. Por eso hoy me perdono los anclajes que me atan… Para poder soltar las riendas que tanto te hieren.