‘Yoístas’ no, gracias

Ahora lo que se lleva es el ‘yoísmo’: se feliz, mira por ti, tú primero, quiérete, no permitas que te dobleguen o que abusen.

Cierto, no lo permitas ni por un sólo instante. No te pongas en el disparadero ni ofrezcas la otra mejilla, no cuando el golpe sea tan previsible y las consecuencias tan catastróficas.

Quiérete y cuídate, pide consejo pero decide por ti. Piensa, pero no le des tantas vueltas. Avanza, lucha y tira del carro antes de que te atropelle. Protégete.

No sientas culpa por decir lo que piensas, por fallarle a alguien que en realidad exige demasiado, por ponerte de malas cuando algo no te parece bien y así lo expresas. No te atormentes por lo que no vale la pena, sal a caminar con la vista en alto y siempre de frente.

No consientas que las opiniones de los demás te condicionen. Lo que piensen no es tu problema siempre que tú lo tengas claro. No trates de demostrar ni de justificarte por hacer o por sentir, a nadie tiene que importarle y es demasiado agotador manejar tanta influencia sobre tu estado de ánimo. Ten valor y pisa fuerte.

Pero ¡cuidado! Que la línea entre quererse a uno mismo y despreciar al otro es muchas veces engañosa. Así que no conviertas esa seguridad en interés ni la cambies por despotismo. No te defiendas atacando, no dejes que todo te importe menos que nada hasta que sea demasiado tarde. No llames para pedir favores si ni tan siquiera te preocupas el resto del año. Que sólo nos acordamos de Santa Bárbara cuando truena…

e675e5c3acb4e432402058ffc3266bf2No quieras que te escuchen ni pidas atención si nunca ofreces tus oídos y tus silencios. No reclames el respeto que no das, ni tampoco mendigues necesidad. No abraces el mismo cuerpo que luego repudiarás. No mientas, no juzgues, no difames. No te enredes en cuentos vanos ni te pongas a vacilar a costa de los demás.

Mira por ti, sí, pero no te pases. Que cada vez nos acostumbramos más a vivir en esta sociedad egoísta donde el culto a nosotros mismos es lo que prevalece: yo hago, yo digo, yo tengo, yo soy. Primero yo, después yo y por último yo. Qué importan los demás, con sus miedos, dudas y esas necesidades de convivencia tan humanas. Al yoísta todo lo que suceda más allá de su ombligo le da completamente igual. Es más, considera que lo importante, lo correcto y lo que merece la pena nace exclusivamente en y de él.

Pero al final esa falta de empatía, esa vida altanera y esa ausencia de valores termina abriendo una caja de pandora de soberbia e ingratitud tan difícil de dominar que desemboca en soledad. La fortaleza personal basada en el menosprecio al prójimo no es sólo un signo de patética inseguridad sino también un déficit de ética, respeto y moralidad.

Gandhi dijo que «no hay que apagar la luz del otro para hacer que brille la nuestra». Pero tristemente parece que ahora en esta sociedad de relaciones ambiciosas, estrategas e interesadas sobran los que te buscan en su provecho para luego abandonarte y escasean aquellos que por ti lo dan todo con el corazón y desde el silencio… Y tú aún sin enterarte.

 

 

 

Treinta

cumplir 30A pocos días de cambiar mis dos dígitos (¡pero si hace nada que los cambié!) aquí estoy sentada escribiendo que voy a cambiarlos, no sé si como reivindicación o por autoconvencimiento.

Treinta…

Si hubiera seguido el plan establecido por mi yo de siete años a estas alturas ya tendría por lo menos tres hijos, siendo cauta. Según mi yo adolescente probablemente estaría casada y tendría una preciosa casa con jardín y perro incluido (y un bebé también, por qué no). Y según mi yo universitario ya estaría más que reconocida y remunerada en el trabajo de mis sueños. Y sin embargo los planes que idílicamente trazamos no suelen salir como esperamos, pero lo mejor de todo es que la vida nos guarda sorpresas mucho más increíbles e inimaginables mientras esperamos que lo que tenga que ser, será.

Algunas veces he hablado del destino, la casualidad, o la causalidad. De cómo un momento gira los rumbos y un instante cambia las perspectivas. Sigo sin saber de qué va esto, pero sé mucho más que hace 10 años. Sí, ya no tengo 20. Sí, ya no soy una niña. Sí… Lo que tú quieras. Pero sinceramente no cambio estos ya casi 30 por aquellos idílicos 18. Puede que arrecie la nostalgia en esas reuniones con amigas recordando años escolares, cuando lo más importante era pensar qué conjunto ponernos para ir el viernes al Music Box de turno o cómo trampear los deberes de ‘mates’. Pero realmente lo mejor de todo es haber llegado hasta hoy con esas mismas amigas para poder recordarlo entre risas, cafés y copas.

Cada época tiene lo suyo, y supongo que cada persona lo vive a su manera y según sus circunstancias. Tengo amigas casadas y con hijos, y tengo amigas dando tumbos por ahí. ¿Y qué? Durante mucho tiempo me dio pavor pensar que los años avanzaban siendo un maldito rompecabezas que no encontraba su lugar en el mundo, con la presión añadida del conservadurismo y de que a cada edad le corresponde una actitud. Como si el tiempo corriera en contra y se nos pasara el arroz. ¡Venga ya! Eso no es cierto, y ahora que levanto el pie del acelerador es cuando me doy cuenta. ¿Los maravillosos veintes? Sí, puede que hayan sido divertidos, pero un consejero que tengo por ahí me dijo el otro día que ahora es cuando viene lo interesante. Y puede que tenga razón.

Para empezar, me gusta más mi yo de ahora que el de hace cinco años, por ejemplo. Prefiero a esta chica que intenta vivir el presente sin etiquetas ni dobleces, que aquella angustiada por el futuro incierto. Carpe diem, que dirían los romanos. Prefiero ser esta loca sin complejos que aquella niña de inseguridad autoexigente. Estoy más a gusto admitiendo lo que no sé que tratando de impresionar con lo que sé. Llámalo seguridad, madurez o relatividad, como quieras. Quizá son las experiencias que una va asumiendo las que la fortalecen y la moldean, y en este punto estoy agradecida por ello y por todo lo que he aprendido a base de lágrimas y caídas, que es como mejor se aprende  y se valora. Vivo más tranquila conmigo misma aunque aún tenga muchos frentes abiertos, muchas metas por alcanzar y algunos sueños rondándome todavía. No me importa, al contrario, lo prefiero. Y aunque lo de comerse la cabeza es algo que llevo en mi idiosincrasia estoy aprendiendo a dejar fluir y a no agobiarme por lo que no está en mi mano. Además, de tenerlo todo sabido  y hecho, ¿qué tendría de emocionante seguir cumpliendo años? Lo mejor siempre está por llegar.

Voy a cumplir treinta y es cierto que no tengo esa vida de cuento que un día soñé. Lo que entonces no había previsto en mis sueños color de rosa es que se cruzarían en mi camino personas y oportunidades que me guiarían para ser hoy la mujer que soy, cargada con mi propia mochila de errores y aciertos, experiencias impagables y algún que otro secreto. Entonces no entendía que esto no es un camino recto y placentero sino uno lleno de curvas, altibajos y recovecos necesarios para el aprendizaje del alma y el valor de esas pequeñas cosas que nos dan la felicidad: una llamada inesperada, una conversación a los ojos, la risa de un niño o ese abrazo de «no te voy a soltar».

Así que a estas alturas no puedo más que agradecerle a la vida todo lo que me ha brindado a través de aquellos que me dieron una parte de sí mismos y de su tiempo para ayudarme a crecer, a conocerme y a complementarme. Gracias a los que fueron ave de paso con más o menos intensidad, porque todos me dejaron algo de ellos para aprender. Y mil gracias a los que a día de hoy siguen siendo mis favoritos y me acompañan en un nuevo año. Gracias por estar y dejarme estar en éstas nuestras no perfectas vidas, vosotros ya sabéis quiénes sois.

¡¡Y ahora que vengan los treinta!!

 

 

 

¿Las amantes también lloran?

Si entre todos los roles que puede desempeñar una mujer destaca uno por mal considerado y tratado es el de su papel como amante. Esa mujer que se mete en medio de dos para destrozar la vida bucólica de una pareja perfecta sin reparos ni remordimientos. Esa mujer fría que calza tacones de aguja y vestidos de cuero, que usa lencería a prueba de bombas y que no tiene pudor ni vergüenza. Esa es la amante, reencarnación de Satanás. Y sin embargo no hace mucho escuché el testimonio de una de ellas y hoy me pregunto si todas esas mujeres que se enredan de esa manera tienen realmente genes luciferinos. Porque sí, haberlas haylas, como las meigas, pero supongo que no todas responden al mito del látigo y el desaire sino más bien al de unas pobres infelices que creen que todo lo que ese hombre les dice y les da es único y exclusivo por y para ellas.

Pero eso no es así, y aunque suene políticamente incorrecto en una sociedad machista donde la mujer es siempre la culpable, ellas también suelen formar parte del engaño.

No es fácil entender qué lleva a un hombre a buscar algo que en teoría ya tiene. Puede que la rutina en pareja lo consuma y necesite un revulsivo; puede que con su mujer no experimente por pudor o respeto más de lo establecido; puede que le urja un aumento de autoestima o reconducir su ego masculino mediante las atenciones de una fémina… Lo de sentirse más «machito», que diríamos en mi pueblo. Quizá después de tantos años ya no está enamorado pero le atan demasiados vínculos de otra índole mucho más inquebrantable y en vez de romperlos se lanza a la infidelidad. O puede simplemente que sea un cabrón aprovechado.

¿Y ella? ¿Por qué se mete una mujer en semejante terreno pantanoso? ¿Será por curarse el despecho hacia otros? Puede que sea por diversión y sed de tentaciones. Igual es por la adrenalina de lo prohibido, el morbo o la comodidad de unos ratos de pasión sin compromiso. Quizá es necesidad de atenciones, aburrimiento o incapacidad para evitar un nefasto enamoramiento. O simplemente puede que igual que él, ella sea también una cabrona.

PIERNAS BAJO LA MESA

La cuestión es que sean quienes sean esos dos que se juntan, en realidad la sombra de ser tres nunca se extingue a pesar de los juegos, los silencios y las mentiras. Se arriesgan creyendo tenerlo todo bajo control hasta que en un descuido inoportuno la aventura se les va de las manos. Ya dicen por ahí que estas cosas siempre terminan como el rosario de la aurora y que uno, dos y tres terminarán en su soledad llorando. Cruz de navajas por una mujer, que diría Mecano.

Lo más empático en estos casos es ponerse en el lugar de la engañada, la que quién sabe durante cuánto tiempo lleva luciendo invisible su triste cornamenta. Qué terrible situación ser la última en enterarse de los escarceos sexuales de tu compañero de vida. Luego lo tenemos a él, responsable número uno de la tragedia, como perro abatido pidiendo perdón por esos estúpidos ratos de sexo sin más. Qué manera de destrozar su maravillosa y segura vida conyugal… ¿Porque sólo fue sexo, verdad?  Y luego está ella, la hija de Satanás que se metió en una cama ajena sin calibrar daños ni perjuicios, sin ni siquiera pensar. Ah, pero con alguna licencia supongo, porque nadie entra donde no le dejan entrar.

Y tras escuchar ese testimonio de tres, como tantos otros que hay, pienso en la amante, tan altiva ella y tan segura de dominar hasta el más mínimo sentimiento, si es que lo tiene. ¿Lo tiene? He ahí su problema: sentir. Sentir que duele la despedida y los días condenados al silencio; sentir que nunca llegará a formar parte de su bonita vida en familia; sentir que no es ella la que está en los amaneceres; sentir que por la calle se miran como extraños; sentir que nunca tendrá una escapada, un regalo con remite ni una simple película en el cine; sentir que es la mujer oculta, el plan B, la segunda opción. Sentir que ella no se merece los calificativos cariñosos, los «amores», «cielos», «cariños» y «vidas», sino los sexuales y provocativos. Sentir, en definitiva, que ella no es nada en ese triángulo desastroso.

Y sin embargo, es mucho. Es el resorte para hacerlo estallar todo en pedazos. Es la culpable de las noches en vela y la intrusa que todo lo sabe, consciente de la situación o de buena parte de ella. Porque a veces, lo que ella tampoco sabe es que igual que él le regala los oídos y la complace con fervor haciéndola sentir especial, cuando regresa a casa también lo hace así con su mujer. Como Dios manda, como así está establecido, como tiene que ser.

Y mientras siga girando esa ruleta rusa de encuentros furtivos, amores en tercia y despecho mal gestionado, en silencio como siempre, sin derecho a la réplica y con toda la culpa apretada en su regazo, esas amantes que sienten de más seguirán llorando.

 

#yomímeconmigo

El otro día fui a la playa a tomar el sol, que me encanta. La arena, el mar, esos momentos de relajación oliendo a sal y sintiendo el verano en mi piel son un privilegio difícilmente prescindible para mí. Me gusta ir a la playa a desconectar pero el otro día que estaba medio nublado y no me acosté cual lagarto al sol estuve mirando a mi alrededor y no vi más que postureo. Chicas que van a la playa a poner morritos ante la cámara inventando poses estratégicas y teóricamente naturales para enseñar nalgas y pecho como quien no quiere la cosa con el único fin de ganar likes en las redes sociales. Chicas que están solas en sus toallas jugueteando con su propia imagen en pantalla, adorándose a sí mismas y retocándose el outfit y el maquillaje cada dos por tres. ¡Porque van maquilladas! ¿Quién se maquilla para ir a la playa?? Ah pero no, es que olvidé que ellas simplemente van a posar.

Esa tarde regresé a casa y decidí bucear un poco por Instagram, que se ha convertido en la red social del postureo por excelencia. Si no lo han hecho nunca por favor hay cuentas dignas de seguir… Y no me refiero a las de gente famosa que además de serlo también vive de su imagen y nos tiene que mostrar su día a día de lujos «sencillos» o cuerpos perfectos, no. Me refiero a gente como tú y como yo que que pierde la noción de la realidad en beneficio de la apariencia. Pero ojo, que las apariencias engañan.

Por ejemplo, me encontré con un vídeo de una chica que grabó el pasillo de su casa hasta el dormitorio para enseñarnos el caminito de rosas, globos y velas que le había preparado su novio supongo que por alguna fecha especial. ¿Perdón? ¿Entras en casa y te encuentras semejante sorpresa y en vez de lanzarte a los brazos del chico en cuestión sacas el teléfono? «Espera cariño, esto tengo que subirlo a Instagram». Entonces grabas, editas, subes y esperas likes como agua de mayo. Qué manera de cortar el rollo, ¿no? Pero es que si no lo comparten en internet parece que no lo disfrutan, la felicidad del momento depende de la cantidad de reacciones virtuales a él. Reacciones de gente con la que muchas veces ni hablas ni le importas, pero likes por likes.

Ese vídeo me descolocó bastante, pero no es el único. Hay gente que diariamente sube un selfie pseudoartístico con frase motivadora happyflower al pie. Ostras, ¿tanto tiempo libre tienen? Porque probablemente para llegar a la foto que nos comparten han desechado unas cuantas más, lo que significa que destinan buenos ratos simplemente a alimentar su ego a base de filtros y Photoshop. De verdad, ¿viven? Luego están las típicas fotos de probador: a ver, ¡recapacitemos! ¿Necesitas el beneplácito de los demás para comprarte algo? Si como dice una amiga, muy probablemente para cuando alguien conteste a tu ridículo «¿me lo compro?» ya estarás fuera de la tienda. ¿Qué sentido tiene? Sinceramente eso ya no sé si es ego o cierta limitación mental…

Lo mismo ocurre con las fotos de postureo en el gimnasio. Oye, qué bueno que seas un atleta y presumas de abdominales de acero pero de verdad no necesitamos saber tu rutina healthy diaria, cuántas horas te matas (a fotos) en el gym o los batidos de proteínas que te tocan los jueves. De verdad, no. Y como ocurre con las fotos en la playa, las chicas también van maquilladas al gimnasio. Otra cita con el postureo.

No quiero parecer muy grinch, todos tenemos nuestra parcela ególatra y al fin y al cabo que cada uno haga y publique lo que quiera, pero es que me da un poco de miedo tanta vehemencia con la superficialidad. Una cosa es compartir acontecimientos, viajes, recuerdos especiales con nuestros amigos, y otra cosa es ese mostrar por mostrar, esa necesidad de decir qué haces, dónde o con quién. Ese afán por sumar likes de manera enfermiza olvidando que los momentos más importantes se viven lejos de las cámaras o los móviles y se guardan mejor en la memoria. Ya ves, nosotros somos tan felices que ni fotos tomamos.

Digo, no es que sea algo nuevo. Desde tiempos inmemoriales la historia nos ha dejado personajes que por notoriedad pública han hecho barbaridades, como aquel pastor de Éfeso que en el año 356 a.C. incendió el templo de Diana simplemente para pasar a la posteridad. Precisamente de él se tomó el nombre para el ‘complejo de Eróstrato’ que en psicología se refiere a aquellas personas que buscan fama o notoriedad utilizando todos los medios a su alcance.
NobodyLikesMeEither-600x387Hoy no hay que ir incendiando templos, los medios nos lo ponen bastante más fácil y quizá por ello hay que ir con más cuidado. La necesidad de aprobación social a través del exhibicionismo es cada vez mayor y el postureo se convierte en el camino para «representar un rol en nuestra vida que no nos pertenece, y que viene propiciado sobre todo por la falta de autoestima», explican los psicólogos.

Y ahí vamos, hacia una sociedad narcisista donde importan más los followers que las amistades, las fotos llamativas que los instantes reales, las apariencias de una vida que por tanto pretender llenar se vuelve cada vez más vacía. Es triste, pero para mí el postureo no es más que un tipo de esclavismo personal que sólo conlleva ansiedad e infelicidad. No se puede estar más pendiente de qué subo hoy a la red para causar más impacto, que de a ver qué me depara mi día para sumar más vivencias. Porque eso realmente es una pena.

 

 

Islandia, el David contra Goliat

Ayer no fue un buen día para mí en lo que a fútbol se refiere y hoy todavía colea la pesadumbre y el enfado por la derrota de España ante Italia. No jugamos bien, eso es un hecho, hicimos una primera parte de pura vergüenza e Italia nos pasó por encima sin piedad. Llevaban mucho tiempo gestando su propia vendetta, agravada por la humillación de aquel 4-0 en la final de la última Eurocopa, y al fin encontraron el momento tras 22 largos años sin superarnos en partido oficial.

Mal momento para nosotros, que empezamos el torneo con muy buenas sensaciones, con la esperanza de que la vigente campeona de Europa había olvidado su fracaso en Brasil para resurgir de nuevo con su particular ‘jogo bonito’ que tantas alegrías nos dio. Iniesta, el rey, volvía a llevar la batuta del equipo y enseguida cotizamos más en las apuestas y en las propias aspiraciones. Hmire-como-quedaron-los-octavos-de-final-de-la-eurocopa-2016_367261asta que llegó Croacia con sus Modric, Rakitic, Perisic y demás ics para ponernos patas arriba el camino «fácil» y complicarnos tontamente la vida. Y sí, mamma mia la Italia!

Aunque en la segunda parte sacamos garra, los errores en fútbol se pagan y ya estábamos más que sentenciados. Nos volvimos a casa con el sabor amargo de la derrota, la humillación de ese segundo gol a bocajarro en el 91′, y la tristeza de ver cómo se termina nuestro ciclo diciéndole adiós a la mejor generación de la historia, que difícilmente se volverá a repetir. Ahora lo que queda es seguir adelante, renovar jugadores y proyectar un nuevo estilo de juego que nos ponga otra vez entre los mejores, donde debemos estar.

Pero la noche no acabó ahí. Triste y todavía con mi camiseta pegada a la piel no podía creerme la sorpresa, hasta el momento, de esta Euro: Inglaterra hacía también las maletas al ser derrotada por una increíble Islandia. Mal de muchos, consuelo de tontos. Dicen.

Islandia. Esa «tierra de hielo» de poco más de trescientos mil habitantes al sur del círculo polar Ártico repleta de glaciares y volcanes de nombre impronunciable. Islandia, ese pequeño país que estuvo a punto de morir en 2008 y que hoy es un ejemplo a seguir sobre cómo se pueden hacer las cosas de otra manera y salir adelante con solvencia. Islandia, que ha devuelto los 1.800 millones de euros que le prestó el FMI antes del tiempo previsto y que desde 2011 acumula cifras de crecimiento económico estable. Islandia… Quién nos lo iba a decir.

Los holandeses ya padecieron la desdicha de quedar fuera de la Euro en la fase de clasificación precisamente en manos de ese equipo humilde que bien podría ser el representante de cualquier pequeña ciudad europea. Portugueses y húngaros se las vieron y se las desearon en la fase de grupos para rascar un empate, y a los austriacos los mandaron también a casa. Ahora le ha tocado a la poderosa Inglaterra decir adiós. La inventora del deporte más bonito del mundo hace tiempo que dejó de leer las instrucciones, pero nadie se esperaba que un «segundón» la dejara fuera en octavos de final. Doble Brexit en cuatro días no será fácil de digerir… Poor English.

Pero ésta es, en definitiva, la grandeza del fútbol, y precisamente en Inglaterra esta temporada vivieron uno de esos milagros que no lo son tanto: el Leicester se proclamó campeón de la Premier por su dedicación y esfuerzo diario. Por su pasión, su ambición, sus ganas. Y sobre todo, por su modestia. Estoy convencida de que Islandia, como todos esos «segundones» que este año tienen cabida por primera vez en la Eurocopa, darán un giro de tuerca (que ya están dando) para hacernos entender al resto que los equipos más allá de sus nombres los conforman sus personas. Que una cura de humildad siempre es necesaria, que los de abajo siempre luchan más y que nunca hay que subestimar a un contrario.

Si no, recuerden a David contra Goliat.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Volver a nacer

Este fin de semana vi una de esas películas que de vez en cuando se topan en mi camino y de la nada me hacen reflexionar. La cinta en cuestión se llama Volver a nacer, es del director italiano Sergio Castellitto y está protagonizada por Penélope Cruz y Emile Hirsch. Vaya por delante que no soy especialmente fan de nuestra Penélope y además ni siquiera conocía la existencia de esta película que me puse a ver un poco de aquella manera, más por llenar mi tiempo que por ganas. Y la verdad es que me fue cautivando poco a poco hasta el punto de que hoy siento la necesidad de escribir sobre ella.

Bueno, no sé si sobre ella, o sobre lo que me hizo sentir, o sobre tantas cosas, o sobre la vida en sí. Para contextualizar, y en general, diré que la trama gira en torno a una mujer que viaja con su hijo adolescente a Sarajevo en busca de aquello que un día vivió, lo que la hizo feliz, lo que la rompió en el dolor, lo que la cambió. En busca quizá de unos orígenes, o del sentido de su misma existencia. Intercalando los recuerdos en los Balcanes con el presente en Roma se va tejiendo una historia de crudeza emocional y física cuyo telón de fondo es la Guerra de Bosnia acontecida a principios de los años 90. Una guerra, como todas, salvaje e inhumana que marcó por completo a todas aquellas generaciones, hasta hoy.

En la película se tocan temas como el amor, el deseo de ser madre, las expectativas de futuro, el optimismo de la juventud y los zarpazos que todo lo cambian. Y eso, supongo, fue lo que me hizo reflexionar. Lo efímero, lo soñado, lo inesperado. La vida, al fin y al cabo. Las casualidades, o el destino. El estar allí en aquel lugar, en el minuto exacto para conocer a ese alguien o para que se te clave el puñal más hondo en el alma.

Y me pongo a pepies-descalzos-caminandonsar en mi propio camino, en mi historia, en todo lo que riendo y llorando me ha traído hasta hoy, hasta ser la persona que soy. En los amores que quedaron en la cuneta, los que nunca fueron amores. En las personas que fui encontrando y olvidando. En aquellos que compartieron parte de su tiempo conmigo pero que hoy ya no lo hacen. En los que a veces extraño, en los que ni siquiera recuerdo. Todos los que me dieron algo para aprender a ser mejor, o incluso el ejemplo para no ser como ellos.

Reflexioné acerca de cómo suceden las cosas, cómo un simple momento puede cambiar tu rumbo vital racionalmente establecido. Cómo es sentirse viva y absolutamente feliz, y qué es tocar fondo para tener que volver a nacer. Lo que significa el anhelo de tus deseos que puede llegar a convertirse en obsesión, en darlo todo por todo, y por nada. En arriesgar por una idea, en alcanzar una meta y en la lucha de tus sueños aunque en la batalla se te rompan en pedazos. Quizá es porque nunca se cumplen como esperamos, pero eso no significa realmente que salgan mal. A veces lo que no se planea sabe incluso mejor.

La película me hizo pensar en el destino, en por qué pasan las cosas o por qué no. En el ritmo a veces caprichoso que te marca la vida, queriendo acelerar y frenar a nuestro antojo sin darnos cuenta de que lo que tiene que ser, será. Y que algunas veces aquello que nunca creíste que pasaría, está pasando de verdad.

Pensé en el altruismo y el amor a los amigos que cada uno escoge y que el tiempo se encarga de poner también en su justo lugar. En aquellos que nos acompañan incondicionalmente y nos ayudan a crecer. En esa clase de amor tan intenso imposible de olvidar. Amor en una simple caricia y en el inocente deseo de abrazarse en silencio nada más. En el dolor del bebé que no nació y todo lo que con él también murió: la posibilidad de tener lo que ya nunca será, no al menos de aquella forma, con su boca y sus manos.

El desconcierto del desconocimiento y los juicios de valor que lanzamos a la ligera. La desinformación, las suposiciones, las historias a medias y las mentiras que se callan. Las verdades que no se entregan, las palabras que no se dicen, los sentimientos que afloran y que matamos por miedo. O no. Lo que se padece en las entrañas y lo que arde en el alma sin desconsuelo. «¡¿A esto le llamas amor?!», gritaba la protagonista en pleno bombardeo mientras el hombre de su vida se alejaba sin mirarla, precisamente por salvaguardarla de ella misma y poder darle su mejor regalo.

Porque a veces las cosas no son como parecen.

Muy al final de la película, en un diálogo precioso, los protagonistas se plantean cuál es la palabra preferida de cada uno de ellos, a lo que alguien responde que la mejor de todas es «gracias». Así, un simple y llano «gracias». Y la verdad es que pocas palabras tiene el diccionario tan completas como ésta, y qué pocas veces la verbalizamos. Y no me refiero a cuando la utilizamos como coletilla por educación, sino a dar las gracias de verdad. Gracias a quienes pasan por nuestra vida para concedernos el mayor aprendizaje. Gracias a las casualidades que nos cambian los rumbos. Gracias a los miedos y a las lágrimas que nos hacen valorar mejor los retos y las risas. Gracias a los amigos que nos exponen las verdades desde la tolerancia y el cariño. Gracias a quienes nos infravaloran y humillan porque en su desdén nos enseñan a ser más fuertes. Gracias a todos los que nos quieren bien desde el respeto a nuestra libertad y a aquellos que nos permiten con su sola existencia saber lo que es realmente amar.

Todas esas «gracias», las que se dan con el corazón desnudo y el alma remendada, mirándose a los ojos sin velos ni estrategias, son las que de verdad importan y sin embargo las más difíciles de pronunciar.