Ahora lo que se lleva es el ‘yoísmo’: se feliz, mira por ti, tú primero, quiérete, no permitas que te dobleguen o que abusen.
Cierto, no lo permitas ni por un sólo instante. No te pongas en el disparadero ni ofrezcas la otra mejilla, no cuando el golpe sea tan previsible y las consecuencias tan catastróficas.
Quiérete y cuídate, pide consejo pero decide por ti. Piensa, pero no le des tantas vueltas. Avanza, lucha y tira del carro antes de que te atropelle. Protégete.
No sientas culpa por decir lo que piensas, por fallarle a alguien que en realidad exige demasiado, por ponerte de malas cuando algo no te parece bien y así lo expresas. No te atormentes por lo que no vale la pena, sal a caminar con la vista en alto y siempre de frente.
No consientas que las opiniones de los demás te condicionen. Lo que piensen no es tu problema siempre que tú lo tengas claro. No trates de demostrar ni de justificarte por hacer o por sentir, a nadie tiene que importarle y es demasiado agotador manejar tanta influencia sobre tu estado de ánimo. Ten valor y pisa fuerte.
Pero ¡cuidado! Que la línea entre quererse a uno mismo y despreciar al otro es muchas veces engañosa. Así que no conviertas esa seguridad en interés ni la cambies por despotismo. No te defiendas atacando, no dejes que todo te importe menos que nada hasta que sea demasiado tarde. No llames para pedir favores si ni tan siquiera te preocupas el resto del año. Que sólo nos acordamos de Santa Bárbara cuando truena…
No quieras que te escuchen ni pidas atención si nunca ofreces tus oídos y tus silencios. No reclames el respeto que no das, ni tampoco mendigues necesidad. No abraces el mismo cuerpo que luego repudiarás. No mientas, no juzgues, no difames. No te enredes en cuentos vanos ni te pongas a vacilar a costa de los demás.
Mira por ti, sí, pero no te pases. Que cada vez nos acostumbramos más a vivir en esta sociedad egoísta donde el culto a nosotros mismos es lo que prevalece: yo hago, yo digo, yo tengo, yo soy. Primero yo, después yo y por último yo. Qué importan los demás, con sus miedos, dudas y esas necesidades de convivencia tan humanas. Al yoísta todo lo que suceda más allá de su ombligo le da completamente igual. Es más, considera que lo importante, lo correcto y lo que merece la pena nace exclusivamente en y de él.
Pero al final esa falta de empatía, esa vida altanera y esa ausencia de valores termina abriendo una caja de pandora de soberbia e ingratitud tan difícil de dominar que desemboca en soledad. La fortaleza personal basada en el menosprecio al prójimo no es sólo un signo de patética inseguridad sino también un déficit de ética, respeto y moralidad.
Gandhi dijo que «no hay que apagar la luz del otro para hacer que brille la nuestra». Pero tristemente parece que ahora en esta sociedad de relaciones ambiciosas, estrategas e interesadas sobran los que te buscan en su provecho para luego abandonarte y escasean aquellos que por ti lo dan todo con el corazón y desde el silencio… Y tú aún sin enterarte.
A pocos días de cambiar mis dos dígitos (¡pero si hace nada que los cambié!) aquí estoy sentada escribiendo que voy a cambiarlos, no sé si como reivindicación o por autoconvencimiento.
Hoy no hay que ir incendiando templos, los medios nos lo ponen bastante más fácil y quizá por ello hay que ir con más cuidado. La necesidad de aprobación social a través del exhibicionismo es cada vez mayor y el postureo se convierte en el camino para «representar un rol en nuestra vida que no nos pertenece, y que viene propiciado sobre todo por la falta de autoestima», explican los psicólogos.
asta que llegó Croacia con sus Modric, Rakitic, Perisic y demás ics para ponernos patas arriba el camino «fácil» y complicarnos tontamente la vida. Y sí, mamma mia la Italia!
nsar en mi propio camino, en mi historia, en todo lo que riendo y llorando me ha traído hasta hoy, hasta ser la persona que soy. En los amores que quedaron en la cuneta, los que nunca fueron amores. En las personas que fui encontrando y olvidando. En aquellos que compartieron parte de su tiempo conmigo pero que hoy ya no lo hacen. En los que a veces extraño, en los que ni siquiera recuerdo. Todos los que me dieron algo para aprender a ser mejor, o incluso el ejemplo para no ser como ellos.