Llueve, amor, duele

lluvia2Llueve. Las gotas resbalan por su cara y se funden en su boca, tan saladas ellas. Un relámpago la deslumbra y sus ojos se ciegan durante una décima de segundo. Un trueno estremece su cuerpo, la asusta, la impresiona. Llueve aún más, con furia, con ganas. El viento sopla contra su ventana queriendo traspasarla hasta alcanzarla. Su reflejo demacrado ante el cristal la hace llorar. ¿Ésa es ella? No se reconoce entre tanta tristeza. ¿Dónde quedaron sus eternas ganas de reír? ¿Dónde se escondió su alegría, su fuerza? Ya no tiene nada, parece que ni tan siquiera lágrimas por derramar. Pero miente, todavía moran lágrimas rebeldes en esos cansados ojos negros, aún queda agua dentro por derramar. Agua estancada tiempo atrás, agua contenida en su cuerpo como una presa a punto de reventar.

Hoy que las nubes descargan la lluvia aliviadas, ella necesita también soltar su agua para liberarse de ese estigma que no la deja avanzar, pero un nudo en la garganta la sujeta con firmeza conteniéndole las penas hasta ahogarse en ellas. Confundida ve pasar a la gente por su calle, tan transitada siempre, tan llena de vida. Unos corren, otros hablan, otros ríen y probablemente alguno llora. Cada quien portando una mochila cargada de buenas y malas experiencias, pesada o liviana pero siguiendo adelante. Y ella, en cambio, se mantiene encerrada en el baúl del recuerdo en el que alguien un día la metió arrojando la llave de su libertad al fondo del mar. Tan prisionera como resignada, la comodidad de sentirse retenida la exprime hasta dejarla seca y débil. Ausente de todo, viendo avanzar los días en un abismo de locura gris, inmersa en esta lluvia que la moja pero que ya ni siente. No hay más que mirarla a los ojos para descubrir un océano turbio y revuelto tras ellos, un océano que intenta disimular pintando sonrisas fugaces con carmín. Ella no puede permitirse estar mal, no puede flaquear ante nadie porque nunca lo hizo y ya ni siquiera sabría cómo hacerlo… Siempre fuerte, segura y poderosa ante los demás. Pero frágil su alma se rompe silenciosamente como aquella pequeña taza de porcelana tan inalcanzable como quebradiza que todos odiábamos.

Un trueno, otro más. Un grito contenido y un respingo, aunque no lo suficientemente fuerte como para abrir sus ojos increíblemente apretados. Silencio. No quiere nada, no es nada, no siente nada. Tan vacía de emoción y tan llena de agua. Otra gota contra su ventana mientras ruedan sobre su rostro muchas más, buscando las cicatrices invisibles que aquellos labios en otros tiempos dejaron en su cuello. Pero las lágrimas caen en precipicio mojando el suelo de su habitación tal como se forman los charcos al otro lado de su dorada jaula. Las compuertas de su alma se resquebrajan al compás de este goteo lento pero incesante que saborea su piel queriendo alargar y embellecer la condena de su pesadumbre. Suavemente, sin torrentes ni sollozos. Una pausa y poco a poco otra lágrima construye de nuevo ese camino de sal por su mejilla izquierda. Siempre es primero el lado izquierdo, el del corazón, el del dolor. A ella le sigue otra, por el mismo sendero que la anterior. Parpadea intentado salvar la inundación de sus ojos mientras se muestra tan tranquila… Mucho más que el viento que azota los árboles del jardín, porque no hay huracán que pueda hacerla mover esta noche. Anclada, atada, aprisionada. Tan fría, conteniendo la respiración y tan quieta que parece a punto de morir. El aire intenta volver a ella a través de su ventana como un soplo de vida o de esperanza. Pero de nuevo frente a su reflejo borroso, distorsionado, roto de dolor, intenta una sonrisa y sólo consigue trazar muecas desfiguradas que no dicen nada. Busca despertar un destello en su mirada al recordar quién fue en otra vida, cuando el sol brillaba cada mañana, cuando se bañaba de luz, cuando lloraba de alegría y no de miedo. Aquella vida lejana en la que las ilusiones eran más fuertes que los temores, y los nervios eran de emoción y no de angustia. Cuando se mecía suavemente con la brisa marina y miraba al cielo siempre sonriente y esperanzada. Cuando su realidad era tan distinta que hoy en el desconcierto se pierde y se marea. No sabe quién es en realidad ni tampoco cuándo y cómo acabará esta eterna noche de lluvia y helor, no tanto allá afuera como en su alma.

Suena una melodía antigua de fondo, tremendamente romántica… Se deja envolver por su sonido, que confundido con el murmullo de la lluvia la empuja hasta él. Enredada entre tantas dudas se pregunta si fue real o nada más se enamoró de una maravillosa mentira. Lejos quedan ya aquellas noches de miradas, caricias y pasión… Y aunque sabe que es insano intentar reproducirlas en la soledad de su cama, con palabras que prenden y sin aquel cuerpo que la alivie, no puede dejar de desearlo. Pero ¿qué le queda? Seguir amándolo a oscuras, en secreto y en silencio. Guardando ese amor en su alma, protegido hasta de ella misma, porque a veces confesarlo duele más que callarlo.

A nadie le importan sus lágrimas porque nadie sabe de ellas. Ella es su dueña, ella las sufre, ella las posee y ella las retiene. Son suyas igual que sus penas, sus desdichas, sus vacíos y sus miserias. Esta noche se consume entre susurros y sollozos esperando tras su ventana sabiendo que ni un milagro se lo traerá. Es por eso que llueven sus ojos, y es por él que llora su alma.

Vuelve.

Yo tan loca, tú tan cabrón

pulsosuperheroes1Odio el estereotipo pero hoy vamos a jugar a ser esos dos representantes de lo femenino y de lo masculino. Eso que dicen las revistas para tontas y los chistes de mal gusto. Lo que unas callan, toleran y soportan. Lo que otros justifican y de lo que se vanaglorian.

Hoy te confieso que soy una loca. Así tal cual, sin filtros. Lo soy.

Loca porque me gusta saber cómo fue tu día y compartirte el mío. Porque acostumbro a utilizar frases con sujeto y predicado y a veces hasta me atrevo con subordinadas y yuxtapuestas, será que me gusta darle vueltas.

Soy cero adicta a hablar por teléfono pero cuando marco suele ser porque tengo algo importante que contar y qué curioso, me gusta que me contesten. ¡Estoy bien loca! Tampoco dejo a nadie con la palabra en la boca en mensajes, llamadas o menciones por aquello de no hacerle al prójimo lo que no te gusta que te hagan a ti. Qué loco respeto.

Whatsappeo con frecuencia o a ratos, depende de mi tiempo y de las ganas, como todos. Pero no comprendo cómo en una conversación dinámica de ida y vuelta se puede dar un silencio repentino sin venir a cuento que te deja primero con cara de tonta y luego con un «pero qué coño…» incrédulo, rabioso e interrogativo alojado en el alma. Loca impaciente y paranoica que imagino lo que dicen que no es pero ¡ah! qué loca porque para salir de dudas luego pido explicaciones.

También estoy loca porque me interesan tus planes y tus dudas por puro cariño, aunque vaciles en todo eso. Por querer que te acuerdes de las promesas vacías, los sueños ebrios y las conscientes utopías. Loca por pretender que escuches realmente lo que te cuento y que entiendas mejor lo que callo. Loca porque espero agradecimiento en los regalos y tengo tremendas ganas de ver cómo te sientan, si acerté con la talla o si el color fue el adecuado. Loca porque necesito respuesta a mis ¿muchas? demandas y valoración en cada esfuerzo. No sé, será cuestión de ego. Pero estoy tan loca como para preocuparme hasta de tus constipados, tus resacas y los festivos de tu calendario.

Soy una loca porque me gusta divertirme de más, provocadora que prende y se prende con una chispa y sin pudor, ¿y eso te parece mal? No cuando eres tú quien quiere jugar. Loca por anidarme en un abrazo bajo las sábanas, por reír, hablar y preguntar. Loca por quererte siempre mirar, pero es que ya lo ves… Soy ese tipo de maldita mujer loca que no entiende de estrategias y olvida razonar.

Pero si tanta locura mía te asusta no olvides que de todo lo que yo tenga de loca, de cabrón tú lo tienes mucho más.

Cabrón porque te da igual compartir tu día y saber del de los demás. Cabrón por contestar con monosílabos y frases casi sin conjugar.

Cabrón por desconectar el teléfono a tu antojo y no preguntarte qué querrá. Por dejar morir los temas incómodos en azul, en blanco o en el más allá. Por desaparecer de repente, por regresar. Cabrón por protegerte en público de lo que eres en privado y por el silencio que me estalla mientras te pavoneas por cualquier red social.

Cabrón porque olvidas compartir tus planes hasta el último minuto, por darlo todo por tenido y hecho, por dejar esperando al otro sin preguntar ni consensuar. Cabrón porque te acuerdas de mil cosas que increíblemente olvidas a la vez. Cabrón por no tener la suficiente templanza para no caer en el eterno error ni el coraje adecuado para pedir disculpas cuando algo duele de verdad. No sé, quizá lo tuyo también es cuestión de ego, pero a veces las gracias forzadas y los sorrys esquivos dejan mucho que desear.

Cabrón por olvidar la importancia de la empatía y los sentimientos de los demás. Por querer juegos lejos de la responsabilidad, por buscar el propio interés y saciar esos antojos de los que luego vas a renegar. Cabrón por mancillar la vulnerabilidad y refugiarte con excusas tan manidas como vacías de verdad. Cabrón por no darte cuenta de que esta loca estará muy loca… Pero de tonta no tiene ná.

Ya lo ves, odio el estereotipo pero es que a veces nos comportamos como dos locos cabrones que se tiran y se aflojan en una guerra de egos, pasiones y peligrosa intensidad. Y en realidad lo que todos necesitamos es resarcirnos de nuevo, aflojar los motores y terminar con esta lucha de poderes sin razón que nos demuestre que al final ni yo tan loca, ni tú tan cabrón.

 

Ser, estar, ¿pertenecer?

La RAE, entre otras acepciones más posesivas, define «pertenecer» como «formar parte de algo o alguien». Sentirse integrado, ubicado, consolidado, quizá respaldado. Ser del grupo, estar en él, pertenecer a él. ¿Es todo lo mismo?

Tengo la sensación de que no siempre es fácil sentir que perteneces al lugar en el que estás, que eres quien crees que eres, o que estás realmente donde perteneces, en cualquier ámbito de nuestra vida. Familia, amigos, trabajo, pareja… Una a veces se siente extraña.

En medio de esa comida familiar de repente una punzada que no identificas, que probablemente nunca has sentido o si lo has hecho no eras totalmente consciente, se te clava en algún lugar entre el intelecto y el corazón, por ahí a medio camino entre el querer y el poder. Sientes que no estás viviendo plenamente ese momento, que las risas suenan lejanas, que los rostros familiarEncajar_3es no se parecen ya tanto a ti, que tú misma eres otra. Distinta a la de hace años, a la de hace días. Pero esa punzada que dura apenas unos segundos se va diluyendo a la vez que todo se colorea de nuevo, y te alivias.

Hasta que llega la segunda punzada después de comer en la oficina, con el teléfono en calma y los asuntos resueltos. Vuelves a sentir ese desconcierto y lo atribuyes a la ambición de querer más, de saber que puedes darlo, quizá en otro tiempo o en otro lugar, más adelante pero con la certeza de que llegarás. Lo sabes, lo crees, lo esperas pero no lo tienes. Y esa tarde tratas de hacer callar la impaciencia de tu punzada con palabras de aliento, de consuelo, de esperanza. Y te vuelves a aliviar, o a conformar.

Pero una noche cualquiera se te atraviesa con más fuerza al darte cuenta de que quien comparte esa intimidad junto a ti ya no está. O crees que no está. O quizá tú no estás. Sientes que las caricias se reducen nada más a la piel y que los besos que por horas le darías nunca serán del todo suyos ni tuyos. Y en ese momento, cuando te das cuenta de esa extraña sensación de ser y estar, el sentido de pertenencia se empieza a desvanecer.

Y te preguntas si quieres ser ella, la mujer en la que te estás convirtiendo. Y crees que sí pero hay mil errores por el camino, y no sabes hasta cuándo los arrastrarás, ni siquiera si estás acertando ahora o la vas a cagar. Si decir hola o adiós puede cambiar algo, si hay que dejar la puerta entreabierta o dar ese portazo sin más. Si estás aquí porque quieres o porque no te queda de otra. Si todo tiene su tiempo, espacio y lugar. Si perteneces a una familia de locos tan cuerdos y de corduras de atar porque son los que mejor te van a enseñar. Si eres de quien te roba sueños y besos por igual, y si quieres estar ahí en medio de tanto huracán. Te sigues preguntando a las 7 de la mañana si tu día a día te compensa o es un medio para un fin. ¿Te llena? ¿Y qué fin? Sientes que no perteneces ni te pertenece lo que tienes, lo que haces, a quien quieres y sin embargo ahí estás. Porque quizá es lo que tiene que ser, y así, girando la rueda, te vuelves a conformar.

Hasta la próxima punzada. Aquella que diga ya no más.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Carta a mi ‘Titi’

Tenemos la fea costumbre de llegar tarde a los momentos: nunca decimos lo que queremos cuando queremos, no sabemos gestionar los tiempos, nos arrepentimos demasiado tarde, no valoramos lo que tenemos hasta que lo perdemos ni le damos confesión al alma cuando aún podemos. Por miedo, vergüenza, desgana o quizá por demasiada seguridad. Creemos que todo va a ir siempre bien, que habrá tiempo para hablar y para amar, otro día más, mañana mejor, ahora no puedo, después nos tomamos ese café. Pero la vida no tiene condescendencia y lo que no haces, dices o sientes en su momento te pasa factura más adelante, quizá cuando ya no hay vuelta atrás. ¿Y entonces? Entonces, el arrepentimiento.

No sé si esto que hoy escribo es una forma de alivio personal o de conformismo con la situación pero espero no llegar demasiado tarde para que escuches todo aquello que nunca dije. Para que escuches, por ejemplo, que el primer recuerdo que tengo de ti se corresponde con la imagen vaga y difusa de un hombre que vino de lejos, al que en mi casa llamábamos «titi»en vez del tradicional «tío» y que siendo yo la pequeña de la familia me vi obsequiada con el juguete de moda por aquellos inicios de los 90: un muñeco llamado Penique, vestido de marinero, flexible y casi de mi tamaño. Supongo que a esa edad lo que cuenta son los regalos y poco más puedo recordar de aquella primera vez.

IMG_20150825_131501Por la distancia geográfica y otros azares durante años sólo fuiste aquel tío casi intangible para mí que vivía lejos en el exotismo de una pequeña ciudad al norte de África, porque durante mi infancia yo no tuve la fortuna, como sí mis hermanos, de acumular vivencias reales junto a ti y los tuyos. A mí me tocó otra época, otras circunstancias, mi niñez sin Melilla, mis raíces cortadas. Hasta que de nuevo por otros azares ese lazo se fortaleció y las visitas se hicieron más seguidas, la sangre más auténtica y mi sentimiento de pertenencia a esa tierra tuya y también mía mucho más profundo.

Veranos, bodas, viajes de la nada y porque sí… Compartiendo momentos de risas, de alegría y sobre todo de optimismo y vitalidad, porque ese eres tú. Ese eres y siempre serás aunque el cáncer te mine hasta el tuétano y ya ni aliento de fuerzas puedas espirar.

No me imagino qué pasa por la mente de alguien que sabe lo que viene, que tiene tiempo para ver el final y que lo sufre como lo estás sufriendo tú, pero supongo que uno echa la vista atrás para enorgullecerse de cosas, arrepentirse de otras, y preguntarse alguna más. Y entre esas cuestiones yo sé que te preguntas qué pensamos de ti. Pues bien, lo primero que pienso de ti es que eres un superviviente nato. Un hombre luchador y optimista hasta el extremo, seguro de su valía y de que todo va a ir bien. Buscador de soluciones, más o menos acertadas imagino que como todos, pero siempre hacia adelante. Incluso cuando la enfermedad llamó a tu puerta no fue más que «un bicho» que ibas a matar. Pero a veces la vida, por más ganas que le eches, termina siendo muy puta.

Recuerdo anécdotas que me ha contado mi madre de vuestra infancia: tu forma tan especial de nombrarla, tus palabrejas cuando empezabas a hablar y lo difícil que era entenderte, tus travesuras épicas, siempre en movimiento, siempre inventando qué hacer. Imagino que lo que uno es de niño lo lleva siempre dentro, pulido por los años y la experiencia quizá, pero no deja de ser la esencia de todos nosotros. Por eso de adulto, que es lo que los demás conocemos de ti, has seguido siendo ese hombre impetuoso, de genio y figura, de chistes, de voz fuerte y de mirada socarrona.

Y con ese tú me quedo yo.

Ahora que todavía tengo tiempo quiero que sepas que eres realmente importante para mí y para quienes han tenido el placer de conocerte. A lo largo de la vida no faltan los acompañantes, sobre todo en los tiempos de dicha, pero son aquellos que quedan al final los que revelan quién fuiste. Y tú has tenido que hacer las cosas muy bien para que tu mujer, tus hijos, tus nietos, tu hermana, cuñados y sobrinos, y tus amigos de cuna, juventud y vida sigan estando contigo en tu lucha y en tu paz.

Sólo las buenas personas consiguen tener eso y tú, Titi, nos tienes a todos.

Siempre nos vas a tener.

Liebster Awards

Esta es una publicación distinta a lo que suelo escribir en el blog, pero hace algunas semanas me nominaron para los Liebster Awards, un premio virtual del mundo bloguero totalmente desconocido para mí hasta ahora, así que siendo galardonada me puse a investigar un poco sobre su historia.

Podríamos decir que los Liebster Awards son el hermano pequeño de los más conocidos Best Blog Awards, un reconocimiento que se viene dando desde el año 2010 a los blogs que los propios blogueros escogen dentro de la comunidad con el fin de incentivarlos para que no dejen de escribir y ayudarlos con ello a ser más visibles.

Al tratarse de un premio de bloggers y para bloggers cuyo objetivo es apoyar la escritura sin ánimo de lucro, su formato de funcionamiento es el de cadena. Esto significa que una vez eres nominado a este galardón debes nominar tú a otros cinco blogs para que de esta manera todos vayamos ganando espacio virtual y visual en la red.

Y como todo premio o concurso los Liebster Awards también tienen sus reglas:

  • Una vez recibes la nominación debes agradecer y seguir a quien te nominó.
  • Debes visitar los blogs de los otros compañeros con los que fuiste nominado.
  • Ahora tienes la potestad para nominar a tus cinco blogs preferidos (en este caso con menos de 200 seguidores).
  • Dentro de cada nominación se tienen que responder las 11 preguntas que te realiza la persona que te nominó, y a su vez tú tendrás que realizar 11 más a tus nominados.
  • Debes mostrar en tu blog el logo de los Liebster Awards para indicar que lo has ganado.

Así pues, con algo de retraso pero con mucho cariño desde aquí quiero agradecer a Zenaida Wheels de La magia sucede afuera por leerme y haberme tenido en cuenta para nominarme en estos premios virtuales. ¡¡Muchas gracias!!

Y ahora me toca contestar las preguntas que me formuló:

¿Qué esperas de tu blog?

La creación de mi blog fue la forma natural de trasladar lo que escribía en libretas desordenadas y privadas al mundo real. No fue sencillo porque hasta ese momento nadie había leído mis sinsentidos pero decidí que si es escribir es lo que más me gusta, alivia y enriquece, de alguna manera tenía que publicar. Lo que espero de este ‘Cafetera y Manta’ es que me siga aportando ratos de intimidad y estabilidad, y que quienes me sigan disfruten leyendo casi tanto como yo escribiendo. Pues como dijo Virginia Woolf, «escribir constituye el placer más profundo; que te lean es sólo un placer superficial».

¿Por qué lo iniciaste?

Como he dicho, lo inicié porque sentí las ganas de empezar a publicar, quizá como una forma de desahogo personal o incluso de ego, para sentirme capacitada y reconocida en lo que tanto me gusta hacer. Me lo planteé como un reto conmigo misma para no perder el ritmo ni la costumbre, y me he dado cuenta tras un año en este mundillo que los altibajos inspiracionales, las palabras que cuesta plasmar y el tiempo que hay que dedicar son también una parte muy dura pero a la vez gratificante de esta profesión.

¿Cuál es tu mejor momento para escribir?

Antes solía decir que por la noche escribo mejor. Y probablemente cuando se trata de cuestiones más personales la noche sigue siendo la mejor cómplice. Sin embargo he llegado a escribir bocetos interesantes en cafeterías y autobuses, porque a veces sin darme cuenta mientras vivo mentalmente también lo escribo, no lo puedo evitar.

¿Cuál ha sido tu último viaje?

Dejando a un lado las escapadas cortas, mi último gran viaje fue a México. Aunque en realidad eso fue mucho más y mejor que un viaje. México es mi otra vida, una bonita estancia de algo más de un año que significó un grato aprendizaje y mi mejor experiencia.

¿Eres un ser urbano o campestre?

¡Soy un ser playero!

¿Cuál es tu mejor recuerdo de la infancia?

Los veranos todo el día inventando juegos al aire libre respirando sol y mar… Y a los 13, el regalo de mi perro que ya no está. Sin duda, una infancia privilegiada.

Si pudieras elegir, ¿dónde vivirías? Y ¿por qué?

Dicen que el hogar está donde está el corazón. Ahí quiero vivir.

¿A qué le temes?

A la enfermedad, el padecimiento, perder la salud… Verlo de cerca te hace comprender que todo lo demás es secundario.

¿Sabes estar sola?

Creo que he aprendido a llevarme bastante bien conmigo misma…

Los domingos ¿al aire libre o en casa?

Casera en invierno; más callejera en verano 🙂

¿Me cuentas un cuento o un chiste?

Cuando era pequeña mi madre me contaba un cuento inventado acerca de una niña llamada «Pelusita» que por no comer pesaba tan poquito que se la llevaba el viento lejos, lejos, lejos de su familia… Me dejaba con el corazón encogido y la lección aprendida. Mi padre, en cambio, me contaba otro cuento inventado de un tal «Serafín» al que le sucedía cada noche una desgracia nueva. Y yo, en vez de dormir, me alborotaba y me reía.

Ésas son, seguramente, las mejores historietas de mi niñez.

De mayor los cuentos cambian, y quienes te los cuentan ya no son tus padres.

 

Liebster

 

Y AHORA ME TOCA A MÍ…

Mis nominados para estos Liebster Awards son:

La talega de pan: porque me reconforta leer a un hombre que escribe sin miedo y con el alma.

Procesando…: porque me siento profundamente identificada con la autenticidad y su forma de escribir.

Wonky no entiende de horas: porque como ella y como Wonky, también pienso que la inspiración no entiende de horas.

El blog de la Tita Lala: por la cercanía y sinceridad que desprende.

Quiahuitzin: por ser un blog diverso que te permite encontrar otros puntos de vista en arte, cine, viajes, etc.

Y aquí van mis 11 preguntas:

¿Qué significa para ti escribir?

¿Qué te inspira más, la alegría o la tristeza?

¿Qué te gustaría ser/dedicarte?

¿Una locura de amor?

¿Tu primer recuerdo vital?

¿Qué haces para desconectar?

Un viaje que quieras hacer y por qué.

¿Lo primero que miras en una persona?

Tu mayor defecto, tu mejor virtud.

¿Tu libro preferido? Si es que puedes escoger uno 🙂

¿Crees en el destino?

 

¡Un abrazo a todos!

 

 

 

 

 

 

Enfermos sociales

la-esclavitud-43659551Vergüenza. Indignación. Rabia. Pena. Asco…Todo ello concentrado en el escaso minuto que duran las crueles imágenes que esta semana le robaron protagonismo al fútbol y que me dejaron completamente en shock, como a la mayoría de personas civilizadas.

No se puede decir lo mismo de los indeseables que el martes pasado se mofaron sin compasión de un grupo de rumanas que pedía limosna en la Plaza Mayor de Madrid, lugar por excelencia de encuentro entre turistas y capitalinos. Lugar que se convirtió tristemente en el centro de la humillación mundial por parte de un grupo de hinchas del PSV Eindhoven que aterrizaron en la ciudad no sé bien si para animar a su equipo que se enfrentaba al Atlético o para dar rienda suelta a sus más bajos instintos amparados en la cerveza y la impunidad que la multitud siempre concede.

Nadie a estas alturas creo que ignore lo sucedido cuando esos supuestos aficionados al fútbol se dedicaron a lanzar monedas al suelo para que las mujeres se pelearan por el botín al compás de unos «olés» que jaleaban sin gracia el toreo al mendigo. Un botín, por otro lado, compuesto por céntimos de cobre y algún billete quemado con asquerosa altanería a cambio de bailes, flexiones y mofas. El incidente, o mejor dicho la inhumanidad, terminó cuando la policía se llevó a las mujeres de la plaza y escoltó a los aficionados hasta las cercanías del Estadio Vicente Calderón. Curiosa solución.

Al día siguiente en Barcelona se disputó otro encuentro de Champions entre el club azulgrana y el Arsenal inglés. Algunos hinchas gunners decidieron emular lo acontecido en Madrid burlándose de un indigente con discapacidad física que suele pedir limosna por la Plaza Real catalana. Aunque no llegaron a tanto, los actos son igualmente condenables.

Como lo son los que se produjeron el jueves antes del partido de Europa League que enfrentó a la Lazio de Roma y al Sparta de Praga en la capital italiana. No sé si intentando hacerla mayor o por querer ganar un absurdo protagonismo, un grupo de seguidores checos acorraló a otra mujer que mendigaba sentada en el suelo para terminar orinando sobre ella. Al verlo quise vomitar.

Y me pregunto qué nos está pasando. Hacia dónde vamos. Qué es lo que nos genera tanto odio, tanto rechazo al otro, tanta vejación, tanto dolor. Qué sociedad tan enferma estamos permitiendo o creando. Cómo es posible que en un mundo cada vez más destinado a la globalización exista más racismo y se levanten más fronteras. A qué tenemos miedo. Qué intentamos proteger con estos ataques. ¿O es una cuestión de sin razón? Actos vandálicos que ya no se conforman con destrozar el mobiliario urbano de ciudades ajenas sino que la toman con los más indefensos. ¿Es la eterna guerra del fuerte contra el débil? Me recuerda a aquella teoría del filósofo Thomas Hobbes que defendía que el «hombre es un lobo para el hombre», ¿es la propia naturaleza del ser humano mantenerse en constante competición en una guerra de todos contra todos sin dudas morales?

Viendo lo ocurrido en tan sólo tres días en un ambiente que debería ser deportivo y festivo da la sensación de que estamos mucho más cerca de esa corriente filosófica que de la contraria. Y ya no sólo por el desagradable simbolismo que estos actos provocan, a fin de cuentas quiero pensar que es el resultado del vacío ético de unos cuantos borrachos degenerados. Pero me pongo a pensar en las más altas esferas del poder y me alarma la impermeabilidad de los gobiernos frente al racismo y la xenofobia, y su doble vara de medir. No me gustan los tratados ruines que se firman en despachos a miles de kilómetros del drama de los refugiados sirios, y me asquea que millones de votantes le consientan una burrada tras otra al fantoche Donald Trump.

Cada vez me cuesta más ver ese tipo de imágenes y escuchar esas barbaridades sin un nudo de rabia alojado en la garganta y lágrimas de vergüenza ajena en los ojos. Pero puede que tenga que entender que era Hobbes quien tenía razón en su tesis, aunque sé que en mi naturaleza romántica siempre seguiré siendo un poquito más de Rousseau.